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miércoles, 20 de agosto de 2025

Cuando la cultura duele

miércoles, 20 de agosto de 2025


Trabajo publicado en ResearchGate: DOI


¿Qué nos hace ser como somos? Durante mucho tiempo se pensó que las dos fuerzas que dibujaban nuestro destino seguían caminos separados: la genética como manual biológico que marca lo esencial, y la cultura como escritura paralela sobre ese guion. La primera pone las bases; la segunda nos permite aprender, adaptarnos y evolucionar a un ritmo que la biología por sí sola jamás alcanzaría.

La cultura es fruto de una combinación de capacidades humanas: la cognitiva y la simbólica, originalmente desarrolladas como mecanismos de adaptación al entorno. Sin embargo, esas mismas facultades terminaron transformándolo hasta tal punto que ya no necesitamos adaptarnos a él del mismo modo que al principio. La biología quedó rezagada en un mundo que se desfiguraba, mientras la humanidad elaboraba un sistema paralelo de transmisión de información —lenguaje, costumbres, tecnología— que nos permitió una adaptación vertiginosa a los cambios que nosotros mismos desencadenábamos. Sin embargo, ni la biología ni la cultura por sí solas logran explicar plenamente la adaptación humana.

Pero ¿y si la frontera entre biología y experiencia no fuera tan clara como se ha querido representar? Tal vez nuestra ignorancia sobre ciertos mecanismos biológicos ha hecho que pasemos por alto hasta dónde llega realmente su influencia. En algunas especies, por ejemplo, se observa cómo ciertas conductas aparecen de forma automática poco después del nacimiento, integrándose en su repertorio instintivo. Aquí es donde la ciencia moderna está desvelando un puente fascinante entre ambos mundos: un mecanismo biológico que permite que factores ambientales —desde la dieta y el estrés hasta las interacciones sociales— dialoguen directamente con nuestro código genético.

Esta tercera vía, que conecta nuestra herencia con nuestra historia personal, es la epigenética. Este mecanismo biológico permite que los seres vivos, incluidos los seres humanos, se adapten a las circunstancias sin necesidad de un aprendizaje consciente. Sin embargo, lo que en el pasado fue un mecanismo de adaptación, en el mundo que hemos construido puede dar lugar también a respuestas disfuncionales. La ciencia ha reservado para ese fenómeno una etiqueta concreta: el trauma.

Por tanto, si bien la epigenética no altera las palabras de nuestro libro genético, sí decide qué capítulos se leen en voz alta y cuáles permanecen en silencio. Actúa como un conjunto de interruptores que, sin cambiar la estructura fundamental de nuestro ADN, modula su expresión para adaptarnos mejor al mundo que nos toca vivir. Este descubrimiento nos abre a una metáfora poderosa para entender nuestra propia existencia: la idea de que el ADN es, en realidad, la partitura de la vida.

La partitura de la vida

Se ha descrito al ADN como una molécula compleja que, mediante mutaciones aleatorias y selección natural, adquirió la capacidad de autorreplicarse y dar origen a la vida. Sin embargo, la información genética de esta molécula necesita ser interpretada y ajustada en cada individuo. Aquí entra en juego la epigenética: un conjunto de mecanismos bioquímicos que, sin alterar la secuencia del ADN, lo «instancia» en cada ser vivo. Factores como la dieta, el estrés o las interacciones sociales actúan como señales que permiten a la epigenética «activar» o «silenciar» genes específicos. Esta plasticidad fue una ventaja evolutiva crucial, pues permite adaptar la expresión genética al entorno concreto en el que un organismo nacerá y crecerá.

Siguiendo una poderosa metáfora musical, podemos decir que el ADN es la partitura donde está escrita la sinfonía de la vida. Pero una partitura, por sí sola, es inerte; necesita de un intérprete que la convierta en sonido. Ese intérprete biológico es la epigenética, que «moldea» la información del ADN para adecuarla a su auditorio: el entorno. Al igual que un músico ajusta su interpretación a la acústica de la sala o a la reacción del público, la epigenética «escucha» las señales del ambiente para decidir qué notas genéticas enfatizar y cuáles amortiguar, logrando así que la melodía de la vida se adapte con la mayor eficiencia posible.

Por tanto, además de las mutaciones aleatorias en los genes, el posterior proceso de selección natural determinado por la supervivencia y la reproducción puede influir en el resultado final a través de otros factores, no solo en el momento de la fecundación, sino el de la posterior gestación y desarrollo vital del sujeto. Debido a esto, la especie humana ha mostrado una gran variación morfológica[1], aparentemente debido a los diferentes entornos de la geografía terrestre. Estas variaciones en cuanto a color de piel, de ojos o tamaño físico, entre otras, se les llaman fenotípicas[2] y se considera que surgen en función del ambiente, aunque los mecanismos no están todavía completamente claros. Las posibilidades van desde la deriva genética, por la que una mutación azarosa podría perdurar en un ambiente aislado aunque no fuera especialmente favorable, hasta la propia selección sexual[3], por la que unos rasgos culturales aceptados como atractivos o deseables, se verían favorecidos en la reproducción. 

La epigenética también es otro factor a tener en cuenta: aunque no está comprobado que las características adquiridas sean heredables, un cierto entorno cultural persistente podría mantener una impronta en la manifestación genética en las sucesivas generaciones que crezcan bajo esas mismas condiciones[4]. En resumen, la epigenética sería una capa adicional en la que el entorno puede «modular» la expresión de nuestra herencia genética, de manera que no solo los factores ambientales, sino también los culturales —como el estilo de vida, las relaciones sociales o incluso los traumas— pueden dejar una huella duradera en la biología de un individuo.

De hecho, se ha sugerido que experiencias traumáticas no tratadas pueden transmitirse a lo largo de generaciones, afectando la salud mental y física de los descendientes[5]. Esto convierte a la epigenética en un terreno fértil para repensar problemas sociales como la desigualdad, la pobreza crónica o incluso el clima emocional colectivo. Así, una sociedad atravesada por el miedo, la inseguridad o el estrés estructural no solo estaría moldeando subjetividades, sino también —potencialmente— la configuración biológica de las siguientes generaciones. 

Si bien su carácter hereditario —influencia transgeneracional—no está comprobado —algunos estudios de hecho, apuntan a que los mecanismos operan en sentido contrario, precisamente para evitar la transmisión de características que no serían adecuadas a nuevos entornos[6]— otras investigaciones, sin embargo, continúan explorando los posibles mecanismos moleculares a través de los cuales esta herencia podría ocurrir, sugiriendo que el debate científico sigue abierto[7]

Independientemente de esta discusión, lo que es innegable y de enorme relevancia es la influencia intergeneracional: las condiciones ambientales vividas por una madre durante la gestación (como el estrés o la dieta) afectan directamente al desarrollo del feto, dejando marcas epigenéticas duraderas en su descendencia. Esta influencia, sumada a la que ejerce un entorno cultural persistente que puede replicar las mismas marcas en cada generación, le otorga al epigenoma una importancia imposible de ignorar.

Las primeras herramientas creadas por los humanos no llegaban a modificar el entorno, sin embargo, sí cambiaban nuestra relación con él, de manera que se formó un bucle de realimentación evolutiva mutuamente influyente. Esta cultura primitiva, impulsada por la tecnología, se perfeccionó hasta un punto de inflexión: empezamos a crear un mundo artificial. Fue entonces cuando la cultura se transformó en algo nuevo, más complejo y de un alcance sin precedentes, imponiendo una presión selectiva novedosa que ya no provenía de la naturaleza, sino de nuestra propia creación. 

