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domingo, 17 de mayo de 2026

El problema del instinto

domingo, 17 de mayo de 2026

Serie instinto y sociedad I

Las ciencias humanas abandonaron el concepto de instinto, pero no los fenómenos que intentaba describir. Este artículo explora cómo quedaron fragmentados entre distintas disciplinas.

Cómo las ciencias humanas perdieron un concepto útil

Durante gran parte del siglo XX, el término «instinto» fue desapareciendo paulatinamente del vocabulario de las ciencias humanas. Allí donde antes se utilizaba con naturalidad para describir ciertos patrones de comportamiento, comenzó a ser sustituido por expresiones como «aprendizaje», «construcción social» o, más recientemente, «heurísticas» y «sesgos cognitivos». Este cambio no fue una mera cuestión estética, cultural o arbitraria, sino que respondió a una reacción  histórica concreta.

El uso temprano del concepto de instinto en disciplinas como la psicología o el psicoanálisis (Freud, 1930) fue, en muchos casos, impreciso. Se empleaba para designar fuerzas internas de difícil delimitación, sin condiciones claras de activación ni criterios de refutación bien definidos. A ello se sumó su asociación con corrientes como el darwinismo social o la eugenesia, que instrumentalizaron argumentos biológicos para justificar jerarquías sociales rígidas. El resultado fue una reacción comprensible: el término quedó marcado y comenzó a ser evitado.

Sin embargo, esta reacción tuvo un efecto secundario problemático: se optó en muchos casos por evitar su uso en lugar de mejorar la precisión del concepto. Pero su abandono por cautela teórica o por su asociación con determinados usos históricos no hace desaparecer el fenómeno que se pretendía describir. En determinadas situaciones, el ser humano manifiesta unas tendencias claras a responder de manera concreta y no plenamente consciente. Como se verá, este tipo de comportamientos, sin embargo, no se han ignorado ni dejado de estudiar. Tampoco se ha dejado de aplicar en la práctica, pero de manera fragmentada en diferentes ámbitos, cada uno evitando caer en definiciones que evoquen antiguos prejuicios. El término «instinto» fue siendo evitado en ciertos ámbitos sociales y políticos por su asociación con el «determinismo biológico», más por sus implicaciones ideológicas y políticas que por una refutación clara del fenómeno descrito.

Al evitar el término «instinto», también se ha tendido a evitar la pregunta por las condiciones bajo las cuales estos mecanismos se activan, se inhiben o se desajustan, especialmente en contextos de coordinación social. En su lugar, se ha producido una proliferación de descripciones parciales que, aunque útiles, rara vez se integran en un marco común que permita explicar por qué ciertos patrones se repiten en contextos muy distintos, como han señalado distintos estudios sobre dinámica grupal y organización social (Boehm, 1999).

Hoy, gran parte de lo que se estudia bajo el paraguas de las heurísticas, los sesgos cognitivos o los sistemas de procesamiento rápido (Kahneman, 2011) —incluidos ámbitos aplicados como la publicidad o el neuromarketing—, responde funcionalmente, a la misma intuición que el concepto de instinto intentaba capturar: la existencia de mecanismos de activación inmediata, mediados en el ser humano por la interpretación cognitiva. Aunque su estudio se realiza desde marcos parciales y altamente especializados, a menudo sin integración clara con su posible origen evolutivo ni con su papel en la organización social, su uso produce resultados claramente observables en publicidad y comunicación.

El problema es, por tanto, conceptual y epistemológico. Se trata de recuperar una forma de describir ciertos fenómenos del comportamiento humano que continúan manifestándose, pero hoy fragmentada en distintos lenguajes y disciplinas por motivos alejados de la búsqueda de precisión terminológica. Cuando campos diferentes analizan un mismo fenómeno pero ignorándose entre sí, el resultado no es una mayor precisión, sino una pérdida de capacidad explicativa. 

Paradójicamente, relegar lo «instintivo» al mundo animal para evitar caer en el biologicismo no ha impedido que estos fenómenos continúen estudiándose y utilizándose bajo otras denominaciones. En cierto modo, esta separación ha terminado consolidando un antropocentrismo implícito: la idea de que la cognición humana nos situaría fuera de mecanismos que siguen operando, aunque lo hagan a través de formas de interpretación mucho más complejas.

En la actualidad, el desafío consiste en superar antiguos usos inadecuados de un término, como si la culpa lo tuviera la etiqueta, y no los prejuicios que habían detrás. Se trata de construir un marco más integrado y operativo que permita relacionar aportaciones procedentes de la psicología cognitiva, la teoría evolutiva, la antropología o el estudio de la conducta social. Comprender bajo qué condiciones se activan estos mecanismos y cómo interactúan con los marcos culturales será una de las cuestiones centrales de los siguientes artículos.

Infografía instinto y sociedad I
Infografía instinto y sociedad I

Primero, examinando la relación entre lo que hoy se describe como heurísticas o sesgos y aquello que el concepto de instinto intentaba capturar. Después, analizando cómo estos mecanismos operan en el ser humano a través de representaciones cognitivas complejas. Y, finalmente, explorando qué ocurre cuando estos procesos se desajustan o son capturados en entornos sociales que difieren radicalmente de aquellos en los que se originaron.

Bibliografía relacionada

  • Freud, Sigmund (1930). El malestar en la cultura.
  • Kahneman, Daniel (2011). Pensar rápido, pensar despacio.
  • Boehm, Christopher (1999). Hierarchy in the Forest.

domingo, 3 de mayo de 2026

Hacia una pareja del Siglo XXI

domingo, 3 de mayo de 2026

Serie desajuste afectivo XI

Relaciones en el siglo XXI: condiciones, tensiones y ajustes necesarios para construir vínculos viables y satisfactorios en un entorno contemporáneo

Qué es un vínculo satisfactorio y qué lo hace posible en el mundo actual

A lo largo de los capítulos anteriores se ha descrito el desajuste entre los mecanismos relacionales heredados y las condiciones sociales en las que hoy se desarrollan las relaciones. Si en el capítulo anterior se analizaba cómo el sistema favorece determinadas formas de interacción, en este se abordan sus implicaciones para la posibilidad real de construir un vínculo que no solo exista, sino que resulte viable y satisfactorio, y qué tendría que cambiar para hacerlo posible. Este desajuste no solo altera la forma en la que se construyen las relaciones, sino también cómo se entienden, qué se espera de ellas y en qué condiciones pueden sostenerse.

El resultado no es solo un cambio en los modelos de relación, sino una falta de encaje entre tres aspectos que antes tendían a ir juntos: lo que las personas buscan o sienten, lo que la cultura entiende por relación y las condiciones reales en las que esas relaciones pueden desarrollarse. Cuando ese encaje se rompe, el vínculo deja de sostenerse de forma relativamente natural y pasa a depender de ajustes continuos, de estrategias para compensar lo que no encaja o, simplemente, de que se den circunstancias favorables.

En este punto, limitarse a describir cómo funciona el marco en el que se desarrolla la relación o a señalar sus efectos ya no es suficiente. Tampoco basta con cambiar comportamientos individuales o proponer nuevas formas de interpretarlo. Si el problema está en las condiciones en las que se desarrollan las relaciones, la cuestión pasa a ser otra: qué tendría que cambiar para que una relación pueda sostenerse sin exigir un esfuerzo constante que termine desgastándola.

Esto implica asumir que no se trata de recuperar modelos anteriores ni de sustituirlos por otros diseñados de antemano, sino de entender en qué condiciones una relación puede funcionar hoy. No en términos ideales, sino en función de si encajan lo que cada persona busca, lo que se espera de una relación y las circunstancias en las que se desarrolla.

