- El dogma es arrogante. El método es humilde.El dogma es arrogante: cree tener la razón a pesar de la evidencia. El método abierto es humilde: parte de la conciencia de no tenerla. Esa humildad, paradójicamente, lo coloca en la mejor posición para acercarse a la verdad.
-
No busca una Verdad, sino un consenso funcional.La verdad absoluta pertenece al ámbito personal; el conocimiento colectivo surge del acuerdo comprobable. Lo importante no es en qué creemos, sino qué podemos confirmar juntos.
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No se apoya en una supuesta objetividad, sino en un arbitraje externo.Nadie es completamente objetivo, y precisamente por eso es necesaria una instancia común: la evidencia material, juez imparcial de nuestras ideas.
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No censura; clasifica.La experiencia personal no se niega, simplemente se distingue del conocimiento compartido. Uno pertenece al ámbito íntimo, el otro a lo que resiste la prueba de todos. El método abierto se ocupa del segundo.
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Reconoce los límites de su campo.No niega lo no falsable ni combate las creencias metafísicas o espirituales: simplemente reconoce que están fuera de su alcance. Frente a ellas, adopta una postura agnóstica y honesta.
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Usa el error como motor de evolución.El dogma justifica el fracaso; el método lo estudia. Si la realidad contradice una teoría, esta debe ser corregida o abandonada. Ninguna idea está por encima del resultado material.
-
Distingue la herramienta del usuario.El mal uso del conocimiento no invalida al conocimiento mismo. La crítica debe dirigirse a quienes lo manipulan, no a la herramienta. La solución es democratizar su acceso, no destruirlo.
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Es de código abierto.Ninguna institución puede ni debe apropiarse de las leyes naturales. La misma física que impulsa un cohete privado sostiene el GPS, las previsiones meteorológicas o la resonancia magnética. El método no tiene bando ni dueño.
-
Es dinámico porque es lógico.La lógica no congela la realidad, sino que permite describir su cambio. Para hablar de movimiento, primero hay que reconocer lo que se mueve. Solo así la razón se vuelve dialéctica y viva.
-
Permanece abierto e incompleto por definición.Todo sistema que pretende explicarlo todo se cierra sobre sí mismo. En cambio, un método falsable depende del contacto constante con la realidad. Esa necesidad de contraste es su mayor fortaleza.
miércoles, 12 de noviembre de 2025
miércoles, 20 de agosto de 2025
Cuando la cultura duele
Trabajo publicado en ResearchGate: DOI
La cultura es fruto de una combinación de capacidades humanas: la cognitiva y la simbólica, originalmente desarrolladas como mecanismos de adaptación al entorno. Sin embargo, esas mismas facultades terminaron transformándolo hasta tal punto que ya no necesitamos adaptarnos a él del mismo modo que al principio. La biología quedó rezagada en un mundo que se desfiguraba, mientras la humanidad elaboraba un sistema paralelo de transmisión de información —lenguaje, costumbres, tecnología— que nos permitió una adaptación vertiginosa a los cambios que nosotros mismos desencadenábamos. Sin embargo, ni la biología ni la cultura por sí solas logran explicar plenamente la adaptación humana.
Pero ¿y si la frontera entre biología y experiencia no fuera tan clara
como se ha querido representar? Tal vez nuestra ignorancia sobre ciertos
mecanismos biológicos ha hecho que pasemos por alto hasta dónde llega realmente
su influencia. En algunas especies, por ejemplo, se observa cómo ciertas
conductas aparecen de forma automática poco después del nacimiento,
integrándose en su repertorio instintivo. Aquí es donde la ciencia moderna está
desvelando un puente fascinante entre ambos mundos: un mecanismo biológico que
permite que factores ambientales —desde la dieta y el estrés hasta las
interacciones sociales— dialoguen directamente con nuestro código genético.
Esta tercera vía, que conecta nuestra herencia con nuestra historia personal, es la epigenética. Este mecanismo biológico permite que los seres vivos, incluidos los seres humanos, se adapten a las circunstancias sin necesidad de un aprendizaje consciente. Sin embargo, lo que en el pasado fue un mecanismo de adaptación, en el mundo que hemos construido puede dar lugar también a respuestas disfuncionales. La ciencia ha reservado para ese fenómeno una etiqueta concreta: el trauma.
