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domingo, 27 de septiembre de 2026

Ejecutar sin transformar [I]

domingo, 27 de septiembre de 2026
Ejecución, utilización y acumulación de capacidades: por qué aumentar la producción por trabaador no equivale necesariamente a aumentar la capacidad productiva
Infografía: de la inversión a la transformación productiva (fuente: elaboración propia asistido por ChatGPT)

Los fondos europeos constituyen una de las mayores intervenciones de inversión pública realizadas en España en las últimas décadas. Formalmente, dichos fondos tienen como objetivo hacer las economías «más sostenibles, resilientes y mejor preparadas para los desafíos y oportunidades de las transiciones ecológica y digital». Se trata por tanto de un objetivo en último término cualitativo. Sin embargo, la discusión sobre su impacto suele comenzar por cifras fácilmente observables y cuantificables: cuánto dinero ha recibido España, cuánto se ha adjudicado, cuánto se ha ejecutado y cuántos proyectos se han puesto en marcha. Cifras que responden principalmente a la pregunta de cuánto se ha utilizado de los recursos disponibles, pero no de cómo.

Una inversión puede ejecutarse completamente y producir actividad económica sin que la organización que la recibe se haya transformado con la adquisición de nuevas capacidades. Puede instalarse una tecnología sin que se incorpore todo el conocimiento necesario para utilizarla, adaptarla o desarrollarla. Puede aumentar la producción por trabajador sin que haya aumentado la capacidad productiva física de la instalación. El indicador de productividad del trabajo puede confundir una sobrecarga de la capacidad existente o de la carga absorbida por el empleado con mejoras reales de la capacidad productiva. Por eso, evaluar los fondos europeos exige seguir un proceso más largo que el que va desde la adjudicación hasta la ejecución. Hay que preguntarse qué ocurre con los recursos cuando entran en contacto con las capacidades que ya existen en las empresas y en la economía: qué conocimiento se incorpora, qué procesos cambian, qué capacidades se acumulan y qué permanece cuando termina el proyecto.
Ejecutar una inversión no equivale necesariamente a transformar la capacidad productiva.

A partir de ahí aparecen cuatro preguntas relacionadas: qué capacidades encuentran los fondos cuando llegan, qué significa realmente un aumento de la productividad, qué condiciones permiten convertir una inversión en capacidad acumulativa y, finalmente, cómo podemos medir esa transformación.

1. El problema inicial: andar hacia un pozo no calma la sed

La situación actual de los fondos europeos permite observar el problema desde sus primeros resultados. Según BBVA Research, hasta finales de junio de 2026 se habían adjudicado 62.726 millones de euros, equivalentes al 78 % del volumen de inversiones del Mecanismo de Recuperación. Si se mantuviera el ritmo de ejecución observado, podrían quedar sin ejecutar unos 10.000 millones. La distribución presenta además una importante concentración: las grandes empresas representan solamente el 1,5 % de los beneficiarios, pero absorben casi un tercio de los fondos, una cantidad incluso superior a la destinada a las pymes, que representan el 28 % de los beneficiarios y reciben aproximadamente el 27 % de los recursos [1].

Más relevante que el volumen ejecutado es lo que estas cifras permiten preguntar sobre la capacidad de absorción de la economía española: un estudio publicado en 2026 sobre los efectos de Next Generation EU en la transformación industrial española, utilizando las bases ELISA y SABI, encuentra fuertes asimetrías territoriales y sectoriales y muestra que la asignación de los fondos a nivel empresarial está estrechamente relacionada con capacidades estructurales preexistentes [2].

Es decir, la absorción a determinada escala de los fondos está vinculada con la capacidad previa de la organización para utilizarlos. Esto plantea un problema de fondo: si la inversión se absorbe principalmente allí donde ya existen las capacidades organizativas necesarias para aprovecharla, puede reforzar las estructuras productivas que ya disponen de esas capacidades sin transformar en la misma medida aquellas que precisamente presentan el déficit que la inversión pretendía corregir. En definitiva, la relación entre capacidades previas y absorción introduce un mecanismo acumulativo o preferencial:

capacidad previa ➡️ mayor capacidad para absorber fondos ➡️ mayor inversión ➡️ capacidad posterior.

Y, en sentido contrario:

baja capacidad organizativa ➡️ menor capacidad para diseñar y ejecutar proyectos ➡️ menor absorción ➡️ menor acumulación de capacidades.

La cuestión adquiere especial relevancia en una economía cuya productividad presenta déficits persistentes. El Consejo de la Productividad de España ha situado la inversión en capital tecnológico e intangible, el capital humano y la calidad de la gestión entre los factores relevantes para el crecimiento de la productividad. También ha señalado que la baja inversión en capital tecnológico e intangible ha contribuido significativamente a la desaceleración de la productividad española [3].

La cuestión va más allá, por tanto, de cuánto capital recibe una economía: se trata de qué organizaciones tienen capacidad para absorberlo, cómo se distribuye esa capacidad y qué parte de los recursos se convierte finalmente en capacidad productiva acumulativa. Pero incluso cuando observamos un aumento de la producción o de la productividad, seguimos sin tener una respuesta definitiva a esta pregunta. El problema es que los indicadores de productividad registran el resultado de la utilización de los recursos, pero no permiten observar por sí solos qué ha ocurrido con las capacidades que están detrás de ese resultado.

2. El efecto fantasma de la productividad

Las variaciones de la productividad deben interpretarse teniendo en cuenta la forma en que las empresas ajustan sus recursos ante los cambios de la demanda. Cuando la actividad disminuye, la producción se reduce y las organizaciones buscan adaptar sus costes. Una de las principales variables mediante las que puede producirse ese ajuste es el empleo.

Esto resulta especialmente relevante en España, donde la evolución de la productividad laboral ha presentado históricamente una relación estrecha con las fluctuaciones del empleo. Durante las fases de contracción, la reducción de trabajadores puede producir aumentos de la productividad por trabajador, mientras que durante las fases de expansión la incorporación de nuevos trabajadores puede reducirla. Esta relación entre empleo, ciclo económico y productividad constituye una de las características que han contribuido al denominado «puzzle» de la productividad española [17]. El problema puede ilustrarse mediante un ejemplo sencillo. Supongamos una empresa que produce inicialmente 100 unidades con 1.000 trabajadores:

1.000 trabajadores ➡️ 100 unidades ➡️ productividad: 0,10

Si la demanda disminuye y la empresa reduce simultáneamente su producción y su plantilla:

700 trabajadores ➡️ 70 unidades ➡️ productividad: 0,10

la productividad por trabajador permanece igual. La empresa produce menos, pero también utiliza menos trabajo para hacerlo. Ahora bien, supongamos una situación diferente. La plantilla permanece en 700 trabajadores, pero la producción aumenta hasta 90 unidades:

700 trabajadores ➡️ 90 unidades ➡️ productividad: 0,129

La productividad medida ha aumentado aproximadamente un 29 %. La cuestión es entonces: ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo ha sido posible producir más con el mismo número de trabajadores cuando anteriormente no se conseguía? ¿Se ha realizado una inversión tecnológica? ¿Se ha modificado la maquinaria? ¿Ha aparecido un nuevo proceso de producción? ¿Ha mejorado la organización? ¿Se están utilizando de forma diferente los recursos que ya existían? Y, si es este el caso, ¿cuáles han sido los factores que han permitido ese cambio en una coyuntura y no en otra?

El cálculo de la productividad registra el resultado, pero no responde por sí mismo a estas preguntas. Una empresa puede aumentar la producción por trabajador y, sin embargo, mantener esencialmente la misma infraestructura, los mismos procesos y la misma tecnología. El aumento observado a través de una métrica simple puede proceder de una transformación de la capacidad productiva, pero no permite distinguirlo de los casos en los que se someten a sobrecarga los recursos existentes. Lo más interesante, sobre todo en el caso español, es que este no es un ejemplo ficticio; es, en todo caso, una simplificación de lo que realmente ocurre.

La investigación de Comin, Quintana, Schmitz y Trigari proporciona una evidencia relevante para este problema [18]. Su trabajo muestra que las estimaciones convencionales de la Productividad Total de los Factores pueden confundir cambios en la eficiencia con cambios en la utilización de los factores productivos. Los autores incorporan información sobre beneficios, costes de ajuste y utilización de la capacidad y obtienen estimaciones de la PTF considerablemente menos volátiles y menos procíclicas que las obtenidas mediante los métodos convencionales.