Mientras la presión del entorno natural disminuía, emergía una nueva presión artificial o cultural. Nuestra biología genética, adaptada a un ritmo evolutivo lento, no podía seguir la velocidad de estos cambios. Es aquí donde mecanismos de adaptación más rápidos, como la epigenética, pudieron cobrar un protagonismo esencial. Por tanto, aunque no se conocen todos los mecanismos precisos, resulta irresponsable ignorar la repercusión directa que la cultura humana —incluyendo las primeras manifestaciones de herramientas construidas por los homínidos— tiene sobre nuestra biología, hasta el punto de que podríamos estar asistiendo a nuestra propia autodomesticación como especie.

Investigaciones sobre este ámbito sugieren que los «humanos anatómicamente modernos», en contraste con nuestros parientes extintos como los neandertales, exhibimos rasgos característicos del llamado «síndrome de domesticación», análogos a los observados en animales domesticados: un perfil craneofacial más grácil y juvenil, reducción del prognatismo — menor proyección de la mandíbula hacia adelante— y del tamaño de los dientes, y una disminución general del dimorfismo sexual. La hipótesis principal es que este cambio fue impulsado por una selección a favor de la prosocialidad —sociabilidad— y en contra de la agresión reactiva; es decir, nos «amansamos» a nosotros mismos para poder cooperar en sociedades cada vez más complejas y tecnológicamente dependientes. En este sentido, la cultura no solo fue un producto de nuestra mente, sino que se convirtió en la principal fuerza que modela nuestra evolución reciente[8].

Si este entorno cultural puede moldear nuestra biología a escala evolutiva, generando cambios anatómicos y de comportamiento a lo largo de generaciones, es lógico pensar que las experiencias ambientales intensas y directas tienen un poder aún más inmediato sobre la biología de un individuo. El mismo sistema de plasticidad biológica que permite la adaptación a largo plazo es también vulnerable a las huellas de eventos agudos. Es en esta confluencia donde la «interpretación» de la partitura genética se ve alterada de la forma más dramática. La huella que deja el entorno no es una sutil modulación, sino una nota discordante y persistente que puede distorsionar la melodía de una vida: el trauma.

La subjetividad del trauma

Imagina a un niño pequeño que queda encerrado en un ascensor. Aunque logre salir sin sufrir daño físico, la experiencia puede dejarle una huella persistente: miedo o incluso pánico cada vez que tenga que entrar en uno. Esa reacción automática —sudoración, bloqueo físico, ansiedad intensa— no responde a un peligro real, pero se activa como si lo fuera[9]. En psicología, a este fenómeno se le conoce en concreto como trauma[10]. Este se entiende como una respuesta automática e involuntaria del organismo ante ciertos eventos que lo «disparan». Estas reacciones suelen remontarse a un suceso pasado que dejó una huella profunda y difícil de borrar. 

El rango de situaciones es amplio, pero la probabilidad de adquirir un problema de este tipo es directamente proporcional a lo impactante del suceso e inversamente proporcional a la edad: a menor edad, más fáciles o más leves pueden ser las experiencias que generen este efecto. De hecho, es conocido que cualquier humano en sus primeros años ha de recibir afecto y calidez emocional en su cuidado. La simple ausencia de afectividad en estas etapas puede causar la enfermedad del infante e incluso su fallecimiento[11]Efectivamente, como la persona que lea este trabajo habrá imaginado, los traumas se consolidan en los individuos a través de mecanismos epigenéticos[12], En otras palabras: la experiencia no solo queda registrada en la memoria psicológica, sino también en los interruptores moleculares que regulan la expresión de los genes, fijando esa huella como una respuesta automática.

En un entorno natural, este mecanismo tenía un claro valor adaptativo: generaba respuestas rápidas ante peligros reales del ambiente. Pero en el mundo artificial que hemos construido, los estímulos cambian de naturaleza. Así, ascensores, tráfico o incluso la vida urbana pueden activar respuestas que ya no resultan útiles, sino desadaptativas. Ahora bien, como se puede observar, la circunstancia que lo califica como tal es debida únicamente a que los ascensores son un elemento habitual en nuestras sociedades. Es decir, que  el «factor trauma» está condicionado por la cultura y la tecnología usada en dicho ámbito. Es por tanto un criterio subjetivo. Esta circunstancia hace plantearse la posibilidad de que puedan existir otros factores que, si bien quedan fuera de dicha definición al no presentar un carácter patológico, sí que son consecuencia de interiorizar una experiencia siguiendo un mecanismo equivalente.  El campo de estudio, por tanto, no debería enfocarse únicamente en lo patológico, sino en lo sociológico. Es aquí donde la biología puede tender un puente entre la psicología y la sociología, solapando sus fronteras para ofrecer esta nueva perspectiva.

En función de lo visto, cabe preguntarse la inquietante cuestión de qué otros sucesos en el periodo de formación de un individuo podrían, en lugar de causar una respuesta desadaptativa al medio social en el que se desarrolla, sea adaptativa y, por tanto, haya pasado desapercibida. Por ejemplo, ¿Podrían ciertos modelos autoritarios o carentes de empatía dejar una impresión perdurable en los habitantes de manera que genere o catalice ciertas respuestas sociales que, sin embargo, se consideren de éxito? Tal vez los modelos de liderazgo o el mismo concepto de éxito social están influido por estos condicionantes, de una manera mucho más profunda y que sin duda, merecerían una mayor atención.

La construcción del individuo

La famosa frase atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek[13] —«resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo»— ilustra a la perfección cómo un entorno socio-cultural puede influir en las características de sus individuos. En la práctica, parece existir una incapacidad colectiva para concebir alternativas al sistema económico vigente, incluso en un Occidente en claro declive.

En contraste, en China un 70% de los jóvenes cree que vivirá mejor que sus padres[14]. Esto abre la pregunta: ¿acaso, al no haber pasado por los filtros culturales del capitalismo, su imaginación de futuros posibles sea distinta? Quizá las diferencias no se deban solo a la cultura, sino también a factores más profundos, moldeados por mecanismos biológicos que no se han considerado hasta ahora. Mientras que Occidente parece haber alcanzado un punto de inflexión en su ideario colectivo, la respuesta que China está teniendo a los problemas globales y a su propio impacto sobre ellos, dan muestra de que su cultura milenaria no ha llegado todavía a tal extremo.

Aunque las investigaciones en el campo epigenético no son concluyentes, abre un campo de posibles explicaciones a la actual situación y explicaría las diferencias de comportamiento. Si bien sus implicaciones serían reversibles al no persistir en la herencia genética, no parece haber impedimento a pensar que un entorno cultural persistente pueda acabar modelando el comportamiento automático o instintivo, como un filtro supuestamente protector,  afectando de manera significativa a porcentajes importantes de la población. Si la epigenética muestra cómo la experiencia moldea al individuo, cabe preguntarse si entornos culturales persistentes podrían hacer lo mismo a escala colectiva.

Algunos estudios apuntan en este sentido y afirman que un entorno cultural —abiótico—persistente podría moldear la biología, no solo morfológicamente debido al cambio de hábitat, sino también a nuestro comportamiento en sociedad más allá de un cambio cultural externo (Seebacher & Krause, 2019) [15] . Estos cambios se evidenciarían en nuestra respuesta biológica interna, al estar condicionados a la activación inconsciente y automática de neurotransmisores que regulan nuestro comportamiento[16].

