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miércoles, 12 de noviembre de 2025

Decálogo del Método Abierto

miércoles, 12 de noviembre de 2025
Decálogo del método abierto

  1. El dogma es arrogante. El método es humilde.
    El dogma es arrogante: cree tener la razón a pesar de la evidencia. El método abierto es humilde: parte de la conciencia de no tenerla. Esa humildad, paradójicamente, lo coloca en la mejor posición para acercarse a la verdad.

  2. No busca una Verdad, sino un consenso funcional.
    La verdad absoluta pertenece al ámbito personal; el conocimiento colectivo surge del acuerdo comprobable. Lo importante no es en qué creemos, sino qué podemos confirmar juntos.

  3. No se apoya en una supuesta objetividad, sino en un arbitraje externo.
    Nadie es completamente objetivo, y precisamente por eso es necesaria una instancia común: la evidencia material, juez imparcial de nuestras ideas.

  4. No censura; clasifica.
    La experiencia personal no se niega, simplemente se distingue del conocimiento compartido. Uno pertenece al ámbito íntimo, el otro a lo que resiste la prueba de todos. El método abierto se ocupa del segundo.

  5. Reconoce los límites de su campo.
    No niega lo no falsable ni combate las creencias metafísicas o espirituales: simplemente reconoce que están fuera de su alcance. Frente a ellas, adopta una postura agnóstica y honesta.

  6. Usa el error como motor de evolución.
    El dogma justifica el fracaso; el método lo estudia. Si la realidad contradice una teoría, esta debe ser corregida o abandonada. Ninguna idea está por encima del resultado material.

  7. Distingue la herramienta del usuario.
    El mal uso del conocimiento no invalida al conocimiento mismo. La crítica debe dirigirse a quienes lo manipulan, no a la herramienta. La solución es democratizar su acceso, no destruirlo.

  8. Es de código abierto.
    Ninguna institución puede ni debe apropiarse de las leyes naturales. La misma física que impulsa un cohete privado sostiene el GPS, las previsiones meteorológicas o la resonancia magnética. El método no tiene bando ni dueño.

  9. Es dinámico porque es lógico.
    La lógica no congela la realidad, sino que permite describir su cambio. Para hablar de movimiento, primero hay que reconocer lo que se mueve. Solo así la razón se vuelve dialéctica y viva.

  10. Permanece abierto e incompleto por definición.
    Todo sistema que pretende explicarlo todo se cierra sobre sí mismo. En cambio, un método falsable depende del contacto constante con la realidad. Esa necesidad de contraste es su mayor fortaleza.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Cuando la cultura duele

miércoles, 20 de agosto de 2025


Trabajo publicado en ResearchGate: DOI


¿Qué nos hace ser como somos? Durante mucho tiempo se pensó que las dos fuerzas que dibujaban nuestro destino seguían caminos separados: la genética como manual biológico que marca lo esencial, y la cultura como escritura paralela sobre ese guion. La primera pone las bases; la segunda nos permite aprender, adaptarnos y evolucionar a un ritmo que la biología por sí sola jamás alcanzaría.

La cultura es fruto de una combinación de capacidades humanas: la cognitiva y la simbólica, originalmente desarrolladas como mecanismos de adaptación al entorno. Sin embargo, esas mismas facultades terminaron transformándolo hasta tal punto que ya no necesitamos adaptarnos a él del mismo modo que al principio. La biología quedó rezagada en un mundo que se desfiguraba, mientras la humanidad elaboraba un sistema paralelo de transmisión de información —lenguaje, costumbres, tecnología— que nos permitió una adaptación vertiginosa a los cambios que nosotros mismos desencadenábamos. Sin embargo, ni la biología ni la cultura por sí solas logran explicar plenamente la adaptación humana.

Pero ¿y si la frontera entre biología y experiencia no fuera tan clara como se ha querido representar? Tal vez nuestra ignorancia sobre ciertos mecanismos biológicos ha hecho que pasemos por alto hasta dónde llega realmente su influencia. En algunas especies, por ejemplo, se observa cómo ciertas conductas aparecen de forma automática poco después del nacimiento, integrándose en su repertorio instintivo. Aquí es donde la ciencia moderna está desvelando un puente fascinante entre ambos mundos: un mecanismo biológico que permite que factores ambientales —desde la dieta y el estrés hasta las interacciones sociales— dialoguen directamente con nuestro código genético.

Esta tercera vía, que conecta nuestra herencia con nuestra historia personal, es la epigenética. Este mecanismo biológico permite que los seres vivos, incluidos los seres humanos, se adapten a las circunstancias sin necesidad de un aprendizaje consciente. Sin embargo, lo que en el pasado fue un mecanismo de adaptación, en el mundo que hemos construido puede dar lugar también a respuestas disfuncionales. La ciencia ha reservado para ese fenómeno una etiqueta concreta: el trauma.

Por tanto, si bien la epigenética no altera las palabras de nuestro libro genético, sí decide qué capítulos se leen en voz alta y cuáles permanecen en silencio. Actúa como un conjunto de interruptores que, sin cambiar la estructura fundamental de nuestro ADN, modula su expresión para adaptarnos mejor al mundo que nos toca vivir. Este descubrimiento nos abre a una metáfora poderosa para entender nuestra propia existencia: la idea de que el ADN es, en realidad, la partitura de la vida.

La partitura de la vida

Se ha descrito al ADN como una molécula compleja que, mediante mutaciones aleatorias y selección natural, adquirió la capacidad de autorreplicarse y dar origen a la vida. Sin embargo, la información genética de esta molécula necesita ser interpretada y ajustada en cada individuo. Aquí entra en juego la epigenética: un conjunto de mecanismos bioquímicos que, sin alterar la secuencia del ADN, lo «instancia» en cada ser vivo. Factores como la dieta, el estrés o las interacciones sociales actúan como señales que permiten a la epigenética «activar» o «silenciar» genes específicos. Esta plasticidad fue una ventaja evolutiva crucial, pues permite adaptar la expresión genética al entorno concreto en el que un organismo nacerá y crecerá.

Siguiendo una poderosa metáfora musical, podemos decir que el ADN es la partitura donde está escrita la sinfonía de la vida. Pero una partitura, por sí sola, es inerte; necesita de un intérprete que la convierta en sonido. Ese intérprete biológico es la epigenética, que «moldea» la información del ADN para adecuarla a su auditorio: el entorno. Al igual que un músico ajusta su interpretación a la acústica de la sala o a la reacción del público, la epigenética «escucha» las señales del ambiente para decidir qué notas genéticas enfatizar y cuáles amortiguar, logrando así que la melodía de la vida se adapte con la mayor eficiencia posible.

Por tanto, además de las mutaciones aleatorias en los genes, el posterior proceso de selección natural determinado por la supervivencia y la reproducción puede influir en el resultado final a través de otros factores, no solo en el momento de la fecundación, sino el de la posterior gestación y desarrollo vital del sujeto. Debido a esto, la especie humana ha mostrado una gran variación morfológica[1], aparentemente debido a los diferentes entornos de la geografía terrestre. Estas variaciones en cuanto a color de piel, de ojos o tamaño físico, entre otras, se les llaman fenotípicas[2] y se considera que surgen en función del ambiente, aunque los mecanismos no están todavía completamente claros. Las posibilidades van desde la deriva genética, por la que una mutación azarosa podría perdurar en un ambiente aislado aunque no fuera especialmente favorable, hasta la propia selección sexual[3], por la que unos rasgos culturales aceptados como atractivos o deseables, se verían favorecidos en la reproducción. 

La epigenética también es otro factor a tener en cuenta: aunque no está comprobado que las características adquiridas sean heredables, un cierto entorno cultural persistente podría mantener una impronta en la manifestación genética en las sucesivas generaciones que crezcan bajo esas mismas condiciones[4]. En resumen, la epigenética sería una capa adicional en la que el entorno puede «modular» la expresión de nuestra herencia genética, de manera que no solo los factores ambientales, sino también los culturales —como el estilo de vida, las relaciones sociales o incluso los traumas— pueden dejar una huella duradera en la biología de un individuo.

De hecho, se ha sugerido que experiencias traumáticas no tratadas pueden transmitirse a lo largo de generaciones, afectando la salud mental y física de los descendientes[5]. Esto convierte a la epigenética en un terreno fértil para repensar problemas sociales como la desigualdad, la pobreza crónica o incluso el clima emocional colectivo. Así, una sociedad atravesada por el miedo, la inseguridad o el estrés estructural no solo estaría moldeando subjetividades, sino también —potencialmente— la configuración biológica de las siguientes generaciones. 