El resultado es especialmente relevante porque obliga a distinguir entre un cambio en la eficiencia o capacidad productiva y un cambio en la forma en que se están utilizando los recursos disponibles. Una variación de la productividad puede reflejar una transformación tecnológica u organizativa, pero también una modificación de la intensidad con que se utilizan el capital y el trabajo.

Esta cuestión adquiere una importancia particular cuando el empleo constituye una variable de ajuste. Una empresa puede reducir su plantilla y redistribuir las tareas entre los trabajadores que permanecen. También puede concentrar una proporción mayor del tiempo disponible en la producción inmediata. El mecanismo podría representarse de la siguiente manera:

reducción de plantilla
        ⬇️
redistribución de tareas
        ⬇️
mayor concentración en la producción inmediata
        ⬇️
aumento de la productividad medida

Pero esta reorganización puede tener consecuencias que no aparecen directamente en el indicador. En las organizaciones manufactureras, una parte del trabajo no está destinada exclusivamente al output inmediato. La formación, el mantenimiento preventivo, la coordinación, la documentación, la prevención de errores, la mejora de procesos y la innovación incremental contribuyen a conservar y desarrollar capacidades cuyo rendimiento puede aparecer posteriormente.

Durante un periodo de ajuste, algunas de estas actividades pueden reducirse para concentrar los recursos disponibles en la producción inmediata. La organización puede mantener o aumentar el output utilizando una plantilla menor, mientras una parte mayor del trabajo de quienes permanecen se concentra en las actividades directamente relacionadas con la producción.

Esto permite distinguir entre dos fenómenos que no tienen por qué coincidir. Por una parte, puede aumentar la producción obtenida por cada trabajador. Por otra, puede mantenerse relativamente estable —o incluso reducirse— la capacidad de la organización para conservar conocimiento, formar trabajadores, adaptarse y desarrollar nuevos procesos.

Podemos denominar provisionalmente efecto fantasma de la productividad a esta posible divergencia entre la productividad que registra el indicador y la transformación efectiva de la capacidad productiva de la organización. El concepto no pretende cuestionar el cálculo: si aumenta la producción por trabajador, el aumento registrado es real. Lo que se plantea es qué parte de esa variación corresponde a una transformación de la capacidad productiva y qué parte puede proceder de una modificación de la cantidad, composición o utilización del trabajo y de otros recursos existentes.

La evidencia disponible permite observar algunos de los mecanismos que intervienen en esta relación. En España, diversos estudios han encontrado que determinadas características del mercado laboral dual pueden reducir los incentivos para la formación y afectar negativamente a la productividad total de los factores [19]. También se ha observado que una elevada presencia de empleo temporal puede dificultar la conversión de los esfuerzos de innovación en innovaciones de producto [20].

Estos resultados no permiten reconstruir mediante un único indicador todo lo que ocurre dentro de una organización. Pero muestran que la forma en que se ajusta y utiliza el trabajo tiene consecuencias que van más allá de la cantidad de producción obtenida en un momento determinado. El empleo no constituye únicamente un factor cuyo volumen puede aumentar o reducirse. Su estabilidad, composición y utilización afectan también a la formación, a la acumulación de conocimiento, a la innovación y a la continuidad de determinadas capacidades organizativas.

Por ello, las variaciones de productividad deben interpretarse junto a otros procesos que habitualmente permanecen separados en las estadísticas. El indicador registra el output obtenido por los recursos empleados, pero no permite observar directamente qué sucede con las capacidades que permitirán a la organización producir, adaptarse o innovar en el futuro.

El efecto fantasma de la productividad designa precisamente ese problema de observación: una variación de la productividad medida puede ser perfectamente real sin corresponderse necesariamente con una transformación equivalente de la capacidad productiva subyacente. Cuando el indicador está influido por cambios en la utilización de los factores y por la forma en que se ajusta el empleo, resulta necesario observar también qué sucede dentro de la organización. De lo contrario, podemos confundir una modificación en la utilización de una capacidad existente con una transformación de la capacidad misma.

3. El problema de la capacidad de absorción

Llegados a este punto, la pregunta inicial sobre los fondos europeos ha de plantearse en otros términos. No se trata solamente de cuánto dinero ha recibido España, cuánto se ha adjudicado o cuánto se ha ejecutado. Tampoco basta con determinar si los proyectos financiados han producido actividad económica. Todas estas variables describen diferentes fases del proceso, pero dejan abierta la cuestión fundamental: qué capacidad permanece después de la inversión.

Los fondos europeos proporcionan recursos financieros extraordinarios. Pero esos recursos llegan a empresas, administraciones y sectores que ya poseen una determinada estructura productiva, un determinado capital humano, unas determinadas capacidades de gestión y unas determinadas relaciones entre organizaciones. Por eso, la capacidad para aprovechar una inversión no comienza cuando llega el dinero. La capacidad de absorción depende, precisamente, de las condiciones que permiten a una organización o a una economía incorporar recursos externos, combinarlos con los recursos ya existentes y convertirlos posteriormente en capacidades propias.

La inversión puede proporcionar parte de estos recursos, pero no sustituye de manera inmediata las capacidades organizativas, las relaciones productivas y el conocimiento que una economía ha acumulado durante años. Esto introduce una diferencia fundamental entre financiar una capacidad y disponer de las condiciones necesarias para utilizarla. La misma cantidad de capital puede producir resultados diferentes dependiendo de la organización que la recibe y del ecosistema productivo en el que se integra. Se puede representar esta relación de forma sencilla:

          capital externo ➡️ inversión ➡️ capacidad productiva

pero también:

  capital externo           ➕
  capital humano            ➕ 
  conocimiento organizativo ➕ 
  gestión                   ➕ 
  ecosistema productivo     ➡️ capacidad productiva acumulativa.

La segunda cadena permite entender por qué la disponibilidad de capital no garantiza por sí sola una transformación. Si algunos de los componentes necesarios para absorber, utilizar e integrar los recursos son insuficientes, una parte de la inversión puede seguir produciendo actividad, empleo o producción sin generar una capacidad equivalente para afrontar la siguiente transformación. Esta limitación tiene además una dimensión temporal. Una carencia que ya existía antes de la llegada de los fondos no desaparece necesariamente por el hecho de disponer ahora de más recursos financieros.

Si el objetivo de los fondos es transformar la estructura productiva, no basta con conseguir que el dinero llegue a un proyecto elegible. Hay que conseguir que la inversión produzca capacidades que permanezcan cuando desaparezca la financiación. Eso exige prestar atención a variables que no siempre aparecen en la evaluación inmediata de los programas: formación, conocimiento interno, capacidad de gestión, integración entre departamentos, colaboración entre empresas y centros de investigación, desarrollo de proveedores, capacidad tecnológica propia y mecanismos para conservar y transmitir el conocimiento generado. En este sentido, la cuestión política que plantean los fondos europeos es más compleja que decidir dónde gastar el dinero.

Hay que decidir qué capacidades necesita la economía para poder aprovecharlo y cómo se construyen esas capacidades.

Si una economía llega a una transformación tecnológica sin suficiente capacidad para identificar, utilizar y desarrollar el conocimiento disponible, sin mecanismos eficaces de transmisión del conocimiento, sin organizaciones capaces de aprender y sin un ecosistema industrial capaz de desarrollar la nueva tecnología, el dinero puede financiar la adquisición de soluciones externas, puede incluso generar actividad económica considerable, pero una parte sustancial de la capacidad necesaria para la siguiente transformación seguirá teniendo que importarse. Esto permite reformular finalmente la pregunta que estaba detrás de todo el análisis:

¿Hasta qué punto los fondos europeos están financiando una transformación de la capacidad productiva española y hasta qué punto están financiando inversiones que una estructura productiva preexistente todavía no está en condiciones de convertir plenamente en capacidad propia?

La cuestión relevante no consiste en evaluar el uso de los fondos únicamente en términos de beneficio económico inmediato o de rentabilidad política, sino en analizar cuáles eran los problemas previos cuya solución no dependía necesariamente de disponer de más dinero, sino de cambios en las estructuras organizativas, productivas e institucionales. La naturaleza de estos problemas hace que sus implicaciones trasciendan necesariamente los ciclos políticos y las diferencias partidistas.