La buena, pero al mismo tiempo inquietante noticia, es que se puede postular que una vez se conozca este proceso teórico que podría llamarse de autodomesticación, sería factible configurar una intervención en él para evitar la propagación de culturas que no supongan un perjuicio para nuestra especie. De manera objetiva, podría decirse que se ajusten más a nuestro origen evolutivo del Paleolítico, sin renunciar a los progresos tecnológicos que la capacidad racional humana puede producir. Esto abre el debate, de nuevo, sobre si somos capaces de contener y moderar nuestra singularidad cognitiva. Esa misma singularidad que permite a la naturaleza crear, mediante el ingenio humano, soluciones que por sí sola no podría alcanzar, pero que al mismo tiempo puede ocasionar los más terroríficos problemas.

  


[1] Es lo que se ha denominado tradicionalmente como «raza», un término que se intenta evitar debido a que ha adquirido connotaciones negativas por las que se malinterpretaban estas diferencias.

[2] Steven Pinker, La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana (Barcelona: Paidós, 2003), 48.

[3] Ibíd, 241-242.

[4] Ibíd, 33-34.

[5] Sandro Casavilca-Zambrano et al., «Epigenética: la relación del medio ambiente con el genoma y su influencia en la salud mental», Revista de Neuro-Psiquiatría 82, no. 4 (2019): 266–273, https://doi.org/10.20453/rnp.v82i4.3648.

[6] Adrian Bird, «Transgenerational Epigenetic Inheritance: A Critical Perspective», Frontiers in Epigenetics and Epigenomics 2 (2024): 1434253, https://doi.org/10.3389/freae.2024.1434253.

[7] Yuqian Fan y Leping Li, «Transgenerational Epigenetic Inheritance: Potential Mechanisms and Implications for Human Health», Genes 13, no. 7 (2022): 1209, https://doi.org/10.3390/genes13071209.

[8] Constantina Theofanopoulou et al., «Self-domestication in Homo sapiens: Insights from comparative genomics», PLoS ONE 12, no. 10 (2017): e0185306, https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0185306 .

[9] Yuting Nie et al., «Emerging Trends in Epigenetic and Childhood Trauma: Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers in Psychiatry 13 (2022): 925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.

[10] Pinker, La tabla rasa, 243-244. Pinker relata en su obra el experimento de Harry Harlow con monos, donde se confirmaban los devastadores efectos de privar de contacto emocional a crías, replicando el terrible caso con el que Federico II sometió a unos recién nacidos.

[11] Yuting Nie et al., «Emerging Trends in Epigenetic and Childhood Trauma: Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers in Psychiatry 13 (2022): 925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.

[12] Este es uno de los motivos por los que se aconseja que no vayan personas de poca edad solas en los ascensores.

[13] Alejandro Bonada Chavarría, «Venimos a hablar de lo imposible, porque lo posible ya se ha hecho», Temas Antropológicos. Revista Científica de Investigaciones Regionales 40, no. 2 (2018): 139, https://www.redalyc.org/journal/4558/455859449008/html/. En este enlace, Bonada Chavarría hace referencia a esta cita como atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek.

[14] Jaime Santirso, «China ante el espejo de la ciencia ficción», El Mañana, 21 de Febrero de 2021, https://www.elmanana.com/suplementos/dominical/china-ante-el-espejo-de-la-ciencia-ficcion/5257762

[15] Frank Seebacher y Jens Krause, «Epigenetics of Social Behaviour», Trends in Ecology & Evolution 34, no. 9 (2019): 818–30, https://doi.org/10.1016/j.tree.2019.04.017.

[16] Pinker, La tabla rasa, 85.

      


Trabajo publicado en ResearchGate: DOI

lunes, 23 de diciembre de 2024

El mundo y sus demonios (Carl Sagan)

lunes, 23 de diciembre de 2024
Fragmento en inglés de la obra 'El mundo y sus demonios', de Carl Sagan

«La ciencia es más que un conjunto de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo el presentimiento de una América en la época de mis hijos o nietos, cuando Estados Unidos sea una economía de servicios y de la información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave se hayan ido a otros países; cuando los impresionantes poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público pueda siquiera entender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o de cuestionar con conocimiento de causa a los que tienen autoridad; cuando, aferrados a nuestras [bolas de cristal] y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslizamos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad. El embrutecimiento de Estados Unidos es más evidente en la lenta decadencia de los contenidos sustanciales en los medios de comunicación enormemente influyentes, en los bocados de sonido de 30 segundos (que ahora se reducen a 10 segundos o menos), en la programación del mínimo común denominador, en las presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia»

Carl Sagan (El mundo y sus demonios, 1995)

En este fragmento, el científico y apasionado divulgador, daba muestras de sus cualidades intuyendo y describiendo a dónde llevaban las tendencias que se observaban en las últimas décadas del Siglo XX en la economía, la política y la influencia de unos medios de comunicación dominados por aquellos que preferían difundir mensajes sencillos y creíbles, sin importar su procedencia o veracidad. Como se veía en el artículo anterior, el progresivo descrédito de la ciencia y de las instituciones, tal vez al fracasar en algunas de las promesas grandilocuentes que los intereses políticos de la Guerra Fría obligaron a anunciar que solucionarían la mayoría de los problemas del mundo, defraudaron a a una sociedad que se abandonó a la evasión y al autoengaño. Los resultados los estamos viendo en los líderes de las principales naciones occidentales que dudan de las vacunas o que no tienen reparos en usar noticias falsas para manipular a una cada vez más crédula población.

NOTAS: como Sagan diferencia entre Estados Unidos y «América», se ha mantenido la nota tal como la propuso el autor. Se entiende, por tanto, que cuando se refiere al nombre del continente, lo hace en el contexto de una situación fuera de sus fronteras. Las palabras entre corchetes se han traducido adaptadas a nuestro contexto.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

La ciencia y lo racional: limitaciones, adeptos y detractores.

miércoles, 27 de noviembre de 2024


Es habitual escuchar anécdotas de personas que creen que la Tierra es plana, que el ser humano no ha llegado a la Luna, que las vacunas no funcionan —o que son para implantarnos «chips» de pintorescas funcionalidades—, que las farmacéuticas nos engañan y solo quieren «hacer negocio» con las personas, que la nieve es falsa, que nos fumigan los aviones trazando bonitos surcos nubosos en el cielo, que el agua corriente tiene «químicos» para hacernos «algo», que la red de comunicaciones 5G es también, como la mayoría de las mencionadas, para provocarnos consecuencias que no deseamos las personas y que supuestamente obedecen algún tipo de interés, que solo beneficia a una elite «oculta» —reptilianos, illuminati— que suena plausible pero que es indemostrable, o que para hacerlo hay que hacer uso de la ciencia, de esa misma cuyo desconocimiento alimenta todas esas teorías.

La espiral de la desconfianza

Este círculo vicioso en el que un problema es amplificado por el desconocimiento de lo que puede solucionarlo, puede que haya comenzado en lo relacionado con el calentamiento global, sujeto a muchos intereses y dificultad para demostrar algunos de sus postulados, lo que ha sido aprovechado para que ciertos grupos de interés político los hayan llevado demasiado lejos, con el objetivo de poder justificar sus agendas. Si a esto se añade que la ciencia parecer servir principalmente a los estados nacionales o a los grandes poderes económicos, el resultado es una gran merma en su poder legitimador. Esta desconfianza tiene como consecuencias prácticas que la sociedad confunde conceptos básicos que agravan y dificultan todavía más, la salida de él. 

Uno de estos casos es el de confundir la parte con el todo. Como ejemplo, se propone la impresión que se tiene de las farmacéuticas. Al parecer, a cierto sector de la población le resulta difícil asumir, simultáneamente, que existen intereses que llevan a que entidades privadas y profesionales de la medicina se pongan de acuerdo para obtener ambos un beneficio común para ellos —pero no para el usuario— junto a que la Farmacia como disciplina es un ámbito necesario para la salud de la población. Las practicas corruptas de unos califican a todo el ámbito al completo, para estas personas.

