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domingo, 19 de abril de 2026

La democracia ateniense no es lo que crees (y no pasa nada)

domingo, 19 de abril de 2026
La democracia ateniense y su uso actual: por qué el debate moderno mezcla conceptos y genera confusión sobre poder, igualdad y participación

La democracia vuelve a estar en cuestión. A pesar de ser presentada como uno de los mayores logros políticos de la historia, crece el descontento hacia su funcionamiento real. No es extraño encontrar encuestas en las que una parte creciente de la población, especialmente entre los más jóvenes, considera preferible otro tipo de sistema. En este contexto, es habitual recurrir a la democracia ateniense como referencia. Sin embargo, lejos de aclarar el debate, suele enturbiarlo. 

Unos la presentan como el origen de nuestros valores políticos, ignorando las enormes diferencias entre una democracia asamblearia y la representativa actual. Otros la desacreditan fijándose en quién excluía —mujeres, esclavos, extranjeros—, como si esas estructuras no existieran mucho antes de su aparición. El resultado es una discusión aparentemente histórica que, en realidad, no lo es.

Atenas como excusa

Aunque la pregunta parece clara: ¿era Atenas una democracia real?, en el fondo, esa no es la cuestión que se está discutiendo. Cuando se invoca a Atenas, no se intenta comprender cómo funcionaba aquella sociedad, sino responder a una duda contemporánea: si el sistema actual es legítimo o no. El pasado se convierte así en un campo de batalla simbólico donde se proyectan conflictos del presente. La democracia ateniense se convierte en un reflejo de los prejuicios contemporáneos. Lo peor es que, al hacerlo, se mezclan niveles que deberían analizarse por separado, lo que dificulta enormemente llegar a una conclusión coherente y los debates se convierten en discusiones circulares donde cada uno habla de cosas distintas.

La Atenas «real»

La democracia ateniense fue, ante todo, una innovación política muy concreta: por primera vez, un grupo de ciudadanos participaba directamente en la toma de decisiones colectivas de su polis. Eso es lo relevante. No eliminó la esclavitud. No estableció igualdad universal. No pretendía hacerlo. La democracia, en ese contexto, no era un proyecto moral de justicia, sino un mecanismo de decisión dentro de una estructura social ya existente. 

En esa estructura se incluía lo que durante milenios fue percibido como un «orden natural». No necesariamente porque se considerara justo, sino porque no existían alternativas viables dentro de las condiciones materiales de la época. De ahí derivaban tres elementos clave: una desigualdad material ligada a la acumulación de excedentes, una exclusión política resultado de múltiples factores —especialización, jerarquización, crisis sociales— y una dependencia productiva que, en ese contexto, solo podía sostenerse mediante coerción. 

Criticar Atenas por algo que existía varios miles de años antes e ignorar lo que aportaron, es tan cierto como irrelevante si no se distingue entre estos niveles.

La mezcla «explosiva»

Buena parte de la confusión actual surge porque se tratan como equivalentes tres cosas distintas: por un lado, la forma de gobierno —quién decide—; por otro, la estructura social y económica —quién sostiene el sistema y en qué condiciones— y finalmente, los valores morales —qué se considera justo o injusto—. Cuando estos niveles se mezclan, el análisis se vuelve ambiguo y las ideologías ocupan una buena parte del debate.

Así, se critica la democracia ateniense por una desigualdad social existente desde mucho antes, como si esa desigualdad invalidara un mecanismo político que acababa de surgir en la cultura humana por primera vez en la historia —no fue la única, pero si la primera—. O desde otro «bando», se defiende la democracia actual apelando a valores que no dependen directamente de su forma institucional.

En ambos casos, el resultado es el mismo: confusión. Parece que no hay intención de arrojar claridad sino disimular los defectos del actual sistema argumentando que «todos pueden participar», algo que no ocurría hace más de dos mil años. O defender el sistema asambleario o la democracia directa, sin tener en cuenta su viabilidad práctica.

Las dos caras del mismo problema

Esta confusión no es casual y se manifiesta en posiciones que, aunque parecen opuestas, comparten un mismo patrón: por un lado, existen corrientes que, desde posiciones críticas —a menudo vinculadas a análisis materialistas o marxistas—, utilizan Atenas como ejemplo para desmontar la democracia en su conjunto. Señalan sus exclusiones, su dependencia de la esclavitud o su estructura desigual para concluir que la democracia no es más que una fachada ideológica. Sin embargo, este enfoque suele pasar por alto que aquello que se critica no es la innovación política en sí, sino la estructura social en la que se insertaba, heredada de miles de años anteriores.

Por otro lado, quienes defienden la democracia actual tienden a construir una narrativa de continuidad histórica en la que Atenas aparece como el origen de nuestros valores políticos. Se resaltan sus logros, pero se ignoran tanto sus limitaciones como, sobre todo, las profundas diferencias con los sistemas contemporáneos. La democracia ateniense era directa, asamblearia y exigía una implicación y responsabilidad constante del ciudadano en la vida política. La actual, en cambio, es representativa, mediada por partidos y con una participación mucho más indirecta.

En ambos casos, cada posición selecciona el nivel que le interesa y omite el resto.

Lo que sí ha cambiado (y lo que no)

Es evidente que las sociedades modernas han reducido muchas de las formas más explícitas de dominación. La esclavitud legal generalizada o la coerción directa ya no definen el funcionamiento cotidiano de las instituciones. Sin embargo, este avance real no implica necesariamente que la estructura de fondo haya desaparecido. En las sociedades antiguas, la dependencia era visible y directa. En las actuales, tiende a manifestarse de forma más compleja, mediada y, en muchos casos, menos perceptible. La ausencia de coerción explícita no equivale automáticamente a la ausencia de dependencia estructural. La diferencia es importante, pero no implica una ruptura completa con las lógicas anteriores. 

Quienes critican la esclavitud en Atenas suelen identificar correctamente ciertas continuidades estructurales, pero pasan por alto la innovación política que supuso. Por el contrario, quienes destacan esa innovación tienden a asumir que su desarrollo histórico ha resuelto el problema, ignorando la distancia entre aquel modelo y los sistemas actuales. En particular, la relación entre participación, responsabilidad y toma de decisiones del ciudadano —central en Atenas— apenas tiene equivalente en las democracias contemporáneas. En este sentido, que hoy «todos puedan votar» no equivale necesariamente a igualdad ni a participación efectiva en el gobierno.