4. La importancia de lo que no se mide

Si la cuestión fundamental es qué capacidad permanece después de la inversión, entonces el problema ya no es solamente qué se financia ni cuánto se ejecuta, sino qué somos capaces de observar sobre ese proceso de transformación. A lo largo del análisis hemos encontrado distintas formas de medir la actividad económica y productiva: recursos adjudicados, inversión ejecutada, empleo, producción, productividad, gasto en I+D, incorporación de tecnología, formación o número de proyectos realizados. Cada una de estas variables permite observar una parte del proceso. Sin embargo, la utilización efectiva de los recursos no depende únicamente de que estos hayan sido asignados o ejecutados, sino también de la capacidad de las organizaciones y de la economía para integrarlos en su funcionamiento. Esta cuestión conecta directamente con la preocupación expresada por las instituciones europeas respecto a la capacidad de España para aprovechar plenamente los recursos del Plan de Recuperación [24].

Sin embargo, entre la entrada de recursos y la aparición de una nueva capacidad productiva existe una diferencia que no puede reducirse a la simple suma de esas variables. Una inversión puede ejecutarse, una tecnología puede instalarse y un proyecto puede producir un resultado sin que ello implique necesariamente que la organización haya incorporado plenamente esa inversión a su funcionamiento ni que haya sustituido o transformado las capacidades y procedimientos anteriores.

Para que una inversión se convierta en una capacidad propia deben producirse procesos adicionales. El capital debe combinarse con el conocimiento existente, las nuevas tecnologías deben integrarse en los procesos de trabajo, los trabajadores deben adquirir o adaptar competencias, la información debe circular entre diferentes niveles de la organización y las soluciones desarrolladas deben incorporarse de manera estable a su funcionamiento.

Podemos observar, por ejemplo, cuánto dinero se ha destinado a un proyecto, qué tecnología se ha adquirido, cuántas personas han participado o qué resultado inmediato se ha obtenido. Resulta más difícil determinar qué ha ocurrido después con la organización que ha recibido esa inversión: qué conocimiento se ha generado, qué conocimiento previo se ha utilizado, cómo se han combinado ambos, quién ha participado en la adaptación de la solución, qué procesos han cambiado y qué parte de esa experiencia permanece disponible para afrontar problemas posteriores. La diferencia puede expresarse de forma sencilla:

recursos ➡️ proyecto ➡️ resultado

frente a:

recursos ➡️ integración ➡️ adaptación ➡️ aprendizaje ➡️ capacidad permanente

La primera secuencia permite observar la ejecución de una actividad. La segunda exige observar cómo esa actividad modifica la organización y si el resultado obtenido llega realmente a incorporarse a su funcionamiento.

Esta diferencia resulta especialmente importante para el problema que plantean los fondos europeos. Si el objetivo consiste únicamente en ejecutar una inversión, resulta suficiente comprobar que los recursos han sido adjudicados, utilizados y justificados. Pero si el objetivo consiste en transformar la capacidad productiva, es necesario observar algo más: qué ha cambiado en la organización como consecuencia de la inversión y qué capacidad posee después que no poseía antes.

Aquí aparece una primera dificultad. La transformación constituye uno de los objetivos declarados de una inversión de esta magnitud, pero resulta mucho más fácil encontrar indicadores sobre la adjudicación y ejecución de los recursos, la realización de proyectos o sus resultados inmediatos que mecanismos capaces de seguir sistemáticamente cómo esos recursos se convierten en nuevas capacidades dentro de las organizaciones.

La cuestión no consiste simplemente en añadir más indicadores a una estadística existente. El problema es anterior: para medir la transformación es necesario decidir qué entendemos por transformación y observar el proceso mediante el cual se produce.

Esto explica también por qué determinados indicadores pueden resultar insuficientes. Un aumento de la productividad medida no determina por sí mismo si ha aumentado la capacidad productiva subyacente. La realización de un proyecto no determina si su resultado ha quedado incorporado al funcionamiento ordinario. La adquisición de una tecnología no determina si la organización ha aprendido a utilizarla, modificarla o desarrollar nuevas aplicaciones a partir de ella. La formación de trabajadores tampoco garantiza que sus conocimientos encuentren un lugar en el que puedan ser utilizados. En todos estos casos es posible observar una actividad o un resultado sin observar completamente la transformación que debería producirse entre ambos.

La ausencia de esta información resulta significativa. No porque la falta de una medición concreta permita determinar por sí sola sus causas, sino porque revela una diferencia en la atención que reciben distintas partes del proceso. Existe un interés considerable por conocer cuánto dinero se adjudica, cuánto se ejecuta, cuántos proyectos se realizan o qué resultados inmediatos pueden atribuirse a una inversión. Sin embargo, existe una atención mucho menor hacia la cuestión de cómo se modifica la capacidad de las organizaciones que reciben esos recursos.

Es posible, por tanto, que una evaluación registre simultáneamente:

fondos adjudicados    ✅
fondos ejecutados     ✅
proyecto realizado    ✅
tecnología incorporada✅
resultado obtenido    ✅

sin poder responder con la misma precisión:

❓ ¿Qué conocimiento permanece?
❓ ¿Qué procesos han cambiado?
❓ ¿Qué capacidad nueva posee la organización?
❓ ¿Qué problemas podrá resolver ahora que antes no podía resolver?
❓ ¿Qué parte de esa capacidad seguirá existiendo cuando desaparezca la financiación?

Esta última dimensión conecta los problemas examinados anteriormente. Una organización puede disponer de trabajadores cualificados cuyo conocimiento no se utiliza plenamente, incorporar tecnología desarrollada externamente, recibir capital para financiar nuevos proyectos y obtener resultados inmediatos. Pero nada de ello garantiza por separado que la organización haya aumentado su capacidad para producir, aprender y adaptarse. La cuestión decisiva es cómo se combinan esos recursos y si la organización consigue incorporarlos a sus propias capacidades.

Esto permite conectar una preocupación expresada desde la evaluación europea con los problemas observados a lo largo del análisis. La dificultad para aprovechar plenamente una inversión puede hacerse visible en los resultados de ejecución y utilización de los recursos, pero sus causas pueden encontrarse en condiciones anteriores a la llegada de los fondos: formación insuficiente, dificultades de coordinación, problemas de gestión, escasa integración del conocimiento, estructuras organizativas rígidas, separación entre conocimiento y autoridad o limitaciones para conservar y transmitir la experiencia acumulada.

El problema, por tanto, no comienza necesariamente cuando llegan los recursos. En muchos casos, la inversión encuentra una estructura productiva y organizativa previa que determina lo que puede hacerse con ella.

Precisamente esta dimensión ocupa un lugar mucho menos visible en los sistemas habituales de evaluación. Puede declararse como objetivo la transformación de una estructura productiva y medir con gran precisión la ejecución de los recursos, los proyectos realizados y sus resultados inmediatos sin disponer de información equivalente sobre cómo se incorporan posteriormente a la capacidad de las organizaciones.

La propia estructura de evaluación introduce otra cuestión relevante. El Mecanismo de Recuperación y Resiliencia es un instrumento basado en el cumplimiento de hitos y objetivos previamente acordados entre los Estados miembros y las instituciones europeas. Los desembolsos dependen de la evaluación del cumplimiento satisfactorio de esos parámetros [25]. Este sistema permite comprobar con precisión determinados resultados de las reformas e inversiones, pero no garantiza por sí mismo que todos los procesos relevantes para valorar una transformación estructural estén incluidos entre los elementos observados.

En este contexto resulta significativa la preocupación expresada por las instituciones europeas respecto a la capacidad de España para aprovechar plenamente los recursos disponibles. Esa preocupación conecta directamente con el análisis anterior: disponer de recursos para realizar una inversión no garantiza que una organización o una economía pueda integrarlos plenamente en su funcionamiento, utilizar las posibilidades que generan y transformar con ellos su capacidad productiva.

Si la transformación constituye el objetivo, la evaluación debería permitir determinar qué ha cambiado como consecuencia de la inversión respecto a la capacidad anterior.

