Mostrando entradas con la etiqueta conocimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conocimiento. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de octubre de 2026

La organización que aprende [II]

domingo, 4 de octubre de 2026
Análisis de cómo la inversión, el conocimiento y la participación se convierten en capacidades organizativas permanentes
¿Cuándo se transforma una organización?

1. Introducción

Como se ha visto, recibir una inversión no implica que sus objetivos declarados tengan viabilidad práctica. Aun asumiendo que estos objetivos coinciden con las intenciones manifestadas, la infraestructura receptora puede no estar preparada para cumplirlos. De la misma manera que comprar material deportivo no garantiza ganar una maratón, comprar un Ferrari no convierte a nadie en piloto experto o comprar un libro de física no convierte a nadie en investigador, una máquina puede instalarse, un sistema informático puede ponerse en funcionamiento, un programa de formación puede completarse o un proyecto puede alcanzar sus objetivos y, sin embargo, la capacidad de la organización para resolver problemas, coordinarse y aprender puede permanecer prácticamente inalterada.

¿Cuáles son esos impedimentos? La razón es que una empresa no está constituida únicamente por trabajadores, máquinas y recursos financieros. Está constituida también por los vínculos entre estos ámbitos: acumula conocimiento sobre sus procesos, sobre la forma de resolver problemas, sobre las relaciones entre sus distintas áreas, sobre sus proveedores y sobre las modificaciones que permiten mejorar su funcionamiento. Una parte de ese conocimiento permanece en las personas; otra se incorpora a procedimientos, rutinas, sistemas de información y formas de coordinación. Cuando puede sobrevivir a las personas concretas que lo generaron y ser utilizado por otros miembros de la organización, se convierte en una capacidad colectiva.

Esta dimensión resulta especialmente importante cuando una organización incorpora nuevas tecnologías. Adquirir una máquina o un sistema no significa adquirir automáticamente la capacidad para aprovecharlo. La tecnología debe incorporarse a una organización que ya posee determinados conocimientos, procesos y formas de trabajo. Por eso, la cuestión no es únicamente qué tecnología se incorpora, sino qué ocurre dentro de la organización cuando esa tecnología llega.

Pero esta cuestión introduce un problema adicional: el conocimiento necesario para transformar una organización no se encuentra necesariamente en el mismo lugar que la autoridad para tomar las decisiones. El problema puede resumirse en una pregunta:

¿Qué tiene que ocurrir dentro de una organización para que una inversión o un proyecto no produzca solamente un resultado, sino una capacidad que permanezca?

2. El capital organizativo que no se activa con un botón

Como se comentaba, una empresa es algo más que trabajadores, máquinas y dinero. También acumula conocimiento sobre cómo funcionan sus procesos, cómo se solucionan los problemas, qué información resulta relevante, cómo se coordinan los departamentos, qué proveedores son fiables, qué errores son recurrentes y qué modificaciones pueden mejorar un procedimiento.

Ese conocimiento no tiene una única localización. Una parte permanece en los individuos que forman la organización; otra se incorpora a procedimientos, rutinas, relaciones de trabajo, sistemas de información y formas de coordinación. Cuando estas formas de conocimiento sobreviven a las personas concretas que las generaron y pueden ser utilizadas por otros miembros de la organización, pasan a formar parte de una capacidad colectiva. En la literatura económica, esta segunda dimensión se ha estudiado bajo conceptos como capital organizativo.

La importancia del concepto está en que introduce una capa intermedia entre el capital físico o tecnológico y el resultado productivo. Una máquina puede incorporarse a una empresa en un momento determinado; la capacidad para utilizarla eficazmente depende, en cambio, de conocimientos y rutinas que pueden haberse acumulado durante años [4].

La OCDE considera el capital organizativo una dimensión importante de los activos intangibles necesarios para aprovechar las nuevas tecnologías [5]. Esto permite formular el problema de la productividad española de una manera más precisa: no se trataría únicamente de cuánto se invierte en tecnología, sino de la capacidad de las organizaciones para incorporar esa tecnología a un sistema productivo que ya posee conocimientos, rutinas y relaciones internas.

Esto resulta especialmente visible en los procesos de transformación tecnológica. Instalar un sistema de visión artificial, por ejemplo, requiere mucho más que desarrollar el algoritmo. Hay que determinar qué debe medirse, en qué punto del proceso, con qué parámetros, cómo deben almacenarse los datos, cómo se conecta el sistema con la infraestructura informática existente, qué permisos necesita y cómo se integra en el proceso productivo.

El componente tecnológico suele ser visible y atribuible a un proyecto concreto. El conocimiento necesario para integrarlo puede estar, en cambio, distribuido entre técnicos, ingenieros, responsables de proceso y trabajadores con años de experiencia. Aquí aparece una distinción fundamental:

Adquirir una tecnología no equivale a adquirir el conocimiento organizativo necesario para aprovecharla

Una organización puede incorporar una máquina, un programa informático o un sistema de inteligencia artificial y, al mismo tiempo, conservar prácticamente intacta su capacidad anterior para detectar problemas, compartir información, coordinar decisiones y aprender de los resultados. La transformación productiva depende entonces de algo más que de la incorporación de tecnología. Depende de que la organización sea capaz de absorber, integrar y acumular conocimiento.

3. El problema del conocimiento interno

En muchas organizaciones, ese conocimiento puede estar perfectamente identificado. La cuestión más difícil es otra:

¿Hasta qué punto coincide el lugar donde se encuentra el conocimiento con el lugar donde se toman las decisiones?

