domingo, 25 de noviembre de 2018

América


Otro año más llegó el Día de la Hispanidad y otro año más se escuchan los mismos discursos inamovibles e interesados. Mensajes que no arrojan claridad, ni explican la relevancia de lo que supuso aquel encuentro de culturas separadas por lo que entonces era una infranqueable extensión marina. Un suceso excepcional en el que territorios cuya conexión era prácticamente inexistente veían súbitamente y sin ser plenamente conscientes de la importancia del momento, cómo sus habitantes y sus culturas disponían de un nuevo mundo bajo sus pies. Pero un suceso que salvo la dificultad de cruzar el océano, no era nuevo, sino la continuación de lo que el ser humano comenzó desde que se convirtió en sedentaria: expandirse. 

Un patrón de comportamiento

Otras expansiones anteriores en las que unos pueblos se adentraban en zonas desconocidas para ellos y tomaban contacto con otras culturas, enfrentándose y con resultados que hoy en día nos escandalizan —aniquilación de los combatientes y esclavización del remanente— eran el bárbaro patrón de funcionamiento en todas las culturas de las que se tiene constancia —una excepción podría ser la Cultura Minoica, desparecida prematuramente y rodeada de misterio—. En Asia y Europa las migraciones, expansiones y conquistas hacia territorios inicialmente inexplorados llevaban ocurriendo desde milenios. Dicho patrón es asociable a la América precolombina y al resto de culturas del globo: las tribus buscaban nuevos territorios y sus recursos para alimentar a su creciente población. Independientemente de las causas que hicieran que unos grupos tribales fueran más desarrollados que otros, lo cierto es que cualquier descubrimiento por fortuito e inconsciente que fuera, era aprovechado si sus ventajas eran manifiestas. Gracias a ellas, las tribus en cuyo seno se habían dado estos avances eran las que más crecían y por tanto, las que más recursos necesitaban. Así mismo, su mayor número les proveía de una mayor capacidad militar, lo que sumado a la mayor capacidad tecnológica les convertía en una potencia imparable, hasta que la tribu crecía más rápido y en mayor cantidad de lo que su capacidad les permitía.

Techo de desarrollo

Aunque este punto merece tratarse de manera independiente, vale la pena detenerse un instante a tratar sobre él ya que ayudará a exponer el resto del artículo. Una vez un factor nuevo facilitaba la creación o el aprovechamiento de nuevos recursos, las tribus crecían hasta que llegaban a un punto en el que o bien los recursos se agotaban, o bien no eran capaces de aprovecharlos de manera lo suficientemente eficiente para sostener su crecimiento —lo que viene a ser lo mismo—. Paradójicamente, los mismos avances que les habían permitido crecer y expandirse les habían conducido a un circulo vicioso del cuál solo se podía escapar si se lograban nuevas manera de obtener recursos o de aprovechar los existentes, de manera que no fuera necesario continuar anexionando territorios. Llegar a esta situación implicaba que se había llegado al «techo» que su avance les permitía, estancándose hasta que hubiera un nuevo descubrimiento.

En definitiva, la cuestión que se señala aquí no son los motivos por los cuales unos colectivos de humanos alcanzan un grado de desarrollo que les facilita su expansión, sino el propio hecho en sí. Es algo inevitable que ocurre tarde o temprano, en uno o en otro lugar. Eso es lo que ocurrió en Europa hace miles y miles de años cuando unas tribus del Cáucaso arrasaron el continente transmitiendo su cultura y así es como hoy en día el indoeuropeo es la base de todas las lenguas desde la India hasta la península ibérica. Al parecer, la domesticación de monturas y el surgimiento de la rueda en aquellas zonas de oriente medio produjeron un inusitado desarrollo que resultó imparable en cuanto aquellos pueblos necesitaron expandirse. Se da la circunstancia que ambos logros —el uso de animales como monturas y la rueda— no aparecieron en América hasta la llegada de los Europeos —la leyenda dice que confundían a jinetes y sus monturas como una única entidad «divina»—.

Mientras tanto en el continente americano sus culturas alcanzaron un grado de desarrollo y civilización comparable a la de la antigua Grecia. Los conocimientos en agricultura y astronomía eran iguales o incluso mayores que en el resto del planeta. Sin embargo, el azar y un desarrollo no parejo en otros ámbitos necesarios como la tecnología, junto con adversidades climáticas, llevaron su cultura a un callejón sin salida. El progresivo deterioro complicó la situación, y cuando llegaron los españoles y se abrieron los canales de navegación desde el resto del mundo, la suerte estaba echada. Sólo era una cuestión de tiempo.

El factor diferencial

Llegados a este punto cabe preguntarse dónde estaba el cambio. Es decir, ¿eran iguales todas las anexiones de nuevos territorios? ¿el patrón mencionado de conquista militar, esclavización y explotación de los recursos no sufría ninguna variación con el paso del tiempo? ¿no había algún tipo de progreso que haya logrado que lleguemos a la actual situación? Obviamente la respuesta ha de ser afirmativa ya que de lo contrario todavía estaríamos estancados en poblados y con la agricultura  y ganadería como todo sustento de los habitantes.

Buscar un punto de inicio es complicado sin caer en la subjetividad. La Historia se entiende como tal desde el desarrollo de la escritura en Sumeria, aunque incluso este punto es complicado de establecer ya que antes de esta habían otras formas de expresión gráfica. Por tanto, desde el punto de vista que nos atañe y por necesidades de concreción, podría decirse que el primer paso diferenciador de la cultura que a la postre se diseminó por el resto del planeta ocurrió en la Isla de Creta, antecedente perdido de lo que vino después en la Antigua Grecia, para ser luego llevada por la República Romana a probablemente, la expresión más avanzada de una sociedad organizada, cuyas actuales manifestaciones no son más que imitaciones actualizadas de aquella.

A pesar de que Roma se basó en el mismo patrón con el que la especie humana había estado funcionando desde el surgir de la agricultura, su desarrollo político, social y tecnológico —militar y arquitectónico— lo llevó hasta extremos de magnificencia que ningún otro pueblo alcanzó. El hecho diferencial respecto a otros ejemplos anteriores fue el nuevo concepto de ciudadanía, por el que los pueblos en principio esclavizados podían convertirse en ciudadanos con la misma categoría que el resto, hasta incluso formar parte del gobierno.

Antes de continuar es necesario aclarar que no se trata de posicionarse ni a favor ni en contra de una cultura o de un pueblo, sino de analizar los hechos en su totalidad de la manera más objetiva posible para estudiar los problemas generados. Porque nada es perfecto y estos siempre se producen. De hecho, algo necesario para la maduración de toda persona, cultura o colectivo, es el ciclo consistente en enfrentarse a los problemas, solucionarlos —inevitablemente cometiendo otros errores que solo el paso del tiempo desvelará— admitir la existencia de nuevos problemas y volverlos a solucionar.

Por tanto, volviendo a Roma, el error cometido fue la pérdida de la República y la conversión a un Imperio cuyo principal sustento fue el de continuar la expansión. De forma similar probablemente a lo que les ocurrió a las culturas precolombinas, se topó con un callejón sin salida, atrapados por un estancamiento tecnológico y un sistema económico hueco que no les permitió continuar la expansión al mismo tiempo que alimentar a su población. El tribalismo que parecía superado, se reencontraba de nuevo con una expresión de sí mismo más exagerada y pomposa, pero con una misma ansia de expansión y conquista que en aquel momento no podía satisfacerse. El resultado como sabemos fue su caída, desastre que tan solo fue mitigado, para bien o para mal, por el surgir de la Iglesia Católica como una continuación de su legado. La influencia del Papa en Europa contuvo el caos provocado por la caída de las instituciones de gobierno, aunque se tuvo que sufrir el paso por un sistema feudal y caciquil que daría paso al absolutismo, sistema que perduró hasta la época de la Ilustración y las revoluciones populares. Mientras tanto, Europa transcurrió así por un periodo de asimilación y conservación de la cultura grecolatina, a la vez que el cristianismo se asentaba en su forma definitiva, tanto social como políticamente con las escisiones de las iglesias anglicana y luterana. El techo tecnológico alcanzado mantuvo a occidente constreñido y estancado, sufriendo guerras, penurias y epidemias en un continente del cual no podía escapar, hasta que unos intrépidos navegantes lograron dar un paso más allá.

El nuevo continente

Mientras que otras culturas como China o Japón se mantuvieron en sus respectivos ámbitos tal vez demasiado ocupados en sus rivalidades, occidente necesitaba la expansión. Una continuación de la cultura y tradición de la que proviene, desde que se dejó atrás la vida de nómadas cazadores-recolectores. Marco Polo llegó por tierra hasta China y de manera lenta pero inevitable, la mejora de la navegación llevó a portugueses y castellanos a navegar los océanos, dejando la cuna que hasta ese momento había sido un Mediterráneo, ya completamente dominado. Atravesar el Atlántico era una empresa comparativamente fácil comparada con hacer lo propio con el Pacifico, proeza que no obstante también se lograría con el tiempo.

