jueves, 2 de mayo de 2019

La extraña democracia española

El periodista Manuel Martín Ferrand
(Foto: Panorama Audiovisual)

Artículo escrito por Manuel Martín Ferrand para el medio Estrella Digital el 03 de febrero de 2007. El autor señala ya entonces carencias que todavía se arrastran y cuya denuncia se asocia incorrectamente en la actualidad a ideologías de izquierdas «radicales» o «revolucionarias», ámbitos políticos de difícil encaje con el tristemente fallecido periodista.

La extraña democracia española 

Por Manuel Martín Ferrand el 3/2/2007

En uno de los más apasionantes libros de viajes que recuerdo haber leído —Mi vuelta al Mundo— contaba el maestro Augusto Assía, el más aliadófilo de los observadores españoles en la II Gran Guerra, que en la Universidad de Honolulú lucía una inscripción para advertir al visitante: «Ésta es la única Universidad en 2.000 millas a la redonda». Aquí y hoy, con todo rigor, podríamos atornillar una placa en el Congreso de los Diputados para presumir de la Cámara menos parlamentaria y representativa entre todas las de los países de nuestro rango. No podríamos hablar de «millas a la redonda», porque la cercanía de África le quita rigor a tan plástica expresión. 

La Transición —tan cantada, tan oportuna— tiró por la calle del pragmatismo y sacrificó, en aras del consenso, principios fundamentales para la separación de los poderes del Estado y la garantía representativa de los ciudadanos. Ahora toca pagarlo. Seis quinquenios de aplazamiento son un rasgo de generosidad por parte de la Historia. El problema para la amortización de la deuda y la consecuente construcción de un nuevo Estado que cumpla con los supuestos de una verdadera democracia reside en unos pocos puntos de muy difícil reconversión:  

La desidia ciudadana.

El espíritu crítico, columna vertebral de una sociedad con aspiraciones democráticas auténticas, brilla aquí por su ausencia. La adhesión a los partidos es más emocional que analítica y, de esa manera, un chimpancé con la camiseta y el emblema de cualquiera de las formaciones en presencia, grandes o pequeñas, obtendría el voto de «los suyos» sin mayores reparos por parte de los votantes «del partido». Como no quiero ofender a nadie, no aporto ejemplos reales, que están ahí vivítos y coleando, con escaño o con vara. 

La norma electoral. 

Sin entrar en mayores matices, puede afirmarse que la ley vigente es la consecuencia de un pacto que entusiasmó a todos cuantos lo suscribieron en su día porque, en razón de las listas cerradas y bloqueadas, las oligarquías de cada partido refuerzan su poder hasta el infinito. ¿Alguien sabe quien es «su representante» en el Congreso de los Diputados, el Senado, las Cámaras Autonómicas o su propio Ayuntamiento? En los días, tan glorificados, del pacto constitucional los partidos llegaron a intercambiarse, como si fueran cromos, modelos de Estado por sistemas electorales. Todo por el poder. 

La centrifugación del Estado. 

Es evidente que el franquismo, más por razones de autodefensa que por firme convicción ideológica, le aportó a la Nación un movimiento centrípeto que, además de llevar a sus límites lo peor de la idea jacobina, anuló la identidad y la cultura de la España periférica para concentrar «en Madrid» todos los poderes estatales. Para remediar el mal, lejos de reaccionar con la moderación de la inteligencia, los líderes de la UCD, acomplejados por su procedencia política, invirtieron el sentido de las fuerzas y pasó a actuar una centrífuga que nos ha llevado al caos de 17 Españas diferentes hasta en su reglamentación del espectáculo taurino. Nunca, en parte alguna, se vio semejante disparate. 

La fuerza de las minorías. 

Parte del consenso de la Transición, el que nos ha llevado a un túnel de difícil salida, se fundamenta en la concesión de una fuerza desmedida a las minorías nacionalistas y/o separatistas. Ello le ha dotado de un poder decisorio en las grandes cuestiones de Estado a quienes, precisamente, pretenden acabar con el Estado. No cabe mayor dislate. 

El valor de lo extraparlamentario. 

Una vez sustituido el debate parlamentario por un mero cálculo aritmético, las Cámaras y la confrontación de las ideas quedan sin sentido. Basta que los capataces de los distintos grupos acuerden tanto cuanto quieran pactar para que, sin luz y sin taquígrafos —de espaldas a los supuestamente representados, a la teórica soberanía popular—, tengan vía libre todos los despropósitos que surjan de su voluntad. 

El debilitamiento de la opinión pública. 

El control de los medios de comunicación, que en lo audiovisual llega a su colmo, reforzado por la circunstancia de la participación pública en el proceso editor —en grave caso de competencia desleal— y convertidas las Administraciones — nacional, autonómica y local— en los primeros anunciantes y mejores clientes de los medios privados, hace que los mensajes se debiliten y desvirtúen con sus efectos consecuentes.  

La media docena de vectores que señalo, sumados a los típicos de la degeneración democrática —los que, con mayor o menor intensidad, padecen los países de la UE—, marcan el cuadro básico de nuestra enfermedad. Lejos de atacarla decididamente, ante la proximidad electoral, los dos grandes partidos nacionales, «representantes» de más del 80 por ciento de la población española, afinan sus instrumentos y pasan por alto las cuestiones de máximo calado. Mariano Rajoy dice girar al centro y promete moderación y concordia, mientras José Luis Rodríguez Zapatero debate con sus compañeros de Gobierno cómo minimizar los daños que le ha producido al PSOE su permanente traspié al enfrentarse a la cuestión vasca.  

Los socialistas le zurran la badana a la memoria de Aznar y los populares, desorientados, demonizan a Zapatero y sus diálogos con los etarras y sus palafreneros. Ése es, en esquema elemental, el contenido político final de nuestra extraña democracia. ¡Socorro! 


Nota: el artículo no se encuentra en la hemeroteca del medio original ya que en-línea solo está disponible desde el año 2008. Por este motivo se ha recuperado de un PDF guardado entonces.

sábado, 20 de abril de 2019

Carencias democráticas

Foto: Wikipedia
España tiene un sistema político que dista mucho de ser el de hace 80 años. Actualmente según ciertos parámetros es considerado un país libre pero, ¿significa que no es mejorable? ¿Es nuestra forma de democracia la mejor que puede tener nuestra sociedad? ¿Son todas igualmente efectivas para cumplir su función? ¿En otros países representan por igual a su sociedad? ¿Todos evitan de igual manera los abusos y la corrupción? ¿Por qué protestan los independentistas, tienen razón o parte de ella en los motivos que les lleva a adoptar su postura, sea esta correcta o no? ¿En qué aspectos es mejorable nuestro sistema? ¿Quién impide que este madure?

Son muchas preguntas cuyas respuestas exceden la intención de este artículo. Sin embargo, con tan sólo comparar otros países no muy lejanos como Dinamarca en asuntos de corrupción y comprobar la plena consciencia del problema de sus ciudadanos y qué clase de actitudes y vicios han de reprimir para evitar males mayores; o con datos como que España es el país europeo con mayor número de encarcelados por habitante mientras que en Suecia se cierran las prisiones, se advierte fácilmente que algo no funciona. Se le propone al lector un pequeño viaje por nuestra historia inmediata para intentar averiguar qué clase de defectos palpables se encuentra en nuestro sistema político. Problemas conocidos que en otros países solucionaron en su momento de alguna manera, mientras que en España... bueno, mientras que aquí pasaba esto:

Un poco de historia

En los últimos años del periodo de dictadura —el llamado tardofranquismo—, la necesidad económica del país de abrirse a Europa fue fundamental y probablemente el motivo por el cuál los que entonces gobernaban no tuvieran más remedio que modernizar paulatinamente a la sociedad española. De esta manera se dio paso al baby boom y a la creación de una clase media que, con el Seat 600 como símbolo, comenzó a vivir con unos niveles incipientes de autonomía individual, de igualdad y de libertad. Con el dictador muerto y dejándolo todo bien dispuesto, el siguiente paso vino con la Transición, una fase que si bien la sociedad española venía años demandando, no es menos cierto que finalmente vino desde dentro, es decir, fue orquestada desde el propio sistema que entonces regulaba la vida de sus ciudadanos.

Transición perpetua

De esto hace más de cuarenta años, los cuales hemos estado viviendo en una transición que ha permanecido inalterable, con un sistema político y legal cuya diferencia más notoria con el anterior son unas elecciones «generales», cada cuatro años, que pretenden simbolizar una apertura a la participación de los ciudadanos. Ahora bien, observado con algo de detalle se evidencia que dicha participación ha de realizarse a través de alguna fuerza política en forma de partido, para que ocupe prácticamente las mismas instituciones. Unas que continúan basadas en una rígida jerarquía que decide todo desde arriba de manera unidireccional, desde el Jefe de Estado hasta el último conserje de consejo de barrio. El porqué de esta tradición cultural es igualmente un asunto que nos sobrepasa, pero no es nuevo: desde el cesaropapismo hasta el caciquismo, pasando por la mafia, podemos sospechar que en la cultura mediterránea son un común denominador. La Transición no ha mejorado este aspecto, todas las organizaciones e instituciones en España obedecen el mismo sistema de orden y control, de autoridad y sumisión: organismos públicos, partidos y sindicatos. El resto de organizaciones de corte menos político acaban imitando esta cultura, que se podría decir que si bien puede ser comprensible en el ejército, es en su base de difícil compatibilidad con la democracia y muy inadecuada para aprovechar el capital humano en cualquier otro ámbito.

Paradoja social

Durante todo este tiempo el sistema ha permitido que posturas contrapuestas cohabiten dentro del mismo espacio político. Esta apertura es la que definió la época de la Transición, un momento de la historia conocido por un espíritu de optimismo y fraternidad. Esta cultura sin embargo, en lugar de madurar, no solo ha ido desapareciendo sino que se ha radicalizado hasta el esperpento con el paso de los años, sin superar ni uno solo de los demonios guerracivilísticos que tanto han socavado la convivencia en la sociedad española. Si bien «sobre el papel» el sistema a nivel formal permite la diversidad política, ocurre sin embargo que a nivel cultural esta coexistencia está marcada por el enfrentamiento y la emotividad. No ha habido asimilación por parte de la sociedad, o lo que ocurre es que el propio sistema heredado de la Transición promueve estas actitudes: el debate no existe, empezando por el principal lugar donde debería que es el Congreso, lugar en el que sus protagonistas se limitan a decir lo que quiere oír su público sectorizado, su audiencia ideológica, sus electores. En lugar de debate, las legislaturas son campañas electorales de cuatro años. El punto de inflexión donde se evidenció el fracaso cultural de la Transición fueron tal vez las elecciones generales de 2004, de triste recuerdo por el trágico atentado del 11M.

