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domingo, 14 de junio de 2026

El manual invisible

domingo, 14 de junio de 2026
La 'Escuela de Atenas' reinterpretada: Ortega y Gasset se integra entre filósofos clásicos y modernos, simbolizando el diálogo de las ideas

La administración contemporánea del comportamiento

I
El descubrimiento incómodo

Hay una idea incómoda que atraviesa buena parte del siglo XX y que todavía hoy seguimos sin terminar de procesar: el ser humano no es completamente racional. Lo incómodo no es tanto admitirlo —eso ya resulta relativamente aceptado— sino preguntarse qué consecuencias tuvo realmente ese descubrimiento y quién aprendió a utilizarlo. Quizá el problema contemporáneo no sea simplemente que existan sesgos cognitivos, impulsos emocionales o predisposiciones adaptativas heredadas de nuestra evolución, sino que el conocimiento práctico sobre cómo funcionan esos mecanismos terminó fragmentado, especializado y distribuido entre estructuras de poder que aprendieron a explotarlo sin integrarlo nunca en una comprensión pública y transversal de la naturaleza humana. No se trata —necesariamente— de una conspiración. Precisamente ahí reside la dificultad para verlo.

El error original: confundir reacción con esencia

Freud ocupa aquí un lugar contradictorio. Por un lado, tuvo el mérito de señalar algo importante: el comportamiento humano no puede reducirse a un sujeto puramente racional y completamente transparente para sí mismo. Existen impulsos, aparentes contradicciones internas, mecanismos emocionales y estructuras inconscientes que condicionan nuestras decisiones. El problema aparece cuando esas observaciones, realizadas sobre individuos inmersos en una cultura concreta, pasan a interpretarse como descripciones universales e inmutables de «la naturaleza humana».

Aparición de la circularidad

Freud analizaba sujetos moldeados por determinadas estructuras sociales, familiares y culturales propias de la modernidad industrial europea. Después extraía conclusiones sobre el ser humano «en sí» y concluía que la cultura era necesaria para «canalizar» dichos instintos. Pero si el entorno cultural ya condiciona profundamente la conducta, ¿hasta qué punto puede separarse lo observado de las condiciones históricas concretas en las que aparece? Si bien los fenómenos observados por Freud no eran falsos —muchas de las tensiones que describía existen realmente— el problema aparece cuando se asume que esas tensiones constituyen necesariamente la esencia humana y no se distingue qué parte es la causada como reacción adaptativa a las formas de organización social contemporáneas.

II
Edward Bernays y el descubrimiento operativo

El siglo XX dio un paso más. Edward Bernays —sobrino de Freud— comprendió algo decisivo: si las personas no actúan principalmente mediante deliberación racional, entonces las sociedades modernas podían ser gestionadas influyendo indirectamente sobre deseos, símbolos, emociones y percepciones colectivas. No hacía falta obligar. Bastaba con orientar. En el documental El siglo del individualismo, el propio Bernays afirmaba que las técnicas de propaganda del ministro Goebbels podían ser usadas «para la paz» de la misma manera que fueron usadas para la guerra. De esta manera, la propaganda moderna dejó entonces de consistir únicamente en censura o imposición para convertirse en ingeniería simbólica. Publicidad, relaciones públicas, comunicación política, diseño de marca, neuromarketing, storytelling corporativo: distintas disciplinas fueron aprendiendo progresivamente a activar predisposiciones humanas profundas sin necesidad de explicarlas públicamente. 

Y aquí aparece un fenómeno especialmente relevante: este conocimiento nunca se integró realmente en una «alfabetización social» general. A pesar de ser clave tanto para el autoconocimiento individual como para explicar ciertos comportamientos colectivos observables, se disperso en diversas nociones, fragmentado en diferentes ámbitos y bajo nuevas etiquetas que evitaban aludir a la «naturaleza humana». Cada ámbito desarrolló su propia terminología, sus propios modelos y sus propias herramientas:

  • El marketing habla de engagement emocional. 
  • La economía conductual habla de heurísticos y sesgos. 
  • El management habla de liderazgo y motivación. 
  • La psicología social habla de dinámicas grupales. 
  • La comunicación política habla de framing
  • El neuromarketing habla de activación dopaminérgica.

Autores posteriores como Baudrillard (1970) observaron una consecuencia adicional de este proceso: en las sociedades contemporáneas, muchos símbolos terminan adquiriendo autonomía respecto a las realidades que originalmente representaban. El reconocimiento, el prestigio o la pertenencia continúan siendo necesidades humanas muy antiguas, pero las señales utilizadas para satisfacerlas pueden producirse, reproducirse y gestionarse a gran escala mediante sistemas simbólicos cada vez más sofisticados.

Del mismo modo, ámbitos como los recursos humanos, la cultura corporativa o el diseño organizativo desarrollan herramientas destinadas a reforzar pertenencia, cooperación, compromiso e identificación con objetivos colectivos. Aunque utilizan lenguajes distintos y persiguen finalidades diferentes, gran parte de estas prácticas operan sobre predisposiciones humanas relacionadas con reconocimiento, estatus, validación social y cohesión grupal.

Aunque estos ámbitos utilizan lenguajes distintos y persiguen objetivos diferentes, todos operan sobre predisposiciones humanas parcialmente compartidas. Sus estudios se solapan en numerosas ocasiones, pero rara vez se integran dentro de un marco común. Es como si distintas instituciones hubieran recibido fragmentos de un mismo manual de instrucciones que, sin embargo, nadie manifiesta públicamente haber visto. 

III
La paradoja contemporánea

Lejos de observarse en nuestra época intentos de integrar este conocimiento compartido en una teoría unificadora del instinto humano, aparece en su lugar una contradicción muy peculiar. Por un lado, se rechaza cualquier discurso biologicista simplista. Algo relativamente comprensible dado que la historia del siglo XX mostró hasta qué punto determinadas lecturas reduccionistas de la biología podían utilizarse para justificar autoritarismos, eugenesia o jerarquías morales. Pero, al mismo tiempo, las estructuras contemporáneas utilizan constantemente conocimientos prácticos sobre predisposiciones humanas. Es decir: coexiste un discurso público que niega o minimiza la existencia de ciertos patrones adaptativos compartidos, junto a su explotación institucional sistemática.

Por ejemplo: el motivo por el que la publicidad funciona no es porque los seres humanos sean perfectamente racionales, sino porque en nuestro comportamiento hay mecanismos que en su día fueron útiles, adaptativos, rápidos por cuanto no requerían de un pensamiento complejo y permitían actuar de inmediato para responder adecuadamente ante los estímulos adecuados del entorno. De manera similar, las redes sociales no funcionan porque las personas procesen la información de manera neutral. Los mismo para otros casos como las campañas políticas modernas: no funcionan apelando exclusivamente a argumentos lógicos, funcionan porque existen vulnerabilidades cognitivas, necesidades simbólicas, impulsos gregarios, búsqueda de reconocimiento, ansiedad social, imitación conductual y mecanismos emocionales profundamente humanos. Negar su existencia no los hace desaparecer, ni somos peores por tenerlos. Aceptarlos nos hace simplemente humanos y es necesario comprenderlos para que no actúen en nuestra contra.

IV
Las predisposiciones

Aquí suele surgir una confusión importante. Reconocer predisposiciones humanas no implica afirmar que seamos «irracionales» ni que debamos ser dirigidos por una élite «naturalmente superior». Sin embargo, es necesario reconocer una limitación importante. Al ser estas predisposiciones fruto de un proceso inconsciente que se desarrolló evolutivamente en un contexto muy distinto, en el mundo contemporáneo pueden ser activadas por motivos diversos. Quien posea el conocimiento de estas predisposiciones puede activarlas y generar conductas inadvertidas en los sujetos. Así es como funcionan muchos sistemas publicitarios y comunicativos.

Estas diferencias tienden a amplificarse cuando no existen mecanismos capaces de compensar o equilibrar su efecto. El conocimiento sobre cómo orientar atención, construir relevancia o activar determinadas respuestas puede convertirse entonces en una ventaja acumulativa. Quienes disponen de él no solo poseen más capacidad para interpretar el entorno, sino también para influir sobre la percepción y el comportamiento de otras personas y, con los medios suficientes, de sociedades enteras. La propia dinámica acumulativa propicia que, cuando esta capacidad se concentra en determinados grupos o instituciones, las desigualdades previas pueden reforzarse a sí mismas, ampliando la distancia cultural, social y económica respecto de quienes carecen de herramientas similares. De esta manera, la apariencia de «clases» se ve acentuada, al distanciarse no solo económica o políticamente, sino también cultural y socialmente unos grupos de otros.  

Parte de la dificultad para percibir este fenómeno reside en que sus efectos suelen aparecer como consecuencias naturales del mérito individual. El éxito tiende a interpretarse culturalmente como prueba de una capacidad intrínseca superior, mientras que los factores estructurales que facilitan el acceso a determinados recursos, conocimientos o redes de influencia permanecen parcialmente invisibles. De este modo, ventajas inicialmente pequeñas pueden transformarse con el tiempo en diferencias cada vez mayores, reforzando la percepción de que el resultado era inevitable. Esta confusión ha sido puesta en evidencia por autores como Michael J. Sandel (2020). La «meritocracia» parece justificar sistemas jerárquicos o desigualdades estructurales debido a unas diferencias de «aptitud» de los individuos medidas por un sistema que está condicionado a crearlas. 

