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domingo, 25 de enero de 2026

Dopamina y promesas no cumplidas

domingo, 25 de enero de 2026

Serie desajuste afectivo II

Sobre cómo la expectativa emocional, la dopamina y la asimetría relacional generan FOMO afectivo en el contexto social y tecnológico actual.

Vivimos en un entorno afectivamente más libre que nunca y, sin embargo, la frustración persiste. No nace del rechazo, sino de la expectativa prolongada de algo que parecía inminente.

El lenguaje invisible de la interacción

Al igual que muchas otras especies, los seres humanos poseemos un lenguaje no verbal que manifestamos de manera constante en la interacción social. En ocasiones es consciente, pero con mayor frecuencia funciona como una expresión espontánea de estados internos, anhelos o patrones de conducta que emergen de forma automática en el curso de una relación humana.

En cualquier reunión o encuentro, ese lenguaje no verbal adquiere una importancia decisiva. Aunque suele asociarse al ámbito político o a la comunicación estratégica, en las relaciones humanas —y especialmente en las de carácter romántico o afectivo— su papel es central, ya que activa de forma inconsciente una serie de respuestas neurológicas que influyen directamente en la percepción del entorno y del otro.

Cuando se produce el encuentro entre dos personas, el intercambio de miradas, gestos y expectativas implícitas configura el estado emocional de sus protagonistas. Sin embargo, los efectos que se generan no siempre coinciden con las intenciones. Estos patrones de conducta se formaron en un entorno muy distinto del actual, y hoy no solo operan fuera de su contexto original, sino que además son amplificados por la tecnología y por estereotipos culturales que introducen ruido y disfunción emocional.

Promesas sin desenlace

Hay una forma de malestar contemporáneo que rara vez se reconoce como tal, porque no nace del rechazo explícito ni del fracaso visible. Surge, más bien, de la anticipación prolongada: de la sensación persistente de que algo podría ocurrir, de que una posibilidad valiosa está ahí —cerca, sugerida, insinuada— pero nunca termina de concretarse.

Este estado tiene un nombre popular: FOMO (fear of missing out, o «temor a perderse algo»). La versión que se propone en este artículo se distingue del FOMO «clásico» —basado en la comparación continua entre alternativas visibles— en que nace de la expectativa de un desenlace que parecía inminente, pero que nunca llega a producirse.

Cuando esta dinámica se traslada al terreno de las relaciones afectivas, sus consecuencias adquieren un peso mayor. No se trata solo del miedo a perderse un evento o una experiencia social, sino del temor a dejar pasar una oportunidad relacional que el propio organismo —a través de procesos biológicos previos al razonamiento consciente— ya ha empezado a vivir como real. En ausencia de desenlace, esa falta no se percibe como una simple posibilidad no concretada, sino como la pérdida de algo que, en sentido estricto, nunca llegó a existir

La dopamina no premia el encuentro, sino la promesa 

Desde el punto de vista neurobiológico, la dopamina no es la hormona del placer, sino de la anticipación. Se activa ante señales que sugieren una posible recompensa futura: atención, interés, validación, promesas implícitas. No necesita hechos; le basta con indicios.

En una interacción social —una conversación sugerente, un coqueteo ligero, una referencia velada a planes, a intimidad, a futuros posibles— el sistema dopaminérgico entra en funcionamiento mucho antes de que exista ningún compromiso real. El efecto es conocido: la mente empieza a proyectar escenarios, a sobreestimar probabilidades, a sentir como casi segura una posibilidad que objetivamente sigue siendo incierta.

Aquí aparece el primer vínculo con el FOMO: cuanto más intensa es la anticipación, mayor es la sensación de que no actuar —o retirarse— equivale a perder algo valioso.

Estímulos intensificados, juicio debilitado 

El entorno contemporáneo amplifica este mecanismo. La preparación estética, la escenografía social, la gestión cuidadosa del contexto y el dominio de la conversación no son solo herramientas expresivas: funcionan como amplificadores emocionales. En muchos casos, estas prácticas se concentran en quien ocupa la posición de foco de atención, reforzando la intensidad de la señal emitida.

En este intercambio, los roles no suelen estar repartidos de forma simétrica. En términos generales, la producción activa y sostenida de señales recae con mayor frecuencia en las mujeres, mientras que muchos hombres se sitúan en una posición más reactiva, interpretando esas señales desde la expectativa y la anticipación.

La desviación entre expectativa percibida y posibilidad real genera frustración acumulada

En los entornos digitales, esta amplificación se extrema: aunque no haya presencia física, el intercambio constante de estímulos activa los mismos circuitos emocionales. Cuanto más pulida es la señal, más difícil resulta evaluarla con frialdad. La expectativa crece más rápido que la información real disponible.

Cuando el desenlace no llega —cuando la interacción se diluye, se aplaza o se desvanece— la frustración no se vive como un simple «no ha pasado nada», sino como la pérdida de algo que ya se sentía parcialmente ganado.

El FOMO, en este punto, no nace de la comparación social, sino de la escalada interna de la expectativa.

Cuando la razón no domina a la emoción

Muchas personas reconocen este estado con una formulación recurrente: «sé racionalmente que esto no garantiza nada, pero emocionalmente me arrastra». No se trata de ingenuidad ni de falta de criterio, sino de una disociación funcional entre dos niveles que no operan al mismo ritmo.

La mente evalúa la situación como ambigua, incompleta, abierta. El sistema emocional, en cambio, ya ha reaccionado. No espera confirmaciones ni desenlaces: responde a la activación previa como si la posibilidad tuviera un peso real. El resultado no es una creencia falsa, sino una tensión sostenida entre lo que se sabe y lo que se siente.

En este punto, retirarse no se vive como una decisión neutral, sino como un gesto costoso. No porque se renuncie a algo concreto, sino porque se interrumpe un proceso interno que ya estaba en marcha. La emoción no reclama coherencia lógica, sino continuidad. Y esa continuidad, aunque no esté respaldada por hechos, ejerce una fuerza difícil de ignorar.

El FOMO, aquí, no surge de la comparación con otros ni del miedo a quedar fuera, sino de la dificultad de desactivar una respuesta emocional que ha adquirido autonomía respecto al juicio racional.

Misma señal, diferente interpretación

Este fenómeno no se distribuye de forma simétrica. En términos generales, muchos hombres tienden a cerrar escenarios con rapidez cuando reciben señales intensas: interpretan la activación emocional como indicio de oportunidad concreta, especialmente en contextos donde la señal aparece como escasa o valiosa.

Muchas mujeres, en cambio, suelen ocupar con mayor frecuencia la posición de gestión de la interacción: pueden sostener la ambigüedad prolongada, disfrutar del intercambio, de la validación o del juego simbólico sin necesidad de traducirlo inmediatamente en desenlace. La señal no se vive como promesa, sino como espacio abierto. 

Este patrón no surge de forma arbitraria. Diversas hipótesis —evolutivas, culturales y sociales— apuntan a que, históricamente, el coste de un emparejamiento precipitado ha sido inmensamente mayor para la mujer que para el varón —riesgo de embarazo sin un marco de sostén material y social adecuado—, lo que habría favorecido conductas orientadas a testear y asegurar el vínculo antes que a apresurar el desenlace.

El resultado no es un conflicto de intenciones, sino un desajuste perceptivo. Lo que para una parte —el varón— se experimenta como una posibilidad crítica que conviene no perder, para la otra puede ser una interacción exploratoria, reversible o incluso ligera. No hay urgencia por el cierre porque el patrón de respuesta responde a un marco emocional concreto —que ha de establecerse previamente—, y no a un compromiso implícito que ambas partes estén evaluando del mismo modo.

La desadaptación aparece cuando ese marco se evalúa con criterios simbólicos —económicos, de estatus o de proyección futura—: quien interpreta la señal como inversión espera retorno; quien la emite como interacción no asume ese coste. En términos de economía, este desajuste puede describirse como un proceso inflacionario: el valor percibido de la señal crece más rápido que su capacidad real de materializarse, de modo que la misma inversión emocional produce rendimientos cada vez menores.

El FOMO aparece, sobre todo, en quien percibe escasez donde el otro percibe abundancia o reversibilidad.

Intención no es efecto 

Conviene subrayar algo importante: en la mayoría de los casos no hay manipulación consciente. La intención suele ser socializar, explorar, sentirse visto, disfrutar del intercambio. El problema no está en la intención, sino en el efecto previsible que ciertas señales producen en personas especialmente sensibles a la anticipación.

Hablar de responsabilidad aquí no implica culpa moral, sino conciencia sistémica: entender que, en un entorno saturado de señales ambiguas, el FOMO no es una debilidad individual, sino una respuesta adaptativa a estímulos diseñados —cultural y tecnológicamente— para mantener la expectativa activa.