Si bien su carácter hereditario —influencia transgeneracional—no está comprobado —algunos estudios de hecho, apuntan a que los mecanismos operan en sentido contrario, precisamente para evitar la transmisión de características que no serían adecuadas a nuevos entornos[6]— otras investigaciones, sin embargo, continúan explorando los posibles mecanismos moleculares a través de los cuales esta herencia podría ocurrir, sugiriendo que el debate científico sigue abierto[7]

Independientemente de esta discusión, lo que es innegable y de enorme relevancia es la influencia intergeneracional: las condiciones ambientales vividas por una madre durante la gestación (como el estrés o la dieta) afectan directamente al desarrollo del feto, dejando marcas epigenéticas duraderas en su descendencia. Esta influencia, sumada a la que ejerce un entorno cultural persistente que puede replicar las mismas marcas en cada generación, le otorga al epigenoma una importancia imposible de ignorar.

Las primeras herramientas creadas por los humanos no llegaban a modificar el entorno, sin embargo, sí cambiaban nuestra relación con él, de manera que se formó un bucle de realimentación evolutiva mutuamente influyente. Esta cultura primitiva, impulsada por la tecnología, se perfeccionó hasta un punto de inflexión: empezamos a crear un mundo artificial. Fue entonces cuando la cultura se transformó en algo nuevo, más complejo y de un alcance sin precedentes, imponiendo una presión selectiva novedosa que ya no provenía de la naturaleza, sino de nuestra propia creación. 

Mientras la presión del entorno natural disminuía, emergía una nueva presión artificial o cultural. Nuestra biología genética, adaptada a un ritmo evolutivo lento, no podía seguir la velocidad de estos cambios. Es aquí donde mecanismos de adaptación más rápidos, como la epigenética, pudieron cobrar un protagonismo esencial. Por tanto, aunque no se conocen todos los mecanismos precisos, resulta irresponsable ignorar la repercusión directa que la cultura humana —incluyendo las primeras manifestaciones de herramientas construidas por los homínidos— tiene sobre nuestra biología, hasta el punto de que podríamos estar asistiendo a nuestra propia autodomesticación como especie.

Investigaciones sobre este ámbito sugieren que los «humanos anatómicamente modernos», en contraste con nuestros parientes extintos como los neandertales, exhibimos rasgos característicos del llamado «síndrome de domesticación», análogos a los observados en animales domesticados: un perfil craneofacial más grácil y juvenil, reducción del prognatismo — menor proyección de la mandíbula hacia adelante— y del tamaño de los dientes, y una disminución general del dimorfismo sexual. La hipótesis principal es que este cambio fue impulsado por una selección a favor de la prosocialidad —sociabilidad— y en contra de la agresión reactiva; es decir, nos «amansamos» a nosotros mismos para poder cooperar en sociedades cada vez más complejas y tecnológicamente dependientes. En este sentido, la cultura no solo fue un producto de nuestra mente, sino que se convirtió en la principal fuerza que modela nuestra evolución reciente[8].

Si este entorno cultural puede moldear nuestra biología a escala evolutiva, generando cambios anatómicos y de comportamiento a lo largo de generaciones, es lógico pensar que las experiencias ambientales intensas y directas tienen un poder aún más inmediato sobre la biología de un individuo. El mismo sistema de plasticidad biológica que permite la adaptación a largo plazo es también vulnerable a las huellas de eventos agudos. Es en esta confluencia donde la «interpretación» de la partitura genética se ve alterada de la forma más dramática. La huella que deja el entorno no es una sutil modulación, sino una nota discordante y persistente que puede distorsionar la melodía de una vida: el trauma.

La subjetividad del trauma

Imagina a un niño pequeño que queda encerrado en un ascensor. Aunque logre salir sin sufrir daño físico, la experiencia puede dejarle una huella persistente: miedo o incluso pánico cada vez que tenga que entrar en uno. Esa reacción automática —sudoración, bloqueo físico, ansiedad intensa— no responde a un peligro real, pero se activa como si lo fuera[9]. En psicología, a este fenómeno se le conoce en concreto como trauma[10]. Este se entiende como una respuesta automática e involuntaria del organismo ante ciertos eventos que lo «disparan». Estas reacciones suelen remontarse a un suceso pasado que dejó una huella profunda y difícil de borrar. 

El rango de situaciones es amplio, pero la probabilidad de adquirir un problema de este tipo es directamente proporcional a lo impactante del suceso e inversamente proporcional a la edad: a menor edad, más fáciles o más leves pueden ser las experiencias que generen este efecto. De hecho, es conocido que cualquier humano en sus primeros años ha de recibir afecto y calidez emocional en su cuidado. La simple ausencia de afectividad en estas etapas puede causar la enfermedad del infante e incluso su fallecimiento[11]Efectivamente, como la persona que lea este trabajo habrá imaginado, los traumas se consolidan en los individuos a través de mecanismos epigenéticos[12], En otras palabras: la experiencia no solo queda registrada en la memoria psicológica, sino también en los interruptores moleculares que regulan la expresión de los genes, fijando esa huella como una respuesta automática.

En un entorno natural, este mecanismo tenía un claro valor adaptativo: generaba respuestas rápidas ante peligros reales del ambiente. Pero en el mundo artificial que hemos construido, los estímulos cambian de naturaleza. Así, ascensores, tráfico o incluso la vida urbana pueden activar respuestas que ya no resultan útiles, sino desadaptativas. Ahora bien, como se puede observar, la circunstancia que lo califica como tal es debida únicamente a que los ascensores son un elemento habitual en nuestras sociedades. Es decir, que  el «factor trauma» está condicionado por la cultura y la tecnología usada en dicho ámbito. Es por tanto un criterio subjetivo. Esta circunstancia hace plantearse la posibilidad de que puedan existir otros factores que, si bien quedan fuera de dicha definición al no presentar un carácter patológico, sí que son consecuencia de interiorizar una experiencia siguiendo un mecanismo equivalente.  El campo de estudio, por tanto, no debería enfocarse únicamente en lo patológico, sino en lo sociológico. Es aquí donde la biología puede tender un puente entre la psicología y la sociología, solapando sus fronteras para ofrecer esta nueva perspectiva.

En función de lo visto, cabe preguntarse la inquietante cuestión de qué otros sucesos en el periodo de formación de un individuo podrían, en lugar de causar una respuesta desadaptativa al medio social en el que se desarrolla, sea adaptativa y, por tanto, haya pasado desapercibida. Por ejemplo, ¿Podrían ciertos modelos autoritarios o carentes de empatía dejar una impresión perdurable en los habitantes de manera que genere o catalice ciertas respuestas sociales que, sin embargo, se consideren de éxito? Tal vez los modelos de liderazgo o el mismo concepto de éxito social están influido por estos condicionantes, de una manera mucho más profunda y que sin duda, merecerían una mayor atención.

La construcción del individuo

La famosa frase atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek[13] —«resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo»— ilustra a la perfección cómo un entorno socio-cultural puede influir en las características de sus individuos. En la práctica, parece existir una incapacidad colectiva para concebir alternativas al sistema económico vigente, incluso en un Occidente en claro declive.

En contraste, en China un 70% de los jóvenes cree que vivirá mejor que sus padres[14]. Esto abre la pregunta: ¿acaso, al no haber pasado por los filtros culturales del capitalismo, su imaginación de futuros posibles sea distinta? Quizá las diferencias no se deban solo a la cultura, sino también a factores más profundos, moldeados por mecanismos biológicos que no se han considerado hasta ahora. Mientras que Occidente parece haber alcanzado un punto de inflexión en su ideario colectivo, la respuesta que China está teniendo a los problemas globales y a su propio impacto sobre ellos, dan muestra de que su cultura milenaria no ha llegado todavía a tal extremo.

Aunque las investigaciones en el campo epigenético no son concluyentes, abre un campo de posibles explicaciones a la actual situación y explicaría las diferencias de comportamiento. Si bien sus implicaciones serían reversibles al no persistir en la herencia genética, no parece haber impedimento a pensar que un entorno cultural persistente pueda acabar modelando el comportamiento automático o instintivo, como un filtro supuestamente protector,  afectando de manera significativa a porcentajes importantes de la población. Si la epigenética muestra cómo la experiencia moldea al individuo, cabe preguntarse si entornos culturales persistentes podrían hacer lo mismo a escala colectiva.

Algunos estudios apuntan en este sentido y afirman que un entorno cultural —abiótico—persistente podría moldear la biología, no solo morfológicamente debido al cambio de hábitat, sino también a nuestro comportamiento en sociedad más allá de un cambio cultural externo (Seebacher & Krause, 2019) [15] . Estos cambios se evidenciarían en nuestra respuesta biológica interna, al estar condicionados a la activación inconsciente y automática de neurotransmisores que regulan nuestro comportamiento[16].

La buena, pero al mismo tiempo inquietante noticia, es que se puede postular que una vez se conozca este proceso teórico que podría llamarse de autodomesticación, sería factible configurar una intervención en él para evitar la propagación de culturas que no supongan un perjuicio para nuestra especie. De manera objetiva, podría decirse que se ajusten más a nuestro origen evolutivo del Paleolítico, sin renunciar a los progresos tecnológicos que la capacidad racional humana puede producir. Esto abre el debate, de nuevo, sobre si somos capaces de contener y moderar nuestra singularidad cognitiva. Esa misma singularidad que permite a la naturaleza crear, mediante el ingenio humano, soluciones que por sí sola no podría alcanzar, pero que al mismo tiempo puede ocasionar los más terroríficos problemas.