De esta manera la cultura greco-latina conservada durante siglos en la Europa medieval se acabaría transmitiendo a un nuevo continente, con todos sus errores y aciertos. Para bien o para mal, este encuentro de culturas era un suceso inevitable que tarde o temprano había de ocurrir. Pero lo hizo en un momento de la Historia en el que la Roma imperial era el modelo a seguir, algo de lo que Europa y los herederos de su cultura, no han acabado de desprenderse todavía. Quedaban siglos para que llegaran los accidentes históricos que darían paso a nuevos sistemas meritocráticos y el retorno de las repúblicas. Pero de nuevo es necesario preguntarse en este punto ¿hubo algún factor diferencial en la «occidentalización» de América? ¿aportó algo nuevo el Imperio Español de manera similar a lo que hizo el Romano? Ciñéndonos a los hechos, tras la caída de Roma fue el surgir del catolicismo el principal hecho significativo. Si añadimos que fue la evangelización la principal «excusa» con la que se justificó ante el papado de Roma el proyecto de atravesar el Atlántico, nos lleva a una situación de excepción. Aunque la base continuó siendo la misma de siempre —conquista militar, esclavización y explotación de los recursos— se introdujeron nuevos aspectos:
  • Lo heredado de las instituciones políticas de Roma: conceptos de estado, ciudadanía, igualdad, gobierno del pueblo, república, etc.
  • Los preceptos cristianos de igualdad y benevolencia: aunque la inercia política y las carencias educativas no fueron modélicas, ni mucho menos, la introducción de misioneros, voluntarios convencidos de las ideas altruistas y filosóficas que emanan de la religión —una cosa es la Iglesia (un colectivo humano sujeto a sus propias leyes de organización política) y otra el concepto religioso y su significado humanista, que no tienen que estar perfectamente representados por aquella— que se sumergieron en la cultura, lengua y tradiciones de los pueblos nativos con el objeto de comunicarse mejor con ellos, matizaron y contuvieron el proceso. El principal ejemplo fue el fraile dominico Bartolomé de las Casas, que denunció unos tratos que en otro momento de la historia hubiesen sido considerados habituales.
Las denuncias de Bartolomé de las Casas son, al contrario de lo que muchos creen a causa de su uso para alimentar la Leyenda Negra, el principal factor que demuestra que la conquista de América fue algo completamente diferente a otros procesos similares ocurridos desde que la especie humana existe. El hecho de que surgiera una voz crítica por parte de un religioso confirma que aquel fue el inicio de un cuestionamiento del modo de obrar de la cultura predominante. Además de que la perfección nunca se logra, la colonización de América es juzgada de manera errónea por cuanto solo se hace mirando hacia el futuro y desde el futuro. Sin embargo, no se tiene en cuenta todo el lastre que se llevaba de siglos anteriores pero que de alguna manera, comenzó a superarse. Así es como Europa y otros pueblos herederos de su cultura han evolucionado aboliendo la inquisición —la española fue la primera en frenar su actitud cruel y castigadora—, la esclavitud —Isabel la Católica la prohibió mediante una real provisión siendo el primer texto legal que lo hacía— o la defensa de la igualdad de la mujer, de los derechos de los trabajadores o del medio ambiente. El que lo desee puede continuar viendo unicamente lo que visto con los ojos actuales es bárbaro. La inercia de siglos pasados se repitió en aquel momento, de esto no cabe duda, pero si con tanto detalle se observa ese hecho, es de necios o de interesados no advertir que además de todo aquello se introdujeron cambios importantes, accidentes históricos tal vez inadvertidos, pero que a la postre convirtieron a América en lo que es hoy en día, un continente libre y moderno, lleno de fuerza y pasión, que no le debe nada a nadie.

La cultura transmitida

Hoy en día los EEUU forman un imperio económico y militar que junto con China, se puede decir que dominan el planeta. El antiguo enfrentamiento entre bloques de la guerra fría continúa de alguna manera con Rusia y aliados de conveniencia tipo Irán o Venezuela, cuyos acuerdos y desavenencias no son tanto ideológicas como mucha gente piensa, sino movidas por intereses económicos y por el pánico de no sentirse dueños de la situación geopolítica. Antes de esta, sin embargo, era el Imperio Británico el que dominaba el planeta, sustituyendo al español. Este lo fue perdiendo más por su propio desgaste debido al mismo sistema inviable que llevó a la quiebra a Roma, que por los pocos aciertos del británico. Pero fueran pocos o muchos, la cuestión es que prevaleció. La meritocracia de su sistema y la posibilidad de que una persona pueda cambiar de clase social gracias a ella, compensó el sistema jerárquico todavía basado en la monarquía. La cultura anglosajona ha brindado a la humanidad grandes frutos, aprovechando los logros de culturas anteriores y sobre todo, aprendiendo de los errores que aquellas cometían y según ellos mismos se jactan, superando los de la propia Roma. Sin embargo, no son ni mucho menos el paso definitivo. Son muchos los errores que la cultura anglosajona ha ido cometiendo a lo largo de la historia, expoliando bienes culturales y sometiendo a pueblos, los cuales han sido tratados de manera más dura y denigrante que el caso de América latina. Los Estados Unidos son ejemplo de esto, con una integración racial que ha tardado siglos en ocurrir. Tuvieron la suerte de —puede que un accidente histórico— tener un sistema político basado en los preceptos aprendidos tras la revolución francesa por sus filósofos. Esto les ha permitido aprovechar de inmejorable manera su capital humano lo que les ha proveído de una capacidad tecnológica que pocos pueblos tienen hoy en día —extendiendo así su techo de desarrollo—. Una vez más sin embargo, este desarrollo no es parejo con otros ámbitos ni les hace mejor desde un punto de vista moral o ético. La mejor prueba de ello son las prácticas que la cultura anglosajona, engreída y prepotente, ha desarrollado con otros pueblos considerados inferiores y con quienes la coexistencia era prácticamente nula. De este sentimiento se alimentó el Ku Klux Klan norteamericano o el apartheid sudafricano. De igual manera los conceptos de eugenesia y supremacía racial que existían en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial y en cuya creación poco protagonismo ocupó la cultura hispana —aunque finalmente se dejaran influir por la tendencia del momento—, alimentaron la pesadilla del fascismo nazi.

El Imperio Británico y por extensión, la cultura anglosajona de la que ha heredado muchos de sus preceptos, emborrachado de éxito al ver que España se desmoronaba como imperio —afortunadamente— condujeron el suyo por la senda de la prepotencia. Actuando de manera similar a cuando se ocultó por vergüenza la humillante derrota de Cartagena de Indias a manos de Blas de Lezo —más bien habría que decir, «a mano», ya que era manco—, la cultura anglosajona ha venido, no solo ignorando de manera sistemática los logros culturales de la hispana, sino que aprovechaban la más mínima oportunidad para desprestigiarlos. De esta manera todavía existe una inercia por la cual se habla de los conquistadores españoles como gentes mezquinas, lujuriosas y avariciosas que unicamente buscaban el oro, ignorando todo el sistema de universidades y hospitales públicos que se construyeron, educando a sus habitantes en el catolicismo, sí, pero haciéndolo de la misma manera que se hacía en la Europa de donde provenían.

Los pueblos conquistadores o vencedores siempre han «enterrado» la cultura de los pueblos vencidos de manera sistemática, porque no quedaba nadie que la defendiera. Lo menos que se podía pedir es que el vencedor aportara algún tipo de avance con su conquista, como se ha explicado en los casos presentados. El Imperio Británico sin embargo, aunque derrotó en un par de batallas al español, nunca pudo llegar a lo que hubiera sido su deseo, una victoria total con la que hacer desaparecer la cultura hispana, expropiarla para sus museos y sustituir sus colonias. Su aportación es importante, pero la supuesta supremacía de la pérfida Albion nunca ha llegado a convencer tampoco, y sus intentos por desprestigiar a la cultura hispana han sido exagerados e improcedentes en algunos casos, por cuanto su victoria no ha aportado ningún elemento de calidad significativo, más bien al contrario.

El ejemplo más evidente de la tragedia que supuso el declive de la cultura hispana y el auge de la anglosajona como «estandarte» cultural de lo occidental, lo podemos ver en África. A pesar de todo lo malos que supuestamente fueron los españoles en América y a pesar de lo supuestamente mejor que era la británica, el resultado es que creyéndose su propia supremacía han conquistado y dominado un continente fabulosamente rico como es África, para convertirlo en un lugar triste, sometido al imperialismo económico de un occidente manejado desde EEUU, hambriento y que a duras penas pueden muchas de sus gentes sobrevivir. Si se desea comparar la cultura hispana de la anglosajona, al menos en el aspecto de ocupar otras tierras e integrar a sus habitantes, tan solo hay que mirar América y África y que cada uno extraiga sus propias conclusiones. Si no es suficiente dirijan pues su mirada a Oriente Medio, a Israel y Palestina, la cuna de la civilización convertida «gracias a» la intervención del gobierno Británico al principio y el de EEUU después, en lo que es hoy en día, un lugar de enfrentamiento y odio irreconciliable. Una metáfora de la situación mundial.

La cultura anglosajona, conocedora de sus propios errores, lleva ya un buen tiempo intentando corregirlos. Gran Bretaña ya no camina con la altivez que lo hacía antaño, sino con cierta vergüenza de si misma, incapaz de educar a su gente que allá donde va hunde estadios de fútbol o se abandona bajo los efectos de la drogas y el alcohol. Incluso el imperio económico de los EEUU ya no es lo que era, necesitando que China le solucione su problema con la deuda pública —arrastrando al resto de occidente—. El mundo anglosajón ha dejado de usar los mitos y exageraciones que en su momento sirvieron de propaganda ideológica contra el oponente, que era el Imperio Español. No encuentran interés en hacer leña de un árbol caído porque sabe que en algunos aspectos que durante siglos ignoraron y ocultaron deliberadamente para promocionar el suyo, se evidencia hoy que aquel fue superior y pionero. Una España que olvidando sus logros, continúa atascada en sus limitaciones, sin deshacerse del lastre de siglos anteriores. A pesar de todo, parece que los únicos que creen y utilizan la Leyenda Negra española son los propios españoles e hispanos en general. Unos por un sentimiento de culpa inmerecida en el fondo, otros como un revanchismo alimentado por las jerarquía políticas del continente hispano-americano. Curiosamente, parece que desde el ámbito anglosajón nos miran con asombro al ver el extraño espectáculo absurdo por parte de unos actores que lo largo de la historia han mostrado lo que la cultura latina en general —primero en el Mediterráneo y luego en América— ha sido capaz de hacer.

