sábado, 22 de diciembre de 2007

Javier Marías y la cultura democrática: conclusiones

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El chino debe ser el mejor idioma del mundo... ¡es el más hablado!

Dese carpetazo a lo empezado en el artículo anterior, sobre la forma de divulgar del escritor Javier Marías en función de dos artículos de su blog sobre la capacidad de «la gente», de decidir sobre determinados asuntos. En esta ocasión el artículo es el del día 23 de septiembre: Y rara vez tenemos razón.

Tras lo comentado y explicado hasta ahora, resultan más sorprendentes aún algunas afirmaciones del Sr. Marías. Pero véase secuencialmente, de la misma forma que en la ocasión anterior:

Si, como comentaba aquí hace una semana, los políticos elegidos en las urnas no son necesariamente buenos por haber sido así votados, sino sólo aceptados por todos -en eso consiste la democracia, en el acatamiento pacífico de lo que la mayoría quiere para nuestra gobernación-, lo que no tiene ningún sentido es la traslación de la opinión "popular" a otros ámbitos.

Bueno, en este caso, poco hay que decir en contra. Un candidato político elegido como resultado de un sufragio electoral, no le hace ni más ni menos bueno. Tan solo se puede afirmar eso, que es el elegido por mayoría. Si un político se arroga una bondad determinada por este motivo, incurre en un error. Un detalle a añadir sería el siguiente: -en eso consiste la democracia, en el acatamiento pacífico de lo que la mayoría quiere para nuestra gobernación-. Si, en eso consiste la democracia, pero una cosa es la gobernación, y otra el elegir a un candidato, a lo que parece referirse.

Un político elegido mayoritariamente no puede realizar cualquier cosa, y menos aún, cometer u ordenar algún tipo de acto que vulnere la ley. Por supuesto, tampoco debería poder modificar las leyes, sin seguir los cauces adecuados para garantizar que las reglas del juego son las mismas (por ejemplo, modificar la constitución o aprobar leyes que la vulneren sabiendo que van a ser aprobadas gracias al control sobre el tribunal correspondiente). No debería hacer todo esto... aún a pesar de haber sido elegido por «la gente».

Si lo que se llama "la gente" acierta poco en lo que le es más vital (veanse los ejemplos de gobernantes nefastos del domingo anterior, y podrían añadirse muchos más), ¿por qué habría de acertar en ninguna otra cosa?

Es de suponer que tras el primer artículo del Sr. Marías, semejante afirmación responde a la presunción de que el lector está ya preparado para asimilar la inevitabilidad del error, de ahí que ya se cuestione directamente la capacidad del pueblo para opinar, ni que decir tiene de la de gobernarse. Pero como ya se explicó, habría que ver que alternativas u opciones se enfrentaban los votantes a la hora de elegir a un gobernante, así como las consecuencias que se tienen, en función del sistema político correspondiente.

En realidad, es muy probable que a titulo individual, muy poca gente pretenda que el político que se está eligiendo sea «el bueno». En general, estos políticos, son como mucho, los que «la gente» ha elegido, de entre las opciones que había, y en todo caso, el que creen menos malo. Pero a pesar de todas sus advertencias, sigue sin resolvernos la duda de como obtener la certeza de quien es realmente el que debemos elegir, y no solo eso, también debería aclararnos como saber que el que se ha elegido, es o no acertado. ¿Que persona o entidad tiene la facultad para saberlo de forma absoluta?

Lo que dice El Papa, «va a misa»¿no se referirá a este?

Continuación:

Hoy en día, sin embargo, las votaciones "populares" se multiplican, en buena medida porque, a través de Internet y de los SMS, cada día resulta más fácil llevar a cabo simulacros de ellas. Continuamente leemos u oímos que tal periódico u organismo o emisora de radio o televisión han propiciado una encuesta para saber, qué sé yo, quién es el personaje más importante de la historia de España o del Reino Unido

Don Javier expone a continuación una serie de ejemplos de este tipo de votaciones, que no se cree necesario mostrar, por no ser relevantes más que el fragmento citado. Como también se ha comentado anteriormente, no se puede pretender alcanzar un conocimiento sobre un tema, sin más que conocer la opinión de la mayoría sobre el mismo. En este sentido es acertada la critica a este tipo de usos de un sistema de votación. El problema es que en los casos a los que se aplica, no pretenden llegar a conocimiento alguno en el fondo.