En consecuencia, las posturas políticas que se generan son acordes a esta situación. La democracia a la que se le ha estado llamando así durante estas décadas, nos ha traído una cada vez mayor radicalización y enfrentamiento de las posturas, en lugar del acercamiento y el enriquecimiento mutuo. Los nacionalismos e independentismos han aumentado y radicalizado al ser alimentados por el sistema actual año tras año, cebándolos, sin convencerles lo más mínimo a pesar de que en teoría, si las cosas fueran como nos dicen que son, no deberían tener ya motivo alguno para continuar en sus posturas. Debido a esto, se han formado dos bandos que han ido escalando en su dogmatismo por igual, algo que viene también a evidenciar lo poco que se ha aprendido del más triste periodo anterior a la dictadura que le sucedió. Esos dos bandos, como se decía, se han configurado como los «constitucionalistas» y los «anticonstitucionalistas».

Los primeros defienden de manera absolutamente inamovible el sistema que paradójicamente, nos ha llevado a la actual situación. Los segundos señalan las carencias del mismo sistema que sin embargo, les permite manifestarse, sin ofrecer más alternativa que la escisión del mismo para repetir el mismo esquema autoritario. Cualquier intento de posicionarse fuera de estas dos posturas rígidas se enfrenta a enormes dificultades, teniendo como oponentes la mayor parte de medios de comunicación que están sometidos a uno u otro «bando».

Fallos del sistema

¿Es posible criticar a algo en España con normalidad? ¿Es posible hacerlo sin ser acusado o encasillado en alguna de las etiquetas ideológicas del momento? Ha quedado demostrado que no se puede convencer a nadie, si este previamente no lo desea, por justificados y razonables que sean los argumentos expuestos. Pero no es intención el convencer a nadie, sino buscar respuestas a las preguntas planteadas durante el artículo. De todas las cosas cuestionables que tiene nuestro sistema, los siguientes puntos destacan sobre el resto:
  • Sistema de representación político

    • Valor del voto por circunscripción: esta está basada en la provincia sin tener en cuenta las grandes desigualdades en densidad de población y su correspondencia con los escaños. Esto genera una diferencia de valor del voto de cada ciudadano en función de su residencia, a efectos del número de votos necesario para elegir un representante. Independientemente de cualquier otra consideración, nada más empezar nos encontramos ya en en el criterio básico por el cual se establece la representación ciudadana, en una desigualdad.  <Artículo 68 [acceso el 22/3/2019]>

    • Los siguientes tres puntos por separado son opciones que cada una de ellas pueden darse en un sistema democrático por unas razones u otras, pero las tres al mismo tiempo forman un conjunto que reducen la necesaria representatividad del sistema español a la anécdota:

      1. Listas cerradas y bloqueadas: los ciudadanos no eligen al representante, sino a una lista ya confeccionada y predefinida. Tampoco eligen el orden, ni pueden realizar modificación alguna sobre ella. Esta clara merma en la capacidad de decisión de los ciudadanos tiene todavía una mayor repercusión si se le añaden el resto de puntos.
      2. Reparto de escaños: se realiza asignándose a cada uno de los miembros de la lista siguiendo el orden establecido en ella, en función del número de votos que ha recibido la misma. Es decir, los escaños que recibe la lista son repartidos a cada uno de sus miembros, como si hubieran sido otorgados a cada uno de ellos. De esta manera el reparto favorece a los votos locales, ya que cuantos más votos reciba una lista en su circunscripción, más escaños recibirá.
        En un primer momento este «principio de localidad» parece tener sentido, pero deja de hacerlo si se consideran el resto de puntos enumerados, ya que el ciudadano no ha podido decidir nada sobre sus representantes ni tendrá mandato alguno sobre ellos.
        En resumen, el sistema de reparto de escaños se decide en función de un principio de representación local que en la práctica no existe. El hecho de que los ciudadanos acudan a las urnas y se enfrenten a un entramado de listas y nombres que sirve para poco pero que es el que va a decidir a la postre la representación parlamentaria, no es en ningún caso, deseable.
      3. Anulación del mandato imperativo y disciplina de partido: el mandato imperativo es una figura política que consiste en la obligación del representante de estar a disposición de sus representados. Esto significa que el representado conoce quién es su representante cuyo mandato legislativo está sujeto a anulación en cualquier momento —en base a algún mecanismo que lo posibilite, como recogida de firmas—. En España la Constitución prohíbe expresamente que los representantes estén sujetos a mandato alguno, algo que tampoco sería posible ya que no hay forma de relacionar a un representante con sus representados, ya que en ningún momento ha existido la posibilidad de ofrecerse a ser elegidos, ni manera de que los ciudadanos puedan hacerlo, como se ha visto. Por este motivo las campañas rara vez usan el atractivo de un político local, siendo en su lugar la imagen del candidato a presidente la usada en todo el ámbito de España. El argumento esgrimido es el de lograr que el representante sea independiente, pero la realidad impuesta por el primero de estos tres puntos, es que el diputado acaba sujeto a una férrea disciplina de partido <Artículo 67 [acceso 22/3/2019]>.
        La consecuencia de estos tres puntos es que la representatividad se pierde en gran medida, siendo las direcciones centrales de los partidos los que tienen verdadero control sobre las decisiones. A pesar de que el reparto de escaños se realiza en función de una supuesta característica de representatividad local, el resto de mecanismos obligan a que la política posterior en el Congreso se decida en función del total de escaños obtenidos en el conjunto de circunscripciones, perdiendo toda característica de teórica cercanía al ciudadano —a pesar de que la proporción de escaños proviene de esta premisa—. La disciplina impuesta por los partidos hace que salvo en contadas ocasiones —transfugismo— un representante no sea más que un robot, un autómata cuya única finalidad es apretar un botón, leer el periódico, o jugar al Candy Crush.
        Cuando el partido es por definición de ámbito local, su política posterior obedece a esta circunstancia —los independentistas solo se presentan en las circunscripciones de su autonomía y las tendencias de voto son distintas en función de si son elecciones generales o autonómicas—. Sin embargo, siendo el resto de funcionamiento el mismo —listas cerradas y bloqueadas y prohibición de mandato imperativo— esta «cercanía» política no implica ninguna mayor representatividad, sino la defensa por parte de unas cúpulas políticas locales de unos intereses distintos a las cúpulas que gobiernan en el resto del Estado, las cuales adolecen de la misma falta de representatividad. El independentismo es por tanto un fenómeno derivado del actual sistema, cuya actual fuerza es consecuencia de la misma causa que dicen repudiar.
        Como anécdota, si es que un tema tan serio merece alguna, son las explicaciones que en la propia Constitución se dan para justificar los caminos escogidos. Un texto que ha de representar la voluntad del pueblo no necesita de ninguna justificación.
  • Independencia de poderes

    A efectos prácticos esta es inexistente ya que como se ha visto, el poder legislativo está controlado por las direcciones de los partidos, los cuales eligen a un candidato como jefe del ejecutivo, en este caso del gobierno —por ser una monarquía—. Poca o nula capacidad de decisión han tenido los ciudadanos en esta situación, salvo los votos concedidos bajo las condiciones expuestas. Por añadidura, tras una reforma de 1985 <enlace a la fuente [acceso el 7/2/2019]> la poca independencia del poder judicial acaba por desaparecer —las reformas tras la Constitución son a peor, por lo visto— con lo que los tres poderes del Estado están sometidos al reparto que logren las direcciones de los partidos tras unas elecciones generales. Es ahí donde se decide todo durante los cuatro años siguientes.
  • Iniciativa Legislativa Popular

    No debería ser necesario señalar que en un sistema democrático la participación ciudadana es el principal requisito. Aunque las grandes poblaciones tengan que recurrir a un sistema representativo para llevar el gobierno del pueblo a efecto, en la medida sea posible no hay que olvidar los mecanismos de democracia directa. Uno de ellos es la llamada ILP —por sus siglas— mediante la cual la ciudadanía puede proponer a sus representantes una iniciativa legislativa. Es decir, que se apruebe o rechace una ley en el Congreso propuesta directamente por los ciudadanos.
    De nuevo, la Constitución Española recoge esta posibilidad ineludible en un sistema democrático, sin embargo; independientemente del número de firmas necesario ni de los mecanismos para ello; esta opción es en la práctica inútil, ya que los representantes pueden ignorarla sistemáticamente a pesar de ser una petición directa de sus representados. <enlace a  la Ley Orgánica 3/1984 [acceso 3(4/2019]>
    Para poder comparar la manera de llevar a cabo este sistema con otras opciones existentes funcionando desde hace décadas con resultados satisfactorios, Suiza es un país que mantiene su sistema federal con una gran presencia de democracia directa —uno de los probables motivos de su no pertenencia a la Unión Europea—: ante una ILP, los representantes si bien no están obligados a aceptarla, en caso de rechazo sí están obligados a presentar una alternativa y a someterla a referendum

Puntos débiles

Decir que en estos puntos anteriores no existe pasión en su exposición no sería cierto, porque las personas jamás podremos deshacernos de ella. Incluso el más ortodoxo de los científicos no deja de sentir cierto amor por su trabajo. Pero en este caso el esfuerzo ha consistido en ser lo más independientes posibles de dicha emoción. Sin embargo, no sería justo ignorar otros temas que provocan reacciones airadas entre la sociedad, no tanto por ellos mismos, sino por la dificultad para tener un verdadero debate, más allá de las tertulias televisivas cuyas posturas obedecen a un guión preestablecido. Mientras tanto, en nuestro país continúan la escalada en el separatismo, el déficit público, el paro —el doble que otros países del entorno inmediato— y sobre todo, los casos de corrupción, que han alcanzado tales cotas que salpican hasta la máxima institución del Estado:

Monarquía

Holanda, Bélgica, Dinamarca y Reino Unido son monarquías, por citar unos ejemplos. Lo llevan de manera aceptable, incluso en algunos casos se diría que son países ejemplares, como Dinamarca. Reino Unido se dice que es el único país que a través de reformas ha logrado un sistema representativo considerado modélico por algunos especialistas. Holanda es un país con una cultura social que respeta la diversidad y la libertad como señas propias. Y Bélgica hace lo que puede, dentro de las dificultades por las que atraviesa. La monarquía no es por tanto un problema en sí mismo, pero no cabe duda que es un instrumento caduco y obsoleto. Su adecuación a la democracia pasa por artificios cuyo objetivo final no es otro que mantener a los monarcas en su trono, con la mayor parte de sus privilegios. La cuestión es pues hacerlo de la manera más decorosa posible. No se trata ahora en este instante de «opinar» de manera favorable o lo contrario, pero lo que es necesario es reclamar la existencia de un verdadero debate sobre el tema, en el cual participen actores cuyos intereses tengan lo menos que ver con la institución, sea a favor o en contra, y en el cual se pongan sobre el tapete todos los pros y contras de las diferentes opciones de la forma de Estado, y sobre todo, qué quiere la sociedad española, qué caminos ha de emprender y cuál podría ser su coste en todos los aspectos.