Conviene precisar algo que suele darse por supuesto: que el objetivo de una relación es que sea estable en el tiempo. Sin embargo, estabilidad y funcionalidad no son lo mismo. Una relación puede durar y no ser satisfactoria, y también puede ser breve y, aun así, haber funcionado correctamente para quienes han participado en ella.

Desde esta perspectiva, un vínculo no se define únicamente por cuánto tiempo se mantiene, sino por si resulta viable y satisfactorio dentro del periodo en el que existe. Es decir, si reduce la incertidumbre, mantiene cierta coherencia entre lo que se busca y lo que ocurre, y no genera un desgaste continuo. Esto introduce una distinción clave: no se trata solo de que una relación dure, sino de que funcione mientras dura. La estabilidad puede ser una consecuencia de ese funcionamiento, pero no su único criterio de valor.

Límites del sistema actual

Antes de plantear qué tipo de reajuste sería posible, conviene aclarar un punto: hay formas de relación que hoy en día son difíciles de sostener, no porque las personas no las quieran, sino por la manera de funcionar de la sociedad contemporánea.

En un mundo caracterizado por la sobreexposición y la abundancia de señales ambiguas que generan falsas expectativas, algunos elementos básicos de una relación empiezan a fallar. Manifestar con claridad tus intenciones suele jugar en contra frente a dejar las cosas abiertas o en un punto incierto. Mantener la continuidad se vuelve más complicado cuando siempre hay otras opciones disponibles. Y actuar de forma coherente con lo que uno busca resulta más difícil cuando lo importante pasa a ser la impresión que se genera en el otro.

Esto no significa que no puedan existir relaciones estables o profundas. Significa que dependen cada vez más de condiciones específicas: que ambos busquen algo parecido, que no haya demasiadas alternativas reales compitiendo, que el contexto acompañe y que no existan incentivos constantes para mantener la ambigüedad.

En este contexto, iniciar una relación es relativamente sencillo, pero sostenerla en el tiempo ya no lo es. Puede haber conexión, pero no necesariamente continuidad sin un esfuerzo constante. Por eso, intentar construir una relación satisfactoria hoy parte de una limitación clara: no se está jugando en un entorno que lo facilite, sino en uno que tiende a dificultarlo.

Y esto no solo afecta a la duración de las relaciones, sino también a su calidad. Porque un vínculo que se mantiene en el tiempo pero no resulta satisfactorio no es necesariamente un éxito, sino, en muchos casos, una forma de inercia. El problema, por tanto, no es solo que las relaciones sean más difíciles de sostener, sino que el propio sistema dificulta que sean satisfactorias incluso cuando logran mantenerse.

La asimetría del problema: que, a quién y cómo

En el caso de las mujeres

En el entorno actual, muchas mujeres reciben más señales de interés y tienen más opciones visibles, sobre todo en las fases iniciales. Esto cambia la forma de relacionarse. La tarea principal pasa a ser filtrar: decidir con quién interactuar, a quién responder y hasta dónde avanzar.

Mantener cierto margen de ambigüedad puede resultar funcional, porque permite conocer sin cerrar opciones demasiado pronto. Además, mostrarse demasiado directa desde el inicio puede jugar en contra si reduce el interés o limita la percepción de valor dentro de la interacción.

Esto tiene ventajas claras: mayor capacidad de elección y más control sobre el ritmo. Pero también tiene costes. Filtrar de forma continua cansa, aumenta la desconfianza y hace más difícil distinguir entre interés real y comportamiento estratégico. A la larga, puede dificultar la construcción de continuidad y coherencia en los vínculos.

A diferencia de lo que ocurre en otros casos, este desajuste no suele aparecer de forma inmediata. La mujer, por su papel en la dinámica relacional y la forma en que el contexto actual la sitúa, puede desenvolverse con mayores garantías en la ambigüedad y la incertidumbre, gracias a que le permite moverse con cierta eficacia durante un tiempo. El problema aparece más adelante: cuando esa misma dinámica dificulta cerrar opciones, consolidar relaciones o sostener un vínculo iniciado con unas señales ambiguas que acaban por mostrar su verdadera naturaleza.

A esto se suma otro factor relevante: el entorno digital introduce una dinámica de validación constante. La exposición continua a señales de interés —likes, mensajes, atención— genera un circuito de recompensa inmediato que puede desplazar el interés por vínculos que requieren tiempo, estabilidad y menor estímulo constante. No es que el vínculo deje de ser deseable, pero compite con una fuente de gratificación más rápida y disponible.

En el caso de los hombres

Para muchos hombres, el punto de partida es distinto: hay menos señales de interés inicial y más dificultad para captar atención. Esto empuja a una lógica diferente. La tarea principal pasa a ser hacerse visible: iniciar, sostener la interacción y tratar de diferenciarse.

Esto suele implicar una mayor inversión desde el principio: tiempo, atención y, en muchos casos, adaptación del comportamiento para resultar más atractivo o interesante. El problema es que esa inversión no siempre encuentra correspondencia, lo que introduce una dinámica de incertidumbre y frustración.

Además, cuando la interacción depende en gran medida de la respuesta de la otra persona, es fácil que la conducta se oriente a captar su interés. Esto puede llevar a ajustar el comportamiento en función de la reacción obtenida, incluso cuando ese ajuste no coincide con las intenciones o posibilidades reales. En la práctica, esto se traduce en adoptar formas de actuar que no reflejan del todo la propia personalidad. Puede ser funcional a corto plazo dentro de las dinámicas actuales, pero difícilmente resulta satisfactorio.

A esto se añade otro elemento: el entorno digital multiplica los estímulos —imágenes, perfiles, señales de disponibilidad— sin que eso se traduzca en una posibilidad real de interacción o de cierre. Esto activa de forma repetida el sistema motivacional sin ofrecer resolución, generando una tensión sostenida entre expectativa y resultado que, a la larga, puede traducirse en frustración, desgaste o en una pérdida progresiva de interés por participar en este tipo de interacciones.

Donde aparece el conflicto

El problema no está en que una de las partes actúe de forma incorrecta, sino en que ambas se están moviendo con lógicas distintas que no encajan entre sí. Para quien tiene más opciones, dejar las cosas abiertas tiene sentido. Permite observar, comparar y no precipitarse. La ambigüedad, en ese contexto, no es un problema, sino una herramienta para no cerrar demasiado pronto.

Sin embargo, desde el otro lado, esa misma ambigüedad se vive de forma muy distinta. Cuando cada interacción requiere inversión —tiempo, atención, iniciativa—, no tener claridad sobre qué está ocurriendo genera incertidumbre. No es solo una cuestión de paciencia, sino de no saber si lo que se está construyendo tiene algún recorrido.

Ahí es donde empiezan los malentendidos. Lo que para una parte es simplemente «ver qué pasa», «pasar el rato» o simplemente mantener una interacción que resulta gratificante, para la otra puede percibirse como ambigüedad y poca transparencia en general. Lo que desde un lado se percibe como una forma normal de avanzar, desde el otro puede interpretarse como falta de interés o una advertencia de objetivos divergentes que no se están compartiendo de manera explícita.

El resultado es que ambas partes pueden estar actuando de forma coherente con su posición, pero interpretando la conducta del otro como si respondiera a la misma lógica. Y ahí es donde la interacción empieza a deteriorarse, no por falta de intención, sino por una falta de encaje entre las reglas implícitas con las que cada uno está operando.

Resultado

Cada parte se adapta a lo que el entorno le permite o le exige. El problema es que esas adaptaciones no están pensadas para encajar entre sí, sino para funcionar dentro del propio contexto en el que se producen. Por eso, aunque ambos lados estén actuando de forma lógica desde su posición, la construcción de un vínculo estable acaba siendo más difícil de lo que en un primer momento parece.