Esta tendencia a la dicotomía en la que se ignora lo que queda fuera de ellas aunque ocurra delante de sus narices, es otra de las consecuencias más comunes. Cierto es que a medida las personas envejecen, el cerebro se vuelve menos capaz de adquirir nuevos conocimientos. Efecto más acusado si se trata de modificar un marco social que hasta ese momento era comúnmente aceptado ¿Qué ocurre cuando el ritmo de los acontecimientos provocan cambios de tal manera que la sociedad no puede adaptarse a ellos? El ejemplo más claro para evidenciar las carencias formativas que provocan una divergencia entre lo que ocurre en el mundo y la capacidad de comprensión por parte la sociedad, es China. 

El caso de China

La evolución del país asiático en apenas una década ha sido de tal envergadura, que puede servir de ejemplo para mostrar la dificultad para analizar conceptos desde una nueva perspectiva. Cuando las definiciones clásicas no se pueden aplicar de manera rígida y es necesario combinar de manera creativa lo conocido para entender la nueva situación: China ha sido considerada comunista desde la creación de la República Popular en 1949, sin embargo, la adopción paulatina de diversas reformas, especialmente en el ámbito económico, ha desembocado a un nuevo paradigma que desafía las tradicionales descripciones de las que un sector no es capaz de salir. Si bien las empresas chinas operan siguiendo criterios indudablemente capitalistas en cuanto al rendimiento económico, lo hacen dentro de un marco establecido de manera unilateral por los poderes políticos. Este marco se ha establecido gracias a un plan de décadas que incluye aspectos como lograr controlar toda la cadena de suministros, extracción y transporte de las principales materias primas, así como la de fabricación de componentes electrónicos, pilar fundamental de la cultura de consumo en la que se basa el mundo occidental. Este plan político —no económico— es el que ha permitido que China en estos momentos se acerque a la influencia que hasta ahora era indudable de los EE.UU., además de poner en riesgo la principal industria de Occidente que era/es la de la automoción. Un movimiento estratégico que sin lugar a dudas obedece a un plan de un alcance que queda fuera de las políticas cortoplacistas habituales del ámbito occidental y a su vez, de la comprensión por parte de una población acostumbrado a dichas dinámicas políticas. 

Como resultado, lo que en un principio parecía «anecdótico», se ha ido convirtiendo en una especie de epidemia de rechazo a la ciencia con consecuencias directas en nuestro entorno. Esta espiral descendente ha provocado la siguiente paradoja: estar rodeados de poderosas herramientas tecnológicas cuyo funcionamiento es cada vez menos comprendido por sus usuarios. Una desconfianza a la misma ciencia que les proporciona los medios con los que difunden bulos y teorías que la contradicen, sin ser capaces de distinguir información relevante ¿Dónde comienza esta espiral?

La escuela

«No tengo pruebas pero tampoco dudas», como dice la conocida expresión coloquial, de que gran parte del problema comienza en la escuela. La apariencia sugiere con insistencia que algunos conceptos básicos de lógica y semántica parecen ser sorprendentemente ignorados. La «manera de pensar» inherente a la ciencia, el deseo de adquirir conocimiento como un fin en sí mismo, no se transmite. En su lugar, se imparten las materias como un «conjunto de conocimientos» que se «obligan» a memorizar, con el objeto de alcanzar un resultado académico. Se acaba confundiendo el proceso sistemático de entender la realidad aunando experimentación, curiosidad, intuición y filosofía, con su resultado, pasando por alto las primeras. Si en las instituciones formativas se incidiese en el camino que la ciencia recorre partiendo de la intuición y la experimentación, relatando el proceso como un excitante camino de descubrimiento, independientemente de lo sorprendente que sea también el resultado, se vería la ciencia más como una aventura fascinante que como un aburrido listado de conceptos. 

Como consecuencia, se percibe la ciencia como ese conjunto de conocimientos aburridos y complicados que la autoridad educativa correspondiente, dependiente de diversos poderes, obliga a aprender para ser una trabajador sumiso y productivo. Esta asociación de una interpretación errónea de la ciencia con los poderes establecidos cuyas instituciones cada vez están más desprestigiadas, hace que la sociedad, afectada de este mal, abrace cualquier teoría por disparatada que parezca, mientras les ofrezca una explicación más sencilla que aparente estar alejada de los poderes políticos e «intereses económicos», sin advertir que esto es así precisamente por su escasa utilidad. Explicaciones simples que ofrecen certezas y seguridad, al confirmar sesgos personales que amplifican el convencimiento en su error.

Lo racional y el conocimiento

Dentro de este mundo gobernado por aplicar paradigmas dicotómicos donde todo ha de tener una acepción o la contraria —blanco o negro, rojo o azul, izquierda o derecha, capitalismo o comunismo, o conmigo o contra mí, La revuelta o El hormiguero—, se encuentra la propia herramienta que podría ayudar a salir de esa situación. Ante la pregunta de qué hace falta para enfrentarse a los retos del mundo actual, muy probablemente una buena parte de la sociedad, por los motivos expuestos, entenderá que «lo racional», asociado al conocimiento científico y a su vez, al establishment, es insuficiente. De hecho, puede que piense que al contario —y no sin cierta razón— es la causa de la mayoría de los problemas actuales. Como consecuencia, ese segmento cada vez más mayoritario adopta las mencionadas creencias esotéricas, místicas y pseudocientíficas que perciben como alejadas de dichos poderes políticos y económicos. En el mejor de los casos, la solución consiste en la meditación, el mindfulness, yoga y similares, que si bien son muy adecuados para nuestra salud y bienestar interior, no dejan de ser medidas de carácter individual y personal, dejando de lado problemas globales y careciendo de una actitud critica y constructiva ante la gestión de las instituciones, las cuales continúan haciendo y deshaciendo a su antojo. En definitiva, se genera una polarización o dicotomía entre lo individual y colectivo donde lo espiritual aplicado a lo personal ha de competir en vano con una ciencia institucionalizada y al servicio de intereses ajenos a los primeros, generando una desconexión cada vez mayor entre una minoría poderosa que se apropia de la ciencia frente a una población cada vez más ignorante de ella. Este desconocimiento les impide entender que el camino es justamente el contrario: una sociedad formada en la ciencia y en el fomento del pensamiento crítico asociado, tendrá mayor capacidad para comprender los desafíos a los que nos enfrentamos y exigir medidas razonables a los representantes, así como hacer uso apropiado de la tecnología y saber identificar bulos y noticias falsas que no ofrecen evidencia o posibilidad de contrastar los hechos.

Confianza y Fe: dos caminos divergentes

Recuerdo un curso al que asistí en el que el profesor, tras una larga y farragosa charla, nos preguntó si había alguna duda. Nadie se atrevió a cuestionar nada con el temor de que aquella soporífera exposición continuase. El profesor advirtió la situación y replicó con cierta sorna: «pero, me han entendido o solo  'me creen'». Esta broma logró, además de estimular al alumnado, poner sobre la mesa los pilares básicos de dos maneras diferentes de entender el mundo. Para explicarlo, se puede partir de lo ocurrido durante la pandemia del COVID-19: la sociedad es instada a ser vacunada bajo la autoridad de unos poderes políticos y económicos en los que cada vez «confían» menos, viéndose obligados a «creer» en unos dictados etiquetados por estas autoridades como «científicos» pero que no «entienden» ni comprenden ni tal vez conozcan, los mecanismos que les dan validez. En definitiva, el desconocimiento de por qué la ciencia tiene un valor que trasciende cualquier otra creencia provoca que se confunda con estas, con la simple diferencia de provenir de los poderes establecidos. Se confunde «creer» con «confiar», sin discernir que la primera implica la ausencia de crítica y el otorgar la validez sin prueba alguna, mientras que la confianza es algo completamente distinto, o al menos, divergente, ya que para que algo tenga validez ha de poder ser comprobado experimentalmente y los resultados han de ser compartidos y tener carácter público, circunstancia que se cumplía y se cumple, con las vacunas, entre tantos otros casos similares. La confianza aquí consiste en que los ciudadanos no tenemos medios para poder comprobar dichas afirmaciones y debemos «confiar» en que otras entidades, que a menudo compiten entre sí y que tienen intereses dispares, lo han hecho. La diferencia consiste sobre todo, en que en la ciencia existe esa posibilidad, mientras que en las creencias no.