Fabricación de odio

Al otro lado del océano, la idea que se tiene de Europa es la proporcionada por la que le interesa al sistema social en el que habitan sus individuos, al igual que ocurre con cualquier otro concepto. Es decir, el sistema político que mantiene al sistema educativo público, alimenta a este de unas materias orientadas a ofrecer una determinada imagen del mundo que nos rodea. No es necesario que exista una clara intención de manipular a la población, pero es evidente que cualquier prejuicio no asumido, cualquier factor o concepto que resulte de mayor conveniencia para la jerarquía burocrática que decide en los asuntos educativos, va a repercutir en este apartado. Y esto ocurre, ha ocurrido y probablemente seguirá ocurriendo si no se hace nada para moderar esta tendencia, en todas partes y en todas las épocas desde que existe la educación pública. Según el educador Ken Robinson, entre otros, aproximadamente desde la Revolución Industrial los sistemas educativos públicos son en la práctica, meros «fabricantes» de trabajadores con el propósito básico de proveer de mano de obra al sistema —preparados en lo técnico pero sumisos y obedientes— dejando en segundo lugar las capacidades creativas y el pensamiento alternativo. Volviendo al tema que se está tratando, desde que las clases políticas hispano-americanas lograron emanciparse de la «madre patria», su liderazgo, su estatus social, se basaba con toda probabilidad en su capacidad para lograr tal objetivo. Los políticos suelen usar de manera muy habitual el culpar a los políticos anteriores y a los problemas que dejaron en la anterior legislatura, de los propios suyos. De manera muy similar a lo que ocurre con los nacionalismos que en la propia España existen, la falta de capacidad —o de la simple intención— de solucionar los problemas es «disimulada» sin más que culpar a un «enemigo» fabricado para la ocasión. La labor de señalar los errores de España ya fue comenzada por el antiguo Imperio Británico y ahora, son las jerarquías políticas hispano-americanas descendientes de aquellas que lograron la independencia, las que continúan la labor como método más sencillo para convencer a la población de su conveniencia de continuar en el poder.

Y así, mediante un populismo viciado, los descendientes de unos españoles que dejaron de serlo para no tener a nadie por encima suyo en la jerarquía política, usan un incongruente «nacionalismo nativo» para convencer —y engañar en buena medida— a una población mezclada. Nativos que sin embargo, olvidan que pueden formar parte de su gobierno haciendo uso de las instituciones políticas inspiradas en la cultura greco-latina heredada de lo hispano, dejándose llevar por el odio hacia lo que los ascendientes de sus propios líderes les hicieron hace ya siglos, en otro momento y situación históricas. Este esquema es equivalente al de cualquier nacionalismo secesionista y es a su vez una advertencia de lo que ocurriría en el hipotético caso de que Cataluña se independizase: unos terratenientes apoderados y ricos, élites económicas y políticas, que observan que pueden mejorar su posición haciendo uso de ciertos factores históricos y culturales que aunque ya obsoletos y superados, son reavivados para alimentar el odio, la exclusión y el enfrentamiento entre la población, consiguiendo apoyos construyendo un enemigo imaginario a pesar de lograr su estatus haciendo uso de las mismas instituciones que dicho supuesto enemigo les ha otorgado. De esta manera, perpetúan la situación a conveniencia, culpando siempre, por más concesiones que se les dé, al mismo protagonista que en su momento, estableció y construyó la base de todo lo que sus herederos son hoy en día.

El techo de la Humanidad

Actualmente la humanidad se encuentra en una encrucijada. Una situación similar a la que antaño se ha dado se repite ahora: una población en aumento requiere de cada vez más recursos, los cuales, agotándose ya los naturales y los propios de las tierras donde se han establecido, se extraen de aquellas habitadas por los pueblos más débiles, aumentando las desigualdades, provocadas de manera imparable por un sistema económico basado en un dinero sin valor. En otras palabras: la humanidad está llegando a su techo de desarrollo. El problema es que no tenemos otro lugar a donde ir salvo una vida llena de penurias en este u otro planeta, abocados si no hay algún avance significativo. Occidente hace todo lo que puede, pero sus propios intereses económicos empujan del lado contrario. Europa al borde del colapso, a los pies del botarate de la Casa Blanca. España, un país intervenido a escondidas y sometido a intereses ajenos, sin capacidad de acción. La contradicción del ser humano, cuando todo el planeta está descubierto y con la naturaleza sometida, cuando no queda ni un solo metro cuadrado de tierra que no se haya ya intentado aprovechar por los medios conocidos, es ahora cuando se manifiesta. Actualmente no se vislumbra una solución ni se sabe quien la podrá llevar a cabo o al menos, proponerla con convencimiento. América latina conserva todavía cierta independencia de sus vecinos del norte y ese amor por la naturaleza, el medio ambiente y el respeto hacia las culturas ahora casi perdidas. Las ansias de poder de sus propios líderes les impiden ver más allá de un enemigo que no existe, confundidos. Pero ¿quien sabe?, tal vez algún día despierten, superarán sus limitaciones, dejarán de dejarse manipular por sus mismos poderes y brinden al resto del mundo, una vez más, un nuevo horizonte.


martes, 9 de octubre de 2018

Las mujeres en la política actual

La figura de las mujeres en la política es una imagen relativamente moderna. India, lidera la lista histórica con una jefatura de gobierno por parte de Indira Gandhi, que años después se convirtió en principal líder política del tercer mundo. Sin embargo, son contadas las veces que las mujeres han llegado a papeles protagonistas y roles principales en la política nacional e internacional.   
A nivel internacional podemos reconocer a Margaret Thatcher, Ex Primer Ministra de Inglaterra; Isabel Perón, Ex Presidenta de Argentina; Michele Bachelet, Ex Presidenta de Chile; Condoleezza Rice, actual Secretaria de Estado de Estados Unidos; Violeta Chamorro, Ex Presidenta de Nicaragua.
Las estadísticas nos demuestran como este número de participación femenina en la política sigue siendo bajo, aunque destaca que va en crecimiento.
Son 11 los países en el mundo que han alcanzado un 30% de participación de mujeres en sus gobiernos: Argentina, Países Bajos, Finlandia, Noruega, Alemania, Dinamarca, Mozambique, Costa Rica, Sudáfrica, Islandia, Sudáfrica y Suecia. 
Las mujeres han demostrado que, a pesar de que históricamente la función de políticas no se había permitido o practicado abiertamente, son capaces de ejercer cargos importantes a nivel de política nacional e internacional e inclusive llegar a ser Primeras Ministras y Jefas de Estado.
Poco a poco se va desmitificando que este roll es exclusivo o mejor ejecutado por el género masculino, ya que las mujeres demuestran cada vez mejor preparación, aptitudes y resultados importantes.

¿Qué aportan las mujeres al momento de hacer política?

Por la ciencia conocemos que biológica y psicológicamente los hombres y las mujeres son diferentes. Pero, ¿qué aporta distinto el sexo femenino en la política? y ¿cuáles son estas competencias que las diferencian para liderar cargos políticos? Esto es lo que opinan algunos expertos politólogos:
  • Empatía: Son mejores observadoras de las emociones ajenas, lo que las hace capaces de empatizar mejor con los demás.
  • Comunicación: Tienen mejores capacidades para comunicarse y mejor atención a los detalles.
  • Multitarea: Según la ciencia los dos hemisferios cerebrales del sexo femenino se conectan más rápido que el de los hombres, por esta razón pueden prestar atención y ejecutar varias tareas a la vez.
  • Prácticas: suelen ser prácticas, aspecto muy valorado sobre todo en el electorado femenino.

Las mujeres en los parlamentos

Según la ONU, solo un 23,3% de parlamentarios nacionales eran mujeres en junio de 2017, lo que significa que la proporción de mujeres parlamentarias ha aumentado muy lentamente desde 1995, cuando se situaba en un 11,3 %.
En octubre de 2017, 11 mujeres eran jefas de estado y 12 eran jefas de gobierno.
Ruanda es el país con mayor número de parlamentarias; un 61,3 % de los escaños de la cámara baja están ocupados por mujeres.
A escala mundial, en junio de 2017 había 32 Estados donde las mujeres representaban menos del 10 % del total del parlamento en cámaras únicas o bajas, incluidas tres cámaras sin presencia femenina.

Mayor participación de las mujeres

En junio de 2017, solo 2 países tenían más de un 50% de mujeres en el Parlamento, ya sea en la cámara única o baja: Ruanda con el 61,3% y Bolivia con el 53,1%. No obstante, un número más elevado de países ha alcanzado el 30% o más de representación femenina. En junio de 2017, 46 cámaras únicas o bajas estaban compuestas en más de un 30% por mujeres. Esto incluye 19 países de Europa, 13 del África subsahariana y 11 de América Latina. Además, algunos países han aplicado algún tipo de cuota de paridad (cuotas establecidas por ley o escaños reservados) y han abierto así un espacio para la participación política de las mujeres en los parlamentos nacionales. El equilibrio de género en la participación política y la toma de decisiones es un objetivo acordado internacionalmente en la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing.
Hay cada vez más pruebas del liderazgo de las mujeres en los procesos políticos y de toma de decisiones que mejoran dichos procesos. Las mujeres muestran en general competencias más adecuadas para estos ámbitos, además que su formación en postgrados o un máster en comunicación política las capacita para ejercer mejor sus funciones y deberes de Estado.


lunes, 2 de julio de 2018

El correo en la empresa


El correo electrónico de toda la vida continua inamovible en prácticamente los mismos ámbitos en los que siempre ha estado presente, como el email marketing gratis. Es evidente que ha aumentado el uso de la mensajería, pero en su mayor parte no ha sido un movimiento de sustitución, sino de aumento de usuarios en el uso de dispositivos móviles. Es decir, mientras que el número de usuarios de PC continua siendo similar, ha sido fuera de este ámbito donde se ha registrado un cambio significativo. Pero dicho ámbito no es otro que el mercado de consumo, clientes cuyas tendencias y gustos son mercancía para que otras compañías, con empleados dedicados trabajando en sus escritorios con flamantes computadores de oficina, comercien con ellos.

