martes, 23 de octubre de 2012

Pensar mal, para poder acertar

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¿Que mejor defensa que un buen ataque?, al menos, eso dicen los comentaristas deportivos. Es indudable que acusar tu primero para defenderte de lo mismo, es una manera tan efectiva como poco «elegante». El ataque ad-hominen, el hombre de paja, y otro tipo de falacias similares podrían englobarse en otra que llamaríamos espejo, ya que realmente estamos reflejando en el otro nuestra propia suciedad mental. Si acusas de robar, o de mentir, ya colocas en posición incómoda a la otra persona para que precisamente puedas hacer tu lo mismo. El «¡y tu más!» tan tristemente conocido.

Incluso se podría decir que deseamos que roben o mientan el mayor número de gente, para así también hacerlo tú, o sentirte justificado. «Mal de muchos, consuelo de tontos». Una persona que prefiero no recordar me dijo una vez que lo que tenía de «bueno» el gobierno franquista era «que dejaban defraudar un poco». De esta forma, me decía, la gente se calmaba al creerse que había «engañado» al Estado franquista. Patético. Tanto como los políticos que en lugar de analizar las causas del fraude fiscal y atajarlo, deciden aumentar la imposición fiscal lo que hará que el fraude aumente todavía más.

Es que aún hoy en día, en esto que algunos llaman «democracia», todos los gobiernos de España han supuesto que sus ciudadanos van a robar, van a mentir y van a defraudar, continuando con «la tradición». Todos menos ellos mismos, los políticos, claro. Estos gozan de inmunidad hasta el punto de que pueden robar en un supermercado, sin problemas. Sin embargo, un ciudadano autónomo ha de pagar por adelantado el IVA (no vaya a ser que luego se le olvide —sic—), o no pueden contratar a un familiar suyo con el mismo régimen fiscal que contratando a cualquier otra persona. («¡Ja, ni que fuéramos tontos!, contratando a tu hermanito de bulto para chanchullear luego con sueldos y cotizaciones, y que quede todo «en casa», ehhhh???» ). Los trabajadores por cuenta ajena simplemente, están cogidos por los güevos.

En el extranjero, hasta hace poco, los servicios de transporte público no tenían a nadie que de forma permanente, controlara el pago del billete. El típico español se ríe ante esta circunstancia («¡anda que voy a pagar yo el ticket, ja, pues no soy listo ni ná!»). Naturalmente, lo que ocurre fuera no es que sean tan gilipollas que no hace falta controlar el pago de los servicios públicos (de hecho, lo hacen, sin previo aviso). Lo que ocurre en muchos sitios del extranjero es otra cosa, tiene un nombre y se llama civismo. Saben que un mal uso del servicio público no trae ningún beneficio, y a la larga, empeorará dicho servicio. Son capaces de ver el cuadro general (Big Picture, como dicen los anglosajones), y saben controlar el pequeño y absurdo beneficio inmediato, más propio de los chiquillos.

Las colillas de tabaco. Un amigo me contó que en el extranjero salió a fumar en una ocasión fuera del edificio, ya que en cuyo interior no estaba permitido (en esto, igual que aquí). Inadvertidamente, a pesar que el suelo estaba impoluto, tiró la colilla en un gesto automático con los dedos, ¡zas!. Un coche al azar que pasaba por aquel lugar en ese mismo instante, tocó su claxon en tono de reprimenda. En España esto es impensable. La ley anti-tabaco ha servido para poco más que trasladar un problema de educación de dentro, a fuera de los establecimientos. A terrazas y parques infantiles, en donde de forma todavía más despreocupada que antes al sentirse plenamente «legitimados», apestan con su humo a todo aquel que tiene la mala suerte de estar a su lado. Por no hablar de las cenizas y colillas que dejan amontonadas en aquellos puntos en donde se les permite hacerlo («encima que me prohíben fumar dentro, no voy a ser cuidadoso con las colillas, ¡vamos, ni que fuera tonto!»)

Los nacionalismos españoles resultan muy curiosos. Digo españoles porque todos los que hay en España son iguales, aunque ninguno lo admita. Unos se escandalizan de que les quieren «españolizar», pero no tienen ningún reparo en «catalanizar» a quien sea, en su comunidad o fuera de ella. A pesar de que el nacionalismo catalán critica con saña al castellano (¿?), en el fondo se alegra profundamente de su existencia y además, repite todos y cada uno de las supuestos abusos y defectos de los que le acusa.

Hasta hace no mucho nos parecía normal que un político «listo» usara su cargo para su propio beneficio. Apabullantes y demoledores hechos han sido necesarios para que esta situación respecto a los políticos comience a cambiar ligeramente (la mayoría de criticas a los políticos todavía tienen un trasfondo puramente partidista y tendencioso), pero todavía queda gente sobre todo de generaciones de la posguerra, que consideran que una «buena persona» no vale para político. Ni tan siquiera para defender legítimamente su propio interés como ciudadano. Por esto llaman perroflautas a los que; intentando arreglar bajo su criterio la situación política por la que pasa España; inician caminos que aquellos no entienden o que confunden con estereotipos pasados de moda.

En definitiva, en España solemos pensar mal de los demás («piensa mal y acertarás», dicen). Cuando se dice «la gente», muchas veces, demasiadas, es con tono despectivo. Mentimos y falseamos datos con rapidez, para adelantarnos al vecino. Que no crean que somos gilipollas. El problema es que se hace de forma que provocamos la reacción que presuponemos. Pensamos tanto y tan mal de los demás, que al final, logramos acertar. Somos así de listos.


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