La ciencia como forma de entendernos en el mundo

¿Puede la ciencia ser de utilidad para el ciudadano común? Si se entiende aquella por la desarrollada en costosísimas instalaciones, donde se estudian las profundidades de la realidad escondida en las partículas subatómicas, pues va a ser difícil encontrar algo aplicable a la vida rutinaria de las personas. Sin embargo, el ser humano es de alguna manera un científico innato, en el sentido de querer descubrir el funcionamiento del mundo, observándolo con espíritu critico para desarrollar herramientas y encontrar soluciones, capacidad característica de nuestra especie. Los mismos principios que lograron que el simple método de la prueba y error para construir herramientas, se convirtiera con el tiempo en un poderoso proceso sistemático para avanzar en el conocimiento, pueden ser aplicados en nuestro día a día: desde hacer recetas de cocina a la resolución de averías mecánicas o electrónicas.

Póngase como ejemplo la cocina: al igual que la ciencia, ha evolucionado de un proceso inicial de prueba y error hasta convertirse en una disciplina basada en principios culinarios establecidos y comprobados. Este proceso refleja la esencia del método científico, que se caracteriza por la formulación de hipótesis, la experimentación y el análisis de resultados. Al crear una nueva receta —como por ejemplo un nuevo tipo de salsa— los cocineros establecen una idea base sobre cómo se  han de combinar ciertos ingredientes —tomates, hierbas y especias— para lograr un sabor específico. Esta idea inicial, equivalente en el ejemplo a una hipótesis científica, se pone a prueba mediante la experimentación en la cocina, ajustando las cantidades y combinaciones de ingredientes hasta lograr el sabor deseado. Este enfoque, aunque menos formalizado que en un laboratorio, muestra cómo el método científico guía nuestra toma de decisiones y nos permite innovar en diversos aspectos de nuestra vida cotidiana.

Otra barrera que se presenta son aquellos conceptos que quedan fuera de la descripción rígida y equivocada de la ciencia como un «conjunto de conocimientos memorizables» y su asociación con «lo racional». Ámbitos relacionados con la intuición, los sentimientos, las emociones y las ideas metafísicas o filosóficas, debido a su naturaleza subjetiva y difícilmente cuantificable, suelen ser excluidos de la ciencia ortodoxa. Sin embargo, no solo estos aspectos son fundamentales en disciplinas como las artes o las humanidades, sino que gracias a una visión más completa de la ciencia, podrían estar esperando su momento para ser incluidos junto a otras teorías más deterministas, enriqueciendo de esta manera el panorama científico. Realmente, la visión de la ciencia como algo rígido y cercano a lo absoluto, da lugar a un cientificismo que poco tiene que ver con su significado epistemológico original o primario.

La ciencia, lejos de ser un cuerpo de conocimientos estáticos, es un proceso en constante evolución, abierto a nuevas perspectivas y desafiando constantemente sus propios límites. Aunque un sector influyente del propio mundo científico vería como una amenaza que la ciencia salga de esa visión reduccionista y limitada, lo largo de la historia, grandes científicos han demostrado que la intuición y la creatividad son tan importantes como el rigor metodológico. Por tanto, una colaboración estrecha entre científicos de diversas disciplinas, junto con filósofos y humanistas, sería fundamental para abordar los grandes desafíos de nuestra época. La intuición y la razón, la emoción y la lógica, no son fuerzas opuestas, sino dimensiones complementarias de la experiencia humana. El verdadero espíritu de la ciencia reside en su capacidad para cuestionar, explorar y adaptarse a nuevas evidencias, y no en aferrarse a dogmas inamovibles.

Carl Sagan fue unos de los divulgadores científicos que logró conectar con la sociedad de una manera profunda, gracias a su carisma, serenidad y confianza en sus argumentos. Sin embargo, esta confianza no implicaba en absoluto una creencia inamovible en ellos. Al contrario, el conocido divulgador publicó El kit del escéptico, un conjunto de consejos para que cualquier persona los pudiera aplicar, tanto en la propia ciencia como en el día a día de la rutina laboral, doméstica o personal. Con esta herramienta sería posible evitar caer en los habituales errores de razonamiento que desde hace décadas vienen sucediéndose en todos los ámbitos, a pesar del empeño que el propio investigador puso para minimizarlos.

Hoy en día ya no hay los divulgadores que antaño transmitían esa pasión genuina hacia la ciencia como un ámbito de descubrimiento y empoderamiento del individuo. Más bien al contrario, el mundo científico, en una parte significativa,  ha sucumbido a los intereses económicos y al beneficio rápido y fácil cortoplacista. Así mismo, pierden el tiempo en competir por la autoría y el protagonismo, más preocupados por el respeto a su opinión «autorizada» que en una divulgación que ayude a que sus logros sean valorados.
La ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos: es una manera de pensar.
Carl Sagan

En definitiva, la ciencia no es solo un conjunto de conocimientos, sino una herramienta para comprender el mundo y nuestro lugar en él. Al fomentar una cultura científica que valore la curiosidad, el pensamiento crítico y priorice la evidencia frente a la simple autoridad de quien lo dice, podemos construir una sociedad más informada, más equitativa y más preparada para enfrentar los desafíos del futuro. Las palabras del no suficientemente recordado divulgador, nos señalan que lo que ha caracterizado a la humanidad ha sido una determinada actitud hacia lo desconocido, la valentía y decisión, levantándose una y otra vez tras los inevitables tropiezos de una humanidad todavía inmadura. En estos tiempos de oscuridad, se hace todavía más necesario recuperar ese espíritu y de compartir la belleza y la emoción del descubrimiento científico con las nuevas generaciones.



jueves, 11 de marzo de 2021

Recordando el 11M

jueves, 11 de marzo de 2021

El mayor atentado terrorista en la historia de España, que alteró muy probablemente de manera significativa la jornada electoral de unos días después.
El mayor atentado terrorista en la historia de España, que alteró muy probablemente de manera significativa la jornada electoral de unos días después.

Si la intención del atentado en aquella fecha concreta era la de condicionar un resultado electoral para lograr el cambio de rumbo de la política posterior, en la misma medida se consiguió el objetivo, significaría que la voluntad de los que idearon esta estrategia basada en el asesinato de 192 personas tuvo éxito, con la complicidad de los electores españoles que creyeron de esta manera «castigar» al «responsable» del atentado, pero que de ser así realmente estarían premiando a los terroristas. De esta manera se convertía un acto de este tipo en elemento de valoración electoral, trivializándolo inconscientemente como si fueran tormentas o el cambio climático, como si dependieran de variables económicas. Como si no fuera la decisión de un grupo criminal que lo ha planificado precisamente para causar ese efecto político, en la medida el electorado se dejó influir por este atentado.