Se puede decir que en los aspectos verdaderamente importantes o necesarios se continúa usando el correo electrónico. La mensajería es rápida y es por supuesto muy útil, pero podemos atrevernos a afirmar que nunca sustituirá por completo al inseparable correo de los PC de escritorio, siendo un complemento más que un sustituto. Es cierto que en el entorno doméstico han dejado de crecer en número de usuarios para ceder a tabletas y por supuesto teléfonos móviles. Pero en los entornos corporativos o empresariales son sin duda «el rey» sin los cuales nada podría funcionar.

Si bien el correo todavía es una herramienta asequible y eficaz para realizar campañas publicitarias a través de sistemas de email marketing, también es igualmente indispensable para la comunicación interna. BlackBerry, pionera de la implantación de dispositivos móviles en empresas, usaba el correo electrónico como base de su sistema. Puede que la prueba de la solidez de este clásico sistema de mensajes es que no ha surgido un sustituto fuera del mercado de consumo. Los sistemas para trabajo en grupo, tanto en entornos domésticos como empresariales, continúan usando el correo electrónico como base de su sistema.

Una vez más, desde Mailrelay nos informan de su programa de correo masivo, que puede usarse tanto para promociones como para gestión de la comunicación interna. En el artículo del blog enlazado se detallan las funcionalidades y ejemplos de implantación en diversas empresas.

martes, 29 de mayo de 2018

La desigualdad


¿Que problema social o político escogeríamos si pudiéramos solucionar? ¿Existe alguno que origine a muchos otros? ¿Acaso la pobreza, la corrupción, el nacionalismo, el terrorismo, la delincuencia, las revoluciones y muchas otras manifestaciones de la sociedad —algunas acertadas otras completamente equivocadas— no tienen su causa en algún problema originado por algún tipo de desigualdad o privilegio no aceptado por el colectivo que reacciona en consecuencia? Este es uno de los problemas que más tiempo acompaña a nuestra especie en su paso por la Historia. Llevamos siglos intentando solucionar este asunto. Los griegos dieron un primer paso fundamental con el desarrollo de la democracia y los romanos la llevaron lo más lejos que las circunstancias de la época lo permitieron. Pero su conversión en imperio y la dependencia de una economía insostenible que aún hoy perdura, han dado al traste con todos los intentos. Lo que ha venido después desde el Renacimiento, pasando por la Ilustración y las diferentes revoluciones, han sido intentos de retomar aquel camino, cuyo restablecimiento no se vislumbra ni de lejos.

Existen grupos de activismo que aprovechando estas desigualdades se proponen a sí mismos como la solución, o como algún tipo de camino hacia ella. Pero en la práctica, lejos de solucionar nada, parece más bien que perpetúan aquellos problemas de cuya existencia depende su sustento diario. Los nacionalismos son el ejemplo más claro, formándose toda una casta de politicos y activistas que viven del mismo sistema que manifiestan repudiar, sin ofrecer más que una subdivisión de lo mismo, sin cambio cualitativo apreciable. Con un sistema político plagado de desigualdades, de privilegios concedidos a dedo, de corrupción endémica; cuya máxima autoridad es concedida de manera hereditaria, cuyos centros de poder económico y político se concentran alrededor de la capital además de un largo etcetera de problemas; hemos de observar frustrados cómo la principal respuesta son una serie de nacionalismos cuya apariencia de legitimidad en sus reivindicaciones les hace ignorar lo equivocado de sus propuestas, que van poco más allá de replicar el mismo centralismo acaparador de poder y protagonismo que impide a otros sectores de la sociedad que aporten sus ideas y valores, bloqueando el resto de iniciativas y perpetuando los problemas, manteniendo la sociedad en bloques irreconciliables.

Si vamos fuera de nuestro territorio, la situación puede encontrarse de manera muy similar en casos distintos al de nuestros problemas locales, pero que también padecemos. Las desigualdades por «género» son una situación global de la que podría hablarse durante semanas y que está a la orden del día, cuya envergadura excede el propósito del presente artículo. Pero cabe preguntarse para empezar si el uso del término es realmente de ayuda para enfrentarse a la situación comentada ¿ayuda englobar bajo una misma etiqueta ambigua distintos tipos de problemas? ¿son iguales en efectos y causas las desigualdades por diferencias biológicas que las provocadas por una orientación sexual no aceptada por ciertos estándares culturales? ¿es el machismo una cuestión exclusivamente cultural o existe algún factor biológico, evolutivo o atávico que lo ha condicionado —sin que por ello, lógicamente, hoy en día lo justifique—? Independientemente de la respuesta, lo que parece claro es que como poco, existen motivos razonables para estudiar cada caso de manera separada, exista o no un cuadro común a todos ellos —lo que es muy probable—. Pero ignorar de entrada parte del problema hace sospechar inevitablemente que la búsqueda de una solución al mismo no es el objetivo principal. Si se consideran los factores culturales que han definido los estándares de pareja, matrimonio y de lo socialmente aceptado, parece que en efecto, de lo que se trata en el fondo es de una estrategia política consistente en cuestionar dichos patrones culturales y las jerarquías que hasta ahora han contribuido en su formación.

Hay que dejar claro antes de continuar que las jerarquías, tal y como se ha comentado en otra ocasión, son un instrumento muy primitivo de organización y que el actual sistema politico y social tiene demasiada dependencia de ellas y, por tanto, son susceptibles de crítica y de mejora en su funcionamiento, así como en los criterios que las definen. No obstante, el problema que se advierte en este caso concreto por parte de algunos activistas supuestamente defensores de grupos minoritarios, es el uso patético —esto es, de apelación al sentimiento— de los problemas de desigualdad de estos colectivos como «herramienta» política para otros fines distintos. De esta manera, convierten lo que es una reivindicación necesaria en un acto de manipulación y explotación de los problemas ajenos para beneficio propio. Es decir, para hacer exactamente lo mismo que aquellos que cuestionan, pero en su caso, supuestamente «imbuidos de bondad» según ellos.

Tal y como se comentaba en otra entrada anterior, en ocasiones hay que emplear «trucos» como estrategia política para defender ideales más elevados de los que se han de manifestar en determinadas situaciones. Esto puede ser debido a unas ineficientes «reglas del juego» que condicionan seguir ciertas pautas para lograr un mínimo de efectividad. Pero en este caso el problema no es la excesiva simplicidad de las propuestas, sino que no van encaminadas a solucionar el problema ya que, más que arrojar soluciones y claridad, arrojan confusión y ambigüedad sobre él: el uso de etiquetas de ámbito más general, ponerles faldas a los monigotes de los semáforos, llevar a extremos absurdos el uso del lenguaje repitiendo los términos en todos los géneros, no va a solucionar el problema de igualdad entre géneros. Mucho menos entre sexos. Y menos todavía va a solucionar la desigualdad origen de todos estos males, que es la de todos los ciudadanos, propugnada en textos legales pero que en la práctica se cumplen mínimamente. Para lo que sí es efectivo el mensaje que este tipo de activismo usa, es el de enaltecer a unos y soliviantar a otros, públicos objetivos medidos, rangos de audiencia específicos que les van a asegurar una importancia mediática mínima.

Abogados del diablo

En los últimos años el auge de las redes sociales y los dispositivos móviles ha provocado, como se sabe, un estilo de comunicación de masas basado en lo superficial y efímero. De ahí se ha pasado a la difusión de noticias falsas y a la ingeniería social, situación que ya se advirtió en su día con el uso de «memes» los cuales pueden tratarse de dichas noticias, anuncios, medidas políticas, cualquier concepto que cause un efecto mediático y social en el colectivo. Da igual que sea falso que verdadero. Aunque puede que fuera buena la intención en sus inicios, el uso de lo llamado «políticamente correcto» gracias a la «buena imagen» que produce, su defensa ha acabado convirtiéndose en el principal sustento de muchos activistas, situación que desvirtúa la intención original. Esto es es lo que le ocurre a casi todo lo que pasa a convertirse en un fin en sí mismo, olvidándose del objetivo. De esta manera, cualquier pensamiento disidente con lo establecido como «políticamente correcto» se convierte en motivo de caricaturización y simplificación, cuando no, de la critica más severa y en ocasiones, ofensiva.

Lo paradójico es que tras supuestamente superar episodios tan graves como las guerras mundiales y civiles, lamentablemente parece que las posturas extremas están incrementándose. Es decir, cuanto más afán ponen los defensores de lo políticamente correcto, mayor es el rechazo producido en la sociedad. Un efecto universal que ha ocurrido y ocurre a lo largo de todas las épocas y culturas, pero que continúa produciéndose sin que parezca que aprendamos nada de la experiencia y de la Historia. Condenados a repetir una y otra vez los mismos errores, claudicando ante la palabrería de perros parecidos, por distintos que sean sus collares.

