martes, 29 de mayo de 2018

La desigualdad


¿Que problema social o político escogeríamos si pudiéramos solucionar? ¿Existe alguno que origine a muchos otros? ¿Acaso la pobreza, la corrupción, el nacionalismo, el terrorismo, la delincuencia, las revoluciones y muchas otras manifestaciones de la sociedad —algunas acertadas otras completamente equivocadas— no tienen su causa en algún problema originado por algún tipo de desigualdad o privilegio no aceptado por el colectivo que reacciona en consecuencia? Este es uno de los problemas que más tiempo acompaña a nuestra especie en su paso por la Historia. Llevamos siglos intentando solucionar este asunto. Los griegos dieron un primer paso fundamental con el desarrollo de la democracia y los romanos la llevaron lo más lejos que las circunstancias de la época lo permitieron. Pero su conversión en imperio y la dependencia de una economía insostenible que aún hoy perdura, han dado al traste con todos los intentos. Lo que ha venido después desde el Renacimiento, pasando por la Ilustración y las diferentes revoluciones, han sido intentos de retomar aquel camino, cuyo restablecimiento no se vislumbra ni de lejos.

Existen grupos de activismo que aprovechando estas desigualdades se proponen a sí mismos como la solución, o como algún tipo de camino hacia ella. Pero en la práctica, lejos de solucionar nada, parece más bien que perpetúan aquellos problemas de cuya existencia depende su sustento diario. Los nacionalismos son el ejemplo más claro, formándose toda una casta de politicos y activistas que viven del mismo sistema que manifiestan repudiar, sin ofrecer más que una subdivisión de lo mismo, sin cambio cualitativo apreciable. Con un sistema político plagado de desigualdades, de privilegios concedidos a dedo, de corrupción endémica; cuya máxima autoridad es concedida de manera hereditaria, cuyos centros de poder económico y político se concentran alrededor de la capital además de un largo etcetera de problemas; hemos de observar frustrados cómo la principal respuesta son una serie de nacionalismos cuya apariencia de legitimidad en sus reivindicaciones les hace ignorar lo equivocado de sus propuestas, que van poco más allá de replicar el mismo centralismo acaparador de poder y protagonismo que impide a otros sectores de la sociedad que aporten sus ideas y valores, bloqueando el resto de iniciativas y perpetuando los problemas, manteniendo la sociedad en bloques irreconciliables.

Si vamos fuera de nuestro territorio, la situación puede encontrarse de manera muy similar en casos distintos al de nuestros problemas locales, pero que también padecemos. Las desigualdades por «género» son una situación global de la que podría hablarse durante semanas y que está a la orden del día, cuya envergadura excede el propósito del presente artículo. Pero cabe preguntarse para empezar si el uso del término es realmente de ayuda para enfrentarse a la situación comentada ¿ayuda englobar bajo una misma etiqueta ambigua distintos tipos de problemas? ¿son iguales en efectos y causas las desigualdades por diferencias biológicas que las provocadas por una orientación sexual no aceptada por ciertos estándares culturales? ¿es el machismo una cuestión exclusivamente cultural o existe algún factor biológico, evolutivo o atávico que lo ha condicionado —sin que por ello, lógicamente, hoy en día lo justifique—? Independientemente de la respuesta, lo que parece claro es que como poco, existen motivos razonables para estudiar cada caso de manera separada, exista o no un cuadro común a todos ellos —lo que es muy probable—. Pero ignorar de entrada parte del problema hace sospechar inevitablemente que la búsqueda de una solución al mismo no es el objetivo principal. Si se consideran los factores culturales que han definido los estándares de pareja, matrimonio y de lo socialmente aceptado, parece que en efecto, de lo que se trata en el fondo es de una estrategia política consistente en cuestionar dichos patrones culturales y las jerarquías que hasta ahora han contribuido en su formación.

Hay que dejar claro antes de continuar que las jerarquías, tal y como se ha comentado en otra ocasión, son un instrumento muy primitivo de organización y que el actual sistema politico y social tiene demasiada dependencia de ellas y, por tanto, son susceptibles de crítica y de mejora en su funcionamiento, así como en los criterios que las definen. No obstante, el problema que se advierte en este caso concreto por parte de algunos activistas supuestamente defensores de grupos minoritarios, es el uso patético —esto es, de apelación al sentimiento— de los problemas de desigualdad de estos colectivos como «herramienta» política para otros fines distintos. De esta manera, convierten lo que es una reivindicación necesaria en un acto de manipulación y explotación de los problemas ajenos para beneficio propio. Es decir, para hacer exactamente lo mismo que aquellos que cuestionan, pero en su caso, supuestamente «imbuidos de bondad» según ellos.

Tal y como se comentaba en otra entrada anterior, en ocasiones hay que emplear «trucos» como estrategia política para defender ideales más elevados de los que se han de manifestar en determinadas situaciones. Esto puede ser debido a unas ineficientes «reglas del juego» que condicionan seguir ciertas pautas para lograr un mínimo de efectividad. Pero en este caso el problema no es la excesiva simplicidad de las propuestas, sino que no van encaminadas a solucionar el problema ya que, más que arrojar soluciones y claridad, arrojan confusión y ambigüedad sobre él: el uso de etiquetas de ámbito más general, ponerles faldas a los monigotes de los semáforos, llevar a extremos absurdos el uso del lenguaje repitiendo los términos en todos los géneros, no va a solucionar el problema de igualdad entre géneros. Mucho menos entre sexos. Y menos todavía va a solucionar la desigualdad origen de todos estos males, que es la de todos los ciudadanos, propugnada en textos legales pero que en la práctica se cumplen mínimamente. Para lo que sí es efectivo el mensaje que este tipo de activismo usa, es el de enaltecer a unos y soliviantar a otros, públicos objetivos medidos, rangos de audiencia específicos que les van a asegurar una importancia mediática mínima.

Abogados del diablo

En los últimos años el auge de las redes sociales y los dispositivos móviles ha provocado, como se sabe, un estilo de comunicación de masas basado en lo superficial y efímero. De ahí se ha pasado a la difusión de noticias falsas y a la ingeniería social, situación que ya se advirtió en su día con el uso de «memes» los cuales pueden tratarse de dichas noticias, anuncios, medidas políticas, cualquier concepto que cause un efecto mediático y social en el colectivo. Da igual que sea falso que verdadero. Aunque puede que fuera buena la intención en sus inicios, el uso de lo llamado «políticamente correcto» gracias a la «buena imagen» que produce, su defensa ha acabado convirtiéndose en el principal sustento de muchos activistas, situación que desvirtúa la intención original. Esto es es lo que le ocurre a casi todo lo que pasa a convertirse en un fin en sí mismo, olvidándose del objetivo. De esta manera, cualquier pensamiento disidente con lo establecido como «políticamente correcto» se convierte en motivo de caricaturización y simplificación, cuando no, de la critica más severa y en ocasiones, ofensiva.

Lo paradójico es que tras supuestamente superar episodios tan graves como las guerras mundiales y civiles, lamentablemente parece que las posturas extremas están incrementándose. Es decir, cuanto más afán ponen los defensores de lo políticamente correcto, mayor es el rechazo producido en la sociedad, un efecto universal que ha ocurrido y ocurre, a lo largo de todas las épocas y culturas, pero que continúa produciéndose, sin que parezca que aprendamos nada de la experiencia y de la Historia, condenados a repetir una y otra vez los mismos errores, claudicando ante la palabrería de perros parecidos, por distintos que sean sus collares.

Caso Google

En pocas ocasiones en los últimos tiempos se admite que; a pesar de no gustarnos alguien, de no ser afín a cierto grupo o partido de nuestra preferencia, de no ser aficionado a nuestro equipo deportivo; nos gustan o nos parecen acertadas algunas de sus acciones o argumentos. Situación a la que este tipo de activismo de lo políticamente correcto no hace más que fomentar con una actitud basada en el enfrentamiento y demonización del sector de la sociedad señalado. Esto es lo que le ha ocurrido a James Damore al publicar, tal vez con ciertas ganas de protagonismo, un documento catalogado como «contra la diversidad». Para ser sincero no he leído el documento completo, pero se advierten de inmediato ciertos tics tendenciosos a la hora de valorarlo por parte de la mayoría de los medios y redes sociales, que nadie se preocupa en aclarar, dejando que todo se vuelva confuso hasta llegar a la ininteligibilidad. El primer problema es que cuesta encontrar algo en el documento que justifique claramente de lo que se le acusa. Sin embargo, lo que sí se encuentra repetidas veces, es la oposición a ciertas políticas de la compañía para supuestamente corregir un problema de carencia de diversidad. Es decir, no está contra de la diversidad, sino de la solución propuesta para corregir su carencia, por parte de la compañía. Igualmente, también se han oído acusaciones de machismo para el autor del artículo, tendencia que independientemente de si lo es o no su autor —lo sea o no es irrelevante (falacia ad-hominem)— no se desprende claramente de lo contenido en el artículo. Incluso se ha llegado a relacionar con calzador al famoso investigador Neil deGrasse Tyson con un vídeo ¡¡del año 2009!! defendiendo la diversidad, algo que como se ha dicho no es lo que se discute, sino las medidas aplicadas. Un claro ejemplo de falacia de argumento de autoridad. El mencionado científico por supuesto, no ha dicho absolutamente nada sobre el uso de su imagen.