Pero hay un nivel adicional en el que este desajuste se hace evidente: el de los objetivos que guían la interacción. No solo divergen las estrategias, también lo hace aquello que cada parte entiende —de forma implícita— que está ocurriendo.

En el contexto actual, muchas interacciones no están orientadas a un objetivo compartido, sino a metas distintas: validación, exploración, conexión puntual o posibilidad de vínculo. Estas metas pueden coexistir en una misma relación sin llegar a explicitarse, lo que introduce una ambigüedad más profunda: no solo sobre qué ocurre, sino sobre para qué ocurre.

Esto ayuda a entender expresiones habituales como «¿vais en serio?», que intentan aclarar si existe una intención de continuidad o simplemente una interacción abierta sin dirección definida. El problema es que no existe ya un marco cultural claro que permita responder a esa pregunta de forma compartida.

El resultado es que la interacción puede funcionar en términos de dinámica —hay interés, hay contacto, hay respuesta—, pero sin convergencia en los objetivos. Y sin esa convergencia mínima, el vínculo difícilmente puede consolidarse o resultar plenamente satisfactorio, incluso aunque se mantenga en el tiempo.

Condiciones para que el vínculo sea viable

Llegados a este punto, conviene aclarar algo: estos cambios no pueden depender únicamente de decisiones individuales. Los comportamientos descritos no aparecen por falta de voluntad, sino porque son funcionales dentro del entorno actual. Mientras los incentivos sigan siendo los mismos, la mayoría de las personas tenderá a reproducirlos, incluso cuando no conduzcan a vínculos estables. Por eso, cualquier reajuste real no pasa solo por pedir a cada individuo que actúe de otra manera, sino por modificar —en la medida de lo posible— las condiciones que hacen que ciertas conductas resulten más rentables que otras. Sin ese cambio de contexto, las estrategias más coherentes con el vínculo seguirán siendo, en muchos casos, las menos eficaces dentro del sistema.

Como se ha visto, el problema no está solo en las personas, sino también en el contexto en el que se desarrollan las relaciones. Por eso, cualquier cambio real pasa por tener en cuenta cómo funciona ese entorno antes de plantear ajustes individuales. A lo largo de la historia, las normas culturales han servido precisamente para eso: para dar forma a la interacción y hacer compatibles nuestras predisposiciones con el mundo en el que vivimos. Cuando ese marco deja de cumplir esa función, aparecen desajustes como los que se han descrito.

Esto no implica volver a modelos anteriores ni imponer un sistema rígido, sino identificar qué condiciones mínimas hacen posible que una relación pueda sostenerse. Sin esos mínimos, cualquier intento de construir un vínculo depende demasiado de factores puntuales y resulta difícil de mantener en el tiempo.

El problema es que, en el contexto actual, cualquier intento de introducir límites o criterios compartidos tiende a generar rechazo, incluso antes de valorar su contenido. Como resultado, muchas de las referencias que antes ayudaban a orientar la interacción han desaparecido sin ser sustituidas por otras que cumplan una función equivalente.

Aun así, si se quiere reducir la distancia entre lo que el entorno favorece y lo que permite sostener un vínculo, es necesario plantear al menos un conjunto de condiciones básicas. No como un modelo ideal, sino como un punto de partida que permita que la relación no dependa únicamente de la improvisación o de la inercia del contexto.

El primero es reducir la ambigüedad innecesaria. No se trata de eliminar la incertidumbre —eso es parte natural de cualquier relación—, sino de evitar aquellas situaciones en las que la interacción se mantiene abierta sin una intención clara de avanzar en ningún sentido. En la práctica, esto ocurre cuando una de las partes mantiene el contacto o el interés sin una dirección definida —ya sea por inercia, comodidad o simple prolongación de la interacción—, mientras la otra interpreta esa interacción como el inicio de algo que puede desarrollarse. 

Este tipo de situaciones no son excepcionales, sino que están favorecidas por un entorno en el que mantener abiertas varias interacciones resulta sencillo y, en muchos casos, funcional a corto plazo. Reducir esta ambigüedad no significa volverse brusco ni definirlo todo desde el primer momento, sino evitar prolongar situaciones en las que las expectativas ya no están alineadas.

Esto implica ajustes en ambos lados:

En el caso de las mujeres, supone ser conscientes de que mantener una interacción —responder, quedar, sostener el contacto— genera expectativas en el otro, aunque no haya una intención explícita de avanzar. No se trata de responsabilizarse de la reacción ajena, sino de evitar sostener dinámicas que puedan interpretarse de forma sistemáticamente ambigua cuando ya se sabe que no hay interés en desarrollarlas.

En el caso de los hombres, implica no interpretar cualquier señal de apertura o amabilidad como una invitación a avanzar, y aprender a calibrar mejor el contexto y la reciprocidad. No toda interacción tiene una intención relacional, y asumirlo reduce tanto la frustración como los errores de interpretación. También implica aceptar que el interés no siempre será correspondido y que la falta de claridad no es un «mensaje oculto» que deba descifrarse, sino, en muchos casos, una simple falta de alineación.

En definitiva, reducir la ambigüedad no significa eliminar el margen de exploración, sino evitar que la interacción se convierta en una situación indefinida que se mantiene más por inercia que por una intención compartida.

El segundo es la reintroducción de cierta reciprocidad en la inversión. No se trata de que ambas partes aporten exactamente lo mismo, sino de que exista una sensación clara de implicación mutua. En la práctica, esto se ve en cosas sencillas: quién inicia, quién propone, quién sostiene la conversación, quién muestra interés de forma consistente. Cuando esa implicación está muy desequilibrada durante demasiado tiempo, la relación empieza a depender de una sola parte y se vuelve difícil de mantener.

Parte de este desequilibrio tiene raíces más profundas, relacionadas con cómo evolutivamente se han repartido los roles de iniciativa y selección. Ese patrón sigue influyendo en cómo se interpreta el interés, pero en el contexto actual —marcado por una defensa de la igualdad— deja de encajar bien. Cuando una parte sigue asumiendo la mayor parte de la iniciativa y la otra mantiene una posición más pasiva, la interacción tiende a alargarse sin consolidarse o a romperse por desgaste. Por eso, introducir reciprocidad implica ajustes concretos en ambos lados:

En el caso de las mujeres, supone no limitar la implicación al papel de filtro. Si hay interés, conviene hacerlo visible también en la iniciativa: proponer, responder con continuidad, sostener la interacción cuando merece la pena. No se trata de renunciar a la selección, sino de no delegar toda la construcción del vínculo en el otro ni de sostener la interacción únicamente a través de la validación que genera, manteniéndola en un estado de indefinición que introduce una asimetría de desgaste.

En el caso de los hombres, implica no sostener durante demasiado tiempo una inversión que no encuentra respuesta. Saber identificar cuándo hay implicación real y cuándo no, y ajustar la inversión en consecuencia. También supone entender que la reacción que uno experimenta ante ciertos estímulos —atracción, interés, urgencia— no es en sí misma una señal de reciprocidad, sino una respuesta propia que puede activarse incluso sin una intención equivalente por parte de la otra persona. No toda interacción merece ser sostenida indefinidamente, y retirarse a tiempo también forma parte de la reciprocidad.

En definitiva, la reciprocidad no consiste en igualar cada gesto, sino en evitar que la relación dependa de un solo lado. Que el interés no solo se intuya, sino que también se exprese, y que la continuidad sea una construcción compartida. Este desequilibrio no es solo una cuestión de comportamiento individual, sino también de contexto. En un entorno donde la atención se distribuye de forma desigual y la iniciativa no siempre encuentra respuesta, es más fácil que una de las partes asuma de forma sistemática la mayor parte de la inversión. Por eso, sin cierto grado de reciprocidad, la interacción tiende a mantenerse en fases iniciales o a romperse por desgaste.