En estos concursos, la confección de la pregunta realizada para el mismo, plantea las dificultades correspondientes a las encontradas para realizar cualquier otra encuesta, sobre todo las de opinión o sociológicas. En estas, la pregunta ha de realizarse sin ambigüedades, y debe restringirse al ámbito adecuado. En definitiva, la pregunta ha de ser entendida por igual por todos los individuos de la muestra, para tener utilidad. Pero en definitiva, en líneas generales, el único conocimiento que se busca por las encuestas, no es más que conocer con la mayor exactitud el grado de repercusión de un concepto sobre una muestra de individuos, para extrapolarla al resto de la población.

En los concursos televisivos o radiofónicos, el principal objetivo es que participe el mayor número de gente. Así que el error consiste en darle una relevancia excesiva al resultado del concurso, o considerar el significado literal de la pregunta realizada como el objetivo del mismo, cuando seguramente esta (la pregunta) ha sido simplificada al máximo por motivos prácticos. Ejemplo: si se pregunta ¿quien es el personaje más importante de la Historia de España? resulta evidente a tenor de lo explicado, que la intención de la pregunta excede con mucho la verdadera posibilidad de alcanzar el objetivo que parece pretenderse. Para ser estrictos en este sentido, la pregunta debería ser ¿cuál cree usted, que es el personaje más importante de la Historia de España?. Aunque a efectos prácticos, el resultado en lo que concierne a las pretensiones de los productores del programa, es prácticamente el mismo.

Algo similar se puede aplicar al método para designar las «nuevas siete maravillas del mundo». Esta ocurrencia de un multimillonario, es poco más que eso, una ocurrencia en la que esta persona pudo gastarse su dinero, por no encontrar una ocupación mejor.

Lo malo de toda esta tendencia es que los políticos del mundo se amparan en ella para cometer sus tropelías.

El Sr. Marías pone varios ejemplos: uno de ellos ocurrido en Soria (algo de un monumento o algo así), otro sobre los gustos de ocio de los españoles, y otro sobre las pretensiones de un grupo numeroso de musulmanes. ¡No tienen nada que ver uno con otro! Y no solo por tratarse de asuntos diferentes, sino porque también tratan de ámbitos y contextos distintos.

El de Soria, es un defecto del sistema político. Una vez se consiguen los votos, el mandatario hace lo que cree conveniente, sin más intervención de la gente, pero apoyándose en el supuesto apoyo que le dieron en su día (cosa que también critica Javier Marías)

Sobre los gustos ¡no hay nada escrito! ...A la gente le gusta El código Da Vinci, pero eso no lo convierte en un libro bueno... ¡y quien dice que lo sea!

Y ¡ay! lo de los musulmanes. Que hayan cien mil de ellos o más, exigiendo que España esté regulada por la Sharia, mucho me temo que no tiene nada que ver con la democracia.

¿Cuál es la realidad? El Sr. Don Javier Marías, lejos de aclararnos el estado de la cuestión en materia de sistemas políticos, alimenta nuestros prejuicios e ideas preconcebidas, y agrava en alguna medida nuestro ya perjudicado acervo cultural de pasado dictatorial. Mientras que acierta en diagnóstico y en los síntomas, en lugar de ofrecer solución o alternativa nos acojona, nos menosprecia y nos confunde, casi consiguiendo que cuando vayamos votar, lo hagamos a alguien con talante, dialogante, relativista y débil a la hora de aplicar la ley. Debería esperarse algo más de alguien que no tiene tapujos para criticar a una institución como la Iglesia Católica española, para hacerlo también con el sistema de partidos actual que propicia los defectos que denuncia.

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