Por tanto, si bien la epigenética no altera las palabras de nuestro
libro genético, sí decide qué capítulos se leen en voz alta y cuáles permanecen
en silencio. Actúa como un conjunto de interruptores que, sin cambiar la
estructura fundamental de nuestro ADN, modula su expresión para adaptarnos
mejor al mundo que nos toca vivir. Este descubrimiento nos abre a una metáfora
poderosa para entender nuestra propia existencia: la idea de que el ADN es, en
realidad, la partitura de la vida.
La partitura de la vida
Se ha descrito al ADN como una molécula compleja que, mediante mutaciones aleatorias y selección natural, adquirió la capacidad de autorreplicarse y dar origen a la vida. Sin embargo, la información genética de esta molécula necesita ser interpretada y ajustada en cada individuo. Aquí entra en juego la epigenética: un conjunto de mecanismos bioquímicos que, sin alterar la secuencia del ADN, lo «instancia» en cada ser vivo. Factores como la dieta, el estrés o las interacciones sociales actúan como señales que permiten a la epigenética «activar» o «silenciar» genes específicos. Esta plasticidad fue una ventaja evolutiva crucial, pues permite adaptar la expresión genética al entorno concreto en el que un organismo nacerá y crecerá.
Siguiendo una poderosa metáfora musical, podemos decir que el ADN es la partitura donde está escrita la sinfonía de la vida. Pero una partitura, por sí sola, es inerte; necesita de un intérprete que la convierta en sonido. Ese intérprete biológico es la epigenética, que «moldea» la información del ADN para adecuarla a su auditorio: el entorno. Al igual que un músico ajusta su interpretación a la acústica de la sala o a la reacción del público, la epigenética «escucha» las señales del ambiente para decidir qué notas genéticas enfatizar y cuáles amortiguar, logrando así que la melodía de la vida se adapte con la mayor eficiencia posible.
Por tanto, además de las mutaciones aleatorias en los genes, el posterior proceso de selección natural determinado por la supervivencia y la reproducción puede influir en el resultado final a través de otros factores, no solo en el momento de la fecundación, sino el de la posterior gestación y desarrollo vital del sujeto. Debido a esto, la especie humana ha mostrado una gran variación morfológica[1], aparentemente debido a los diferentes entornos de la geografía terrestre. Estas variaciones en cuanto a color de piel, de ojos o tamaño físico, entre otras, se les llaman fenotípicas[2] y se considera que surgen en función del ambiente, aunque los mecanismos no están todavía completamente claros. Las posibilidades van desde la deriva genética, por la que una mutación azarosa podría perdurar en un ambiente aislado aunque no fuera especialmente favorable, hasta la propia selección sexual[3], por la que unos rasgos culturales aceptados como atractivos o deseables, se verían favorecidos en la reproducción.
La epigenética también es otro factor a tener
en cuenta: aunque no está comprobado que las características adquiridas sean
heredables, un cierto entorno cultural persistente podría mantener una impronta
en la manifestación genética en las sucesivas generaciones que crezcan bajo
esas mismas condiciones[4]. En
resumen, la epigenética sería una capa adicional en la que el entorno puede
«modular» la expresión de nuestra herencia genética, de manera que no solo los
factores ambientales, sino también los culturales —como el estilo de vida, las
relaciones sociales o incluso los traumas— pueden dejar una huella duradera en
la biología de un individuo.
De hecho, se ha sugerido que experiencias traumáticas no tratadas pueden transmitirse a lo largo de generaciones, afectando la salud mental y física de los descendientes[5]. Esto convierte a la epigenética en un terreno fértil para repensar problemas sociales como la desigualdad, la pobreza crónica o incluso el clima emocional colectivo. Así, una sociedad atravesada por el miedo, la inseguridad o el estrés estructural no solo estaría moldeando subjetividades, sino también —potencialmente— la configuración biológica de las siguientes generaciones.
Si bien su carácter hereditario —influencia transgeneracional—no está comprobado —algunos estudios de hecho, apuntan a que los mecanismos operan en sentido contrario, precisamente para evitar la transmisión de características que no serían adecuadas a nuevos entornos[6]— otras investigaciones, sin embargo, continúan explorando los posibles mecanismos moleculares a través de los cuales esta herencia podría ocurrir, sugiriendo que el debate científico sigue abierto[7].