El tercero es la limitación práctica de la dispersión. No nos referimos simplemente a tener opciones, sino a mantener varias interacciones abiertas sin intención real de avanzar en ninguna. En las condiciones actuales, la atención no se distribuye de forma homogénea. 

En las fases iniciales, muchas mujeres reciben una cantidad de interés significativamente mayor que la mayoría de los hombres. Esto hace que sostener varias interacciones en paralelo tiene, en su caso, un coste relativamente bajo y puede resultar incluso satisfactorio a corto plazo, sin necesidad de cerrar ninguna.

En el caso de los hombres, la situación suele ser distinta. La mayoría tiene más dificultad para generar múltiples interacciones simultáneas, por lo que cada una de ellas tiende a implicar una mayor inversión relativa. Solo una minoría —normalmente asociada a determinados factores como estatus, visibilidad o recursos— puede sostener varias relaciones en paralelo con un coste comparable o incluso menor.

Esta diferencia introduce una asimetría clara: para unos, la dispersión es una opción accesible; para otros, es una situación costosa o directamente inviable. El problema no es que existan varias opciones, sino que no haya cierre ni priorización. Cuando se mantienen abiertas múltiples interacciones sin avanzar en ninguna, la continuidad se diluye y el desgaste se acumula, especialmente en quienes están invirtiendo de forma más activa.

Por eso, limitar la dispersión no implica eliminar opciones, sino introducir decisiones. Elegir en qué interacción tiene sentido seguir invirtiendo y cuáles es mejor dejar caer. Sin ese paso, la acumulación de interacciones abiertas tiende a impedir que alguna llegue a consolidarse. Esta dinámica no responde únicamente a decisiones individuales, sino a un entorno que facilita mantener múltiples opciones abiertas sin coste inmediato aparente. El problema es que ese mismo entorno dificulta que alguna de esas opciones llegue a consolidarse.

El cuarto es la recuperación de la coherencia entre intención y comportamiento. Cuando lo que se hace está constantemente orientado a provocar una reacción —mantener interés, generar atracción, sostener la atención— pero no refleja lo que realmente se busca, la relación deja de ser un vínculo y pasa a ser una dinámica de gestión.

Recuperar coherencia implica algo básico: que lo que se expresa y lo que se hace estén razonablemente alineados con la intención real. No se trata de decirlo todo desde el primer momento, pero sí de no sostener comportamientos que van en una dirección distinta a la que se desea. Aquí aparece una asimetría clara, tanto en el origen como especialmente, en el coste:

En el caso de las mujeres, la incoherencia suele aparecer en la prolongación de la interacción sin intención de avanzar. Dado que reciben más atención en fases iniciales, es posible mantener conversaciones, citas o cercanía sin definir el objetivo. La interacción puede ser agradable y con bajo coste inmediato, pero genera expectativas en el otro que no se van a cumplir. El desajuste suele aparecer más tarde, cuando esas dinámicas dificultan cerrar opciones y consolidar algo estable.

En el caso de los hombres, la incoherencia suele aparecer como adaptación estratégica para generar respuesta. Ante menor atención inicial, se ajusta el comportamiento —lo que se dice, cómo se actúa, el rol que se adopta— para resultar más atractivo, incluso cuando eso no coincide con las intenciones o posibilidades reales. Aquí el coste es más inmediato: se invierte desde el principio en una dinámica que no es coherente, lo que aumenta la frustración y el desgaste cuando no hay correspondencia o cuando la relación intenta avanzar.

El resultado es similar, pero no simétrico. En un lado, la incoherencia se sostiene con menor coste a corto plazo y se manifiesta después. En el otro, el coste aparece antes y condiciona desde el inicio la forma de interactuar. Sin un mínimo de coherencia entre intención y comportamiento, la relación puede mantenerse en fase inicial, pero difícilmente se convierte en algo que se pueda sostener en el tiempo. Este tipo de incoherencia no surge de forma aislada, sino que está favorecida por un contexto en el que la gestión de la percepción tiene más peso que la consistencia a largo plazo. Mientras esa lógica se mantenga, la alineación entre intención y comportamiento seguirá siendo difícil de sostener.

El coste del reajuste

Llegados a este punto, la cuestión no es solo qué tendría que cambiar, sino por qué no cambia. Porque introducir claridad, reciprocidad, menor dispersión o coherencia no es gratuito. Cada uno de estos ajustes implica renunciar a algo que, en el contexto actual, sí está funcionando —aunque sea solo a corto plazo—.

En el caso de las mujeres, reducir la ambigüedad, priorizar o cerrar opciones implica perder margen de maniobra. Supone renunciar a parte de la capacidad de filtrar con comodidad, a la validación constante y a la posibilidad de mantener abiertas varias alternativas sin comprometerse con ninguna. A corto plazo, eso se percibe como una pérdida de libertad o de control sobre el proceso.

En el caso de los hombres, dejar de adaptarse estratégicamente, no sobreactuar o no invertir sin retorno claro implica exponerse más. Supone asumir el riesgo de no generar interés inmediato, de no encajar en las dinámicas que funcionan en el entorno o de quedarse fuera «del mercado». A corto plazo, eso puede traducirse en menos oportunidades y en una mayor sensación de rechazo.
 
El sistema actual favorece dinámicas que funcionan en el corto plazo —mantener la atención, generar respuesta, sostener la interacción—, pero esas mismas dinámicas dificultan que una relación llegue a ser satisfactoria. Las condiciones que permiten que un vínculo funcione bien —claridad, reciprocidad, coherencia— son las mismas que permitirían sostenerlo en el tiempo, y son precisamente las que el entorno penaliza. Pero eso no implica que el largo plazo deba ser el objetivo ni que su ausencia suponga un fracaso. Una relación puede no consolidarse y, aun así, haber sido satisfactoria. El problema aparece cuando la interacción ni siquiera llega a cumplir esas condiciones básicas, quedándose en una dinámica que se sostiene, pero que no llega a funcionar.

Ahí está el núcleo del problema: el sistema actual —la sociedad, la cultura, el entorno digital, los incentivos, etc.— no solo permite dinámicas cortoplacistas que limitan lograr relaciones mutuamente satisfactorias, sino que las estimula: refuerza la ambigüedad porque mantiene la atención. Refuerza la dispersión porque multiplica las opciones. Refuerza la adaptación estratégica porque aumenta la probabilidad de respuesta. Y penaliza, en muchos casos, la claridad, la definición o la coherencia temprana.

Volviendo a la realidad

El debate político y social en la actualidad no parecen ir encaminados en la dirección apuntada. Más bien, fomentan justo lo contrario: polarización por sexos, e incluso directamente, fomentar la abstinencia relacional, como algunos artículos en medios de gran difusión parecen indicar. El análisis del origen de estas estrategias mediáticas va más allá de la pretensión inicial de esta serie de artículos, pero que duda cabe que ignorar la coyuntura actual sería excesivamente ingenuo.

Por eso, cualquier reajuste no puede plantearse solo como una mejora estética ni como una cuestión de voluntad individual. Tiene que asumir que implica costes reales dentro de un sistema que sigue premiando las dinámicas contrarias. Además, el problema no es únicamente las dificultades para construir vínculos, sino que se favorecen dinámicas en las que ni siquiera es necesario compartir un objetivo para interactuar. El resultado es un espacio relacional donde hay contacto, pero no dirección común; donde hay interacción, pero no necesariamente construcción.