Caso Google

Rara vez se admite que a pesar de no gustarnos alguien —no ser afín a cierto grupo o partido de nuestra preferencia, no ser aficionado a nuestro equipo deportivo, etc.—; nos gustan o nos parecen acertadas algunas de sus acciones o argumentos. Situación a la que este tipo de activismo de lo políticamente correcto no hace más que fomentar con una actitud basada en el enfrentamiento y demonización del sector de la sociedad cuyos intereses son incompatibles con los suyos. Esto es lo que le ha ocurrido a James Damore al publicar, tal vez con ciertas ganas de protagonismo, un documento catalogado como «contra la diversidad». Aunque no he leído el documento completo, se advierten de inmediato a la hora de valorarlo por parte de la mayoría de los medios y redes sociales, ciertos tics tendenciosos que nadie se preocupa en aclarar, dejando que todo se vuelva confuso hasta llegar a la ininteligibilidad. El primer problema es que cuesta encontrar algo en el documento que justifique claramente de lo que se le acusa. Sin embargo, lo que sí se encuentra repetidas veces es la oposición a ciertas políticas de la compañía para supuestamente corregir un problema de carencia de diversidad. Es decir, no está contra de la diversidad, sino de la solución propuesta para corregir su carencia, por parte de la compañía. Igualmente, también se han oído acusaciones de machismo para el autor del artículo, tendencia que independientemente de si lo es o no su autor —lo sea o no es irrelevante (falacia ad-hominem)— no se desprende claramente de lo contenido en el artículo. Incluso se ha llegado a relacionar con calzador al famoso investigador Neil deGrasse Tyson con un vídeo ¡¡del año 2009!! defendiendo la diversidad, algo que como se ha dicho no es lo que se discute, sino las medidas aplicadas. Un claro ejemplo de falacia de argumento de autoridad. El mencionado científico por supuesto, no ha dicho absolutamente nada sobre el uso de su imagen.

Si bien no se pueden establecer unas diferencias «medibles» de una manera determinista entre mujeres y hombres en cuanto a desempeño en función de una actividad concreta —por ejemplo, matemáticas frente a lenguaje—, a grandes rasgos y observando tendencias —como se repite en el controvertido artículo—  sí que se conoce con certeza que estas diferencias existen a nivel estadístico en función del ámbito. Es decir, no se pueden aplicar a casos individuales, pero sí en términos de población. Este es precisamente el problema cuando se aplican medidas de corrección para mejorar la diversidad empleando estadísticas aplicándose a casos individuales, intentando corregir un problema causado no por machismo, sino por simple biología: si un sexo tiene una mayor aptitud general en un determinado ámbito, su sobre-representación no es debida necesariamente a una discriminación, sino que puede tratarse de otros factores más objetivos. No significa que no haya que hacer nada, pero no se debe tampoco matar moscas a cañonazos. Esta es la postura del psicólogo clínico Jordan B. Peterson que la extiende más allá de las desigualdades por género para llegar a las desigualdades económicas, las cuales son en la mayoría de los casos debidas a un factor simple de distribución matemática —regla del pareto—: si dejas todo al azar, no esperes que se distribuya de manera igualitaria ni mucho menos «justa» —un concepto puramente humano que no existe en la naturaleza, la cual es en todo caso, imparcial—. Esta propuesta es coincidente con otro reciente estudio en el que se llega a la conclusión de que el dinero se distribuye por mera suerte, no por méritos, pero tampoco ni mucho menos por la existencia de una malvada conspiración «heteropatriarcal» oculta en la sombra. De nuevo, esto no significa que no haya que hacer nada. Que la naturaleza no sea exactamente justa no significa que los seres humanos debamos dejar de serlo. La Ley de la Gravedad es igual e imparcial para todos, aunque seguro que algunos se merecen más que otros que les caiga una maceta en la cabeza. Pero las acciones que se tomen no deberían partir de una «satanización» de ningún sector de la sociedad.

Caso Hollywood

Tras décadas de producciones audiovisuales, ahora han salido a la palestra multitud de casos de supuestos abusos sexuales por parte de directores, productores y actores a otras actrices.  Partiendo de la base ineludible de que la industria del espectáculo en general está basada en exceso en el sexismo y en la explotación de la mujer como objeto sexual, situación que ha de corregirse de alguna manera, no es menos cierto que muchas profesionales han aprovechado esta circunstancia para hacer carreras fulgurantes. Llama más la atención cómo algunas de ellas aprovechan muy «oportunamente» la actual coyuntura para denunciar casos en los que resulta inevitable pensar que en su momento les supuso un impulso profesional. ¿Donde acaba la denuncia y comienza la complicidad cuando la propia denunciante ha participado del beneficio, y se ha mantenido en silencio todo este tiempo? Peor aún es cuando utilizan el momento para hacer declaraciones espectaculares y estudiadamente mediáticas, que parecen más motivadas por el revanchismo o incluso competencia profesional, que por un genuino deseo de justicia y equidad. No hay duda de que algunos de los casos necesitaban una defensa y denuncia con la suficiente repercusión para acabar con esas prácticas sexistas, pero algo no está funcionando bien cuando han surgido movimientos de otros actores y actrices veteranos y conocedores de las circunstancias de aquella época —como Catherine DeneuveLiam Neeson o Morgan Freeman—, en desacuerdo con aprovechar cualquier insinuación realizada años antes y exagerada ahora para adecuarla a la coyuntura propicia. Y lo peor de todo, desvirtuando las demandas que de verdad lo merecen.

En España

Además del caso reciente de Javier Marias en el que la red social Twitter se inundó de mensajes contra él sin demasiado fundamento, pero sí con mucho odio escudado tras los escasos caracteres que la mencionada red social permite, el actor y político Toni Cantó protagonizó hace algunos años situaciones predecesoras de lo que habría de venir después. El actualmente diputado por Ciudadanos, publicó cuando lo era de UPyD unos mensajes en los que intentaba explicar un problema cuya envergadura excedía la capacidad de una red social diseñada para la simplicidad. El actor de origen valenciano abordó el problema de la Ley Contra la Violencia de Género en la que la pretensión de defender a la mujer convierten al hombre en culpable sin más, vulnerando el principio básico de inocencia y paradójicamente, el de igualdad. Una explicación pobre y unos datos mal utilizados hicieron que tuviera que pedir disculpas, abrumado por la incisiva voluntad en señalar sus errores sintácticos y el afán por aprovechar la literalidad de sus palabras solo cuando convenía. El resultado es que por aquel entonces muy poca gente analizó el problema que de verdad quería dar a entender: usar una estadística en la que el mayor número de casos de victimas son mujeres, se convierte en injusticia cuando en los casos individuales el hombre es culpable sin más «prueba» que el mero hecho de su condición biológica. Años después la situación comienza a dar visos de insostenible cuando en la propia Valencia natal del político comienzan a oírse las primeras voces de victimas masculinas. Sí, son pocos casos, pero no por ello hay que dejar de prestarles la atención que merecen, salvo que nos rindamos definitivamente a la dictadura de la mayoría y de lo políticamente correcto, que es lo que parece que poco a poco se va imponiendo, anulando sistemáticamente a las voces críticas tachándolas de inmediato de fascistas, xenófobas, racistas, misóginas o machistas. En aquel entonces se argumentó en contra de Toní Cantó que contrariamente a lo que afirmaba, sólo un ínfimo porcentaje de las denuncias son descartadas por falsas por los propios tribunales. Sin embargo, un análisis algo más detallado realizado en el Informe de Fondos Europeos descubre que un 45% de las denuncias son descartadas por falta de pruebas. Tal vez un tribunal no las señale como «falsas», pero que casi la mitad de ellas carezcan de base sólida no mejora mucho la situación.
«Si se quiere resolver el problema de la democracia, la solución debe encontrarse en sí misma [..] en armonía con su principio fundamental, la igualdad»
Es cierto que hay que dar visibilidad a una parte de la población para que social y culturalmente se reduzcan los prejuicios. Es cierto que se arrastran ciertos vicios sociales que provienen de tiempos en los que cada sexo cumplía unas funciones puede que justificadas en aquel entonces, pero que ahora resultan anacrónicas y lo peor de todo, perjudiciales, ya que es necesario aprovechar el potencial de toda la sociedad. Pero estos vicios y prejuicios se pueden intentar corregir de una manera más constructiva que no sea sustituyéndolos con otros, sino superándolos.


«No se puede responder a la violencia con más violencia» —Bebé (cantante)

El problema principal pues no es el machismo en sí, sino un sistema político que permite —de hecho fomenta— las desigualdades a cualquier nivel, junto con una cultura rancia, caciquil, pos-tardo-franquista cargada de dogmas y prejuicios. Cambiar el sistema político es un problema de una gran envergadura porque para que tenga un mínimo de efectividad, ha de involucrar a toda la sociedad, entre otros factores. La cultura se puede mejorar con educación. No la de dejar sentar a los ancianos y decir buenos días al entrar a un sitio —esta también, claro— sino otra fundamentada desde la base, desde los primeros años y puesta en práctica y ejemplificada desde las instituciones importantes de la sociedad: desde los medios de comunicación hasta las instituciones políticas, culturales y deportivas. Una educación basada más en la cooperación y el trabajo en equipo. Pero para cambiar esto, de nuevo, nos encontramos con otra iglesia muy similar a la que Don Quijote y Sancho Panza se toparon, la de los políticos que se preocupan muy poco de la educación pública, ya que ellos tienen la de sus hijos bien pagada en instituciones privadas, con nuestro dinero. Todo el esfuerzo que actualmente se emplea en combatir la desigualdad en terrenos políticamente correctos pero absolutamente estériles en la práctica, podría emplearse en planificar un calendario de propuestas y las consiguientes reformas al sistema político, el fomento de la cultura cooperativa y la mejora de la educación para transmitir desde el primer momento la necesidad de trabajar codo a codo, hombro a hombro, para solucionar aquellos problemas que nos atañen, y no dejar que nadie se erija en defensor y «solucionador» de una desigualdad en la que él mismo se instala.


miércoles, 3 de enero de 2018

Manual para hablar de política


Hablar de política en España se ha convertido en un asunto complicado desde la tristemente famosa «crispación» de Zapatero, junto a la utilización del lenguaje al modo de la «neolengua» orwelliana que alumbró ministerios de igualdad —que diferenciaba a las personas por sexo y establecía un cupo numérico— y donde los pro-terroristas se convertían en «hombres de paz». Una época que presagiaba lo que nos ha venido después con la era «postfactual» de Ángela Merkel y la «posverdad» de Donal Trump. Hablar de política en España se ha convertido en una pesadilla que no lleva a ninguna parte salvo para los que cobran precisamente de vivir de dicha actividad, tal y como ocurre en los lugares específicamente pensados para ello y a través de estos profesionales «cualificados». El resto de lugares, sea un bar o una sobremesa vespertina, son fuente de discusiones perpetuas y diálogos de besugos, una retahíla de dogmas seguidos uno detrás de otro. Pero habrá que intentarlo.