Independientemente de esta discusión, lo que es innegable y de enorme relevancia es la influencia intergeneracional: las condiciones ambientales vividas por una madre durante la gestación (como el estrés o la dieta) afectan directamente al desarrollo del feto, dejando marcas epigenéticas duraderas en su descendencia. Esta influencia, sumada a la que ejerce un entorno cultural persistente que puede replicar las mismas marcas en cada generación, le otorga al epigenoma una importancia imposible de ignorar.
Las primeras herramientas creadas por los humanos no llegaban a modificar el entorno, sin embargo, sí cambiaban nuestra relación con él, de manera que se formó un bucle de realimentación evolutiva mutuamente influyente. Esta cultura primitiva, impulsada por la tecnología, se perfeccionó hasta un punto de inflexión: empezamos a crear un mundo artificial. Fue entonces cuando la cultura se transformó en algo nuevo, más complejo y de un alcance sin precedentes, imponiendo una presión selectiva novedosa que ya no provenía de la naturaleza, sino de nuestra propia creación.
Mientras la presión del entorno natural disminuía, emergía una nueva presión artificial o cultural. Nuestra biología genética, adaptada a un ritmo evolutivo lento, no podía seguir la velocidad de estos cambios. Es aquí donde mecanismos de adaptación más rápidos, como la epigenética, pudieron cobrar un protagonismo esencial. Por tanto, aunque no se conocen todos los mecanismos precisos, resulta irresponsable ignorar la repercusión directa que la cultura humana —incluyendo las primeras manifestaciones de herramientas construidas por los homínidos— tiene sobre nuestra biología, hasta el punto de que podríamos estar asistiendo a nuestra propia autodomesticación como especie.
Investigaciones sobre este ámbito sugieren que los «humanos anatómicamente modernos», en contraste con nuestros parientes extintos como los neandertales, exhibimos rasgos característicos del llamado «síndrome de domesticación», análogos a los observados en animales domesticados: un perfil craneofacial más grácil y juvenil, reducción del prognatismo — menor proyección de la mandíbula hacia adelante— y del tamaño de los dientes, y una disminución general del dimorfismo sexual. La hipótesis principal es que este cambio fue impulsado por una selección a favor de la prosocialidad —sociabilidad— y en contra de la agresión reactiva; es decir, nos «amansamos» a nosotros mismos para poder cooperar en sociedades cada vez más complejas y tecnológicamente dependientes. En este sentido, la cultura no solo fue un producto de nuestra mente, sino que se convirtió en la principal fuerza que modela nuestra evolución reciente[8].
Si este entorno cultural puede
moldear nuestra biología a escala evolutiva, generando cambios anatómicos y de
comportamiento a lo largo de generaciones, es lógico pensar que las
experiencias ambientales intensas y directas tienen un poder aún más inmediato
sobre la biología de un individuo. El mismo sistema de plasticidad biológica
que permite la adaptación a largo plazo es también vulnerable a las huellas de
eventos agudos. Es en esta confluencia donde la «interpretación» de la
partitura genética se ve alterada de la forma más dramática. La huella que deja
el entorno no es una sutil modulación, sino una nota discordante y persistente
que puede distorsionar la melodía de una vida: el trauma.
La subjetividad del trauma
Imagina a un niño pequeño que queda encerrado en un ascensor. Aunque logre salir sin sufrir daño físico, la experiencia puede dejarle una huella persistente: miedo o incluso pánico cada vez que tenga que entrar en uno. Esa reacción automática —sudoración, bloqueo físico, ansiedad intensa— no responde a un peligro real, pero se activa como si lo fuera[9]. En psicología, a este fenómeno se le conoce en concreto como trauma[10]. Este se entiende como una respuesta automática e involuntaria del organismo ante ciertos eventos que lo «disparan». Estas reacciones suelen remontarse a un suceso pasado que dejó una huella profunda y difícil de borrar.