Y mientras esos costes no se perciban como asumibles —o no se compensen mediante cambios en el propio entorno—, la tendencia dominante seguirá siendo la misma: comportamientos que funcionan dentro del sistema, aunque dificulten la construcción de vínculos que puedan sostenerse. El sistema no falla: produce exactamente el tipo de relaciones que incentiva.

Bibliografía / lecturas de referencia

  • Axelrod, R. (1984). La evolución de la cooperación.
  • Bauman, Z. (2005). Amor líquido.
  • Buss, D. (1994). La evolución del deseo.
  • Buss, D. & Schmitt, D. (1993). Teoría de las estrategias sexuales.
  • Eastwick, P. et al. (2008). Sex differences in mate preferences revisited.
  • Finkel, E. et al. (2014). The Suffocation of Marriage.
  • Frank, R. (1988). Pasiones dentro de la razón.
  • Giddens, A. (1992). La transformación de la intimidad.
  • Henrich, J. (2016). El secreto de nuestro éxito.
  • Illouz, E. (2009). El consumo de la utopía romántica.
  • Illouz, E. (2012). Why Love Hurts.
  • Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio.
  • Kurzban, R. (2011). Why Everyone (Else) Is a Hypocrite.
  • Miller, G. (2000). La mente del apareamiento.
  • Perel, E. (2006). Mating in Captivity.
  • Schwartz, B. (2004). The Paradox of Choice.
  • Simpson, J. & Gangestad, S. (1991). Individual differences in sociosexuality.
  • Turkle, S. (2011). Alone Together.
  • Twenge, J. (2017). iGen.
  • Trivers, R. (1972). Inversión parental y selección sexual.
(Bibliografía proporcionada por ChatGPT)

miércoles, 1 de abril de 2026

Cuando las culturas fracasan

miércoles, 1 de abril de 2026

Cómo los sistemas culturales generan innovación, la capturan y acaban entrando en crisis por sus propias dinámicas internas.
Poder, cultura y el colapso de los sistemas

A lo largo del siglo XX, distintos pensadores han intentado explicar la transformación y el declive de las sociedades complejas. Algunos, como Oswald Spengler, describieron estos procesos como ciclos casi orgánicos de auge y decadencia. Otros, como Michel Foucault, analizaron cómo las estructuras de poder producen los marcos de verdad que sostienen esos sistemas. Sin embargo, ambos enfoques dejan una cuestión fundamental en segundo plano. No se trata simplemente de por qué las sociedades colapsan o se transforman, ni de cómo construyen sus relatos de legitimidad, sino de algo más profundo.

Los sistemas sociales que, en determinados momentos, logran generar estabilidad, crecimiento y complejidad, acaban reproduciendo patrones similares en su caída. Las mismas innovaciones que alumbraron nuevos periodos de progreso, se convierten en formas más sofisticadas de control y coacción. Según la visión de estos autores, parece haber cierta inevitabilidad en este proceso. Como si el auge y caída de los imperios fuera algo inevitable o la dificultad de alcanzar una verdad definitiva tuviera que impedirnos buscarla sin más.

Esto abre un margen de cuestionamiento distinto. Tal vez las causas que conducen a la crisis no aparecen al final del proceso, sino que están presentes desde el inicio, aunque quedan eclipsadas por el éxito inicial del sistema. La expansión y el crecimiento no eliminan esas tensiones, las contienen temporalmente. Desde esta perspectiva, el colapso puede entenderse como una dinámica interna que opera desde el principio de manera inadvertida, en lugar de errores de criterio o de inevitabilidades históricas.

Una forma de aproximarse a este proceso es observar los momentos en los que las sociedades han logrado generar entornos especialmente fértiles para la innovación. Aunque estos espacios se apoyan en avances previos y periodos de estabilidad, rara vez emergen desde los centros de poder. Surgen más bien en zonas periféricas, donde la cooperación, la educación, la estabilidad institucional y la inversión a largo plazo permiten la aparición de nuevas ideas. Son entornos que no nacen de forma espontánea del mercado ni de instituciones rígidas que operan sobre su propia legitimidad, sino de marcos políticos y colectivos que los hacen posibles.

A pesar de ello, la innovación que emerge en estos contextos tiende a ser progresivamente capturada por estructuras económicas y burocráticas que la organizan, la escalan y la explotan, reconfigurando en el proceso nuevas formas de centralidad de poder. Este proceso no es necesariamente negativo: permite el crecimiento y la expansión del sistema. Sin embargo, el problema aparece cuando esa dinámica de apropiación comienza a desplazar y, en ocasiones, a sofocar las condiciones que hicieron posible la innovación inicial. En ese punto, la capacidad de generar nuevas ideas tiende a estancarse dentro de la estructura dominante, reapareciendo con el tiempo en los márgenes donde el sistema aún no ha consolidado su control.

La importancia del marco político

Precisamente, una de las confusiones más extendidas en el discurso contemporáneo consiste en considerar el Estado como algo opuesto al mercado. Determinados enfoques tienden a atribuir al llamado «mercado libre» la capacidad de generar innovación de forma casi autónoma, mientras que el papel del Estado queda reducido al de un obstáculo o una interferencia. Sin embargo, aunque no son los políticos ni las estructuras burocráticas quienes generan directamente las nuevas ideas, esta visión ignora un hecho fundamental: los procesos de innovación sostenida dependen de un entramado político, institucional y social que no puede reducirse a la lógica de mercado y que, en gran medida, se sostiene sobre decisiones colectivas y marcos públicos.

La educación pública, la investigación financiada colectivamente, las infraestructuras, la estabilidad jurídica o la sanidad no son elementos accesorios, sino condiciones estructurales que permiten la generación de valor en sociedades complejas. Ejemplos paradigmáticos como el desarrollo tecnológico en Silicon Valley muestran que los ecosistemas más innovadores surgen precisamente allí donde existe una combinación de inversión pública, instituciones sólidas y entornos de cooperación. El capitalismo, en este sentido, no crea estas condiciones por sí mismo, sino que opera sobre ellas. Su capacidad de crecimiento depende de un marco previo que posibilita dinámicas de suma no cero —cooperación, conocimiento acumulado, creatividad—. Sin embargo, a medida que la lógica de acumulación gana autonomía, tiende a apropiarse de los resultados de ese proceso sin necesariamente reinvertir en sus condiciones de origen.

La llegada de las crisis

Cuando el sistema político pierde capacidad para sostener ese marco —ya sea por desregulación, captura institucional o debilitamiento de lo público—, las dinámicas de generación de valor se erosionan progresivamente. El sistema puede seguir funcionando durante un tiempo mediante la explotación de innovaciones pasadas, pero su capacidad de adaptación real disminuye. En este contexto, la innovación deja de ser transformadora y pasa a ser incremental o técnica: se optimiza lo existente, pero no se cuestionan sus fundamentos. Las organizaciones se vuelven más complejas y eficientes en apariencia, pero menos capaces de adaptarse a cambios estructurales.

Mientras tanto, los marcos de verdad que sostienen ese sistema continúan operando, aunque cada vez con mayor dificultad para explicar la realidad que han contribuido a generar. Las contradicciones no desaparecen, sino que se acumulan. La crisis no aparece entonces como un accidente, sino como el resultado de una pérdida de funcionalidad. El sistema ya no puede sostener las condiciones que lo legitimaban, pero tampoco ha permitido el desarrollo de alternativas suficientes.

En ese punto, la transformación se vuelve necesaria, no por destino ni por la imposibilidad de alcanzar una verdad definitiva, sino porque las tensiones internas alcanzan un nivel en el que ya no pueden gestionarse con los mecanismos existentes, obligando a una reconfiguración —en ocasiones traumática— para poder seguir funcionando. En realidad, el sistema nunca llegó a ser plenamente funcional, sino que durante su expansión fue capaz de contener y posponer los efectos de las incoherencias que lo atravesaban.