5. Conclusión

Los fondos europeos permiten observar con especial claridad un problema que, en realidad, es anterior a los propios fondos. Una economía no comienza a construir capacidad productiva cuando recibe recursos financieros. Estos llegan a organizaciones que ya poseen determinadas formas de conocimiento, estructuras de gestión, relaciones productivas y capacidades tecnológicas.

Por eso, entre la inversión y la transformación existe un proceso intermedio decisivo. El capital debe combinarse con las capacidades existentes; la tecnología debe integrarse; el conocimiento debe circular; los trabajadores deben poder utilizar y transmitir lo aprendido; y los resultados de los proyectos deben incorporarse a la organización.

Esto permite entender también los límites de los indicadores convencionales. Los fondos pueden estar adjudicados y ejecutados, los proyectos pueden realizarse y la productividad puede aumentar sin que sepamos todavía qué capacidad nueva posee la organización después de la inversión.

La pregunta fundamental es, por tanto, qué puede hacer ahora una organización que antes de la inversión no podía hacer, o no podía hacer en las mismas condiciones. Porque transformar no significa simplemente utilizar recursos para producir un resultado. Significa que, después de utilizarlos, queda una capacidad que antes no existía.

6. Bibliografía

[1] BBVA Research. (2026, 28 de agosto). España | ¿Cómo va la ejecución de los fondos NGEU? Actualizado el 2 de septiembre de 2026. BBVA Research. Enlace: BBVA Research — ¿Cómo va la ejecución de los fondos NGEU?  [volver]

[2] Lozano-Reina, G., Sánchez-Marín, G., y Baixauli-Soler, J. S. (2026). «Next Generation EU and industrial transformation: Evidence from Spain». Structural Change and Economic Dynamics, 77, 123–136. https://doi.org/10.1016/j.strueco.2026.01.002 [volver]

[3] Consejo de la Productividad de España. (2026). I Informe del Consejo de la Productividad de España (2025). Ministerio de Economía, Comercio y Empresa. Enlace: Consejo de la Productividad de España — I Informe (2025) [volver]

[17] Hospido, L. y Moreno-Galbis, E. (2015). «The Spanish Productivity Puzzle in the Great Recession». Banco de España Working Paper No. 1501. Enlace: PDF — The Spanish Productivity Puzzle in the Great Recession  [volver]

[18] Comin, D., Quintana, J., Schmitz, T. y Trigari, A. (2025). «Revisiting Productivity Dynamics in Europe: A New Measure of Utilization-Adjusted TFP Growth». Journal of the European Economic Association, 23(4), 1598–1633. https://doi.org/10.1093/jeea/jvaf003 [volver]

[19] Dolado, J. J., Ortigueira, S. y Stucchi, R. (2016). «Does Dual Employment Protection Affect TFP? Evidence from Spanish Manufacturing Firms». SERIEs, 7(4), 421–459. https://doi.org/10.1007/s13209-016-0150-9 [volver]

[20] Rodríguez-Ruiz, Ó., Fernández-Menéndez, J., Díaz-Martínez, Z. y Fossas-Olalla, M. (2020). «The Impact of Temporary Workers on the Conversion of Innovation Efforts into Product Innovations: The Case of Spanish Companies». Evidence-based HRM: A Global Forum for Empirical Scholarship, 9(3), 276–292. https://doi.org/10.1108/EBHRM-01-2020-0005  [volver]

[24] European Commission (2025). Country Report – Spain 2025. European Semester. EUR-Lex / European Commission. Enlace: European Commission — Country Report Spain [volver]

[25] European Commission. Recovery and Resilience Scoreboard: Milestones and Targets; Common Indicators. European Commission. Enlace: European Commission — Recovery and Resilience Facility / Scoreboard [volver]

Extracto del artículo publicado originalmente en la plataforma LinkedIn ampliado y adaptado al formato blog.




domingo, 28 de junio de 2026

El capitalismo como juego de suma cero

domingo, 28 de junio de 2026
¿Es el capitalismo un juego de suma cero? Un análisis sobre crecimiento, cooperación, excedente y las limitaciones de los modelos ideales.

Los límites de los modelos ideales

En matemáticas, y más concretamente en la teoría de juegos, suele distinguirse entre juegos de suma cero y juegos de suma no cero. En los primeros, la ganancia de unos participantes implica necesariamente una pérdida equivalente para otros. La suma total de ganancias y pérdidas permanece constante, por lo que todo aquello que un jugador obtiene procede, directa o indirectamente, de lo que dejan de poseer los demás. Juegos clásicos como el ajedrez, las damas o el póker ilustran este principio: la victoria de un jugador supone la derrota de otro.

Por el contrario, en un juego de suma no cero la suma total de ganancias y pérdidas no está determinada de antemano. Dependiendo de las decisiones de los participantes, todos pueden beneficiarse, todos pueden perjudicarse o algunos obtener mayores ventajas que otros. Aunque la cooperación no forma parte de su definición, suele ser el mecanismo que permite ampliar el beneficio conjunto. Lo que caracteriza a estos juegos es precisamente que el resultado global puede aumentar o disminuir en función de las estrategias adoptadas y no queda reducido a una simple redistribución entre vencedores y vencidos.

Esta clasificación funciona con relativa claridad en juegos formales y sistemas cerrados, donde las reglas, los participantes y las condiciones de victoria están perfectamente definidos. Sin embargo, las dificultades aparecen cuando estas categorías se trasladan a fenómenos sociales, económicos o políticos reales. La razón es sencilla: los modelos matemáticos describen situaciones idealizadas, del mismo modo que no existen triángulos perfectos, burocracias perfectas, mercados perfectos o democracias perfectas, tampoco debe sorprendernos que en el mundo real sea poco evidente encontrar ejemplos «perfectos» de juegos de suma cero. Que la realidad no coincida exactamente con el modelo no implica que el modelo deje de ser útil para describir una tendencia o una estructura.

Las sociedades humanas constituyen sistemas abiertos formados por multitud de ámbitos relativamente diferenciados —económicos, políticos, culturales, tecnológicos, educativos o familiares— que interactúan entre sí de maneras complejas. Ninguno de estos ámbitos existe de forma aislada y, aunque en ocasiones puedan analizarse por separado, mantienen conexiones constantes que alteran su comportamiento y dificultan cualquier clasificación simple. Por este motivo, difícilmente encontraremos en el mundo real ejemplos puros de juegos de «suma cero» o de «suma no cero». 

Sin embargo, precisamente por estas limitaciones y dificultades, los modelos ideales permiten identificar tendencias, mecanismos y patrones estructurales que, aun sin manifestarse en estado puro, ayudan a comprender el funcionamiento de sistemas mucho más complejos. Por tanto, el uso de expresiones como «suma cero» o «suma no cero» no debe interpretarse como una descripción matemática literal de la realidad, sino como una herramienta analítica para reconocer dinámicas que pueden aproximarse, en mayor o menor medida, a dichos modelos ideales.

Crecimiento y estructura: el problema de la pirámide

La discusión sobre si el capitalismo constituye o no un juego de suma cero suele tropezar con una dificultad metodológica. Sus defensores suelen señalar que la existencia de crecimiento económico, innovación tecnológica o reducción de la pobreza extrema bastaría para descartar dicha posibilidad. Sin embargo, esta objeción presupone que la única forma legítima de utilizar el concepto es su definición matemática estricta.

Por lo comentado anteriormente, ese mismo criterio impediría aplicar prácticamente cualquier modelo ideal a la realidad social. Ningún triángulo físico reproduce con exactitud el modelo geométrico, ninguna democracia elimina por completo la arbitrariedad del poder y ninguna burocracia funciona como un reloj suizo. Del mismo modo, tampoco encontraremos sistemas históricos que reproduzcan exactamente las condiciones de un juego de suma cero o de suma no cero. La cuestión relevante no es, por tanto, si una sociedad coincide plenamente con el modelo, sino si presenta dinámicas estructurales que se aproximan a él.

Para ilustrar esta diferencia resulta útil recurrir a la metáfora de la pirámide. Una pirámide puede crecer, hacerse más alta, incorporar nuevos niveles o mejorar las condiciones materiales de quienes ocupan su base. Sin embargo, ninguna de estas transformaciones altera necesariamente su estructura. La cuestión fundamental no es el tamaño de la pirámide sino su topología: quién controla el excedente, quién toma las decisiones y cómo se distribuyen los beneficios generados por la cooperación colectiva.