Indultos

Este es otro de los casos en que si bien una figura como el indulto por parte de la jefatura del estado es admisible, no lo es tanto si no existen junto a ella ciertas condiciones. En cualquier otro país avanzado, los indultos tienen mecanismos que en comparación con el caso de España se aparecen como mucho más válidos. Difícilmente un presidente de gobierno que ha sido permitido por el rey le va a poner pegas. Tanto o más difícil lo va a hacer un congreso cuyos diputados ocupan unos asientos gracias a apoyar al actual jefe del gobierno. En definitiva, la inexistencia de una separación de poderes efectiva en la práctica, hace que el indulto en España sea poco más que alzar o bajar el pulgar, al más puro estilo del César de Roma.

Decretos

La prueba más aplastante de la inexistencia de debate social y político, es la cantidad de decretos promulgados gracias a la mayoría que un único partido y sus socios, poseen en el parlamento. Y el panorama no parece remitir en absoluto. Toda la decisión, como se viene explicando, ha partido de una cúpula la cual transmite como un rodillo, aplastando a quien pilla por debajo. El resto de millones de personas que se supone deberían estar representadas por el resto de ocupantes del parlamento, no tienen la más mínima oportunidad de hacer nada al respecto, salvo el pataleo o las tertulias de barra de bar.

Financiación de los partidos

Por más supuesta apertura que se ofrezca a los ciudadanos, si estos no tienen ninguna posibilidad por falta de medios, no sirve para nada. Los más veteranos recordamos lo que entonces se llamó «sopa de letras», por el maremágnum de siglas e iniciales en el que se convertían las primeras convocatorias electorales. La cantidad de pequeños partidos, cada cuál más anecdótico e incluso estrambótico, ofrecían un espectáculo algo patético. Es necesario un filtro. En otros países se solucionan con circunscripciones uninominales a doble vuelta, en el que los candidatos son personas, y que las propuestas más débiles caen en la primea vuelta. En España es el respaldo financiero, de manera que sólo las opciones que de entrada tienen más capacidad, llegan a obtener representación parlamentaria.  Con el agravante que a continuación, es el propio Estado el que asigna un presupuesto electoral a la formación, en función de su respaldo en número de votos y gracias al cual te llenan el buzón de propaganda electoral. Esta es la manera en que que en España se hacen las cosas: matando moscas a cañonazos. De esta manera se crea un circulo vicioso donde los partidos tienen como objetivo vivir a costa de unos presupuestos estatales, logrando como sea apoyos electorales. El resto de opciones que quieren cambiar algo o proponer cosas nuevas, parten de entrada con enormes dificultades. Lo que en un principio era un filtro necesario, se convierte luego en una clara desigualdad injusta y poco democrática, que favorece especialmente a los más poderosos, consolidando la llamada «dictadura de la mayoría» que a base de decretos y de una ausencia de controles de poder independientes, hace lo que quiere, como quiere y cuando quiere. En definitiva, en España nuestra democracia todavía va en 600.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Tiempos pasados


¿Se vivía mejor antes? Hay un dicho popular que parece expresar la nostalgia que algunas personas tienen de su niñez, de tiempos en los que sencillamente eran más jóvenes y disfrutaban la vida de otra manera. Tiempos en los que sienten que se vivía más intensamente, en los que las justificaciones eran más comprensibles. Sin embargo, los avances posteriores en tecnología, en medicina y otros ámbitos, se comienzan a disfrutar y nadie desea renunciar a ellos.
En el siglo XIX había más tiempo para hablar, para pasear, para las relaciones humanas. [..] uno echa de menos lo bueno que se va perdiendo.
En algún lugar de nuestro interior sentimos que se podría haber hecho mejor. Notamos que se han sacrificado algunas cosas que han sido sustituidas por otras, puede que mejores, puede que más prácticas, pero ¿en qué aspectos? ¿para quién? ¿quién las disfruta? ¿quién lo ha decidido? ¿a quién beneficia? Algunas de ellas puede que no hiciera ninguna falta ser cambiadas. El mundo actual es el resultado de un fluir de acontecimientos que se suceden, unos tras otros como las piezas de dominó que van cayendo de manera inexorable, rendidos ante las leyes de la realidad que se nos aboca. O más bien como esa mariposa que aletea sus alas y produce una cascada de acontecimientos imprevisibles en otra parte del planeta. Aunque siempre hay quien que bate sus alas más rápido o que las tiene más grandes, claro.

Progresa adecuadamente

El progreso entendido como un cambio debido al devenir de los acontecimientos, es inevitable. Aunque normalmente se le otorgan connotaciones positivas, realmente no lleva implícito hacia donde se dirige. Es decir, las cosas simplemente cambian hacia algún lado obligadas por las leyes de la física y la termodinámica. Si nadie hace nada, todo acaba desordenado, sucio o descompuesto, tarde o temprano. El único límite a este proceso sería nuestra firme voluntad de mantener todo en orden. Otra forma de verlo es si se compara con una bola de nieve que aumenta su tamaño a medida que cae por la pendiente. Es más grande, gira más rápido, pero ¿es mejor? El final de la bola de nieve va a ser siempre el mismo, o peor cuanto más grande se haga.
«la edad dorada de nuestro periplo evolutivo coincide con la aparición del hombre de Cromagnon, que somos nosotros, pero en estado de cazadores salvajes y libres [..] vivían en total armonía con la naturaleza, como cualquier otra especie animal. Pero lo más fascinante de ellos es que no eran animales, sino seres humanos con una mente prodigiosa [..] hacer poesías maravillosas, contar cuentos bellísimos y componer músicas y canciones llenas de ritmo y sentimientos. El hombre de Cromagnon protagonizó una explosión de arte y creatividad que ha quedado plasmada, por ejemplo, en la cueva de Altamira. En una ocasión, Picasso dijo que el trabajo artístico de Altamira jamás ha sido superado. Yo comparto su opinión. Los cromañones, en definitiva, me apasionan porque habitaron el lugar que biológicamente nos corresponde y, al mismo tiempo, fueron capaces de producir mundos de ficción»
Juan Luis Arsuaga
El progreso es el cambio inevitable que el tiempo produce sobre las cosas. Nos hacemos viejos de manera inevitable, pero lo importante no es este «progreso», sino lo que aprendemos en el tiempo en el que nos ocurre. Hacerse sabio, aspecto que tristemente cada vez coincide menos con el de vejez. En la antigüedad eran los ancianos los que con su experiencia acumulada servían esa imprescindible ayuda que en algún momento todos necesitamos. Hoy en día el «progreso» nos ha traído a Google, una herramienta de incalculable valor para ciertas tareas, pero no tanto como para adquirir sabiduría si no se usa como debe, algo que sólo una persona cuya experiencia la ha adquirido fuera de este recurso, la posee.

¿Qué ocurre pues con los avances? ¿Qué se aprende de ellos? Al parecer poco. Por ejemplo, en occidente siguen vigentes ciertos vicios que desde tiempos de Roma continúan. A pesar de que todo el mundo conoce cómo acabo el antiguo Imperio Romano, nadie desea recordar otra cosa que no sean sus tiempos de esplendor ignorando lo que les llevó a su caída y a sumir a Europa en siglos de oscuridad. Hoy en día los pocos países «productores» —en el sentido de tener una industria innovadora y a la vanguardia— son en su mayoría precisamente los alejados de la cultura del antiguo imperio del Mediterráneo: EEUU en América y Alemania en Europa, por ejemplo. Sin embargo, aunque estos países son actualmente poderosos en términos económicos o militares, no lo son en cuando a desarrollo humano. Tampoco los países del Mediterráneo, en este punto serían los países nórdicos los líderes.

Es decir, el progreso tecnológico no tiene por qué coincidir en un primer momento con un desarrollo social, menos todavía en cuanto a ética o lo que quiera pueda definirse como «valores humanos». El poder, independientemente de cómo sea logrado este, va a llevar a las personas a un estado para el cual se carece de mecanismos naturales de autocontrol, por lo que la probabilidad de que dicho poder sea usado para aumentar su dominio pasando por encima del mismo derecho del resto, es elevada. El resultado es que los avances tecnológicos generan un desarrollo descontrolado que no es asimilado por la sociedad de una manera adecuada a nuestra condición humana. De hecho, el Siglo XX es simultáneamente la época que mayores avances nos han brindado y la de mayor prosperidad que ha conocido nuestra especie, junto con las más sangrientas guerras en las que han sido aniquiladas la mayor cantidad de población civil inocente de la Historia.

¿Realmente estamos aprendiendo algo? ¿Para esto es lo que sirven los avances? Unas mejoras en medicina cuyos logros prolongando la vida desembocan en que la gente la desperdicie con problemas de obesidad y lo que ello conlleva: diabetes y cardiopatías. Unos avances en comunicaciones que logran volvernos antisociales, dogmáticos, paranoicos, sectarios, ignorantes y manipulables. Unas mejoras en el acceso a la información que sin embargo no evitan que la gente sea tan torpe y estúpida como para no distinguir una noticia falsa de otra real. Descubrimientos en el tratamiento del cáncer que ayudan a tratar los casos de esta enfermedad causados en una gran parte por consumo de tabaco, vida sedentaria, alimentación inadecuada y malos hábitos en general consecuencia en definitiva por el modo de vida «moderno». Con el agravante de que estos vicios son incentivados por un sistema consumista que los promueve hasta su máxima explotación. Adonde nos lleva toda esta situación en definitiva, es que los avances tecnológicos, científicos, médicos, etc, simplemente «parchean» los mismos problemas que el propio progreso provoca, disimulando los efectos que el aumento de la estupidez lleva consigo. Mientras tanto, los intentos por señalar los problemas son reducidos en un «a favor o en contra» simplista que obligan a posicionarse de manera rígida, dificultando una salida de la situación.
«Existe un culto a la ignorancia en los Estados Unidos, y siempre ha existido. El empuje del anti-intelectualismo ha sido un constante debate que serpentea a través de nuestra vida política y cultural, alimentada por la falsa noción de que la democracia significa que "mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento"»
Gracias al método científico los progresos en este ámbito son acumulativos, es decir, que nunca se retrocede. Pero en el ámbito educativo, ético o moral, todas las referencias que hasta ahora servían de guía han dejado de tener efecto. La carencia de una brújula ética o de una regla moral básica provocan que la especie humana vaya dando tumbos abandonándose a cualquier vicio o adicción, sin que nadie sepa establecer límites sin ser tachado de «moralista» —e incluso fascista en ocasiones—. En España en concreto se ha llegado a un punto en el que mostrar una postura sólida y rigurosa en sus argumentos se confunde con el intento de «imponer» la misma. Un relativismo abrumador y desorientador característico de la mayoría de los políticos.
«el progreso ha llegado para quedarse, pero al mismo tiempo estamos viviendo una etapa de confusión, de miedos, de prejuicios, de estereotipos, de juicio rápido, de desinformación y de ignorancia»
Finalmente, la evidencia se muestra tan aplastante que no existe más remedio que comenzar a tomar soluciones a problemas ocasionados por llevar el progreso demasiado lejos, demasiado rápido, sin meditar, sin asimilar, movidos por el ansia de beneficio fácil, sin importar a qué o a quién perjudique. El ejemplo más claro y de actualidad comenzó con la dependencia de los combustibles fósiles, alargada de manera artificiosa por los intereses derivados de una economía basada en el consumo de petróleo. A nadie le importaba hacia donde llevaba esta situación a pesar del grave incremento de la polución en centros urbanos, ni a pesar del descubrimiento posterior de la aportación al efecto invernadero, ni tampoco por el apoyo a dictaduras de medio oriente por parte de gobiernos y corporaciones occidentales. Así mismo, tampoco se daba apenas un paso en investigar otros tipos de locomoción hasta que ha tenido que venir alguien como Elon Musk y desarrollar un vehículo eléctrico, no porque fuera rentable entonces —sólo lo ha logrado Tesla para modelos de alta gama— sino porque era necesario que alguien lo hiciese. No ha sido la ciencia la que ha traído la solución, sino la voluntad de algunos emprendedores.