  


[1] Es lo que se ha denominado tradicionalmente como «raza», un término que se intenta evitar debido a que ha adquirido connotaciones negativas por las que se malinterpretaban estas diferencias.

[2] Steven Pinker, La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana (Barcelona: Paidós, 2003), 48.

[3] Ibíd, 241-242.

[4] Ibíd, 33-34.

[5] Sandro Casavilca-Zambrano et al., «Epigenética: la relación del medio ambiente con el genoma y su influencia en la salud mental», Revista de Neuro-Psiquiatría 82, no. 4 (2019): 266–273, https://doi.org/10.20453/rnp.v82i4.3648.

[6] Adrian Bird, «Transgenerational Epigenetic Inheritance: A Critical Perspective», Frontiers in Epigenetics and Epigenomics 2 (2024): 1434253, https://doi.org/10.3389/freae.2024.1434253.

[7] Yuqian Fan y Leping Li, «Transgenerational Epigenetic Inheritance: Potential Mechanisms and Implications for Human Health», Genes 13, no. 7 (2022): 1209, https://doi.org/10.3390/genes13071209.

[8] Constantina Theofanopoulou et al., «Self-domestication in Homo sapiens: Insights from comparative genomics», PLoS ONE 12, no. 10 (2017): e0185306, https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0185306 .

[9] Yuting Nie et al., «Emerging Trends in Epigenetic and Childhood Trauma: Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers in Psychiatry 13 (2022): 925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.

[10] Pinker, La tabla rasa, 243-244. Pinker relata en su obra el experimento de Harry Harlow con monos, donde se confirmaban los devastadores efectos de privar de contacto emocional a crías, replicando el terrible caso con el que Federico II sometió a unos recién nacidos.

[11] Yuting Nie et al., «Emerging Trends in Epigenetic and Childhood Trauma: Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers in Psychiatry 13 (2022): 925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.

[12] Este es uno de los motivos por los que se aconseja que no vayan personas de poca edad solas en los ascensores.

[13] Alejandro Bonada Chavarría, «Venimos a hablar de lo imposible, porque lo posible ya se ha hecho», Temas Antropológicos. Revista Científica de Investigaciones Regionales 40, no. 2 (2018): 139, https://www.redalyc.org/journal/4558/455859449008/html/. En este enlace, Bonada Chavarría hace referencia a esta cita como atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek.

[14] Jaime Santirso, «China ante el espejo de la ciencia ficción», El Mañana, 21 de Febrero de 2021, https://www.elmanana.com/suplementos/dominical/china-ante-el-espejo-de-la-ciencia-ficcion/5257762

[15] Frank Seebacher y Jens Krause, «Epigenetics of Social Behaviour», Trends in Ecology & Evolution 34, no. 9 (2019): 818–30, https://doi.org/10.1016/j.tree.2019.04.017.

[16] Pinker, La tabla rasa, 85.

      


Trabajo publicado en ResearchGate: DOI

lunes, 23 de diciembre de 2024

El mundo y sus demonios (Carl Sagan)

lunes, 23 de diciembre de 2024
Fragmento en inglés de la obra 'El mundo y sus demonios', de Carl Sagan

«La ciencia es más que un conjunto de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo el presentimiento de una América en la época de mis hijos o nietos, cuando Estados Unidos sea una economía de servicios y de la información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave se hayan ido a otros países; cuando los impresionantes poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público pueda siquiera entender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o de cuestionar con conocimiento de causa a los que tienen autoridad; cuando, aferrados a nuestras [bolas de cristal] y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslizamos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad. El embrutecimiento de Estados Unidos es más evidente en la lenta decadencia de los contenidos sustanciales en los medios de comunicación enormemente influyentes, en los bocados de sonido de 30 segundos (que ahora se reducen a 10 segundos o menos), en la programación del mínimo común denominador, en las presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia»

Carl Sagan (El mundo y sus demonios, 1995)

En este fragmento, el científico y apasionado divulgador, daba muestras de sus cualidades intuyendo y describiendo a dónde llevaban las tendencias que se observaban en las últimas décadas del Siglo XX en la economía, la política y la influencia de unos medios de comunicación dominados por aquellos que preferían difundir mensajes sencillos y creíbles, sin importar su procedencia o veracidad. Como se veía en el artículo anterior, el progresivo descrédito de la ciencia y de las instituciones, tal vez al fracasar en algunas de las promesas grandilocuentes que los intereses políticos de la Guerra Fría obligaron a anunciar que solucionarían la mayoría de los problemas del mundo, defraudaron a a una sociedad que se abandonó a la evasión y al autoengaño. Los resultados los estamos viendo en los líderes de las principales naciones occidentales que dudan de las vacunas o que no tienen reparos en usar noticias falsas para manipular a una cada vez más crédula población.

NOTAS: como Sagan diferencia entre Estados Unidos y «América», se ha mantenido la nota tal como la propuso el autor. Se entiende, por tanto, que cuando se refiere al nombre del continente, lo hace en el contexto de una situación fuera de sus fronteras. Las palabras entre corchetes se han traducido adaptadas a nuestro contexto.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

La ciencia y lo racional: limitaciones, adeptos y detractores.

miércoles, 27 de noviembre de 2024


Es habitual escuchar anécdotas de personas que creen que la Tierra es plana, que el ser humano no ha llegado a la Luna, que las vacunas no funcionan —o que son para implantarnos «chips» de pintorescas funcionalidades—, que las farmacéuticas nos engañan y solo quieren «hacer negocio» con las personas, que la nieve es falsa, que nos fumigan los aviones trazando bonitos surcos nubosos en el cielo, que el agua corriente tiene «químicos» para hacernos «algo», que la red de comunicaciones 5G es también, como la mayoría de las mencionadas, para provocarnos consecuencias que no deseamos las personas y que supuestamente obedecen algún tipo de interés, que solo beneficia a una elite «oculta» —reptilianos, illuminati— que suena plausible pero que es indemostrable, o que para hacerlo hay que hacer uso de la ciencia, de esa misma cuyo desconocimiento alimenta todas esas teorías.

La espiral de la desconfianza

Este círculo vicioso en el que un problema es amplificado por el desconocimiento de lo que puede solucionarlo, puede que haya comenzado en lo relacionado con el calentamiento global, sujeto a muchos intereses y dificultad para demostrar algunos de sus postulados, lo que ha sido aprovechado para que ciertos grupos de interés político los hayan llevado demasiado lejos, con el objetivo de poder justificar sus agendas. Si a esto se añade que la ciencia parecer servir principalmente a los estados nacionales o a los grandes poderes económicos, el resultado es una gran merma en su poder legitimador. Esta desconfianza tiene como consecuencias prácticas que la sociedad confunde conceptos básicos que agravan y dificultan todavía más, la salida de él. 

Uno de estos casos es el de confundir la parte con el todo. Como ejemplo, se propone la impresión que se tiene de las farmacéuticas. Al parecer, a cierto sector de la población le resulta difícil asumir, simultáneamente, que existen intereses que llevan a que entidades privadas y profesionales de la medicina se pongan de acuerdo para obtener ambos un beneficio común para ellos —pero no para el usuario— junto a que la Farmacia como disciplina es un ámbito necesario para la salud de la población. Las practicas corruptas de unos califican a todo el ámbito al completo, para estas personas.

Esta tendencia a la dicotomía en la que se ignora lo que queda fuera de ellas aunque ocurra delante de sus narices, es otra de las consecuencias más comunes. Cierto es que a medida las personas envejecen, el cerebro se vuelve menos capaz de adquirir nuevos conocimientos. Efecto más acusado si se trata de modificar un marco social que hasta ese momento era comúnmente aceptado ¿Qué ocurre cuando el ritmo de los acontecimientos provocan cambios de tal manera que la sociedad no puede adaptarse a ellos? El ejemplo más claro para evidenciar las carencias formativas que provocan una divergencia entre lo que ocurre en el mundo y la capacidad de comprensión por parte la sociedad, es China. 