Desde esta perspectiva, afirmaciones como «hay más riqueza que antes» o «la pobreza extrema ha disminuido» describen una modificación del tamaño pero no responden a la pregunta sobre su forma —las proporciones de la pirámide (altura respecto de la base) serían un indicativo de mayor o menor desigualdad—. Un sistema puede aumentar considerablemente su producción y, al mismo tiempo, conservar mecanismos de apropiación muy similares a los que poseía anteriormente.

El motor y la apropiación del excedente

La segunda metáfora útil es la del motor. El capitalismo puede entenderse como un mecanismo capaz de transformar determinados insumos en actividad económica y crecimiento. Sin embargo, esos insumos no son creados por el propio mecanismo. Proceden del trabajo humano, la cooperación social, el conocimiento acumulado, la educación, las infraestructuras, los recursos naturales o las instituciones que sostienen la vida colectiva.

La pregunta relevante pasa entonces a ser qué ocurre con el excedente generado por ese proceso. Una parte retorna necesariamente al sistema para garantizar su reproducción inmediata: los trabajadores deben sobrevivir, las infraestructuras mantenerse y las capacidades productivas renovarse. Sin embargo, la reproducción a largo plazo de estas condiciones no depende exclusivamente del propio mecanismo económico, sino también de procesos sociales, institucionales y cooperativos mucho más amplios que lo exceden. Una parte significativa del excedente es apropiada, concentrada o redistribuida según las reglas específicas que gobiernan dicho mecanismo. Habitualmente, quienes generan directamente el valor reciben una compensación limitada a su participación inmediata en el proceso productivo, mientras que la propiedad del resultado y la capacidad de beneficiarse de él permanecen separadas de quienes lo hicieron posible.

En este punto aparece una cuestión que suele quedar oculta cuando toda mejora social se atribuye automáticamente al capitalismo. Muchas de las transformaciones históricas que han ampliado derechos, mejorado salarios o fortalecido la protección social no surgieron necesariamente de la lógica interna del capital, sino de la interacción de múltiples fuerzas paralelas: sindicatos, movimientos sociales, regulación estatal, educación pública, presión democrática o conflictos políticos de diversa naturaleza.

Por ello, atribuir al capitalismo todos los avances producidos en las sociedades donde opera equivale a confundir el motor con el conjunto del vehículo. El hecho de que un sistema participe en un proceso de transformación social no implica que sea el único responsable de sus resultados. La cuestión central no es, por tanto, si existe crecimiento. Tampoco si las condiciones materiales de vida han mejorado respecto al pasado. La cuestión es si dicho crecimiento altera o no la lógica de apropiación del excedente.

Dicho de otro modo: una pirámide puede hacerse más grande sin dejar de ser una pirámide. Del mismo modo, un motor puede transformar cada vez más energía sin dejar de depender del combustible que hace posible esa transformación.

La lógica capitalista puede entenderse como una estructura piramidal que crece alimentándose de procesos cooperativos mucho más amplios que ella misma. La innovación, el conocimiento, la creatividad, la educación o la investigación generan continuamente nuevas capacidades sociales y productivas. Sobre esa base, los mecanismos de acumulación capturan una parte del excedente producido y lo transforman en «crecimiento económico» .  
La escena recuerda a un juego de suma cero incrustado dentro de un entorno de suma no cero. 
La cooperación amplía constantemente las posibilidades del sistema, mientras que la apropiación determina quién controla los beneficios derivados de esa ampliación —pirámide más grande o más alta—. El crecimiento de la pirámide depende precisamente de la existencia de una base capaz de generar más recursos, más conocimiento y más innovación de los que ella misma es capaz de producir. De la misma manera que un motor necesita combustible para funcionar, las dinámicas de acumulación necesitan una fuente continua de creatividad y cooperación sobre la que operar. La cuestión fundamental deja entonces de ser cuánto crece el sistema y pasa a ser quién controla los resultados de ese crecimiento y cómo se distribuye el excedente generado.

Por esta razón, la utilidad de la expresión «juego de suma cero» no reside en describir literalmente una realidad matemática inexistente, sino en señalar la posible existencia de dinámicas de captura y concentración del excedente que, aun coexistiendo con crecimiento e innovación, pueden seguir desempeñando un papel estructural en el funcionamiento del sistema.

miércoles, 1 de abril de 2026

Cuando las culturas fracasan

miércoles, 1 de abril de 2026

Cómo los sistemas culturales generan innovación, la capturan y acaban entrando en crisis por sus propias dinámicas internas.

Poder, cultura y el colapso de los sistemas

A lo largo del siglo XX, distintos pensadores han intentado explicar la transformación y el declive de las sociedades complejas. Algunos, como Oswald Spengler, describieron estos procesos como ciclos casi orgánicos de auge y decadencia. Otros, como Michel Foucault, analizaron cómo las estructuras de poder producen los marcos de verdad que sostienen esos sistemas. Sin embargo, ambos enfoques dejan una cuestión fundamental en segundo plano. No se trata simplemente de por qué las sociedades colapsan o se transforman, ni de cómo construyen sus relatos de legitimidad, sino de algo más profundo.

Los sistemas sociales que, en determinados momentos, logran generar estabilidad, crecimiento y complejidad, acaban reproduciendo patrones similares en su caída. Las mismas innovaciones que alumbraron nuevos periodos de progreso, se convierten en formas más sofisticadas de control y coacción. Según la visión de estos autores, parece haber cierta inevitabilidad en este proceso. Como si el auge y caída de los imperios fuera algo inevitable o la dificultad de alcanzar una verdad definitiva tuviera que impedirnos buscarla sin más.

Esto abre un margen de cuestionamiento distinto. Tal vez las causas que conducen a la crisis no aparecen al final del proceso, sino que están presentes desde el inicio, aunque quedan eclipsadas por el éxito inicial del sistema. La expansión y el crecimiento no eliminan esas tensiones, las contienen temporalmente. Desde esta perspectiva, el colapso puede entenderse como una dinámica interna que opera desde el principio de manera inadvertida, en lugar de errores de criterio o de inevitabilidades históricas.

Una forma de aproximarse a este proceso es observar los momentos en los que las sociedades han logrado generar entornos especialmente fértiles para la innovación. Aunque estos espacios se apoyan en avances previos y periodos de estabilidad, rara vez emergen desde los centros de poder. Surgen más bien en zonas periféricas, donde la cooperación, la educación, la estabilidad institucional y la inversión a largo plazo permiten la aparición de nuevas ideas. Son entornos que no nacen de forma espontánea del mercado ni de instituciones rígidas que operan sobre su propia legitimidad, sino de marcos políticos y colectivos que los hacen posibles.

A pesar de ello, la innovación que emerge en estos contextos tiende a ser progresivamente capturada por estructuras económicas y burocráticas que la organizan, la escalan y la explotan, reconfigurando en el proceso nuevas formas de centralidad de poder. Este proceso no es necesariamente negativo: permite el crecimiento y la expansión del sistema. Sin embargo, el problema aparece cuando esa dinámica de apropiación comienza a desplazar y, en ocasiones, a sofocar las condiciones que hicieron posible la innovación inicial. En ese punto, la capacidad de generar nuevas ideas tiende a estancarse dentro de la estructura dominante, reapareciendo con el tiempo en los márgenes donde el sistema aún no ha consolidado su control.

La importancia del marco político

Precisamente, una de las confusiones más extendidas en el discurso contemporáneo consiste en considerar el Estado como algo opuesto al mercado. Determinados enfoques tienden a atribuir al llamado «mercado libre» la capacidad de generar innovación de forma casi autónoma, mientras que el papel del Estado queda reducido al de un obstáculo o una interferencia. Sin embargo, aunque no son los políticos ni las estructuras burocráticas quienes generan directamente las nuevas ideas, esta visión ignora un hecho fundamental: los procesos de innovación sostenida dependen de un entramado político, institucional y social que no puede reducirse a la lógica de mercado y que, en gran medida, se sostiene sobre decisiones colectivas y marcos públicos.