Si algo puso en evidencia aquel atentado es mostrar la escasa cultura democrática que la sociedad española había desarrollado desde la transición. Es cierto que la principal herramienta de castigo político de la que se dispone son las elecciones generales, convirtiendo lo que debería ser la elección del mejor, en el castigo al peor. El problema era y es, que no sirve para ninguna de las dos cosas. Y no sirve, no solo porque no fue Aznar el que puso las bombas, ni porque el antiguo presidente del Gobierno de España tan siquiera se presentaba a las elecciones. Sino porque aunque se hubiera presentado, el supuesto castigo hubiera sido seguir de diputado, cobrando casi lo mismo y por hacer todavía menos.

Muchos se sorprenden ahora de los populismos actuales, pero no recuerdan que estas carencias democráticas ya se vienen denunciando desde hace décadas. No ha habido respuesta por parte de los gobernantes desde entonces, no han movido un dedo modificando el sistema para que la sociedad tenga más herramientas para valorar y castigar la corrupción o el abuso de poder. Se ha permitido, en definitiva, que parte de la sociedad vaya adoptando posturas cada vez más extremas o más drásticas —que no es lo mismo— lo que unido a las crisis que han venido desde entonces, ha desembocado en la creación de partidos nuevos y de nuevas estrategias de activismo político, llegando a la situación actual en la que de momento, no se ha solucionado nada en absoluto.

En aquella jornada electoral del 14M, los ciudadanos españoles nos enfrentamos a la tesitura de votar a alguien que no nos convencía nada o hacerlo a otro que nos convencía todavía menos, si es que aquello era posible. Muchos nos dimos cuenta entonces de que el sistema no servía, no funcionaba para lo que debería: la sociedad eligiendo a sus propios representantes. Si en aquel entonces la ciudadanía no hubiera decidido ser cómplice de la situación, la respuesta más digna era no votar, o hacerlo de manera neutra —blanco o nulo—. Una participación mínima que evidenciara que una mayoría social era consciente de que aquellas no eran las condiciones para elegir en libertad, con calma, de manera meditada, sin visceralidad ni odio. Odio que algunos partidos convirtieron en su principal arma política. Si el partido que hubiera ganado esas hipotéticas elecciones hubiera tenido decencia, su siguiente paso sería preparar unas elecciones anticipadas, por decisión propia. Pero la sociedad tomó el camino más fácil, más corto, que casi nunca es el correcto. El resultado: que el partido ganador se creyó con legitimidad para hacer lo que quiso y para negar la realidad hasta que esta se hizo inevitable cuando la crisis del 2008 estalló. España no se merecía que le mintieran, pero así lo hicieron y así continúan haciendo.

La mentira de Aznar

Aznar no puso las bombas, Aznar no se presentaba a las elecciones, pero Aznar nos mintió. Para no votar a Aznar/Rajoy habían muchos motivos, todos antes del 11M. No era necesario, o no debería serlo, un atentado para condicionarnos. Tampoco poner como «escusa» que un presidente del gobierno había dicho algo que no se ajustaba a la realidad. Más que nada porque si por eso fuera, no debería haber habido ni un presidente en los cuarenta y pico años de democracia que llevamos. Aznar mintió porque afirmó sin la cautela necesaria y sin esperar las primeras conclusiones de la correspondiente investigación, que ETA, el grupo terrorista que hasta entonces era el que todos esperábamos cuando se daba noticia de un atentado, el culpable. Durante los tres días siguientes se oyeron en la radio noticias que aún hoy en día son objeto de discusión hasta el punto de que una emisora de la talla de la Cadena SER, ha retirado de la fonoteca los archivos correspondientes a aquellos días. Salvo intervención judicial, el público no podrá corroborar las diferentes versiones y construir un relato acorde con lo que realmente se dijo o se omitió. Lo paradójico del asunto es que probablemente fue Aznar con su insistencia en mantener la teoría inicial de ETA como autora del atentado ―era normal suponer que pudiera ser la autora, y así se pudo oír en los noticieros. Lo que no era normal era asegurarlo sin tener pruebas de ello― el que iniciara un proceso que le llevaría a la propia destrucción electoralista de su partido. No es descabellado suponer —si todavía cabe más especulación en este asunto tras todos estos años de teorías de la conspiración— que Aznar jugó la baza de ETA por conveniencia electoral, imaginando que así evitaba que la posible relación del atentado con la Guerra de Irak influyera en el electorado. Tal vez, con las elecciones ganadas ya darían las explicaciones pertinentes y continuar con la investigación. O no. Pero el efecto producido fue el contrario que deseaban: al dejar al descubierto la jugada, hizo que a partir de aquel momento la oposición y sus medios de comunicación afines se le adelantaran y establecieran como objetivo hacer desaparecer a ETA de cualquier comunicación relacionada con el atentado, fuera la que fuera y tuviera la relevancia que tuviera, creándose una verdadera guerra mediática sobre este asunto. Además, Iñaqui Gabilondo, comentarista en aquel momento en la cadena de radio, dio información falsa sobre unos terroristas suicidas de supuesto origen islamista, condicionando a la opinión pública para que se fuera olvidando del grupo terrorista vasco. Es decir, Aznar quiso jugar la baza mediática de la opinión pública, espantó la liebre, y la oposición que lo sabe hacer mucho mejor en el terreno mediático, le gano la partida, ganó las elecciones y luego, con el partido al mando del Estado, ya no hay control de transparencia sobre lo que pueda hacer y permitir con la investigación. Y menos hace diecisiete años. 

La mochila de Vallecas

La situación es la siguiente: en los noticiarios televisivos avisan que los Tedax han encontrado una mochila con explosivos sin detonar. Poco después, en otro noticiario, se cuenta que han llevado una mochila aparentemente similar a la comisaría de Vallecas. La sorpresa viene cuando se matiza que no son la misma, ya que la que encuentran los Tedax es detonada allí mismo, in situ. El problema es que todos los intentos de relacionar la mochila llevada a la comisaría de Vallecas con las explosiones de Atocha, han resultado infructuosos: 
  • La metralla encontrada en la mochila (clavos y tornillos), no ha sido encontrada de manera concluyente en los restos de los trenes.
  • El explosivo no coincide, dando la explicación que se ha «contaminado», pero no con cualquier sustancia, sino precisamente con un componente ―ácido bórico― que se añade para fabricar un explosivo distinto ―en definitiva, es un explosivo diferente―. Cabe decir que al estar contaminada, la prueba no es válida y no fue usada como tal en el juicio. Sí que fue usada por los medios para sus propios objetivos.

Los terroristas suicidas

Para poder condenar a alguien, para poder determinar al autor material de un atentado, es necesario identificar el arma homicida como primer paso. Esto no ha ocurrido desde entonces. ¿Para qué ha servido la mochila? Para relacionarla con los supuestos suicidas de Leganés, lugar donde sí que se ha encontrado la metralla y restos de explosivos coincidentes ¿Pero, un momento, entonces los suicidas de Leganés no se suicidaron en el atentado yihadista? No, el principal crimen de aquel suceso en el piso de Leganés que puede demostrarse con pruebas, fue el de matar a un policía al detonar el explosivo con el que en teoría, se mataron ellos mismos. No hay más relación con el atentado que la que han querido construir, en una aberración jurídica sin precedentes, cuando sin estar acusados son nombrados sin ninguna necesidad salvo la mediática, en la resolución del juicio. La anécdota, si es que merece alguna este asunto, es que de todos los «terroristas» que vivían en el piso se salvó uno que no estaba en la vivienda en el momento de la explosión, que fue detenido después ¿Qué paso con él? que está en prisión por pertenencia a banda armada, pero no ha podido probarse su relación con el atentado, naturalmente. Otros acusados relacionados han sido absueltos por el mismo motivo.