Sin embargo, la realidad apunta en otra dirección muy distinta: la heterogeneidad humana es real pero es multidimensional. Una persona puede ser brillante en matemáticas y mediocre socialmente. Otra puede poseer una enorme inteligencia emocional y escasa capacidad técnica. Otra puede destacar artísticamente. Otra puede tolerar mejor la incertidumbre. Otra puede detectar patrones complejos. Otra puede coordinar grupos. Precisamente porque existen diferencias de capacidades, intereses, motivaciones y vulnerabilidades entre individuos, resulta todavía más importante impedir que esas diferencias sean instrumentalizadas estructuralmente.

El problema contemporáneo no es la existencia de diferencias. La heterogeneidad de competencias es un rasgo fundamental de la especie humana que le permite adaptarse a diversas situaciones al permitir aprovechar en cada situación, aptitudes y competencias distintas. El problema es convertir un único parámetro —normalmente la capacidad de éxito económico dentro de un sistema concreto— en criterio dominante de valor social. Y cuando eso ocurre, las estructuras terminan seleccionando perfiles especialmente adaptados a maximizar ese parámetro, no necesariamente a beneficiar colectivamente a la sociedad.

V
El capitalismo como sistema extractivo de inteligencia colectiva

Esta capacidad para intervenir sobre marcos simbólicos y predisposiciones humanas no se limita al consumo. Forma parte de un fenómeno más amplio: la posibilidad de orientar dinámicas humanas preexistentes mediante sistemas capaces de identificar, amplificar y canalizar determinadas predisposiciones colectivas. La creatividad, la cooperación, la búsqueda de reconocimiento o la producción de conocimiento no son creaciones del sistema económico moderno, sino capacidades humanas mucho más antiguas. Sin embargo, determinadas estructuras institucionales han ido concentrando una posición privilegiada para organizarlas y convertirlas en fuentes de acumulación de valor mediante la gestión de significados compartidos, identidades colectivas y sistemas de reconocimiento social.

Esto tiene una consecuencia importante. Ningún sistema social rígido puede aprovechar simultáneamente toda la diversidad de capacidades humanas en el mismo grado. Cada forma de organización tiende a favorecer determinados perfiles, competencias y motivaciones por encima de otros. En las sociedades contemporáneas, aquellas capacidades que facilitan la obtención de recursos, la coordinación organizativa, la influencia simbólica o la adaptación a entornos altamente competitivos adquieren una relevancia especialmente elevada. El resultado es que determinadas formas de éxito terminan percibiéndose como evidencia de una superioridad general, cuando en realidad reflejan la adaptación a un conjunto concreto de incentivos y criterios de valoración.

Desde esta perspectiva, el capitalismo puede entenderse también como un sistema capaz de capturar y reorganizar capacidades humanas preexistentes. La inteligencia colectiva no surge del propio sistema económico, sino de la capacidad humana para cooperar, intercambiar conocimiento y construir marcos simbólicos compartidos. El sistema opera sobre estas capacidades, amplificando algunas de ellas, recompensando determinados comportamientos y concentrando recursos alrededor de los perfiles más compatibles con su lógica de funcionamiento. Mientras siga existiendo suficiente creatividad, conocimiento y capacidad adaptativa, el proceso puede reproducirse incluso cuando genere tensiones psicológicas, desigualdades estructurales o sensación de falta de propósito.

VI
Felicidad material y vacío existencial

El resultado de este proceso da lugar a una paradoja contemporánea difícil de ignorar. Por un lado, determinados indicadores objetivos muestran que la especie humana nunca ha disfrutado de mejores condiciones materiales: esperanza de vida, acceso tecnológico, reducción de pobreza extrema, capacidad de consumo o comodidad cotidiana. Pero simultáneamente, otros indicadores señalan un aumento de la ansiedad, la soledad, la sensación de falta de sentido y la desconexión comunitaria.

Sin embargo, si se analiza esta situación con cierto detalle, la paradoja es más aparente que real. Una sociedad puede proporcionar enormes ventajas materiales y al mismo tiempo entrar en conflicto con predisposiciones humanas desarrolladas durante cientos de miles de años en contextos sociales completamente distintos. El problema no sería entonces la tecnología en sí misma, sino la forma en que determinadas estructuras utilizan esa capacidad tecnológica para organizar entornos cada vez más hiperestimulados, competitivos, individualistas y fragmentados. El resultado puede ser un desacoplamiento progresivo entre mecanismos adaptativos surgidos en contextos ancestrales y las condiciones sociales contemporáneas en las que deben operar.

VII
La democracia administrada

Las implicaciones de esta situación no se limitan al consumo o a la organización económica. También afectan a la forma en que las sociedades modernas gestionan la coordinación política de millones de individuos.

Aquí aparece otro punto delicado. Las democracias liberales modernas no son simples dictaduras encubiertas, como sostienen algunas visiones simplistas. Pero tampoco funcionan exclusivamente mediante deliberación racional ilustrada. En gran medida, operan estabilizando consensos simbólicos, gestionando emociones colectivas y administrando percepciones públicas. El debate sobre diseño institucional y las posibilidades reales de hasta qué punto es posible el gobierno democrático de grandes poblaciones —evitando al mismo tiempo determinadas formas de concentración de poder— presenta enormes dificultades teóricas y prácticas. Reconocer estas limitaciones resulta especialmente incómodo porque obliga a matizar un ideal democrático profundamente arraigado en la cultura política occidental.

A pesar de ello, la Comisión Trilateral reunida en 1974 (Crozier, Huntington y Watanuki, 1975) reconoció públicamente problemas de gobernabilidad en las democracias avanzadas. Más allá de la interpretación concreta que pueda hacerse de aquel diagnóstico, resulta significativo que muchas de las preocupaciones identificadas entonces coincidan en el tiempo con la expansión de técnicas cada vez más sofisticadas de comunicación estratégica, formación de opinión pública y gestión simbólica del comportamiento colectivo. Sin entrar en especulaciones sobre intencionalidad, lo cierto es que distintas instituciones han ido descubriendo paulatinamente que determinados mecanismos resultan eficaces para orientar el comportamiento, generar adhesión y estabilizar la complejidad social de una población numerosa.

La cuestión importante no es únicamente denunciar este fenómeno, sino comprender estructuralmente las condiciones en las que opera. Porque si las sociedades modernas utilizan técnicas sofisticadas de orientación psicológica mientras continúan manteniendo el mito de un ciudadano completamente racional y autónomo, se genera una contradicción profunda entre cómo creemos funcionar y cómo funcionamos realmente. Y esa contradicción produce precisamente buena parte de la sensación contemporánea de desorientación y desconfianza institucional que caracteriza a muchas sociedades actuales.

VIII 
Recuperar una visión integrada

Quizá el reto no consista aceptar resignadamente que «el ser humano es así» ni apelar a ideologías que nunca demostraron solucionar lo que prometían. Pero tampoco se puede volver al pasado. El verdadero desafío podría consistir en integrar de manera honesta lo que sabemos sobre comportamiento humano sin convertirlo ni en dogma biologicista ni en herramienta tecnocrática de administración social. 

Buena parte de las dificultades contemporáneas parecen surgir precisamente cuando intentamos conectar ámbitos de conocimiento que durante décadas han permanecido artificialmente separados. Si se relacionan biología y cultura aparece la acusación de biologicismo. Si se relacionan estructura social y psicología surge el determinismo. Si se vinculan predisposiciones humanas y política se sospecha autoritarismo. Si se conectan marketing, comunicación y antropología se habla de conspiración. Sin embargo, comprender fenómenos complejos exige precisamente atravesar estas fronteras disciplinares. Y el problema del autogobierno humano es, tal vez, el problema más complejo al que se ha enfrentado la humanidad. Por que de él dependen todos los demás.

Aceptar que tenemos predisposiciones no significa quedar esclavizados por ellas. Pero ignorarlas tampoco nos hace libres. Del mismo modo, reconocer la existencia de mecanismos de influencia, construcción simbólica o coordinación social no implica caricaturizar el problema asumiendo que exista una élite omnisciente dirigiendo el conjunto del sistema. Pero no es necesario especular con hipótesis conspiratorias. Precisamente porque el ser humano es complejo, la convergencia de diversos intereses pueden hacer emerger efectos que involucran a múltiples instituciones, incentivos y dinámicas que operan simultáneamente sin necesidad de que se hayan reunido en secreto para ponerse de acuerdo. La burda y práctica realidad suele superar a la más ferviente imaginación en muchas ocasiones.

Tal vez la madurez cultural consista precisamente en reconocer los límites, comprender los mecanismos y construir instituciones capaces de trabajar con la naturaleza humana sin reducirla ni explotarla. Quizá entonces descubramos que las páginas del «manual invisible» han estado siempre ahí, dispersas entre páginas y páginas del saber humano, esperando a ser visibles y útiles para todos.

  • Baudrillard, Jean (1970). La sociedad del consumo.
  • Crozier, Michel; Huntington, Samuel P.; Watanuki, Joji (1975). The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission. New York University Press.
  • Freud, Sigmund (1930). El malestar en la cultura.
  • Sandel, Michael J. (2020). La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común?

domingo, 19 de abril de 2026

La democracia ateniense no es lo que crees (y no pasa nada)

domingo, 19 de abril de 2026
La democracia ateniense y su uso actual: por qué el debate moderno mezcla conceptos y genera confusión sobre poder, igualdad y participación

La democracia vuelve a estar en cuestión. A pesar de ser presentada como uno de los mayores logros políticos de la historia, crece el descontento hacia su funcionamiento real. No es extraño encontrar encuestas en las que una parte creciente de la población, especialmente entre los más jóvenes, considera preferible otro tipo de sistema. En este contexto, es habitual recurrir a la democracia ateniense como referencia. Sin embargo, lejos de aclarar el debate, suele enturbiarlo. 