Si bien no se pueden establecer unas diferencias «medibles» de una manera determinista entre mujeres y hombres en cuanto a desempeño en función de una actividad concreta —por ejemplo, matemáticas frente a lenguaje—, a grandes rasgos y observando tendencias —como se repite en el controvertido artículo—  sí que se conoce con certeza que estas diferencias existen a nivel estadístico en función del ámbito. Es decir, no se pueden aplicar a casos individuales, pero sí en términos de población. Este es precisamente el problema cuando se aplican medidas de corrección para mejorar la diversidad empleando estadísticas aplicándose a casos individuales, intentando corregir un problema causado no por machismo, sino por simple biología: si un sexo tiene una mayor aptitud general en un determinado ámbito, su sobre-representación no es debida necesariamente a una discriminación, sino que puede tratarse de otros factores más objetivos. No significa que no haya que hacer nada, pero no se debe tampoco matar moscas a cañonazos. Esta es la postura del psicólogo clínico Jordan B. Peterson que la extiende más allá de las desigualdades por género para llegar a las desigualdades económicas, las cuales son en la mayoría de los casos debidas a un factor simple de distribución matemática —regla del pareto—: si dejas todo al azar, no esperes que se distribuya de manera igualitaria ni mucho menos «justa» —un concepto puramente humano que no existe en la naturaleza, la cual es en todo caso, imparcial—. Esta propuesta es coincidente con otro reciente estudio en el que se llega a la conclusión de que el dinero se distribuye por mera suerte, no por méritos, pero tampoco ni mucho menos por la existencia de una malvada conspiración «heteropatriarcal» oculta en la sombra. De nuevo, esto no significa que no haya que hacer nada. Que la naturaleza no sea exactamente justa no significa que los seres humanos debamos dejar de serlo. La Ley de la Gravedad es igual e imparcial para todos, aunque seguro que algunos se merecen más que otros que les caiga una maceta en la cabeza. Pero las acciones que se tomen no deberían partir de una «satanización» de ningún sector de la sociedad.

Caso Hollywood

Tras décadas de producciones audiovisuales, ahora han salido a la palestra multitud de casos de supuestos abusos sexuales por parte de directores, productores y actores a otras actrices.  Partiendo de la base ineludible de que la industria del espectáculo en general está basada en exceso en el sexismo y en la explotación de la mujer como objeto sexual, situación que ha de corregirse de alguna manera, no es menos cierto que muchas profesionales han aprovechado esta circunstancia para hacer carreras fulgurantes. Llama más la atención cómo algunas de ellas aprovechan muy «oportunamente» la actual coyuntura para denunciar casos en los que resulta inevitable pensar que en su momento les supuso un impulso profesional. ¿Donde acaba la denuncia y comienza la complicidad cuando la propia denunciante ha participado del beneficio, y se ha mantenido en silencio todo este tiempo? Peor aún es cuando utilizan el momento para hacer declaraciones espectaculares y estudiadamente mediáticas, que parecen más motivadas por el revanchismo o incluso competencia profesional, que por un genuino deseo de justicia y equidad. No hay duda de que algunos de los casos necesitaban una defensa y denuncia con la suficiente repercusión para acabar con esas prácticas sexistas, pero algo no está funcionando bien cuando han surgido movimientos de otros actores y actrices veteranos y conocedores de las circunstancias de aquella época —como Catherine DeneuveLiam Neeson o Morgan Freeman—, en desacuerdo con aprovechar cualquier insinuación realizada años antes y exagerada ahora para adecuarla a la coyuntura propicia. Y lo peor de todo, desvirtuando las demandas que de verdad lo merecen.

En España

Además del caso reciente de Javier Marias en el que la red social Twitter se inundó de mensajes contra él sin demasiado fundamento, pero sí con mucho odio escudado tras los escasos caracteres que la mencionada red social permite, el actor y político Toni Cantó protagonizó hace algunos años situaciones predecesoras de lo que habría de venir después. El actualmente diputado por Ciudadanos, publicó cuando lo era de UPyD unos mensajes en los que intentaba explicar un problema cuya envergadura excedía la capacidad de una red social diseñada para la simplicidad. El actor de origen valenciano abordó el problema de la Ley Contra la Violencia de Género en la que la pretensión de defender a la mujer convierten al hombre en culpable sin más, vulnerando el principio básico de inocencia y paradójicamente, el de igualdad. Una explicación pobre y unos datos mal utilizados hicieron que tuviera que pedir disculpas, abrumado por la incisiva voluntad en señalar sus errores sintácticos y el afán por aprovechar la literalidad de sus palabras solo cuando convenía. El resultado es que por aquel entonces muy poca gente analizó el problema que de verdad quería dar a entender: usar una estadística en la que el mayor número de casos de victimas son mujeres, se convierte en injusticia cuando en los casos individuales el hombre es culpable sin más «prueba» que el mero hecho de serlo. Años después la situación comienza a dar visos de insostenible cuando en la propia Valencia natal del político comienzan a oírse las primeras voces de victimas masculinas. Sí, son pocos casos, pero no por ello hay que dejar de prestarles la atención que merecen, salvo que nos rindamos definitivamente a la dictadura de la mayoría y de lo políticamente correcto, que es lo que parece que poco a poco se va imponiendo, anulando sistemáticamente a las voces críticas tachándolas de inmediato de fascistas, xenófobas o machistas. En aquel entonces se argumentó en contra de Toní Cantó que contrariamente a lo que afirmaba, sólo un ínfimo porcentaje de las denuncias son descartadas por falsas por los propios tribunales. Sin embargo, un análisis algo más detallado realizado en el Informe de Fondos Europeos descubre que un 45% de las denuncias son descartadas por falta de pruebas. Tal vez un tribunal no las señale como «falsas», pero que casi la mitad de ellas carezcan de base sólida no mejora mucho la situación.
«Si se quiere resolver el problema de la democracia, la solución debe encontrarse en sí misma [..] en armonía con su principio fundamental, la igualdad»
Es cierto que hay que dar visibilidad a una parte de la población para que social y culturalmente se reduzcan los prejuicios. Es cierto que se arrastran ciertos vicios sociales que provienen de tiempos en los que cada sexo cumplía unas funciones puede que justificadas en aquel entonces, pero que ahora resultan anacrónicas y lo peor de todo, perjudiciales, ya que es necesario aprovechar el potencial de toda la sociedad. Pero estos vicios y prejuicios se pueden intentar corregir de una manera más constructiva que no sea sustituyéndolos con otros, sino superándolos.


«No se puede responder a la violencia con más violencia» —Bebé (cantante)

El problema principal pues no es el machismo en sí, sino un sistema político que permite —de hecho fomenta— las desigualdades a cualquier nivel, junto con una cultura rancia, caciquil, pos-tardo-franquista cargada de dogmas y prejuicios. Cambiar el sistema político es un problema de una gran envergadura porque para que tenga un mínimo de efectividad, ha de involucrar a toda la sociedad, entre otros factores. La cultura se puede mejorar con educación. No la de dejar sentar a los ancianos y decir buenos días al entrar a un sitio —esta también, claro— sino otra fundamentada desde la base, desde los primeros años, desde los medios de comunicación, desde las instituciones culturales y deportivas, basadas más en la cooperación y el trabajo en equipo. Pero para cambiar esto, de nuevo, nos encontramos con otra iglesia muy similar a la que Don Quijote y Sancho Panza se toparon, la de los políticos que se preocupan muy poco de la educación pública, ya que ellos tienen la de sus hijos bien pagada en instituciones privadas, con nuestro dinero. Todo el esfuerzo que actualmente se emplea en combatir la desigualdad en terrenos políticamente correctos pero absolutamente estériles en la práctica, podría emplearse en planificar un calendario de propuestas y las consiguientes reformas al sistema político, el fomento de la cultura cooperativa y la mejora de la educación para transmitir desde el primer momento la necesidad de trabajar codo a codo, hombro a hombro, para solucionar aquellos problemas que nos atañen, y no dejar que nadie se erija en defensor y «solucionador» de una desigualdad en la que él mismo se instala.


miércoles, 3 de enero de 2018

Manual para hablar de política


Hablar de política en España se ha convertido en un asunto complicado desde la tristemente famosa «crispación» de Zapatero, junto a la utilización del lenguaje al modo de la «neolengua» orwelliana que alumbró ministerios de igualdad —que diferenciaba a las personas por sexo y establecía un cupo numérico— y donde los pro-terroristas se convertían en «hombres de paz». Una época que presagiaba lo que nos ha venido después con la era «postfactual» de Ángela Merkel y la «posverdad» de Donal Trump. Hablar de política en España se ha convertido en una pesadilla que no lleva a ninguna parte salvo para los que cobran precisamente de vivir de dicha actividad, tal y como ocurre en los lugares específicamente pensados para ello y a través de estos profesionales «cualificados». El resto de lugares, sea un bar o una sobremesa vespertina, son fuente de discusiones perpetuas y diálogos de besugos, una retahíla de dogmas seguidos uno detrás de otro. Pero habrá que intentarlo.