La educación pública, la investigación financiada colectivamente, las infraestructuras, la estabilidad jurídica o la sanidad no son elementos accesorios, sino condiciones estructurales que permiten la generación de valor en sociedades complejas. Ejemplos paradigmáticos como el desarrollo tecnológico en Silicon Valley muestran que los ecosistemas más innovadores surgen precisamente allí donde existe una combinación de inversión pública, instituciones sólidas y entornos de cooperación. El capitalismo, en este sentido, no crea estas condiciones por sí mismo, sino que opera sobre ellas. Su capacidad de crecimiento depende de un marco previo que posibilita dinámicas de suma no cero —cooperación, conocimiento acumulado, creatividad—. Sin embargo, a medida que la lógica de acumulación gana autonomía, tiende a apropiarse de los resultados de ese proceso sin necesariamente reinvertir en sus condiciones de origen.

La llegada de las crisis

Cuando el sistema político pierde capacidad para sostener ese marco —ya sea por desregulación, captura institucional o debilitamiento de lo público—, las dinámicas de generación de valor se erosionan progresivamente. El sistema puede seguir funcionando durante un tiempo mediante la explotación de innovaciones pasadas, pero su capacidad de adaptación real disminuye. En este contexto, la innovación deja de ser transformadora y pasa a ser incremental o técnica: se optimiza lo existente, pero no se cuestionan sus fundamentos. Las organizaciones se vuelven más complejas y eficientes en apariencia, pero menos capaces de adaptarse a cambios estructurales.

Mientras tanto, los marcos de verdad que sostienen ese sistema continúan operando, aunque cada vez con mayor dificultad para explicar la realidad que han contribuido a generar. Las contradicciones no desaparecen, sino que se acumulan. La crisis no aparece entonces como un accidente, sino como el resultado de una pérdida de funcionalidad. El sistema ya no puede sostener las condiciones que lo legitimaban, pero tampoco ha permitido el desarrollo de alternativas suficientes.

En ese punto, la transformación se vuelve necesaria, no por destino ni por la imposibilidad de alcanzar una verdad definitiva, sino porque las tensiones internas alcanzan un nivel en el que ya no pueden gestionarse con los mecanismos existentes, obligando a una reconfiguración —en ocasiones traumática— para poder seguir funcionando. En realidad, el sistema nunca llegó a ser plenamente funcional, sino que durante su expansión fue capaz de contener y posponer los efectos de las incoherencias que lo atravesaban.

Transformación y desplazamiento

La innovación que finalmente permite esa transformación no surge como continuación natural del sistema, sino, en muchos casos, como aquello que había sido previamente marginado, ignorado o bloqueado. Lo que se presenta como un cambio repentino es, en realidad, la liberación tardía de posibilidades que el propio sistema había contenido. A menudo, estas innovaciones no son el resultado de una adaptación consciente del sistema, sino que emergen en sus márgenes cuando la crisis abre fisuras por las que asoman nuevas ideas. No obstante, estas acaban siendo reconocidas, apropiadas e integradas por la estructura dominante.

Desde esta perspectiva, la historia no es una sucesión de ciclos inevitables ni una simple lucha ideológica, sino un proceso en el que las estructuras de poder y los marcos de verdad que generan entran periódicamente en contradicción con su propia capacidad de sostenerse. El poder, en su configuración histórica concreta, tiende a priorizar su propia perpetuación. La funcionalidad social no constituye su finalidad, sino una condición que se activa cuando resulta necesaria para sostener el funcionamiento del sistema.

De este modo, el sistema puede operar durante largos periodos, aun cuando su propio funcionamiento erosiona progresivamente las condiciones que lo hacen posible, posponiendo sus efectos hasta que estos se vuelven inevitables. En este contexto, las excepciones individuales tienden a adquirir un valor simbólico desproporcionado. Las figuras que logran prosperar dentro del sistema se presentan como prueba de su validez —el individuo hecho a sí mismo—, ocultando las condiciones estructurales que facilitan o limitan su aparición. 

Así, el individuo como excepción se convierte en norma aparente, reforzando un marco que, en términos generales, continúa operando bajo las mismas incongruencias. Estas figuras no surgen de la nada, sino en contextos profundamente dependientes de dinámicas colectivas y condiciones previas que el propio sistema tiende a invisibilizar al individualizar sus resultados.

Y es en esa contradicción donde se abre, siempre tarde y nunca sin coste, la posibilidad del cambio.

Bibliografía de referencia

  • Foucault, Michel. (1975). Vigilar y castigar
  • Kuhn, Thomas S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas.
  • Spengler, Oswald. (1918). La decadencia de Occidente. 
  • Žižek, Slavoj. (1989). El sublime objeto de la ideología.

lunes, 29 de diciembre de 2025

El vacío de Occidente

lunes, 29 de diciembre de 2025

Del desmantelamiento institucional a la dictadura del algoritmo

Introducción: el barco sin timón

Si en el análisis anterior se mostró el colapso de Occidente debido a decisiones económicas concretas —el fin del patrón oro, el shock de Volcker— que desmantelaron su estructura productiva, aquí abordaremos cómo, paralelamente, se desmanteló su estructura política y moral.

La tesis es sencilla: Occidente no solo vendió su motor —la industria—, sino que voluntariamente arrojó el timón por la borda. Creyendo liberarse de la «represión» de las instituciones, la sociedad creó un vacío de poder que no permaneció así por mucho tiempo: fue ocupado inmediatamente por la eficiencia ciega del mercado y la economía de la atención.

Para entender este naufragio, lo haremos bajo la tutela de cuatro grandes como Foucault, Fisher, Han y Sandel, quienes relatan magistralmente, cada uno desde su óptica y su tiempo, las etapas inexorables de esta deriva occidental.


1. El Gran Desmantelamiento (1970-1980): Foucault y la trampa de la libertad

Mientras Volcker subía los tipos de interés, en las universidades y la cultura se gestaba una revolución silenciosa. Michel Foucault —en obras seminales como Vigilar y castigar (1975)— y los herederos del 68, lanzaron un ataque total contra las «Instituciones Disciplinarias»: la escuela, la fábrica, el hospital, el Estado.

  • El argumento: se nos dijo que las normas comunes y las instituciones eran cárceles autoritarias que coartaban al individuo. Había que «deconstruir» el poder.

  • La trampa: al erosionar la legitimidad del Estado y de la norma colectiva, la izquierda cultural desarmó la única herramienta capaz de frenar al mercado. Sin instituciones fuertes que marquen un rumbo (un «deber ser»), la sociedad se quedó sin defensas frente al «poder hacer» del dinero.

  • Resultado: se abolió la disciplina, sí, pero no para hacernos libres, sino para convertirnos en consumidores predecibles. Se retiró el «padre severo» (el Estado/Ley) y se dejó al niño solo en una habitación llena de dulces.

2. La Burocracia del Vacío (1990-2000): Fisher y el «Realismo Capitalista»

Una vez eliminadas las instituciones políticas que marcaban grandes objetivos sociales, entramos en la era que Mark Fisher describió en Realismo capitalista (2009).

  • El síntoma: como ya no había un proyecto político de futuro (el «timón» había desaparecido), la política fue sustituida por la gestión.

  • El «estalinismo de mercado»: para llenar el vacío de autoridad, se creó una burocracia infernal de auditorías, métricas y objetivos de rendimiento. Ya no importaba qué hacíamos (el propósito), sino cómo lo mediamos (la eficiencia).

  • La consecuencia: la «lenta cancelación del futuro». Occidente dejó de innovar cultural y políticamente. Se dedicó a reciclar el pasado y a simular progreso mediante tecnología de consumo, mientras las infraestructuras reales (sociales y físicas) se pudrían.

3. La doma del alma (2010-Actualidad): Han y la autoexplotación

Con el terreno despejado de normas externas (Foucault) y lleno de burocracia digital (Fisher), llegamos al individuo actual descrito por Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio (2010).

  • Del «Debes» al «Puedes»: el sistema ya no necesita obligarte a trabajar (disciplina). Ahora te seduce. A través de la tecnología y las redes sociales, el control se ha vuelto interno.

  • La economía de la atención: el vacío institucional se llenó con ruido. El algoritmo, que no tiene moral ni propósito, optimiza una sola cosa: tu tiempo en pantalla.

  • El resultado: una sociedad quemada (burnout). El individuo cree ser libre porque «se realiza» a sí mismo, pero en realidad es un esclavo que se azota a sí mismo para cumplir con los estándares inalcanzables del mercado de la atención.