El rango de situaciones es amplio, pero la probabilidad de adquirir un problema de este tipo es directamente proporcional a lo impactante del suceso e inversamente proporcional a la edad: a menor edad, más fáciles o más leves pueden ser las experiencias que generen este efecto. De hecho, es conocido que cualquier humano en sus primeros años ha de recibir afecto y calidez emocional en su cuidado. La simple ausencia de afectividad en estas etapas puede causar la enfermedad del infante e incluso su fallecimiento[11]. Efectivamente, como la persona que lea este trabajo habrá imaginado, los traumas se consolidan en los individuos a través de mecanismos epigenéticos[12], En otras palabras: la experiencia no solo queda registrada en la memoria psicológica, sino también en los interruptores moleculares que regulan la expresión de los genes, fijando esa huella como una respuesta automática.
En un entorno natural, este mecanismo tenía un claro valor adaptativo: generaba respuestas rápidas ante peligros reales del ambiente. Pero en el mundo artificial que hemos construido, los estímulos cambian de naturaleza. Así, ascensores, tráfico o incluso la vida urbana pueden activar respuestas que ya no resultan útiles, sino desadaptativas. Ahora bien, como se puede observar, la circunstancia que lo califica como tal es debida únicamente a que los ascensores son un elemento habitual en nuestras sociedades. Es decir, que el «factor trauma» está condicionado por la cultura y la tecnología usada en dicho ámbito. Es por tanto un criterio subjetivo. Esta circunstancia hace plantearse la posibilidad de que puedan existir otros factores que, si bien quedan fuera de dicha definición al no presentar un carácter patológico, sí que son consecuencia de interiorizar una experiencia siguiendo un mecanismo equivalente. El campo de estudio, por tanto, no debería enfocarse únicamente en lo patológico, sino en lo sociológico. Es aquí donde la biología puede tender un puente entre la psicología y la sociología, solapando sus fronteras para ofrecer esta nueva perspectiva.
En función de lo visto, cabe
preguntarse la inquietante cuestión de qué otros sucesos en el periodo de
formación de un individuo podrían, en lugar de causar una respuesta desadaptativa
al medio social en el que se desarrolla, sea adaptativa y, por tanto, haya
pasado desapercibida. Por ejemplo, ¿Podrían ciertos modelos autoritarios o carentes
de empatía dejar una impresión perdurable en los habitantes de manera que
genere o catalice ciertas respuestas sociales que, sin embargo, se consideren
de éxito? Tal vez los modelos de liderazgo o el mismo concepto de éxito social
están influido por estos condicionantes, de una manera mucho más profunda y que
sin duda, merecerían una mayor atención.
La construcción del individuo
La famosa frase atribuida a Fredric Jameson y Slavoj Žižek[13] —«resulta más fácil imaginar el fin
del mundo que el fin del capitalismo»— ilustra a la perfección cómo un entorno socio-cultural puede
influir en las características de sus individuos. En la práctica, parece
existir una incapacidad colectiva para concebir alternativas al sistema
económico vigente, incluso en un Occidente en claro declive.
En contraste, en China un 70% de
los jóvenes cree que vivirá mejor que sus padres[14].
Esto abre la pregunta: ¿acaso, al no haber pasado por los filtros culturales del capitalismo, su imaginación de futuros posibles sea distinta? Quizá las diferencias no se deban solo a la cultura, sino también a factores más profundos, moldeados por mecanismos biológicos que no se han considerado hasta ahora. Mientras que Occidente parece haber alcanzado un punto de inflexión en su ideario colectivo, la respuesta que China está teniendo a los problemas globales y a su propio impacto sobre ellos, dan muestra de que su cultura milenaria no ha llegado todavía a tal extremo.
Aunque las investigaciones en el campo epigenético no son concluyentes, abre un campo de posibles explicaciones a la actual situación y explicaría las diferencias de comportamiento. Si bien sus implicaciones serían reversibles al no persistir en la herencia genética, no parece haber impedimento a pensar que un entorno cultural persistente pueda acabar modelando el comportamiento automático o instintivo, como un filtro supuestamente protector, afectando de manera significativa a porcentajes importantes de la población. Si la epigenética muestra cómo la experiencia moldea al individuo, cabe preguntarse si entornos culturales persistentes podrían hacer lo mismo a escala colectiva.
Algunos estudios apuntan en este
sentido y afirman que un entorno cultural —abiótico—persistente
podría moldear la biología, no solo morfológicamente debido al cambio de
hábitat, sino también a nuestro comportamiento en sociedad más allá de un
cambio cultural externo (Seebacher & Krause, 2019) [15] . Estos cambios
se evidenciarían en nuestra respuesta biológica interna, al estar condicionados
a la activación inconsciente y automática de neurotransmisores que regulan
nuestro comportamiento[16].