Lo primero que hay que averiguar y tener claro en el momento se inicia un debate o discusión sobre política es si nuestro interlocutor está interesado únicamente en lo que atañe a su beneficio personal, sus intereses particulares, en la defensa de sus ideas por encima de cualquier otra lógica, o por el contrario está realizando un genuino intento por establecer de manera objetiva cuáles son las vías posibles para gestionar un país —o alguno de sus sectores— de la manera más eficiente. Todos tenemos derecho a defender nuestro beneficio o nuestras ideologías pero no a imponerlas, menos aún cuando implica un perjuicio sobre otros. Tampoco existe potestad alguna al uso de la manipulación para convencer a nadie para que así sea. La política debería ser ese lugar donde la sociedad —bien a través de unos representantes o cuando sea posible mediante la intervención directa de sus ciudadanos— encontrara esos caminos para que el beneficio de una parte de la sociedad no implicara un sacrificio de otra —poder judicial independiente—. Y al hablar de sacrificios y beneficios no debería referirse a opciones ideológicas de tipo estético como nombres de calles, estatuas o monumentos, opciones religiosas o crucifijos. Un nombre de calle, aunque no nos guste, no vulnera ningún derecho individual de nadie. Por tanto, lo siguiente a definir es cuál es la parte personal y por tanto, inviolable, y cuales son los aspectos que atañen a la sociedad como colectivo.

Una vez establecido el ámbito —personal o colectivo— hay que definir el problema. Suponiendo que se piense que hay algún problema, ya que todavía hay gente que piensa que «España va bien». Desde luego que puestos a comparar siempre van a existir países donde todo está mucho peor. Se trata pues de realizar comparaciones que tengan un mínimo de sentido, por ejemplo, teniendo en cuenta otros países similares del entorno, nuestra evolución histórica o simplemente, qué aspectos del funcionamiento de nuestra sociedad puedan identificarse con claridad como manifiestamente mejorables, no sólo porque sean un desastre, sino porque exista evidencia de que es posible hacerlo mejor.

El potencial de España

Afortunadamente en España se disfruta de un buen clima, de una buena gastronomía y de una Historia que nos ha dejado un gran legado cultural. Esto ha convertido nuestro país en una enorme fuente de capital humano que destaca allá donde se lo permiten. Pocas zonas del planeta tienen una combinación de clima, localización y legado cultural tan rico y con tantas posibilidades como disfrutamos aquí, además de una gran esperanza de vida. Escritores, médicos, ingenieros y exploradores, entre otros, han dejado su impronta en las páginas de la Historia de la Humanidad, a pesar de todas las dificultades a las que a menudo han tenido que enfrentarse debido a una mala gestión política. Gracias a la base de la sociedad —campeona en donaciones de órganos—, a la actividad económica, a esos pequeños empresarios que trabajan doce horas todos los días y a esos empleados por cuenta ajena que han de pagar hasta el último de los impuestos —mientras que grandes empresas influyentes disponen de gran cantidad de mecanismos para eludirlos— y que sustentan al resto de economía sumergida y subvencionada, gracias a todos estos héroes anónimos, nuestro país no se va a pique. Esta desigualdad en es sí misma un problema, pero además, hay otros que podrían ser perfectamente resueltos.

Problemas de España

Además de lo mencionado, este país disfruta de unas condiciones que nos permiten tener una cultura del ocio y disfrute de grandes posibilidades. Un legado de la cultura mediterránea que compartimos con otros países como Italia o Grecia. Países que junto con Portugal, forman los llamados despectivamente PIGS, por compartir precisamente problemas similares. Si se empieza por el más grave en España, la cosa quedaría así:

Pobreza infantil

Aunque los bares se llenen de aficionados al deporte rey antes que las bibliotecas y los cines lo hagan también hasta los topes, no es menos cierto que los más débiles, esos que no son fuente de impuestos ni consumistas ni potenciales votantes, los niños, tienen algunos problemas importantes. España es el segundo país de Europa con más pobreza infantil superado sólo por Rumanía —ojo al dato—.  Es decir, el país europeo cuyos habitantes cuentan con el mayor número de teléfonos inteligentes —o smarthpones— del mundo, es también uno en donde los niños pasan más hambre del mismo continente. Lógicamente si nos comparamos con Somalia seguro que estamos mejor, pero seguro también que en este país africano tiene mayor justificación ya que allí la pobreza está lamentablemente generalizada, cosa que obviamente no es el caso de España. En Somalia es un problema generalizado de una índole mayor, aquí, es un problema de decisión política. Es un problema cuyos responsables tienen nombre y apellidos.

Sistema educativo

Junto al anterior, este punto es otro de los más dramáticos problemas que afectan a la salud de una sociedad. La educación de las personas que empiezan su andadura por esta vida es la base de todo lo que va a venir después. Es indudablemente una apuesta a largo plazo que en un sistema basado de manera enfermiza en el beneficio inmediato, acaba siendo de los más perjudicados, eternizando un problema que únicamente en los lugares mas desarrollados hacen frente de manera responsable y prestando la atención debida al bienestar general. Según el informe PISA la palabra que mejor define a España es mediocridad: si bien la puntuación alcanzada no empeora, también es cierto que no se logra ningún avance permaneciendo estancados en la zona media baja a pesar de que muy cerca, nuestro país vecino mejora nada más y nada menos que en 30 puntos. Con el añadido que en nuestro propio territorio existen ejemplos que destacan pero que son ignorados. Se sabe cómo hacerlo, se puede estar entre los mejores, pero simplemente los que tienen que tomar las decisiones adecuadas y dejar que los que poseen el conocimiento puedan aportarlo al bienestar general, prefieren seguir acaparando ellos el protagonismo en lugar de otros, aunque se lo merezcan más.

¿Muchos impuestos?

Todos nos quejamos de la gran cantidad de impuestos que pagamos, pero, ¿es esto así realmente? Es decir, ¿que significa «muchos»? ¿más de los que nos gustaría? ¿más que el vecino? Los agravios comparativos son indudablemente un motivo más que válido para denunciar una injusticia, sin que por ello implique que tu situación sea precaria. La desigualdad fiscal que se sufre en España materializada a través de «recursos» legales como las sicav a las que sólo pueden acceder grandes fortunas, son una triste y lamentable realidad. No por el recurso fiscal en sí mismo —en otros países existen figuras similares— sino por la mala aplicación de la ley que provoca que sea usada como herramienta de evasión fiscal únicamente para los que pueden acceder a ella. Algo similar ocurre con los impuestos que pagamos todos: la sensación de impotencia y de injusticia motivada por estas desigualdades y por la corrupción política en casos de cohecho y prevaricación, provoca que el fraude fiscal sea elevado. Como consecuencia España es uno de los países que menos recauda a pesar de tener de los impuestos más altos de su entorno. Pero en lugar de mejorar el sistema fiscal para que sea más legitimo, eficaz, justo y equitativo, la baja recaudación —que es al final lo único que les importa— se pretende solucionar aumentando todavía más los impuestos en lugar de analizar las causas de una manera más respetuosa con los contribuyentes, los cuales en España son siempre tratados como «defraudadores en potencia» —el clásico «piensa mal y acertarás» que tanto daño hace en la convivencia—. Esta medida provoca un mayor rechazo y por tanto, mayor fraude fiscal, agravando todavía más el problema. En definitiva, España tiene unos impuestos altos pero se recauda poco, como consecuencia la inversión en servicios públicos es escasa.

Economía sumergida

El fraude fiscal se explica de manera apresurada por la gran cantidad de economía sumergida que existe en España que representa casi un 20% del PIB. Sin embargo, estudios han señalado que este fenómeno más que ser la causa es en realidad el síntoma de un mal modelo productivo y fiscal. Es decir, la economía sumergida es muchas veces la única solución de algunas empresas y trabajadores autónomos para poder subsistir al no poder hacer frente a las regulaciones que el Estado obliga, pensando la mayoría de las veces en sus propias cifras y las necesidades políticas del partido en el gobierno, en lugar de en las de mejorar el modelo económico e industrial del país.
en los países con altos niveles de desigualdad, los beneficios de la formalidad son menores para los individuos más pobres, que no logran apropiarse de su productividad en el marco de mercados laborales imperfectos, lo cual se agudiza por las debilidades de sus instituciones

Modelo productivo

Hablar de modelo productivo referido a todo un país ha de hacerse de una manera holística en el sentido de incluir todos los aspectos relevantes, incluyendo a usuarios, trabajadores, empresarios, gobernantes y resto de responsables como participes del problema. Una clave nos la desvela Gerardo Ibañez en su obra La Revolución Industrial Oculta (2013). En ella, este ingeniero industrial con experiencia en EEUU y Alemania nos comenta que el nexo que une a los países más y mejor industrializados y con mayor capacidad de producción propia no es otra que unos sueldos altos. Pero contrariamente a la creencia habitual, los sueldos altos no son la consecuencia de un mejor modelo productivo, sino al contrario, son la causa: si subes los sueldos la economía mejora sistemáticamente. El ejemplo paradigmático fue el de Henri Ford quien decidió duplicar el sueldo de sus trabajadores logrando de esta manera un éxito sin precedentes que sería imitado por el resto de compañías del mundo... hasta que llegaron los japoneses con Toyota. Dejando a un lado el interesante debate sobre los inconvenientes del fordismo que serían superados por el método lean o poka-yoke japonés, el hecho relevante en ambos casos es que la principal manera de mejorar un sistema es dotar de autonomía, responsabilidad y capacidad adquisitiva a la base social del colectivo. Circunstancia que en España suele ser al contrario, todavía dependiente de un sistema casposo, rancio y caciquil, jerárquizado hasta extremos enfermizos. En este sentido, el capital humano que existe en España es aprovechado únicamente en sentido vertical: todo lo que vales es lo que decide la persona que está por encima tuya en función de su criterio personal.