Lo primero que hay que averiguar y tener claro en el momento se inicia un debate o discusión sobre política es si nuestro interlocutor está interesado únicamente en lo que atañe a su beneficio personal, sus intereses particulares, en la defensa de sus ideas por encima de cualquier otra lógica, o por el contrario está realizando un genuino intento por establecer de manera objetiva cuáles son las vías posibles para gestionar un país —o alguno de sus sectores— de la manera más eficiente. Todos tenemos derecho a defender nuestro beneficio o nuestras ideologías pero no a imponerlas, menos aún cuando implica un perjuicio sobre otros. Tampoco existe potestad alguna al uso de la manipulación para convencer a nadie para que así sea. La política debería ser ese lugar donde la sociedad —bien a través de unos representantes o cuando sea posible mediante la intervención directa de sus ciudadanos— encontrara esos caminos para que el beneficio de una parte de la sociedad no implicara un sacrificio de otra —poder judicial independiente—. Y al hablar de sacrificios y beneficios no debería referirse a opciones ideológicas de tipo estético como nombres de calles, estatuas o monumentos, opciones religiosas o crucifijos. Un nombre de calle, aunque no nos guste, no vulnera ningún derecho individual de nadie. Por tanto, lo siguiente a definir es cuál es la parte personal y por tanto, inviolable, y cuales son los aspectos que atañen a la sociedad como colectivo.

Una vez establecido el ámbito —personal o colectivo— hay que definir el problema. Suponiendo que se piense que hay algún problema, ya que todavía hay gente que piensa que «España va bien». Desde luego que puestos a comparar siempre van a existir países donde todo está mucho peor. Se trata pues de realizar comparaciones que tengan un mínimo de sentido, por ejemplo, teniendo en cuenta otros países similares del entorno, nuestra evolución histórica o simplemente, qué aspectos del funcionamiento de nuestra sociedad puedan identificarse con claridad como manifiestamente mejorables, no sólo porque sean un desastre, sino porque exista evidencia de que es posible hacerlo mejor.

El potencial de España

Afortunadamente en España se disfruta de un buen clima, de una buena gastronomía y de una Historia que nos ha dejado un gran legado cultural. Esto ha convertido nuestro país en una enorme fuente de capital humano que destaca allá donde se lo permiten. Pocas zonas del planeta tienen una combinación de clima, localización y legado cultural tan rico y con tantas posibilidades como disfrutamos aquí, además de una gran esperanza de vida. Escritores, médicos, ingenieros y exploradores, entre otros, han dejado su impronta en las páginas de la Historia de la Humanidad, a pesar de todas las dificultades a las que a menudo han tenido que enfrentarse debido a una mala gestión política. Gracias a la base de la sociedad —campeona en donaciones de órganos—, a la actividad económica, a esos pequeños empresarios que trabajan doce horas todos los días y a esos empleados por cuenta ajena que han de pagar hasta el último de los impuestos —mientras que grandes empresas influyentes disponen de gran cantidad de mecanismos para eludirlos— y que sustentan al resto de economía sumergida y subvencionada, gracias a todos estos héroes anónimos, nuestro país no se va a pique. Esta desigualdad en es sí misma un problema, pero además, hay otros que podrían ser perfectamente resueltos.

Problemas de España

Además de lo mencionado, este país disfruta de unas condiciones que nos permiten tener una cultura del ocio y disfrute de grandes posibilidades. Un legado de la cultura mediterránea que compartimos con otros países como Italia o Grecia. Países que junto con Portugal, forman los llamados despectivamente PIGS, por compartir precisamente problemas similares. Si se empieza por el más grave en España, la cosa quedaría así:

Pobreza infantil

Aunque los bares se llenen de aficionados al deporte rey antes que las bibliotecas y los cines lo hagan también hasta los topes, no es menos cierto que los más débiles, esos que no son fuente de impuestos ni consumistas ni potenciales votantes, los niños, tienen algunos problemas importantes. España es el segundo país de Europa con más pobreza infantil superado sólo por Rumanía —ojo al dato—.  Es decir, el país europeo cuyos habitantes cuentan con el mayor número de teléfonos inteligentes —o smarthpones— del mundo, es también uno en donde los niños pasan más hambre del mismo continente. Lógicamente si nos comparamos con Somalia seguro que estamos mejor, pero seguro también que en este país africano tiene mayor justificación ya que allí la pobreza está lamentablemente generalizada, cosa que obviamente no es el caso de España. En Somalia es un problema generalizado de una índole mayor, aquí, es un problema de decisión política. Es un problema cuyos responsables tienen nombre y apellidos.

Sistema educativo

Junto al anterior, este punto es otro de los más dramáticos problemas que afectan a la salud de una sociedad. La educación de las personas que empiezan su andadura por esta vida es la base de todo lo que va a venir después. Es indudablemente una apuesta a largo plazo que en un sistema basado de manera enfermiza en el beneficio inmediato, acaba siendo de los más perjudicados, eternizando un problema que únicamente en los lugares mas desarrollados hacen frente de manera responsable y prestando la atención debida al bienestar general. Según el informe PISA la palabra que mejor define a España es mediocridad: si bien la puntuación alcanzada no empeora, también es cierto que no se logra ningún avance permaneciendo estancados en la zona media baja a pesar de que muy cerca, nuestro país vecino mejora nada más y nada menos que en 30 puntos. Con el añadido que en nuestro propio territorio existen ejemplos que destacan pero que son ignorados. Se sabe cómo hacerlo, se puede estar entre los mejores, pero simplemente los que tienen que tomar las decisiones adecuadas y dejar que los que poseen el conocimiento puedan aportarlo al bienestar general, prefieren seguir acaparando ellos el protagonismo en lugar de otros, aunque se lo merezcan más.

¿Muchos impuestos?

Todos nos quejamos de la gran cantidad de impuestos que pagamos, pero, ¿es esto así realmente? Es decir, ¿que significa «muchos»? ¿más de los que nos gustaría? ¿más que el vecino? Los agravios comparativos son indudablemente un motivo más que válido para denunciar una injusticia, sin que por ello implique que tu situación sea precaria. La desigualdad fiscal que se sufre en España materializada a través de «recursos» legales como las sicav a las que sólo pueden acceder grandes fortunas, son una triste y lamentable realidad. No por el recurso fiscal en sí mismo —en otros países existen figuras similares— sino por la mala aplicación de la ley que provoca que sea usada como herramienta de evasión fiscal únicamente para los que pueden acceder a ella. Algo similar ocurre con los impuestos que pagamos todos: la sensación de impotencia y de injusticia motivada por estas desigualdades y por la corrupción política en casos de cohecho y prevaricación, provoca que el fraude fiscal sea elevado. Como consecuencia España es uno de los países que menos recauda a pesar de tener de los impuestos más altos de su entorno. Pero en lugar de mejorar el sistema fiscal para que sea más legitimo, eficaz, justo y equitativo, la baja recaudación —que es al final lo único que les importa— se pretende solucionar aumentando todavía más los impuestos en lugar de analizar las causas de una manera más respetuosa con los contribuyentes, los cuales en España son siempre tratados como «defraudadores en potencia» —el clásico «piensa mal y acertarás» que tanto daño hace en la convivencia—. Esta medida provoca un mayor rechazo y por tanto, mayor fraude fiscal, agravando todavía más el problema. En definitiva, España tiene unos impuestos altos pero se recauda poco, como consecuencia la inversión en servicios públicos es escasa.

Economía sumergida

El fraude fiscal se explica de manera apresurada por la gran cantidad de economía sumergida que existe en España que representa casi un 20% del PIB. Sin embargo, estudios han señalado que este fenómeno más que ser la causa es en realidad el síntoma de un mal modelo productivo y fiscal. Es decir, la economía sumergida es muchas veces la única solución de algunas empresas y trabajadores autónomos para poder subsistir al no poder hacer frente a las regulaciones que el Estado obliga, pensando la mayoría de las veces en sus propias cifras y las necesidades políticas del partido en el gobierno, en lugar de en las de mejorar el modelo económico e industrial del país.
en los países con altos niveles de desigualdad, los beneficios de la formalidad son menores para los individuos más pobres, que no logran apropiarse de su productividad en el marco de mercados laborales imperfectos, lo cual se agudiza por las debilidades de sus instituciones

Modelo productivo

Hablar de modelo productivo referido a todo un país ha de hacerse de una manera holística en el sentido de incluir todos los aspectos relevantes, incluyendo a usuarios, trabajadores, empresarios, gobernantes y resto de responsables como participes del problema. Una clave nos la desvela Gerardo Ibañez en su obra La Revolución Industrial Oculta (2013). En ella, este ingeniero industrial con experiencia en EEUU y Alemania nos comenta que el nexo que une a los países más y mejor industrializados y con mayor capacidad de producción propia no es otra que unos sueldos altos. Pero contrariamente a la creencia habitual, los sueldos altos no son la consecuencia de un mejor modelo productivo, sino al contrario, son la causa: si subes los sueldos la economía mejora sistemáticamente. El ejemplo paradigmático fue el de Henri Ford quien decidió duplicar el sueldo de sus trabajadores logrando de esta manera un éxito sin precedentes que sería imitado por el resto de compañías del mundo... hasta que llegaron los japoneses con Toyota. Dejando a un lado el interesante debate sobre los inconvenientes del fordismo que serían superados por el método lean o poka-yoke japonés, el hecho relevante en ambos casos es que la principal manera de mejorar un sistema es dotar de autonomía, responsabilidad y capacidad adquisitiva a la base social del colectivo. Circunstancia que en España suele ser al contrario, todavía dependiente de un sistema casposo, rancio y caciquil, jerárquizado hasta extremos enfermizos. En este sentido, el capital humano que existe en España es aprovechado únicamente en sentido vertical: todo lo que vales es lo que decide la persona que está por encima tuya en función de su criterio personal.