Pero lo peor es que el actual desarrollo del automóvil eléctrico no puede presentarse como una solución a los problemas ocasionados por los combustibles fósiles, ya que a corto plazo no es posible dotar a un porcentaje significativo del parque automovilístico de estaciones de suministro, ni mucho menos de abastecer a estas de la energía necesaria para su utilización; salvo que de nuevo se recurra a centrales clásicas de carbón o gas, con lo que el problema se agravaría. La situación es de tal gravedad que se comienza a plantear el regreso a la energía nuclear como la única solución viable antes de que sea irreversible el daño. Mientras tanto asistimos al absurdo del anuncio de Alemania de dejar la energía nuclear en el 2022, a pesar de los problemas energéticos que supone para el país y ecológicos en general, al volver a los recursos clásicos contaminantes de gas o carbón, empujados por la presión de las movilizaciones que ignoran el problema de fondo. La escusa fue el desastre de Fukushima en Japón, un accidente climatológico que evidenció las obsoletas instalaciones, no el recurso energético en sí como problema. Por ello, en dicho país asiático no solo no renuncian a este, sino que aumentará la dependencia de las nucleares. Mientras tanto, todavía esperamos al mítico reactor de fusión que lleva décadas viniendo, pero no acaba de llegar.
«hasta que estuvo en la mano del hombre la posibilidad de destruir la vida entera del planeta, los argumentos anti-progresistas [..] carecían de fundamento serio y parecían no más que los usuales presagios agoreros que han acompañado siempre al progreso de la humanidad [..] Hasta hace poco, insistimos, la dimensión moral y artística del progreso podía, sí, ponerse en tela de juicio, puesto que en ese terreno los ciclos de esplendor y decadencia, de puritanismo e inmoralidad, parecen sucederse alternativamente, sin presentar una continuidad progresiva. En cambio, la índole acumulativa y progresiva del lado científico y técnico parecía indiscutible. Sin embargo, justo en el momento de su máximo progreso ocurre que esta cultura científica, aparentemente todopoderosa continúa siendo manejada por un ser humano moralmente frágil, sujeto a regresiones y anomalías afectivas que lo pueden poner en el trance de hacer un uso irracional de la fuerza aniquiladora que su «neocortex» es capaz de desatar. Ahora bien, si esto ocurre, se provocaría el colapso de toda la civilización y, con él, la regresión inexorable de los supervivientes a niveles mentales tan rudimentarios como los de los primitivos»
José Luis Pinillos, La Mente Humana (1969), pág. 42.
El inevitable y acumulativo progreso nos ha traido unos dispositivos móviles tanto más potentes como más fáciles de usar, pero la capacidad de las personas que los manejan es la misma de siempre. Aunque las técnicas de mercadotecnia nos intenten hacer creer que somos mejores por llevar tal o cual marca o modelo, la realidad es otra. A nadie parece importarle de donde se obtienen los recursos para su fabricación, como se sostiene la infraestructura de comunicaciones necesaria o qué, quién y para qué se manejan sin nuestro conocimiento todos los datos que obtienen de nosotros. La humanidad se parece cada vez más a esa bola de nieve, más y más grande, que gira alocadamente cada vez más rápido.

domingo, 25 de noviembre de 2018

América


Otro año más llegó el Día de la Hispanidad y otro año más se escuchan los mismos discursos inamovibles e interesados. Mensajes que no arrojan claridad, ni explican la relevancia de lo que supuso aquel encuentro de culturas separadas por lo que entonces era una infranqueable extensión marina. Un suceso excepcional en el que territorios cuya conexión era prácticamente inexistente veían súbitamente y sin ser plenamente conscientes de la importancia del momento, cómo sus habitantes y sus culturas disponían de un nuevo mundo bajo sus pies. Pero un suceso que salvo la dificultad de cruzar el océano, no era nuevo, sino la continuación de lo que el ser humano comenzó desde que se convirtió en sedentaria: expandirse. 

Un patrón de comportamiento

Otras expansiones anteriores en las que unos pueblos se adentraban en zonas desconocidas para ellos y tomaban contacto con otras culturas, enfrentándose y con resultados que hoy en día nos escandalizan —aniquilación de los combatientes y esclavización del remanente— eran el bárbaro patrón de funcionamiento en todas las culturas de las que se tiene constancia —una excepción podría ser la Cultura Minoica, desparecida prematuramente y rodeada de misterio—. En Asia y Europa las migraciones, expansiones y conquistas hacia territorios inicialmente inexplorados llevaban ocurriendo desde milenios. Dicho patrón es asociable a la América precolombina y al resto de culturas del globo: las tribus buscaban nuevos territorios y sus recursos para alimentar a su creciente población. Independientemente de las causas que hicieran que unos grupos tribales fueran más desarrollados que otros, lo cierto es que cualquier descubrimiento por fortuito e inconsciente que fuera, era aprovechado si sus ventajas eran manifiestas. Gracias a ellas, las tribus en cuyo seno se habían dado estos avances eran las que más crecían y por tanto, las que más recursos necesitaban. Así mismo, su mayor número les proveía de una mayor capacidad militar, lo que sumado a la mayor capacidad tecnológica les convertía en una potencia imparable, hasta que la tribu crecía más rápido y en mayor cantidad de lo que su capacidad les permitía.

Techo de desarrollo

Aunque este punto merece tratarse de manera independiente, vale la pena detenerse un instante a tratar sobre él ya que ayudará a exponer el resto del artículo. Una vez un factor nuevo facilitaba la creación o el aprovechamiento de nuevos recursos, las tribus crecían hasta que llegaban a un punto en el que o bien los recursos se agotaban, o bien no eran capaces de aprovecharlos de manera lo suficientemente eficiente para sostener su crecimiento —lo que viene a ser lo mismo—. Paradójicamente, los mismos avances que les habían permitido crecer y expandirse les habían conducido a un circulo vicioso del cuál solo se podía escapar si se lograban nuevas manera de obtener recursos o de aprovechar los existentes, de manera que no fuera necesario continuar anexionando territorios. Llegar a esta situación implicaba que se había llegado al «techo» que su avance les permitía, estancándose hasta que hubiera un nuevo descubrimiento.

En definitiva, la cuestión que se señala aquí no son los motivos por los cuales unos colectivos de humanos alcanzan un grado de desarrollo que les facilita su expansión, sino el propio hecho en sí. Es algo inevitable que ocurre tarde o temprano, en uno o en otro lugar. Eso es lo que ocurrió en Europa hace miles y miles de años cuando unas tribus del Cáucaso arrasaron el continente transmitiendo su cultura y así es como hoy en día el indoeuropeo es la base de todas las lenguas desde la India hasta la península ibérica. Al parecer, la domesticación de monturas y el surgimiento de la rueda en aquellas zonas de oriente medio produjeron un inusitado desarrollo que resultó imparable en cuanto aquellos pueblos necesitaron expandirse. Se da la circunstancia que ambos logros —el uso de animales como monturas y la rueda— no aparecieron en América hasta la llegada de los Europeos —la leyenda dice que confundían a jinetes y sus monturas como una única entidad «divina»—.

Mientras tanto en el continente americano sus culturas alcanzaron un grado de desarrollo y civilización comparable a la de la antigua Grecia. Los conocimientos en agricultura y astronomía eran iguales o incluso mayores que en el resto del planeta. Sin embargo, el azar y un desarrollo no parejo en otros ámbitos necesarios como la tecnología, junto con adversidades climáticas, llevaron su cultura a un callejón sin salida. El progresivo deterioro complicó la situación, y cuando llegaron los españoles y se abrieron los canales de navegación desde el resto del mundo, la suerte estaba echada. Sólo era una cuestión de tiempo.

El factor diferencial

Llegados a este punto cabe preguntarse dónde estaba el cambio. Es decir, ¿eran iguales todas las anexiones de nuevos territorios? ¿el patrón mencionado de conquista militar, esclavización y explotación de los recursos no sufría ninguna variación con el paso del tiempo? ¿no había algún tipo de progreso que haya logrado que lleguemos a la actual situación? Obviamente la respuesta ha de ser afirmativa ya que de lo contrario todavía estaríamos estancados en poblados y con la agricultura  y ganadería como todo sustento de los habitantes.

Buscar un punto de inicio es complicado sin caer en la subjetividad. La Historia se entiende como tal desde el desarrollo de la escritura en Sumeria, aunque incluso este punto es complicado de establecer ya que antes de esta habían otras formas de expresión gráfica. Por tanto, desde el punto de vista que nos atañe y por necesidades de concreción, podría decirse que el primer paso diferenciador de la cultura que a la postre se diseminó por el resto del planeta ocurrió en la Isla de Creta, antecedente perdido de lo que vino después en la Antigua Grecia, para ser luego llevada por la República Romana a probablemente, la expresión más avanzada de una sociedad organizada, cuyas actuales manifestaciones no son más que imitaciones actualizadas de aquella.