Los trenes desaparecidos

El escenario de un crimen es un lugar cuyo paso y uso ha de quedar totalmente restringido exclusivamente a miembros de la policía. Cualquier otra persona que no sea un investigador del caso o responsable de las pruebas que han de ser usadas en el juicio posterior, ha de evitar acceder para impedir que sea contaminada o alterada la escena del crimen. En definitiva, hasta que el proceso judicial haya sido completado —incluidos los recursos— se ha de mantener intacto el lugar para efectuar todos los posibles análisis y se hayan tomado todas las muestras necesarias, tanto las que se estimen en un primer momento, como todas las que aparezcan posteriormente a requerimiento de los letrados, siguiendo los procedimientos ¿Ocurrió así en España? No, ya que el gobierno entrante, en otra extraordinaria aberración, ordenó desmantelar y limpiar los restos de los trenes afectados por las explosiones, de manera que dejaron de ser útiles para aclarar nada más. Al menos para la opinión pública.

El tipex

El sumario de un proceso judicial es una especie de resumen o compendio de todo lo relacionado con un caso que ha de someterse a juicio. En él se incluyen la descripción de los crímenes, víctimas, lugares y todo tipo de pruebas. Este documento es creado por un juez distinto al que posteriormente llevará la propia vista del proceso. Con este procedimiento se intenta evitar que el mismo juez aplique algún sesgo a la hora de aportar el material con el que se ha de procesar a los imputados. Lo que ocurra en el juicio, salvo la necesidad de acudir a la fuente a petición de algún letrado ―imposible en este caso ya que como se ha visto, las pruebas se inutilizaron por parte del propio Estado― se decide con lo que haya en el sumario. Para preparar estas pruebas, unos peritos realizan unos informes. Cabe decir que esos peritos son los especialistas con los conocimientos adecuados para realizar esa labor, por eso son los peritos. Bien, en un informe realizado por tres de estos peritos, todos ellos coinciden en que se ha encontrado ácido bórico, que es la sustancia con la que se habían «contaminado» los explosivos y que es la usada en los explosivos que ETA utiliza. Lo que ocurre a continuación con este borrador de informe es espeluznante: el informe fue modificado con tipex para eliminar esta referencia. Pero esto no es lo peor, sino que el jefe de los peritos les dijo que se habían extralimitado ¡por hacer su trabajo! Además, se añade que el ácido bórico es una «sustancia habitual» ―en la actualidad su uso es ilegal― por lo que no cabía hacer mención de ello. A pesar de esto y de que el informe había sido modificado por un cargo jerárquico, los medios anunciaron con titulares que «no había rastro de ETA». Lo cierto es que el ácido bórico se encontró, que es ETA quien usaba este tipo de componente en sus actividades criminales, que los peritos lo indicaron en un borrador de informe, pero esto no llego al sumario porque fue modificado por orden política. Es decir, aunque parece claro que no es una prueba concluyente, sí que parecía a los técnicos lo suficientemente significativa como para indicarlo. La importancia de este hallazgo es algo que se tendría que decidir después durante la investigación y el juicio, pero esto no fue posible porque se impidió que llegara esta información a donde tenía que llegar. Al parecer, la importancia no era esclarecer los sucesos, sino fabricar un relato político adecuado.

Los acusados y condenados

El resultado tras el juicio del 11M es que solo uno de los condenados ―Jamal Zougam― lo es por participación directa en el crimen y autor material, siendo las pruebas que lo incriminan testigos directos que lo sitúan en el lugar de los hechos y por las tarjetas usadas en los teléfonos móviles. No ha servido nada de lo investigado en los trenes, ni lo encontrado en el piso de Leganés, ni una mochila que no explotó ni mató a nadie. Solo una persona para diez explosiones en cuatro focos distintos, ya que los suicidas de Leganés ni murieron en el atentado, ni lo hicieron con un explosivo que se pueda relacionar con unos trenes que ya no existen. El resto de los acusados han sido condenados por delitos como tráfico de explosivos o de sustancias ilegales, sin que participaran materialmente en el atentado en el que murieron 192 personas. Hoy en día, la mayoría de medios siguen dando la misma versión incoherente que en su día se fabricó. La importancia ahora no es ya si fue ETA o no fue. Sino además de la tomadura de pelo a la que nos someten, la frustración de sentir que no se ha hecho todo lo posible por hacer justicia.

sábado, 28 de junio de 2014

El fundamento de la ciencia (Carlo Rovelli)

sábado, 28 de junio de 2014
El fundamento de la ciencia es mantener la puerta abierta a la duda. Precisamente porque seguimos cuestionando todo, especialmente nuestras propias premisas, estamos siempre dispuestos a mejorar nuestro conocimiento. Por lo tanto, un buen científico nunca tiene "certeza". Esta falta de certeza es, precisamente, lo que permite alcanzar conclusiones más fiables que las de aquellos que tenían certeza sobre las suyas: gracias a que el buen científico estará listo para cambiar a un punto de vista diferente si surgen mejores evidencias, o nuevos argumentos. Por lo tanto, la seguridad no sólo no sirve de nada,  es en realidad perjudicial, si valoramos la fiabilidad.
Carlo Rovelli (físico teórico)
Foto: Wikimedia


Leído en: Brain Picking

miércoles, 10 de agosto de 2011

Hablemos bien de España (I)

miércoles, 10 de agosto de 2011
Llegó por fin el periodo estival. Muchos saldrán fuera de España. Tal vez en algún momento tengan que comentar sobre su país de origen, contar cuales son sus virtudes, su Historia, sus logros. Y puede que no sepan que decir. Los motivos de por qué nos ocurre esto pueden ser muchos y largos de contar. Uno de ellos es ir a países que históricamente han sido enemigos o bien, han sido ocupados por el antiguo Imperio Español, los cuales, por avatares de la Historia, guerras mundiales y cosas así, han formado bloque en contra de la historiografía y pasados españoles y su herencia cultural. Esto sumado a la propia idiosincrasia española, llena de complejos, incapaz de realizar autocritica, deseando vivir eternamente de glorias pasadas y perdidas, con una sociedad dividida y llena de envidias debidas a un pasado caciquil todavía sin superar, hace que sucumbamos a una realidad falsa, impuesta por los hechos consumados y nuestra incapacidad para combatirlos.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La Ciencia en España NO necesita tijeras

miércoles, 7 de octubre de 2009

Iniciativa de Javi Pelaez en su blog, «La aldea irreductible»Ver más en La aldea irreductible

Menos Plan E, y más ciencia e investigación, para no depender eternamente de los que si poseen una cultura basada en el esfuerzo y el mérito, y no en el caciquismo y enchufismo peloteril.

Gobierno y oposición, enfrascados en sus disputas partidistas e incapaces de ofrecer otra solución, logran que tan solo se aplique el método paliativo de crear empleo publico para subsistir hasta que Alemania o Francia previsiblemente, nos saquen del atolladero. Para agravar aún más el problema arrastrando un mal endémico desde hace décadas, y para poseer de un mayor presupuesto para las subvenciones que agotaran todo el disponible sin aportar solución alguna, se pretende reducir el destinado a la investigación y desarrollo, únicos ámbitos capaces de ofrecer soluciones reales.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Sectas y partidos políticos

sábado, 1 de noviembre de 2008
Para muchas personas el tener a un público a sus pies les resulta tan adictivo como una droga

¿Se puede diferenciar con facilidad un partido de una secta? En un primer momento se puede pensar que sí. Pero tal vez lo que ocurre es que los medios de comunicación, las ideologías y los prejuicios, «ayudan» a ver con un color determinado a aquellas agrupaciones más cercanas a cada persona, y de otro a las que no lo son tanto.