La captura política del lenguaje

Uno de los problemas del debate contemporáneo como consecuencia de ignorar algunos de sus aspectos fundamentales, es la identificación implícita entre democracia e igualdad. La democracia, en su sentido más estricto, es un mecanismo de toma de decisiones colectivas. No garantiza por sí misma ni la igualdad material ni la equidad social. Puede coexistir —e históricamente así ha sido— con estructuras profundamente desiguales. Esperar que la democracia resuelva automáticamente problemas que pertenecen a otros niveles conduce a frustración y a diagnósticos erróneos. Atenas se utiliza así como una herramienta retórica más que como un objeto de estudio.

Quienes buscan desacreditar el sistema actual proyectan sobre ella sus críticas, ignorando el contexto histórico en el que surgió. Quienes buscan legitimarlo seleccionan aquellos elementos que refuerzan su narrativa, sin atender a las diferencias fundamentales entre ambos modelos. El resultado es que Atenas deja de ser comprendida y pasa a ser utilizada.

A esta dificultad se suma otra: la falta de un lenguaje preciso para describir cómo funcionan realmente las relaciones de poder en las sociedades actuales. En ausencia de distinciones claras, términos como «democracia», «libertad», «autoridad» o «dominación», se utilizan de forma ambigua, cargados de significados distintos según quién los emplee. Esto hace que muchas discusiones no sean tanto desacuerdos como malentendidos. Algunas personas creen estar discutiendo lo mismo, pero en realidad operan con marcos conceptuales diferentes. Otras, probablemente, usan diferentes conceptos para los mismos términos, para dar coherencia interna a sus propios marcos ideológicos sin buscar acuerdos comunes.

Un pasado no superado

La insistencia en Grecia y Roma no es casual. Cuando un sistema entra en crisis o pierde legitimidad, es habitual buscar sus orígenes. El pasado se convierte en un recurso para justificar o cuestionar el presente. Pero esta mirada rara vez es neutral. Se seleccionan aquellos elementos que encajan con el relato que se quiere construir. Por eso Atenas sigue apareciendo una y otra vez en el debate. No porque explique nuestro presente, sino porque todavía no sabemos explicarlo sin recurrir a ella. Porque todavía persiste un problema latente en nuestras sociedades que no nos atrevemos a mirar.

Una última idea incómoda

Quizá el problema no sea solo histórico ni político, sino conceptual. Puede que carezcamos todavía de herramientas suficientemente precisas para distinguir entre formas de organización, estructuras de dependencia y mecanismos de legitimación. Mientras esa distinción no se haga de manera clara, el debate seguirá atrapado en la confusión.

Y Atenas seguirá siendo utilizada, no como lo que fue, sino como lo que cada uno necesita que sea para sostener su propio relato. Y no pasa nada. 

El problema no es que no entendamos Atenas, es que no nos entendemos a nosotros mismos.

jueves, 22 de mayo de 2025

Una mirada a la antigua Grecia

jueves, 22 de mayo de 2025

Cuando se habla de la antigua Grecia probablemente lo primero con lo que se la identifica es con el «nacimiento de la democracia». Es también habitual acompañar esta descripción con matizaciones cuyo objetivo parece que sea minimizar o relativizar el logro que supuso aquella transformación política, al recordar el «trato a las mujeres» o la «existencia de esclavización». Si bien esto es cierto, también lo es que estos conceptos no eran lo que caracterizaba a la Democracia Ateniense, sino que formaba parte de un legado de miles de años anterior, en el que los atenienses no tuvieron nada que ver. El siguiente es un fragmento adaptado extraído del documento El origen del patriarcado que intenta arrojar algo de luz sobre esta aparente confusión, difundida habitualmente desde todo tipo de medios:

Hay un momento en la historia de nuestra especie en la que ocurrió algo significativo. Tras la caída del Imperio Acadio, otros imperios fueron formándose y cayendo siguiendo un mismo patrón[1]. Lo positivo que tenía este proceso es que durante los periodos de relativa estabilidad y calma, florecían las artes, la cultura y la filosofía. Si bien el modelo patriarcal y jerarquizado continuaba en la misma medida —la fuerza continuaba siendo el parámetro decisivo, con el hombre como protagonista, situación fomentada además desde las creencias religiosas— sin embargo, los colectivos eran cada vez más cultos y sofisticados. En la zona que hoy se conoce como Grecia, florecieron unas ciudades-estado cuyas jerarquías —que dependían al fin y al cabo de la mano de obra de sus ciudadanos— perdían poder e influencia en la misma medida la población era cada vez más culta, mejor formada y con mayor autonomía[2]. En definitiva, la dinámica inversa a la [que había caracterizado a los colectivos humanos desde su expansión desde Oriente Medio]. Esto es importante porque demuestra que, si bien el desarrollo conllevó sobrepoblación, crisis y gobiernos autoritarios, con el tiempo y gracias a la eficaz pacificación que supone un imperio durante su periodo de expansión y sostenimiento, se alcanza otro umbral de prosperidad basado en la razón, el orden y el conocimiento. En este nuevo paradigma, los colectivos humanos reclaman una nueva manera de gobernar en la que la fuerza no sea el parámetro principal y en su lugar, una mayor eficiencia del gobierno en la mejora del bien común. 

En las ciudades-estado de la antigua Grecia se vivía con relativa prosperidad, pero eso no significaba que no tuvieran problemas. Uno de ellos eran los conflictos bélicos debidos entre otros motivos, al deseo de expandir su territorio, no tanto por los suyos sino también por los de las ciudades y pueblos vecinos[3]. En aquel momento, la división de trabajo por sexos y el modelo patriarcal ya venían ocurriendo en los colectivos humanos desde hacía unos cuantos siglos con anterioridad. Es decir, eran conceptos ya arraigados en los colectivos humanos. En este contexto, los responsables de la defensa de la ciudad y la gestión de la propiedad eran los hombres, teniendo las mujeres como principal función la reproducción y el cuidado doméstico.