Expectativa como recurso

En el entorno contemporáneo, la expectativa no es solo una experiencia interna: es también un recurso social. Generar atención, interés o proyección futura produce beneficios simbólicos inmediatos —validación, centralidad, deseabilidad— sin exigir compromiso ni desenlace.

Los entornos económicos, políticos y tecnológicos actuales refuerzan este patrón: mantener abiertas varias posibilidades no penaliza, mientras que cerrarlas demasiado pronto puede percibirse como una pérdida de opciones. Prolongar la ambigüedad no es, en la mayoría de los casos, una estrategia consciente, sino una conducta funcionalmente reforzada por el sistema en el que se produce.

El problema surge cuando esta lógica interactúa con sistemas emocionales que interpretan la señal como promesa. Para quien invierte dopamina esperando cierre, la expectativa tiene coste. Para quien la mantiene abierta, el coste es mínimo o inexistente. 

En la práctica, esta asimetría tiende a alinearse con los roles de género predominantes: quienes concentran atención y emiten señales —con mayor frecuencia mujeres— obtienen beneficios simbólicos de la expectativa sostenida, mientras que quienes interpretan esas señales como promesa y buscan cierre —con mayor frecuencia hombres— asumen el desgaste emocional del no-cierre.

Selección sin intención

El entorno tecnológico y económico actual no crea estos patrones, pero actúa como un mecanismo de selección. De todo el abanico de disposiciones afectivas y conductuales posibles, favorece aquellas que generan atención sostenida, ambigüedad prolongada y activación sin cierre. La fricción que antes limitaba estas dinámicas —costes sociales, reputacionales o temporales— se ha reducido drásticamente, mientras que las conductas orientadas al compromiso, al cierre o a la exclusividad han pasado a requerir un esfuerzo adicional. El resultado no es un cambio en la naturaleza humana, sino una amplificación sistemática de ciertos sesgos preexistentes, que adquieren así un peso cultural y normativo desproporcionado. No porque sean mayoritarios, sino porque son funcionales al sistema que los amplifica.

Asimetría, no malentendido 

Nuestros cerebros evolucionaron en entornos donde las señales sociales relevantes eran escasas, claras y costosas de emitir. El contexto actual ofrece justo lo contrario: abundancia de señales, bajo coste y escaso compromiso.

El FOMO afectivo surge ahí: como una respuesta exagerada —pero comprensible— a un entorno que estimula sin resolver. No señala un fallo personal, sino un desajuste entre biología, cultura y tecnología, que afecta de diferente manera a cada sexo. En el corto plazo, este desajuste tiende a generar mayor carga emocional y frustración en quienes interpretan la señal como promesa y buscan cierre —con mayor frecuencia hombres.

A largo plazo, sin embargo, el coste se generaliza: la normalización de la expectativa sin desenlace debilita la confianza relacional y penaliza la formación de vínculos estables y seguros, afectando a todas las partes implicadas.

Y quizá por eso se ha vuelto tan común: no porque deseemos demasiado, sino porque aprendimos a anticipar en un mundo que rara vez ofrece lo que promete.

domingo, 18 de enero de 2026

Atajos emocionales hacia ningún lugar

domingo, 18 de enero de 2026

Serie desajuste afectivo I

Hace poco viví una situación tan banal como reveladora. Algunas veces, cuando la profesora de tai-chi no puede venir, nos permiten asistir a una clase de yoga a modo de sustitución. Al terminar la sesión en una de esas ocasiones, pensé en pedirle a la instructora su perfil de Instagram, del cuál ya había hablado con anterioridad. La intención era muy simple, al menos para mí: pedirle a alguien que se dedica a impartir una actividad cara al público, su perfil en redes sociales vinculado a esa misma actividad.

La respuesta llegó, correcta y profesional. Sin embargo, el efecto generado en el entorno social inmediato fue sutilmente distinto de lo esperado. No hubo ningún conflicto explícito, pero sí una reacción perceptible en las personas de alrededor —chicas en su mayoría— que se miraron entre ellas e intercambiaron alguna sonrisa que no pude evitar percibir como de complicidad ambigua.

Como consecuencia, sentí una vergüenza inesperada, como si hubiera cometido algún tipo de torpeza. No por hablar con alguien, no por compartir un espacio real, sino por haber activado una lógica distinta: la de la conexión virtual como sustituto —o, al menos, como sospechoso simulacro— del vínculo humano directo. No hubo frustración personal, pero sí la sensación de haber cruzado sin querer a un terreno simbólico distinto.

Cuando el vinculo ancestral se convierte en virtual

La anécdota no es lo que importa, sino lo que subyace a ella. Revela que cada vez con más frecuencia, los vínculos digitales no funcionan como un complemento del contacto humano, sino como su sustituto. No amplían la experiencia: la simulan. 

El atajo emocional

El problema no es tecnológico, sino la manera en cómo afecta a la experiencia humana. Nuestro cerebro responde a señales de expectativa —miradas, promesas implícitas, validación— de una forma muy similar a como lo haría ante su cumplimiento real. La anticipación genera ya una recompensa emocional parcial, aunque el desenlace nunca llegue. El efecto es sutil, pero profundo. Muchas personas experimentan frustración, cansancio o desorientación relacional sin poder identificar su origen. No sienten que estén «haciendo algo mal», pero tampoco entienden por qué el contacto no progresa, por qué el interés no se traduce en encuentro, o por qué la estimulación constante no desemboca en vínculo alguno.

Así, se abre un atajo emocional: una vía rápida de estimulación que evita el riesgo, la exposición y la incertidumbre del contacto físico, pero que tampoco ofrece su resolución. La consecuencia no es satisfacción, sino una acumulación de expectativas sin cierre. No se avanza hacia un encuentro: se encadenan promesas. Como en el «scrolling», lo que se consume no es el contenido, sino la expectativa del siguiente.

Biología fuera de su entorno original

Sin embargo, este desplazamiento no afecta por igual a hombres y mujeres. No por razones morales ni culturales, sino por la forma en que nuestros patrones biológicos han sido históricamente moldeados. En términos evolutivos, el sistema motivacional masculino está orientado en líneas generales, a la detección de oportunidades: explorar, intentar, insistir. En un entorno físico real, ese impulso se regulaba por señales claras, por límites visibles y por consecuencias inmediatas. Pero el entorno digital rompe ese equilibrio. La hiperestimulación visual y simbólica multiplica las señales de disponibilidad sin ofrecer mecanismos equivalentes de cierre. El resultado es una falsa percepción de abundancia: la sensación de que hay opciones por todas partes, cuando en realidad lo que hay son representaciones.

La complicación surge porque nuestro cerebro no está diseñado para distinguir entre una señal social abstracta y una posibilidad real de encuentro. Responde a patrones —rostros, atención, validación, promesas implícitas—, no a contextos. Por eso, la exposición constante a perfiles, imágenes y microinteracciones genera una expectativa emocional que se vive como real, aunque nunca llegue a materializarse. La anticipación produce la activación temprana de los circuitos de recompensa, de forma similar a lo que ocurre en el juego o en las apuestas: la promesa del premio produce una emoción comparable a su obtención. Cuando el desenlace no llega —y casi nunca llega—, no se produce aprendizaje correctivo, sino frustración acumulada. 

Expectativa como norma

En el otro extremo —el femenino—, la retirada temprana —no responder, no concretar, no avanzar— no genera el mismo conflicto interno. Evolutiva e históricamente, evitar el cierre ha sido una estrategia adaptativa eficaz para reducir riesgos. El entorno digital amplifica esta posibilidad hasta convertirla en patrón dominante y norma social implícita.

Un patrón de desajuste

Conviene matizar que este patrón no describe todas las experiencias posibles. Sin embargo, aunque existen excepciones —encuentros satisfactorios, relaciones estables e incluso trayectorias de alta rotación sexual vividas sin conflicto— no son el resultado típico del sistema, sino desviaciones exitosas dentro de él —probablemente, no gracias a él, sino a pesar de él. Una masa critica de individuos acaba experimentando encuentros sin resultado pudiendo quedar atrapado en la expectativa, como consecuencia de un sistema diseñado para captar la atención y la interacción, con el vínculo romántico como excusa.

El problema no es que alguien evite. El problema es que el sistema, tal como está configurado, produce de forma sistemática expectativa sin desenlace en uno de los lados del vínculo. Lo que tiene consecuencias sociales.

domingo, 9 de marzo de 2025

El origen del patriarcado

domingo, 9 de marzo de 2025

El paso del Peleolítico al Neolítico transforma por completo la manera en las que nos relacionamos entre nosotros y nuestro entorno

Nota: este es un resumen del estudio sobre el origen del patriarcado. Para leer el informe completo, acceder al siguiente enlace: Artículo en ResearchGate. En Academia EDU.