Para unos, un partido político les será poco menos que una secta, para otros lo será otro partido, el Opus Dei o la misma Iglesia Católica. Pero, ¿no es posible encontrar una definición precisa, que no dependa de la subjetividad de cada uno?

Iconos identificativos de las principales ordenes y sectas religiosasCuando en el seno de un grupo o sociedad no existe un acuerdo claro en encontrar un nombre adecuado a un concepto, el problema puede provenir básicamente de tres áreas: el concepto en si y cómo es interpretado por el grupo; por el grupo mismo, quien lo forma y como está organizado; y finalmente y tal vez el menos importante, por el vocablo a escoger.

Tal vez se pueda pensar que no existe tal problema. Inténtese pues buscar en nuestro lenguaje habitual una definición satisfactoria para «secta» de forma que permita identificar mínimamente sin ambigüedades, un grupo definido como tal de otro que no.

Si buscamos en la Wikipedia la definición de secta, se observa que está sujeta a un enconado debate. A saber: hay gente que, por ejemplo, considera al Cristianismo una secta. O se dan definiciones de forma que hasta una asociación de vecinos podría ser una secta. La acepción inicial y básica que se muestra en la enciclopedia libre mencionada es la siguiente:
Una secta es —desde el punto de vista sociológico— un grupo de personas con afinidades comunes (culturales, religiosas, políticas, esotéricas, etc).
Se puede comprobar fácilmente como esta definición carece de utilidad, por lo comentado en cuanto que cualquier grupo, asociación o comunidad se podría incluir en ella. Entonces ¿que hay de provecho en la información que se muestra en la Wikipedia?

Si buscamos en el artículo completo, tan solo se puede encontrar un par de conceptos que podrían ser válidos para una definición útil de secta, en el sentido mencionado anteriormente. Una de ellas sería la proporcionada por el filosofo Michael Langone:
Secta es un grupo o movimiento, que exhibe una devoción excesiva a una persona, idea o cosa y que emplea técnicas antiéticas de manipulación para persuadir y controlar (a sus adeptos); diseñadas para lograr las metas del líder del grupo; trayendo como consecuencias actuales o posibles, el daño a sus miembros, a los familiares de ellos o a la sociedad en general. [...] Dado que la capacidad para explotar a otros seres humanos es universal, cualquier grupo puede llegar a convertirse en una secta. Sin embargo, la mayoría de las organizaciones institucionalizadas y socialmente aceptadas, tienen mecanismos de autorregulación que restringen el desarrollo de grupúsculos sectarios.

El filósofo Michael D. Langone
Habría que destacar de la definición de Langone dos cosas que permitirían distinguir una secta de otro grupo que no lo sea: el uso de técnicas antiéticas de manipulación para el exclusivo beneficio de la clase dirigente, y la necesidad de mecanismos de autorregulación que controlen estos comportamientos.

Por otro lado, en el diccionario de la RAE, tenemos la siguiente definición:
secta. (Del lat. secta).

1. f. Conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica.
2. f. Doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra.
3. f. Conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa.
Se observa como existe un tímido intento de inclinar hacia el lado de la religión el ámbito de aplicación del significado de la palabra, pero finalmente sucumben y le dotan de gran ambigüedad al introducir la ideología de por medio, ¿que tiene que ver la ideología con la religión? A causa de esta indefinición, las personas no tenemos las herramientas necesarias para distinguir e identificar unos grupos de otros. Nos falta algo que se ve y que se observa en las actitudes, pero que en la mayoría de ocasiones pasan desapercibidas al no poder darles nombre en nuestra mente. La carga peyorativa que pueda tener la palabra «secta», no es más que la carga subjetiva «ideológica» de cada uno.

Por esto mismo, tal vez la consecuencia más grave consiste en colocar al mismo nivel un grupo ideológico (escindido o no) de otro religioso. ¿Acaso se han de comportar igual los miembros del primero (p. ej.: un partido político) que los del segundo? Por lo visto en España si. Por lo visto es por esto por lo que no hay mecanismos de autoregulación en los partidos, ni en el sistema político. Por lo visto da igual la ética de las técnicas empleadas mientras sirvan al objetivo político. El de cada uno, el de «mi grupo», el «bueno». Da igual que sea el Cesar o el Papa (cesaropapismo), ideología que religión.

Pero, ¿que ocurre en otros lugares, en otras culturas o sociedades? Para no quedarse en la simple crítica sin dar alternativa u otra visión de estos conceptos, la propia Wikipedia brinda la oportunidad de comprobar como son interpretados y definidos los conceptos incluidos en ella, en otras lenguas e indirectamente, en las respectivas sociedades que las han utilizado para su desarrollo.

En cada artículo o entrada de la citada enciclopedia libre, existen en la parte inferior izquierda una serie de enlaces a través de los cuales es posible dirigirse hacia la definición equivalente en otras lenguas existentes en la Wikipedia. Si se prueba con las equivalencias en el idioma inglés, se obtiene un sorprendente resultado:

De Español a Inglés
Partido político Political party
Secta Sect
Culto Cult (religious practice)
De Inglés a Español
Cult ???
Sect Secta
Tabla 1. —
(Fuente: Wikipedia [acceso 1/11/2008])

Empezando desde la Wikipedia en Español, la primera definición entre las elegidas para este estudio tiene su equivalente en el idioma Inglés. Sin entrar en las propias descripciones de los artículos, hasta aquí no hay demasiados problemas. Estos aparecen al llegar a la definición de «Secta», que si se pulsa en su enlace correspondiente a la Wikipedia en Inglés, aparece el artículo de «Cult».

«The Cult», banda inglesa de «Hard Rock»Si se vuelve de nuevo a la Wikipedia en Español buscando lo que supuestamente debería corresponder a este concepto, «Culto», y se repite la operación, ahora si aparentemente en Inglés hay algo parecido, pero en referencia específicamente a la práctica religiosa —Cult (religious practice)—. Se podría decir que la definición en español de esta palabra, corresponde a lo que en inglés es esta en su parte relacionada con la religión, siendo «Culto» (Cult) en inglés algo que abarca un ámbito cultural mayor.

Repitiendo las mismas operaciones esta vez desde la Wikipedia en Inglés, y empezando la prueba con este última concepto, «Cult», se comprueba como no existe equivalente en la Wikipedia en el idioma Español. Se carece de dicha definición... ¿donde está entonces?

En el Idioma Inglés (según la Wikipedia), la diferencia entre Cult y Sect es clara. Se diferencia entre una «Secta» (ámbito estricto religioso y referido únicamente a escisiones de otra religión mayor) y «Culto» como corrientes genéricas culturales de todo tipo dentro de otras. Se diferencia incluso entre culto religioso y secta. En la Wikipedia en Español las corrientes culturales o ideológicas se entienden como sectas religiosas, o al menos se confunden. No sirve.

¿Cuál es la realidad?: la próxima vez que vayan a votar, tengan cuidado, no vaya a ser que voten a una secta ya que estas en España, pueden ser cualquier cosa. No hay costumbre ni al parecer, necesidad, de diferenciar entre comportamientos sectarios, radicales y perjudiciales para el individuo como los pueden haber en los partidos al supeditarse de forma total al líder, y una afinidad o corriente cultural natural entre las personas pero que no debe llegar a los niveles de una secta. El hecho de que no haya una palabra para diferenciar una cosa de otra es sintomático de que en la realidad cotidiana, se confunden.