Unos la presentan como el origen de nuestros valores políticos, ignorando las enormes diferencias entre una democracia asamblearia y la representativa actual. Otros la desacreditan fijándose en quién excluía —mujeres, esclavos, extranjeros—, como si esas estructuras no existieran mucho antes de su aparición. El resultado es una discusión aparentemente histórica que, en realidad, no lo es.

Atenas como excusa

Aunque la pregunta parece clara: ¿era Atenas una democracia real?, en el fondo, esa no es la cuestión que se está discutiendo. Cuando se invoca a Atenas, no se intenta comprender cómo funcionaba aquella sociedad, sino responder a una duda contemporánea: si el sistema actual es legítimo o no. El pasado se convierte así en un campo de batalla simbólico donde se proyectan conflictos del presente. La democracia ateniense se convierte en un reflejo de los prejuicios contemporáneos. Lo peor es que, al hacerlo, se mezclan niveles que deberían analizarse por separado, lo que dificulta enormemente llegar a una conclusión coherente y los debates se convierten en discusiones circulares donde cada uno habla de cosas distintas.

La Atenas «real»

La democracia ateniense fue, ante todo, una innovación política muy concreta: por primera vez, un grupo de ciudadanos participaba directamente en la toma de decisiones colectivas de su polis. Eso es lo relevante. No eliminó la esclavitud. No estableció igualdad universal. No pretendía hacerlo. La democracia, en ese contexto, no era un proyecto moral de justicia, sino un mecanismo de decisión dentro de una estructura social ya existente. 

En esa estructura se incluía lo que durante milenios fue percibido como un «orden natural». No necesariamente porque se considerara justo, sino porque no existían alternativas viables dentro de las condiciones materiales de la época. De ahí derivaban tres elementos clave: una desigualdad material ligada a la acumulación de excedentes, una exclusión política resultado de múltiples factores —especialización, jerarquización, crisis sociales— y una dependencia productiva que, en ese contexto, solo podía sostenerse mediante coerción. 

Criticar Atenas por algo que existía varios miles de años antes e ignorar lo que aportaron, es tan cierto como irrelevante si no se distingue entre estos niveles.

La mezcla «explosiva»

Buena parte de la confusión actual surge porque se tratan como equivalentes tres cosas distintas: por un lado, la forma de gobierno —quién decide—; por otro, la estructura social y económica —quién sostiene el sistema y en qué condiciones— y finalmente, los valores morales —qué se considera justo o injusto—. Cuando estos niveles se mezclan, el análisis se vuelve ambiguo y las ideologías ocupan una buena parte del debate.

Así, se critica la democracia ateniense por una desigualdad social existente desde mucho antes, como si esa desigualdad invalidara un mecanismo político que acababa de surgir en la cultura humana por primera vez en la historia —no fue la única, pero si la primera—. O desde otro «bando», se defiende la democracia actual apelando a valores que no dependen directamente de su forma institucional.

En ambos casos, el resultado es el mismo: confusión. Parece que no hay intención de arrojar claridad sino disimular los defectos del actual sistema argumentando que «todos pueden participar», algo que no ocurría hace más de dos mil años. O defender el sistema asambleario o la democracia directa, sin tener en cuenta su viabilidad práctica.

Las dos caras del mismo problema

Esta confusión no es casual y se manifiesta en posiciones que, aunque parecen opuestas, comparten un mismo patrón: por un lado, existen corrientes que, desde posiciones críticas —a menudo vinculadas a análisis materialistas o marxistas—, utilizan Atenas como ejemplo para desmontar la democracia en su conjunto. Señalan sus exclusiones, su dependencia de la esclavitud o su estructura desigual para concluir que la democracia no es más que una fachada ideológica. Sin embargo, este enfoque suele pasar por alto que aquello que se critica no es la innovación política en sí, sino la estructura social en la que se insertaba, heredada de miles de años anteriores.

Por otro lado, quienes defienden la democracia actual tienden a construir una narrativa de continuidad histórica en la que Atenas aparece como el origen de nuestros valores políticos. Se resaltan sus logros, pero se ignoran tanto sus limitaciones como, sobre todo, las profundas diferencias con los sistemas contemporáneos. La democracia ateniense era directa, asamblearia y exigía una implicación y responsabilidad constante del ciudadano en la vida política. La actual, en cambio, es representativa, mediada por partidos y con una participación mucho más indirecta.

En ambos casos, cada posición selecciona el nivel que le interesa y omite el resto.

Lo que sí ha cambiado (y lo que no)

Es evidente que las sociedades modernas han reducido muchas de las formas más explícitas de dominación. La esclavitud legal generalizada o la coerción directa ya no definen el funcionamiento cotidiano de las instituciones. Sin embargo, este avance real no implica necesariamente que la estructura de fondo haya desaparecido. En las sociedades antiguas, la dependencia era visible y directa. En las actuales, tiende a manifestarse de forma más compleja, mediada y, en muchos casos, menos perceptible. La ausencia de coerción explícita no equivale automáticamente a la ausencia de dependencia estructural. La diferencia es importante, pero no implica una ruptura completa con las lógicas anteriores. 

Quienes critican la esclavitud en Atenas suelen identificar correctamente ciertas continuidades estructurales, pero pasan por alto la innovación política que supuso. Por el contrario, quienes destacan esa innovación tienden a asumir que su desarrollo histórico ha resuelto el problema, ignorando la distancia entre aquel modelo y los sistemas actuales. En particular, la relación entre participación, responsabilidad y toma de decisiones del ciudadano —central en Atenas— apenas tiene equivalente en las democracias contemporáneas. En este sentido, que hoy «todos puedan votar» no equivale necesariamente a igualdad ni a participación efectiva en el gobierno.

La captura política del lenguaje

Uno de los problemas del debate contemporáneo como consecuencia de ignorar algunos de sus aspectos fundamentales, es la identificación implícita entre democracia e igualdad. La democracia, en su sentido más estricto, es un mecanismo de toma de decisiones colectivas. No garantiza por sí misma ni la igualdad material ni la equidad social. Puede coexistir —e históricamente así ha sido— con estructuras profundamente desiguales. Esperar que la democracia resuelva automáticamente problemas que pertenecen a otros niveles conduce a frustración y a diagnósticos erróneos. Atenas se utiliza así como una herramienta retórica más que como un objeto de estudio.

Quienes buscan desacreditar el sistema actual proyectan sobre ella sus críticas, ignorando el contexto histórico en el que surgió. Quienes buscan legitimarlo seleccionan aquellos elementos que refuerzan su narrativa, sin atender a las diferencias fundamentales entre ambos modelos. El resultado es que Atenas deja de ser comprendida y pasa a ser utilizada.

A esta dificultad se suma otra: la falta de un lenguaje preciso para describir cómo funcionan realmente las relaciones de poder en las sociedades actuales. En ausencia de distinciones claras, términos como «democracia», «libertad», «autoridad» o «dominación», se utilizan de forma ambigua, cargados de significados distintos según quién los emplee. Esto hace que muchas discusiones no sean tanto desacuerdos como malentendidos. Algunas personas creen estar discutiendo lo mismo, pero en realidad operan con marcos conceptuales diferentes. Otras, probablemente, usan diferentes conceptos para los mismos términos, para dar coherencia interna a sus propios marcos ideológicos sin buscar acuerdos comunes.

Un pasado no superado

La insistencia en Grecia y Roma no es casual. Cuando un sistema entra en crisis o pierde legitimidad, es habitual buscar sus orígenes. El pasado se convierte en un recurso para justificar o cuestionar el presente. Pero esta mirada rara vez es neutral. Se seleccionan aquellos elementos que encajan con el relato que se quiere construir. Por eso Atenas sigue apareciendo una y otra vez en el debate. No porque explique nuestro presente, sino porque todavía no sabemos explicarlo sin recurrir a ella. Porque todavía persiste un problema latente en nuestras sociedades que no nos atrevemos a mirar.

Una última idea incómoda

Quizá el problema no sea solo histórico ni político, sino conceptual. Puede que carezcamos todavía de herramientas suficientemente precisas para distinguir entre formas de organización, estructuras de dependencia y mecanismos de legitimación. Mientras esa distinción no se haga de manera clara, el debate seguirá atrapado en la confusión.

Y Atenas seguirá siendo utilizada, no como lo que fue, sino como lo que cada uno necesita que sea para sostener su propio relato. Y no pasa nada. 

El problema no es que no entendamos Atenas, es que no nos entendemos a nosotros mismos.

miércoles, 1 de abril de 2026

Cuando las culturas fracasan

miércoles, 1 de abril de 2026

Cómo los sistemas culturales generan innovación, la capturan y acaban entrando en crisis por sus propias dinámicas internas.

Poder, cultura y el colapso de los sistemas

A lo largo del siglo XX, distintos pensadores han intentado explicar la transformación y el declive de las sociedades complejas. Algunos, como Oswald Spengler, describieron estos procesos como ciclos casi orgánicos de auge y decadencia. Otros, como Michel Foucault, analizaron cómo las estructuras de poder producen los marcos de verdad que sostienen esos sistemas. Sin embargo, ambos enfoques dejan una cuestión fundamental en segundo plano. No se trata simplemente de por qué las sociedades colapsan o se transforman, ni de cómo construyen sus relatos de legitimidad, sino de algo más profundo.