El concepto de privilegio

Si «democracia» es el gobierno del pueblo según la etimología griega, según la romana «privilegio» es una «ley» (legium) «privada» (privi). Es decir, una ley que considera solo a un sector de la población. Si se tiene en cuenta para este propósito la definición proporcionada en la RAE[4], esta norma sería un privilegio si establece un beneficio sin tener que prestar un servicio que lo justifique. Sin embargo, cuando se define en medios de amplia difusión la «democracia ateniense» como[5] un sistema donde «solo los hombres tenían todos los derechos y las ventajas, y solo ellos se beneficiaban de tener acceso a la educación y el poder», llama poderosamente la atención la ausencia de la mención a las obligaciones que debían atender, en ocasiones, con su propia vida. Para evitar esta parcialidad marcada por los prejuicios de nuestro contexto actual, es justo tener en cuenta el contexto de entonces y el legado del cual se provenía.

Por una parte, el ciudadano varón no tenía otra opción más que prestar servicio militar y participar en los habituales conflictos bélicos que se sucedían, naturalmente, si deseaba continuar con su condición como tal. Además, eran los responsables de la manutención y de la educación de la familia, mujer e hijos. Debían participar en la esfera pública en asambleas que podía durar varios días, y hacerse cargo de las decisiones que se tomasen. Asumir cargos, así como los conflictos y responsabilidades derivados por este motivo. La mujer, por otro lado, tenía una función reproductiva insustituible que el hombre no podía cumplir. Por este motivo, como se ha visto, al aparecer los problemas de abastecimiento y crisis debidas por los conflictos en la competencia por controlar los recursos para asegurarlo, desde hacía siglos que el constructo social imponía a las mujeres una obligación a tal fin reproductivo, de la misma manera que imponía a los hombres la obligación de defender la sociedad de la que surgía. Estas obligaciones, sin embargo, dependerían del nivel de estabilidad y prosperidad económica así como de la formación y cultura del colectivo.

Con esta descripción se pretende relacionar de una manera más matizada y dentro de su contexto, la relación entre «derechos políticos» y «responsabilidades», que no obedecían simplemente a una cuestión de sexos o de roles de género. Por ejemplo, no todos los hombres podían participar en las decisiones políticas, de la misma manera que no tenían la misma obligación de prestar un servicio militar. Ahora bien, en caso de problemas, los hombres libres, que no tenían la condición de ciudadano, podían verse llamados a filas[6], cosa que no se daba con las mujeres, las cuales también tenían un papel aunque alejado del enfrentamiento violento. En definitiva, todo el asunto de la participación política en la antigua Grecia y en concreto, en Atenas, reviste de mucha mayor complejidad que la habitual simplificación que se ofrece en la actualidad. Por añadidura, alguien podría pensar que la mujer en Atenas seguía estando relegada y supeditada a depender de un varón a pesar de toda esta relación entre derechos y responsabilidades. Sin embargo, la realidad añade un singular matiz con la figura de las heteras [7], mujeres que gracias a disfrutar de una condición favorable —familia, educación, inteligencia, atractivo físico y otros condicionantes— decidían convertirse en mujeres libres que podían ejercer normalmente de bailarinas o maestras, hasta participar en los simposios al mismo nivel de debate que cualquiera de los filósofos de la época. Todavía más sorprendente se hace cuando a poco que se investiga se descubre que no solo hacía falta pertenecer a una buena familia o ser atractiva, sino que si una mujer era hábil —circunstancias muy similares en definitiva, a las de cualquier otra época— podía dedicarse a la medicina, artesanía y comercio como principal sustento, sin necesidad de supeditarse a un varón[8].

Tampoco hay que excederse e idealizar en exceso aquella época, marcada por temporadas de escasez y conflictos bélicos que forzaban al varón a dedicarse a actividades militares y a la mujer, por su condición biológica, a la labor reproductiva por la que debía supeditarse a un varón. Constructos sociales que marcaban una desigualdad, pero esta ya no era definida tanto por un deseo de someter a la mujer o de permanecer en el poder, como por las posibilidades de la época y por el legado previo de siglos de condicionamiento biológico en un entorno definido por el inapelable crecimiento exponencial y las leyes de la termodinámica. Ámbito científico cuya evolución marcaría siglos más tarde, durante la Revolución Industrial, la posibilidad de redefinir estas dinámicas de poder, recursos y uso de la fuerza por primera vez en la historia del ser humano.

Durante todo este tiempo, a lo largo y ancho del planeta, diferentes modelos de patriarcado han existido. Además de en Roma, pilar de la cultura occidental donde continuó un similar modelo patriarcal —en el que la mujer tenía más derechos que en épocas posteriores[9]—, otras expresiones se dieron en la Confederación Iroquesa o el Pueblo tlaxcalteca de América, patriarcados que también supusieron ejemplos de gobierno más participativos e inclusivos una vez alcanzaron un desarrollo. Y no se puede pasar por alto a China, cuyas raíces de su particular patriarcado se remontan a Confucio, basado en la armonía y el orden, todavía vigente hoy en día a pesar de la revolución que parece haberse circunscrito al ámbito político, adaptando las tradiciones culturales a las circunstancias del Partido Comunista Chino[10]. Las mismas condiciones se han dado en todas partes y una misma especie humana ha tenido que optar por soluciones muy similares. La principal diferencia es que Occidente ha alcanzado una hegemonía que le ha hecho ser el blanco de todas las protestas y reivindicaciones. La pregunta que cabría realizarse ahora sería qué han ganado realmente las mujeres en todos estos siglos de avances. Es decir ¿por qué en la era de las «democracias liberales» se continúa hablando de este asunto?

Para más información consultar el documento adjunto o la entrada anterior.

[1] "Así fue el final del primer gran imperio, y nos enseña una buena lección", El Confidencial, 6 de enero de 2019, https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2019-01-06/imperio-historia-cambio-climatico_1739066/.

[2] Solón y Clístenes como filósofos, y Pericles como estratega político y militar.

