domingo, 25 de noviembre de 2018

América

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Otro año más llegó el Día de la Hispanidad y otro año más se escuchan los mismos discursos inamovibles e interesados. Mensajes que no arrojan claridad, ni explican la relevancia de lo que supuso aquel encuentro de culturas separadas por lo que entonces era una infranqueable extensión marina. Un suceso excepcional en el que territorios cuya conexión era prácticamente inexistente veían súbitamente y sin ser plenamente conscientes de la importancia del momento, cómo sus habitantes y sus culturas disponían de un nuevo mundo bajo sus pies. Pero un suceso que salvo la dificultad de cruzar el océano, no era nuevo, sino la continuación de lo que el ser humano comenzó desde que se convirtió en sedentaria: expandirse. 

Un patrón de comportamiento

Otras expansiones anteriores en las que unos pueblos se adentraban en zonas desconocidas para ellos y tomaban contacto con otras culturas, enfrentándose y con resultados que hoy en día nos escandalizan —aniquilación de los combatientes y esclavización del remanente— eran el bárbaro patrón de funcionamiento en todas las culturas de las que se tiene constancia —una excepción podría ser la Cultura Minoica, desparecida prematuramente y rodeada de misterio—. En Asia y Europa las migraciones, expansiones y conquistas hacia territorios inicialmente inexplorados llevaban ocurriendo desde milenios. Dicho patrón es asociable a la América precolombina y al resto de culturas del globo: las tribus buscaban nuevos territorios y sus recursos para alimentar a su creciente población. Independientemente de las causas que hicieran que unos grupos tribales fueran más desarrollados que otros, lo cierto es que cualquier descubrimiento por fortuito e inconsciente que fuera, era aprovechado si sus ventajas eran manifiestas. Gracias a ellas, las tribus en cuyo seno se habían dado estos avances eran las que más crecían y por tanto, las que más recursos necesitaban. Así mismo, su mayor número les proveía de una mayor capacidad militar, lo que sumado a la mayor capacidad tecnológica les convertía en una potencia imparable, hasta que la tribu crecía más rápido y en mayor cantidad de lo que su capacidad les permitía.

Techo de desarrollo

Aunque este punto merece tratarse de manera independiente, vale la pena detenerse un instante a tratar sobre él ya que ayudará a exponer el resto del artículo. Una vez un factor nuevo facilitaba la creación o el aprovechamiento de nuevos recursos, las tribus crecían hasta que llegaban a un punto en el que o bien los recursos se agotaban, o bien no eran capaces de aprovecharlos de manera lo suficientemente eficiente para sostener su crecimiento —lo que viene a ser lo mismo—. Paradójicamente, los mismos avances que les habían permitido crecer y expandirse les habían conducido a un circulo vicioso del cuál solo se podía escapar si se lograban nuevas manera de obtener recursos o de aprovechar los existentes, de manera que no fuera necesario continuar anexionando territorios. Llegar a esta situación implicaba que se había llegado al «techo» que su avance les permitía, estancándose hasta que hubiera un nuevo descubrimiento.

En definitiva, la cuestión que se señala aquí no son los motivos por los cuales unos colectivos de humanos alcanzan un grado de desarrollo que les facilita su expansión, sino el propio hecho en sí. Es algo inevitable que ocurre tarde o temprano, en uno o en otro lugar. Eso es lo que ocurrió en Europa hace miles y miles de años cuando unas tribus del Cáucaso arrasaron el continente transmitiendo su cultura y así es como hoy en día el indoeuropeo es la base de todas las lenguas desde la India hasta la península ibérica. Al parecer, la domesticación de monturas y el surgimiento de la rueda en aquellas zonas de oriente medio produjeron un inusitado desarrollo que resultó imparable en cuanto aquellos pueblos necesitaron expandirse. Se da la circunstancia que ambos logros —el uso de animales como monturas y la rueda— no aparecieron en América hasta la llegada de los Europeos —la leyenda dice que confundían a jinetes y sus monturas como una única entidad «divina»—.