La buena, pero al mismo tiempo inquietante
noticia, es que se puede postular que una vez se conozca este proceso teórico
que podría llamarse de autodomesticación, sería factible configurar una intervención
en él para evitar la propagación de culturas que no supongan un perjuicio para
nuestra especie. De manera objetiva, podría decirse que se ajusten más a
nuestro origen evolutivo del Paleolítico, sin renunciar a los progresos
tecnológicos que la capacidad racional humana puede producir.
[1] Es lo
que se ha denominado tradicionalmente como «raza», un término que se intenta
evitar debido a que ha adquirido connotaciones negativas por las que se
malinterpretaban estas diferencias.
[2]
Steven Pinker, La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana
(Barcelona: Paidós, 2003), 48.
[3]
Ibíd, 241-242.
[4]
Ibíd, 33-34.
[5]
Sandro Casavilca-Zambrano et al., «Epigenética: la relación del medio ambiente
con el genoma y su influencia en la salud mental», Revista de
Neuro-Psiquiatría 82, no. 4 (2019): 266–273, https://doi.org/10.20453/rnp.v82i4.3648.
[6] Adrian Bird, «Transgenerational
Epigenetic Inheritance: A Critical Perspective», Frontiers in Epigenetics
and Epigenomics 2 (2024): 1434253, https://doi.org/10.3389/freae.2024.1434253.
[7] Yuqian Fan y Leping Li, «Transgenerational
Epigenetic Inheritance: Potential Mechanisms and Implications for Human Health»,
Genes 13, no. 7 (2022): 1209, https://doi.org/10.3390/genes13071209.
[8] Constantina Theofanopoulou et al., «Self-domestication in Homo sapiens:
Insights from comparative genomics», PLoS ONE 12, no. 10 (2017):
e0185306, https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0185306
.
[9] Yuting Nie et al., «Emerging
Trends in Epigenetic and Childhood Trauma: Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers
in Psychiatry 13 (2022): 925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.
[10]
Pinker, La tabla rasa, 243-244. Pinker relata en su obra el experimento de
Harry Harlow con monos, donde se confirmaban los devastadores efectos de privar
de contacto emocional a crías, replicando el terrible caso con el que Federico
II sometió a unos recién nacidos.
[11] Yuting Nie et al., «Emerging Trends in Epigenetic and Childhood Trauma:
Bibliometrics and Visual Analysis», Frontiers in Psychiatry 13 (2022):
925273, https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.925273.
[12]
Este es uno de los motivos por los que se aconseja que no vayan personas de
poca edad solas en los ascensores.
[13]
Alejandro Bonada Chavarría, «Venimos a hablar de lo imposible, porque lo
posible ya se ha hecho», Temas Antropológicos. Revista Científica de
Investigaciones Regionales 40, no. 2 (2018): 139, https://www.redalyc.org/journal/4558/455859449008/html/.
En este enlace, Bonada Chavarría hace referencia a esta cita como atribuida a
Fredric Jameson y Slavoj Žižek.
[14]
Jaime Santirso, «China ante el espejo de la ciencia ficción», El Mañana,
21 de Febrero de 2021, https://www.elmanana.com/suplementos/dominical/china-ante-el-espejo-de-la-ciencia-ficcion/5257762
[15] Frank Seebacher y Jens
Krause, «Epigenetics of Social Behaviour», Trends in Ecology & Evolution
34, no. 9 (2019): 818–30, https://doi.org/10.1016/j.tree.2019.04.017.