4. El golpe de gracia (la justificación moral): Sandel y la tiranía del mérito

Para cerrar el círculo, Michael Sandel nos explica en La tiranía del mérito (2020) por qué no hay revueltas ante este panorama desolador.

  • La privatización del destino: al desaparecer la noción de «bien común» (destruida en la fase 1), el éxito y el fracaso se volvieron asuntos puramente privados.

  • La crueldad: si te va mal en este sistema sin timón, se te dice que es tu culpa. No es que el barco se hunda, es que tú no nadaste lo suficientemente fuerte.

  • El fin de la solidaridad: esto rompió los lazos comunitarios. Los ganadores de la globalización miraron a los perdedores con desprecio (no tienen mérito), y los perdedores miraron a los ganadores con resentimiento.


Conclusión: Ingobernables por diseño

Occidente no murió de un infarto, sino de una autoinmunidad ideológica.

Atacó sus propias defensas —las instituciones— creyendo que eran el enemigo (Foucault); sustituyó la política por la administración de la decadencia (Fisher); convirtió a sus ciudadanos en empresarios de sí mismos, agotados y ansiosos (Han); y convenció a todos de que este naufragio era, en el fondo, una cuestión de mérito individual (Sandel).

La «Caída de Occidente» no es solo económica, sino el resultado de haber olvidado deliberadamente cómo se gobierna un barco, dejándolo a merced de la corriente. El triunfo final de esta doctrina invisible fue convencernos de que la soledad es libertad. Al desmantelar las estructuras colectivas —sindicatos, asociaciones, espacios públicos—, nos convirtieron en átomos vulnerables.

Como bien señalan Monbiot y Hutchison en La doctrina invisible (2025), de todas las fantasías humanas, la idea de que podemos valernos por nuestra cuenta no solo es absurda, sino que es la más peligrosa: un ser humano aislado es un ser humano inofensivo para el poder, pero destructivo para sí mismo.

Bibliografía esencial

  • Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión.
  • Fisher, M. (2009). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?
  • Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio.
  • Sandel, M. J. (2020). La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?
  • Monbiot, G. & Hutchison, P. (2024). La doctrina invisible: La historia secreta del neoliberalismo.

jueves, 27 de junio de 2024

La caída de Occidente [2ª Ed.]

jueves, 27 de junio de 2024

 
China y Occidente se enfrentan en un tablero de logística geopolítica

Los inicios (1950~1970)

Al acabar la Segunda Guerra Mundial e iniciarse el periodo de la Guerra Fría, el mundo comenzó a iniciar un lento pero imparable proceso marcado por el enfrentamiento entre dos grandes potencias y la carrera armamentística, que nos llevaría a la situación actual. Es difícil determinar hasta qué punto se era consciente de lo que implicarían las decisiones tomadas entonces, pero sí se puede advertir una intencionalidad y un patrón de comportamiento. La dinámica de gasto e intervencionismo militar con fines políticos, se enfrentó en el caso Occidental con el auge económico europeo y asiático con Alemania y Japón como principales exponentes. En esta tesitura, el bloque capitalista demostró que en el corto plazo tenía mayor flexibilidad para encontrar alternativas —no vamos a llamarlas «soluciones»— a su problema. Mientras ocurría todo esto, Occidente desatendía las crecientes demandas de las sociedades que se recuperaban tras el periodo de postguerra, asumiendo que el ciudadano era una entidad que ejercía su libertad y decidía en democracia disponiendo de toda la información necesaria para hacerlo, consecuencia de aplicar ؅؅—erróneamente— la teoría económica al modelo social[1].

El fin del patrón oro (1971)

Determinados actores económicos y corporativos en el bloque occidental capitalista, principalmente vinculados a la industria manufacturera y financiera estadounidense, comenzaron a expresar su descontento con la erosión de sus beneficios. Principalmente, la emergencia de países como Alemania y Japón que habían experimentado un rápido crecimiento tras la Segunda Guerra Mundial, representaba un desafío para la hegemonía económica estadounidense. Esto provocó que la financiación de costosas campañas militares como la Guerra del Vietnam, exacerbara aún más las tensiones dentro del sistema de Bretton Woods. La rigidez del sistema de cambio monetario fijado en el patrón oro y con el dólar como «moneda de cambio», acabó con el presidente Richard Nixon asesorado por el influyente diplomático Henry Kissinger, decidiendo eliminar dicho estándar fijo internacional. Esto permitió iniciar una era de mayor flexibilidad monetaria, pero también de mayor volatilidad e incertidumbre en los mercados financieros. La inflación sufrió un aumento como consecuencia de la mayor facilidad de los gobiernos para imprimir dinero. Además se abrió la puerta a la especulación con la deuda soberana, ya que la desvinculación del dólar del oro por el que se regulaba el sistema de cambio de divisas, sufrió una importante alteración. Esta nueva dinámica financiera permitió a países como China, con sus crecientes exportaciones hacia Estados Unidos, acumular grandes reservas de dólares que invertían en bonos del Tesoro de dicho país, convirtiéndose en uno de sus mayores acreedores y adquiriendo un considerable poder económico sobre esta nación.

La crisis del petróleo (1973)

Poco después de eliminar el patrón oro, la OPEP —una formación de países, en su mayoría dictaduras islamistas— bloqueó el consumo de crudo de los países occidentales en respuesta a su apoyo a Israel en la Guerra de Yom Kipur. Este embargo provocó una crisis de grandes dimensiones debido a la dependencia de Occidente del consumo de combustible fósil y puso de evidencia la vulnerabilidad de su modelo económico. Además, la crisis exacerbó las tensiones geopolíticas entre Oriente Medio y Occidente, y contribuyó a un aumento del sentimiento antiamericano en el mundo árabe. El «modelo occidental» comenzó a evidenciarse como una fachada de «libertad y democracia» mientras ocupaban con tanques y rociaban con napalm territorios enemigos solo por su ideología e interés geopolítico. La división entre los intereses geopolíticos de los gobiernos y las ilusiones y sueños de «paz y armonía» en las que creían los ciudadanos tras la propaganda aliada consecuencia de la victoria en la 2GM, comenzó a ser abrumadoramente divergente, provocando la aparición de movimientos de protesta y activismo social.  ¿Cómo respondió occidente ante esta coyuntura?

La respuesta occidental: Reunión de la Comisión Trilateral (1973)

Llama la atención que precisamente en la reunión de las personas más «influyentes» del planeta en el año 1973 en la llamada Comisión Trilateral, algunas de las conclusiones a las que llegaron como respuesta a la difícil situación de aquel momento fue la de la «ingobernabilidad de la sociedad» y el «exceso de democracia» (Crozier et al., 2012) como unos de los principales problemas. La respuesta occidental no se basó en un cambio del modelo social y económico. En lugar de asumir que el problema global era demasiado grande para que los ciudadanos de a pie lo manejaran, lo que implicaba aceptar que el modelo democrático —«el menos malo», recuerden— tenía deficiencias que debían ser corregidas, se optó por una mayor opacidad y reducción de la participación del ciudadano, sin que este fuera pleno conocedor. A tenor de todas las evidencias que han surgido desde aquella fecha, incluidas un renacer de la teoría política «práctica»[2], no cabe duda de que aquellas personas influyentes no perdieron el tiempo en aquella reunión y sus conclusiones han logrado llegar, en su mayor parte, al lugar que previeron. 

El Shock de Volcker (1979) [actualización del 10/12/2025]

Sin embargo, el cambio económico más drástico, que serviría de puente entre las ideas de la Comisión Trilateral y la posterior deslocalización, ocurrió en octubre de 1979. Bajo el liderazgo de Paul Volcker en la Reserva Federal de EE. UU., se implementó una agresiva política de subida de tipos de interés para combatir la inflación. Esta decisión, conocida como el «Shock de Volcker», hizo que el coste del dinero se disparara —llegando a picos del 20%—, estrangulando financieramente a la industria manufacturera estadounidense. Esta acción no solo marcó la primacía de los intereses financieros sobre los productivos, sino que actuó como un catalizador decisivo, forzando a la industria a la deslocalización que se aceleraría en la década siguiente y consolidando la base de la especulación financiera. Esta victoria sobre la inflación permitió a la Reserva Federal reducir las tasas gradualmente en los años posteriores, creando el entorno de crédito fácil y deuda barata que alimentaría las sucesivas burbujas y la expansión financiera global que culminaría dos décadas después.