Meritocracia

Aunque los sistemas basados en el mérito tampoco son perfectos —como no podría ser de otra manera— su ausencia produce en la misma medida un drama humano que han de padecer los trabajadores de este país y que a buen seguro es causa de no pocas depresiones y que acaba doblegando a la base social, siendo participe del pelotazo, del enchufismo y del nepotismo. Según un estudio del Foro de Davos, con sede en Ginebra, España ocupa el penúltimo lugar de la Unión Europea en aprovechamiento de su capital humano, junto una vez más a otros países como Grecia o Portugal. Es decir, no se trata de la calidad de nuestro capital humano, sino de cómo se aprovecha. Eso sí, lo que es bien aprovechado es la inocencia e ingenuidad sobre la realidad del mercado laboral de los becarios recién salidos de las universidades, que son exprimidos en proyectos que nadie más hace, bien por su tediosidad o bien porque no existe un puesto de trabajo regulado con la requerida cualificación académica, por lo que acuden a este tipo de empleo «efímero», ya que asumir la necesidad de dichos puestos implicaría reestructurar todo el sistema, dejando a los dirigentes respecto de sus propios cargos —a los que han accedido la  mayoría por vías «alternativas»— en situación comprometida.

¿Corrupción?

Hablar de la corrupción como un problema en sí mismo encierra algunas complicaciones. En primer lugar hay que definir qué es lo que se entiende como corrupción y en segundo lugar, de qué tipos. En la actualidad mediática, la corrupción es tratada como un aspecto independiente y únicamente aquellos casos que están bajo investigación judicial, tratándolos como si fuera una especie de virus o un «factor genético» —como algunos agitadores de la pantalla han llegado a decir—. En España la corrupción es tratada como un factor político más, como lo pueda ser el paro o la subida del IVA. Y lo que es peor, asociada a determinados partidos, usada como elemento acusador para ganar en los debates. Sin embargo, si no hubiera ningún caso de corrupción sería un síntoma realmente preocupante —como ocurría en las dictaduras de Franco o Stalin— ya que la posibilidad de la corrupción siempre existe y con el tiempo se hace tan inevitable como lo es que tengamos que cambiar los neumáticos de nuestro automóvil.  La cuestión importante de la que nunca se habla es la de los mecanismos para detectarla y para corregirla. Todo este panorama lo que provoca es el ocultamiento del verdadero problema de fondo, que es la ineficacia a la hora de gestionar los recursos del Estado, que van a parar a manos indebidas y empeorar los servicios públicos y perjudicar gravemente a los más débiles. La corrupción no es un factor que se pueda aislar. Los casos anteriores citados, desde la pobreza infantil hasta el sistema educativo, pasando por el enchufismo, son también casos de corrupción. El verdadero problema no es la inevitable existencia de corruptos sino la deficiente utilización del Estado, es un problema de sistema, no un problema de políticos —que también— y no se soluciona cambiándolos, sino cambiando el sistema de control, de detección y de auditoría. En su lugar se usa el sistema judicial como un sustituto lejano de la revocación de mandato, mecanismo que habría de existir en toda democracia representativa que no haga uso de la democracia directa.

Soluciones

Buscándolas

Hasta hace poco la mayoría se sentía confiado al vivir en una democracia y esperaba que con el paso de los años los problemas se solucionarían, pero 30 años después continuamos con los mismos problemas, el mismo país de sol y playa, de turismo, de servicios, de mercado interno, de empresas que han de ir al extranjero para triunfar mientras que las multinacionales extranjeras, mediante suculentos acuerdos con el Jefe de Estado y el resto de políticos que se reparten el pastel, ocupan y monopolizan el mercado laboral imponiendo sus cada vez más sofocantes condiciones. Exactamente igual que en la época de la dictadura.

Puede decirse que en España no hay un problema lo suficientemente grave como para que pueda señalarse y echarse las manos a la cabeza. Nuestros políticos se preocupan de que esto sea así, independientemente de que en el fondo haya todo un conjunto de problemas que vistos de esta manera nos presenta un escenario que es para salir corriendo. A otros países cuyos dirigentes, sin dejar de preocuparse por sus cómodos asientos —las personas estamos sujetas a los mismos anhelos en todas partes— poseen sin embargo dentro de su cultura y tradiciones históricas mecanismos que limitan los despropósitos que puedan hacer, logrando que su gestión aporte algo a la sociedad que representa. El resultado es que a pesar de lo que dice la Constitución de 1978, en la práctica los ciudadanos de España no somos iguales ni jurídica, ni política, ni económica, ni fiscalmente. Además de tener que encontrar una solución para el problema de gestión al que nos enfrentamos como sociedad, queda el problema no menor de aplicar dicha solución. Llegados a este punto, cada uno de los 40 millones de ciudadanos que pueblan nuestro territorio probablemente tenga una idea distinta de lo que hay que hacer. Recientemente se ha comenzado a colocar el objetivo en el propio sistema político, que se ha mostrado ineficaz para encontrar soluciones. Se trata pues no de buscar una solución a algún problema concreto, sino de buscar una solución para que la sociedad pueda realmente gestionarse como tal y solucionar sus problemas. Se trata de encontrar una meta-solución, y ver quien le pone el cascabel al gato.

Aplicándolas

Lo paradójico de tener una solución es que luego hay que ponerla en práctica, lo cual en una sociedad cuyo sistema político está monopolizado por opciones monolíticas y herméticas, es otro problema de igual o mayor envergadura. Incluso para buscar una solución al problema de la auto-gestión de la sociedad es necesario contar con unas herramientas que el actual sistema político no ofrece, o las que existen son muy ineficaces.

La paradoja de la base social

Asumiendo que la actual clase política lleva 30 años auto-protegiéndose sin ofrecer ninguna propuesta útil de desarrollo económico, social o industrial, queda claro que la solución ha de venir de fuera de dicha clase política, de la propia sociedad. Para que la solución no consista en imponer nuestro criterio es necesario aunar una mínima base social con iniciativa y ganas de participar, un tipo de activismo que sea participe de similares inquietudes en cuanto al deseo de auto-gestión de la sociedad. La paradoja de esta situación es la siguiente: no se puede fundar desde cero un grupo que defienda la democracia en base estricta a sus propios principios. No todo el mundo ha intentado formar un grupo de este tipo, pero los que sí, hemos advertido que hay siempre un momento de «génesis» tan cuestionable como absolutamente crucial y necesario. Todo grupo con intenciones políticas ha de partir de unos principios a los cuales se unirá quien quiera compartirlos, y si no está de acuerdo, tendrá que irse a otro sitio. Esto puede que no parezca democrático y en efecto, no lo es en absoluto, pero igualmente inevitable: cuando no hay democracia la solución no puede venir de una iniciativa que pueda definirse como tal. Es lógicamente imposible por el teorema de incompletitud de Gödel. Esto no significa que todos los grupos de activismo sean iguales, ni que sus diferencias consistan simplemente en sus propuestas políticas. Habrá «algo» en su espíritu, en su organización interna, en sus principios filosóficos subyacentes —no los que manifiesten defender— que sólo las personas experimentadas podrán distinguir. Si fuera fácil identificarlos no existirían las sectas ni los cultos a lideres mesiánicos. Esto es así porque lamentablemente no se puede dejar entrar a cualquiera en un grupo que desee alcanzar un determinado objetivo político. Por respeto a los propios principios del movimiento, y por simple protección ante intrusos que deseen boicotear la organización —que los hay seguro—. La frontera entre una cosa y la otra, el tipo de filtro que se aplique para dejar entrar a unas personas y bloquear a otras irá desde un grupo de conocidos con total confianza entre ellos que sean los que inicien el movimiento, a la paulatina ampliación de «círculos» basados en la confianza entre sus miembros. En resumen, a mayor heterogeneidad y desconocimiento entre las personas que forman cada círculo, menor debe ser su capacidad para la toma de decisiones que afectan a la totalidad, para evitar que un grupo de desconocidos descontrolados se apropien del movimiento y hagan uso de él para fines distintos a los originales. Para que toda la organización no se convierta en una dictadura vertical en la que las ordenes e información sólo se transmita en un único sentido es necesario que existan canales bidireccionales para limitar las acciones de mando, así como cargos electos, de duración limitada y bajo controles de mandato. Ni que decir tiene que la mayoría de los actuales partidos carecen de estos mecanismos salvo unas primarias opcionales organizadas por las propias organizaciones políticas en la que los ganadores están previamente acordados.

La herramienta política

El sistema actual basado en partidos utiliza a estos como principal herramienta de representación. Los ciudadanos dejan su voto y mediante un sistema de reparto de escaños, se obtiene un mapa político en el que cada partido tiene un peso acorde de alguna manera a los votos recibidos. Sea justo o no, sea proporcional o no, sea o no de nuestro agrado, estas son las normas que para bien o para mal dibujan los gobiernos de cada legislatura. Se trata por lo tanto de comprender su funcionamiento y diseñar una herramienta para que las soluciones que la base social acuerde lleguen hasta los órganos de representación política con poder legal para que se lleven a cabo. El valor de esta herramienta no consiste pues en las soluciones propuestas, sino en que las mismas no provienen de despachos en las que se manejan intereses alejados de la sociedad.