Una de las principales denuncias del feminismo es la existencia de un patriarcado que sostiene una cultura centrada en el sexo masculino. Algunas visiones de dicha corriente lo presentan como un sistema de opresión absoluto, lo que lleva a un análisis polarizado. Sin embargo, más allá de posiciones ideológicas, es innegable que el poder y la autoridad han estado históricamente en manos de los hombres. ¿Es esto una consecuencia inevitable de la biología o responde a dinámicas históricas y económicas? Este estudio aborda el patriarcado desde una perspectiva materialista y evolutiva, analizando cómo la acumulación de recursos y la competencia por el poder estructuraron las relaciones de género.

El comienzo: Paleolítico y Neolítico

El análisis del pasado humano debe partir de la diferencia entre la vida en sociedades cazadoras-recolectoras y las sociedades agrícolas del Neolítico. Durante el Paleolítico, las comunidades vivían en grupos reducidos donde la supervivencia dependía de la cooperación. No existía una especialización rígida del trabajo por sexo y, aunque había diferencias físicas, la necesidad de compartir responsabilidades era clave para la supervivencia.

Con la llegada del Neolítico, la situación cambia drásticamente. La domesticación de plantas y animales permitió la acumulación de recursos y la sedentarización. Esta nueva forma de organización incentivó la especialización laboral, la jerarquización y la división del trabajo por sexos. En este punto, ambos géneros desempeñaban funciones igualmente relevantes para el colectivo, sin que uno tuviera un predominio claro sobre el otro.

El crecimiento poblacional y la crisis de recursos

El aumento de la población y la sobreexplotación de los recursos naturales llevaron a crisis recurrentes, que generaron una competencia por los recursos. En esta situación, los hombres, debido a su rol previo guerrero y su mayor fuerza física, adquirieron un papel como autoridad en la monopolización de la riqueza y el poder. Este proceso marcó la transición de una sociedad colaborativa a una estructura jerárquica con el predominio masculino.

La consolidación del patriarcado

En sociedades donde la guerra y la protección de los recursos eran esenciales, aquellos con mayor capacidad de ejercer la violencia obtuvieron ventajas. La mujer, cuyo papel en la reproducción y el cuidado de la descendencia era crítico, quedó relegada a funciones que, aunque esenciales, no proporcionaban el mismo acceso al poder. La progresiva institucionalización de este modelo quedó reflejada en las primeras leyes escritas y en las religiones emergentes, que reforzaron la autoridad masculina.

El papel de la cultura y la religión

A medida que se consolidaron las primeras civilizaciones, el patriarcado se fortaleció a través de la codificación legal y la cultura simbólica. Textos antiguos muestran cómo la regulación de la sexualidad femenina y la transmisión de la herencia fueron pilares fundamentales para la consolidación del poder masculino. Señalar que en este nuevo contexto, las mujeres también compitieron por el poder utilizando sus propias cualidades y participando en roles religiosos, siendo habitual establecer alianzas con las jerarquías dominantes. No obstante, con el tiempo, las deidades femeninas fueron relegadas, pasando a simbolizar principalmente la reproducción y los aspectos sentimentales, lo que contribuyó a la pérdida paulatina de su influencia en los sistemas de poder, siendo desplazadas por panteones dominados por figuras masculinas. 

El patriarcado en la actualidad

Hoy en día, el patriarcado no se sostiene como una necesidad estructural, sino como un reducto de viejas dinámicas de poder. En una sociedad tecnológica, la competencia por los recursos ya no está vinculada a la fuerza física, lo que desarticula uno de los fundamentos que impulsaron el dominio masculino en el pasado.

Crisis de legitimidad y transformación cultural

Actualmente, el patriarcado enfrenta una crisis de legitimidad debido a la falta de un relato que se ajuste a la nueva cultura emergente tras la revolución científica y el desarrollo tecnológico. El discurso tradicional que sustentaba la jerarquía de género ha perdido coherencia en un mundo donde la información y el conocimiento son los principales recursos de poder.

Conclusión

El patriarcado no es una consecuencia única e inevitable de la biología, sino el resultado de procesos históricos y materiales. Surgió como una respuesta a la especialización del trabajo en el Neolítico, se consolidó con la competencia por los recursos en momentos de crisis y fue reforzado a través de la religión y la cultura. Sin embargo, en la actualidad, las condiciones que lo hicieron necesario han desaparecido, dando lugar a una crisis de legitimidad. Comprender estos procesos permitirá combatir el modelo autoritario de poder que originó el patriarcado, sin crear otros que aunque lo dejen atrás, repliquen los mismos problemas y carencia de legitimidad.

lunes, 23 de diciembre de 2024

El mundo y sus demonios (Carl Sagan)

lunes, 23 de diciembre de 2024
Fragmento en inglés de la obra 'El mundo y sus demonios', de Carl Sagan

«La ciencia es más que un conjunto de conocimientos; es una forma de pensar. Tengo el presentimiento de una América en la época de mis hijos o nietos, cuando Estados Unidos sea una economía de servicios y de la información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave se hayan ido a otros países; cuando los impresionantes poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público pueda siquiera entender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o de cuestionar con conocimiento de causa a los que tienen autoridad; cuando, aferrados a nuestras [bolas de cristal] y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslizamos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad. El embrutecimiento de Estados Unidos es más evidente en la lenta decadencia de los contenidos sustanciales en los medios de comunicación enormemente influyentes, en los bocados de sonido de 30 segundos (que ahora se reducen a 10 segundos o menos), en la programación del mínimo común denominador, en las presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia»

Carl Sagan (El mundo y sus demonios, 1995)

En este fragmento, el científico y apasionado divulgador, daba muestras de sus cualidades intuyendo y describiendo a dónde llevaban las tendencias que se observaban en las últimas décadas del Siglo XX en la economía, la política y la influencia de unos medios de comunicación dominados por aquellos que preferían difundir mensajes sencillos y creíbles, sin importar su procedencia o veracidad. Como se veía en el artículo anterior, el progresivo descrédito de la ciencia y de las instituciones, tal vez al fracasar en algunas de las promesas grandilocuentes que los intereses políticos de la Guerra Fría obligaron a anunciar que solucionarían la mayoría de los problemas del mundo, defraudaron a a una sociedad que se abandonó a la evasión y al autoengaño. Los resultados los estamos viendo en los líderes de las principales naciones occidentales que dudan de las vacunas o que no tienen reparos en usar noticias falsas para manipular a una cada vez más crédula población.

NOTAS: como Sagan diferencia entre Estados Unidos y «América», se ha mantenido la nota tal como la propuso el autor. Se entiende, por tanto, que cuando se refiere al nombre del continente, lo hace en el contexto de una situación fuera de sus fronteras. Las palabras entre corchetes se han traducido adaptadas a nuestro contexto.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

La ciencia y lo racional: limitaciones, adeptos y detractores.

miércoles, 27 de noviembre de 2024


Es habitual escuchar anécdotas de personas que creen que la Tierra es plana, que el ser humano no ha llegado a la Luna, que las vacunas no funcionan —o que son para implantarnos «chips» de pintorescas funcionalidades—, que las farmacéuticas nos engañan y solo quieren «hacer negocio» con las personas, que la nieve es falsa, que nos fumigan los aviones trazando bonitos surcos nubosos en el cielo, que el agua corriente tiene «químicos» para hacernos «algo», que la red de comunicaciones 5G es también, como la mayoría de las mencionadas, para provocarnos consecuencias que no deseamos las personas y que supuestamente obedecen algún tipo de interés, que solo beneficia a una elite «oculta» —reptilianos, illuminati— que suena plausible pero que es indemostrable, o que para hacerlo hay que hacer uso de la ciencia, de esa misma cuyo desconocimiento alimenta todas esas teorías.

La espiral de la desconfianza

Este círculo vicioso en el que un problema es amplificado por el desconocimiento de lo que puede solucionarlo, puede que haya comenzado en lo relacionado con el calentamiento global, sujeto a muchos intereses y dificultad para demostrar algunos de sus postulados, lo que ha sido aprovechado para que ciertos grupos de interés político los hayan llevado demasiado lejos, con el objetivo de poder justificar sus agendas. Si a esto se añade que la ciencia parecer servir principalmente a los estados nacionales o a los grandes poderes económicos, el resultado es una gran merma en su poder legitimador. Esta desconfianza tiene como consecuencias prácticas que la sociedad confunde conceptos básicos que agravan y dificultan todavía más, la salida de él. 

Uno de estos casos es el de confundir la parte con el todo. Como ejemplo, se propone la impresión que se tiene de las farmacéuticas. Al parecer, a cierto sector de la población le resulta difícil asumir, simultáneamente, que existen intereses que llevan a que entidades privadas y profesionales de la medicina se pongan de acuerdo para obtener ambos un beneficio común para ellos —pero no para el usuario— junto a que la Farmacia como disciplina es un ámbito necesario para la salud de la población. Las practicas corruptas de unos califican a todo el ámbito al completo, para estas personas.