El caso de China

La evolución del país asiático en apenas una década ha sido de tal envergadura, que puede servir de ejemplo para mostrar la dificultad para analizar conceptos desde una nueva perspectiva. Cuando las definiciones clásicas no se pueden aplicar de manera rígida y es necesario combinar de manera creativa lo conocido para entender la nueva situación: China ha sido considerada comunista desde la creación de la República Popular en 1949, sin embargo, la adopción paulatina de diversas reformas, especialmente en el ámbito económico, ha desembocado a un nuevo paradigma que desafía las tradicionales descripciones de las que un sector no es capaz de salir. Si bien las empresas chinas operan siguiendo criterios indudablemente capitalistas en cuanto al rendimiento económico, lo hacen dentro de un marco establecido de manera unilateral por los poderes políticos. Este marco se ha establecido gracias a un plan de décadas que incluye aspectos como lograr controlar toda la cadena de suministros, extracción y transporte de las principales materias primas, así como la de fabricación de componentes electrónicos, pilar fundamental de la cultura de consumo en la que se basa el mundo occidental. Este plan político —no económico— es el que ha permitido que China en estos momentos se acerque a la influencia que hasta ahora era indudable de los EE.UU., además de poner en riesgo la principal industria de Occidente que era/es la de la automoción. Un movimiento estratégico que sin lugar a dudas obedece a un plan de un alcance que queda fuera de las políticas cortoplacistas habituales del ámbito occidental y a su vez, de la comprensión por parte de una población acostumbrado a dichas dinámicas políticas. 

Como resultado, lo que en un principio parecía «anecdótico», se ha ido convirtiendo en una especie de epidemia de rechazo a la ciencia con consecuencias directas en nuestro entorno. Esta espiral descendente ha provocado la siguiente paradoja: estar rodeados de poderosas herramientas tecnológicas cuyo funcionamiento es cada vez menos comprendido por sus usuarios. Una desconfianza a la misma ciencia que les proporciona los medios con los que difunden bulos y teorías que la contradicen, sin ser capaces de distinguir información relevante ¿Dónde comienza esta espiral?

La escuela

«No tengo pruebas pero tampoco dudas», como dice la conocida expresión coloquial, de que gran parte del problema comienza en la escuela. La apariencia sugiere con insistencia que algunos conceptos básicos de lógica y semántica parecen ser sorprendentemente ignorados. La «manera de pensar» inherente a la ciencia, el deseo de adquirir conocimiento como un fin en sí mismo, no se transmite. En su lugar, se imparten las materias como un «conjunto de conocimientos» que se «obligan» a memorizar, con el objeto de alcanzar un resultado académico. Se acaba confundiendo el proceso sistemático de entender la realidad aunando experimentación, curiosidad, intuición y filosofía, con su resultado, pasando por alto las primeras. Si en las instituciones formativas se incidiese en el camino que la ciencia recorre partiendo de la intuición y la experimentación, relatando el proceso como un excitante camino de descubrimiento, independientemente de lo sorprendente que sea también el resultado, se vería la ciencia más como una aventura fascinante que como un aburrido listado de conceptos. 

Como consecuencia, se percibe la ciencia como ese conjunto de conocimientos aburridos y complicados que la autoridad educativa correspondiente, dependiente de diversos poderes, obliga a aprender para ser una trabajador sumiso y productivo. Esta asociación de una interpretación errónea de la ciencia con los poderes establecidos cuyas instituciones cada vez están más desprestigiadas, hace que la sociedad, afectada de este mal, abrace cualquier teoría por disparatada que parezca, mientras les ofrezca una explicación más sencilla que aparente estar alejada de los poderes políticos e «intereses económicos», sin advertir que esto es así precisamente por su escasa utilidad. Explicaciones simples que ofrecen certezas y seguridad, al confirmar sesgos personales que amplifican el convencimiento en su error.

Lo racional y el conocimiento

Dentro de este mundo gobernado por aplicar paradigmas dicotómicos donde todo ha de tener una acepción o la contraria —blanco o negro, rojo o azul, izquierda o derecha, capitalismo o comunismo, o conmigo o contra mí, La revuelta o El hormiguero—, se encuentra la propia herramienta que podría ayudar a salir de esa situación. Ante la pregunta de qué hace falta para enfrentarse a los retos del mundo actual, muy probablemente una buena parte de la sociedad, por los motivos expuestos, entenderá que «lo racional», asociado al conocimiento científico y a su vez, al establishment, es insuficiente. De hecho, puede que piense que al contario —y no sin cierta razón— es la causa de la mayoría de los problemas actuales. Como consecuencia, ese segmento cada vez más mayoritario adopta las mencionadas creencias esotéricas, místicas y pseudocientíficas que perciben como alejadas de dichos poderes políticos y económicos. En el mejor de los casos, la solución consiste en la meditación, el mindfulness, yoga y similares, que si bien son muy adecuados para nuestra salud y bienestar interior, no dejan de ser medidas de carácter individual y personal, dejando de lado problemas globales y careciendo de una actitud critica y constructiva ante la gestión de las instituciones, las cuales continúan haciendo y deshaciendo a su antojo. En definitiva, se genera una polarización o dicotomía entre lo individual y colectivo donde lo espiritual aplicado a lo personal ha de competir en vano con una ciencia institucionalizada y al servicio de intereses ajenos a los primeros, generando una desconexión cada vez mayor entre una minoría poderosa que se apropia de la ciencia frente a una población cada vez más ignorante de ella. Este desconocimiento les impide entender que el camino es justamente el contrario: una sociedad formada en la ciencia y en el fomento del pensamiento crítico asociado, tendrá mayor capacidad para comprender los desafíos a los que nos enfrentamos y exigir medidas razonables a los representantes, así como hacer uso apropiado de la tecnología y saber identificar bulos y noticias falsas que no ofrecen evidencia o posibilidad de contrastar los hechos.

Confianza y Fe: dos caminos divergentes

Recuerdo un curso al que asistí en el que el profesor, tras una larga y farragosa charla, nos preguntó si había alguna duda. Nadie se atrevió a cuestionar nada con el temor de que aquella soporífera exposición continuase. El profesor advirtió la situación y replicó con cierta sorna: «pero, me han entendido o solo  'me creen'». Esta broma logró, además de estimular al alumnado, poner sobre la mesa los pilares básicos de dos maneras diferentes de entender el mundo. Para explicarlo, se puede partir de lo ocurrido durante la pandemia del COVID-19: la sociedad es instada a ser vacunada bajo la autoridad de unos poderes políticos y económicos en los que cada vez «confían» menos, viéndose obligados a «creer» en unos dictados etiquetados por estas autoridades como «científicos» pero que no «entienden» ni comprenden ni tal vez conozcan, los mecanismos que les dan validez. En definitiva, el desconocimiento de por qué la ciencia tiene un valor que trasciende cualquier otra creencia provoca que se confunda con estas, con la simple diferencia de provenir de los poderes establecidos. Se confunde «creer» con «confiar», sin discernir que la primera implica la ausencia de crítica y el otorgar la validez sin prueba alguna, mientras que la confianza es algo completamente distinto, o al menos, divergente, ya que para que algo tenga validez ha de poder ser comprobado experimentalmente y los resultados han de ser compartidos y tener carácter público, circunstancia que se cumplía y se cumple, con las vacunas, entre tantos otros casos similares. La confianza aquí consiste en que los ciudadanos no tenemos medios para poder comprobar dichas afirmaciones y debemos «confiar» en que otras entidades, que a menudo compiten entre sí y que tienen intereses dispares, lo han hecho. La diferencia consiste sobre todo, en que en la ciencia existe esa posibilidad, mientras que en las creencias no.

La ciencia como forma de entendernos en el mundo

¿Puede la ciencia ser de utilidad para el ciudadano común? Si se entiende aquella por la desarrollada en costosísimas instalaciones, donde se estudian las profundidades de la realidad escondida en las partículas subatómicas, pues va a ser difícil encontrar algo aplicable a la vida rutinaria de las personas. Sin embargo, el ser humano es de alguna manera un científico innato, en el sentido de querer descubrir el funcionamiento del mundo, observándolo con espíritu critico para desarrollar herramientas y encontrar soluciones, capacidad característica de nuestra especie. Los mismos principios que lograron que el simple método de la prueba y error para construir herramientas, se convirtiera con el tiempo en un poderoso proceso sistemático para avanzar en el conocimiento, pueden ser aplicados en nuestro día a día: desde hacer recetas de cocina a la resolución de averías mecánicas o electrónicas.

Póngase como ejemplo la cocina: al igual que la ciencia, ha evolucionado de un proceso inicial de prueba y error hasta convertirse en una disciplina basada en principios culinarios establecidos y comprobados. Este proceso refleja la esencia del método científico, que se caracteriza por la formulación de hipótesis, la experimentación y el análisis de resultados. Al crear una nueva receta —como por ejemplo un nuevo tipo de salsa— los cocineros establecen una idea base sobre cómo se  han de combinar ciertos ingredientes —tomates, hierbas y especias— para lograr un sabor específico. Esta idea inicial, equivalente en el ejemplo a una hipótesis científica, se pone a prueba mediante la experimentación en la cocina, ajustando las cantidades y combinaciones de ingredientes hasta lograr el sabor deseado. Este enfoque, aunque menos formalizado que en un laboratorio, muestra cómo el método científico guía nuestra toma de decisiones y nos permite innovar en diversos aspectos de nuestra vida cotidiana.