Las necesidades (actualización 22/01/2018)

Sociales

Asumiendo como inevitable la utilización de un partido como forma de hacer llegar a las instituciones que ofrece el sistema político las propuestas necesarias para su aprobación, no hay que dejar que esta herramienta adquiera un excesivo protagonismo. La base social ha de continuar siendo la parte fundamental. No por ideología, sino por simple e inevitable lógica si de lo que se trata es de encontrar la manera óptima de organizarse como colectivo. Estudios sobre inteligencia colectiva o colaborativa, dinámica de equipos, experiencias empresariales y las vicisitudes históricas de otros países, avalan la importancia de dar a la sociedad un papel adecuado, aprovechando su potencial y sumando conocimiento. Y esto sólo se puede lograr atendiendo no simplemente sus necesidades básicas sino hasta las más intelectuales y sofisticadas, otorgando el protagonismo adecuado a los miembros que lo merezcan. Alguien podrá dudar cuales han de se esos méritos. Naturalmente, siempre van a existir peros y lagunas, incluso seguro que también se cometerá alguna injusticia de vez en cuando. Como se comentaba, ningún sistema está exento de error, de lo que se trata es de formar una cultura que aproveche lo aprendido, que tenga como intención proyectarse hacia el mañana, de tener expectativas, de construir un futuro que vaya más allá del próximo mundial de fútbol.
«Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo. Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde»
José Ortega y Gasset

Políticas

Asumiendo igualmente el funcionamiento del sistema político, por poco que nos guste, es inevitable ceñirse en lo posible a las necesidades marcadas por sus características. Esto significa que habrá que escoger caminos que no respondan a una necesidad social ni a un objetivo político «primario», es decir, que para lograr cumplir los objetivos políticos de auto-gestión de la sociedad hay que pasar necesariamente por cumplir los objetivos políticos de la herramienta, que no son otros que los objetivos partidistas de toda la vida que tanto se han criticado. Y hay que hacerlo sin convertirse en el monstruo que se ha denunciado, lo cuál entraña una dificultad que no hay que descuidar. Estas necesidades no son otras que lograr el suficiente número de votos, lo que en una sociedad polarizada, sectaria y de escasa cultura democrática exige un esfuerzo colosal, necesitando:

Canales de comunicación

Cada convocatoria de elecciones generales se acaba convirtiendo de una manera o de otra y apoyados en los medios de comunicación, en un enfrentamiento entre dos opciones únicas, enfocando todos los «debates» exclusivamente en las propuestas que interesan a estas opciones, cuyas respuestas ya están medidas en función de tener la sociedad cartografiada políticamente. Es decir, se habla prácticamente en exclusiva de lo que los partidos quieren, creando falsas disyuntivas en las que sólo existen dos principales caminos, excluyentes entre si. De esta situación se desprende que es necesario un canal alternativo de difusión que no dependa de los actuales, sometidos al mismo sistema de jerarquía que el resto de aspectos de la sociedad. No se trata pues de ninguna teoría conspiratoria, los medios de comunicación sufren del mismo problema que cualquier otro ámbito laborallos objetivos están marcados por agendas políticas, definidas por los intereses del superior en la jerarquía. El cumplimiento de las tareas propias de cada profesión quedan en segundo plano, lo que en el caso de los medios de comunicación es doblemente grave y notorio.

El nicho electoral

Continuando con la paradoja de la base social comentada anteriormente, aunque se parta de una base social transversal, heterogénea y diversa y aunque las demandas políticas tengan como objetivo representar a todo el colectivo social sin distinción, lo cierto es que en los inicios siempre hay una mayoría que por extraño que parezca, no desea ni más democracia, ni cree que sea necesario cambiar nada, ni desean que otras personas lo intenten. Tal vez porque creen que no hay nada que mejorar o temen que tocar cualquier cosa va a implicar un cambio a peor —sobre todo para ellos—. Se presenta pues la extraña circunstancia en la que el mero hecho de desear mejorar las cosas implica para ciertos sectores una amenaza. En algunos casos se trata de simple sectarismo ideológico y conservadurismo, en otros el motivo consiste en el de la protección de un nivel de vida basado en privilegios alcanzados gracias a acaparar a codazos un protagonismo inmerecido. Logros que dejan en herencia a sus descendientes los cuales continuarán defendiendo su estatus social, aunque implique impedir que el resto tengan oportunidades similares. Pero como el sistema de partidos, de elección y de representación es como es, no hay más remedio que elaborar un mensaje político cuyo principal objetivo no sea otro que el de captar electores. Todo aunque sea para dar una democracia a unos votantes que no la piden de manera explícita, tal vez porque tras tantos años de partidocracia no saben lo que es.

La imagen política

Una vez identificado el electorado y escogido el que sea más compatible con los objetivos políticos originales, es necesario introducirse en la maquinaria propagandista que acompaña al resto de partidos. Es inevitable si se desea una eficacia mínima, ya que el objetivo no es el de vivir hasta la jubilación vendiendo esperanzas políticas que jamás van a verse cumplidas. Esto va a significar dotar a la herramienta política de una imagen acorde a dicho electorado. Es decir, la formación o partido resultante va a ser esclava de una apariencia que necesita si se desea alcanzar un mínimo de efectividad. Por los vicios del actual sistema, esto implicará que la formación será presa del odio o rechazo por parte de los sectores que no formen parte de su publico objetivo. Más todavía, implica que será objeto de critica por motivos ajenos a los objetivos primarios de la formación en cuanto a obtener una herramienta independiente que sirva como receptora de las demandas sociales.

La financiación

Tal y como funcionan las cosas, sin un mínimo de financiación es imposible dar un paso. Resulta que en España el estado otorga a los partidos —y sindicatos— una subvención en función de los escaños obtenidos lo que significa que cuantos más votos obtengas más dinero recibirá la formación escogida. Esto que puede parecer lógico en un primer momento es completamente injusto en cuanto se medita un par de segundos más, ya que bloquea todo nuevo intento de participación. La concesión de fondos públicos sin una auditoría adecuada posterior es una tragedia democrática que provoca que un partido se consolide, monopolice e impidala necesaria y obligada entrada de opciones alternativas en una democracia. El uso de dichos fondos para sus campañas va a favorecer a sus candidaturas por lo que es muy probable que vuelvan a obtener muchos votos en las próximas convocatorias, volviendo a obtener una suculenta financiación, repitiéndose el proceso. Los partidos de esta manera se convierten en máquinas de obtención de votos, en cuyo seno surgen una casta de políticos profesionales cuyo objetivo es continuar con esta dinámica, olvidándose del objetivo básico de representar a la sociedad. Si el Estado ha de intervenir de alguna manera en la financiación de los partidos ha de ser para garantizar la igualdad de oportunidades, pero lo que ocurre en la realidad es lo contrario. Aún así los partidos incurren en financiación irregular ya que una vez convertidos en máquinas de ganar dinero y dado que el sistema no limita su acción, no hay quien los pare, salvo el poder judicial tras un largo y penoso proceso. Con este desolador panorama, toda nueva iniciativa ha de dar rienda suelta a la máxima creatividad posible para obtener fondos y encontrar maneras de lograr repercusión mediática.

La estrategia mediática

Si algo nos enseñó Rubalcaba —o eso se creía— fue la importancia de lograr en el momento y lugar adecuado la necesaria repercusión mediática con un mínimo de inversión. Lo extraño es que pocos más se hayan dado cuenta de esta circunstancia. Este es el motivo más simple que explica las acciones de lo relacionado con el movimiento #15M, tales como #ocupalapalza o #rodeaelcongreso, iniciativas pacíficas pero que rompen con el clásico concepto de manifestación regulada y permitida por los poderes clásicos. Iniciativas que buscan lograr la mayor repercusión con el menor consumo de recursos, usando a los propios medios de comunicación los cuales no tienen otro remedio que dar cobertura, aún a su pesar, a las agrupaciones multitudinarias en las calles. Una variante fue el de la llamada #primaveravalenciana organizada por la entonces oposición al Partido Popular y actualmente compartiendo gobierno en la Comunidad Valenciana. Si bien las acciones del 15M tenían objetivos concretos, Compromis llamó a sus militantes a ocupar las calles, bloqueando semáforos y tráfico de vehículos allá por donde pasaba, con dos objetivos, claros para la formación pero ambiguos para los que participaron en ella: el de mostrar su poderío de convocatoria movilizando a miles de personas, y el de provocar a las fuerzas de seguridad en espera de que cometieran algún fallo en forma de agresión. Una época en la que se vivían momentos estrambóticos en los cuales la gente acudía con pancartas por la mejora de la educación acompañados en horario escolar con sus hijos, aún a costa de ponerles en peligro al llevarles a una manifestación no autorizada que fueran o no legitimas sus reivindicaciones, se era consciente —de hecho, era lo que se buscaba— del peligro real de una respuesta policial. Finalmente, el resultado afortunadamente no paso mucho mas de ver como una masa de miles de personas sin objetivos claros y con un mensaje incoherente se paseaba sin rumbo por las calles. En el fondo, una metáfora de la situación actual de la sociedad española.