Esta tendencia a la dicotomía en la que se ignora lo que queda fuera de ellas aunque ocurra delante de sus narices, es otra de las consecuencias más comunes. Cierto es que a medida las personas envejecen, el cerebro se vuelve menos capaz de adquirir nuevos conocimientos. Efecto más acusado si se trata de modificar un marco social que hasta ese momento era comúnmente aceptado ¿Qué ocurre cuando el ritmo de los acontecimientos provocan cambios de tal manera que la sociedad no puede adaptarse a ellos? El ejemplo más claro para evidenciar las carencias formativas que provocan una divergencia entre lo que ocurre en el mundo y la capacidad de comprensión por parte la sociedad, es China. 

El caso de China

La evolución del país asiático en apenas una década ha sido de tal envergadura, que puede servir de ejemplo para mostrar la dificultad para analizar conceptos desde una nueva perspectiva. Cuando las definiciones clásicas no se pueden aplicar de manera rígida y es necesario combinar de manera creativa lo conocido para entender la nueva situación: China ha sido considerada comunista desde la creación de la República Popular en 1949, sin embargo, la adopción paulatina de diversas reformas, especialmente en el ámbito económico, ha desembocado a un nuevo paradigma que desafía las tradicionales descripciones de las que un sector no es capaz de salir. Si bien las empresas chinas operan siguiendo criterios indudablemente capitalistas en cuanto al rendimiento económico, lo hacen dentro de un marco establecido de manera unilateral por los poderes políticos. Este marco se ha establecido gracias a un plan de décadas que incluye aspectos como lograr controlar toda la cadena de suministros, extracción y transporte de las principales materias primas, así como la de fabricación de componentes electrónicos, pilar fundamental de la cultura de consumo en la que se basa el mundo occidental. Este plan político —no económico— es el que ha permitido que China en estos momentos se acerque a la influencia que hasta ahora era indudable de los EE.UU., además de poner en riesgo la principal industria de Occidente que era/es la de la automoción. Un movimiento estratégico que sin lugar a dudas obedece a un plan de un alcance que queda fuera de las políticas cortoplacistas habituales del ámbito occidental y a su vez, de la comprensión por parte de una población acostumbrado a dichas dinámicas políticas. 

Como resultado, lo que en un principio parecía «anecdótico», se ha ido convirtiendo en una especie de epidemia de rechazo a la ciencia con consecuencias directas en nuestro entorno. Esta espiral descendente ha provocado la siguiente paradoja: estar rodeados de poderosas herramientas tecnológicas cuyo funcionamiento es cada vez menos comprendido por sus usuarios. Una desconfianza a la misma ciencia que les proporciona los medios con los que difunden bulos y teorías que la contradicen, sin ser capaces de distinguir información relevante ¿Dónde comienza esta espiral?

La escuela

«No tengo pruebas pero tampoco dudas», como dice la conocida expresión coloquial, de que gran parte del problema comienza en la escuela. La apariencia sugiere con insistencia que algunos conceptos básicos de lógica y semántica parecen ser sorprendentemente ignorados. La «manera de pensar» inherente a la ciencia, el deseo de adquirir conocimiento como un fin en sí mismo, no se transmite. En su lugar, se imparten las materias como un «conjunto de conocimientos» que se «obligan» a memorizar, con el objeto de alcanzar un resultado académico. Se acaba confundiendo el proceso sistemático de entender la realidad aunando experimentación, curiosidad, intuición y filosofía, con su resultado, pasando por alto las primeras. Si en las instituciones formativas se incidiese en el camino que la ciencia recorre partiendo de la intuición y la experimentación, relatando el proceso como un excitante camino de descubrimiento, independientemente de lo sorprendente que sea también el resultado, se vería la ciencia más como una aventura fascinante que como un aburrido listado de conceptos. 

Como consecuencia, se percibe la ciencia como ese conjunto de conocimientos aburridos y complicados que la autoridad educativa correspondiente, dependiente de diversos poderes, obliga a aprender para ser una trabajador sumiso y productivo. Esta asociación de una interpretación errónea de la ciencia con los poderes establecidos cuyas instituciones cada vez están más desprestigiadas, hace que la sociedad, afectada de este mal, abrace cualquier teoría por disparatada que parezca, mientras les ofrezca una explicación más sencilla que aparente estar alejada de los poderes políticos e «intereses económicos», sin advertir que esto es así precisamente por su escasa utilidad. Explicaciones simples que ofrecen certezas y seguridad, al confirmar sesgos personales que amplifican el convencimiento en su error.

Lo racional y el conocimiento

Dentro de este mundo gobernado por aplicar paradigmas dicotómicos donde todo ha de tener una acepción o la contraria —blanco o negro, rojo o azul, izquierda o derecha, capitalismo o comunismo, o conmigo o contra mí, La revuelta o El hormiguero—, se encuentra la propia herramienta que podría ayudar a salir de esa situación. Ante la pregunta de qué hace falta para enfrentarse a los retos del mundo actual, muy probablemente una buena parte de la sociedad, por los motivos expuestos, entenderá que «lo racional», asociado al conocimiento científico y a su vez, al establishment, es insuficiente. De hecho, puede que piense que al contario —y no sin cierta razón— es la causa de la mayoría de los problemas actuales. Como consecuencia, ese segmento cada vez más mayoritario adopta las mencionadas creencias esotéricas, místicas y pseudocientíficas que perciben como alejadas de dichos poderes políticos y económicos. En el mejor de los casos, la solución consiste en la meditación, el mindfulness, yoga y similares, que si bien son muy adecuados para nuestra salud y bienestar interior, no dejan de ser medidas de carácter individual y personal, dejando de lado problemas globales y careciendo de una actitud critica y constructiva ante la gestión de las instituciones, las cuales continúan haciendo y deshaciendo a su antojo. En definitiva, se genera una polarización o dicotomía entre lo individual y colectivo donde lo espiritual aplicado a lo personal ha de competir en vano con una ciencia institucionalizada y al servicio de intereses ajenos a los primeros, generando una desconexión cada vez mayor entre una minoría poderosa que se apropia de la ciencia frente a una población cada vez más ignorante de ella. Este desconocimiento les impide entender que el camino es justamente el contrario: una sociedad formada en la ciencia y en el fomento del pensamiento crítico asociado, tendrá mayor capacidad para comprender los desafíos a los que nos enfrentamos y exigir medidas razonables a los representantes, así como hacer uso apropiado de la tecnología y saber identificar bulos y noticias falsas que no ofrecen evidencia o posibilidad de contrastar los hechos.

Confianza y Fe: dos caminos divergentes

Recuerdo un curso al que asistí en el que el profesor, tras una larga y farragosa charla, nos preguntó si había alguna duda. Nadie se atrevió a cuestionar nada con el temor de que aquella soporífera exposición continuase. El profesor advirtió la situación y replicó con cierta sorna: «pero, me han entendido o solo  'me creen'». Esta broma logró, además de estimular al alumnado, poner sobre la mesa los pilares básicos de dos maneras diferentes de entender el mundo. Para explicarlo, se puede partir de lo ocurrido durante la pandemia del COVID-19: la sociedad es instada a ser vacunada bajo la autoridad de unos poderes políticos y económicos en los que cada vez «confían» menos, viéndose obligados a «creer» en unos dictados etiquetados por estas autoridades como «científicos» pero que no «entienden» ni comprenden ni tal vez conozcan, los mecanismos que les dan validez. En definitiva, el desconocimiento de por qué la ciencia tiene un valor que trasciende cualquier otra creencia provoca que se confunda con estas, con la simple diferencia de provenir de los poderes establecidos. Se confunde «creer» con «confiar», sin discernir que la primera implica la ausencia de crítica y el otorgar la validez sin prueba alguna, mientras que la confianza es algo completamente distinto, o al menos, divergente, ya que para que algo tenga validez ha de poder ser comprobado experimentalmente y los resultados han de ser compartidos y tener carácter público, circunstancia que se cumplía y se cumple, con las vacunas, entre tantos otros casos similares. La confianza aquí consiste en que los ciudadanos no tenemos medios para poder comprobar dichas afirmaciones y debemos «confiar» en que otras entidades, que a menudo compiten entre sí y que tienen intereses dispares, lo han hecho. La diferencia consiste sobre todo, en que en la ciencia existe esa posibilidad, mientras que en las creencias no.

La ciencia como forma de entendernos en el mundo

¿Puede la ciencia ser de utilidad para el ciudadano común? Si se entiende aquella por la desarrollada en costosísimas instalaciones, donde se estudian las profundidades de la realidad escondida en las partículas subatómicas, pues va a ser difícil encontrar algo aplicable a la vida rutinaria de las personas. Sin embargo, el ser humano es de alguna manera un científico innato, en el sentido de querer descubrir el funcionamiento del mundo, observándolo con espíritu critico para desarrollar herramientas y encontrar soluciones, capacidad característica de nuestra especie. Los mismos principios que lograron que el simple método de la prueba y error para construir herramientas, se convirtiera con el tiempo en un poderoso proceso sistemático para avanzar en el conocimiento, pueden ser aplicados en nuestro día a día: desde hacer recetas de cocina a la resolución de averías mecánicas o electrónicas.