lunes, 23 de diciembre de 2024
El mundo y sus demonios (Carl Sagan)
«La ciencia es más que un conjunto de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo el presentimiento de una América en la época de mis hijos o nietos, cuando Estados Unidos sea una economía de servicios y de la información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave se hayan ido a otros países; cuando los impresionantes poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público pueda siquiera entender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o de cuestionar con conocimiento de causa a los que tienen autoridad; cuando, aferrados a nuestras [bolas de cristal] y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslizamos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad. El embrutecimiento de Estados Unidos es más evidente en la lenta decadencia de los contenidos sustanciales en los medios de comunicación enormemente influyentes, en los bocados de sonido de 30 segundos (que ahora se reducen a 10 segundos o menos), en la programación del mínimo común denominador, en las presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia»
—Carl Sagan (El mundo y sus demonios, 1995)
En este fragmento, el científico y apasionado divulgador, daba muestras de sus cualidades intuyendo y describiendo a dónde llevaban las tendencias que se observaban en las últimas décadas del Siglo XX en la economía, la política y la influencia de unos medios de comunicación dominados por aquellos que preferían difundir mensajes sencillos y creíbles, sin importar su procedencia o veracidad. Como se veía en el artículo anterior, el progresivo descrédito de la ciencia y de las instituciones, tal vez al fracasar en algunas de las promesas grandilocuentes que los intereses políticos de la Guerra Fría obligaron a anunciar que solucionarían la mayoría de los problemas del mundo, defraudaron a a una sociedad que se abandonó a la evasión y al autoengaño. Los resultados los estamos viendo en los líderes de las principales naciones occidentales que dudan de las vacunas o que no tienen reparos en usar noticias falsas para manipular a una cada vez más crédula población.
NOTAS: como Sagan diferencia entre Estados Unidos y «América», se ha mantenido la nota tal como la propuso el autor. Se entiende, por tanto, que cuando se refiere al nombre del continente, lo hace en el contexto de una situación fuera de sus fronteras. Las palabras entre corchetes se han traducido adaptadas a nuestro contexto.
miércoles, 27 de noviembre de 2024
La ciencia y lo racional: limitaciones, adeptos y detractores.
La espiral de la desconfianza
Este círculo vicioso en el que un problema es amplificado por el desconocimiento de lo que puede solucionarlo, puede que haya comenzado en lo relacionado con el calentamiento global, sujeto a muchos intereses y dificultad para demostrar algunos de sus postulados, lo que ha sido aprovechado para que ciertos grupos de interés político los hayan llevado demasiado lejos, con el objetivo de poder justificar sus agendas. Si a esto se añade que la ciencia parecer servir principalmente a los estados nacionales o a los grandes poderes económicos, el resultado es una gran merma en su poder legitimador. Esta desconfianza tiene como consecuencias prácticas que la sociedad confunde conceptos básicos que agravan y dificultan todavía más, la salida de él.
Uno de estos casos es el de confundir la parte con el todo. Como ejemplo, se propone la impresión que se tiene de las farmacéuticas. Al parecer, a cierto sector de la población le resulta difícil asumir, simultáneamente, que existen intereses que llevan a que entidades privadas y profesionales de la medicina se pongan de acuerdo para obtener ambos un beneficio común para ellos —pero no para el usuario— junto a que la Farmacia como disciplina es un ámbito necesario para la salud de la población. Las practicas corruptas de unos califican a todo el ámbito al completo, para estas personas.
El caso de China
Como resultado, lo que en un principio parecía «anecdótico», se ha ido convirtiendo en una especie de epidemia de rechazo a la ciencia con consecuencias directas en nuestro entorno. Esta espiral descendente ha provocado la siguiente paradoja: estar rodeados de poderosas herramientas tecnológicas cuyo funcionamiento es cada vez menos comprendido por sus usuarios. Una desconfianza a la misma ciencia que les proporciona los medios con los que difunden bulos y teorías que la contradicen, sin ser capaces de distinguir información relevante ¿Dónde comienza esta espiral?
La escuela
Lo racional y el conocimiento
Confianza y Fe: dos caminos divergentes
La ciencia como forma de entendernos en el mundo
La ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos: es una manera de pensar.
miércoles, 6 de marzo de 2019
Tiempos pasados
¿Se vivía mejor antes? Hay un dicho popular que parece expresar la nostalgia que algunas personas tienen de su niñez, de tiempos en los que sencillamente eran más jóvenes y disfrutaban la vida de otra manera. Tiempos en los que sienten que se vivía más intensamente, en los que las justificaciones eran más comprensibles. Sin embargo, los avances posteriores en tecnología, en medicina y otros ámbitos, se comienzan a disfrutar y nadie desea renunciar a ellos.
En el siglo XIX había más tiempo para hablar, para pasear, para las relaciones humanas. [..] uno echa de menos lo bueno que se va perdiendo.