A pesar de que Roma se basó en el mismo patrón con el que la especie humana había estado funcionando desde el surgir de la agricultura, su desarrollo político, social y tecnológico —militar y arquitectónico— lo llevó hasta extremos de magnificencia que ningún otro pueblo alcanzó. El hecho diferencial respecto a otros ejemplos anteriores fue el nuevo concepto de ciudadanía, por el que los pueblos en principio esclavizados podían convertirse en ciudadanos con la misma categoría que el resto, hasta incluso formar parte del gobierno.

Antes de continuar es necesario aclarar que no se trata de posicionarse ni a favor ni en contra de una cultura o de un pueblo, sino de analizar los hechos en su totalidad de la manera más objetiva posible para estudiar los problemas generados. Porque nada es perfecto y estos siempre se producen. De hecho, algo necesario para la maduración de toda persona, cultura o colectivo, es el ciclo consistente en enfrentarse a los problemas, solucionarlos —inevitablemente cometiendo otros errores que solo el paso del tiempo desvelará— admitir la existencia de nuevos problemas y volverlos a solucionar.

Por tanto, volviendo a Roma, el error cometido fue la pérdida de la República y la conversión a un Imperio cuyo principal sustento fue el de continuar la expansión. De forma similar probablemente a lo que les ocurrió a las culturas precolombinas, se topó con un callejón sin salida, atrapados por un estancamiento tecnológico y un sistema económico hueco que no les permitió continuar la expansión al mismo tiempo que alimentar a su población. El tribalismo que parecía superado, se reencontraba de nuevo con una expresión de sí mismo más exagerada y pomposa, pero con una misma ansia de expansión y conquista que en aquel momento no podía satisfacerse. El resultado como sabemos fue su caída, desastre que tan solo fue mitigado, para bien o para mal, por el surgir de la Iglesia Católica como una continuación de su legado. La influencia del Papa en Europa contuvo el caos provocado por la caída de las instituciones de gobierno, aunque se tuvo que sufrir el paso por un sistema feudal y caciquil que daría paso al absolutismo, sistema que perduró hasta la época de la Ilustración y las revoluciones populares. Mientras tanto, Europa transcurrió así por un periodo de asimilación y conservación de la cultura grecolatina, a la vez que el cristianismo se asentaba en su forma definitiva, tanto social como políticamente con las escisiones de las iglesias anglicana y luterana. El techo tecnológico alcanzado mantuvo a occidente constreñido y estancado, sufriendo guerras, penurias y epidemias en un continente del cual no podía escapar, hasta que unos intrépidos navegantes lograron dar un paso más allá.

El nuevo continente

Mientras que otras culturas como China o Japón se mantuvieron en sus respectivos ámbitos tal vez demasiado ocupados en sus rivalidades, occidente necesitaba la expansión. Una continuación de la cultura y tradición de la que proviene, desde que se dejó atrás la vida de nómadas cazadores-recolectores. Marco Polo llegó por tierra hasta China y de manera lenta pero inevitable, la mejora de la navegación llevó a portugueses y castellanos a navegar los océanos, dejando la cuna que hasta ese momento había sido un Mediterráneo, ya completamente dominado. Atravesar el Atlántico era una empresa comparativamente fácil comparada con hacer lo propio con el Pacifico, proeza que no obstante también se lograría con el tiempo.

De esta manera la cultura greco-latina conservada durante siglos en la Europa medieval se acabaría transmitiendo a un nuevo continente, con todos sus errores y aciertos. Para bien o para mal, este encuentro de culturas era un suceso inevitable que tarde o temprano había de ocurrir. Pero lo hizo en un momento de la Historia en el que la Roma imperial era el modelo a seguir, algo de lo que Europa y los herederos de su cultura, no han acabado de desprenderse todavía. Quedaban siglos para que llegaran los accidentes históricos que darían paso a nuevos sistemas meritocráticos y el retorno de las repúblicas. Pero de nuevo es necesario preguntarse en este punto ¿hubo algún factor diferencial en la «occidentalización» de América? ¿aportó algo nuevo el Imperio Español de manera similar a lo que hizo el Romano? Ciñéndonos a los hechos, tras la caída de Roma fue el surgir del catolicismo el principal hecho significativo. Si añadimos que fue la evangelización la principal «excusa» con la que se justificó ante el papado de Roma el proyecto de atravesar el Atlántico, nos lleva a una situación de excepción. Aunque la base continuó siendo la misma de siempre —conquista militar, esclavización y explotación de los recursos— se introdujeron nuevos aspectos:
  • Lo heredado de las instituciones políticas de Roma: conceptos de estado, ciudadanía, igualdad, gobierno del pueblo, república, etc.
  • Los preceptos cristianos de igualdad y benevolencia: aunque la inercia política y las carencias educativas no fueron modélicas, ni mucho menos, la introducción de misioneros, voluntarios convencidos de las ideas altruistas y filosóficas que emanan de la religión —una cosa es la Iglesia (un colectivo humano sujeto a sus propias leyes de organización política) y otra el concepto religioso y su significado humanista, que no tienen que estar perfectamente representados por aquella— que se sumergieron en la cultura, lengua y tradiciones de los pueblos nativos con el objeto de comunicarse mejor con ellos, matizaron y contuvieron el proceso. El principal ejemplo fue el fraile dominico Bartolomé de las Casas, que denunció unos tratos que en otro momento de la historia hubiesen sido considerados habituales.
Las denuncias de Bartolomé de las Casas son, al contrario de lo que muchos creen a causa de su uso para alimentar la Leyenda Negra, el principal factor que demuestra que la conquista de América fue algo completamente diferente a otros procesos similares ocurridos desde que la especie humana existe. El hecho de que surgiera una voz crítica por parte de un religioso confirma que aquel fue el inicio de un cuestionamiento del modo de obrar de la cultura predominante. Además de que la perfección nunca se logra, la colonización de América es juzgada de manera errónea por cuanto solo se hace mirando hacia el futuro y desde el futuro. Sin embargo, no se tiene en cuenta todo el lastre que se llevaba de siglos anteriores pero que de alguna manera, comenzó a superarse. Así es como Europa y otros pueblos herederos de su cultura han evolucionado aboliendo la inquisición —la española fue la primera en frenar su actitud cruel y castigadora—, la esclavitud —Isabel la Católica la prohibió mediante una real provisión siendo el primer texto legal que lo hacía— o la defensa de la igualdad de la mujer, de los derechos de los trabajadores o del medio ambiente. El que lo desee puede continuar viendo unicamente lo que visto con los ojos actuales es bárbaro. La inercia de siglos pasados se repitió en aquel momento, de esto no cabe duda, pero si con tanto detalle se observa ese hecho, es de necios o de interesados no advertir que además de todo aquello se introdujeron cambios importantes, accidentes históricos tal vez inadvertidos, pero que a la postre convirtieron a América en lo que es hoy en día, un continente libre y moderno, lleno de fuerza y pasión, que no le debe nada a nadie.

La cultura transmitida

Hoy en día los EEUU forman un imperio económico y militar que junto con China, se puede decir que dominan el planeta. El antiguo enfrentamiento entre bloques de la guerra fría continúa de alguna manera con Rusia y aliados de conveniencia tipo Irán o Venezuela, cuyos acuerdos y desavenencias no son tanto ideológicas como mucha gente piensa, sino movidas por intereses económicos y por el pánico de no sentirse dueños de la situación geopolítica. Antes de esta, sin embargo, era el Imperio Británico el que dominaba el planeta, sustituyendo al español. Este lo fue perdiendo más por su propio desgaste debido al mismo sistema inviable que llevó a la quiebra a Roma, que por los pocos aciertos del británico. Pero fueran pocos o muchos, la cuestión es que prevaleció. La meritocracia de su sistema y la posibilidad de que una persona pueda cambiar de clase social gracias a ella, compensó el sistema jerárquico todavía basado en la monarquía. La cultura anglosajona ha brindado a la humanidad grandes frutos, aprovechando los logros de culturas anteriores y sobre todo, aprendiendo de los errores que aquellas cometían y según ellos mismos se jactan, superando los de la propia Roma. Sin embargo, no son ni mucho menos el paso definitivo. Son muchos los errores que la cultura anglosajona ha ido cometiendo a lo largo de la historia, expoliando bienes culturales y sometiendo a pueblos, los cuales han sido tratados de manera más dura y denigrante que el caso de América latina. Los Estados Unidos son ejemplo de esto, con una integración racial que ha tardado siglos en ocurrir. Tuvieron la suerte de —puede que un accidente histórico— tener un sistema político basado en los preceptos aprendidos tras la revolución francesa por sus filósofos. Esto les ha permitido aprovechar de inmejorable manera su capital humano lo que les ha proveído de una capacidad tecnológica que pocos pueblos tienen hoy en día —extendiendo así su techo de desarrollo—. Una vez más sin embargo, este desarrollo no es parejo con otros ámbitos ni les hace mejor desde un punto de vista moral o ético. La mejor prueba de ello son las prácticas que la cultura anglosajona, engreída y prepotente, ha desarrollado con otros pueblos considerados inferiores y con quienes la coexistencia era prácticamente nula. De este sentimiento se alimentó el Ku Klux Klan norteamericano o el apartheid sudafricano. De igual manera los conceptos de eugenesia y supremacía racial que existían en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial y en cuya creación poco protagonismo ocupó la cultura hispana —aunque finalmente se dejaran influir por la tendencia del momento—, alimentaron la pesadilla del fascismo nazi.

El Imperio Británico y por extensión, la cultura anglosajona de la que ha heredado muchos de sus preceptos, emborrachado de éxito al ver que España se desmoronaba como imperio —afortunadamente— condujeron el suyo por la senda de la prepotencia. Actuando de manera similar a cuando se ocultó por vergüenza la humillante derrota de Cartagena de Indias a manos de Blas de Lezo —más bien habría que decir, «a mano», ya que era manco—, la cultura anglosajona ha venido, no solo ignorando de manera sistemática los logros culturales de la hispana, sino que aprovechaban la más mínima oportunidad para desprestigiarlos. De esta manera todavía existe una inercia por la cual se habla de los conquistadores españoles como gentes mezquinas, lujuriosas y avariciosas que unicamente buscaban el oro, ignorando todo el sistema de universidades y hospitales públicos que se construyeron, educando a sus habitantes en el catolicismo, sí, pero haciéndolo de la misma manera que se hacía en la Europa de donde provenían.