Póngase como ejemplo la cocina: al igual que la ciencia, ha evolucionado de un proceso inicial de prueba y error hasta convertirse en una disciplina basada en principios culinarios establecidos y comprobados. Este proceso refleja la esencia del método científico, que se caracteriza por la formulación de hipótesis, la experimentación y el análisis de resultados. Al crear una nueva receta —como por ejemplo un nuevo tipo de salsa— los cocineros establecen una idea base sobre cómo se  han de combinar ciertos ingredientes —tomates, hierbas y especias— para lograr un sabor específico. Esta idea inicial, equivalente en el ejemplo a una hipótesis científica, se pone a prueba mediante la experimentación en la cocina, ajustando las cantidades y combinaciones de ingredientes hasta lograr el sabor deseado. Este enfoque, aunque menos formalizado que en un laboratorio, muestra cómo el método científico guía nuestra toma de decisiones y nos permite innovar en diversos aspectos de nuestra vida cotidiana.

Otra barrera que se presenta son aquellos conceptos que quedan fuera de la descripción rígida y equivocada de la ciencia como un «conjunto de conocimientos memorizables» y su asociación con «lo racional». Ámbitos relacionados con la intuición, los sentimientos, las emociones y las ideas metafísicas o filosóficas, debido a su naturaleza subjetiva y difícilmente cuantificable, suelen ser excluidos de la ciencia ortodoxa. Sin embargo, no solo estos aspectos son fundamentales en disciplinas como las artes o las humanidades, sino que gracias a una visión más completa de la ciencia, podrían estar esperando su momento para ser incluidos junto a otras teorías más deterministas, enriqueciendo de esta manera el panorama científico. Realmente, la visión de la ciencia como algo rígido y cercano a lo absoluto, da lugar a un cientificismo que poco tiene que ver con su significado epistemológico original o primario.

La ciencia, lejos de ser un cuerpo de conocimientos estáticos, es un proceso en constante evolución, abierto a nuevas perspectivas y desafiando constantemente sus propios límites. Aunque un sector influyente del propio mundo científico vería como una amenaza que la ciencia salga de esa visión reduccionista y limitada, lo largo de la historia, grandes científicos han demostrado que la intuición y la creatividad son tan importantes como el rigor metodológico. Por tanto, una colaboración estrecha entre científicos de diversas disciplinas, junto con filósofos y humanistas, sería fundamental para abordar los grandes desafíos de nuestra época. La intuición y la razón, la emoción y la lógica, no son fuerzas opuestas, sino dimensiones complementarias de la experiencia humana. El verdadero espíritu de la ciencia reside en su capacidad para cuestionar, explorar y adaptarse a nuevas evidencias, y no en aferrarse a dogmas inamovibles.

Carl Sagan fue unos de los divulgadores científicos que logró conectar con la sociedad de una manera profunda, gracias a su carisma, serenidad y confianza en sus argumentos. Sin embargo, esta confianza no implicaba en absoluto una creencia inamovible en ellos. Al contrario, el conocido divulgador publicó El kit del escéptico, un conjunto de consejos para que cualquier persona los pudiera aplicar, tanto en la propia ciencia como en el día a día de la rutina laboral, doméstica o personal. Con esta herramienta sería posible evitar caer en los habituales errores de razonamiento que desde hace décadas vienen sucediéndose en todos los ámbitos, a pesar del empeño que el propio investigador puso para minimizarlos.

Hoy en día ya no hay los divulgadores que antaño transmitían esa pasión genuina hacia la ciencia como un ámbito de descubrimiento y empoderamiento del individuo. Más bien al contrario, el mundo científico, en una parte significativa,  ha sucumbido a los intereses económicos y al beneficio rápido y fácil cortoplacista. Así mismo, pierden el tiempo en competir por la autoría y el protagonismo, más preocupados por el respeto a su opinión «autorizada» que en una divulgación que ayude a que sus logros sean valorados.
La ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos: es una manera de pensar.
Carl Sagan

En definitiva, la ciencia no es solo un conjunto de conocimientos, sino una herramienta para comprender el mundo y nuestro lugar en él. Al fomentar una cultura científica que valore la curiosidad, el pensamiento crítico y priorice la evidencia frente a la simple autoridad de quien lo dice, podemos construir una sociedad más informada, más equitativa y más preparada para enfrentar los desafíos del futuro. Las palabras del no suficientemente recordado divulgador, nos señalan que lo que ha caracterizado a la humanidad ha sido una determinada actitud hacia lo desconocido, la valentía y decisión, levantándose una y otra vez tras los inevitables tropiezos de una humanidad todavía inmadura. En estos tiempos de oscuridad, se hace todavía más necesario recuperar ese espíritu y de compartir la belleza y la emoción del descubrimiento científico con las nuevas generaciones.



sábado, 1 de octubre de 2022

Cómo arreglar el Mundo

sábado, 1 de octubre de 2022
La resignación parece haberse convertido en el mantra de nuestro tiempo. Aceptamos un futuro gris como la mejor de las opciones, renunciando incluso a soñar con alternativas. La sociedad actual, rígida y carente de imaginación, nos empuja hacia una distopía que se presenta como inevitable. Sin embargo, un pequeño grupo de personas, rebeldes con causa, se alza contra la resignación y apuesta por la imaginación como herramienta de cambio. Imaginar un futuro mejor es un acto de rebeldía en sí mismo, una afrenta al poder establecido que busca mantenernos dóciles y conformes. Este proyecto se llama Tecnofuturos, un espacio donde la imaginación desafía al fatalismo y construye un futuro alternativo, donde la justicia social, la sostenibilidad y la colaboración sean los pilares fundamentales. Este artículo es mi pequeña contribución a este proyecto colectivo. Una invitación a rebelarte contra la resignación, a soñar con un futuro mejor y construirlo juntos:

Cómo arreglar el mundo

Por Lino Moinelo

Versión final del artículo publicada originalmente en Tecnofuturos.

Una persona sosteniendo un globo terráqueo

Un viaje de mil millas comienza con un primer paso. 

Lao-Tse

Nuestro planeta tiene una población de varios miles de millones de personas y ninguna de ellas sería capaz por sí misma de arreglar los problemas que con toda seguridad le afectan en el día a día. Es decir, puede hacer frente a ellos como individuo, puede solucionar sus necesidades inmediatas personales o tal vez, las de su familia. Si es un jefe de estado, entre los viajes en avión oficial para asuntos random y las vacaciones en yate, igual le da por arreglar alguno de los problemas que afectan al territorio en el que dice que trabaja. El resultado es que nadie está ocupado en resolver de origen los problemas que, aunque nos afectan localmente, sin embargo, tienen una causa global. Naturalmente que el peso de la participación en el problema no es igual para todos. Es decir, hay incluso individuos que no solo no hacen nada para solucionar ciertos problemas, sino que su forma de vida está directamente relacionada con actividades que se ha acabado evidenciando que son dañinas[i], como, por ejemplo, consumo de tabaco, consumo de combustibles de origen fósil o especular con el dinero, el cual debería ser un medio de intercambio, no un fin en sí mismo. Actividades para las que ya existía en su día la suficiente información como para poder prever los problemas que podría ocasionar en un futuro pero que, a pesar de todo, acabaron sucediendo. Debido a esta situación, definir cuáles son los problemas se convierte un acertijo circular en el que parece que nos atascamos cada vez que se intenta dar un paso en su solución. El problema de definir el problema.

Porque si se desea arreglar algo, será necesario identificar primero aquello que se desea resolver. Este es un punto decisivo ya que según como se defina el resultado va a depender enormemente de ello. Además de que cualquier sesgo ideológico o preferencia cultural, económica o social que se filtre, va a marcar como a una res la propuesta y va a ser rechazada por aquellos que la identifiquen con una ideología  ajena. A pesar de que una solución a un problema no debería tener impedimentos subjetivos o  ideológicos. Si tienes una tubería rota en casa no contratas a un fontanero que tenga tus mismas opiniones, sino a uno que te arregle el problema. Obviando la necesaria educación y amabilidad que cualquier profesional debe tener ¿Por qué no hacemos lo mismo con el planeta?