Otra barrera que se presenta son aquellos conceptos que quedan fuera de la descripción rígida y equivocada de la ciencia como un «conjunto de conocimientos memorizables» y su asociación con «lo racional». Ámbitos relacionados con la intuición, los sentimientos, las emociones y las ideas metafísicas o filosóficas, debido a su naturaleza subjetiva y difícilmente cuantificable, suelen ser excluidos de la ciencia ortodoxa. Sin embargo, no solo estos aspectos son fundamentales en disciplinas como las artes o las humanidades, sino que gracias a una visión más completa de la ciencia, podrían estar esperando su momento para ser incluidos junto a otras teorías más deterministas, enriqueciendo de esta manera el panorama científico. Realmente, la visión de la ciencia como algo rígido y cercano a lo absoluto, da lugar a un cientificismo que poco tiene que ver con su significado epistemológico original o primario.

La ciencia, lejos de ser un cuerpo de conocimientos estáticos, es un proceso en constante evolución, abierto a nuevas perspectivas y desafiando constantemente sus propios límites. Aunque un sector influyente del propio mundo científico vería como una amenaza que la ciencia salga de esa visión reduccionista y limitada, lo largo de la historia, grandes científicos han demostrado que la intuición y la creatividad son tan importantes como el rigor metodológico. Por tanto, una colaboración estrecha entre científicos de diversas disciplinas, junto con filósofos y humanistas, sería fundamental para abordar los grandes desafíos de nuestra época. La intuición y la razón, la emoción y la lógica, no son fuerzas opuestas, sino dimensiones complementarias de la experiencia humana. El verdadero espíritu de la ciencia reside en su capacidad para cuestionar, explorar y adaptarse a nuevas evidencias, y no en aferrarse a dogmas inamovibles.

Carl Sagan fue unos de los divulgadores científicos que logró conectar con la sociedad de una manera profunda, gracias a su carisma, serenidad y confianza en sus argumentos. Sin embargo, esta confianza no implicaba en absoluto una creencia inamovible en ellos. Al contrario, el conocido divulgador publicó El kit del escéptico, un conjunto de consejos para que cualquier persona los pudiera aplicar, tanto en la propia ciencia como en el día a día de la rutina laboral, doméstica o personal. Con esta herramienta sería posible evitar caer en los habituales errores de razonamiento que desde hace décadas vienen sucediéndose en todos los ámbitos, a pesar del empeño que el propio investigador puso para minimizarlos.

Hoy en día ya no hay los divulgadores que antaño transmitían esa pasión genuina hacia la ciencia como un ámbito de descubrimiento y empoderamiento del individuo. Más bien al contrario, el mundo científico, en una parte significativa,  ha sucumbido a los intereses económicos y al beneficio rápido y fácil cortoplacista. Así mismo, pierden el tiempo en competir por la autoría y el protagonismo, más preocupados por el respeto a su opinión «autorizada» que en una divulgación que ayude a que sus logros sean valorados.
La ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos: es una manera de pensar.
Carl Sagan

En definitiva, la ciencia no es solo un conjunto de conocimientos, sino una herramienta para comprender el mundo y nuestro lugar en él. Al fomentar una cultura científica que valore la curiosidad, el pensamiento crítico y priorice la evidencia frente a la simple autoridad de quien lo dice, podemos construir una sociedad más informada, más equitativa y más preparada para enfrentar los desafíos del futuro. Las palabras del no suficientemente recordado divulgador, nos señalan que lo que ha caracterizado a la humanidad ha sido una determinada actitud hacia lo desconocido, la valentía y decisión, levantándose una y otra vez tras los inevitables tropiezos de una humanidad todavía inmadura. En estos tiempos de oscuridad, se hace todavía más necesario recuperar ese espíritu y de compartir la belleza y la emoción del descubrimiento científico con las nuevas generaciones.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Tiempos pasados

miércoles, 6 de marzo de 2019

¿Se vivía mejor antes? Hay un dicho popular que parece expresar la nostalgia que algunas personas tienen de su niñez, de tiempos en los que sencillamente eran más jóvenes y disfrutaban la vida de otra manera. Tiempos en los que sienten que se vivía más intensamente, en los que las justificaciones eran más comprensibles. Sin embargo, los avances posteriores en tecnología, en medicina y otros ámbitos, se comienzan a disfrutar y nadie desea renunciar a ellos.
En el siglo XIX había más tiempo para hablar, para pasear, para las relaciones humanas. [..] uno echa de menos lo bueno que se va perdiendo.
En algún lugar de nuestro interior sentimos que se podría haber hecho mejor. Notamos que se han sacrificado algunas cosas que han sido sustituidas por otras, puede que mejores, puede que más prácticas, pero ¿en qué aspectos? ¿para quién? ¿quién las disfruta? ¿quién lo ha decidido? ¿a quién beneficia? Algunas de ellas puede que no hiciera ninguna falta ser cambiadas. El mundo actual es el resultado de un fluir de acontecimientos que se suceden, unos tras otros como las piezas de dominó que van cayendo de manera inexorable, rendidos ante las leyes de la realidad que se nos aboca. O más bien como esa mariposa que aletea sus alas y produce una cascada de acontecimientos imprevisibles en otra parte del planeta. Aunque siempre hay quien que bate sus alas más rápido o que las tiene más grandes, claro.

Progresa adecuadamente

El progreso entendido como un cambio debido al devenir de los acontecimientos, es inevitable. Aunque normalmente se le otorgan connotaciones positivas, realmente no lleva implícito hacia donde se dirige. Es decir, las cosas simplemente cambian hacia algún lado obligadas por las leyes de la física y la termodinámica. Si nadie hace nada, todo acaba desordenado, sucio o descompuesto, tarde o temprano. El único límite a este proceso sería nuestra firme voluntad de mantener todo en orden. Otra forma de verlo es si se compara con una bola de nieve que aumenta su tamaño a medida que cae por la pendiente. Es más grande, gira más rápido, pero ¿es mejor? El final de la bola de nieve va a ser siempre el mismo, o peor cuanto más grande se haga.
«la edad dorada de nuestro periplo evolutivo coincide con la aparición del hombre de Cromagnon, que somos nosotros, pero en estado de cazadores salvajes y libres [..] vivían en total armonía con la naturaleza, como cualquier otra especie animal. Pero lo más fascinante de ellos es que no eran animales, sino seres humanos con una mente prodigiosa [..] hacer poesías maravillosas, contar cuentos bellísimos y componer músicas y canciones llenas de ritmo y sentimientos. El hombre de Cromagnon protagonizó una explosión de arte y creatividad que ha quedado plasmada, por ejemplo, en la cueva de Altamira. En una ocasión, Picasso dijo que el trabajo artístico de Altamira jamás ha sido superado. Yo comparto su opinión. Los cromañones, en definitiva, me apasionan porque habitaron el lugar que biológicamente nos corresponde y, al mismo tiempo, fueron capaces de producir mundos de ficción»
Juan Luis Arsuaga
El progreso es el cambio inevitable que el tiempo produce sobre las cosas. Nos hacemos viejos de manera inevitable, pero lo importante no es este «progreso», sino lo que aprendemos en el tiempo en el que nos ocurre. Hacerse sabio, aspecto que tristemente cada vez coincide menos con el de vejez. En la antigüedad eran los ancianos los que con su experiencia acumulada servían esa imprescindible ayuda que en algún momento todos necesitamos. Hoy en día el «progreso» nos ha traído a Google, una herramienta de incalculable valor para ciertas tareas, pero no tanto como para adquirir sabiduría si no se usa como debe, algo que sólo una persona cuya experiencia la ha adquirido fuera de este recurso, la posee.

¿Qué ocurre pues con los avances? ¿Qué se aprende de ellos? Al parecer poco. Por ejemplo, en occidente siguen vigentes ciertos vicios que desde tiempos de Roma continúan. A pesar de que todo el mundo conoce cómo acabo el antiguo Imperio Romano, nadie desea recordar otra cosa que no sean sus tiempos de esplendor ignorando lo que les llevó a su caída y a sumir a Europa en siglos de oscuridad. Hoy en día los pocos países «productores» —en el sentido de tener una industria innovadora y a la vanguardia— son en su mayoría precisamente los alejados de la cultura del antiguo imperio del Mediterráneo: EEUU en América y Alemania en Europa, por ejemplo. Sin embargo, aunque estos países son actualmente poderosos en términos económicos o militares, no lo son en cuando a desarrollo humano. Tampoco los países del Mediterráneo, en este punto serían los países nórdicos los líderes.

Es decir, el progreso tecnológico no tiene por qué coincidir en un primer momento con un desarrollo social, menos todavía en cuanto a ética o lo que quiera pueda definirse como «valores humanos». El poder, independientemente de cómo sea logrado este, va a llevar a las personas a un estado para el cual se carece de mecanismos naturales de autocontrol, por lo que la probabilidad de que dicho poder sea usado para aumentar su dominio pasando por encima del mismo derecho del resto, es elevada. El resultado es que los avances tecnológicos generan un desarrollo descontrolado que no es asimilado por la sociedad de una manera adecuada a nuestra condición humana. De hecho, el Siglo XX es simultáneamente la época que mayores avances nos han brindado y la de mayor prosperidad que ha conocido nuestra especie, junto con las más sangrientas guerras en las que han sido aniquiladas la mayor cantidad de población civil inocente de la Historia.