[3] Guerras Médicas y del Peloponeso

[4] "Privilegio", Diccionario de la lengua española (DLE), Real Academia Española, acceso 5 de marzo de 2025, https://dle.rae.es/privilegio.

[5] "¿Cuál fue la primera civilización de la historia?", Muy Interesante, acceso 16 de febrero de 2025, https://www.muyinteresante.com/historia/62537.html.

[6] "Conflictos armados en la antigua Mesopotamia", World History Encyclopedia, acceso 5 de marzo de 2025, https://www.worldhistory.org/trans/es/1-21541/conflictos-armados-en-la-antigua-mesopotamia/. Esta fuente muestra que en las ciudades-estado, antes de los imperios, los reyes mantenían guardias personales principalmente como símbolo de autoridad más que como cuerpos defensivos ante amenazas externas. En tiempos de conflicto, se recurría al alistamiento de ciudadanos.

[7] "Heteras y cortesanas en la Grecia clásica", Historia National Geographic, acceso 21 de febrero de 2025, https://historia.nationalgeographic.com.es/a/heteras-cortesanas-grecia_17148.

[8] "La mujer en la antigua Grecia", World History Encyclopedia, acceso 21 de febrero de 2025, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-927/la-mujer-en-la-antigua-grecia/.

[9] Domínguez Arranz, Almudena, y Vanessa Puyadas Rupérez. "Más allá de la domus: experiencias femeninas en espacios masculinos". Dialnet, acceso 21 de mayo de 2025, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7526679.

[10] "Xi Jinping is trying to fuse the ideologies of Marx and Confucius", The Economist, acceso 12 de febrero de 2025, https://www.economist.com/china/2023/11/02/xi-jinping-is-trying-to-fuse-the-ideologies-of-marx-and-confucius.


lunes, 11 de noviembre de 2024

Fuera del Coliseo: la Roma olvidada y los orígenes de la democracia

lunes, 11 de noviembre de 2024


La antigua Roma es una civilización que ha fascinado a la humanidad durante siglos. Su legado se encuentra presente en numerosos aspectos de nuestra vida cotidiana, desde el derecho y la política hasta el arte y la arquitectura. Sin embargo, la imagen que se tiene de esta antigua civilización a menudo está sesgada y simplificada ¿Qué le viene a la mente al lector cuando oye su nombre? Es muy probable que sean gestas imperiales, fastuosas y desinhibidas fiestas o expansionismo militar. Esta visión parcial, limitada a la Roma decadente que llegó a nuestros días y que olvida los logros que se alcanzaron en su creación, impide una comprensión completa de su compleja y rica cultura que podría ser útil para entender los desafíos a los que la sociedad se enfrenta actualmente. Al explorar más allá de los estereotipos, se descubre que la influencia de Roma es mucho más que grandes ejércitos y gestas imperiales en ámbitos como los siguientes:

  • Derecho y Justicia: código legal, igualdad, derecho consuetudinario o jurisprudencia.
  • Política y Gobierno: república, Senado, cónsules, leyes, democracia (representativa).
  • Arquitectura y Urbanismo: arcos, columnas, acueductos, ciudades, ingeniería civil.
  • Religión y Mitología: politeísmo romano, cristianismo (posterior).
  • Literatura y Retórica: poesía, oratoria, sátira, historia.
  • Idioma: latín, lenguas romances, gramática, vocabulario, escritura.
  • Calendario: meses, años, agricultura, festividades.
  • Educación: retórica, filosofía, historia, escuelas, maestros.
  • Ingeniería y Tecnología: construcciones, materiales, innovación, caminos, puentes.
  • Valores y Conceptos: ciudadanía, participación, virtud, honor, destino, ley y orden, difusión cultural, pluralismo, integración.

Comprender la complejidad de la antigua Roma nos permite reflexionar sobre los desafíos que enfrentamos en nuestra sociedad actual, como el equilibrio entre el poder individual y el bien común o el papel del ciudadano en su gobierno. Probablemente, el lector desconozca que el concepto de «república» tiene su origen en la Roma antigua y significa «cosa del pueblo». Hablar de Roma en el mundo actual dominado por streamers cuyo principal contenido es cómo se hacen unos huevos fritos o cómo se han superado cierto nivel de algún juego popular en un momento determinado, donde los trending topics están copados por anécdotas de políticos o personajes populares, como futbolistas o cantantes pop, no suele llevar a ninguna parte ya que en el mejor de los casos, tanto público como los mencionados generadores de contenido, poseen la visión sesgada y limitada que nos ha llegado hasta nuestros días. A modo de demostración puede señalarse la de los magnates de algunas de dichas redes sociales como Facebook (Instagram) o X (Twitter), personajes que se supone que están en lo más alto de lo que se entiende como meritocracia en un Occidente dominado por el interés económico. 

Hace un año comenzaron a aparecer en cierta red social de vídeos[1] cortos una serie de publicaciones sobre la Roma antigua. Por lo visto, el descubrimiento de aquella época y de su cultura causó una conmoción mediática[2]. Es cierto que como tantas otras modas pasajeras fue sustituida al poco, pero se evidenció que mientras un sector de la población vive alegre ignorante de las circunstancias que han moldeado el mundo a su alrededor y hacia donde les encaminan, existe otro sector no poco influyente y poderoso que, sin embargo, en lugar de proponer corregir los errores que llevaron a que aquel antiguo imperio se extinguiera por su propia inoperancia, sus declaraciones hacen sospechar que desean revivirlos. Aunque Mark Zuckerberg y Elon Musk no son comparables en el tipo de actividades que realizan y sus consecuencias, y no todos los problemas actuales son responsabilidad de ellos, sí que monopolizan cierto grado de atención mediática, a través de la cual han compartido con otros artistas e influencers una visión maniquea y estereotipada de la antigua cultura romana ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué es lo que recuerdan estas personas? Son varios los investigadores que han estudiado cómo «las sociedades “postclásicas [...] han imaginado, recreado y reinventado la Antigüedad»[3], siendo la historiadora Mary Beard la que más ha documentado sobre este asunto alineándolo junto a ciertas reivindicaciones feministas:

  • Idealización del pasado[4]: se trivializan los aspectos más oscuros del Imperio, como la esclavitud, la violencia y las desigualdades sociales.
  • Búsqueda de identidad: la estabilidad del recuerdo de la antigua Roma permite la construcción de una identidad occidental cada vez más difusa y falta de referentes.
  • Refugio en un pasado glorioso[5]: en momentos de crisis, la nostalgia por un pasado percibido como más simple y poderoso puede ser una forma de escapar de la realidad. 
  • Reivindicación de una masculinidad tradicional[6]: la vinculación de Roma con el poder, la fuerza y la conquista la convierte en un referente atractivo para aquellos que buscan reafirmar una masculinidad que hoy en día resulta rancia y anacrónica. 