Según a quien se pregunte, la respuesta va a ser diferente con gran probabilidad. Sin embargo, la heterogeneidad de respuestas no debería ser un inconveniente si estas son consecuencia de la voluntad de encontrar una solución. Sí que lo es el inmovilismo, el dogmatismo y la contaminación cultural y política que en muchas ocasiones la acompaña, en definitiva, «ruido» que entorpece la comunicación. La sociedad vive muy influida por un ambiente político polarizado y sectario, circunstancia que también hay que incluir dentro de la definición del problema, porque además de definir una situación, hay también que elaborar un mínimo plan u hoja de ruta para llevar a cabo las medidas necesarias. Es decir, propuestas como que «todo el mundo tenga educación y sanidad públicas» puede ser razonables, pero en la práctica encontrarse con diversos impedimentos o que, por muy bien intencionados que sean, no ocurra lo mismo con su viabilidad o con el rechazo que produzcan por un motivo u otro en una parte de la población. En definitiva, no se trata únicamente de tener razón, sino, además, de ser coherente y convincente teniendo en cuenta a quien se dirige.

Esta sería una de las principales diferencias respecto a las clásicas estrategias de comunicación políticas: los partidos elaboran sus programas y campañas de difusión únicamente para un sector de la población donde creen que pueden maximizar el resultado. Nadie, ninguno de los partidos políticos existentes en todo el planeta tiene probablemente un plan para solucionar los problemas del mundo. Las ONG probablemente tampoco, no solo por el aura de sospecha de tendenciosidad política, sino porque no abordan el problema de manera completa. Cada movimiento crea su propia receta en función de una parte del mismo escogido por motivos válidos, aunque tal vez arbitrarios: animalismo, ecologismo, veganismo, todas estas opciones son maneras de enfrentarse a problemas reales pero cuya solución es parcial.

El problema del problema

¿Qué es un problema? «Problema» es una de esas palabras que se usan con tal vez demasiada frecuencia para señalar toda situación que no nos facilita una cómoda y placentera vida. Sin embargo, tal vez el problema es precisamente el esperar que todo va a ser como tú quieres y que te va a venir «rodado». Hablando de rodar, supongamos un automóvil en el que nos trasladamos y súbitamente comienza a emitir un ruido: una avería. Pero no existe automóvil que no tenga averías en algún momento de su existencia, la aparición de una de ellas no debería sorprendernos. Por ello, las compañías de seguros tienen servicios de asistencia. Así mismo, el automóvil tiene sistemas de diagnóstico que además de avisarnos para prever su aparición, pueden también servir de indicación del origen de la avería y ayudarnos para tal vez, realizar una intervención simple que la solucione o mejor aún, a preverla. La cuestión es que el mundo a nuestro alrededor tiene una manera de funcionar, es la que es ―aunque no lo conozcamos con total precisión― y nuestras ideologías no hacen más que entorpecer la debida atención al funcionamiento de las cosas, ignorando su manera de proceder adecuada pensando que «no va a pasar nada». Esto es lo que se debería definir como problema.

Lo que nos mete en problemas no es lo que ignoramos, sino lo que creemos saber pero que en realidad ignoramos.

Mark Twain

El inconveniente es que la sociedad occidental está alejándose cada vez más del camino del conocimiento[ii]. Un occidente que lo tenía todo a su favor, sin embargo, ha sido arrastrado por sus propias incongruencias al no admitirlas e ignorarlas. Tras la Segunda Guerra Mundial se quiso creer que con culpar a los nazis el mundo occidental quedaba expiado de sus defectos. Se volcó en culpabilizarles en exclusiva en lugar de comprender cómo se había llegado a esa situación, es decir, de comprender las causas. De manera deliberada o no, han transcurrido décadas mirando hacia otro lado, ignorando el elefante en la habitación y confundiéndolas con los síntomas. Debido a esta manera de proceder mitigando los síntomas sin atender su origen, las advertencias efectuadas desde las últimas décadas desde diversos ámbitos científicos, políticos y sociales han sido ignoradas sin importar los datos expuestos, simplemente por no ser populares. Por no ser lo que la gente quería oír. Las instituciones políticas de cada estado, que son las únicas con autoridad para responder en consecuencia, continúan con sus políticas locales por encima de todo. Aunque algunos países apuestan por acciones alternativas, no se ven acompañados, por lo que su efectividad es nula o, en cualquier caso, insuficiente. En definitiva, se tiene consciencia del problema a nivel local de manera puntual, pero no a nivel global, lo que hace que sea ignorado y campe a sus anchas cual rey desnudo que cree ir elegantemente vestido.

¿Quién habla en nombre de La Tierra?

El conocido astrofísico y divulgador Carl Sagan mostraba ya en los años 80 su preocupación por la inexistencia de una voluntad, individual o colectiva, que representase a la Tierra[iii]. No para entablar contacto con inteligencias extraterrestres, sino para hacerlo con nuestra propia especie. Se habla, se discute y se lucha entre nosotros, expoliamos los recursos, los acaparamos para luego malgastarlos sin criterio, sin ser conscientes como colectivo que ocupamos un lugar limitado, acotado a la biosfera de nuestro planeta. A pesar de todo, décadas después de que el tristemente fallecido científico y divulgador planteara su interrogante, aunque las amenazas no son exactamente las mismas, sigue sin existir esa «consciencia global» que lo sea del camino que está tomando la especie que domina toda su superficie y con potencial para su completa devastación. Nuestro planeta es como un gigantesco autobús cuyo conductor se ha desvanecido, mientras que los pasajeros observan aterrorizados —al menos aquellos que se toman la molestia en preocuparse— el gran abismo que bordeamos sin que puedan hacer nada.


La cuestión pues no es establecer una lista de problemas[iv] más o menos evidentes y a partir de ella elaborar una agenda en la que se detallen los pasos a realizar para solucionarlos según un criterio especifico ―y probablemente criticable―. Esta forma de proponer reformas atacando los síntomas en lugar de las causas, por obvios y justificados que puedan parecer, posee irremediablemente un carácter efímero. Es ahora cuando se hace insoportablemente evidente los efectos de la acumulación inconsciente de malos hábitos generados en tiempos de bonanza económica que nadie discutía, por disparatados que fueran si se analizaban con cierto rigor. «Es el progreso» decían, pero ¿de quién? ¿hacia dónde? Cuando lo que era evidente para colectivos de teóricos como científicos o sociólogos[v] cuya influencia política era y es escasa o nula, se convierte en crudamente palpable a nivel físico y en un problema para los que sí tienen capacidad política, es entonces cuando se toman medidas, tarde, mal y con prisa, para solucionar simplemente los síntomas en el corto plazo, olvidándose de las causas. El problema no es la falta de capacidad de los gobiernos para quitarse de encima problemas acuciantes, sino la inexistencia de una entidad que evite que se repitan una y otra vez los errores de siempre o que evite la aparición de otros nuevos que solo son evidentes para quienes se preocupan en el largo plazo.

Estado Tierra

Por supuesto, la tentación de crear un «gobierno global» surge de manera ominosa y para algunos seguramente también, escandalosa. Con el actual conocimiento y nivel de implicación de las sociedades, dicho supuesto «Estado Tierra» no sería más que una réplica a gran escala de todos los problemas de falta de representatividad, de legitimidad y de dependencia de intereses ajenos al verdadero objetivo que, a nivel local, ocurre en la práctica totalidad del globo. Antes de todo esto hay que crear una estructura social con la suficiente horizontalidad como para escuchar todas las voces, un nuevo tipo de organización que no tome parte directa en las decisiones, pero sirva de fundamento de las mismas, de manera transparente y abierta. Un lugar donde se puedan poner sobre la mesa todas las cuestiones para investigarlas, debatirlas y proponer soluciones cuya construcción e implementación se haga de manera igualmente participativa, no a costa del esfuerzo o del dinero de otros. Una organización cuya autoridad emane del respeto y de la admiración, no del temor a represalias.

En definitiva, no se trata tan solo de tomar decisiones políticas, sino de que lo sean de calidad. Que lo sean con el menor ruido, filtro, demagogia o intereses ocultos ¿Cómo puede lograrse esa organización?

Esa es precisamente la pregunta que como sociedad global se ha de intentar responder. Cada uno de nosotros tiene capacidad para imaginar soluciones, nuestro cerebro puede conectar conceptos e ideas y crear resultados genuinos y originales, aunque partan de ideas anteriores. La Humanidad ha desarrollado el método científico por el cuál una propuesta debe ser puesta a prueba por el resto de la comunidad, en el que el principal interés es el prestigio y la satisfacción de aportar algo de valor a la sociedad de la que forman parte. Fuera del ámbito científico estas organizaciones también existen, aunque mucha gente desconoce por completo su existencia y dudan, además, de la posibilidad de que así sea. Sin embargo, ahí están. Un ejemplo paradigmático son las llamadas de «código abierto» ―open source―: agrupaciones de programadores que no tienen una estructura jerárquica ―como las heterarquías[vi] o también las adhocracias[vii]― que realizan su labor sin esperar una compensación material, más que la colaboración del resto de los miembros en las mismas condiciones a la hora de solucionar los problemas o dar respuesta a las necesidades que surgen. Alguien podría objetar que estas son agrupaciones de carácter marginal sin apenas influencia en el mundo «real» ―el de jefazos gordos y autoritarios que parece que sin ellos el mundo vaya a desaparecer, aunque sea tal vez, al contrario―. Bien, pues resulta que gracias a estos grupos de personas especializadas que aportan sus conocimientos por el deseo de mejorar la vida de todos, mantienen sistemas tecnológicos de los que dependen incluso gigantes como Google o Twitter[viii] y de los que nos beneficiamos todos.