Mientras tanto en el continente americano sus culturas alcanzaron un grado de desarrollo y civilización comparable a la de la antigua Grecia. Los conocimientos en agricultura y astronomía eran iguales o incluso mayores que en el resto del planeta. Sin embargo, el azar y un desarrollo no parejo en otros ámbitos necesarios como la tecnología, junto con adversidades climáticas, llevaron su cultura a un callejón sin salida. El progresivo deterioro complicó la situación, y cuando llegaron los españoles y se abrieron los canales de navegación desde el resto del mundo, la suerte estaba echada. Sólo era una cuestión de tiempo.

El factor diferencial

Llegados a este punto cabe preguntarse dónde estaba el cambio. Es decir, ¿eran iguales todas las anexiones de nuevos territorios? ¿el patrón mencionado de conquista militar, esclavización y explotación de los recursos no sufría ninguna variación con el paso del tiempo? ¿no había algún tipo de progreso que haya logrado que lleguemos a la actual situación? Obviamente la respuesta ha de ser afirmativa ya que de lo contrario todavía estaríamos estancados en poblados y con la agricultura  y ganadería como todo sustento de los habitantes.

Buscar un punto de inicio es complicado sin caer en la subjetividad. La Historia se entiende como tal desde el desarrollo de la escritura en Sumeria, aunque incluso este punto es complicado de establecer ya que antes de esta habían otras formas de expresión gráfica. Por tanto, desde el punto de vista que nos atañe y por necesidades de concreción, podría decirse que el primer paso diferenciador de la cultura que a la postre se diseminó por el resto del planeta ocurrió en la Isla de Creta, antecedente perdido de lo que vino después en la Antigua Grecia, para ser luego llevada por la República Romana a probablemente, la expresión más avanzada de una sociedad organizada, cuyas actuales manifestaciones no son más que imitaciones actualizadas de aquella.

A pesar de que Roma se basó en el mismo patrón con el que la especie humana había estado funcionando desde el surgir de la agricultura, su desarrollo político, social y tecnológico —militar y arquitectónico— lo llevó hasta extremos de magnificencia que ningún otro pueblo alcanzó. El hecho diferencial respecto a otros ejemplos anteriores fue el nuevo concepto de ciudadanía, por el que los pueblos en principio esclavizados podían convertirse en ciudadanos con la misma categoría que el resto, hasta incluso formar parte del gobierno.

Antes de continuar es necesario aclarar que no se trata de posicionarse ni a favor ni en contra de una cultura o de un pueblo, sino de analizar los hechos en su totalidad de la manera más objetiva posible para estudiar los problemas generados. Porque nada es perfecto y estos siempre se producen. De hecho, algo necesario para la maduración de toda persona, cultura o colectivo, es el ciclo consistente en enfrentarse a los problemas, solucionarlos —inevitablemente cometiendo otros errores que solo el paso del tiempo desvelará— admitir la existencia de nuevos problemas y volverlos a solucionar.

Por tanto, volviendo a Roma, el error cometido fue la pérdida de la República y la conversión a un Imperio cuyo principal sustento fue el de continuar la expansión. De forma similar probablemente a lo que les ocurrió a las culturas precolombinas, se topó con un callejón sin salida, atrapados por un estancamiento tecnológico y un sistema económico hueco que no les permitió continuar la expansión al mismo tiempo que alimentar a su población. El tribalismo que parecía superado, se reencontraba de nuevo con una expresión de sí mismo más exagerada y pomposa, pero con una misma ansia de expansión y conquista que en aquel momento no podía satisfacerse. El resultado como sabemos fue su caída, desastre que tan solo fue mitigado, para bien o para mal, por el surgir de la Iglesia Católica como una continuación de su legado. La influencia del Papa en Europa contuvo el caos provocado por la caída de las instituciones de gobierno, aunque se tuvo que sufrir el paso por un sistema feudal y caciquil que daría paso al absolutismo, sistema que perduró hasta la época de la Ilustración y las revoluciones populares. Mientras tanto, Europa transcurrió así por un periodo de asimilación y conservación de la cultura grecolatina, a la vez que el cristianismo se asentaba en su forma definitiva, tanto social como políticamente con las escisiones de las iglesias anglicana y luterana. El techo tecnológico alcanzado mantuvo a occidente constreñido y estancado, sufriendo guerras, penurias y epidemias en un continente del cual no podía escapar, hasta que unos intrépidos navegantes lograron dar un paso más allá.