    Foto (fuente Ideal.es): cartel visto en el hogar del pensionista de un pueblo de Jaén


    jueves, 28 de septiembre de 2017

    Más allá del derecho a decidir


    ¿Hasta donde podemos decidir sobre lo que nos rodea? ¿podemos decidir de qué color pintamos la escalera del rellano? ¿podemos decidir poner un muro en la terraza para guardarnos un trocito? ¿puede una parte de un autobús decidir el destino «independientemente» de lo que decida el resto? ¿pueden los ciudadanos de una parte de un estado decidir que se quedan con ella? ¿es lo mismo un referendum sobre una decisión que hacerla realidad? ¿tiene sentido apelar a la democracia al mismo tiempo que se ignora el marco político dónde se desarrolla, tenga o no defectos? Se oye muy poco sobre las preguntas que realmente se deberían hacer. Cada uno de los bandos continua con su visión particular, reavivándose unos a otros, anclados a sus posturas hasta llegar al actual punto. Cada uno con su parte de razón, que usa para justificar su mentira. Siendo ambas posturas, curiosamente, complementarias.

    El diagnóstico del independentismo

    Hay una parte, en efecto, en la que el independentismo acierta, pone el dedo en la llaga y sabe que es ahí donde ha de incidir una y otra vez, ya que saben que el «enemigo» elegido no va a aceptar su verdadera condición. Este contrincante está formado por los poderes tradicionales que han gobernado y gobiernan en España, algunos desde hace siglos: la monarquía, la Iglesia y los bancos. Desde aquí se propagan hacia la sociedad a través de monopolios energéticos y de comunicaciones —sectores declarados estratégicos desde el franquismo y que continúan siéndolo gracias a las «puertas traseras»— y asociaciones políticas como partidos o sindicatos, instituciones monolíticas cerradas, la mayoría de ellas con un alto grado de verticalidad y fuerte jerarquía —salvo algunos partidos de aparición reciente—.

    El enemigo —o espejo donde mirarse—

    Los poderes que gobernaron España tras la Guerra Civil se acostumbraron desde entonces a ser la máxima autoridad. La sociedad española de la época estaba educada bajo un régimen social jerarquizado y vertical, siendo el cabeza de familia la autoridad de nivel básico —en lugar del ciudadano— quedando el resto de la familia relegada a su voluntad. De esta manera, las reivindicaciones sociales no tenían cabida en sus mentes fijas y básicas. Aún así, empujados por la presión interna de la sociedad que reclamaba un cambio político, pero sobre todo, por la presión internacional encabezada por unos Estados Unidos encargados de remodelar la nueva Europa que se quedaba tras la Segunda Guerra Mundial, fueron los que «apadrinaron» el inicio de un proceso de transición. De esta manera los poderes «tradicionales» aceptaron a regañadientes y sin dejar ni una sola de sus convicciones ideológicas, dejar entrar a otras opciones y ceder a algunas concesiones. Así el PSOE y el PC dejaron la clandestinidad y pasaron a ser compañeros de los poderes clásicos. Así mismo, el llamado «café para todos» dio paso al sistema pseudo federal autonómico, un quiero y no puedo cargado de incoherencias y asimetrías, culminado en la actual Constitución de 1978. Esta era teóricamente un punto de partida para que la sociedad pudiera por si misma continuar el proceso, pero nos hemos quedado en el limbo, en una transición política permanente que no acaba de cuajar.

    El sistema

    España se gobierna desde entonces por un sistema que si bien cuenta —contaba— con la aceptación mayoritaria tanto del propio pueblo como reconocimiento internacional, con el tiempo se ha visto que minimiza y desvirtúa la participación del ciudadano, tanto para elegir representantes como para el reparto de escaños. Además, la legislación para recoger iniciativas populares no es útil en la práctica. En definitiva, está muy alejado de los principales países de su entorno como Francia, Alemania, Gran bretaña incluso Italia —ni hablar ya de Suiza o de los países nórdicos—. Un sistema que como se nos dijo desde el principio, estaba ideado para crear «mayorías sólidas» que pudieran gobernar sin obstáculos. Aún con todo, el sistema alberga la posibilidad de que el pueblo, una vez mínimamente organizado, pueda modificarlo. Han tenido que pasar varias décadas para lograr que por fin esa gobernabilidad que no era otra cosa que potestad e impunidad para ordenar decretazos, tuviera su freno mediante la única opción posible que es la de un partido político diseñado —teóricamente— para tal fin. Por supuesto, los poderes aquellos, los «de siempre», no les cabe en la cabeza que su posición privilegiada otorgada por «derecho divino» pueda cambiar.

    Huida hacia adelante

    Pero precisamente por esto, todos los nacionalismos sean del color que sean, se definen precisamente por la creencia en un dogma abstracto al que le conceden total supremacía. Concepto bajo el que supeditan todas las demás cuestiones. Para que la jerarquía gobernante pudiera continuar lamiendo las mieles del poder, tuvo que adaptarse la situación y dejar que otras jerarquías locales tuvieran mayor poder de actuación. En definitiva, como ocurre otras veces cuando de manera no vigilada o bajo intereses distintos a los de representar a la sociedad, la ausencia de un poder conlleva la aparición de otro, no necesariamente mejor. El nacionalismo «españolista» fue sustituido por otro «catalanista», más local, más cercano indudablemente, pero igual de autoritario aunque no tuviese un ejército detrás. Esta dejadez o irresponsabilidad por ignorar un problema que tal vez no entendían pero les permitía continuar privilegiados, permitió que las élites catalanistas a través del modelo autonómico y el reparto de escaños, tuvieran el poder legal suficiente como para controlar los poderes públicos, educación y medios de comunicación para así, diseñar un modelo de sociedad catalana basada en «la integración del acto contestatario dentro de los ritos de la vida social» (Enric Gonzalez,  El Mundo, 27-08-2017)

    La solución mágica

    En esta situación a mi también me gustaría independizarme de España. Tienen gran parte de razón los independentistas cuando hablan en estos términos. A una parte de mi le gustaría cerrar los ojos y que al volverlos a abrir nada de esto fuera así. Me gustaría decir una palabra mágica, algo así como «voy a votar que quiero ser independiente» y que todos estos problemas desapareciesen. Me gustaría poder decir «que se pare España que me bajo». Pero a otra parte de mí sabe que esto no es más que una fantasía, que los problemas hay que hacerles frente, haciendo uso de las herramientas existentes, que son pocas, pero existen. Y si no existen, se fabrican. En lugar de seguir este camino, en Cataluña se ha gobernado durante décadas siguiendo las mismas pautas, colocando como fuente de todos los males siempre al mismo protagonista y sin proponer ni una solución. Diseñando un modelo basado en la creación de un enemigo imaginario en el sentido de que no es enemigo de la sociedad catalana, sino enemigo de la sociedad misma, un problema que compartimos todos los españoles pero que en Cataluña se ha utilizado para justificar una posición privilegiada de una clase dirigente local, que no es mejor que ninguna otra e igual de mala que cualquiera que usa mentiras para pretender legitimarse y a enemigos escogidos como culpables de todo y así evitar la obligación de proponer soluciones.

    El día después [actualizado 6/oct/2017]

    Los actos del propio día de esa pantomima llamada «autoreferendum» y los de los días posteriores definen la actual situación esperpéntica. Por un lado, a esa jerarquía autoritaria que sólo conoce como solución aplicar la fuerza coactiva del estado, ya sea para vigilar a punta de pistola a controladores aéreos como para impedir algo que por ilegal y absurdo que fuere, era completamente inofensivo. Por otro, a unos estrategas mediáticos que han manipulado a su población para poner delante de policías que cumplen ordenes a ciudadanos, incluidos niños y ancianos. En resumen, la orden de enviar a la policía fue un completo error, por capacidad y respaldo legal que tuvieran para hacerlo. Un error político de los que no han sabido desde hace décadas, ni saben, ni por lo visto sabrán, manejar un conflicto el cual no han hecho más que alimentar desde entonces. Ahora bien, una vez dada la orden, la decisión de no acatarla y formar barricadas humanas, demuestra la falta de ética de los políticos catalanistas y también, de su perfecto conocimiento de las carencias de sus adversarios, anticipando su respuestas y preparándose para la foto.

      martes, 19 de septiembre de 2017

      Carencia de innovación

      ¿En qué aspectos hemos evolucionado socialmente? ¿qué desarrollos significativos científicos, educativos o de cualquier otro ámbito se han sucedido? Burbujas tecnológicas, inmobiliarias, crisis, mediocridad social, política, educativa, etc. El cambio más significativo se ha dado alrededor de las comunicaciones, que es poco más que el uso de tecnología existente hace décadas para crear un enorme mercado que mantiene sumida a la población absorta frente a las pantallas de sus dispositivos, mientras varios monopolios recopilan datos que usaran de nuevo para «fidelizar» todavía más al usuario. No existen grandes proyectos de estado, la época de la construcción de canales o transbordadores espaciales ha pasado al olvido y todo se ha de mover a base de proyectos de crowd-funding.

      Afortunadamente la reciente aparición de compañías privadas como SpaceX, Virgin Galactic Blue Origin —incluso tenemos cerca la agradable sorpresa de la española PLD Space recientemente contratada por la ESA gracias a su propuesta innovadora de micro-proyectos espaciales— han roto la norma del ansia del beneficio inmediato tan característica del mercado clásico, y arrojan algo de esperanza al panorama compitiendo en una nueva carrera —esta vez con un trasfondo mucho más positivo y productivo— con agencias gubernamentales como la NASA. Sin embargo, a pesar del atisbo de optimismo que la situación aparenta presentar, conviene no olvidar cuáles son las amenazas que continúan vigentes. El siguiente es un artículo publicado a finales del año 2011 del escritor de ciencia-ficción Neal Stephenson acerca de este progresivo deterioro científico e innovador que la sociedad en la que vivimos viene sufriendo y del relevante papel que desempeña el mundo actual permanentemente conectado, el cual en ocasiones genera una ilusión de certeza que resulta perjudicial para tomar riesgos y buscar nuevas metas. Sirva con este propósito el siguiente texto del citado autor, traducido por el que escribe las líneas de esta pequeña introducción.