Tampoco se trataría de derrocar gobiernos ni de descartar las actuales organizaciones ―tal vez sí de estimular su reforma― aunque se hayan demostrado incapaces de manejar los retos que como especie nos enfrentamos. Inspirados en la idea de las mencionadas organizaciones basadas en el apoyo mutuo, podría crearse una especie de foro mundial cuyo objetivo fuera el de compartir ideas y crear propuestas de solución. Instituciones alternativas[ix] que funcionasen de manera paralela a las actuales organizaciones políticas, aprovechando los actuales marcos legales, pero usándolos conforme a decisiones acordadas por estas instituciones alternativas sociales. Como se ha comentado, estas no tendrían un carácter impositivo ni pretensión de homogenizar, sino servir de plataforma para que la sociedad pueda articular sus propias respuestas a problemas ocasionados por la falta de perspectiva e inoperancia de los actuales responsables, supeditados a la ganancia inmediata. En definitiva, un lugar donde la visión de futuro sea compartida y sirva como herramienta para construirlo[x], en lugar de estar abocados a crisis cíclicas la mayoría de las veces ocasionadas por estimular economías basadas en la especulación, en lugar de partir de un estudio realista de los recursos actuales, la población existente y sus necesidades como individuos.

¿Cómo llevarlo a la práctica? La respuesta es simple: no lo sé. Pero de lo que estoy seguro es que se ha de empezar compartiendo estas inquietudes con tu entorno. Si no somos capaces de poner en práctica estos principios en nosotros mismos, entonces no vale la pena pretender algo más. Es decir, la solución no ha de venir de ti, de tu vecino, o del otro el de la moto. Ha de venir de todos. Por tanto, tal vez una de las primeras páginas de esa hoja de ruta que se ha escribir como especie global, es la de la educación. Habrá que empezar con didáctica, mucha y paciente didáctica. En cuanto a las posibilidades tecnológicas, la misma que está provocando la mayoría de los problemas energéticos, económicos y sociales, ha de servir también para crear una extensa red que nos conecte, sin caer en los errores que hasta ahora se han cometido al convertir la Internet pública en una serie de nodos controlados por los mismos inoperantes gobiernos, o unas redes sociales dominadas por corporaciones con interés mercantilista y destinadas a someternos. Algo de lo que se aseguran manejando nuestro inconsciente, pero esto forma parte de otra historia.

El otro reto importante es no caer en la megalomanía ni la egolatría. Creerse los «salvadores» del mundo, estar por encima del resto y creerse en posesión de la verdad. La humanidad ha demostrado durante siglos que puede ser muy cruel con sus congéneres en cuanto surgen estos conceptos «superiores». Incluso recientemente, experimentos sociales han demostrado que se puede ir todo de las manos fácilmente[xi],[xii],[xiii]. Llevar a cabo esta propuesta similar a la utopía abierta[xiv] de Stephen Duncombe, implicará sortear el ineludible escollo de la auto-legitimación. Nada surge de la nada, excepto nuestras ideas. Y esta, como todas las demás, no tendrá más merecimiento de existir que el que cada uno de nosotros desee darle. Cualquier intento de ir más rápido implicará el riesgo de caer en algunos de los errores tantas veces cometidos anteriormente, por bien intencionados en teoría que en sus inicios lo fueran. Pero al mismo tiempo, deberá ser lo suficientemente clara y firme en su definición para que no se vea deformada en sus aspiraciones o para que un grupo minoritario tome el control. Aunque no deberá tener una forma jerárquica, sí que deberá prestar atención a los que más y mejor aporten, para no verse ahogada por lo trivial o superfluo.

Quizás si logramos conectarnos cada uno de nosotros como iguales, pero dedicados a tareas concretas y formado una enorme red planetaria al igual que las neuronas de nuestro cerebro, emerja entonces una consciencia colectiva que pueda hacer frente a las vicisitudes globales que como tal se ha de enfrentar. De esta manera, el futuro, nuestro futuro, el de todos, podrá ser construido. Puede que sea esto el progreso, cuando la labor colectiva espontánea produce un resultado mayor que la suma de sus partes. Lamentablemente, nuestra generación no lo va a ver, pero con suerte algún día, las generaciones posteriores que se hayan educado en esta coyuntura, puedan construir un futuro mejor que el presente. Uno en el que tengamos el honor de ser recordados.



jueves, 11 de marzo de 2021

Recordando el 11M

jueves, 11 de marzo de 2021

El mayor atentado terrorista en la historia de España, que alteró muy probablemente de manera significativa la jornada electoral de unos días después.
El mayor atentado terrorista en la historia de España, que alteró muy probablemente de manera significativa la jornada electoral de unos días después.

Si la intención del atentado en aquella fecha concreta era la de condicionar un resultado electoral para lograr el cambio de rumbo de la política posterior, en la misma medida se consiguió el objetivo, significaría que la voluntad de los que idearon esta estrategia basada en el asesinato de 192 personas tuvo éxito, con la complicidad de los electores españoles que creyeron de esta manera «castigar» al «responsable» del atentado, pero que de ser así realmente estarían premiando a los terroristas. De esta manera se convertía un acto de este tipo en elemento de valoración electoral, trivializándolo inconscientemente como si fueran tormentas o el cambio climático, como si dependieran de variables económicas. Como si no fuera la decisión de un grupo criminal que lo ha planificado precisamente para causar ese efecto político, en la medida el electorado se dejó influir por este atentado.

Si algo puso en evidencia aquel atentado es mostrar la escasa cultura democrática que la sociedad española había desarrollado desde la transición. Es cierto que la principal herramienta de castigo político de la que se dispone son las elecciones generales, convirtiendo lo que debería ser la elección del mejor, en el castigo al peor. El problema era y es, que no sirve para ninguna de las dos cosas. Y no sirve, no solo porque no fue Aznar el que puso las bombas, ni porque el antiguo presidente del Gobierno de España tan siquiera se presentaba a las elecciones. Sino porque aunque se hubiera presentado, el supuesto castigo hubiera sido seguir de diputado, cobrando casi lo mismo y por hacer todavía menos.

Muchos se sorprenden ahora de los populismos actuales, pero no recuerdan que estas carencias democráticas ya se vienen denunciando desde hace décadas. No ha habido respuesta por parte de los gobernantes desde entonces, no han movido un dedo modificando el sistema para que la sociedad tenga más herramientas para valorar y castigar la corrupción o el abuso de poder. Se ha permitido, en definitiva, que parte de la sociedad vaya adoptando posturas cada vez más extremas o más drásticas —que no es lo mismo— lo que unido a las crisis que han venido desde entonces, ha desembocado en la creación de partidos nuevos y de nuevas estrategias de activismo político, llegando a la situación actual en la que de momento, no se ha solucionado nada en absoluto.

En aquella jornada electoral del 14M, los ciudadanos españoles nos enfrentamos a la tesitura de votar a alguien que no nos convencía nada o hacerlo a otro que nos convencía todavía menos, si es que aquello era posible. Muchos nos dimos cuenta entonces de que el sistema no servía, no funcionaba para lo que debería: la sociedad eligiendo a sus propios representantes. Si en aquel entonces la ciudadanía no hubiera decidido ser cómplice de la situación, la respuesta más digna era no votar, o hacerlo de manera neutra —blanco o nulo—. Una participación mínima que evidenciara que una mayoría social era consciente de que aquellas no eran las condiciones para elegir en libertad, con calma, de manera meditada, sin visceralidad ni odio. Odio que algunos partidos convirtieron en su principal arma política. Si el partido que hubiera ganado esas hipotéticas elecciones hubiera tenido decencia, su siguiente paso sería preparar unas elecciones anticipadas, por decisión propia. Pero la sociedad tomó el camino más fácil, más corto, que casi nunca es el correcto. El resultado: que el partido ganador se creyó con legitimidad para hacer lo que quiso y para negar la realidad hasta que esta se hizo inevitable cuando la crisis del 2008 estalló. España no se merecía que le mintieran, pero así lo hicieron y así continúan haciendo.