Meritocracia

Aunque los sistemas basados en el mérito tampoco son perfectos —como no podría ser de otra manera— su ausencia produce en la misma medida un drama humano que han de padecer los trabajadores de este país y que a buen seguro es causa de no pocas depresiones y que acaba doblegando a la base social, siendo participe del pelotazo, del enchufismo y del nepotismo. Según un estudio del Foro de Davos, con sede en Ginebra, España ocupa el penúltimo lugar de la Unión Europea en aprovechamiento de su capital humano, junto una vez más a otros países como Grecia o Portugal. Es decir, no se trata de la calidad de nuestro capital humano, sino de cómo se aprovecha. Eso sí, lo que es bien aprovechado es la inocencia e ingenuidad sobre la realidad del mercado laboral de los becarios recién salidos de las universidades, que son exprimidos en proyectos que nadie más hace, bien por su tediosidad o bien porque no existe un puesto de trabajo regulado con la requerida cualificación académica, por lo que acuden a este tipo de empleo «efímero», ya que asumir la necesidad de dichos puestos implicaría reestructurar todo el sistema, dejando a los dirigentes respecto de sus propios cargos —a los que han accedido la  mayoría por vías «alternativas»— en situación comprometida.

¿Corrupción?

Hablar de la corrupción como un problema en sí mismo encierra algunas complicaciones. En primer lugar hay que definir qué es lo que se entiende como corrupción y en segundo lugar, de qué tipos. En la actualidad mediática, la corrupción es tratada como un aspecto independiente y únicamente aquellos casos que están bajo investigación judicial, tratándolos como si fuera una especie de virus o un «factor genético» —como algunos agitadores de la pantalla han llegado a decir—. En España la corrupción es tratada como un factor político más, como lo pueda ser el paro o la subida del IVA. Y lo que es peor, asociada a determinados partidos, usada como elemento acusador para ganar en los debates. Sin embargo, si no hubiera ningún caso de corrupción sería un síntoma realmente preocupante —como ocurría en las dictaduras de Franco o Stalin— ya que la posibilidad de la corrupción siempre existe y con el tiempo se hace tan inevitable como lo es que tengamos que cambiar los neumáticos de nuestro automóvil.  La cuestión importante de la que nunca se habla es la de los mecanismos para detectarla y para corregirla. Todo este panorama lo que provoca es el ocultamiento del verdadero problema de fondo, que es la ineficacia a la hora de gestionar los recursos del Estado, que van a parar a manos indebidas y empeorar los servicios públicos y perjudicar gravemente a los más débiles. La corrupción no es un factor que se pueda aislar. Los casos anteriores citados, desde la pobreza infantil hasta el sistema educativo, pasando por el enchufismo, son también casos de corrupción. El verdadero problema no es la inevitable existencia de corruptos sino la deficiente utilización del Estado, es un problema de sistema, no un problema de políticos —que también— y no se soluciona cambiándolos, sino cambiando el sistema de control, de detección y de auditoría. En su lugar se usa el sistema judicial como un sustituto lejano de la revocación de mandato, mecanismo que habría de existir en toda democracia representativa que no haga uso de la democracia directa.

Soluciones

Buscándolas

Hasta hace poco la mayoría se sentía confiado al vivir en una democracia y esperaba que con el paso de los años los problemas se solucionarían, pero 30 años después continuamos con los mismos problemas, el mismo país de sol y playa, de turismo, de servicios, de mercado interno, de empresas que han de ir al extranjero para triunfar mientras que las multinacionales extranjeras, mediante suculentos acuerdos con el Jefe de Estado y el resto de políticos que se reparten el pastel, ocupan y monopolizan el mercado laboral imponiendo sus cada vez más sofocantes condiciones. Exactamente igual que en la época de la dictadura.

Puede decirse que en España no hay un problema lo suficientemente grave como para que pueda señalarse y echarse las manos a la cabeza. Nuestros políticos se preocupan de que esto sea así, independientemente de que en el fondo haya todo un conjunto de problemas que vistos de esta manera nos presenta un escenario que es para salir corriendo. A otros países cuyos dirigentes, sin dejar de preocuparse por sus cómodos asientos —las personas estamos sujetas a los mismos anhelos en todas partes— poseen sin embargo dentro de su cultura y tradiciones históricas mecanismos que limitan los despropósitos que puedan hacer, logrando que su gestión aporte algo a la sociedad que representa. El resultado es que a pesar de lo que dice la Constitución de 1978, en la práctica los ciudadanos de España no somos iguales ni jurídica, ni política, ni económica, ni fiscalmente. Además de tener que encontrar una solución para el problema de gestión al que nos enfrentamos como sociedad, queda el problema no menor de aplicar dicha solución. Llegados a este punto, cada uno de los 40 millones de ciudadanos que pueblan nuestro territorio probablemente tenga una idea distinta de lo que hay que hacer. Recientemente se ha comenzado a colocar el objetivo en el propio sistema político, que se ha mostrado ineficaz para encontrar soluciones. Se trata pues no de buscar una solución a algún problema concreto, sino de buscar una solución para que la sociedad pueda realmente gestionarse como tal y solucionar sus problemas. Se trata de encontrar una meta-solución, y ver quien le pone el cascabel al gato.

Aplicándolas

Lo paradójico de tener una solución es que luego hay que ponerla en práctica, lo cual en una sociedad cuyo sistema político está monopolizado por opciones monolíticas y herméticas, es otro problema de igual o mayor envergadura. Incluso para buscar una solución al problema de la auto-gestión de la sociedad es necesario contar con unas herramientas que el actual sistema político no ofrece, o las que existen son muy ineficaces.

La paradoja de la base social

Asumiendo que la actual clase política lleva 30 años auto-protegiéndose sin ofrecer ninguna propuesta útil de desarrollo económico, social o industrial, queda claro que la solución ha de venir de fuera de dicha clase política, de la propia sociedad. Para que la solución no consista en imponer nuestro criterio es necesario aunar una mínima base social con iniciativa y ganas de participar, un tipo de activismo que sea participe de similares inquietudes en cuanto al deseo de auto-gestión de la sociedad. La paradoja de esta situación es la siguiente: no se puede fundar desde cero un grupo que defienda la democracia en base estricta a sus propios principios. No todo el mundo ha intentado formar un grupo de este tipo, pero los que sí, hemos advertido que hay siempre un momento de «génesis» tan cuestionable como absolutamente crucial y necesario. Todo grupo con intenciones políticas ha de partir de unos principios a los cuales se unirá quien quiera compartirlos, y si no está de acuerdo, tendrá que irse a otro sitio. Esto puede que no parezca democrático y en efecto, no lo es en absoluto, pero igualmente inevitable: cuando no hay democracia la solución no puede venir de una iniciativa que pueda definirse como tal. Es lógicamente imposible por el teorema de incompletitud de Gödel. Esto no significa que todos los grupos de activismo sean iguales, ni que sus diferencias consistan simplemente en sus propuestas políticas. Habrá «algo» en su espíritu, en su organización interna, en sus principios filosóficos subyacentes —no los que manifiesten defender— que sólo las personas experimentadas podrán distinguir. Si fuera fácil identificarlos no existirían las sectas ni los cultos a lideres mesiánicos. Esto es así porque lamentablemente no se puede dejar entrar a cualquiera en un grupo que desee alcanzar un determinado objetivo político. Por respeto a los propios principios del movimiento, y por simple protección ante intrusos que deseen boicotear la organización —que los hay seguro—. La frontera entre una cosa y la otra, el tipo de filtro que se aplique para dejar entrar a unas personas y bloquear a otras irá desde un grupo de conocidos con total confianza entre ellos que sean los que inicien el movimiento, a la paulatina ampliación de «círculos» basados en la confianza entre sus miembros. En resumen, a mayor heterogeneidad y desconocimiento entre las personas que forman cada círculo, menor debe ser su capacidad para la toma de decisiones que afectan a la totalidad, para evitar que un grupo de desconocidos descontrolados se apropien del movimiento y hagan uso de él para fines distintos a los originales. Para que toda la organización no se convierta en una dictadura vertical en la que las ordenes e información sólo se transmita en un único sentido es necesario que existan canales bidireccionales para limitar las acciones de mando, así como cargos electos, de duración limitada y bajo controles de mandato. Ni que decir tiene que la mayoría de los actuales partidos carecen de estos mecanismos salvo unas primarias opcionales organizadas por las propias organizaciones políticas en la que los ganadores están previamente acordados.