Los pueblos conquistadores o vencedores siempre han «enterrado» la cultura de los pueblos vencidos de manera sistemática, porque no quedaba nadie que la defendiera. Lo menos que se podía pedir es que el vencedor aportara algún tipo de avance con su conquista, como se ha explicado en los casos presentados. El Imperio Británico sin embargo, aunque derrotó en un par de batallas al español, nunca pudo llegar a lo que hubiera sido su deseo, una victoria total con la que hacer desaparecer la cultura hispana, expropiarla para sus museos y sustituir sus colonias. Su aportación es importante, pero la supuesta supremacía de la pérfida Albion nunca ha llegado a convencer tampoco, y sus intentos por desprestigiar a la cultura hispana han sido exagerados e improcedentes en algunos casos, por cuanto su victoria no ha aportado ningún elemento de calidad significativo, más bien al contrario.

El ejemplo más evidente de la tragedia que supuso el declive de la cultura hispana y el auge de la anglosajona como «estandarte» cultural de lo occidental, lo podemos ver en África. A pesar de todo lo malos que supuestamente fueron los españoles en América y a pesar de lo supuestamente mejor que era la británica, el resultado es que creyéndose su propia supremacía han conquistado y dominado un continente fabulosamente rico como es África, para convertirlo en un lugar triste, sometido al imperialismo económico de un occidente manejado desde EEUU, hambriento y que a duras penas pueden muchas de sus gentes sobrevivir. Si se desea comparar la cultura hispana de la anglosajona, al menos en el aspecto de ocupar otras tierras e integrar a sus habitantes, tan solo hay que mirar América y África y que cada uno extraiga sus propias conclusiones. Si no es suficiente dirijan pues su mirada a Oriente Medio, a Israel y Palestina, la cuna de la civilización convertida «gracias a» la intervención del gobierno Británico al principio y el de EEUU después, en lo que es hoy en día, un lugar de enfrentamiento y odio irreconciliable. Una metáfora de la situación mundial.

La cultura anglosajona, conocedora de sus propios errores, lleva ya un buen tiempo intentando corregirlos. Gran Bretaña ya no camina con la altivez que lo hacía antaño, sino con cierta vergüenza de si misma, incapaz de educar a su gente que allá donde va hunde estadios de fútbol o se abandona bajo los efectos de la drogas y el alcohol. Incluso el imperio económico de los EEUU ya no es lo que era, necesitando que China le solucione su problema con la deuda pública —arrastrando al resto de occidente—. El mundo anglosajón ha dejado de usar los mitos y exageraciones que en su momento sirvieron de propaganda ideológica contra el oponente, que era el Imperio Español. No encuentran interés en hacer leña de un árbol caído porque sabe que en algunos aspectos que durante siglos ignoraron y ocultaron deliberadamente para promocionar el suyo, se evidencia hoy que aquel fue superior y pionero. Una España que olvidando sus logros, continúa atascada en sus limitaciones, sin deshacerse del lastre de siglos anteriores. A pesar de todo, parece que los únicos que creen y utilizan la Leyenda Negra española son los propios españoles e hispanos en general. Unos por un sentimiento de culpa inmerecida en el fondo, otros como un revanchismo alimentado por las jerarquía políticas del continente hispano-americano. Curiosamente, parece que desde el ámbito anglosajón nos miran con asombro al ver el extraño espectáculo absurdo por parte de unos actores que lo largo de la historia han mostrado lo que la cultura latina en general —primero en el Mediterráneo y luego en América— ha sido capaz de hacer.

Fabricación de odio

Al otro lado del océano, la idea que se tiene de Europa es la proporcionada por la que le interesa al sistema social en el que habitan sus individuos, al igual que ocurre con cualquier otro concepto. Es decir, el sistema político que mantiene al sistema educativo público, alimenta a este de unas materias orientadas a ofrecer una determinada imagen del mundo que nos rodea. No es necesario que exista una clara intención de manipular a la población, pero es evidente que cualquier prejuicio no asumido, cualquier factor o concepto que resulte de mayor conveniencia para la jerarquía burocrática que decide en los asuntos educativos, va a repercutir en este apartado. Y esto ocurre, ha ocurrido y probablemente seguirá ocurriendo si no se hace nada para moderar esta tendencia, en todas partes y en todas las épocas desde que existe la educación pública. Según el educador Ken Robinson, entre otros, aproximadamente desde la Revolución Industrial los sistemas educativos públicos son en la práctica, meros «fabricantes» de trabajadores con el propósito básico de proveer de mano de obra al sistema —preparados en lo técnico pero sumisos y obedientes— dejando en segundo lugar las capacidades creativas y el pensamiento alternativo. Volviendo al tema que se está tratando, desde que las clases políticas hispano-americanas lograron emanciparse de la «madre patria», su liderazgo, su estatus social, se basaba con toda probabilidad en su capacidad para lograr tal objetivo. Los políticos suelen usar de manera muy habitual el culpar a los políticos anteriores y a los problemas que dejaron en la anterior legislatura, de los propios suyos. De manera muy similar a lo que ocurre con los nacionalismos que en la propia España existen, la falta de capacidad —o de la simple intención— de solucionar los problemas es «disimulada» sin más que culpar a un «enemigo» fabricado para la ocasión. La labor de señalar los errores de España ya fue comenzada por el antiguo Imperio Británico y ahora, son las jerarquías políticas hispano-americanas descendientes de aquellas que lograron la independencia, las que continúan la labor como método más sencillo para convencer a la población de su conveniencia de continuar en el poder.

Y así, mediante un populismo viciado, los descendientes de unos españoles que dejaron de serlo para no tener a nadie por encima suyo en la jerarquía política, usan un incongruente «nacionalismo nativo» para convencer —y engañar en buena medida— a una población mezclada. Nativos que sin embargo, olvidan que pueden formar parte de su gobierno haciendo uso de las instituciones políticas inspiradas en la cultura greco-latina heredada de lo hispano, dejándose llevar por el odio hacia lo que los ascendientes de sus propios líderes les hicieron hace ya siglos, en otro momento y situación históricas. Este esquema es equivalente al de cualquier nacionalismo secesionista y es a su vez una advertencia de lo que ocurriría en el hipotético caso de que Cataluña se independizase: unos terratenientes apoderados y ricos, élites económicas y políticas, que observan que pueden mejorar su posición haciendo uso de ciertos factores históricos y culturales que aunque ya obsoletos y superados, son reavivados para alimentar el odio, la exclusión y el enfrentamiento entre la población, consiguiendo apoyos construyendo un enemigo imaginario a pesar de lograr su estatus haciendo uso de las mismas instituciones que dicho supuesto enemigo les ha otorgado. De esta manera, perpetúan la situación a conveniencia, culpando siempre, por más concesiones que se les dé, al mismo protagonista que en su momento, estableció y construyó la base de todo lo que sus herederos son hoy en día.

El techo de la Humanidad

Actualmente la humanidad se encuentra en una encrucijada. Una situación similar a la que antaño se ha dado se repite ahora: una población en aumento requiere de cada vez más recursos, los cuales, agotándose ya los naturales y los propios de las tierras donde se han establecido, se extraen de aquellas habitadas por los pueblos más débiles, aumentando las desigualdades, provocadas de manera imparable por un sistema económico basado en un dinero sin valor. En otras palabras: la humanidad está llegando a su techo de desarrollo. El problema es que no tenemos otro lugar a donde ir salvo una vida llena de penurias en este u otro planeta, abocados si no hay algún avance significativo. Occidente hace todo lo que puede, pero sus propios intereses económicos empujan del lado contrario. Europa al borde del colapso, a los pies del botarate de la Casa Blanca. España, un país intervenido a escondidas y sometido a intereses ajenos, sin capacidad de acción. La contradicción del ser humano, cuando todo el planeta está descubierto y con la naturaleza sometida, cuando no queda ni un solo metro cuadrado de tierra que no se haya ya intentado aprovechar por los medios conocidos, es ahora cuando se manifiesta. Actualmente no se vislumbra una solución ni se sabe quien la podrá llevar a cabo o al menos, proponerla con convencimiento. América latina conserva todavía cierta independencia de sus vecinos del norte y ese amor por la naturaleza, el medio ambiente y el respeto hacia las culturas ahora casi perdidas. Las ansias de poder de sus propios líderes les impiden ver más allá de un enemigo que no existe, confundidos. Pero ¿quien sabe?, tal vez algún día despierten, superarán sus limitaciones, dejarán de dejarse manipular por sus mismos poderes y brinden al resto del mundo, una vez más, un nuevo horizonte.


martes, 9 de octubre de 2018

Las mujeres en la política actual

La figura de las mujeres en la política es una imagen relativamente moderna. India, lidera la lista histórica con una jefatura de gobierno por parte de Indira Gandhi, que años después se convirtió en principal líder política del tercer mundo. Sin embargo, son contadas las veces que las mujeres han llegado a papeles protagonistas y roles principales en la política nacional e internacional.   
A nivel internacional podemos reconocer a Margaret Thatcher, Ex Primer Ministra de Inglaterra; Isabel Perón, Ex Presidenta de Argentina; Michele Bachelet, Ex Presidenta de Chile; Condoleezza Rice, actual Secretaria de Estado de Estados Unidos; Violeta Chamorro, Ex Presidenta de Nicaragua.
Las estadísticas nos demuestran como este número de participación femenina en la política sigue siendo bajo, aunque destaca que va en crecimiento.
Son 11 los países en el mundo que han alcanzado un 30% de participación de mujeres en sus gobiernos: Argentina, Países Bajos, Finlandia, Noruega, Alemania, Dinamarca, Mozambique, Costa Rica, Sudáfrica, Islandia, Sudáfrica y Suecia. 
Las mujeres han demostrado que, a pesar de que históricamente la función de políticas no se había permitido o practicado abiertamente, son capaces de ejercer cargos importantes a nivel de política nacional e internacional e inclusive llegar a ser Primeras Ministras y Jefas de Estado.
Poco a poco se va desmitificando que este roll es exclusivo o mejor ejecutado por el género masculino, ya que las mujeres demuestran cada vez mejor preparación, aptitudes y resultados importantes.

¿Qué aportan las mujeres al momento de hacer política?

Por la ciencia conocemos que biológica y psicológicamente los hombres y las mujeres son diferentes. Pero, ¿qué aporta distinto el sexo femenino en la política? y ¿cuáles son estas competencias que las diferencian para liderar cargos políticos? Esto es lo que opinan algunos expertos politólogos:
  • Empatía: Son mejores observadoras de las emociones ajenas, lo que las hace capaces de empatizar mejor con los demás.
  • Comunicación: Tienen mejores capacidades para comunicarse y mejor atención a los detalles.
  • Multitarea: Según la ciencia los dos hemisferios cerebrales del sexo femenino se conectan más rápido que el de los hombres, por esta razón pueden prestar atención y ejecutar varias tareas a la vez.
  • Prácticas: suelen ser prácticas, aspecto muy valorado sobre todo en el electorado femenino.