Aunque todo esto pueda parecer anecdótico, no lo es tanto si se analiza el origen y consecuencias de esta visión incompleta de una cultura que ha llegado hasta nuestros días, reproduciendo inconscientemente comportamientos equivalentes a los imperialistas[7] en nuestro contexto actual. Esta nostalgia de la Roma que muestran películas como Gladiator (Ridley Scott, 2000)[8], con un marcado carácter imperialista en unos parámetros de grandiosidad[9], fuerza, orden y expansionismo, junto a los continuos intentos de replicarla una y otra vez, desde Alejandro Magno, Carlomagno, la Evangelización en América, el Sacro Imperio Romano Germánico, la estética y su idealización durante el nazismo en Alemania y sus aliados en Italia y España, los Zares en la Rusia imperial, hasta el Capitolio en los EE.UU., provocan hacernos la pregunta:

¿Hasta qué punto cayó el Imperio Romano?

Roma alcanzó su máxima expansión con el imperio tras varios siglos de aplicar los conocimientos que definirían una parte singular de la cultura occidental: las asambleas de Mesopotamia y Atenas, los cónsules, el Senado y el Consejo de la Republica, hasta que con el paso al imperio, quedarse finalmente en un único emperador y el Senado. Durante la época imperial, las amenazas políticas externas sucumbieron ante el poder militar de Roma y las amenazas internas lograban ser acalladas tras la mano de hierro del poder político. Sin embargo, la asignatura de la que nadie quiere hablar fue precisamente la que nadie quería ver: su insostenibilidad económica, social y política. En los puntos siguientes se van a destacar algunos aspectos que no son fruto de algún nuevo descubrimiento histórico, sino de un análisis distinto, no sujeto a los intereses políticos o subjetivos que se han encargado de construir el relato histórico que Occidente conoce. Aunque los puntos enumerados a continuación merecerían un análisis más detallado, se considera que por motivos de espacio y para hacerlo más asequible, será suficiente con un título y una breve descripción, dejando al lector que los compruebe por sí mismo, ya que como se ha indicado, no hay nada nuevo salvo el enfoque y el deseo de objetividad:

  1. La pérdida de la República y sus valores de libertad, igualdad y participación ciudadanalas crisis sociales, políticas, económicas y militares, acabaron con ciertas estructuras políticas monopolizado todo el poder de Roma en un único emperador y eliminando la posibilidad de participación ciudadana[10]. Si bien en el corto plazo logró «salvar los muebles», esta acción es el «génesis» de la mayoría de males que hasta nuestros días están aquejando a Occidente, alejándose del ideal democrático que se inició en la democracia ateniense, que la república representativa de Roma aplicó a una escala de población mayor. Este «fracaso» de la democracia a ojos de la sociedad es un «fantasma» que lleva paseando su espectral figura desde entonces, apareciendo en los momentos que como ahora, los responsables no son capaces de resolver los problemas para los cuales se supone ocupan sus puestos públicos.
  2. El fin del expansionismo: como consecuencia de posponer los problemas reales de gestión de los recursos, materiales y humanos, y ante el aumento de la corrupción y la desigualdad, la sociedad romana dejó de tener implicación en los problemas de un imperio dependiente de mercenarios y militares profesionales. Como consecuencia, Roma comenzó a sucumbir ante las presiones  militares de los pueblos fronterizos, viendo como su principal método para resolver sus problemas de ineficacia interna, que era la anexión de territorios y su  extracción de recursos, dejó de funcionar.
  3. La pérdida de legitimidad: la sociedad romana comenzó a encontrarse en una situación difícil. Por un lado, la vuelta al activismo político y la convocatoria de la huelga que fue el origen de la participación ciudadana y la creación del Consejo de la Plebe, no surgió de nuevo. Aquel activismo democrático había desaparecido de la cultura romana. Sin embargo, la corrupción, la desigualdad y el endeudamiento de la sociedad iban en aumento. Los políticos eran una clase privilegiada que, sin embargo, no servía para su propósito. La sociedad tenía que «buscarse la vida» al mismo tiempo que se encogía de hombros ante la existencia de esta clase social inoperante.
  4. El clavo ardiendo del Cristianismo: ante el creciente endeudamiento de una sociedad que no sabía cómo salir de su decadencia y con un poder político cada vez menos legitimado, surgió un movimiento populista cuyo lema principal fue «perdona a tus deudores». La adopción de una fe cristiana cada vez más popular fue probablemente lo que permitió a los emperadores romanos y sus instituciones continuar ejerciendo de líderes sociales y conservar su estatus en un territorio unificado ahora por una creencia común[11]. Sin embargo, el empobrecimiento social continuó su avance de manera paulatina, por lo que las instituciones romanas, inoperantes pero a pesar de todo, oficialmente activas, fueron sustituidas por otros líderes locales cuya importancia iría en aumento, a pesar de seguir dependiendo de Roma.
  5. La sociedad feudal: la antigua culta, organizada y prospera sociedad romana, se convirtió sin que nadie quisiese advertirlo —ya que implicaría aceptar el fracaso del único orden establecido que habían conocido durante siglos— en masas de plebeyos ignorantes y analfabetos que buscaban el orden y protección local que habían desaparecido, a pesar de que en Roma continuaba existiendo un líder del que dependían las uniones políticas y la aprobación de proyectos: el Papa. Los líderes locales sustituyeron a las antiguas estructuras de orden cívico romanas, cuyo único legado fue el uso de la religión como justificación política a través de los obispos, proporcionando la única posibilidad de seguridad en un mundo a merced de piratas y saqueadores. Dicha sustitución implicaba continuar dependiendo de la centralidad de Roma, aunque se tuviera autonomía en los asuntos locales. De aquí surgió la sociedad laica, diferenciada de la eclesiástica que continuaba gobernando desde Roma[12].
  6. La Doctrina del descubrimiento[13]: analizado con la objetividad que proporciona la distancia temporal y política, resulta sorprendente que la Europa resultante del desmantelamiento político de Roma, en lugar de revisar los acontecimientos y establecer un curso de acción diferente, continuara haciendo esencialmente lo mismo: la necesidad de recursos externos llevó a comerciantes y exploradores de las penínsulas Itálica e Ibérica a aventurarse a remotos confines de la lejana Asia, fuera por tierra o por mar. La noticia de que existían tierras vírgenes sin explorar y habitadas por «infieles», acabó por convertir en objetivo «político» la asimilación de esas «nuevas» tierras con la excusa de la evangelización, pero en definitiva, se trataba de lo mismo que se estaba haciendo desde que aquellos jinetes de Cáucaso invadieran Europa a caballo[14].
  7. La Roma cultural: la prueba de qué clase de Roma seguía presente en las mentes y corazones de los habitantes europeos, podría situarse en el hecho de que cuando por fin las antiguas tribus bárbaras que bordeaban los límites del imperio pueden sorprendidas, acceder a los nuevos territorios feudales, lo hacen adoptando sus mismas señas, filosofía y legitimidad, asumiendo la autoridad papal de Roma, sin que mediase batalla ni imposición alguna. Al contrario, eran ellos mismos los que ansiaban ocupar el lugar de los antiguos dirigentes romanos, convirtiéndose en continuadores de su legado y de la cultura que definió al imperio.