La herramienta política

El sistema actual basado en partidos utiliza a estos como principal herramienta de representación. Los ciudadanos dejan su voto y mediante un sistema de reparto de escaños, se obtiene un mapa político en el que cada partido tiene un peso acorde de alguna manera a los votos recibidos. Sea justo o no, sea proporcional o no, sea o no de nuestro agrado, estas son las normas que para bien o para mal dibujan los gobiernos de cada legislatura. Se trata por lo tanto de comprender su funcionamiento y diseñar una herramienta para que las soluciones que la base social acuerde lleguen hasta los órganos de representación política con poder legal para que se lleven a cabo. El valor de esta herramienta no consiste pues en las soluciones propuestas, sino en que las mismas no provienen de despachos en las que se manejan intereses alejados de la sociedad.

Las necesidades (actualización 22/01/2018)

Sociales

Asumiendo como inevitable la utilización de un partido como forma de hacer llegar a las instituciones que ofrece el sistema político las propuestas necesarias para su aprobación, no hay que dejar que esta herramienta adquiera un excesivo protagonismo. La base social ha de continuar siendo la parte fundamental. No por ideología, sino por simple e inevitable lógica si de lo que se trata es de encontrar la manera óptima de organizarse como colectivo. Estudios sobre inteligencia colectiva o colaborativa, dinámica de equipos, experiencias empresariales y las vicisitudes históricas de otros países, avalan la importancia de dar a la sociedad un papel adecuado, aprovechando su potencial y sumando conocimiento. Y esto sólo se puede lograr atendiendo no simplemente sus necesidades básicas sino hasta las más intelectuales y sofisticadas, otorgando el protagonismo adecuado a los miembros que lo merezcan. Alguien podrá dudar cuales han de se esos méritos. Naturalmente, siempre van a existir peros y lagunas, incluso seguro que también se cometerá alguna injusticia de vez en cuando. Como se comentaba, ningún sistema está exento de error, de lo que se trata es de formar una cultura que aproveche lo aprendido, que tenga como intención proyectarse hacia el mañana, de tener expectativas, de construir un futuro que vaya más allá del próximo mundial de fútbol.
«Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo. Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde»
José Ortega y Gasset

Políticas

Asumiendo igualmente el funcionamiento del sistema político, por poco que nos guste, es inevitable ceñirse en lo posible a las necesidades marcadas por sus características. Esto significa que habrá que escoger caminos que no respondan a una necesidad social ni a un objetivo político «primario», es decir, que para lograr cumplir los objetivos políticos de auto-gestión de la sociedad hay que pasar necesariamente por cumplir los objetivos políticos de la herramienta, que no son otros que los objetivos partidistas de toda la vida que tanto se han criticado. Y hay que hacerlo sin convertirse en el monstruo que se ha denunciado, lo cuál entraña una dificultad que no hay que descuidar. Estas necesidades no son otras que lograr el suficiente número de votos, lo que en una sociedad polarizada, sectaria y de escasa cultura democrática exige un esfuerzo colosal, necesitando:

Canales de comunicación

Cada convocatoria de elecciones generales se acaba convirtiendo de una manera o de otra y apoyados en los medios de comunicación, en un enfrentamiento entre dos opciones únicas, enfocando todos los «debates» exclusivamente en las propuestas que interesan a estas opciones, cuyas respuestas ya están medidas en función de tener la sociedad cartografiada políticamente. Es decir, se habla prácticamente en exclusiva de lo que los partidos quieren, creando falsas disyuntivas en las que sólo existen dos principales caminos, excluyentes entre si. De esta situación se desprende que es necesario un canal alternativo de difusión que no dependa de los actuales, sometidos al mismo sistema de jerarquía que el resto de aspectos de la sociedad. No se trata pues de ninguna teoría conspiratoria, los medios de comunicación sufren del mismo problema que cualquier otro ámbito laborallos objetivos están marcados por agendas políticas, definidas por los intereses del superior en la jerarquía. El cumplimiento de las tareas propias de cada profesión quedan en segundo plano, lo que en el caso de los medios de comunicación es doblemente grave y notorio.

El nicho electoral

Continuando con la paradoja de la base social comentada anteriormente, aunque se parta de una base social transversal, heterogénea y diversa y aunque las demandas políticas tengan como objetivo representar a todo el colectivo social sin distinción, lo cierto es que en los inicios siempre hay una mayoría que por extraño que parezca, no desea ni más democracia, ni cree que sea necesario cambiar nada, ni desean que otras personas lo intenten. Tal vez porque creen que no hay nada que mejorar o temen que tocar cualquier cosa va a implicar un cambio a peor —sobre todo para ellos—. Se presenta pues la extraña circunstancia en la que el mero hecho de desear mejorar las cosas implica para ciertos sectores una amenaza. En algunos casos se trata de simple sectarismo ideológico y conservadurismo, en otros el motivo consiste en el de la protección de un nivel de vida basado en privilegios alcanzados gracias a acaparar a codazos un protagonismo inmerecido. Logros que dejan en herencia a sus descendientes los cuales continuarán defendiendo su estatus social, aunque implique impedir que el resto tengan oportunidades similares. Pero como el sistema de partidos, de elección y de representación es como es, no hay más remedio que elaborar un mensaje político cuyo principal objetivo no sea otro que el de captar electores. Todo aunque sea para dar una democracia a unos votantes que no la piden de manera explícita, tal vez porque tras tantos años de partidocracia no saben lo que es.

La imagen política

Una vez identificado el electorado y escogido el que sea más compatible con los objetivos políticos originales, es necesario introducirse en la maquinaria propagandista que acompaña al resto de partidos. Es inevitable si se desea una eficacia mínima, ya que el objetivo no es el de vivir hasta la jubilación vendiendo esperanzas políticas que jamás van a verse cumplidas. Esto va a significar dotar a la herramienta política de una imagen acorde a dicho electorado. Es decir, la formación o partido resultante va a ser esclava de una apariencia que necesita si se desea alcanzar un mínimo de efectividad. Por los vicios del actual sistema, esto implicará que la formación será presa del odio o rechazo por parte de los sectores que no formen parte de su publico objetivo. Más todavía, implica que será objeto de critica por motivos ajenos a los objetivos primarios de la formación en cuanto a obtener una herramienta independiente que sirva como receptora de las demandas sociales.

La financiación

Tal y como funcionan las cosas, sin un mínimo de financiación es imposible dar un paso. Resulta que en España el estado otorga a los partidos —y sindicatos— una subvención en función de los escaños obtenidos lo que significa que cuantos más votos obtengas más dinero recibirá la formación escogida. Esto que puede parecer lógico en un primer momento es completamente injusto en cuanto se medita un par de segundos más, ya que bloquea todo nuevo intento de participación. La concesión de fondos públicos sin una auditoría adecuada posterior es una tragedia democrática que provoca que un partido se consolide, monopolice e impidala necesaria y obligada entrada de opciones alternativas en una democracia. El uso de dichos fondos para sus campañas va a favorecer a sus candidaturas por lo que es muy probable que vuelvan a obtener muchos votos en las próximas convocatorias, volviendo a obtener una suculenta financiación, repitiéndose el proceso. Los partidos de esta manera se convierten en máquinas de obtención de votos, en cuyo seno surgen una casta de políticos profesionales cuyo objetivo es continuar con esta dinámica, olvidándose del objetivo básico de representar a la sociedad. Si el Estado ha de intervenir de alguna manera en la financiación de los partidos ha de ser para garantizar la igualdad de oportunidades, pero lo que ocurre en la realidad es lo contrario. Aún así los partidos incurren en financiación irregular ya que una vez convertidos en máquinas de ganar dinero y dado que el sistema no limita su acción, no hay quien los pare, salvo el poder judicial tras un largo y penoso proceso. Con este desolador panorama, toda nueva iniciativa ha de dar rienda suelta a la máxima creatividad posible para obtener fondos y encontrar maneras de lograr repercusión mediática.

La estrategia mediática

Si algo nos enseñó Rubalcaba —o eso se creía— fue la importancia de lograr en el momento y lugar adecuado la necesaria repercusión mediática con un mínimo de inversión. Lo extraño es que pocos más se hayan dado cuenta de esta circunstancia. Este es el motivo más simple que explica las acciones de lo relacionado con el movimiento #15M, tales como #ocupalapalza o #rodeaelcongreso, iniciativas pacíficas pero que rompen con el clásico concepto de manifestación regulada y permitida por los poderes clásicos. Iniciativas que buscan lograr la mayor repercusión con el menor consumo de recursos, usando a los propios medios de comunicación los cuales no tienen otro remedio que dar cobertura, aún a su pesar, a las agrupaciones multitudinarias en las calles. Una variante fue el de la llamada #primaveravalenciana organizada por la entonces oposición al Partido Popular y actualmente compartiendo gobierno en la Comunidad Valenciana. Si bien las acciones del 15M tenían objetivos concretos, Compromis llamó a sus militantes a ocupar las calles, bloqueando semáforos y tráfico de vehículos allá por donde pasaba, con dos objetivos, claros para la formación pero ambiguos para los que participaron en ella: el de mostrar su poderío de convocatoria movilizando a miles de personas, y el de provocar a las fuerzas de seguridad en espera de que cometieran algún fallo en forma de agresión. Una época en la que se vivían momentos estrambóticos en los cuales la gente acudía con pancartas por la mejora de la educación acompañados en horario escolar con sus hijos, aún a costa de ponerles en peligro al llevarles a una manifestación no autorizada que fueran o no legitimas sus reivindicaciones, se era consciente —de hecho, era lo que se buscaba— del peligro real de una respuesta policial. Finalmente, el resultado afortunadamente no paso mucho mas de ver como una masa de miles de personas sin objetivos claros y con un mensaje incoherente se paseaba sin rumbo por las calles. En el fondo, una metáfora de la situación actual de la sociedad española.


    Foto (fuente Ideal.es): cartel visto en el hogar del pensionista de un pueblo de Jaén