Transformación y desplazamiento

La innovación que finalmente permite esa transformación no surge como continuación natural del sistema, sino, en muchos casos, como aquello que había sido previamente marginado, ignorado o bloqueado. Lo que se presenta como un cambio repentino es, en realidad, la liberación tardía de posibilidades que el propio sistema había contenido. A menudo, estas innovaciones no son el resultado de una adaptación consciente del sistema, sino que emergen en sus márgenes cuando la crisis abre fisuras por las que asoman nuevas ideas. No obstante, estas acaban siendo reconocidas, apropiadas e integradas por la estructura dominante.

Desde esta perspectiva, la historia no es una sucesión de ciclos inevitables ni una simple lucha ideológica, sino un proceso en el que las estructuras de poder y los marcos de verdad que generan entran periódicamente en contradicción con su propia capacidad de sostenerse. El poder, en su configuración histórica concreta, tiende a priorizar su propia perpetuación. La funcionalidad social no constituye su finalidad, sino una condición que se activa cuando resulta necesaria para sostener el funcionamiento del sistema.

De este modo, el sistema puede operar durante largos periodos, aun cuando su propio funcionamiento erosiona progresivamente las condiciones que lo hacen posible, posponiendo sus efectos hasta que estos se vuelven inevitables. En este contexto, las excepciones individuales tienden a adquirir un valor simbólico desproporcionado. Las figuras que logran prosperar dentro del sistema se presentan como prueba de su validez —el individuo hecho a sí mismo—, ocultando las condiciones estructurales que facilitan o limitan su aparición. 

Así, el individuo como excepción se convierte en norma aparente, reforzando un marco que, en términos generales, continúa operando bajo las mismas incongruencias. Estas figuras no surgen de la nada, sino en contextos profundamente dependientes de dinámicas colectivas y condiciones previas que el propio sistema tiende a invisibilizar al individualizar sus resultados.

Y es en esa contradicción donde se abre, siempre tarde y nunca sin coste, la posibilidad del cambio.

Bibliografía de referencia

  • Foucault, Michel. (1975). Vigilar y castigar
  • Kuhn, Thomas S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas.
  • Spengler, Oswald. (1918). La decadencia de Occidente. 
  • Žižek, Slavoj. (1989). El sublime objeto de la ideología.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Cuando la cultura duele

miércoles, 20 de agosto de 2025


Trabajo publicado en ResearchGate: DOI


¿Qué nos hace ser como somos? Durante mucho tiempo se pensó que las dos fuerzas que dibujaban nuestro destino seguían caminos separados: la genética como manual biológico que marca lo esencial, y la cultura como escritura paralela sobre ese guion. La primera pone las bases; la segunda nos permite aprender, adaptarnos y evolucionar a un ritmo que la biología por sí sola jamás alcanzaría.

La cultura es fruto de una combinación de capacidades humanas: la cognitiva y la simbólica, originalmente desarrolladas como mecanismos de adaptación al entorno. Sin embargo, esas mismas facultades terminaron transformándolo hasta tal punto que ya no necesitamos adaptarnos a él del mismo modo que al principio. La biología quedó rezagada en un mundo que se desfiguraba, mientras la humanidad elaboraba un sistema paralelo de transmisión de información —lenguaje, costumbres, tecnología— que nos permitió una adaptación vertiginosa a los cambios que nosotros mismos desencadenábamos. Sin embargo, ni la biología ni la cultura por sí solas logran explicar plenamente la adaptación humana.

Pero ¿y si la frontera entre biología y experiencia no fuera tan clara como se ha querido representar? Tal vez nuestra ignorancia sobre ciertos mecanismos biológicos ha hecho que pasemos por alto hasta dónde llega realmente su influencia. En algunas especies, por ejemplo, se observa cómo ciertas conductas aparecen de forma automática poco después del nacimiento, integrándose en su repertorio instintivo. Aquí es donde la ciencia moderna está desvelando un puente fascinante entre ambos mundos: un mecanismo biológico que permite que factores ambientales —desde la dieta y el estrés hasta las interacciones sociales— dialoguen directamente con nuestro código genético.

Esta tercera vía, que conecta nuestra herencia con nuestra historia personal, es la epigenética. Este mecanismo biológico permite que los seres vivos, incluidos los seres humanos, se adapten a las circunstancias sin necesidad de un aprendizaje consciente. Sin embargo, lo que en el pasado fue un mecanismo de adaptación, en el mundo que hemos construido puede dar lugar también a respuestas disfuncionales. La ciencia ha reservado para ese fenómeno una etiqueta concreta: el trauma.

Por tanto, si bien la epigenética no altera las palabras de nuestro libro genético, sí decide qué capítulos se leen en voz alta y cuáles permanecen en silencio. Actúa como un conjunto de interruptores que, sin cambiar la estructura fundamental de nuestro ADN, modula su expresión para adaptarnos mejor al mundo que nos toca vivir. Este descubrimiento nos abre a una metáfora poderosa para entender nuestra propia existencia: la idea de que el ADN es, en realidad, la partitura de la vida.

La partitura de la vida

Se ha descrito al ADN como una molécula compleja que, mediante mutaciones aleatorias y selección natural, adquirió la capacidad de autorreplicarse y dar origen a la vida. Sin embargo, la información genética de esta molécula necesita ser interpretada y ajustada en cada individuo. Aquí entra en juego la epigenética: un conjunto de mecanismos bioquímicos que, sin alterar la secuencia del ADN, lo «instancia» en cada ser vivo. Factores como la dieta, el estrés o las interacciones sociales actúan como señales que permiten a la epigenética «activar» o «silenciar» genes específicos. Esta plasticidad fue una ventaja evolutiva crucial, pues permite adaptar la expresión genética al entorno concreto en el que un organismo nacerá y crecerá.

Siguiendo una poderosa metáfora musical, podemos decir que el ADN es la partitura donde está escrita la sinfonía de la vida. Pero una partitura, por sí sola, es inerte; necesita de un intérprete que la convierta en sonido. Ese intérprete biológico es la epigenética, que «moldea» la información del ADN para adecuarla a su auditorio: el entorno. Al igual que un músico ajusta su interpretación a la acústica de la sala o a la reacción del público, la epigenética «escucha» las señales del ambiente para decidir qué notas genéticas enfatizar y cuáles amortiguar, logrando así que la melodía de la vida se adapte con la mayor eficiencia posible.

Por tanto, además de las mutaciones aleatorias en los genes, el posterior proceso de selección natural determinado por la supervivencia y la reproducción puede influir en el resultado final a través de otros factores, no solo en el momento de la fecundación, sino el de la posterior gestación y desarrollo vital del sujeto. Debido a esto, la especie humana ha mostrado una gran variación morfológica[1], aparentemente debido a los diferentes entornos de la geografía terrestre. Estas variaciones en cuanto a color de piel, de ojos o tamaño físico, entre otras, se les llaman fenotípicas[2] y se considera que surgen en función del ambiente, aunque los mecanismos no están todavía completamente claros. Las posibilidades van desde la deriva genética, por la que una mutación azarosa podría perdurar en un ambiente aislado aunque no fuera especialmente favorable, hasta la propia selección sexual[3], por la que unos rasgos culturales aceptados como atractivos o deseables, se verían favorecidos en la reproducción. 

La epigenética también es otro factor a tener en cuenta: aunque no está comprobado que las características adquiridas sean heredables, un cierto entorno cultural persistente podría mantener una impronta en la manifestación genética en las sucesivas generaciones que crezcan bajo esas mismas condiciones[4]. En resumen, la epigenética sería una capa adicional en la que el entorno puede «modular» la expresión de nuestra herencia genética, de manera que no solo los factores ambientales, sino también los culturales —como el estilo de vida, las relaciones sociales o incluso los traumas— pueden dejar una huella duradera en la biología de un individuo.