Globalización y deslocalización (1980)

Tras la caída de la Unión Soviética implosionada por su propia combinación de ineficiencias económicas, rigidez política y crecientes tensiones internas, el bloque Occidental dispuso de mayor libertad a la hora de «expandir» su ámbito de actuación. Con Margaret Thatcher y Ronald Reagan como principales protagonistas, Occidente inició un imparable proceso de privatización de servicios públicos, eliminación de políticas antimonopolio, creación de mercados en países ahora controlados económica, política y militarmente si llegaba el caso, aumento de la especulación financiera, control de los medios de comunicación a través de intereses económicos, control de partidos políticos por el mismo mecanismo y para redondear la maniobra, reformas para aumentar el protagonismo de dichos partidos. Al igual que en la crisis del petróleo, nadie puso pegas a deslocalizar las principales empresas tecnológicas e industriales occidentales a países asiáticos con quienes se compartía dicha tecnología y sus secretos industriales, a nadie pareció importarles que las principales materias primas se continuasen obteniendo en dictaduras de África, Medio Oriente y Asia. La mayoría de los principales responsables de evaluar los resultados trimestrales estaban satisfechos por los resultados. De momento.

La era de las burbujas (1990~2008)

Basar la economía en la especulación financiera y el ahorro de costes momentáneo que supone deslocalizar las empresas a países donde sus empleados trabajan más horas y cobran menos, con quienes se comparte la tecnología desarrollada en las propias fronteras pero que para fabricarla hacen falta materiales que se obtienen en países foráneos que han acabado controlando y monopolizando el transporte de mercancías a nivel global gracias a una falta de regulación que los mismos países han promovido, no parece una buena idea. Sin embargo, así es como la economía occidental comenzó a funcionar a finales del siglo pasado, en base a decisiones tomadas desde las altas cúpulas corporativas y políticas, las que se supone disponen de la información suficiente y han llegado hasta ahí «por méritos». La realidad es que comenzó a surgir un «patrón» de actividad empresarial basada en el supuesto del «crecimiento ilimitado» y un mantra «filosófico» conocido por el «falla, rápido, falla barato», que consistía en ofrecer productos de eficacia incierta y poco realista que parecían funcionar… hasta que dejaban de hacerlo. Fruto de este patrón surgió la burbuja de las «punto.com», de las renovables[3], de los bienes inmobiliarios, de los productos financieros, que alcanzó su punto máximo en 2008. 

Esta crisis fue alimentada por una combinación de factores, entre ellos la fácil disponibilidad de crédito y las bajas tasas de interés, una política monetaria dirigida por Alan Greenspan (Presidente de la Reserva Federal entre 1987 y 2006) que buscó estimular el crecimiento mediante un endeudamiento barato. Esto, junto a la creciente demanda insaciable de bonos del Tesoro por parte de China, actuó como otra consecuencia de la situación que comenzó a generarse a principios de los 70, inyectando un flujo constante de capital en el sistema financiero y amplificando la especulación. La estrategia de este país de aprovechar la debilidad de Occidente en su fijación en el corto plazo, no solo incentivó la toma de riesgos y la formación de la burbuja, sino que también consolidó su posición como potencia económica global y le otorgó una influencia significativa sobre la economía estadounidense. Cuando estalló la crisis en Occidente, la sólida posición financiera de China le permitió seguir comprando bonos del Tesoro, perpetuando una dinámica de dependencia mutua que ha moldeado las relaciones económicas y geopolíticas actuales. De esta manera, las burbujas continuaron con las de los estudios universitarios[4], siguiendo por el arte contemporáneo, por las criptomonedas, la de los NFT. Todo era susceptible de convertirse en burbuja porque… bueno, las causas de las burbujas pueden variar desde el optimismo irracional vendido detrás de grandes estrategias de marketing hasta la corrupción económica y política, pero todas tienen en común que proporcionan interés económico en el corto plazo. La cuestión es que el modelo económico actual desregulado apenas puede contener la fuerte tendencia a su creación.

La pandemia y el coche eléctrico (2020~)

La principal innovación de las décadas recientes ha sido la de la creación de un modelo de negocio basado en la comunicación móvil y los dispositivos portátiles. Si bien este modelo ha generado beneficios económicos, también ha traído consigo una serie de consecuencias negativas:

En primer lugar, este modelo se basa en gran medida en la importación de materias primas y la fabricación de dispositivos en países como China, lo que genera una dependencia excesiva de estos países. En segundo lugar, el modelo de suscripción y demanda ha llevado a la proliferación de servicios que no presentan una innovación tecnológica real y que, en algunos casos, incluso han empeorado la calidad de los trabajos y aumentado la huella de carbono. Casos como canales de streaming —series, música, etc. —, de influencers, de venta en-línea, de tarifas de datos a los operadores de comunicación,  de almacenamiento por cuotas en «la nube» —en realidad, en costosos servidores de datos centralizados que generan un consumo de energía elevadísimo—, y de ahí se ha extendido a otros ámbitos como los de la vivienda —Airbnb—, transporte —BlaBlacar, Uber, Cavify—, envíos a domicilio —Glovo—. Un tercer caso sería el de la creación de  un sistema de publicidad supuestamente a medida del usuario pero que implica el espionaje continuo y el uso opaco de todos los datos recogidos, incluidos los de la localización del usuario, para fines comerciales y potencialmente lucrativos en la medida todos estos datos son manejados por empresas privadas en connivencia con poderes políticos, dando lugar al llamado Tecnofeudalismo[5].

Pero lo peor es que se ha ignorado casi por completo la necesidad de innovación[6] en la mayoría de ámbitos, principalmente el del transporte. Tras evidenciarse la influencia negativa del consumo de combustible fósil tras la aparición de la pandemia del COVID-19, la exigencia social por un cambio en la movilidad ha sido abrumadora, cambio que una industria automovilística occidental muy conservadora y jerarquizada, no ha sabido asimilar. Mientras tanto, China, que se ha mantenido aislada siguiendo con su tradición, ha innovado en este ámbito, dejando pasar con un filtro preciso aquellos elementos de la cultura occidental que han funcionado, manteniendo una estricta censura con los que no, lo que les ha conllevado duras críticas. Sin embargo, el resultado es que en estos momentos, monopoliza la extracción y exportación de las principales materias primas así como su transporte, ha mejorado tecnológicamente gracias a aprovechar la poca tecnología innovadora desarrollada por occidente recientemente, desde smartphones hasta tecnología aeroespacial. En estos momentos BYD es el mayor productor mundial de automóviles eléctricos y China ha traído a la Tierra por primera vez minerales de la cara oculta de La Luna.

En definitiva, esta cronología parece evidenciar de manera inevitable que Occidente lleva desde inicios de la década de los 70 con un modelo social basado en una jerarquía o «élite económica» establecida en EE.UU. que impone mediante su influencia en el ámbito político una serie de medidas cuyo único o principal objetivo es mantener su estatus, sin atender las necesidades reales que todo modelo requiere a pesar de las consecuencias de esta negligencia.



[1] «a partir de los años sesenta se produjo una desgracia para el planteamiento sociológico tradicional: el desembarco de la teoría económica en la teoría sociológica» (Paramio, 2005, p. 14)

[2] «En general, en la literatura anglosajona referente a la historia reciente de la Teoría Política [práctica] se comienza siempre hablando de la resurrección de la disciplina en los años setenta» (Rivero, 2001, p. 84)

[4] https://www.elblogsalmon.com/mundo-laboral/la-burbuja-universitaria-en-estados-unidos [acceso19/07/2024]

[5] Término acuñado por el exministro de finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis

·  Paramio, L. (2005). Teorías de la decisión racional y de la acción colectiva. Sociológica, 20(57), 13-34. https://www.redalyc.org/pdf/3050/305024871002.pdf


·   Rivero, Á. (2001). La objetividad en el estudio de la política. Daimon: Revista Internacional de Filosofía, 24, 81-92. https://tinyurl.com/cczbka3b


·    Crozier, M. J., Huntington, S. P., & Watanuki, J. (2012). The Crisis of Democracy. Report on the Governability of democracies to the Trilateral Commission. Sociología Histórica, 1(1), 311-329. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4554297.pdf



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