El nuevo continente

Mientras que otras culturas como China o Japón se mantuvieron en sus respectivos ámbitos tal vez demasiado ocupados en sus rivalidades, occidente necesitaba la expansión. Una continuación de la cultura y tradición de la que proviene, desde que se dejó atrás la vida de nómadas cazadores-recolectores. Marco Polo llegó por tierra hasta China y de manera lenta pero inevitable, la mejora de la navegación llevó a portugueses y castellanos a navegar los océanos, dejando la cuna que hasta ese momento había sido un Mediterráneo, ya completamente dominado. Atravesar el Atlántico era una empresa comparativamente fácil comparada con hacer lo propio con el Pacifico, proeza que no obstante también se lograría con el tiempo.

De esta manera la cultura greco-latina conservada durante siglos en la Europa medieval se acabaría transmitiendo a un nuevo continente, con todos sus errores y aciertos. Para bien o para mal, este encuentro de culturas era un suceso inevitable que tarde o temprano había de ocurrir. Pero lo hizo en un momento de la Historia en el que la Roma imperial era el modelo a seguir, algo de lo que Europa y los herederos de su cultura, no han acabado de desprenderse todavía. Quedaban siglos para que llegaran los accidentes históricos que darían paso a nuevos sistemas meritocráticos y el retorno de las repúblicas. Pero de nuevo es necesario preguntarse en este punto ¿hubo algún factor diferencial en la «occidentalización» de América? ¿aportó algo nuevo el Imperio Español de manera similar a lo que hizo el Romano? Ciñéndonos a los hechos, tras la caída de Roma fue el surgir del catolicismo el principal hecho significativo. Si añadimos que fue la evangelización la principal «excusa» con la que se justificó ante el papado de Roma el proyecto de atravesar el Atlántico, nos lleva a una situación de excepción. Aunque la base continuó siendo la misma de siempre —conquista militar, esclavización y explotación de los recursos— se introdujeron nuevos aspectos:
  • Lo heredado de las instituciones políticas de Roma: conceptos de estado, ciudadanía, igualdad, gobierno del pueblo, república, etc.
  • Los preceptos cristianos de igualdad y benevolencia: aunque la inercia política y las carencias educativas no fueron modélicas, ni mucho menos, la introducción de misioneros, voluntarios convencidos de las ideas altruistas y filosóficas que emanan de la religión —una cosa es la Iglesia (un colectivo humano sujeto a sus propias leyes de organización política) y otra el concepto religioso y su significado humanista, que no tienen que estar perfectamente representados por aquella— que se sumergieron en la cultura, lengua y tradiciones de los pueblos nativos con el objeto de comunicarse mejor con ellos, matizaron y contuvieron el proceso. El principal ejemplo fue el fraile dominico Bartolomé de las Casas, que denunció unos tratos que en otro momento de la historia hubiesen sido considerados habituales.
Las denuncias de Bartolomé de las Casas son, al contrario de lo que muchos creen a causa de su uso para alimentar la Leyenda Negra, el principal factor que demuestra que la conquista de América fue algo completamente diferente a otros procesos similares ocurridos desde que la especie humana existe. El hecho de que surgiera una voz crítica por parte de un religioso confirma que aquel fue el inicio de un cuestionamiento del modo de obrar de la cultura predominante. Además de que la perfección nunca se logra, la colonización de América es juzgada de manera errónea por cuanto solo se hace mirando hacia el futuro y desde el futuro. Sin embargo, no se tiene en cuenta todo el lastre que se llevaba de siglos anteriores pero que de alguna manera, comenzó a superarse. Así es como Europa y otros pueblos herederos de su cultura han evolucionado aboliendo la inquisición —la española fue la primera en frenar su actitud cruel y castigadora—, la esclavitud —Isabel la Católica la prohibió mediante una real provisión siendo el primer texto legal que lo hacía— o la defensa de la igualdad de la mujer, de los derechos de los trabajadores o del medio ambiente. El que lo desee puede continuar viendo unicamente lo que visto con los ojos actuales es bárbaro. La inercia de siglos pasados se repitió en aquel momento, de esto no cabe duda, pero si con tanto detalle se observa ese hecho, es de necios o de interesados no advertir que además de todo aquello se introdujeron cambios importantes, accidentes históricos tal vez inadvertidos, pero que a la postre convirtieron a América en lo que es hoy en día, un continente libre y moderno, lleno de fuerza y pasión, que no le debe nada a nadie.