Los sistemas sociales que, en determinados momentos, logran generar estabilidad, crecimiento y complejidad, acaban reproduciendo patrones similares en su caída. Las mismas innovaciones que alumbraron nuevos periodos de progreso, se convierten en formas más sofisticadas de control y coacción. Según la visión de estos autores, parece haber cierta inevitabilidad en este proceso. Como si el auge y caída de los imperios fuera algo inevitable o la dificultad de alcanzar una verdad definitiva tuviera que impedirnos buscarla sin más.

Esto abre un margen de cuestionamiento distinto. Tal vez las causas que conducen a la crisis no aparecen al final del proceso, sino que están presentes desde el inicio, aunque quedan eclipsadas por el éxito inicial del sistema. La expansión y el crecimiento no eliminan esas tensiones, las contienen temporalmente. Desde esta perspectiva, el colapso puede entenderse como una dinámica interna que opera desde el principio de manera inadvertida, en lugar de errores de criterio o de inevitabilidades históricas.

Una forma de aproximarse a este proceso es observar los momentos en los que las sociedades han logrado generar entornos especialmente fértiles para la innovación. Aunque estos espacios se apoyan en avances previos y periodos de estabilidad, rara vez emergen desde los centros de poder. Surgen más bien en zonas periféricas, donde la cooperación, la educación, la estabilidad institucional y la inversión a largo plazo permiten la aparición de nuevas ideas. Son entornos que no nacen de forma espontánea del mercado ni de instituciones rígidas que operan sobre su propia legitimidad, sino de marcos políticos y colectivos que los hacen posibles.

A pesar de ello, la innovación que emerge en estos contextos tiende a ser progresivamente capturada por estructuras económicas y burocráticas que la organizan, la escalan y la explotan, reconfigurando en el proceso nuevas formas de centralidad de poder. Este proceso no es necesariamente negativo: permite el crecimiento y la expansión del sistema. Sin embargo, el problema aparece cuando esa dinámica de apropiación comienza a desplazar y, en ocasiones, a sofocar las condiciones que hicieron posible la innovación inicial. En ese punto, la capacidad de generar nuevas ideas tiende a estancarse dentro de la estructura dominante, reapareciendo con el tiempo en los márgenes donde el sistema aún no ha consolidado su control.

La importancia del marco político

Precisamente, una de las confusiones más extendidas en el discurso contemporáneo consiste en considerar el Estado como algo opuesto al mercado. Determinados enfoques tienden a atribuir al llamado «mercado libre» la capacidad de generar innovación de forma casi autónoma, mientras que el papel del Estado queda reducido al de un obstáculo o una interferencia. Sin embargo, aunque no son los políticos ni las estructuras burocráticas quienes generan directamente las nuevas ideas, esta visión ignora un hecho fundamental: los procesos de innovación sostenida dependen de un entramado político, institucional y social que no puede reducirse a la lógica de mercado y que, en gran medida, se sostiene sobre decisiones colectivas y marcos públicos.

La educación pública, la investigación financiada colectivamente, las infraestructuras, la estabilidad jurídica o la sanidad no son elementos accesorios, sino condiciones estructurales que permiten la generación de valor en sociedades complejas. Ejemplos paradigmáticos como el desarrollo tecnológico en Silicon Valley muestran que los ecosistemas más innovadores surgen precisamente allí donde existe una combinación de inversión pública, instituciones sólidas y entornos de cooperación. El capitalismo, en este sentido, no crea estas condiciones por sí mismo, sino que opera sobre ellas. Su capacidad de crecimiento depende de un marco previo que posibilita dinámicas de suma no cero —cooperación, conocimiento acumulado, creatividad—. Sin embargo, a medida que la lógica de acumulación gana autonomía, tiende a apropiarse de los resultados de ese proceso sin necesariamente reinvertir en sus condiciones de origen.

La llegada de las crisis

Cuando el sistema político pierde capacidad para sostener ese marco —ya sea por desregulación, captura institucional o debilitamiento de lo público—, las dinámicas de generación de valor se erosionan progresivamente. El sistema puede seguir funcionando durante un tiempo mediante la explotación de innovaciones pasadas, pero su capacidad de adaptación real disminuye. En este contexto, la innovación deja de ser transformadora y pasa a ser incremental o técnica: se optimiza lo existente, pero no se cuestionan sus fundamentos. Las organizaciones se vuelven más complejas y eficientes en apariencia, pero menos capaces de adaptarse a cambios estructurales.

Mientras tanto, los marcos de verdad que sostienen ese sistema continúan operando, aunque cada vez con mayor dificultad para explicar la realidad que han contribuido a generar. Las contradicciones no desaparecen, sino que se acumulan. La crisis no aparece entonces como un accidente, sino como el resultado de una pérdida de funcionalidad. El sistema ya no puede sostener las condiciones que lo legitimaban, pero tampoco ha permitido el desarrollo de alternativas suficientes.

En ese punto, la transformación se vuelve necesaria, no por destino ni por la imposibilidad de alcanzar una verdad definitiva, sino porque las tensiones internas alcanzan un nivel en el que ya no pueden gestionarse con los mecanismos existentes, obligando a una reconfiguración —en ocasiones traumática— para poder seguir funcionando. En realidad, el sistema nunca llegó a ser plenamente funcional, sino que durante su expansión fue capaz de contener y posponer los efectos de las incoherencias que lo atravesaban.

Transformación y desplazamiento

La innovación que finalmente permite esa transformación no surge como continuación natural del sistema, sino, en muchos casos, como aquello que había sido previamente marginado, ignorado o bloqueado. Lo que se presenta como un cambio repentino es, en realidad, la liberación tardía de posibilidades que el propio sistema había contenido. A menudo, estas innovaciones no son el resultado de una adaptación consciente del sistema, sino que emergen en sus márgenes cuando la crisis abre fisuras por las que asoman nuevas ideas. No obstante, estas acaban siendo reconocidas, apropiadas e integradas por la estructura dominante.

Desde esta perspectiva, la historia no es una sucesión de ciclos inevitables ni una simple lucha ideológica, sino un proceso en el que las estructuras de poder y los marcos de verdad que generan entran periódicamente en contradicción con su propia capacidad de sostenerse. El poder, en su configuración histórica concreta, tiende a priorizar su propia perpetuación. La funcionalidad social no constituye su finalidad, sino una condición que se activa cuando resulta necesaria para sostener el funcionamiento del sistema.

De este modo, el sistema puede operar durante largos periodos, aun cuando su propio funcionamiento erosiona progresivamente las condiciones que lo hacen posible, posponiendo sus efectos hasta que estos se vuelven inevitables. En este contexto, las excepciones individuales tienden a adquirir un valor simbólico desproporcionado. Las figuras que logran prosperar dentro del sistema se presentan como prueba de su validez —el individuo hecho a sí mismo—, ocultando las condiciones estructurales que facilitan o limitan su aparición. 

Así, el individuo como excepción se convierte en norma aparente, reforzando un marco que, en términos generales, continúa operando bajo las mismas incongruencias. Estas figuras no surgen de la nada, sino en contextos profundamente dependientes de dinámicas colectivas y condiciones previas que el propio sistema tiende a invisibilizar al individualizar sus resultados.

Y es en esa contradicción donde se abre, siempre tarde y nunca sin coste, la posibilidad del cambio.

Bibliografía de referencia

  • Foucault, Michel. (1975). Vigilar y castigar
  • Kuhn, Thomas S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas.
  • Spengler, Oswald. (1918). La decadencia de Occidente. 
  • Žižek, Slavoj. (1989). El sublime objeto de la ideología.

lunes, 29 de diciembre de 2025

El vacío de Occidente

lunes, 29 de diciembre de 2025

Del desmantelamiento institucional a la dictadura del algoritmo

Introducción: el barco sin timón

Si en el análisis anterior se mostró el colapso de Occidente debido a decisiones económicas concretas —el fin del patrón oro, el shock de Volcker— que desmantelaron su estructura productiva, aquí abordaremos cómo, paralelamente, se desmanteló su estructura política y moral.

La tesis es sencilla: Occidente no solo vendió su motor —la industria—, sino que voluntariamente arrojó el timón por la borda. Creyendo liberarse de la «represión» de las instituciones, la sociedad creó un vacío de poder que no permaneció así por mucho tiempo: fue ocupado inmediatamente por la eficiencia ciega del mercado y la economía de la atención.

Para entender este naufragio, lo haremos bajo la tutela de cuatro grandes como Foucault, Fisher, Han y Sandel, quienes relatan magistralmente, cada uno desde su óptica y su tiempo, las etapas inexorables de esta deriva occidental.


1. El Gran Desmantelamiento (1970-1980): Foucault y la trampa de la libertad

Mientras Volcker subía los tipos de interés, en las universidades y la cultura se gestaba una revolución silenciosa. Michel Foucault —en obras seminales como Vigilar y castigar (1975)— y los herederos del 68, lanzaron un ataque total contra las «Instituciones Disciplinarias»: la escuela, la fábrica, el hospital, el Estado.

  • El argumento: se nos dijo que las normas comunes y las instituciones eran cárceles autoritarias que coartaban al individuo. Había que «deconstruir» el poder.

  • La trampa: al erosionar la legitimidad del Estado y de la norma colectiva, la izquierda cultural desarmó la única herramienta capaz de frenar al mercado. Sin instituciones fuertes que marquen un rumbo (un «deber ser»), la sociedad se quedó sin defensas frente al «poder hacer» del dinero.

  • Resultado: se abolió la disciplina, sí, pero no para hacernos libres, sino para convertirnos en consumidores predecibles. Se retiró el «padre severo» (el Estado/Ley) y se dejó al niño solo en una habitación llena de dulces.