Las mujeres en los parlamentos

Según la ONU, solo un 23,3% de parlamentarios nacionales eran mujeres en junio de 2017, lo que significa que la proporción de mujeres parlamentarias ha aumentado muy lentamente desde 1995, cuando se situaba en un 11,3 %.
En octubre de 2017, 11 mujeres eran jefas de estado y 12 eran jefas de gobierno.
Ruanda es el país con mayor número de parlamentarias; un 61,3 % de los escaños de la cámara baja están ocupados por mujeres.
A escala mundial, en junio de 2017 había 32 Estados donde las mujeres representaban menos del 10 % del total del parlamento en cámaras únicas o bajas, incluidas tres cámaras sin presencia femenina.

Mayor participación de las mujeres

En junio de 2017, solo 2 países tenían más de un 50% de mujeres en el Parlamento, ya sea en la cámara única o baja: Ruanda con el 61,3% y Bolivia con el 53,1%. No obstante, un número más elevado de países ha alcanzado el 30% o más de representación femenina. En junio de 2017, 46 cámaras únicas o bajas estaban compuestas en más de un 30% por mujeres. Esto incluye 19 países de Europa, 13 del África subsahariana y 11 de América Latina. Además, algunos países han aplicado algún tipo de cuota de paridad (cuotas establecidas por ley o escaños reservados) y han abierto así un espacio para la participación política de las mujeres en los parlamentos nacionales. El equilibrio de género en la participación política y la toma de decisiones es un objetivo acordado internacionalmente en la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing.
Hay cada vez más pruebas del liderazgo de las mujeres en los procesos políticos y de toma de decisiones que mejoran dichos procesos. Las mujeres muestran en general competencias más adecuadas para estos ámbitos, además que su formación en postgrados o un máster en comunicación política las capacita para ejercer mejor sus funciones y deberes de Estado.


lunes, 2 de julio de 2018

El correo en la empresa


El correo electrónico de toda la vida continua inamovible en prácticamente los mismos ámbitos en los que siempre ha estado presente, como el email marketing gratis. Es evidente que ha aumentado el uso de la mensajería, pero en su mayor parte no ha sido un movimiento de sustitución, sino de aumento de usuarios en el uso de dispositivos móviles. Es decir, mientras que el número de usuarios de PC continua siendo similar, ha sido fuera de este ámbito donde se ha registrado un cambio significativo. Pero dicho ámbito no es otro que el mercado de consumo, clientes cuyas tendencias y gustos son mercancía para que otras compañías, con empleados dedicados trabajando en sus escritorios con flamantes computadores de oficina, comercien con ellos.

Se puede decir que en los aspectos verdaderamente importantes o necesarios se continúa usando el correo electrónico. La mensajería es rápida y es por supuesto muy útil, pero podemos atrevernos a afirmar que nunca sustituirá por completo al inseparable correo de los PC de escritorio, siendo un complemento más que un sustituto. Es cierto que en el entorno doméstico han dejado de crecer en número de usuarios para ceder a tabletas y por supuesto teléfonos móviles. Pero en los entornos corporativos o empresariales son sin duda «el rey» sin los cuales nada podría funcionar.

Si bien el correo todavía es una herramienta asequible y eficaz para realizar campañas publicitarias a través de sistemas de email marketing, también es igualmente indispensable para la comunicación interna. BlackBerry, pionera de la implantación de dispositivos móviles en empresas, usaba el correo electrónico como base de su sistema. Puede que la prueba de la solidez de este clásico sistema de mensajes es que no ha surgido un sustituto fuera del mercado de consumo. Los sistemas para trabajo en grupo, tanto en entornos domésticos como empresariales, continúan usando el correo electrónico como base de su sistema.

Una vez más, desde Mailrelay nos informan de su programa de correo masivo, que puede usarse tanto para promociones como para gestión de la comunicación interna. En el artículo del blog enlazado se detallan las funcionalidades y ejemplos de implantación en diversas empresas.

martes, 29 de mayo de 2018

La desigualdad


¿Que problema social o político escogeríamos si pudiéramos solucionar? ¿Existe alguno que origine a muchos otros? ¿Acaso la pobreza, la corrupción, el nacionalismo, el terrorismo, la delincuencia, las revoluciones y muchas otras manifestaciones de la sociedad —algunas acertadas otras completamente equivocadas— no tienen su causa en algún problema originado por algún tipo de desigualdad o privilegio no aceptado por el colectivo que reacciona en consecuencia? Este es uno de los problemas que más tiempo acompaña a nuestra especie en su paso por la Historia. Llevamos siglos intentando solucionar este asunto. Los griegos dieron un primer paso fundamental con el desarrollo de la democracia y los romanos la llevaron lo más lejos que las circunstancias de la época lo permitieron. Pero su conversión en imperio y la dependencia de una economía insostenible que aún hoy perdura, han dado al traste con todos los intentos. Lo que ha venido después desde el Renacimiento, pasando por la Ilustración y las diferentes revoluciones, han sido intentos de retomar aquel camino, cuyo restablecimiento no se vislumbra ni de lejos.

Existen grupos de activismo que aprovechando estas desigualdades se proponen a sí mismos como la solución, o como algún tipo de camino hacia ella. Pero en la práctica, lejos de solucionar nada, parece más bien que perpetúan aquellos problemas de cuya existencia depende su sustento diario. Los nacionalismos son el ejemplo más claro, formándose toda una casta de politicos y activistas que viven del mismo sistema que manifiestan repudiar, sin ofrecer más que una subdivisión de lo mismo, sin cambio cualitativo apreciable. Con un sistema político plagado de desigualdades, de privilegios concedidos a dedo, de corrupción endémica; cuya máxima autoridad es concedida de manera hereditaria, cuyos centros de poder económico y político se concentran alrededor de la capital además de un largo etcetera de problemas; hemos de observar frustrados cómo la principal respuesta son una serie de nacionalismos cuya apariencia de legitimidad en sus reivindicaciones les hace ignorar lo equivocado de sus propuestas, que van poco más allá de replicar el mismo centralismo acaparador de poder y protagonismo que impide a otros sectores de la sociedad que aporten sus ideas y valores, bloqueando el resto de iniciativas y perpetuando los problemas, manteniendo la sociedad en bloques irreconciliables.

Si vamos fuera de nuestro territorio, la situación puede encontrarse de manera muy similar en casos distintos al de nuestros problemas locales, pero que también padecemos. Las desigualdades por «género» son una situación global de la que podría hablarse durante semanas y que está a la orden del día, cuya envergadura excede el propósito del presente artículo. Pero cabe preguntarse para empezar si el uso del término es realmente de ayuda para enfrentarse a la situación comentada ¿ayuda englobar bajo una misma etiqueta ambigua distintos tipos de problemas? ¿son iguales en efectos y causas las desigualdades por diferencias biológicas que las provocadas por una orientación sexual no aceptada por ciertos estándares culturales? ¿es el machismo una cuestión exclusivamente cultural o existe algún factor biológico, evolutivo o atávico que lo ha condicionado —sin que por ello, lógicamente, hoy en día lo justifique—? Independientemente de la respuesta, lo que parece claro es que como poco, existen motivos razonables para estudiar cada caso de manera separada, exista o no un cuadro común a todos ellos —lo que es muy probable—. Pero ignorar de entrada parte del problema hace sospechar inevitablemente que la búsqueda de una solución al mismo no es el objetivo principal. Si se consideran los factores culturales que han definido los estándares de pareja, matrimonio y de lo socialmente aceptado, parece que en efecto, de lo que se trata en el fondo es de una estrategia política consistente en cuestionar dichos patrones culturales y las jerarquías que hasta ahora han contribuido en su formación.

Hay que dejar claro antes de continuar que las jerarquías, tal y como se ha comentado en otra ocasión, son un instrumento muy primitivo de organización y que el actual sistema politico y social tiene demasiada dependencia de ellas y, por tanto, son susceptibles de crítica y de mejora en su funcionamiento, así como en los criterios que las definen. No obstante, el problema que se advierte en este caso concreto por parte de algunos activistas supuestamente defensores de grupos minoritarios, es el uso patético —esto es, de apelación al sentimiento— de los problemas de desigualdad de estos colectivos como «herramienta» política para otros fines distintos. De esta manera, convierten lo que es una reivindicación necesaria en un acto de manipulación y explotación de los problemas ajenos para beneficio propio. Es decir, para hacer exactamente lo mismo que aquellos que cuestionan, pero en su caso, supuestamente «imbuidos de bondad» según ellos.

Tal y como se comentaba en otra entrada anterior, en ocasiones hay que emplear «trucos» como estrategia política para defender ideales más elevados de los que se han de manifestar en determinadas situaciones. Esto puede ser debido a unas ineficientes «reglas del juego» que condicionan seguir ciertas pautas para lograr un mínimo de efectividad. Pero en este caso el problema no es la excesiva simplicidad de las propuestas, sino que no van encaminadas a solucionar el problema ya que, más que arrojar soluciones y claridad, arrojan confusión y ambigüedad sobre él: el uso de etiquetas de ámbito más general, ponerles faldas a los monigotes de los semáforos, llevar a extremos absurdos el uso del lenguaje repitiendo los términos en todos los géneros, no va a solucionar el problema de igualdad entre géneros. Mucho menos entre sexos. Y menos todavía va a solucionar la desigualdad origen de todos estos males, que es la de todos los ciudadanos, propugnada en textos legales pero que en la práctica se cumplen mínimamente. Para lo que sí es efectivo el mensaje que este tipo de activismo usa, es el de enaltecer a unos y soliviantar a otros, públicos objetivos medidos, rangos de audiencia específicos que les van a asegurar una importancia mediática mínima.

Abogados del diablo

En los últimos años el auge de las redes sociales y los dispositivos móviles ha provocado, como se sabe, un estilo de comunicación de masas basado en lo superficial y efímero. De ahí se ha pasado a la difusión de noticias falsas y a la ingeniería social, situación que ya se advirtió en su día con el uso de «memes» los cuales pueden tratarse de dichas noticias, anuncios, medidas políticas, cualquier concepto que cause un efecto mediático y social en el colectivo. Da igual que sea falso que verdadero. Aunque puede que fuera buena la intención en sus inicios, el uso de lo llamado «políticamente correcto» gracias a la «buena imagen» que produce, su defensa ha acabado convirtiéndose en el principal sustento de muchos activistas, situación que desvirtúa la intención original. Esto es es lo que le ocurre a casi todo lo que pasa a convertirse en un fin en sí mismo, olvidándose del objetivo. De esta manera, cualquier pensamiento disidente con lo establecido como «políticamente correcto» se convierte en motivo de caricaturización y simplificación, cuando no, de la critica más severa y en ocasiones, ofensiva.