La Roma actual

Es desde esta tesitura cuando se puede entender cuál es la Roma que ha llegado hasta nuestros días, anhelada por los zares, cancilleres y caudillos varios, llegando incluso a inspirar al sistema presidencial de EE.UU., influyendo en la definición del concepto de Destino Manifiesto que ha caracterizado a la cultura del país norteamericano[15]. La Roma de la democracia representativa es olvidada como un fracaso, solo recuperada en parte tras la Revolución Francesa, para volver de nuevo al terror imperialista. Todo parece indicar que aunque se hable de «democracia», parece una mera excusa o «justificación» para en la práctica, implementar en el propio territorio[16] un imperialismo grabado en una parte significativa del acervo cultural occidental, el cual, debido a ignorar su presencia y no ser conscientes del problema que supone las dinámicas cortoplacistas para mantener el estatus sobre otra valoración, acaba definiendo los mismos estilos de autoridad, liderazgo y organización, que incluso los países más meritocráticos han acabado sucumbiendo en el plano económico, perpetuando la tendencia expansionista y colonialista que ha caracterizado a Occidente y que le está llevando a perder su hegemonía[17] y poner en riesgo los escasos (pero fundamentales) logros alcanzados en cuanto a derechos individuales políticos. Con una creciente merma en la confianza en unas instituciones que eran el máximo logro de la Ilustración, la última era de esplendor de la cultura occidental, que no se basaba en la dominación ni en la supremacía, sino en la tolerancia y el conocimiento científico, claramente en retroceso hoy en día ¿Qué consecuencias tiene este sesgo? ¿Qué se ha olvidado de Roma que podría ser útil a la sociedad para enfrentarse a los desafíos de hoy en día?

La Roma olvidada

A lo largo de este artículo se ha explorado cómo la percepción idealizada de la Roma antigua ha influido en la comprensión de la historia en la sociedad actual. La nostalgia por un pasado glorioso y la búsqueda de una identidad sólida han llevado a una idealización de la Roma imperial, dejando a un lado tanto sus aspectos más oscuros como determinados logros importantes que poco tenían que ver con el imperio que todos recuerdan. Esta visión distorsionada ha tenido consecuencias significativas, desde la justificación de acciones imperialistas hasta la legitimación de prácticas autoritarias, pasando por un nihilismo que influye en la manera en cómo la sociedad se relaciona con las instituciones democráticas y sus representantes, entorpeciendo y añadiendo ruido a la necesaria resolución de los desafíos que desde las décadas recientes se enfrenta el mundo occidental. Roma, en sus momentos más singulares alcanzados en la fase más madura y sólida de la república, logró transcender de la dependencia de la acumulación en las sociedades estratificadas y jerarquizadas habituales desde el Neolítico, al equilibrar adecuadamente la participación de sus ciudadanos con el necesario orden cívico. El imperio en el que se convirtió después logró su magnificencia no por sus conquistas y anexiones, sino gracias al legado surgido de aquella república participativa y democrática, que convendría revisitar para ser conscientes de lo que supuso, y para remediar los errores que llevaron a su desaparición.

La república romana: la primera democracia representativa

Surgida en un contexto marcado por constantes luchas y tensiones, la República romana, contra todo pronóstico, desarrolló un sistema político representativo inspirado en las experiencias de participación ciudadana en algunas ciudades-estado griegas. Al instaurar un sistema de pesos y contrapesos entre los cónsules y crear órganos representativos como el Senado y el Consejo de la plebe, los romanos lograron un equilibrio de poder que evitó la concentración excesiva de autoridad. Este sistema, aunque desde nuestra perspectiva actual estaba limitado por las desigualdades sociales propias de su época, sentó las bases para el desarrollo de futuras repúblicas. A través de los siglos, el estudio del sistema iniciado por Roma continúa ofreciendo valiosas lecciones sobre la importancia de la representación, la división de poderes y el control de los abusos de autoridad, principios que siguen siendo fundamentales en nuestras democracias modernas. 