2. La Burocracia del Vacío (1990-2000): Fisher y el «Realismo Capitalista»

Una vez eliminadas las instituciones políticas que marcaban grandes objetivos sociales, entramos en la era que Mark Fisher describió en Realismo capitalista (2009).

  • El síntoma: como ya no había un proyecto político de futuro (el «timón» había desaparecido), la política fue sustituida por la gestión.

  • El «estalinismo de mercado»: para llenar el vacío de autoridad, se creó una burocracia infernal de auditorías, métricas y objetivos de rendimiento. Ya no importaba qué hacíamos (el propósito), sino cómo lo mediamos (la eficiencia).

  • La consecuencia: la «lenta cancelación del futuro». Occidente dejó de innovar cultural y políticamente. Se dedicó a reciclar el pasado y a simular progreso mediante tecnología de consumo, mientras las infraestructuras reales (sociales y físicas) se pudrían.

3. La doma del alma (2010-Actualidad): Han y la autoexplotación

Con el terreno despejado de normas externas (Foucault) y lleno de burocracia digital (Fisher), llegamos al individuo actual descrito por Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio (2010).

  • Del «Debes» al «Puedes»: el sistema ya no necesita obligarte a trabajar (disciplina). Ahora te seduce. A través de la tecnología y las redes sociales, el control se ha vuelto interno.

  • La economía de la atención: el vacío institucional se llenó con ruido. El algoritmo, que no tiene moral ni propósito, optimiza una sola cosa: tu tiempo en pantalla.

  • El resultado: una sociedad quemada (burnout). El individuo cree ser libre porque «se realiza» a sí mismo, pero en realidad es un esclavo que se azota a sí mismo para cumplir con los estándares inalcanzables del mercado de la atención.

4. El golpe de gracia (la justificación moral): Sandel y la tiranía del mérito

Para cerrar el círculo, Michael Sandel nos explica en La tiranía del mérito (2020) por qué no hay revueltas ante este panorama desolador.

  • La privatización del destino: al desaparecer la noción de «bien común» (destruida en la fase 1), el éxito y el fracaso se volvieron asuntos puramente privados.

  • La crueldad: si te va mal en este sistema sin timón, se te dice que es tu culpa. No es que el barco se hunda, es que tú no nadaste lo suficientemente fuerte.

  • El fin de la solidaridad: esto rompió los lazos comunitarios. Los ganadores de la globalización miraron a los perdedores con desprecio (no tienen mérito), y los perdedores miraron a los ganadores con resentimiento.


Conclusión: Ingobernables por diseño

Occidente no murió de un infarto, sino de una autoinmunidad ideológica.

Atacó sus propias defensas —las instituciones— creyendo que eran el enemigo (Foucault); sustituyó la política por la administración de la decadencia (Fisher); convirtió a sus ciudadanos en empresarios de sí mismos, agotados y ansiosos (Han); y convenció a todos de que este naufragio era, en el fondo, una cuestión de mérito individual (Sandel).

La «Caída de Occidente» no es solo económica, sino el resultado de haber olvidado deliberadamente cómo se gobierna un barco, dejándolo a merced de la corriente. El triunfo final de esta doctrina invisible fue convencernos de que la soledad es libertad. Al desmantelar las estructuras colectivas —sindicatos, asociaciones, espacios públicos—, nos convirtieron en átomos vulnerables.

Como bien señalan Monbiot y Hutchison en La doctrina invisible (2025), de todas las fantasías humanas, la idea de que podemos valernos por nuestra cuenta no solo es absurda, sino que es la más peligrosa: un ser humano aislado es un ser humano inofensivo para el poder, pero destructivo para sí mismo.

Bibliografía esencial

  • Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión.
  • Fisher, M. (2009). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?
  • Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio.
  • Sandel, M. J. (2020). La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?
  • Monbiot, G. & Hutchison, P. (2024). La doctrina invisible: La historia secreta del neoliberalismo.

domingo, 9 de marzo de 2025

El origen del patriarcado

domingo, 9 de marzo de 2025

El paso del Peleolítico al Neolítico transforma por completo la manera en las que nos relacionamos entre nosotros y nuestro entorno

Nota: este es un resumen del estudio sobre el origen del patriarcado. El informe completo puede consultarse en ResearchGate Academia.edu.

Una de las principales denuncias del feminismo es la existencia de un patriarcado que sostiene una cultura centrada en el sexo masculino. Algunas visiones de dicha corriente lo presentan como un sistema de opresión absoluto, lo que lleva a un análisis polarizado. Sin embargo, más allá de posiciones ideológicas, es innegable que el poder y la autoridad han estado históricamente en manos de los hombres. ¿Es esto una consecuencia inevitable de la biología o responde a dinámicas históricas y económicas? Este estudio aborda el patriarcado desde una perspectiva materialista y evolutiva, analizando cómo la acumulación de recursos y la competencia por el poder estructuraron las relaciones de género.

El comienzo: Paleolítico y Neolítico

El análisis del pasado humano debe partir de la diferencia entre la vida en sociedades cazadoras-recolectoras y las sociedades agrícolas del Neolítico. Durante el Paleolítico, las comunidades vivían en grupos reducidos donde la supervivencia dependía de la cooperación. No existía una especialización rígida del trabajo por sexo y, aunque había diferencias físicas, la necesidad de compartir responsabilidades era clave para la supervivencia.

Con la llegada del Neolítico, la situación cambia drásticamente. La domesticación de plantas y animales permitió la acumulación de recursos y la sedentarización. Esta nueva forma de organización incentivó la especialización laboral, la jerarquización y la división del trabajo por sexos. En este punto, ambos géneros desempeñaban funciones igualmente relevantes para el colectivo, sin que uno tuviera un predominio claro sobre el otro.

El crecimiento poblacional y la crisis de recursos

El aumento de la población y la sobreexplotación de los recursos naturales llevaron a crisis recurrentes, que generaron una competencia por los recursos. En esta situación, los hombres, debido a su rol previo guerrero y su mayor fuerza física, adquirieron un papel como autoridad en la monopolización de la riqueza y el poder. Este proceso marcó la transición de una sociedad colaborativa a una estructura jerárquica con el predominio masculino.

La consolidación del patriarcado

En sociedades donde la guerra y la protección de los recursos eran esenciales, aquellos con mayor capacidad de ejercer la violencia obtuvieron ventajas. La mujer, cuyo papel en la reproducción y el cuidado de la descendencia era crítico, quedó relegada a funciones que, aunque esenciales, no proporcionaban el mismo acceso al poder. La progresiva institucionalización de este modelo quedó reflejada en las primeras leyes escritas y en las religiones emergentes, que reforzaron la autoridad masculina.

El papel de la cultura y la religión

A medida que se consolidaron las primeras civilizaciones, el patriarcado se fortaleció a través de la codificación legal y la cultura simbólica. Textos antiguos muestran cómo la regulación de la sexualidad femenina y la transmisión de la herencia fueron pilares fundamentales para la consolidación del poder masculino. Señalar que en este nuevo contexto, las mujeres también compitieron por el poder utilizando sus propias cualidades y participando en roles religiosos, siendo habitual establecer alianzas con las jerarquías dominantes. No obstante, con el tiempo, las deidades femeninas fueron relegadas, pasando a simbolizar principalmente la reproducción y los aspectos sentimentales, lo que contribuyó a la pérdida paulatina de su influencia en los sistemas de poder, siendo desplazadas por panteones dominados por figuras masculinas. 

El patriarcado en la actualidad

Hoy en día, el patriarcado no se sostiene como una necesidad estructural, sino como un reducto de viejas dinámicas de poder. En una sociedad tecnológica, la competencia por los recursos ya no está vinculada a la fuerza física, lo que desarticula uno de los fundamentos que impulsaron el dominio masculino en el pasado.

Crisis de legitimidad y transformación cultural

Actualmente, el patriarcado enfrenta una crisis de legitimidad debido a la falta de un relato que se ajuste a la nueva cultura emergente tras la revolución científica y el desarrollo tecnológico. El discurso tradicional que sustentaba la jerarquía de género ha perdido coherencia en un mundo donde la información y el conocimiento son los principales recursos de poder.

Conclusión

El patriarcado no es una consecuencia única e inevitable de la biología, sino el resultado de procesos históricos y materiales. Surgió como una respuesta a la especialización del trabajo en el Neolítico, se consolidó con la competencia por los recursos en momentos de crisis y fue reforzado a través de la religión y la cultura. Sin embargo, en la actualidad, las condiciones que lo hicieron necesario han desaparecido, dando lugar a una crisis de legitimidad. Comprender estos procesos permitirá combatir el modelo autoritario de poder que originó el patriarcado, sin crear otros que aunque lo dejen atrás, repliquen los mismos problemas y carencia de legitimidad.

jueves, 6 de julio de 2023

Desmontando mitos de la política en España

jueves, 6 de julio de 2023
Congreso de los Diputados

Es habitual pensar que en España vivimos en el «menos malo» de los sistemas políticos conocidos. Con esta afirmación parece que se intenta zanjar toda posibilidad de modificar ni una sola coma al actual sistema. Sin embargo, nuestro sistema de representación política no está carente de extrañas y retorcidas peculiaridades, causa de muchas de las habituales discusiones polarizadas sobre temas políticos que parecen aprovechar la circunstancia de que un buen número de personas desconoce su funcionamiento en detalle, y ha asumido cierto relato construido desde la Transición. «Mitos» con los que en algún momento en el pasado la sociedad soñó y creyó haber alcanzado, pero la realidad parece indicar otra cosa:

Nuestro voto vale igual: FALSO

Una democracia representativa se supone que se distingue básicamente por dos cosas. Una de ellas es que el voto de todos los ciudadanos vale lo mismo. Lamentablemente no se puede decir esto del caso español porque no se cumple: el valor del voto es diferente ya que el reparto de escaños se realiza por cada circunscripción —la provincia— la cual tiene asignada una cuota mínima fija de escaños que no depende de su población. Esto provoca que las provincias con poca densidad de habitantes determinen con mayor peso el número de escaños asignados, es decir, los votos tienen mayor valor que en el resto del país (¡¡La primera condición importante ya no se cumple!!) Bueno, pero al menos podremos decir que ese reparto de escaños se hace a representantes elegidos por el pueblo. Pues no.