Lo paradójico es que tras supuestamente superar episodios tan graves como las guerras mundiales y civiles, lamentablemente parece que las posturas extremas están incrementándose. Es decir, cuanto más afán ponen los defensores de lo políticamente correcto, mayor es el rechazo producido en la sociedad. Un efecto universal que ha ocurrido y ocurre a lo largo de todas las épocas y culturas, pero que continúa produciéndose sin que parezca que aprendamos nada de la experiencia y de la Historia. Condenados a repetir una y otra vez los mismos errores, claudicando ante la palabrería de perros parecidos, por distintos que sean sus collares.

Caso Google

Rara vez se admite que a pesar de no gustarnos alguien —no ser afín a cierto grupo o partido de nuestra preferencia, no ser aficionado a nuestro equipo deportivo, etc.—; nos gustan o nos parecen acertadas algunas de sus acciones o argumentos. Situación a la que este tipo de activismo de lo políticamente correcto no hace más que fomentar con una actitud basada en el enfrentamiento y demonización del sector de la sociedad cuyos intereses son incompatibles con los suyos. Esto es lo que le ha ocurrido a James Damore al publicar, tal vez con ciertas ganas de protagonismo, un documento catalogado como «contra la diversidad». Aunque no he leído el documento completo, se advierten de inmediato a la hora de valorarlo por parte de la mayoría de los medios y redes sociales, ciertos tics tendenciosos que nadie se preocupa en aclarar, dejando que todo se vuelva confuso hasta llegar a la ininteligibilidad. El primer problema es que cuesta encontrar algo en el documento que justifique claramente de lo que se le acusa. Sin embargo, lo que sí se encuentra repetidas veces es la oposición a ciertas políticas de la compañía para supuestamente corregir un problema de carencia de diversidad. Es decir, no está contra de la diversidad, sino de la solución propuesta para corregir su carencia, por parte de la compañía. Igualmente, también se han oído acusaciones de machismo para el autor del artículo, tendencia que independientemente de si lo es o no su autor —lo sea o no es irrelevante (falacia ad-hominem)— no se desprende claramente de lo contenido en el artículo. Incluso se ha llegado a relacionar con calzador al famoso investigador Neil deGrasse Tyson con un vídeo ¡¡del año 2009!! defendiendo la diversidad, algo que como se ha dicho no es lo que se discute, sino las medidas aplicadas. Un claro ejemplo de falacia de argumento de autoridad. El mencionado científico por supuesto, no ha dicho absolutamente nada sobre el uso de su imagen.

Si bien no se pueden establecer unas diferencias «medibles» de una manera determinista entre mujeres y hombres en cuanto a desempeño en función de una actividad concreta —por ejemplo, matemáticas frente a lenguaje—, a grandes rasgos y observando tendencias —como se repite en el controvertido artículo—  sí que se conoce con certeza que estas diferencias existen a nivel estadístico en función del ámbito. Es decir, no se pueden aplicar a casos individuales, pero sí en términos de población. Este es precisamente el problema cuando se aplican medidas de corrección para mejorar la diversidad empleando estadísticas aplicándose a casos individuales, intentando corregir un problema causado no por machismo, sino por simple biología: si un sexo tiene una mayor aptitud general en un determinado ámbito, su sobre-representación no es debida necesariamente a una discriminación, sino que puede tratarse de otros factores más objetivos. No significa que no haya que hacer nada, pero no se debe tampoco matar moscas a cañonazos. Esta es la postura del psicólogo clínico Jordan B. Peterson que la extiende más allá de las desigualdades por género para llegar a las desigualdades económicas, las cuales son en la mayoría de los casos debidas a un factor simple de distribución matemática —regla del pareto—: si dejas todo al azar, no esperes que se distribuya de manera igualitaria ni mucho menos «justa» —un concepto puramente humano que no existe en la naturaleza, la cual es en todo caso, imparcial—. Esta propuesta es coincidente con otro reciente estudio en el que se llega a la conclusión de que el dinero se distribuye por mera suerte, no por méritos, pero tampoco ni mucho menos por la existencia de una malvada conspiración «heteropatriarcal» oculta en la sombra. De nuevo, esto no significa que no haya que hacer nada. Que la naturaleza no sea exactamente justa no significa que los seres humanos debamos dejar de serlo. La Ley de la Gravedad es igual e imparcial para todos, aunque seguro que algunos se merecen más que otros que les caiga una maceta en la cabeza. Pero las acciones que se tomen no deberían partir de una «satanización» de ningún sector de la sociedad.

Caso Hollywood

Tras décadas de producciones audiovisuales, ahora han salido a la palestra multitud de casos de supuestos abusos sexuales por parte de directores, productores y actores a otras actrices.  Partiendo de la base ineludible de que la industria del espectáculo en general está basada en exceso en el sexismo y en la explotación de la mujer como objeto sexual, situación que ha de corregirse de alguna manera, no es menos cierto que muchas profesionales han aprovechado esta circunstancia para hacer carreras fulgurantes. Llama más la atención cómo algunas de ellas aprovechan muy «oportunamente» la actual coyuntura para denunciar casos en los que resulta inevitable pensar que en su momento les supuso un impulso profesional. ¿Donde acaba la denuncia y comienza la complicidad cuando la propia denunciante ha participado del beneficio, y se ha mantenido en silencio todo este tiempo? Peor aún es cuando utilizan el momento para hacer declaraciones espectaculares y estudiadamente mediáticas, que parecen más motivadas por el revanchismo o incluso competencia profesional, que por un genuino deseo de justicia y equidad. No hay duda de que algunos de los casos necesitaban una defensa y denuncia con la suficiente repercusión para acabar con esas prácticas sexistas, pero algo no está funcionando bien cuando han surgido movimientos de otros actores y actrices veteranos y conocedores de las circunstancias de aquella época —como Catherine DeneuveLiam Neeson o Morgan Freeman—, en desacuerdo con aprovechar cualquier insinuación realizada años antes y exagerada ahora para adecuarla a la coyuntura propicia. Y lo peor de todo, desvirtuando las demandas que de verdad lo merecen.

En España

Además del caso reciente de Javier Marias en el que la red social Twitter se inundó de mensajes contra él sin demasiado fundamento, pero sí con mucho odio escudado tras los escasos caracteres que la mencionada red social permite, el actor y político Toni Cantó protagonizó hace algunos años situaciones predecesoras de lo que habría de venir después. El actualmente diputado por Ciudadanos, publicó cuando lo era de UPyD unos mensajes en los que intentaba explicar un problema cuya envergadura excedía la capacidad de una red social diseñada para la simplicidad. El actor de origen valenciano abordó el problema de la Ley Contra la Violencia de Género en la que la pretensión de defender a la mujer convierten al hombre en culpable sin más, vulnerando el principio básico de inocencia y paradójicamente, el de igualdad. Una explicación pobre y unos datos mal utilizados hicieron que tuviera que pedir disculpas, abrumado por la incisiva voluntad en señalar sus errores sintácticos y el afán por aprovechar la literalidad de sus palabras solo cuando convenía. El resultado es que por aquel entonces muy poca gente analizó el problema que de verdad quería dar a entender: usar una estadística en la que el mayor número de casos de victimas son mujeres, se convierte en injusticia cuando en los casos individuales el hombre es culpable sin más «prueba» que el mero hecho de su condición biológica. Años después la situación comienza a dar visos de insostenible cuando en la propia Valencia natal del político comienzan a oírse las primeras voces de victimas masculinas. Sí, son pocos casos, pero no por ello hay que dejar de prestarles la atención que merecen, salvo que nos rindamos definitivamente a la dictadura de la mayoría y de lo políticamente correcto, que es lo que parece que poco a poco se va imponiendo, anulando sistemáticamente a las voces críticas tachándolas de inmediato de fascistas, xenófobas, racistas, misóginas o machistas. En aquel entonces se argumentó en contra de Toní Cantó que contrariamente a lo que afirmaba, sólo un ínfimo porcentaje de las denuncias son descartadas por falsas por los propios tribunales. Sin embargo, un análisis algo más detallado realizado en el Informe de Fondos Europeos descubre que un 45% de las denuncias son descartadas por falta de pruebas. Tal vez un tribunal no las señale como «falsas», pero que casi la mitad de ellas carezcan de base sólida no mejora mucho la situación.
«Si se quiere resolver el problema de la democracia, la solución debe encontrarse en sí misma [..] en armonía con su principio fundamental, la igualdad»
Es cierto que hay que dar visibilidad a una parte de la población para que social y culturalmente se reduzcan los prejuicios. Es cierto que se arrastran ciertos vicios sociales que provienen de tiempos en los que cada sexo cumplía unas funciones puede que justificadas en aquel entonces, pero que ahora resultan anacrónicas y lo peor de todo, perjudiciales, ya que es necesario aprovechar el potencial de toda la sociedad. Pero estos vicios y prejuicios se pueden intentar corregir de una manera más constructiva que no sea sustituyéndolos con otros, sino superándolos.


«No se puede responder a la violencia con más violencia» —Bebé (cantante)

El problema principal pues no es el machismo en sí, sino un sistema político que permite —de hecho fomenta— las desigualdades a cualquier nivel, junto con una cultura rancia, caciquil, pos-tardo-franquista cargada de dogmas y prejuicios. Cambiar el sistema político es un problema de una gran envergadura porque para que tenga un mínimo de efectividad, ha de involucrar a toda la sociedad, entre otros factores. La cultura se puede mejorar con educación. No la de dejar sentar a los ancianos y decir buenos días al entrar a un sitio —esta también, claro— sino otra fundamentada desde la base, desde los primeros años y puesta en práctica y ejemplificada desde las instituciones importantes de la sociedad: desde los medios de comunicación hasta las instituciones políticas, culturales y deportivas. Una educación basada más en la cooperación y el trabajo en equipo. Pero para cambiar esto, de nuevo, nos encontramos con otra iglesia muy similar a la que Don Quijote y Sancho Panza se toparon, la de los políticos que se preocupan muy poco de la educación pública, ya que ellos tienen la de sus hijos bien pagada en instituciones privadas, con nuestro dinero. Todo el esfuerzo que actualmente se emplea en combatir la desigualdad en terrenos políticamente correctos pero absolutamente estériles en la práctica, podría emplearse en planificar un calendario de propuestas y las consiguientes reformas al sistema político, el fomento de la cultura cooperativa y la mejora de la educación para transmitir desde el primer momento la necesidad de trabajar codo a codo, hombro a hombro, para solucionar aquellos problemas que nos atañen, y no dejar que nadie se erija en defensor y «solucionador» de una desigualdad en la que él mismo se instala.