¿Realmente estamos aprendiendo algo? ¿Para esto es lo que sirven los avances? Unas mejoras en medicina cuyos logros prolongando la vida desembocan en que la gente la desperdicie con problemas de obesidad y lo que ello conlleva: diabetes y cardiopatías. Unos avances en comunicaciones que logran volvernos antisociales, dogmáticos, paranoicos, sectarios, ignorantes y manipulables. Unas mejoras en el acceso a la información que sin embargo no evitan que la gente sea tan torpe y estúpida como para no distinguir una noticia falsa de otra real. Descubrimientos en el tratamiento del cáncer que ayudan a tratar los casos de esta enfermedad causados en una gran parte por consumo de tabaco, vida sedentaria, alimentación inadecuada y malos hábitos en general consecuencia en definitiva por el modo de vida «moderno». Con el agravante de que estos vicios son incentivados por un sistema consumista que los promueve hasta su máxima explotación. Adonde nos lleva toda esta situación en definitiva, es que los avances tecnológicos, científicos, médicos, etc, simplemente «parchean» los mismos problemas que el propio progreso provoca, disimulando los efectos que el aumento de la estupidez lleva consigo. Mientras tanto, los intentos por señalar los problemas son reducidos en un «a favor o en contra» simplista que obligan a posicionarse de manera rígida, dificultando una salida de la situación.
«Existe un culto a la ignorancia en los Estados Unidos, y siempre ha existido. El empuje del anti-intelectualismo ha sido un constante debate que serpentea a través de nuestra vida política y cultural, alimentada por la falsa noción de que la democracia significa que "mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento"»
Gracias al método científico los progresos en este ámbito son acumulativos, es decir, que nunca se retrocede. Pero en el ámbito educativo, ético o moral, todas las referencias que hasta ahora servían de guía han dejado de tener efecto. La carencia de una brújula ética o de una regla moral básica provocan que la especie humana vaya dando tumbos abandonándose a cualquier vicio o adicción, sin que nadie sepa establecer límites sin ser tachado de «moralista» —e incluso fascista en ocasiones—. En España en concreto se ha llegado a un punto en el que mostrar una postura sólida y rigurosa en sus argumentos se confunde con el intento de «imponer» la misma. Un relativismo abrumador y desorientador característico de la mayoría de los políticos.
«el progreso ha llegado para quedarse, pero al mismo tiempo estamos viviendo una etapa de confusión, de miedos, de prejuicios, de estereotipos, de juicio rápido, de desinformación y de ignorancia»
Finalmente, la evidencia se muestra tan aplastante que no existe más remedio que comenzar a tomar soluciones a problemas ocasionados por llevar el progreso demasiado lejos, demasiado rápido, sin meditar, sin asimilar, movidos por el ansia de beneficio fácil, sin importar a qué o a quién perjudique. El ejemplo más claro y de actualidad comenzó con la dependencia de los combustibles fósiles, alargada de manera artificiosa por los intereses derivados de una economía basada en el consumo de petróleo. A nadie le importaba hacia donde llevaba esta situación a pesar del grave incremento de la polución en centros urbanos, ni a pesar del descubrimiento posterior de la aportación al efecto invernadero, ni tampoco por el apoyo a dictaduras de medio oriente por parte de gobiernos y corporaciones occidentales. Así mismo, tampoco se daba apenas un paso en investigar otros tipos de locomoción hasta que ha tenido que venir alguien como Elon Musk y desarrollar un vehículo eléctrico, no porque fuera rentable entonces —sólo lo ha logrado Tesla para modelos de alta gama— sino porque era necesario que alguien lo hiciese. No ha sido la ciencia la que ha traído la solución, sino la voluntad de algunos emprendedores.

Pero lo peor es que el actual desarrollo del automóvil eléctrico no puede presentarse como una solución a los problemas ocasionados por los combustibles fósiles, ya que a corto plazo no es posible dotar a un porcentaje significativo del parque automovilístico de estaciones de suministro, ni mucho menos de abastecer a estas de la energía necesaria para su utilización; salvo que de nuevo se recurra a centrales clásicas de carbón o gas, con lo que el problema se agravaría. La situación es de tal gravedad que se comienza a plantear el regreso a la energía nuclear como la única solución viable antes de que sea irreversible el daño. Mientras tanto asistimos al absurdo del anuncio de Alemania de dejar la energía nuclear en el 2022, a pesar de los problemas energéticos que supone para el país y ecológicos en general, al volver a los recursos clásicos contaminantes de gas o carbón, empujados por la presión de las movilizaciones que ignoran el problema de fondo. La escusa fue el desastre de Fukushima en Japón, un accidente climatológico que evidenció las obsoletas instalaciones, no el recurso energético en sí como problema. Por ello, en dicho país asiático no solo no renuncian a este, sino que aumentará la dependencia de las nucleares. Mientras tanto, todavía esperamos al mítico reactor de fusión que lleva décadas viniendo, pero no acaba de llegar.
«hasta que estuvo en la mano del hombre la posibilidad de destruir la vida entera del planeta, los argumentos anti-progresistas [..] carecían de fundamento serio y parecían no más que los usuales presagios agoreros que han acompañado siempre al progreso de la humanidad [..] Hasta hace poco, insistimos, la dimensión moral y artística del progreso podía, sí, ponerse en tela de juicio, puesto que en ese terreno los ciclos de esplendor y decadencia, de puritanismo e inmoralidad, parecen sucederse alternativamente, sin presentar una continuidad progresiva. En cambio, la índole acumulativa y progresiva del lado científico y técnico parecía indiscutible. Sin embargo, justo en el momento de su máximo progreso ocurre que esta cultura científica, aparentemente todopoderosa continúa siendo manejada por un ser humano moralmente frágil, sujeto a regresiones y anomalías afectivas que lo pueden poner en el trance de hacer un uso irracional de la fuerza aniquiladora que su «neocortex» es capaz de desatar. Ahora bien, si esto ocurre, se provocaría el colapso de toda la civilización y, con él, la regresión inexorable de los supervivientes a niveles mentales tan rudimentarios como los de los primitivos»
José Luis Pinillos, La Mente Humana (1969), pág. 42.
El inevitable y acumulativo progreso nos ha traido unos dispositivos móviles tanto más potentes como más fáciles de usar, pero la capacidad de las personas que los manejan es la misma de siempre. Aunque las técnicas de mercadotecnia nos intenten hacer creer que somos mejores por llevar tal o cual marca o modelo, la realidad es otra. A nadie parece importarle de dónde se obtienen los recursos para su fabricación, cómo se sostiene la infraestructura de comunicaciones necesaria o qué, quién y para qué se manejan sin nuestro conocimiento todos los datos que obtienen de nosotros. La humanidad se parece cada vez más a esa bola de nieve, más y más grande, que gira alocadamente cada vez más rápido.

martes, 19 de septiembre de 2017

Carencia de innovación

martes, 19 de septiembre de 2017
¿En qué aspectos hemos evolucionado socialmente? ¿qué desarrollos significativos científicos, educativos o de cualquier otro ámbito se han sucedido? Burbujas tecnológicas, inmobiliarias, crisis, mediocridad social, política, educativa, etc. El cambio más significativo se ha dado alrededor de las comunicaciones, que es poco más que el uso de tecnología existente hace décadas para crear un enorme mercado que mantiene sumida a la población absorta frente a las pantallas de sus dispositivos, mientras varios monopolios recopilan datos que usaran de nuevo para «fidelizar» todavía más al usuario. No existen grandes proyectos de estado, la época de la construcción de canales o transbordadores espaciales ha pasado al olvido y todo se ha de mover a base de proyectos de crowd-funding.

Aunque se comienza a ser consciente del problema y parece que surgen iniciativas empresariales, económicas y políticas para mejorar la situación, conviene no olvidar cuáles son las amenazas que continúan vigentes. El siguiente es un artículo publicado a finales del año 2011 del escritor de ciencia-ficción Neal Stephenson. En él, trata acerca del progresivo deterioro científico e innovador que la sociedad en la que vivimos viene sufriendo y del relevante papel que desempeña el mundo actual permanentemente conectado, al generar una ilusión de certeza que resulta perjudicial para tomar riesgos y buscar nuevas metas. Sirva con este propósito el siguiente texto del citado autor, traducido por el que escribe las líneas de esta pequeña introducción.