      Carencia de innovación (Innovation Starvation)

      Por Neal Stephenson (acceso al artículo original )


      Representación de un simbólico «árbol de de las ideas» yermo
      [Imagen: Marshall Hopkins]

      Mi vida abarca la época en la que Estados Unidos de América fue capaz de lanzar seres humanos al espacio. Algunos de mis recuerdos más tempranos son los de estar sobre una alfombra de rizo ante una enorme televisión en blanco y negro, viendo las primeras imágenes de la misión Géminis. Este verano, a la edad de 51 años —apenas puede decirse viejo— observé en una pantalla plana el momento en el que el último transbordador espacial despegaba de la plataforma. He seguido el decrecimiento del programa espacial con tristeza, incluso amargura. ¿Dónde está mi estación espacial en forma de donut? ¿Dónde está mi billete para Marte? Durante todo este tiempo he mantenido ocultas mis impresiones, hasta hace poco. La exploración espacial siempre ha tenido sus detractores. Quejarse de su fallecimiento es exponerse a los ataques de aquellos que no se identifican con un hombre blanco burgués de mediana edad estadounidense, que no ha visto sus fantasías de infancia cumplidas.

      Sin embargo, me preocupa que la incapacidad de igualar los logros del programa espacial de los años 60 pudiera ser síntoma de un fracaso general de nuestra sociedad para la realización de grandes logros. Mis padres y abuelos fueron testigos de la creación del avión, el automóvil, la energía nuclear y la computadora, por nombrar sólo algunos ejemplos. Los científicos e ingenieros que llegaron a la mayoría de edad durante la primera mitad del siglo XX, podían esperar del futuro la construcción de soluciones que resolverían viejos problemas como reformar el paisaje, apuntalar la economía y proporcionar puestos de trabajo para la burguesa clase media, que fueron la base de la estable democracia que tenemos.

      El derrame de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon de 2010 cristalizó mi sensación de que hemos perdido la capacidad de hacer cosas de gran envergadura. La crisis petrolera de la OPEP fue en 1973, hace casi 40 años. Entonces ya era una obvia locura permitir que Estados Unidos se convirtiera en rehén económico de cierta clase de países como las de aquellos donde se producía petróleo. Esto llevó a la propuesta de Jimmy Carter del desarrollo de una enorme industria de combustibles sintéticos en suelo americano. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre los méritos de la presidencia Carter o de esta propuesta en particular, fue al menos un esfuerzo serio para abordar el problema.

      Poco se ha escuchado sobre el tema desde entonces. Se ha estado hablando de parques eólicos, energía de las mareas y energía solar durante décadas. Se han hecho algunos progresos en esos ámbitos, pero la energía se sigue basando en el petróleo. En mi ciudad, Seattle, un proyecto planeado hace 35 años sobre la ejecución de una línea de tren ligero a través del lago Washington, está siendo bloqueado por una iniciativa ciudadana. Frustrada o interminablemente retrasada en sus esfuerzos por construir, la ciudad avanza a duras penas con un proyecto para pintar carriles para bicicletas en el pavimento de las calles.

      A principios de 2011 participé en una conferencia llamada Future Tense, en la cual lamenté el declive del programa espacial tripulado, aunque la conversación acabo pivotando hacia la energía, lo que indica que el verdadero problema no son los cohetes. Es esta —la energía— nuestra gran y amplia incapacidad como sociedad para llevar a cabo grandes proyectos. De una manera totalmente fortuita, había tocado un punto sensible. La audiencia de Future Tense estaba más segura que yo de que la ciencia-ficción [CF] tenía relevancia —incluso utilidad— para abordar el problema. Escuché dos teorías sobre por qué:
      1. La Teoría de la Inspiración. La CF inspira en la gente la elección de carreras relacionadas con ciencia y tecnología. Esto es indudablemente cierto, ademas de obvio.
      2. La Teoría de los Jeroglíficos. La buena CF proporciona una imagen plausible, totalmente elaborada de una realidad alterna en la cual se ha producido algún tipo de innovación significativa. Un buen universo de CF tiene una coherencia y una lógica interna que los científicos e ingenieros pueden valorar. Los ejemplos incluyen los robots de Isaac Asimov, los cohetes de Robert Heinlein y el ciberespacio de William Gibson. Como dice Jim Karkanias de Microsoft Research, tales iconos sirven como jeroglíficos: símbolos simples y reconocibles en cuya significación todos están de acuerdo.
      Investigadores e ingenieros se han visto a si mismos concentrándose en temas cada vez más y más específicos a medida que la ciencia y la tecnología se hacía más complicada. Las grandes compañías o laboratorios tecnológicos emplean cientos o miles de personas para que cada una de ellas se dedique a manejar tan sólo una ínfima parte del proyecto general. La comunicación entre ellos puede llegar a convertirse en un maremágnum de correos electrónicos y powerpoints. La afición que muchas de estas personas tienen por la CF es en parte síntoma de la necesidad de encontrar un marco común que les facilite a ellos y a sus colegas, una visión general. Pretender coordinar todos estos esfuerzos a través del clásico sistema basado en la autoridad y control, es casi como intentar dirigir toda una economía moderna desde el Kremlin. Conseguir trabajar sin trabas de manera independiente pero enfocados hacia metas comunes es en gran medida mucho más parecido a un mercado libre y auto-organizado de ideas.

      EXPANDIENDO LAS ÉPOCAS

      La CF ha cambiado a lo largo de todo este tiempo —desde los 50 (la era del desarrollo de la energía nuclear, aviones a reacción, la carrera espacial y la computadora) hasta ahora—. En líneas generales, el tecno-optimismo de la Edad de Oro de la CF ha dado paso a una ficción escrita en un tono generalmente más oscuro, más escéptico y ambiguo. Yo mismo he tendido a escribir mucho sobre arquetipos de hackers tramposos que explotan las capacidades ocultas de sistemas sofisticados, ideados por otros igualmente sin rostro.

      Creyendo haber alcanzado el máximo progreso en cuanto a tecnología, buscamos llamar la atención sobre sus efectos secundarios destructivos. Algo que resulta absurdo si te tiene en cuenta que estamos todavía atados a tecnologías vetustas de 1960 como la de los destartalados reactores de Fukushima, en Japón, teniendo en el horizonte la posibilidad de la energía limpia de la fusión nuclear. El desarrollo de nuevas tecnologías y su implementación a escalas heroicas ya no es una preocupación infantil de unos cuantos empollones con reglas de cálculo, sino un imperativo. Es la única manera de que la raza humana escape de sus aprietos actuales. Lástima que hayamos olvidado cómo hacerlo.

      «¡Ustedes son los que han bajado el ritmo!», proclama Michael Crow, presidente de la Universidad Estatal de Arizona (y otro de los oradores de Future Tense). Se refiere, por supuesto, a los escritores de CF. Científicos e ingenieros, parece estar diciendo, están preparados y buscando nuevas cosas para desarrollar. Es hora de que los escritores de CF comiencen a mostrar su valía creando grandes visiones que aporten un sentido. De ahí el Proyecto Jeroglífico, una iniciativa para crear una nueva antología de CF que de alguna manera pueda convertirse en una vuelta consciente al tecno-optimismo práctico de la Edad de Oro.

      CIVILIZACIONES DEL ESPACIO

      China es frecuentemente citada como un país involucrado en grandes proyectos, y no hay duda de que están construyendo presas, sistemas ferroviarios de alta velocidad y cohetes a un ritmo extraordinario. Pero no son fundamentalmente innovadores. Su programa espacial, al igual que todos los demás países (incluido el nuestro), es sólo una imitación del realizado hace 50 años por los soviéticos y los estadounidenses. Un programa realmente innovador implicaría asumir riesgos (y aceptar fracasos) para ser pionero en algunas de las tecnologías de lanzamiento espacial alternativas que han sido promovidas por investigadores de todo el mundo durante las décadas dominadas por los cohetes.

      Imagínense una fábrica de pequeños vehículos de producción en masa, no más grandes y complejos que un refrigerador, surgidos de una cadena de montaje, con toda su apretada carga al máximo y hasta los topes de hidrógeno líquido no contaminante como combustible, para ser posteriormente expuestos a un intenso calor concentrado proveniente de una batería terrestre de láseres o antenas de microondas. Calentados a temperaturas más allá de lo que una reacción química puede lograr, el hidrógeno emerge de una boquilla en la base del dispositivo y los lanza disparados por la atmósfera. Con el vuelo trazado por los láseres o microondas, el vehículo se eleva en órbita, llevando una carga útil más grande en relación a su tamaño de lo que un cohete químico podría manejar, pero manteniendo contenidas la complejidad, los gastos y el esfuerzo necesarios. Durante décadas, esta ha sido la visión de investigadores como los físicos Jordin Kare y Kevin Parkin. Una idea similar, utilizando un pulso de láser desde tierra dirigido a la parte trasera de un vehículo espacial como detonante del combustible, era sugerida por Arthur Kantrowitz, Freeman Dyson y otros eminentes físicos a principios de los años sesenta.