Elegimos a nuestros representantes: FALSO

Otra de las características de un sistema representativo es que se asume que los ciudadanos pueden elegir a sus representantes. Sin embargo, resulta extraordinariamente difícil poder decir eso de nuestro sistema. Parémonos a pensar por un momento: ¿A quién de los que componen esas listas de partido han puesto ustedes en ese lugar? Ninguno de cada uno de los concejales o diputados que se sientan a cobrar de nuestro dinero sin cumplir la mayoría de las promesas realizadas y no arreglar prácticamente ninguno de los problemas a los que se enfrentan —por no hablar de los que provocan— es elegido por los ciudadanos (¡¡La segunda condición tampoco se cumple!!) Cuando se acude a votar se ha de hacer a unas listas prestablecidas, cerradas y bloqueadas, con candidatos elegidos a dedo por las direcciones internas de los partidos, completamente opacas al ciudadano. Lo único que puede hacer este es delegar su voluntad a unas siglas de partido, el cuál propone una listas llenas de nombres que sea lo que sea promuevan en nosotros, no podemos hacer más que aceptarla o rechazarla, en cuyo caso deberemos aceptar la impuesta por otro partido. En definitiva, listas cuyo carácter anónimo solo es roto por su asociación con el candidato principal a jefe del ejecutivo. Alguien podrá pensar que por lo menos este candidato, una vez ganadas las elecciones, sí que es elegido por el pueblo. Pues tampoco.

El que gana las elecciones es elegido: FALSO

Este y el siguiente son casi el mismo punto pero es necesario puntualizar un par de cosas. Cuando vamos a las urnas vamos convencidos de que «vamos a elegir» a «alguien». Bueno, una cosa es cierta, en función del resultado electoral «alguien» será elegido, pero desde luego que no será el que hayamos podido decidir los ciudadanos. Por un lado porque como se ha visto nuestro voto va a parar a una lista completamente refractaria a nuestra decisión salvo para rechazarla —y que la acepte otro— y por otro lado porque los votos obtenidos son solo un primer paso para el reparto final de asientos en el Congreso. Este reparto se realiza mediante la conocida Ley d'Hont supuestamente para plasmar la territorialidad, al prevalecer los votos locales sobre los obtenidos en el conjunto del Estado. Sin embargo, al final lo que prevalece sobre todo lo demás son el número total de escaños de cada formación en el Congreso, da igual quien esté en la lista ni de dónde venga, porque por lo visto anteriormente, el ciudadano no lo ha elegido. En función de este resultado final en el Congreso, se ha de realizar una votación para entonces sí, elegir al presidente. Por tanto, «ganar» unas elecciones en función de los votos obtenidos, sea lo que sea que signifique este término en este contexto, no garantiza en absoluto qué candidato va a ser investido presidente.

Elegimos al presidente: FALSO

Poniendo por caso las elecciones generales, lo habitual venia siendo en las convocatorias que desde 1978 hemos estado asistiendo los que ya tenemos cierta edad —y desde que tuvimos la suficiente para hacerlo— que el partido que obtenía más votos colocaba al principal candidato como Presidente del Gobierno. Esto ocurría porque lo hacía con tal holgura que lograba también una mayoría en el Congreso, que es el órgano que cumple la función de representar a la ciudadanía española —lo que no significa que lo haga—. Pero el constante y paulatino aumento en el descontento de los ciudadanos con los partidos en el gobierno en su gestión legislativa, provocó la aparición «en el escenario» de otras fuerzas políticas, no necesariamente como solución, sino simplemente como única herramienta posible que la sociedad dispone para reaccionar de alguna manera a la situación que se interpretaba como lamentable. El resultado es que una vez repartidos los escaños, ya no era posible colocar al presidente propuesto por el partido ganador —insistimos, de haber un ganador es un partido, no un candidato, los ciudadanos no eligen a ni uno solo de los candidatos propuestos que aparecen en las listas— al no poseer la mayoría necesaria. La cuestión principal es que al presidente lo eligen los representantes en el Congreso, no los ciudadanos, y lo hacen unos diputados que tampoco los han podido elegir, sino más bien al contrario, es el candidato a presidente —que suele coincidir con el jefe absoluto del partido, algo que no tendría que ser así si existiesen unas primarias correctamente establecidas— el que con toda probabilidad los ha puesto en la lista para que ahora le elijan a él. Es aquí cuando el público advirtió el protagonismo adquirido por los llamados «pactos» de gobierno post-electorales. Estos pactos, en efecto, se hacen sin la intervención en absoluto de los ciudadanos y se asume que se hacen entre partidos «similares», en todo caso, esta interpretación es a expensas de la que decidan los jefes de partido. La cuestión es ¿En qué medida es democrático algo hecho a espaldas de los ciudadanos sin contar con su aprobación?

Los pactos de gobierno son democráticos: FALSO

Hasta aquí ha sido fácil, pero ahora viene la parte complicada. Aunque estos pactos tras la jornada electoral —cuando los ciudadanos ya no pueden decir nada— han adquirido relevancia y son objeto de titulares en los últimos tiempos, lo cierto es que ya se habían estado haciendo hace décadas en diversas ocasiones con los partidos independentistas de Cataluña y País Vasco principalmente —los llamados «bisagra», en concreto, tanto PP como PSOE, han tenido que pactar con PNV, CiU, ERC, CC principalmente—. Sin embargo, es recientemente cuando son objeto de esas discusiones que ocupan titulares y #trendingtopics, aunque no sirvan más que para polarizar y definir el voto de los usuarios, a costa de nuestro ambiente social de convivencia, cada vez más sujeto a visceralidades y carga emotiva. Parece claro que los medios de comunicación y ahora las redes sociales se encargan de maximizar de manera artificial cierto tipo de debate que eclipsa la cuestión de fondo: es así como funciona el sistema. Por enumerar las características que describen la situación, paradójica y en cierta forma, contradictoria:
  • Los ciudadanos depositan su voto en las urnas con una creencia mayoritaria —aunque en paulatina disminución— de que van a «decidir» sobre «algo», creencia alimentada por todo el aparato mediático que opera en esta misma dirección de escenificar una «representatividad de la sociedad civil».
  • La evidencia sin embargo, muestra que esa «voluntad» depositada en las urnas difícilmente puede asociarse con ese cometido, siendo usada en su lugar para legitimar un reparto de poder acorde a unas reglas.
  • Este reparto de poder resultante muestra un «criterio de representatividad» basado en un «mapa ideológico» de la sociedad, que combina criterios de territorialidad y proporcionalidad.
  • La contradicción es que dicho criterio ideológico está apoyado en la ocupación de unos escaños por personas, las cuales han de renunciar a sus propios criterios a favor de los programas de sus partidos —que tampoco cumplen— a pesar de que el sistema en teoría defiende su independencia.
  • La paradoja aparece cuando un sistema supuestamente representativo y democrático ha de necesitar de pactos posteriores para lograr un gobierno «estable», que en términos prácticos significa que del reparto resultante surgen dos «bloques»: uno el que gobierna y decide absolutamente todo, y otro que se dedica a dinamitar ideológica y sistemáticamente —aunque infructuosamente la gran mayoría de ocasiones— lo que hace el primero, llamado oposición.
  • La mayoría de estos problemas son consecuencia de un sistema ideológico cuyo diputado está sometido a la disciplina de partido. La solución que nadie propone sería, o bien liberar al diputado de esta cadena, o bien se establece un sistema de segunda vuelta en la que participen solo los más votados (actualización 07/07/2023)
Los políticos son conscientes de este funcionamiento incongruente basado en la representatividad ideológica en lugar de en la política. No pasaría —casi— nada si esto fuera asumido por todos, conscientes de sus limitaciones pero adaptándonos a su funcionamiento. El problema es cuando se usa como argumento político y objeto de crítica dichas inconsistencias del sistema, sin proponer su reforma y usándolas al mismo tiempo cuando les es oportuno, siempre basado en el propio criterio ideológico pero demonizando lo mismo cuando lo hace el oponente, lo que ocasiona debates circulares interminables. Por ejemplo:
  • Criticar los pactos con otro partido por motivos ideológicos —pactar con «la ultraderecha», con «los radicales» o con «los que desean romper España»— pero hacer lo propio en cuanto se tiene la más mínima ocasión —porque cuando «lo hago yo» está bien—
  • Cuando lo anterior no es suficiente al comenzar a volverse cotidiano y evidenciarse que es consecuencia del funcionamiento del propio sistema, se emplean argumentos ad hominem arbitrarios contra los integrantes de las listas —los «asesinos de BILDU», los «maltratadores de VOX»—.
  • Proponer la creación de «cordones sanitarios» que consisten en cancelar, excluir e incluso atentar contra los derechos de un grupo de personas por motivos ideológicos —solo escribir esto me ha parecido espeluznante—.
  • Criticar el uso de recursos públicos para la creación de instituciones culturales minoritarias o discutibles en algunos casos —los llamados «chiringuitos»— para luego hacer exactamente lo mismo cambiando tan solo el criterio ideológico —porque el mío «es el bueno»—.
  • En todos estos casos se superponen los criterios ideológicos, intereses partidistas y «rentabilidades electorales» a lo que marcan las normas que supuestamente, legitiman todo el sistema, sin que nadie proponga su reforma.
Muchos de estos problemas que son origen de muchas horas perdidas en discusiones de ciudadanos que creen estar solucionando algo, podrían desaparecer de la escena simplemente dejando que sea el ciudadano el que pueda intervenir en la formación de las listas electorales, descartando o colocando en última posición los candidatos menos deseados. Igualmente, debería establecerse un criterio de selección basado en parámetros objetivos —antecedentes legales, conflicto de intereses, etc.— que no se lleva a cabo nunca porque, en ambas medidas, los propios partidos deberían someterse a ellas, lo que conllevaría perder su capacidad de controlar al representante.