Carencia de innovación (Innovation Starvation)

Por Neal Stephenson (acceso al artículo original )


Representación de un simbólico «árbol de de las ideas» yermo
[Imagen: Marshall Hopkins]

Mi vida abarca la época en la que Estados Unidos de América fue capaz de lanzar seres humanos al espacio. Algunos de mis recuerdos más tempranos son los de estar sobre una alfombra de rizo ante una enorme televisión en blanco y negro, viendo las primeras imágenes de la misión Géminis. Este verano, a la edad de 51 años —apenas puede decirse viejo— observé en una pantalla plana el momento en el que el último transbordador espacial despegaba de la plataforma. He seguido el decrecimiento del programa espacial con tristeza, incluso amargura. ¿Dónde está mi estación espacial en forma de donut? ¿Dónde está mi billete para Marte? Durante todo este tiempo he mantenido ocultas mis impresiones, hasta hace poco. La exploración espacial siempre ha tenido sus detractores. Quejarse de su fallecimiento es exponerse a los ataques de aquellos que no se identifican con un hombre blanco burgués de mediana edad estadounidense, que no ha visto sus fantasías de infancia cumplidas.

Sin embargo, me preocupa que la incapacidad de igualar los logros del programa espacial de los años 60 pudiera ser síntoma de un fracaso general de nuestra sociedad para la realización de grandes logros. Mis padres y abuelos fueron testigos de la creación del avión, el automóvil, la energía nuclear y la computadora, por nombrar sólo algunos ejemplos. Los científicos e ingenieros que llegaron a la mayoría de edad durante la primera mitad del siglo XX, podían esperar del futuro la construcción de soluciones que resolverían viejos problemas como reformar el paisaje, apuntalar la economía y proporcionar puestos de trabajo para la burguesa clase media, que fueron la base de la estable democracia que tenemos.

El derrame de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon de 2010 cristalizó mi sensación de que hemos perdido la capacidad de hacer cosas de gran envergadura. La crisis petrolera de la OPEP fue en 1973, hace casi 40 años. Entonces ya era una obvia locura permitir que Estados Unidos se convirtiera en rehén económico de cierta clase de países como las de aquellos donde se producía petróleo. Esto llevó a la propuesta de Jimmy Carter del desarrollo de una enorme industria de combustibles sintéticos en suelo americano. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre los méritos de la presidencia Carter o de esta propuesta en particular, fue al menos un esfuerzo serio para abordar el problema.

Poco se ha escuchado sobre el tema desde entonces. Se ha estado hablando de parques eólicos, energía de las mareas y energía solar durante décadas. Se han hecho algunos progresos en esos ámbitos, pero la energía se sigue basando en el petróleo. En mi ciudad, Seattle, un proyecto planeado hace 35 años sobre la ejecución de una línea de tren ligero a través del lago Washington, está siendo bloqueado por una iniciativa ciudadana. Frustrada o interminablemente retrasada en sus esfuerzos por construir, la ciudad avanza a duras penas con un proyecto para pintar carriles para bicicletas en el pavimento de las calles.

A principios de 2011 participé en una conferencia llamada Future Tense, en la cual lamenté el declive del programa espacial tripulado, aunque la conversación acabo pivotando hacia la energía, lo que indica que el verdadero problema no son los cohetes. Es esta —la energía— nuestra gran y amplia incapacidad como sociedad para llevar a cabo grandes proyectos. De una manera totalmente fortuita, había tocado un punto sensible. La audiencia de Future Tense estaba más segura que yo de que la ciencia-ficción [CF] tenía relevancia —incluso utilidad— para abordar el problema. Escuché dos teorías sobre por qué:
  1. La Teoría de la Inspiración. La CF inspira en la gente la elección de carreras relacionadas con ciencia y tecnología. Esto es indudablemente cierto, ademas de obvio.
  2. La Teoría de los Jeroglíficos. La buena CF proporciona una imagen plausible, totalmente elaborada de una realidad alterna en la cual se ha producido algún tipo de innovación significativa. Un buen universo de CF tiene una coherencia y una lógica interna que los científicos e ingenieros pueden valorar. Los ejemplos incluyen los robots de Isaac Asimov, los cohetes de Robert Heinlein y el ciberespacio de William Gibson. Como dice Jim Karkanias de Microsoft Research, tales iconos sirven como jeroglíficos: símbolos simples y reconocibles en cuya significación todos están de acuerdo.
Investigadores e ingenieros se han visto a si mismos concentrándose en temas cada vez más y más específicos a medida que la ciencia y la tecnología se hacía más complicada. Las grandes compañías o laboratorios tecnológicos emplean cientos o miles de personas para que cada una de ellas se dedique a manejar tan sólo una ínfima parte del proyecto general. La comunicación entre ellos puede llegar a convertirse en un maremágnum de correos electrónicos y powerpoints. La afición que muchas de estas personas tienen por la CF es en parte síntoma de la necesidad de encontrar un marco común que les facilite a ellos y a sus colegas, una visión general. Pretender coordinar todos estos esfuerzos a través del clásico sistema basado en la autoridad y control, es casi como intentar dirigir toda una economía moderna desde el Kremlin. Conseguir trabajar sin trabas de manera independiente pero enfocados hacia metas comunes es en gran medida mucho más parecido a un mercado libre y auto-organizado de ideas.

EXPANDIENDO LAS ÉPOCAS

La CF ha cambiado a lo largo de todo este tiempo —desde los 50 (la era del desarrollo de la energía nuclear, aviones a reacción, la carrera espacial y la computadora) hasta ahora—. En líneas generales, el tecno-optimismo de la Edad de Oro de la CF ha dado paso a una ficción escrita en un tono generalmente más oscuro, más escéptico y ambiguo. Yo mismo he tendido a escribir mucho sobre arquetipos de hackers tramposos que explotan las capacidades ocultas de sistemas sofisticados, ideados por otros igualmente sin rostro.

Creyendo haber alcanzado el máximo progreso en cuanto a tecnología, buscamos llamar la atención sobre sus efectos secundarios destructivos. Algo que resulta absurdo si te tiene en cuenta que estamos todavía atados a tecnologías vetustas de 1960 como la de los destartalados reactores de Fukushima, en Japón, teniendo en el horizonte la posibilidad de la energía limpia de la fusión nuclear. El desarrollo de nuevas tecnologías y su implementación a escalas heroicas ya no es una preocupación infantil de unos cuantos empollones con reglas de cálculo, sino un imperativo. Es la única manera de que la raza humana escape de sus aprietos actuales. Lástima que hayamos olvidado cómo hacerlo.

«¡Ustedes son los que han bajado el ritmo!», proclama Michael Crow, presidente de la Universidad Estatal de Arizona (y otro de los oradores de Future Tense). Se refiere, por supuesto, a los escritores de CF. Científicos e ingenieros, parece estar diciendo, están preparados y buscando nuevas cosas para desarrollar. Es hora de que los escritores de CF comiencen a mostrar su valía creando grandes visiones que aporten un sentido. De ahí el Proyecto Jeroglífico, una iniciativa para crear una nueva antología de CF que de alguna manera pueda convertirse en una vuelta consciente al tecno-optimismo práctico de la Edad de Oro.

CIVILIZACIONES DEL ESPACIO

China es frecuentemente citada como un país involucrado en grandes proyectos, y no hay duda de que están construyendo presas, sistemas ferroviarios de alta velocidad y cohetes a un ritmo extraordinario. Pero no son fundamentalmente innovadores. Su programa espacial, al igual que todos los demás países (incluido el nuestro), es sólo una imitación del realizado hace 50 años por los soviéticos y los estadounidenses. Un programa realmente innovador implicaría asumir riesgos (y aceptar fracasos) para ser pionero en algunas de las tecnologías de lanzamiento espacial alternativas que han sido promovidas por investigadores de todo el mundo durante las décadas dominadas por los cohetes.

Imagínense una fábrica de pequeños vehículos de producción en masa, no más grandes y complejos que un refrigerador, surgidos de una cadena de montaje, con toda su apretada carga al máximo y hasta los topes de hidrógeno líquido no contaminante como combustible, para ser posteriormente expuestos a un intenso calor concentrado proveniente de una batería terrestre de láseres o antenas de microondas. Calentados a temperaturas más allá de lo que una reacción química puede lograr, el hidrógeno emerge de una boquilla en la base del dispositivo y los lanza disparados por la atmósfera. Con el vuelo trazado por los láseres o microondas, el vehículo se eleva en órbita, llevando una carga útil más grande en relación a su tamaño de lo que un cohete químico podría manejar, pero manteniendo contenidas la complejidad, los gastos y el esfuerzo necesarios. Durante décadas, esta ha sido la visión de investigadores como los físicos Jordin Kare y Kevin Parkin. Una idea similar, utilizando un pulso de láser desde tierra dirigido a la parte trasera de un vehículo espacial como detonante del combustible, era sugerida por Arthur Kantrowitz, Freeman Dyson y otros eminentes físicos a principios de los años sesenta.