De hecho, se ha sugerido que experiencias traumáticas no tratadas pueden transmitirse a lo largo de generaciones, afectando la salud mental y física de los descendientes[5]. Esto convierte a la epigenética en un terreno fértil para repensar problemas sociales como la desigualdad, la pobreza crónica o incluso el clima emocional colectivo. Así, una sociedad atravesada por el miedo, la inseguridad o el estrés estructural no solo estaría moldeando subjetividades, sino también —potencialmente— la configuración biológica de las siguientes generaciones. 

Si bien su carácter hereditario —influencia transgeneracional—no está comprobado —algunos estudios de hecho, apuntan a que los mecanismos operan en sentido contrario, precisamente para evitar la transmisión de características que no serían adecuadas a nuevos entornos[6]— otras investigaciones, sin embargo, continúan explorando los posibles mecanismos moleculares a través de los cuales esta herencia podría ocurrir, sugiriendo que el debate científico sigue abierto[7]

Independientemente de esta discusión, lo que es innegable y de enorme relevancia es la influencia intergeneracional: las condiciones ambientales vividas por una madre durante la gestación (como el estrés o la dieta) afectan directamente al desarrollo del feto, dejando marcas epigenéticas duraderas en su descendencia. Esta influencia, sumada a la que ejerce un entorno cultural persistente que puede replicar las mismas marcas en cada generación, le otorga al epigenoma una importancia imposible de ignorar.

Las primeras herramientas creadas por los humanos no llegaban a modificar el entorno, sin embargo, sí cambiaban nuestra relación con él, de manera que se formó un bucle de realimentación evolutiva mutuamente influyente. Esta cultura primitiva, impulsada por la tecnología, se perfeccionó hasta un punto de inflexión: empezamos a crear un mundo artificial. Fue entonces cuando la cultura se transformó en algo nuevo, más complejo y de un alcance sin precedentes, imponiendo una presión selectiva novedosa que ya no provenía de la naturaleza, sino de nuestra propia creación. 

Mientras la presión del entorno natural disminuía, emergía una nueva presión artificial o cultural. Nuestra biología genética, adaptada a un ritmo evolutivo lento, no podía seguir la velocidad de estos cambios. Es aquí donde mecanismos de adaptación más rápidos, como la epigenética, pudieron cobrar un protagonismo esencial. Por tanto, aunque no se conocen todos los mecanismos precisos, resulta irresponsable ignorar la repercusión directa que la cultura humana —incluyendo las primeras manifestaciones de herramientas construidas por los homínidos— tiene sobre nuestra biología, hasta el punto de que podríamos estar asistiendo a nuestra propia autodomesticación como especie.

Investigaciones sobre este ámbito sugieren que los «humanos anatómicamente modernos», en contraste con nuestros parientes extintos como los neandertales, exhibimos rasgos característicos del llamado «síndrome de domesticación», análogos a los observados en animales domesticados: un perfil craneofacial más grácil y juvenil, reducción del prognatismo — menor proyección de la mandíbula hacia adelante— y del tamaño de los dientes, y una disminución general del dimorfismo sexual. La hipótesis principal es que este cambio fue impulsado por una selección a favor de la prosocialidad —sociabilidad— y en contra de la agresión reactiva; es decir, nos «amansamos» a nosotros mismos para poder cooperar en sociedades cada vez más complejas y tecnológicamente dependientes. En este sentido, la cultura no solo fue un producto de nuestra mente, sino que se convirtió en la principal fuerza que modela nuestra evolución reciente[8].

Si este entorno cultural puede moldear nuestra biología a escala evolutiva, generando cambios anatómicos y de comportamiento a lo largo de generaciones, es lógico pensar que las experiencias ambientales intensas y directas tienen un poder aún más inmediato sobre la biología de un individuo. El mismo sistema de plasticidad biológica que permite la adaptación a largo plazo es también vulnerable a las huellas de eventos agudos. Es en esta confluencia donde la «interpretación» de la partitura genética se ve alterada de la forma más dramática. La huella que deja el entorno no es una sutil modulación, sino una nota discordante y persistente que puede distorsionar la melodía de una vida: el trauma.

La subjetividad del trauma

Imagina a un niño pequeño que queda encerrado en un ascensor. Aunque logre salir sin sufrir daño físico, la experiencia puede dejarle una huella persistente: miedo o incluso pánico cada vez que tenga que entrar en uno. Esa reacción automática —sudoración, bloqueo físico, ansiedad intensa— no responde a un peligro real, pero se activa como si lo fuera[9]. En psicología, a este fenómeno se le conoce en concreto como trauma[10]. Este se entiende como una respuesta automática e involuntaria del organismo ante ciertos eventos que lo «disparan». Estas reacciones suelen remontarse a un suceso pasado que dejó una huella profunda y difícil de borrar. 

El rango de situaciones es amplio, pero la probabilidad de adquirir un problema de este tipo es directamente proporcional a lo impactante del suceso e inversamente proporcional a la edad: a menor edad, más fáciles o más leves pueden ser las experiencias que generen este efecto. De hecho, es conocido que cualquier humano en sus primeros años ha de recibir afecto y calidez emocional en su cuidado. La simple ausencia de afectividad en estas etapas puede causar la enfermedad del infante e incluso su fallecimiento[11]Efectivamente, como la persona que lea este trabajo habrá imaginado, los traumas se consolidan en los individuos a través de mecanismos epigenéticos[12], En otras palabras: la experiencia no solo queda registrada en la memoria psicológica, sino también en los interruptores moleculares que regulan la expresión de los genes, fijando esa huella como una respuesta automática.

En un entorno natural, este mecanismo tenía un claro valor adaptativo: generaba respuestas rápidas ante peligros reales del ambiente. Pero en el mundo artificial que hemos construido, los estímulos cambian de naturaleza. Así, ascensores, tráfico o incluso la vida urbana pueden activar respuestas que ya no resultan útiles, sino desadaptativas. Ahora bien, como se puede observar, la circunstancia que lo califica como tal es debida únicamente a que los ascensores son un elemento habitual en nuestras sociedades. Es decir, que  el «factor trauma» está condicionado por la cultura y la tecnología usada en dicho ámbito. Es por tanto un criterio subjetivo. Esta circunstancia hace plantearse la posibilidad de que puedan existir otros factores que, si bien quedan fuera de dicha definición al no presentar un carácter patológico, sí que son consecuencia de interiorizar una experiencia siguiendo un mecanismo equivalente.  El campo de estudio, por tanto, no debería enfocarse únicamente en lo patológico, sino en lo sociológico. Es aquí donde la biología puede tender un puente entre la psicología y la sociología, solapando sus fronteras para ofrecer esta nueva perspectiva.

En función de lo visto, cabe preguntarse la inquietante cuestión de qué otros sucesos en el periodo de formación de un individuo podrían, en lugar de causar una respuesta desadaptativa al medio social en el que se desarrolla, sea adaptativa y, por tanto, haya pasado desapercibida. Por ejemplo, ¿Podrían ciertos modelos autoritarios o carentes de empatía dejar una impresión perdurable en los habitantes de manera que genere o catalice ciertas respuestas sociales que, sin embargo, se consideren de éxito? Tal vez los modelos de liderazgo o el mismo concepto de éxito social están influido por estos condicionantes, de una manera mucho más profunda y que sin duda, merecerían una mayor atención.