La lealtad al partido es democrática: FALSO

Lo único que es democrático es la lealtad a los que te han votado. Pero claro, como en realidad no se ha establecido esa relación entre la sociedad y sus representantes ya que no es posible que un ciudadano elija a una persona con nombre y apellidos, no es posible tampoco crear ese vínculo democrático. De hecho, la lealtad al partido no solo es antidemocrática, sino que además es anticonstitucional ya que esta situación por la que el voto de un representante está condicionado se denomina «mandato imperativo», el cual está explícitamente prohibido en la Constitución de 1978. Ni siquiera los que se rasgan las vestiduras en la defensa de «la Constitución que nos dimos los españoles» son fieles a sus propios principios. Con esta guisa se entiende que independentistas y otros grupos de activismo se estén riendo a carcajadas un día si, y otro también.

sábado, 1 de octubre de 2022

Cómo arreglar el Mundo

sábado, 1 de octubre de 2022
La resignación parece haberse convertido en el mantra de nuestro tiempo. Aceptamos un futuro gris como la mejor de las opciones, renunciando incluso a soñar con alternativas. La sociedad actual, rígida y carente de imaginación, nos empuja hacia una distopía que se presenta como inevitable. Sin embargo, un pequeño grupo de personas, rebeldes con causa, se alza contra la resignación y apuesta por la imaginación como herramienta de cambio. Imaginar un futuro mejor es un acto de rebeldía en sí mismo, una afrenta al poder establecido que busca mantenernos dóciles y conformes. Este proyecto se llama Tecnofuturos, un espacio donde la imaginación desafía al fatalismo y construye un futuro alternativo, donde la justicia social, la sostenibilidad y la colaboración sean los pilares fundamentales. Este artículo es mi pequeña contribución a este proyecto colectivo. Una invitación a rebelarte contra la resignación, a soñar con un futuro mejor y construirlo juntos:

Cómo arreglar el mundo

Por Lino Moinelo

Versión final del artículo publicada originalmente en Tecnofuturos.

Una persona sosteniendo un globo terráqueo

Un viaje de mil millas comienza con un primer paso. 

Lao-Tse

Nuestro planeta tiene una población de varios miles de millones de personas y ninguna de ellas sería capaz por sí misma de arreglar los problemas que con toda seguridad le afectan en el día a día. Es decir, puede hacer frente a ellos como individuo, puede solucionar sus necesidades inmediatas personales o tal vez, las de su familia. Si es un jefe de estado, entre los viajes en avión oficial para asuntos random y las vacaciones en yate, igual le da por arreglar alguno de los problemas que afectan al territorio en el que dice que trabaja. El resultado es que nadie está ocupado en resolver de origen los problemas que, aunque nos afectan localmente, sin embargo, tienen una causa global. Naturalmente que el peso de la participación en el problema no es igual para todos. Es decir, hay incluso individuos que no solo no hacen nada para solucionar ciertos problemas, sino que su forma de vida está directamente relacionada con actividades que se ha acabado evidenciando que son dañinas[i], como, por ejemplo, consumo de tabaco, consumo de combustibles de origen fósil o especular con el dinero, el cual debería ser un medio de intercambio, no un fin en sí mismo. Actividades para las que ya existía en su día la suficiente información como para poder prever los problemas que podría ocasionar en un futuro pero que, a pesar de todo, acabaron sucediendo. Debido a esta situación, definir cuáles son los problemas se convierte un acertijo circular en el que parece que nos atascamos cada vez que se intenta dar un paso en su solución. El problema de definir el problema.

Porque si se desea arreglar algo, será necesario identificar primero aquello que se desea resolver. Este es un punto decisivo ya que según como se defina el resultado va a depender enormemente de ello. Además de que cualquier sesgo ideológico o preferencia cultural, económica o social que se filtre, va a marcar como a una res la propuesta y va a ser rechazada por aquellos que la identifiquen con una ideología  ajena. A pesar de que una solución a un problema no debería tener impedimentos subjetivos o  ideológicos. Si tienes una tubería rota en casa no contratas a un fontanero que tenga tus mismas opiniones, sino a uno que te arregle el problema. Obviando la necesaria educación y amabilidad que cualquier profesional debe tener ¿Por qué no hacemos lo mismo con el planeta?

Según a quien se pregunte, la respuesta va a ser diferente con gran probabilidad. Sin embargo, la heterogeneidad de respuestas no debería ser un inconveniente si estas son consecuencia de la voluntad de encontrar una solución. Sí que lo es el inmovilismo, el dogmatismo y la contaminación cultural y política que en muchas ocasiones la acompaña, en definitiva, «ruido» que entorpece la comunicación. La sociedad vive muy influida por un ambiente político polarizado y sectario, circunstancia que también hay que incluir dentro de la definición del problema, porque además de definir una situación, hay también que elaborar un mínimo plan u hoja de ruta para llevar a cabo las medidas necesarias. Es decir, propuestas como que «todo el mundo tenga educación y sanidad públicas» puede ser razonables, pero en la práctica encontrarse con diversos impedimentos o que, por muy bien intencionados que sean, no ocurra lo mismo con su viabilidad o con el rechazo que produzcan por un motivo u otro en una parte de la población. En definitiva, no se trata únicamente de tener razón, sino, además, de ser coherente y convincente teniendo en cuenta a quien se dirige.

Esta sería una de las principales diferencias respecto a las clásicas estrategias de comunicación políticas: los partidos elaboran sus programas y campañas de difusión únicamente para un sector de la población donde creen que pueden maximizar el resultado. Nadie, ninguno de los partidos políticos existentes en todo el planeta tiene probablemente un plan para solucionar los problemas del mundo. Las ONG probablemente tampoco, no solo por el aura de sospecha de tendenciosidad política, sino porque no abordan el problema de manera completa. Cada movimiento crea su propia receta en función de una parte del mismo escogido por motivos válidos, aunque tal vez arbitrarios: animalismo, ecologismo, veganismo, todas estas opciones son maneras de enfrentarse a problemas reales pero cuya solución es parcial.

El problema del problema

¿Qué es un problema? «Problema» es una de esas palabras que se usan con tal vez demasiada frecuencia para señalar toda situación que no nos facilita una cómoda y placentera vida. Sin embargo, tal vez el problema es precisamente el esperar que todo va a ser como tú quieres y que te va a venir «rodado». Hablando de rodar, supongamos un automóvil en el que nos trasladamos y súbitamente comienza a emitir un ruido: una avería. Pero no existe automóvil que no tenga averías en algún momento de su existencia, la aparición de una de ellas no debería sorprendernos. Por ello, las compañías de seguros tienen servicios de asistencia. Así mismo, el automóvil tiene sistemas de diagnóstico que además de avisarnos para prever su aparición, pueden también servir de indicación del origen de la avería y ayudarnos para tal vez, realizar una intervención simple que la solucione o mejor aún, a preverla. La cuestión es que el mundo a nuestro alrededor tiene una manera de funcionar, es la que es ―aunque no lo conozcamos con total precisión― y nuestras ideologías no hacen más que entorpecer la debida atención al funcionamiento de las cosas, ignorando su manera de proceder adecuada pensando que «no va a pasar nada». Esto es lo que se debería definir como problema.

Lo que nos mete en problemas no es lo que ignoramos, sino lo que creemos saber pero que en realidad ignoramos.

Mark Twain

El inconveniente es que la sociedad occidental está alejándose cada vez más del camino del conocimiento[ii]. Un occidente que lo tenía todo a su favor, sin embargo, ha sido arrastrado por sus propias incongruencias al no admitirlas e ignorarlas. Tras la Segunda Guerra Mundial se quiso creer que con culpar a los nazis el mundo occidental quedaba expiado de sus defectos. Se volcó en culpabilizarles en exclusiva en lugar de comprender cómo se había llegado a esa situación, es decir, de comprender las causas. De manera deliberada o no, han transcurrido décadas mirando hacia otro lado, ignorando el elefante en la habitación y confundiéndolas con los síntomas. Debido a esta manera de proceder mitigando los síntomas sin atender su origen, las advertencias efectuadas desde las últimas décadas desde diversos ámbitos científicos, políticos y sociales han sido ignoradas sin importar los datos expuestos, simplemente por no ser populares. Por no ser lo que la gente quería oír. Las instituciones políticas de cada estado, que son las únicas con autoridad para responder en consecuencia, continúan con sus políticas locales por encima de todo. Aunque algunos países apuestan por acciones alternativas, no se ven acompañados, por lo que su efectividad es nula o, en cualquier caso, insuficiente. En definitiva, se tiene consciencia del problema a nivel local de manera puntual, pero no a nivel global, lo que hace que sea ignorado y campe a sus anchas cual rey desnudo que cree ir elegantemente vestido.