Si suena demasiado complicado, entonces considérese la propuesta de 2003 de Geoff Landis y Vincent Denis sobre construir una torre de 20 kilómetros de altura usando simples vigas de acero. Los cohetes convencionales lanzados desde su cima podrían transportar el doble de carga útil que lanzados desde el suelo. Incluso abundan las investigaciones, que datan desde Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la astronáutica a partir de finales del siglo XIX, para demostrar que una simple cuerda —de gran longitud con el extremo puesto en órbita alrededor de la Tierra— podría ser utilizada para extraer cargas útiles hacía la atmósfera superior y ponerlas en órbita sin necesidad de motores de ningún tipo. La energía sería bombeada al sistema usando un proceso electrodinámico sin partes móviles.

Todas son ideas prometedoras, del tipo de las que llevaban a generaciones pasadas de científicos e ingenieros a sentir entusiasmo por sus proyectos de construcción.

Pero para comprender lo alejada que nuestra mentalidad actual está de ser capaz de intentar innovar a gran escala, considérese el destino de los tanques externos del transbordador espacial [TE]. Dejando a un lado el vehículo en sí mismo, el TE era el elemento más grande y prominente del transbordador espacial mientras estaba en la plataforma de lanzamiento. Permanecía unido a la lanzadera —o más bien habría que decir que es la lanzadera la que permanecía unida a él— mucho después de que los dos impulsores suplementarios hubieran caído. El TE y el transbordador permanecían conectados todo el trayecto fuera de la atmósfera y en el espacio. Sólo después de que el sistema hubiera alcanzado la velocidad orbital era desechado el tanque dejándolo caer en la atmósfera, donde era destruido en la reentrada.

A un costo marginal modesto, los TE podrían haberse mantenido en órbita indefinidamente. La masa del TE en la separación, incluyendo los propelentes residuales, era aproximadamente el doble de la mayor carga útil posible del Shuttle. No destruirlos habría triplicado la masa total lanzada en órbita por el transbordador. Los TE podrían haber sido conectados para formar unidades que habrían humillado a la Estación Espacial Internacional actual. El oxígeno e hidrógeno residuales que fluyen a su alrededor podrían haberse combinado para generar electricidad y producir toneladas de agua, una mercancía que es muy cara y deseable en el espacio. Pero a pesar del duro esfuerzo y la apasionada defensa de los expertos espaciales que deseaban ver los tanques puestos en uso, la NASA —por razones tanto técnicas como políticas— envió a cada uno de ellos a una ardiente destrucción en la atmósfera. Visto de manera simbólica, dice mucho sobre las dificultades de innovar que existen en otros ámbitos.

EJECUTANDO GRANDES PROYECTOS

La innovación no puede darse sin aceptar el riesgo que conlleva la posibilidad del fallo. Las vastas y radicales innovaciones de mediados del siglo XX tuvieron lugar en un mundo que, en retrospectiva, resulta increíblemente peligroso e inestable. Las posibles consecuencias que la mente de nuestro tiempo identifica como serias amenazas podrían no ser tan graves —suponiendo que hayan sido tan siquiera tenidas en cuenta— por personas habituadas a grandes crisis económicas, guerras mundiales y a la Guerra Fría, en tiempos en los que los cinturones de seguridad, los antibióticos y muchas vacunas no existían. La competencia entre las democracias occidentales y las potencias comunistas obligó a las primeras a empujar a sus científicos e ingenieros al límite de lo que podían imaginar y suministraron una especie de red de seguridad en caso de que sus esfuerzos iniciales no dieran resultado. Un canoso veterano de la NASA me dijo una vez que los aterrizajes en la luna del Apolo fueron el mayor logro del comunismo.

En su reciente libro Adapt: Why Success Always Starts with Failure (Adáptate: ¿Por qué el éxito siempre comienza con el fracaso?), Tim Harford describe el descubrimiento por parte de Charles Darwin de una amplia variedad de especies distintas en las Islas Galápagos, situación que contrasta con el esquema que se observa en los grandes continentes, donde los experimentos evolutivos tienden a ser minimizados a través de una especie de consenso ecológico por el cruce entre especies. El «aislamiento de las Galápagos» frente a la «jerarquía corporativa impaciente» es el contraste establecido por Harford en la evaluación de la capacidad de una organización para innovar.

La mayoría de las personas que trabajan en corporaciones o instituciones académicas han presenciado algo como lo siguiente: un grupo de ingenieros están sentados juntos en una habitación, intercambiando ideas entre si. De la discusión emerge un nuevo concepto que parece prometedor. Entonces, una persona con un ordenador portátil en una esquina, después de haber realizado una rápida búsqueda en Google, anuncia que esta «nueva» idea es, de hecho, antigua —o al menos vagamente similar— y ya ha sido probada. O falló, o lo logró. Si falló, entonces ningún gerente que quiera mantener su trabajo aprobará gastar dinero tratando de revivirlo. Si se logra, entonces es patentado y se supone que la entrada en el mercado es inalcanzable, ya que las primeras personas que piensan en ella tendrán la «ventaja del primer movimiento» y habrán creado «barreras competitivas». El número de ideas aparentemente prometedoras que se han aplastado de esta manera debe rondar los millones.

¿Que hubiera pasado si esa persona del rincón no hubiera sido capaz de encontrar nada en Google? Se habrían necesitado semanas de investigación en la biblioteca para encontrar alguna evidencia de que la idea no era totalmente nueva, después de un largo y penoso trabajo rastreando muchas referencias en un montón de libros, algunas relevantes, otras no. Una vez hallado, el precedente podría no haber parecido tan precedente directo después de todo. Podrían haber motivos por los que valiese la pena una revisión de la idea, tal vez hibridándola con innovaciones de otros campos. De aquí las virtudes del aislamiento de las Islas Galápagos.

La contrapartida del aislamiento «galapagüeño» es la lucha por la supervivencia en un gran continente, donde los ecosistemas firmemente establecidos tienden a desdibujar y absorber las nuevas adaptaciones. Jaron Lanier, informático, compositor, artista visual y autor del reciente libro You are Not a Gadget: A Manifesto (Contra el rebaño digital: Un manifiesto), tiene algunas claves sobre las consecuencias no deseadas de Internet —el equivalente informativo de un gran continente— sobre nuestra capacidad para correr riesgos. En la era pre-internet, los gerentes de empresas se veían obligados a tomar decisiones basadas en lo que sabían era información limitada. Hoy en día, por el contrario, los gerentes disponen de flujos de datos en tiempo real desde tal cantidad de innumerables fuentes que no podían ni tan siquiera imaginar un par de generaciones atrás, y poderosas computadoras procesan, organizan y muestran los datos en maneras que van tanto más allá de los gráficos confeccionados a mano de mi juventud como los actuales videojuegos modernos se corresponden con el tres-en-raya. En un mundo donde los tomadores de decisiones están tan cerca de ser omniscientes, es fácil ver el riesgo como un pintoresco artefacto de un pasado primitivo y peligroso.

La ilusión de poder eliminar la incertidumbre de la toma de decisiones corporativa no es sólo una cuestión de estilo de gestión o preferencia personal. En el entorno legal que se ha desarrollado alrededor de las corporaciones que cotizan en bolsa, los directivos no tienen motivación ni interés alguno de asumir cualquier riesgo del que tengan conocimiento —o, en la opinión de algún jurado futuro, de cualquiera que debiera haber previsto— ni aunque tengan alguna corazonada de que la apuesta pudiese ser rentable a largo plazo. No existe el «largo plazo» en las industrias impulsadas por el próximo informe trimestral. La posibilidad de alcanzar beneficios gracias a alguna innovación es sólo eso, una mera posibilidad que no tendrá tiempo de materializarse antes de que los accionistas minoritarios comiencen a emitir sus citaciones de demanda judicial.

La creencia de hoy en la ineluctable certeza es el verdadero asesino de la innovación de nuestra época. En este entorno, lo mejor que un gerente audaz puede hacer es desarrollar pequeñas mejoras a los sistemas existentes —dándolo todo en cada paso, por así decirlo, hacia un máximo local, recortado lo sobrante, aprovechando toda pequeña innovación— como hacen los urbanistas al pintar carriles bici en las calles como un intento de solucionar los problemas energéticos. Cualquier estrategia que implique cruzar un valle —es decir, aceptar pérdidas a corto plazo para alcanzar un objetivo más alto pero lejano— pronto será bloqueada por las demandas de un sistema que celebra ganancias a corto plazo y tolera el estancamiento, quedando el resto sentenciado al fracaso. En resumen, un mundo donde las grandes ideas no pueden ser realizadas.


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Neal Stephenson es autor del techno-thriller REAMDE (2011), así como la epopeya histórica de tres volúmenes Ciclo barroco —Azogue (2003), La Confusión (2004) y El Sistema del Mundo (2004) además de las novelas Anatema (2008), Criptonomicón (1999), La era del diamante (1995), Snow Crash (1992) , y Zodíaco (1988). También es el fundador de Jeroglífico, un proyecto de escritores por una ciencia-ficción que represente mundos futuros en los que los grandes proyectos sean posibles


[Artículo adaptado del publicado originalmente en el blog Al final de la Eternidad, posteriormente en el blog de Planetas Prohibidos] y en la plataforma LinkedIn