Un recuerdo más adecuado de Roma nos acercaría a la época más madura de la república, cuyo modelo de participación ciudadana logrado gracias al esfuerzo conjunto de la plebe, contrasta marcadamente con nuestras democracias contemporáneas. En la Roma republicana, la política era un asunto que concernía a todos los ciudadanos, independientemente de su origen social. Esta inclusión era un elemento fundamental para garantizar la estabilidad y la legitimidad del sistema político. La política no era un espectáculo reservado a unos pocos, sino una actividad en la que los ciudadanos participaban de manera directa y constante. A través de las asambleas locales, como los comicios, los romanos elegían a sus representantes y debatían sobre los asuntos públicos. El Concilium Plebis, la asamblea exclusiva de la plebe[18], era un espacio fundamental donde se tomaban decisiones que afectaban directamente a la vida de los ciudadanos. Esta participación activa y constante en la vida política creaba un vínculo estrecho entre los gobernantes y los gobernados, asegurando que las decisiones políticas reflejaran las necesidades y aspiraciones de la comunidad. Hoy en día, a pesar de los avances tecnológicos que facilitan la comunicación y la organización, la participación ciudadana parece haberse debilitado. Los debates polarizados y la creciente distancia entre los ciudadanos y sus representantes han eclipsado el espíritu participativo que caracterizó a la Roma republicana que ha provocado la pérdida o decadencia de algunos valores que entonces eran habituales:

  1. El sistema de pesos y contrapesos: separación de poderes entre el Senado, los cónsules y los tribunos de la plebe evitaba la concentración excesiva de poder en una sola persona o institución.
  2. La importancia del derecho: una de las mayores contribuciones de esta civilización a la humanidad. Un sistema legal complejo y sofisticado, basado en principios como la igualdad ante la ley y la justicia.
  3. La educación cívica: formaban a los ciudadanos para participar activamente en la vida política.
  4. El valor de la comunidad: los ciudadanos se identificaban con su ciudad y estaban dispuestos a sacrificarse por el bien común.
  5. La importancia del debate y el diálogo: se valoraba el debate y el diálogo como herramientas fundamentales para resolver los conflictos entre opiniones diferentes.

Un patriarcado anacrónico

Tal y como apunta la historiadora Mary Beard, uno de los factores que provocan ese recuerdo sesgado de la Roma imperial es la idealización de un patriarcado que parece aliviar la crisis de masculinidad que algunos sectores de la población podrían padecer, debido a la necesaria evolución de los roles de género clásicos. El problema es que el debate polarizado actual no logra proporcionar una respuesta adecuada a dicha crisis, lo que provoca que se intente buscar en otros lugares, como idealizaciones del pasado. Pero esta medida «de emergencia» empeora todavía más la confusión, añadiendo ruido al intento de aprender de la historia que nos ha llevado hasta nuestros días, para entender el presente. En efecto, Roma tenía una estructura patriarcal[19], pero dicho modelo social no debería definirse siguiendo parámetros actuales, sino entendiéndose dentro de su contexto histórico y social: la necesidad tanto de la defensa del territorio como de aumentarlo en la época expansionista imperial, hacía que fuera necesaria la actividad militar. Dada la coyuntura en cuanto a avances médicos y por la propia idiosincrasia biológica, que la mujer fuera «relegada» a tareas domésticas siendo el hombre el responsable de jugarse la vida en combates cuerpo a cuerpo, visto de esta manera, es difícil observar una verdadera discriminación por motivos de sexo sino a una cuestión meramente práctica. Por otro lado, una prueba de que a pesar del carácter patriarcal de la roma antigua y que la mujer estaba supeditada al hombre en muchos aspectos, también es cierto que en cuanto existía la oportunidad, es decir, cuando una mujer quedaba libre de su condición de dar hijos al imperio, apenas existían trabas para que esta pudiera disponer de herencia, gestionar sus propiedades o negocios, incluso dedicarse a profesiones «liberales» como médico o abogada. Algunos de estos aspectos que podrían ayudar a matizar la visión sobre el papel de la mujer en Roma serían:
  1. Patrimonio y herencia[20]: en algunos casos podían heredar bienes y propiedades, especialmente si no tenían hermanos varones, lo que les permitía cierta independencia económica y mayor margen de maniobra.
  2. Profesiones liberales[21]: si bien era menos común, podían dedicarse a profesiones liberales como la medicina, la enseñanza o la abogacía.
  3. Negocios y comercio[22]: algunas de las pertenecientes a familias adineradas se involucraban en actividades comerciales y financieras: administraban propiedades, realizaban préstamos y participaban en transacciones comerciales.
  4. Influencia en la vida familiar[23]: a pesar de estar subordinadas legalmente, tenían una gran influencia social al ser responsables de la educación de los hijos, de la gestión del hogar e incluso de la administración de las propiedades familiares.
  5. Cultos religiosos[24]: participaban en ceremonias y rituales, y algunas incluso ocupaban posiciones de liderazgo en ciertas sectas religiosas.
En definitiva, el sistema social romano es recordado; tanto como para intentar recuperar una masculinidad idealizada y anacrónica surgida de esa visión sesgada del modelo social romano —que usa su patriarcado como justificación pero que ignora la coyuntura en la que surgió— como para victimizar a la mujer por parte de un feminismo igualmente hegemónico que consólida todavía más el error.

Conclusión

Una visión menos simplista de Roma y un tratamiento de su historia crítico y objetivo, permitiría apreciar tanto los avances que se lograron durante la República —como la separación de poderes y la participación ciudadana— como los errores cometidos durante la misma que la hicieron fracasar. Problemas que anticipaban la lucha de clases[25] que nunca se llegaron a solucionar, con las graves consecuencias en forma de violentas revoluciones que a lo largo de la historia se han sucedido, al ignorar las demandas y necesidades de los ciudadanos. A pesar de lo inspirador que puede resultar el recuerdo de cómo la sociedad romana se organizó para exigir algo tan simple como un órgano de representación que les permitiese participar y decidir en los asuntos que les incumbían, resulta impensable hoy en día a pesar de todos los avances en comunicación. Esta implicación y responsabilidad de la sociedad, este orgullo democrático, permitió a Roma vencer a monarquías e imperios que anhelaban y envidiaban su prosperidad social y económica. Una situación que choca con la actual, donde la fragmentación y polarización ideológica dificultan lograr una sociedad civil consciente de su importancia, dejándola a merced de intereses políticos y económicos alejados de ella. La República romana nos enseña que una sociedad fuerte y próspera es aquella en la que los ciudadanos se sienten involucrados, respondiendo con compromiso hacia el bien común y hacia unas instituciones que se hagan merecedoras de su confianza. La participación activa en la vida política no es solo un derecho, sino una responsabilidad. Pero para que esto sea posible es necesario volver a ser aquellos ciudadanos que construyeron la primera democracia representativa, la que a pesar de sus errores, alumbró la cultura más influyente que el mundo ha conocido ¿Será capaz la humanidad de tan siquiera, igualar aquel logro sin repetir sus errores?