La cultura transmitida

Hoy en día los EEUU forman un imperio económico y militar que junto con China, se puede decir que dominan el planeta. El antiguo enfrentamiento entre bloques de la guerra fría continúa de alguna manera con Rusia y aliados de conveniencia tipo Irán o Venezuela, cuyos acuerdos y desavenencias no son tanto ideológicas como mucha gente piensa, sino movidas por intereses económicos y por el pánico de no sentirse dueños de la situación geopolítica. Antes de esta, sin embargo, era el Imperio Británico el que dominaba el planeta, sustituyendo al español. Este lo fue perdiendo más por su propio desgaste debido al mismo sistema inviable que llevó a la quiebra a Roma, que por los pocos aciertos del británico. Pero fueran pocos o muchos, la cuestión es que prevaleció. La meritocracia de su sistema y la posibilidad de que una persona pueda cambiar de clase social gracias a ella, compensó el sistema jerárquico todavía basado en la monarquía. La cultura anglosajona ha brindado a la humanidad grandes frutos, aprovechando los logros de culturas anteriores y sobre todo, aprendiendo de los errores que aquellas cometían y según ellos mismos se jactan, superando los de la propia Roma. Sin embargo, no son ni mucho menos el paso definitivo. Son muchos los errores que la cultura anglosajona ha ido cometiendo a lo largo de la historia, expoliando bienes culturales y sometiendo a pueblos, los cuales han sido tratados de manera más dura y denigrante que el caso de América latina. Los Estados Unidos son ejemplo de esto, con una integración racial que ha tardado siglos en ocurrir. Tuvieron la suerte de —puede que un accidente histórico— tener un sistema político basado en los preceptos aprendidos tras la revolución francesa por sus filósofos. Esto les ha permitido aprovechar de inmejorable manera su capital humano lo que les ha proveído de una capacidad tecnológica que pocos pueblos tienen hoy en día —extendiendo así su techo de desarrollo—. Una vez más sin embargo, este desarrollo no es parejo con otros ámbitos ni les hace mejor desde un punto de vista moral o ético. La mejor prueba de ello son las prácticas que la cultura anglosajona, engreída y prepotente, ha desarrollado con otros pueblos considerados inferiores y con quienes la coexistencia era prácticamente nula. De este sentimiento se alimentó el Ku Klux Klan norteamericano o el apartheid sudafricano. De igual manera los conceptos de eugenesia y supremacía racial que existían en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial y en cuya creación poco protagonismo ocupó la cultura hispana —aunque finalmente se dejaran influir por la tendencia del momento—, alimentaron la pesadilla del fascismo nazi.

El Imperio Británico y por extensión, la cultura anglosajona de la que ha heredado muchos de sus preceptos, emborrachado de éxito al ver que España se desmoronaba como imperio —afortunadamente— condujeron el suyo por la senda de la prepotencia. Actuando de manera similar a cuando se ocultó por vergüenza la humillante derrota de Cartagena de Indias a manos de Blas de Lezo —más bien habría que decir, «a mano», ya que era manco—, la cultura anglosajona ha venido, no solo ignorando de manera sistemática los logros culturales de la hispana, sino que aprovechaban la más mínima oportunidad para desprestigiarlos. De esta manera todavía existe una inercia por la cual se habla de los conquistadores españoles como gentes mezquinas, lujuriosas y avariciosas que unicamente buscaban el oro, ignorando todo el sistema de universidades y hospitales públicos que se construyeron, educando a sus habitantes en el catolicismo, sí, pero haciéndolo de la misma manera que se hacía en la Europa de donde provenían.