¿Quién habla en nombre de La Tierra?

El conocido astrofísico y divulgador Carl Sagan mostraba ya en los años 80 su preocupación por la inexistencia de una voluntad, individual o colectiva, que representase a la Tierra[iii]. No para entablar contacto con inteligencias extraterrestres, sino para hacerlo con nuestra propia especie. Se habla, se discute y se lucha entre nosotros, expoliamos los recursos, los acaparamos para luego malgastarlos sin criterio, sin ser conscientes como colectivo que ocupamos un lugar limitado, acotado a la biosfera de nuestro planeta. A pesar de todo, décadas después de que el tristemente fallecido científico y divulgador planteara su interrogante, aunque las amenazas no son exactamente las mismas, sigue sin existir esa «consciencia global» que lo sea del camino que está tomando la especie que domina toda su superficie y con potencial para su completa devastación. Nuestro planeta es como un gigantesco autobús cuyo conductor se ha desvanecido, mientras que los pasajeros observan aterrorizados —al menos aquellos que se toman la molestia en preocuparse— el gran abismo que bordeamos sin que puedan hacer nada.


La cuestión pues no es establecer una lista de problemas[iv] más o menos evidentes y a partir de ella elaborar una agenda en la que se detallen los pasos a realizar para solucionarlos según un criterio especifico ―y probablemente criticable―. Esta forma de proponer reformas atacando los síntomas en lugar de las causas, por obvios y justificados que puedan parecer, posee irremediablemente un carácter efímero. Es ahora cuando se hace insoportablemente evidente los efectos de la acumulación inconsciente de malos hábitos generados en tiempos de bonanza económica que nadie discutía, por disparatados que fueran si se analizaban con cierto rigor. «Es el progreso» decían, pero ¿de quién? ¿hacia dónde? Cuando lo que era evidente para colectivos de teóricos como científicos o sociólogos[v] cuya influencia política era y es escasa o nula, se convierte en crudamente palpable a nivel físico y en un problema para los que sí tienen capacidad política, es entonces cuando se toman medidas, tarde, mal y con prisa, para solucionar simplemente los síntomas en el corto plazo, olvidándose de las causas. El problema no es la falta de capacidad de los gobiernos para quitarse de encima problemas acuciantes, sino la inexistencia de una entidad que evite que se repitan una y otra vez los errores de siempre o que evite la aparición de otros nuevos que solo son evidentes para quienes se preocupan en el largo plazo.

Estado Tierra

Por supuesto, la tentación de crear un «gobierno global» surge de manera ominosa y para algunos seguramente también, escandalosa. Con el actual conocimiento y nivel de implicación de las sociedades, dicho supuesto «Estado Tierra» no sería más que una réplica a gran escala de todos los problemas de falta de representatividad, de legitimidad y de dependencia de intereses ajenos al verdadero objetivo que, a nivel local, ocurre en la práctica totalidad del globo. Antes de todo esto hay que crear una estructura social con la suficiente horizontalidad como para escuchar todas las voces, un nuevo tipo de organización que no tome parte directa en las decisiones, pero sirva de fundamento de las mismas, de manera transparente y abierta. Un lugar donde se puedan poner sobre la mesa todas las cuestiones para investigarlas, debatirlas y proponer soluciones cuya construcción e implementación se haga de manera igualmente participativa, no a costa del esfuerzo o del dinero de otros. Una organización cuya autoridad emane del respeto y de la admiración, no del temor a represalias.

En definitiva, no se trata tan solo de tomar decisiones políticas, sino de que lo sean de calidad. Que lo sean con el menor ruido, filtro, demagogia o intereses ocultos ¿Cómo puede lograrse esa organización?

Esa es precisamente la pregunta que como sociedad global se ha de intentar responder. Cada uno de nosotros tiene capacidad para imaginar soluciones, nuestro cerebro puede conectar conceptos e ideas y crear resultados genuinos y originales, aunque partan de ideas anteriores. La Humanidad ha desarrollado el método científico por el cuál una propuesta debe ser puesta a prueba por el resto de la comunidad, en el que el principal interés es el prestigio y la satisfacción de aportar algo de valor a la sociedad de la que forman parte. Fuera del ámbito científico estas organizaciones también existen, aunque mucha gente desconoce por completo su existencia y dudan, además, de la posibilidad de que así sea. Sin embargo, ahí están. Un ejemplo paradigmático son las llamadas de «código abierto» ―open source―: agrupaciones de programadores que no tienen una estructura jerárquica ―como las heterarquías[vi] o también las adhocracias[vii]― que realizan su labor sin esperar una compensación material, más que la colaboración del resto de los miembros en las mismas condiciones a la hora de solucionar los problemas o dar respuesta a las necesidades que surgen. Alguien podría objetar que estas son agrupaciones de carácter marginal sin apenas influencia en el mundo «real» ―el de jefazos gordos y autoritarios que parece que sin ellos el mundo vaya a desaparecer, aunque sea tal vez, al contrario―. Bien, pues resulta que gracias a estos grupos de personas especializadas que aportan sus conocimientos por el deseo de mejorar la vida de todos, mantienen sistemas tecnológicos de los que dependen incluso gigantes como Google o Twitter[viii] y de los que nos beneficiamos todos.

Tampoco se trataría de derrocar gobiernos ni de descartar las actuales organizaciones ―tal vez sí de estimular su reforma― aunque se hayan demostrado incapaces de manejar los retos que como especie nos enfrentamos. Inspirados en la idea de las mencionadas organizaciones basadas en el apoyo mutuo, podría crearse una especie de foro mundial cuyo objetivo fuera el de compartir ideas y crear propuestas de solución. Instituciones alternativas[ix] que funcionasen de manera paralela a las actuales organizaciones políticas, aprovechando los actuales marcos legales, pero usándolos conforme a decisiones acordadas por estas instituciones alternativas sociales. Como se ha comentado, estas no tendrían un carácter impositivo ni pretensión de homogenizar, sino servir de plataforma para que la sociedad pueda articular sus propias respuestas a problemas ocasionados por la falta de perspectiva e inoperancia de los actuales responsables, supeditados a la ganancia inmediata. En definitiva, un lugar donde la visión de futuro sea compartida y sirva como herramienta para construirlo[x], en lugar de estar abocados a crisis cíclicas la mayoría de las veces ocasionadas por estimular economías basadas en la especulación, en lugar de partir de un estudio realista de los recursos actuales, la población existente y sus necesidades como individuos.

¿Cómo llevarlo a la práctica? La respuesta es simple: no lo sé. Pero de lo que estoy seguro es que se ha de empezar compartiendo estas inquietudes con tu entorno. Si no somos capaces de poner en práctica estos principios en nosotros mismos, entonces no vale la pena pretender algo más. Es decir, la solución no ha de venir de ti, de tu vecino, o del otro el de la moto. Ha de venir de todos. Por tanto, tal vez una de las primeras páginas de esa hoja de ruta que se ha escribir como especie global, es la de la educación. Habrá que empezar con didáctica, mucha y paciente didáctica. En cuanto a las posibilidades tecnológicas, la misma que está provocando la mayoría de los problemas energéticos, económicos y sociales, ha de servir también para crear una extensa red que nos conecte, sin caer en los errores que hasta ahora se han cometido al convertir la Internet pública en una serie de nodos controlados por los mismos inoperantes gobiernos, o unas redes sociales dominadas por corporaciones con interés mercantilista y destinadas a someternos. Algo de lo que se aseguran manejando nuestro inconsciente, pero esto forma parte de otra historia.

El otro reto importante es no caer en la megalomanía ni la egolatría. Creerse los «salvadores» del mundo, estar por encima del resto y creerse en posesión de la verdad. La humanidad ha demostrado durante siglos que puede ser muy cruel con sus congéneres en cuanto surgen estos conceptos «superiores». Incluso recientemente, experimentos sociales han demostrado que se puede ir todo de las manos fácilmente[xi],[xii],[xiii]. Llevar a cabo esta propuesta similar a la utopía abierta[xiv] de Stephen Duncombe, implicará sortear el ineludible escollo de la auto-legitimación. Nada surge de la nada, excepto nuestras ideas. Y esta, como todas las demás, no tendrá más merecimiento de existir que el que cada uno de nosotros desee darle. Cualquier intento de ir más rápido implicará el riesgo de caer en algunos de los errores tantas veces cometidos anteriormente, por bien intencionados en teoría que en sus inicios lo fueran. Pero al mismo tiempo, deberá ser lo suficientemente clara y firme en su definición para que no se vea deformada en sus aspiraciones o para que un grupo minoritario tome el control. Aunque no deberá tener una forma jerárquica, sí que deberá prestar atención a los que más y mejor aporten, para no verse ahogada por lo trivial o superfluo.

Quizás si logramos conectarnos cada uno de nosotros como iguales, pero dedicados a tareas concretas y formado una enorme red planetaria al igual que las neuronas de nuestro cerebro, emerja entonces una consciencia colectiva que pueda hacer frente a las vicisitudes globales que como tal se ha de enfrentar. De esta manera, el futuro, nuestro futuro, el de todos, podrá ser construido. Puede que sea esto el progreso, cuando la labor colectiva espontánea produce un resultado mayor que la suma de sus partes. Lamentablemente, nuestra generación no lo va a ver, pero con suerte algún día, las generaciones posteriores que se hayan educado en esta coyuntura, puedan construir un futuro mejor que el presente. Uno en el que tengamos el honor de ser recordados.