[3] «Patricia González Gutiérrez, Casey Haughin-Scasny o Paloma Martín-Esperanza, entre otras» [https://culturacientifica.com/2023/10/27/el-imperio-romano-en-el-que-se-supone-piensan-los-hombres/]

[8] «películas tan influyentes como Gladiator, y series como Roma o Spartacus han popularizado una imagen de la antigua Roma totalmente estereotipada y reduccionista» —Óscar Aguado-Cantabrana [https://www.elperiodico.com/es/the-conversation/20231003/mperio-romano-supone-piensan-hombres-92857168]   

[9] «Roma es la luz», afirma el protagonista de Gladiator en conversación con el emperador estoico Marco Aurelio, quien con la sabiduría del poder, le advierte de la corrupción que carcome a un Imperio muy alejado ya de la idea original republicana. La película sumerge al espectador en un laberinto moral al aceptar los defectos del Imperio, pareciendo legitimar cierta visión «civilizadora» de Roma, dejando en manos del individuo la responsabilidad de luchar contra la injusticia. [https://www.youtube.com/watch?v=1joZZtrOfOc]

[10] El proceso de transición de la República Romana al Imperio fue un periodo largo y complejo, marcado por la creciente desigualdad social, las guerras civiles y el fortalecimiento del ejército. El asesinato de los hermanos Graco en el siglo II a.C., en un intento por llevar a cabo una reforma agraria para reducir las crecientes desigualdades entre patricios y plebeyos, fue un punto de inflexión que, junto a la posterior consolidación del poder militar para continuar la expansión territorial de Roma en su enfrentamiento con Cartago, lo que a la larga socavaría las instituciones republicanas. La figura de Julio César, que ascendió al poder gracias a su popularidad entre las tropas, ejemplifica la creciente influencia del ejército en la política romana y la tendencia a un régimen autocrático. Este proceso culminó con el establecimiento del Principado de Augusto en el año 27 a.C., marcando el inicio del Imperio Romano. Las consecuencias de la dinámica de esta transición fueron las que probablemente, llevarían a su caída siglos después, causando un impacto duradero en la historia de Occidente.

[11] «el cristianismo no disminuyó el poder del emperador romano (cristiano), sino que lo reforzó. Pero lo hizo con unas coordenadas religiosas completamente nuevas»  —Mary Beard [https://www.eldebate.com/cultura/libros/20231118/emperador-roma-imperio-como-legado-roma-mundo_154440.html] 

[12] «La Edad Media realizó una curiosa combinación entre la diversidad y la unidad. La diversidad fue el nacimiento de las incipientes naciones... La unidad, o una determinada unidad, procedía de la religión cristiana, que se impuso en todas partes... esta religión reconocía la distinción entre clérigos y laicos, de manera que se puede decir que... señaló el nacimiento de una sociedad laica» —Le Goff, Jacques (2007). La Edad Media explicada a los jóvenes. Barcelona: Paidos. ISBN 978-844-93-1988-4

[13] «las bulas de Nicolás V, Dum diversas (1452) y Romanus Pontifex (1455), y la de Alejandro VI (1493), Inter caetera, no son expresión de la fe católica, son escritos en un período histórico concreto y relacionados a cuestiones políticas, para solucionar la guerra y evitar conflictos entre España y Portugal y buscar ayuda de los reyes para la evangelización» [https://blog.cristianismeijusticia.net/2023/05/02/la-doctrina-del-descubrimiento-nunca-fue-catolica]  

[15] Esta doctrina influyó en la posterior definición de la doctrina Monroe, por la cual EE.UU. se acabaría creyendo en la «obligación» de responder a nivel mundial en cualquier lugar que supusiese una «amenaza» a sus intereses [https://es.wikipedia.org/wiki/Doctrina_del_destino_manifiesto] [https://es.wikipedia.org/wiki/Doctrina_Monroe].

[16] Al igual que antaño lo fue la «evangelización» o en el presente bulos como la presencia de «armas de destrucción masiva», para justificar acciones militares fuera de su propio ámbito político.

[18] «solemos olvidar, ya sea por desinterés o por desconocimiento a la república [romana] de tipo más abierto en la que la lucha entre los patricios y plebeyos tuvo sus frutos para las clases más bajas. Estas empezaron a ver cómo sus intereses empezaban a verse representados» [https://archivoshistoria.com/el-tribuno-de-la-plebe-y-su-evolucion-en-la-republica-romana/]

[19] Siguiendo la tendencia que se inició desde ciertas fases avanzadas del Neolítico, la división de trabajo por roles (https://www.forbes.com.mx/division-trabajo-sexos-empezo-europa-durante-neolitico/) y debido a la dependencia de, tanto de expansionismo territorial como también de su defensa, se necesitaban miembros de la sociedad que realizaran tareas de violencia intrapersonal, asignadas desde hacía siglos a los hombres (http://www.historiayarqueologia.com/2021/04/nuevas-evidencias-sugieren-la-division.html), suceso que se ha observado incluso en sociedades matriarcales (https://es.wikipedia.org/wiki/Islas_Trobriand). La diferencia es que en este caso el ámbito militar ocupó mayor protagonismo, lo que otorgó a dicho sexo la prioridad que caracteriza al patriarcado.

[20] «En la república de Roma había mujeres abogadas o médicas y escribían tratados, lo que no ocurrió hasta el S.XIX [la  mujer] tenía más derechos de los que ha ostentado en otras épocas [podía heredar o divorciarse simplemente repudiando al marido]» [https://www.lavanguardia.com/cultura/20231013/9296315/pensando-imperio-romano.amp.html]

[21] Ibid.

[23] Ibid.