La construcción del individuo

La famosa frase atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek[13] —«resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo»— ilustra a la perfección cómo un entorno socio-cultural puede influir en las características de sus individuos. En la práctica, parece existir una incapacidad colectiva para concebir alternativas al sistema económico vigente, incluso en un Occidente en claro declive.

En contraste, en China un 70% de los jóvenes cree que vivirá mejor que sus padres[14]. Esto abre la pregunta: ¿acaso, al no haber pasado por los filtros culturales del capitalismo, su imaginación de futuros posibles sea distinta? Quizá las diferencias no se deban solo a la cultura, sino también a factores más profundos, moldeados por mecanismos biológicos que no se han considerado hasta ahora. Mientras que Occidente parece haber alcanzado un punto de inflexión en su ideario colectivo, la respuesta que China está teniendo a los problemas globales y a su propio impacto sobre ellos, dan muestra de que su cultura milenaria no ha llegado todavía a tal extremo.

Aunque las investigaciones en el campo epigenético no son concluyentes, abre un campo de posibles explicaciones a la actual situación y explicaría las diferencias de comportamiento. Si bien sus implicaciones serían reversibles al no persistir en la herencia genética, no parece haber impedimento a pensar que un entorno cultural persistente pueda acabar modelando el comportamiento automático o instintivo, como un filtro supuestamente protector,  afectando de manera significativa a porcentajes importantes de la población. Si la epigenética muestra cómo la experiencia moldea al individuo, cabe preguntarse si entornos culturales persistentes podrían hacer lo mismo a escala colectiva.

Algunos estudios apuntan en este sentido y afirman que un entorno cultural —abiótico—persistente podría moldear la biología, no solo morfológicamente debido al cambio de hábitat, sino también a nuestro comportamiento en sociedad más allá de un cambio cultural externo (Seebacher & Krause, 2019) [15] . Estos cambios se evidenciarían en nuestra respuesta biológica interna, al estar condicionados a la activación inconsciente y automática de neurotransmisores que regulan nuestro comportamiento[16].

La buena, pero al mismo tiempo inquietante noticia, es que se puede postular que una vez se conozca este proceso teórico que podría llamarse de autodomesticación, sería factible configurar una intervención en él para evitar la propagación de culturas que no supongan un perjuicio para nuestra especie. De manera objetiva, podría decirse que se ajusten más a nuestro origen evolutivo del Paleolítico, sin renunciar a los progresos tecnológicos que la capacidad racional humana puede producir. Esto abre el debate, de nuevo, sobre si somos capaces de contener y moderar nuestra singularidad cognitiva. Esa misma singularidad que permite a la naturaleza crear, mediante el ingenio humano, soluciones que por sí sola no podría alcanzar, pero que al mismo tiempo puede ocasionar los más terroríficos problemas.

  


[1] Es lo que se ha denominado tradicionalmente como «raza», un término que se intenta evitar debido a que ha adquirido connotaciones negativas por las que se malinterpretaban estas diferencias.

[2] Steven Pinker, La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana (Barcelona: Paidós, 2003), 48.

[3] Ibíd, 241-242.

[4] Ibíd, 33-34.

[5] Sandro Casavilca-Zambrano et al., «Epigenética: la relación del medio ambiente con el genoma y su influencia en la salud mental», Revista de Neuro-Psiquiatría 82, no. 4 (2019): 266–273, https://doi.org/10.20453/rnp.v82i4.3648.

[6] Adrian Bird, «Transgenerational Epigenetic Inheritance: A Critical Perspective», Frontiers in Epigenetics and Epigenomics 2 (2024): 1434253, https://doi.org/10.3389/freae.2024.1434253.

[7] Yuqian Fan y Leping Li, «Transgenerational Epigenetic Inheritance: Potential Mechanisms and Implications for Human Health», Genes 13, no. 7 (2022): 1209, https://doi.org/10.3390/genes13071209.

[8] Constantina Theofanopoulou et al., «Self-domestication in Homo sapiens: Insights from comparative genomics», PLoS ONE 12, no. 10 (2017): e0185306, https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0185306 .

[9] Yuting Nie et al., «Emerging Trends in Epigenetic and Childhood Trauma: Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers in Psychiatry 13 (2022): 925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.

[10] Pinker, La tabla rasa, 243-244. Pinker relata en su obra el experimento de Harry Harlow con monos, donde se confirmaban los devastadores efectos de privar de contacto emocional a crías, replicando el terrible caso con el que Federico II sometió a unos recién nacidos.

[11] Yuting Nie et al., «Emerging Trends in Epigenetic and Childhood Trauma: Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers in Psychiatry 13 (2022): 925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.

[12] Este es uno de los motivos por los que se aconseja que no vayan personas de poca edad solas en los ascensores.

[13] Alejandro Bonada Chavarría, «Venimos a hablar de lo imposible, porque lo posible ya se ha hecho», Temas Antropológicos. Revista Científica de Investigaciones Regionales 40, no. 2 (2018): 139, https://www.redalyc.org/journal/4558/455859449008/html/. En este enlace, Bonada Chavarría hace referencia a esta cita como atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek.

[14] Jaime Santirso, «China ante el espejo de la ciencia ficción», El Mañana, 21 de Febrero de 2021, https://www.elmanana.com/suplementos/dominical/china-ante-el-espejo-de-la-ciencia-ficcion/5257762

[15] Frank Seebacher y Jens Krause, «Epigenetics of Social Behaviour», Trends in Ecology & Evolution 34, no. 9 (2019): 818–30, https://doi.org/10.1016/j.tree.2019.04.017.

[16] Pinker, La tabla rasa, 85.

      


Trabajo publicado en ResearchGate: DOI

lunes, 23 de diciembre de 2024

El mundo y sus demonios (Carl Sagan)

lunes, 23 de diciembre de 2024
Fragmento en inglés de la obra 'El mundo y sus demonios', de Carl Sagan

«La ciencia es más que un conjunto de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo el presentimiento de una América en la época de mis hijos o nietos, cuando Estados Unidos sea una economía de servicios y de la información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave se hayan ido a otros países; cuando los impresionantes poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público pueda siquiera entender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o de cuestionar con conocimiento de causa a los que tienen autoridad; cuando, aferrados a nuestras [bolas de cristal] y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslizamos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad. El embrutecimiento de Estados Unidos es más evidente en la lenta decadencia de los contenidos sustanciales en los medios de comunicación enormemente influyentes, en los bocados de sonido de 30 segundos (que ahora se reducen a 10 segundos o menos), en la programación del mínimo común denominador, en las presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia»

Carl Sagan (El mundo y sus demonios, 1995)

En este fragmento, el científico y apasionado divulgador, daba muestras de sus cualidades intuyendo y describiendo a dónde llevaban las tendencias que se observaban en las últimas décadas del Siglo XX en la economía, la política y la influencia de unos medios de comunicación dominados por aquellos que preferían difundir mensajes sencillos y creíbles, sin importar su procedencia o veracidad. Como se veía en el artículo anterior, el progresivo descrédito de la ciencia y de las instituciones, tal vez al fracasar en algunas de las promesas grandilocuentes que los intereses políticos de la Guerra Fría obligaron a anunciar que solucionarían la mayoría de los problemas del mundo, defraudaron a a una sociedad que se abandonó a la evasión y al autoengaño. Los resultados los estamos viendo en los líderes de las principales naciones occidentales que dudan de las vacunas o que no tienen reparos en usar noticias falsas para manipular a una cada vez más crédula población.

NOTAS: como Sagan diferencia entre Estados Unidos y «América», se ha mantenido la nota tal como la propuso el autor. Se entiende, por tanto, que cuando se refiere al nombre del continente, lo hace en el contexto de una situación fuera de sus fronteras. Las palabras entre corchetes se han traducido adaptadas a nuestro contexto.