martes, 7 de enero de 2014

El éxito del 15M

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Imagen: El Roto
¿Que ha sido del 15M? ¿qué ha sido de aquellas movilizaciones desde el 2011? ¿qué se ha logrado? Hay quien haciendo gala del clásico derrotismo español —que sólo ve la parte mala— piensa que no se ha conseguido nada. O la estrechez de miras característica, esa falta de capacidad para ver el cuadro general que se nos presenta ante nuestras narices —fijándose sin embargo con detalle y regocijo en los inevitables defectos de los demás—.

Existen algunos vicios que pesan como losas en la sociedad española. Algunos eran parte de aquello contra lo que el Movimiento 15M se oponía. Uno de ellos —puede que el principal— es confundir partidismo con política. Pensar que la política sólo es posible a través de un partido. Esta forma limitada y sectaria de pensar provoca que muchos vean al 15M como la tapadera de un partido. Otros por el contrario, se lamentan de que no se haya convertido en uno.

Antes de las elecciones se veía al movimiento como una manera de alterar las elecciones —unos a favor y otros en contra, lógicamente—. Tras su resultado y la falta de actividad en las calles, los bandos más sectarios y más estrechos de miras, piensan que se ha fracasado.

Esa forma cortoplacista de pensar, de buscar únicamente el beneficio inmediato, es la que nos ha sumido en la crisis político-económica actual. Es inútil explicar a estas personas que la utilidad del 15M es precisamente como forma de superar esas limitadas formas de hacer y de medir las cosas. Explicar que el 15M no tiene objetivos partidistas o electoralistas, que lo que se desea es cambiar el sistema. Y se desea hacerlo convenciendo, no por la fuerza. Para ello se necesita darse a conocer, salir a la calle y realizar protestas que tengan como objetivo llamar la atención, no lograr cambios significativos de la noche a la mañana. Se desea transmitir una idea, para ello es necesario que los medios fijen sus objetivos en los lugares adecuados —acampando en las plazas o rodeando el congreso— de forma que no tengan más remedio que hacerlo para no quedar en evidencia —aún así el silencio en algunos casos resulta clamoroso—.

Que nos resulte tan difícil definir a un movimiento ciudadano, transversal, horizontal y descentralizado, dice mucho de nuestras carencias. Y estas se observan con el uso que se les da a las etiquetas. Con la de «los indignados», hace parecer a todo aquel que desee participar junto al resto de ciudadanos —ser partícipe del mismo malestar deseando aportar su grano de arena para intentar cambiar las cosas— como un único grupo susceptible de ser acusado del mismo interés partidista y electoralista que el resto.

Ocurre que la principal virtud de un movimiento ciudadano es también su principal debilidad. Si se abre necesariamente la participación no se puede tener objetivos demasiado concretos ni se puede controlar a todo el mundo. Puede ocurrir que cualquier otro grupo se atribuya la organización, o que grupos organizados y controlados políticamente por estructuras externas al movimiento, se infiltren bajo las mismas siglas e intenten apropiarse del movimiento para utilizarlo o desvirtuarlo.

Se hace necesario saber distinguir entre el movimiento ciudadano puro, de aquellos que pretenden personalizarlo para aprovecharse de el. De esta forma, organizaciones de izquierda han contaminado la idea en un intento político —electoralista — de influir en las elecciones, abonando el terreno para que grupos conservadores que sólo ven la parte que les interesa, encuentren justificada la critica al conjunto —confundiendo la parte por el todo—. Es necesario también objetividad para evaluar los intentos de realizar propuestas para solucionar los problemas comunes, sean todas de nuestro agrado o no. De esta manera se podrá ver cual es el auténtico éxito del llamado 15M.

Realmente, esta no es más que otra etiqueta que representa la materialización de la cada vez mayor brecha entre la sociedad y la clase política, que comenzó años antes de aquella mítica manifestación del 15 de marzo de 2011.

Una vez esa brecha se evidenció en la calle, una vez los ciudadanos se vieron unos a otros y se dieron cuenta que no estaban solos, todo cambió en España. Antes de aquello, decir que no había democracia ocasionaba que te tratasen como a un marciano. Ahora, los que critican el sistema son héroes, que todos quieren imitar.

De la media docena de agrupaciones que surgieron como consecuencia del malestar generalizado de la sociedad española, ahora, unos años después, hay más de sesenta organizaciones cuya esencia bebe de los mismos principios que movían al 15M. Es la materialización de un descontento de los ciudadanos con la clase política que alcanza sus mayores cotas de los últimos años.

Movimientos independientes, cada uno con sus propias directrices aunque todos basados en la misma idea general. El 15M no los dirige, ni falta que hace. Es el surgir por fin en España del necesario concepto de ciudadanía responsable, principal protagonista de un sistema democrático: la sociedad civil.

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