      Si suena demasiado complicado, entonces considérese la propuesta de 2003 de Geoff Landis y Vincent Denis sobre construir una torre de 20 kilómetros de altura usando simples vigas de acero. Los cohetes convencionales lanzados desde su cima podrían transportar el doble de carga útil que lanzados desde el suelo. Incluso abundan las investigaciones, que datan desde Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la astronáutica a partir de finales del siglo XIX, para demostrar que una simple cuerda —de gran longitud con el extremo puesto en órbita alrededor de la Tierra— podría ser utilizada para extraer cargas útiles hacía la atmósfera superior y ponerlas en órbita sin necesidad de motores de ningún tipo. La energía sería bombeada al sistema usando un proceso electrodinámico sin partes móviles.

      Todas son ideas prometedoras, del tipo de las que llevaban a generaciones pasadas de científicos e ingenieros a sentir entusiasmo por sus proyectos de construcción.

      Pero para comprender lo alejada que nuestra mentalidad actual está de ser capaz de intentar innovar a gran escala, considérese el destino de los tanques externos del transbordador espacial [TE]. Dejando a un lado el vehículo en sí mismo, el TE era el elemento más grande y prominente del transbordador espacial mientras estaba en la plataforma de lanzamiento. Permanecía unido a la lanzadera —o más bien habría que decir que es la lanzadera la que permanecía unida a él— mucho después de que los dos impulsores suplementarios hubieran caído. El TE y el transbordador permanecían conectados todo el trayecto fuera de la atmósfera y en el espacio. Sólo después de que el sistema hubiera alcanzado la velocidad orbital era desechado el tanque dejándolo caer en la atmósfera, donde era destruido en la reentrada.

      A un costo marginal modesto, los TE podrían haberse mantenido en órbita indefinidamente. La masa del TE en la separación, incluyendo los propelentes residuales, era aproximadamente el doble de la mayor carga útil posible del Shuttle. No destruirlos habría triplicado la masa total lanzada en órbita por el transbordador. Los TE podrían haber sido conectados para formar unidades que habrían humillado a la Estación Espacial Internacional actual. El oxígeno e hidrógeno residuales que fluyen a su alrededor podrían haberse combinado para generar electricidad y producir toneladas de agua, una mercancía que es muy cara y deseable en el espacio. Pero a pesar del duro esfuerzo y la apasionada defensa de los expertos espaciales que deseaban ver los tanques puestos en uso, la NASA —por razones tanto técnicas como políticas— envió a cada uno de ellos a una ardiente destrucción en la atmósfera. Visto de manera simbólica, dice mucho sobre las dificultades de innovar que existen en otros ámbitos.

      EJECUTANDO GRANDES PROYECTOS

      La innovación no puede darse sin aceptar el riesgo que conlleva la posibilidad del fallo. Las vastas y radicales innovaciones de mediados del siglo XX tuvieron lugar en un mundo que, en retrospectiva, resulta increíblemente peligroso e inestable. Las posibles consecuencias que la mente de nuestro tiempo identifica como serias amenazas podrían no ser tan graves —suponiendo que hayan sido tan siquiera tenidas en cuenta— por personas habituadas a grandes crisis económicas, guerras mundiales y a la Guerra Fría, en tiempos en los que los cinturones de seguridad, los antibióticos y muchas vacunas no existían. La competencia entre las democracias occidentales y las potencias comunistas obligó a las primeras a empujar a sus científicos e ingenieros al límite de lo que podían imaginar y suministraron una especie de red de seguridad en caso de que sus esfuerzos iniciales no dieran resultado. Un canoso veterano de la NASA me dijo una vez que los aterrizajes en la luna del Apolo fueron el mayor logro del comunismo.

      En su reciente libro Adapt: Why Success Always Starts with Failure (Adáptate: ¿Por qué el éxito siempre comienza con el fracaso?), Tim Harford describe el descubrimiento por parte de Charles Darwin de una amplia variedad de especies distintas en las Islas Galápagos, situación que contrasta con el esquema que se observa en los grandes continentes, donde los experimentos evolutivos tienden a ser minimizados a través de una especie de consenso ecológico por el cruce entre especies. El «aislamiento de las Galápagos» frente a la «jerarquía corporativa impaciente» es el contraste establecido por Harford en la evaluación de la capacidad de una organización para innovar.

      La mayoría de las personas que trabajan en corporaciones o instituciones académicas han presenciado algo como lo siguiente: un grupo de ingenieros están sentados juntos en una habitación, intercambiando ideas entre si. De la discusión emerge un nuevo concepto que parece prometedor. Entonces, una persona con un ordenador portátil en una esquina, después de haber realizado una rápida búsqueda en Google, anuncia que esta «nueva» idea es, de hecho, antigua —o al menos vagamente similar— y ya ha sido probada. O falló, o lo logró. Si falló, entonces ningún gerente que quiera mantener su trabajo aprobará gastar dinero tratando de revivirlo. Si se logra, entonces es patentado y se supone que la entrada en el mercado es inalcanzable, ya que las primeras personas que piensan en ella tendrán la «ventaja del primer movimiento» y habrán creado «barreras competitivas». El número de ideas aparentemente prometedoras que se han aplastado de esta manera debe rondar los millones.

      ¿Que hubiera pasado si esa persona del rincón no hubiera sido capaz de encontrar nada en Google? Se habrían necesitado semanas de investigación en la biblioteca para encontrar alguna evidencia de que la idea no era totalmente nueva, después de un largo y penoso trabajo rastreando muchas referencias en un montón de libros, algunas relevantes, otras no. Una vez hallado, el precedente podría no haber parecido tan precedente directo después de todo. Podrían haber motivos por los que valiese la pena una revisión de la idea, tal vez hibridándola con innovaciones de otros campos. De aquí las virtudes del aislamiento de las Islas Galápagos.

      La contrapartida del aislamiento «galapagüeño» es la lucha por la supervivencia en un gran continente, donde los ecosistemas firmemente establecidos tienden a desdibujar y absorber las nuevas adaptaciones. Jaron Lanier, informático, compositor, artista visual y autor del reciente libro You are Not a Gadget: A Manifesto (Contra el rebaño digital: Un manifiesto), tiene algunas claves sobre las consecuencias no deseadas de Internet —el equivalente informativo de un gran continente— sobre nuestra capacidad para correr riesgos. En la era pre-internet, los gerentes de empresas se veían obligados a tomar decisiones basadas en lo que sabían era información limitada. Hoy en día, por el contrario, los gerentes disponen de flujos de datos en tiempo real desde tal cantidad de innumerables fuentes que no podían ni tan siquiera imaginar un par de generaciones atrás, y poderosas computadoras procesan, organizan y muestran los datos en maneras que van tanto más allá de los gráficos confeccionados a mano de mi juventud como los actuales videojuegos modernos se corresponden con el tres-en-raya. En un mundo donde los tomadores de decisiones están tan cerca de ser omniscientes, es fácil ver el riesgo como un pintoresco artefacto de un pasado primitivo y peligroso.

      La ilusión de poder eliminar la incertidumbre de la toma de decisiones corporativa no es sólo una cuestión de estilo de gestión o preferencia personal. En el entorno legal que se ha desarrollado alrededor de las corporaciones que cotizan en bolsa, los directivos no tienen motivación ni interés alguno de asumir cualquier riesgo del que tengan conocimiento —o, en la opinión de algún jurado futuro, de cualquiera que debiera haber previsto— ni aunque tengan alguna corazonada de que la apuesta pudiese ser rentable a largo plazo. No existe el «largo plazo» en las industrias impulsadas por el próximo informe trimestral. La posibilidad de alcanzar beneficios gracias a alguna innovación es sólo eso, una mera posibilidad que no tendrá tiempo de materializarse antes de que los accionistas minoritarios comiencen a emitir sus citaciones de demanda judicial.

      La creencia de hoy en la ineluctable certeza es el verdadero asesino de la innovación de nuestra época. En este entorno, lo mejor que un gerente audaz puede hacer es desarrollar pequeñas mejoras a los sistemas existentes —dándolo todo en cada paso, por así decirlo, hacia un máximo local, recortado lo sobrante, aprovechando toda pequeña innovación— como hacen los urbanistas al pintar carriles bici en las calles como un intento de solucionar los problemas energéticos. Cualquier estrategia que implique cruzar un valle —es decir, aceptar pérdidas a corto plazo para alcanzar un objetivo más alto pero lejano— pronto será bloqueada por las demandas de un sistema que celebra ganancias a corto plazo y tolera el estancamiento, quedando el resto sentenciado al fracaso. En resumen, un mundo donde las grandes ideas no pueden ser realizadas.


      *****
      *****

      Neal Stephenson es autor del techno-thriller REAMDE (2011), así como la epopeya histórica de tres volúmenes Ciclo barroco —Azogue (2003), La Confusión (2004) y El Sistema del Mundo (2004) además de las novelas Anatema (2008), Criptonomicón (1999), La era del diamante (1995), Snow Crash (1992) , y Zodíaco (1988). También es el fundador de Jeroglífico, un proyecto de escritores por una ciencia-ficción que represente mundos futuros en los que los grandes proyectos sean posibles


      [Artículo adaptado del publicado originalmente en el blog Al final de la Eternidad]