La mentira de Aznar

Aznar no puso las bombas, Aznar no se presentaba a las elecciones, pero Aznar nos mintió. Para no votar a Aznar/Rajoy habían muchos motivos, todos antes del 11M. No era necesario, o no debería serlo, un atentado para condicionarnos. Tampoco poner como «escusa» que un presidente del gobierno había dicho algo que no se ajustaba a la realidad. Más que nada porque si por eso fuera, no debería haber habido ni un presidente en los cuarenta y pico años de democracia que llevamos. Aznar mintió porque afirmó sin la cautela necesaria y sin esperar las primeras conclusiones de la correspondiente investigación, que ETA, el grupo terrorista que hasta entonces era el que todos esperábamos cuando se daba noticia de un atentado, el culpable. Durante los tres días siguientes se oyeron en la radio noticias que aún hoy en día son objeto de discusión hasta el punto de que una emisora de la talla de la Cadena SER, ha retirado de la fonoteca los archivos correspondientes a aquellos días. Salvo intervención judicial, el público no podrá corroborar las diferentes versiones y construir un relato acorde con lo que realmente se dijo o se omitió. Lo paradójico del asunto es que probablemente fue Aznar con su insistencia en mantener la teoría inicial de ETA como autora del atentado ―era normal suponer que pudiera ser la autora, y así se pudo oír en los noticieros. Lo que no era normal era asegurarlo sin tener pruebas de ello― el que iniciara un proceso que le llevaría a la propia destrucción electoralista de su partido. No es descabellado suponer —si todavía cabe más especulación en este asunto tras todos estos años de teorías de la conspiración— que Aznar jugó la baza de ETA por conveniencia electoral, imaginando que así evitaba que la posible relación del atentado con la Guerra de Irak influyera en el electorado. Tal vez, con las elecciones ganadas ya darían las explicaciones pertinentes y continuar con la investigación. O no. Pero el efecto producido fue el contrario que deseaban: al dejar al descubierto la jugada, hizo que a partir de aquel momento la oposición y sus medios de comunicación afines se le adelantaran y establecieran como objetivo hacer desaparecer a ETA de cualquier comunicación relacionada con el atentado, fuera la que fuera y tuviera la relevancia que tuviera, creándose una verdadera guerra mediática sobre este asunto. Además, Iñaqui Gabilondo, comentarista en aquel momento en la cadena de radio, dio información falsa sobre unos terroristas suicidas de supuesto origen islamista, condicionando a la opinión pública para que se fuera olvidando del grupo terrorista vasco. Es decir, Aznar quiso jugar la baza mediática de la opinión pública, espantó la liebre, y la oposición que lo sabe hacer mucho mejor en el terreno mediático, le gano la partida, ganó las elecciones y luego, con el partido al mando del Estado, ya no hay control de transparencia sobre lo que pueda hacer y permitir con la investigación. Y menos hace diecisiete años. 

La mochila de Vallecas

La situación es la siguiente: en los noticiarios televisivos avisan que los Tedax han encontrado una mochila con explosivos sin detonar. Poco después, en otro noticiario, se cuenta que han llevado una mochila aparentemente similar a la comisaría de Vallecas. La sorpresa viene cuando se matiza que no son la misma, ya que la que encuentran los Tedax es detonada allí mismo, in situ. El problema es que todos los intentos de relacionar la mochila llevada a la comisaría de Vallecas con las explosiones de Atocha, han resultado infructuosos: 
  • La metralla encontrada en la mochila (clavos y tornillos), no ha sido encontrada de manera concluyente en los restos de los trenes.
  • El explosivo no coincide, dando la explicación que se ha «contaminado», pero no con cualquier sustancia, sino precisamente con un componente ―ácido bórico― que se añade para fabricar un explosivo distinto ―en definitiva, es un explosivo diferente―. Cabe decir que al estar contaminada, la prueba no es válida y no fue usada como tal en el juicio. Sí que fue usada por los medios para sus propios objetivos.

Los terroristas suicidas

Para poder condenar a alguien, para poder determinar al autor material de un atentado, es necesario identificar el arma homicida como primer paso. Esto no ha ocurrido desde entonces. ¿Para qué ha servido la mochila? Para relacionarla con los supuestos suicidas de Leganés, lugar donde sí que se ha encontrado la metralla y restos de explosivos coincidentes ¿Pero, un momento, entonces los suicidas de Leganés no se suicidaron en el atentado yihadista? No, el principal crimen de aquel suceso en el piso de Leganés que puede demostrarse con pruebas, fue el de matar a un policía al detonar el explosivo con el que en teoría, se mataron ellos mismos. No hay más relación con el atentado que la que han querido construir, en una aberración jurídica sin precedentes, cuando sin estar acusados son nombrados sin ninguna necesidad salvo la mediática, en la resolución del juicio. La anécdota, si es que merece alguna este asunto, es que de todos los «terroristas» que vivían en el piso se salvó uno que no estaba en la vivienda en el momento de la explosión, que fue detenido después ¿Qué paso con él? que está en prisión por pertenencia a banda armada, pero no ha podido probarse su relación con el atentado, naturalmente. Otros acusados relacionados han sido absueltos por el mismo motivo.

Los trenes desaparecidos

El escenario de un crimen es un lugar cuyo paso y uso ha de quedar totalmente restringido exclusivamente a miembros de la policía. Cualquier otra persona que no sea un investigador del caso o responsable de las pruebas que han de ser usadas en el juicio posterior, ha de evitar acceder para impedir que sea contaminada o alterada la escena del crimen. En definitiva, hasta que el proceso judicial haya sido completado —incluidos los recursos— se ha de mantener intacto el lugar para efectuar todos los posibles análisis y se hayan tomado todas las muestras necesarias, tanto las que se estimen en un primer momento, como todas las que aparezcan posteriormente a requerimiento de los letrados, siguiendo los procedimientos ¿Ocurrió así en España? No, ya que el gobierno entrante, en otra extraordinaria aberración, ordenó desmantelar y limpiar los restos de los trenes afectados por las explosiones, de manera que dejaron de ser útiles para aclarar nada más. Al menos para la opinión pública.

El tipex

El sumario de un proceso judicial es una especie de resumen o compendio de todo lo relacionado con un caso que ha de someterse a juicio. En él se incluyen la descripción de los crímenes, víctimas, lugares y todo tipo de pruebas. Este documento es creado por un juez distinto al que posteriormente llevará la propia vista del proceso. Con este procedimiento se intenta evitar que el mismo juez aplique algún sesgo a la hora de aportar el material con el que se ha de procesar a los imputados. Lo que ocurra en el juicio, salvo la necesidad de acudir a la fuente a petición de algún letrado ―imposible en este caso ya que como se ha visto, las pruebas se inutilizaron por parte del propio Estado― se decide con lo que haya en el sumario. Para preparar estas pruebas, unos peritos realizan unos informes. Cabe decir que esos peritos son los especialistas con los conocimientos adecuados para realizar esa labor, por eso son los peritos. Bien, en un informe realizado por tres de estos peritos, todos ellos coinciden en que se ha encontrado ácido bórico, que es la sustancia con la que se habían «contaminado» los explosivos y que es la usada en los explosivos que ETA utiliza. Lo que ocurre a continuación con este borrador de informe es espeluznante: el informe fue modificado con tipex para eliminar esta referencia. Pero esto no es lo peor, sino que el jefe de los peritos les dijo que se habían extralimitado ¡por hacer su trabajo! Además, se añade que el ácido bórico es una «sustancia habitual» ―en la actualidad su uso es ilegal― por lo que no cabía hacer mención de ello. A pesar de esto y de que el informe había sido modificado por un cargo jerárquico, los medios anunciaron con titulares que «no había rastro de ETA». Lo cierto es que el ácido bórico se encontró, que es ETA quien usaba este tipo de componente en sus actividades criminales, que los peritos lo indicaron en un borrador de informe, pero esto no llego al sumario porque fue modificado por orden política. Es decir, aunque parece claro que no es una prueba concluyente, sí que parecía a los técnicos lo suficientemente significativa como para indicarlo. La importancia de este hallazgo es algo que se tendría que decidir después durante la investigación y el juicio, pero esto no fue posible porque se impidió que llegara esta información a donde tenía que llegar. Al parecer, la importancia no era esclarecer los sucesos, sino fabricar un relato político adecuado.

Los acusados y condenados

El resultado tras el juicio del 11M es que solo uno de los condenados ―Jamal Zougam― lo es por participación directa en el crimen y autor material, siendo las pruebas que lo incriminan testigos directos que lo sitúan en el lugar de los hechos y por las tarjetas usadas en los teléfonos móviles. No ha servido nada de lo investigado en los trenes, ni lo encontrado en el piso de Leganés, ni una mochila que no explotó ni mató a nadie. Solo una persona para diez explosiones en cuatro focos distintos, ya que los suicidas de Leganés ni murieron en el atentado, ni lo hicieron con un explosivo que se pueda relacionar con unos trenes que ya no existen. El resto de los acusados han sido condenados por delitos como tráfico de explosivos o de sustancias ilegales, sin que participaran materialmente en el atentado en el que murieron 192 personas. Hoy en día, la mayoría de medios siguen dando la misma versión incoherente que en su día se fabricó. La importancia ahora no es ya si fue ETA o no fue. Sino además de la tomadura de pelo a la que nos someten, la frustración de sentir que no se ha hecho todo lo posible por hacer justicia.