Los pueblos conquistadores o vencedores siempre han «enterrado» la cultura de los pueblos vencidos de manera sistemática, porque no quedaba nadie que la defendiera. Lo menos que se podía pedir es que el vencedor aportara algún tipo de avance con su conquista, como se ha explicado en los casos presentados. El Imperio Británico sin embargo, aunque derrotó en un par de batallas al español, nunca pudo llegar a lo que hubiera sido su deseo, una victoria total con la que hacer desaparecer la cultura hispana, expropiarla para sus museos y sustituir sus colonias. Su aportación es importante, pero la supuesta supremacía de la pérfida Albion nunca ha llegado a convencer tampoco, y sus intentos por desprestigiar a la cultura hispana han sido exagerados e improcedentes en algunos casos, por cuanto su victoria no ha aportado ningún elemento de calidad significativo, más bien al contrario.

El ejemplo más evidente de la tragedia que supuso el declive de la cultura hispana y el auge de la anglosajona como «estandarte» cultural de lo occidental, lo podemos ver en África. A pesar de todo lo malos que supuestamente fueron los españoles en América y a pesar de lo supuestamente mejor que era la británica, el resultado es que creyéndose su propia supremacía han conquistado y dominado un continente fabulosamente rico como es África, para convertirlo en un lugar triste, sometido al imperialismo económico de un occidente manejado desde EEUU, hambriento y que a duras penas pueden muchas de sus gentes sobrevivir. Si se desea comparar la cultura hispana de la anglosajona, al menos en el aspecto de ocupar otras tierras e integrar a sus habitantes, tan solo hay que mirar América y África y que cada uno extraiga sus propias conclusiones. Si no es suficiente dirijan pues su mirada a Oriente Medio, a Israel y Palestina, la cuna de la civilización convertida «gracias a» la intervención del gobierno Británico al principio y el de EEUU después, en lo que es hoy en día, un lugar de enfrentamiento y odio irreconciliable. Una metáfora de la situación mundial.

La cultura anglosajona, conocedora de sus propios errores, lleva ya un buen tiempo intentando corregirlos. Gran Bretaña ya no camina con la altivez que lo hacía antaño, sino con cierta vergüenza de si misma, incapaz de educar a su gente que allá donde va hunde estadios de fútbol o se abandona bajo los efectos de la drogas y el alcohol. Incluso el imperio económico de los EEUU ya no es lo que era, necesitando que China le solucione su problema con la deuda pública —arrastrando al resto de occidente—. El mundo anglosajón ha dejado de usar los mitos y exageraciones que en su momento sirvieron de propaganda ideológica contra el oponente, que era el Imperio Español. No encuentran interés en hacer leña de un árbol caído porque sabe que en algunos aspectos que durante siglos ignoraron y ocultaron deliberadamente para promocionar el suyo, se evidencia hoy que aquel fue superior y pionero. Una España que olvidando sus logros, continúa atascada en sus limitaciones, sin deshacerse del lastre de siglos anteriores. A pesar de todo, parece que los únicos que creen y utilizan la Leyenda Negra española son los propios españoles e hispanos en general. Unos por un sentimiento de culpa inmerecida en el fondo, otros como un revanchismo alimentado por las jerarquía políticas del continente hispano-americano. Curiosamente, parece que desde el ámbito anglosajón nos miran con asombro al ver el extraño espectáculo absurdo por parte de unos actores que lo largo de la historia han mostrado lo que la cultura latina en general —primero en el Mediterráneo y luego en América— ha sido capaz de hacer.