Progresa adecuadamente
«la edad dorada de nuestro periplo evolutivo coincide con la aparición del hombre de Cromagnon, que somos nosotros, pero en estado de cazadores salvajes y libres [..] vivían en total armonía con la naturaleza, como cualquier otra especie animal. Pero lo más fascinante de ellos es que no eran animales, sino seres humanos con una mente prodigiosa [..] hacer poesías maravillosas, contar cuentos bellísimos y componer músicas y canciones llenas de ritmo y sentimientos. El hombre de Cromagnon protagonizó una explosión de arte y creatividad que ha quedado plasmada, por ejemplo, en la cueva de Altamira. En una ocasión, Picasso dijo que el trabajo artístico de Altamira jamás ha sido superado. Yo comparto su opinión. Los cromañones, en definitiva, me apasionan porque habitaron el lugar que biológicamente nos corresponde y, al mismo tiempo, fueron capaces de producir mundos de ficción»—Juan Luis Arsuaga
«Existe un culto a la ignorancia en los Estados Unidos, y siempre ha existido. El empuje del anti-intelectualismo ha sido un constante debate que serpentea a través de nuestra vida política y cultural, alimentada por la falsa noción de que la democracia significa que "mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento"»
«el progreso ha llegado para quedarse, pero al mismo tiempo estamos viviendo una etapa de confusión, de miedos, de prejuicios, de estereotipos, de juicio rápido, de desinformación y de ignorancia»
«hasta que estuvo en la mano del hombre la posibilidad de destruir la vida entera del planeta, los argumentos anti-progresistas [..] carecían de fundamento serio y parecían no más que los usuales presagios agoreros que han acompañado siempre al progreso de la humanidad [..] Hasta hace poco, insistimos, la dimensión moral y artística del progreso podía, sí, ponerse en tela de juicio, puesto que en ese terreno los ciclos de esplendor y decadencia, de puritanismo e inmoralidad, parecen sucederse alternativamente, sin presentar una continuidad progresiva. En cambio, la índole acumulativa y progresiva del lado científico y técnico parecía indiscutible. Sin embargo, justo en el momento de su máximo progreso ocurre que esta cultura científica, aparentemente todopoderosa continúa siendo manejada por un ser humano moralmente frágil, sujeto a regresiones y anomalías afectivas que lo pueden poner en el trance de hacer un uso irracional de la fuerza aniquiladora que su «neocortex» es capaz de desatar. Ahora bien, si esto ocurre, se provocaría el colapso de toda la civilización y, con él, la regresión inexorable de los supervivientes a niveles mentales tan rudimentarios como los de los primitivos»—José Luis Pinillos, La Mente Humana (1969), pág. 42.
martes, 19 de septiembre de 2017
Carencia de innovación
Aunque se comienza a ser consciente del problema y parece que surgen iniciativas empresariales, económicas y políticas para mejorar la situación, conviene no olvidar cuáles son las amenazas que continúan vigentes. El siguiente es un artículo publicado a finales del año 2011 del escritor de ciencia-ficción Neal Stephenson. En él, trata acerca del progresivo deterioro científico e innovador que la sociedad en la que vivimos viene sufriendo y del relevante papel que desempeña el mundo actual permanentemente conectado, al generar una ilusión de certeza que resulta perjudicial para tomar riesgos y buscar nuevas metas. Sirva con este propósito el siguiente texto del citado autor, traducido por el que escribe las líneas de esta pequeña introducción.
Carencia de innovación (Innovation Starvation)
Por Neal Stephenson (acceso al artículo original )
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| [Imagen: Marshall Hopkins] |
- La Teoría de la Inspiración. La CF inspira en la gente la elección de carreras relacionadas con ciencia y tecnología. Esto es indudablemente cierto, ademas de obvio.
- La Teoría de los Jeroglíficos. La buena CF proporciona una imagen plausible, totalmente elaborada de una realidad alterna en la cual se ha producido algún tipo de innovación significativa. Un buen universo de CF tiene una coherencia y una lógica interna que los científicos e ingenieros pueden valorar. Los ejemplos incluyen los robots de Isaac Asimov, los cohetes de Robert Heinlein y el ciberespacio de William Gibson. Como dice Jim Karkanias de Microsoft Research, tales iconos sirven como jeroglíficos: símbolos simples y reconocibles en cuya significación todos están de acuerdo.