Fabricación de odio

Al otro lado del océano, la idea que se tiene de Europa es la proporcionada por la que le interesa al sistema social en el que habitan sus individuos, al igual que ocurre con cualquier otro concepto. Es decir, el sistema político que mantiene al sistema educativo público, alimenta a este de unas materias orientadas a ofrecer una determinada imagen del mundo que nos rodea. No es necesario que exista una clara intención de manipular a la población, pero es evidente que cualquier prejuicio no asumido, cualquier factor o concepto que resulte de mayor conveniencia para la jerarquía burocrática que decide en los asuntos educativos, va a repercutir en este apartado. Y esto ocurre, ha ocurrido y probablemente seguirá ocurriendo si no se hace nada para moderar esta tendencia, en todas partes y en todas las épocas desde que existe la educación pública. Según el educador Ken Robinson, entre otros, aproximadamente desde la Revolución Industrial los sistemas educativos públicos son en la práctica, meros «fabricantes» de trabajadores con el propósito básico de proveer de mano de obra al sistema —preparados en lo técnico pero sumisos y obedientes— dejando en segundo lugar las capacidades creativas y el pensamiento alternativo. Volviendo al tema que se está tratando, desde que las clases políticas hispano-americanas lograron emanciparse de la «madre patria», su liderazgo, su estatus social, se basaba con toda probabilidad en su capacidad para lograr tal objetivo. Los políticos suelen usar de manera muy habitual el culpar a los políticos anteriores y a los problemas que dejaron en la anterior legislatura, de los propios suyos. De manera muy similar a lo que ocurre con los nacionalismos que en la propia España existen, la falta de capacidad —o de la simple intención— de solucionar los problemas es «disimulada» sin más que culpar a un «enemigo» fabricado para la ocasión. La labor de señalar los errores de España ya fue comenzada por el antiguo Imperio Británico y ahora, son las jerarquías políticas hispano-americanas descendientes de aquellas que lograron la independencia, las que continúan la labor como método más sencillo para convencer a la población de su conveniencia de continuar en el poder.

Y así, mediante un populismo viciado, los descendientes de unos españoles que dejaron de serlo para no tener a nadie por encima suyo en la jerarquía política, usan un incongruente «nacionalismo nativo» para convencer —y engañar en buena medida— a una población mezclada. Nativos que sin embargo, olvidan que pueden formar parte de su gobierno haciendo uso de las instituciones políticas inspiradas en la cultura greco-latina heredada de lo hispano, dejándose llevar por el odio hacia lo que los ascendientes de sus propios líderes les hicieron hace ya siglos, en otro momento y situación históricas. Este esquema es equivalente al de cualquier nacionalismo secesionista y es a su vez una advertencia de lo que ocurriría en el hipotético caso de que Cataluña se independizase: unos terratenientes apoderados y ricos, élites económicas y políticas, que observan que pueden mejorar su posición haciendo uso de ciertos factores históricos y culturales que aunque ya obsoletos y superados, son reavivados para alimentar el odio, la exclusión y el enfrentamiento entre la población, consiguiendo apoyos construyendo un enemigo imaginario a pesar de lograr su estatus haciendo uso de las mismas instituciones que dicho supuesto enemigo les ha otorgado. De esta manera, perpetúan la situación a conveniencia, culpando siempre, por más concesiones que se les dé, al mismo protagonista que en su momento, estableció y construyó la base de todo lo que sus herederos son hoy en día.

El techo de la Humanidad

Actualmente la humanidad se encuentra en una encrucijada. Una situación similar a la que antaño se ha dado se repite ahora: una población en aumento requiere de cada vez más recursos, los cuales, agotándose ya los naturales y los propios de las tierras donde se han establecido, se extraen de aquellas habitadas por los pueblos más débiles, aumentando las desigualdades, provocadas de manera imparable por un sistema económico basado en un dinero sin valor. En otras palabras: la humanidad está llegando a su techo de desarrollo. El problema es que no tenemos otro lugar a donde ir salvo una vida llena de penurias en este u otro planeta, abocados si no hay algún avance significativo. Occidente hace todo lo que puede, pero sus propios intereses económicos empujan del lado contrario. Europa al borde del colapso, a los pies del botarate de la Casa Blanca. España, un país intervenido a escondidas y sometido a intereses ajenos, sin capacidad de acción. La contradicción del ser humano, cuando todo el planeta está descubierto y con la naturaleza sometida, cuando no queda ni un solo metro cuadrado de tierra que no se haya ya intentado aprovechar por los medios conocidos, es ahora cuando se manifiesta. Actualmente no se vislumbra una solución ni se sabe quien la podrá llevar a cabo o al menos, proponerla con convencimiento. América latina conserva todavía cierta independencia de sus vecinos del norte y ese amor por la naturaleza, el medio ambiente y el respeto hacia las culturas ahora casi perdidas. Las ansias de poder de sus propios líderes les impiden ver más allá de un enemigo que no existe, confundidos. Pero ¿quien sabe?, tal vez algún día despierten, superarán sus limitaciones, dejarán de dejarse manipular por sus mismos poderes y brinden al resto del mundo, una vez más, un nuevo horizonte.


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