Una organización puede disponer de trabajadores capaces de detectar problemas, interpretar procesos y proponer soluciones sin que esas capacidades tengan una correspondencia directa con la estructura formal de autoridad. Esto introduce una diferencia entre poseer conocimiento y tener capacidad para utilizarlo en la decisión.

La investigación sobre organizaciones ha estudiado precisamente la relación entre conocimiento distribuido, centralización y rendimiento. En una muestra de 164 grandes empresas españolas se encontró una relación negativa entre centralización y rendimiento del conocimiento, mientras que determinadas formas de complejidad organizativa podían favorecerlo [4]. Este resultado plantea una cuestión más concreta: una estructura puede conocer dónde reside una determinada capacidad y, sin embargo, no disponer de mecanismos adecuados para incorporarla al proceso de decisión.

El World Management Survey ha mostrado que determinadas prácticas de gestión —seguimiento sistemático, establecimiento de objetivos, incentivos y evaluación— están asociadas con mejores resultados productivos [6]. Estas prácticas permiten introducir otra dimensión en el problema: no basta con que una organización posea conocimiento; también necesita sistemas capaces de convertirlo en información utilizable para la gestión.

La autoridad no solo distribuye responsabilidades; también determina qué información puede llegar a qué nivel, quién puede proponer modificaciones, quién puede contradecir una decisión y qué conocimiento resulta relevante para modificarla. El problema de la organización consiste en hacer compatible la estructura de autoridad con la distribución efectiva del conocimiento.

4. La participación como mecanismo de transmisión

El caso alemán ofrece un mecanismo institucional concreto para abordar este problema. El sistema alemán dispone de los Betriebsräte, consejos de empresa que ejercen derechos de información, consulta y, en determinadas materias, codeterminación. Su interés para este problema no es solamente que exista un canal para transmitir información, sino que ese canal pueda aportar una perspectiva que no dependa exclusivamente de la propia cadena de gestión corporativa.

La investigación reciente encuentra que los works councils alemanes pueden actuar como gatekeepers de las prácticas de gestión. Un estudio basado en datos vinculados de empresas y trabajadores encontró que las empresas con Betriebsrat tenían una mayor probabilidad de que determinadas prácticas implantadas formalmente por la empresa llegaran a aplicarse efectivamente en los niveles intermedios de dirección. Esto permite distinguir entre implantación formal e implantación efectiva [7].

La investigación sobre los Betriebsräte permite observar que sus efectos no se reducen necesariamente a una intervención directa sobre la productividad. Un estudio reciente con datos del German Management and Organizational Practices Survey encuentra que la presencia de un works council fortalece específicamente el efecto de largo plazo de determinadas prácticas de gestión sobre la productividad [8].

Esta evidencia desplaza la cuestión desde la mera existencia de representación hacia la función que desempeña dentro del sistema organizativo. En particular, resulta relevante que la representación pueda favorecer la cooperación necesaria para que determinadas prácticas de gestión se mantengan y produzcan efectos a largo plazo. La cuestión pasa así de preguntar si existe representación a analizar qué mecanismos permiten que la información y las prácticas de gestión circulen efectivamente por la organización.

Incluso en la digitalización alemana los resultados dependen del contexto. Una investigación sobre works councils y adopción de tecnologías digitales encontró que su mera existencia podía estar asociada a menores niveles de equipamiento digital, pero que en establecimientos con elevada presencia de trabajadores dedicados a actividades físicamente exigentes los works councils favorecían la adopción tecnológica [9].

Por tanto, el interés de esta institución para nuestro problema reside en que introduce un mecanismo institucionalizado de transmisión de información desde los niveles donde se desarrolla el trabajo hacia los niveles donde se toman determinadas decisiones, y puede contribuir a que las prácticas de gestión se incorporen efectivamente a los niveles intermedios de la organización.

5. Un mecanismo diferente: la employee voice

Estados Unidos proporciona otro contraste útil porque no dispone de un equivalente general al sistema alemán de Betriebsrat. La literatura anglosajona sobre organizaciones utiliza con frecuencia el concepto de employee voice: la capacidad de los trabajadores para expresar problemas, propuestas y sugerencias.

Una investigación de la Federal Reserve Bank of New York basada en establecimientos estadounidenses encontró que determinadas prácticas de organización del trabajo estaban asociadas con mayor productividad y que la participación de los empleados tenía efectos particularmente positivos cuando se combinaba con establecimientos sindicalizados [10]. Otra investigación —canadiense— sobre employee voice también encuentra que las prácticas que facilitan tanto la expresión de problemas (prohibitive voice) como la propuesta de mejoras (promotive voice) están asociadas positivamente con la innovación organizativa [11].

En Estados Unidos pueden intervenir diferentes canales de transmisión y presión organizativa. Algunos operan directamente dentro de la empresa, mediante la comunicación de problemas y propuestas; otros actúan a través del mercado laboral, como la competencia por trabajadores, la movilidad laboral o los incentivos individuales. La posibilidad de abandonar una organización cuando el conocimiento del trabajador no es reconocido o utilizado adecuadamente introduce así una forma de presión distinta de la representación institucionalizada.

Una investigación publicada en 2026 sobre la llamada worker voice gap encuentra que casi tres cuartas partes de los trabajadores estadounidenses desean tener mayor influencia de la que actualmente tienen sobre cuestiones como remuneración, condiciones de trabajo y utilización de nuevas tecnologías [12]. La comparación permite así distinguir dos arquitecturas diferentes. Alemania institucionaliza una parte de la participación dentro de la empresa mediante representación y codeterminación; Estados Unidos depende en mayor medida de mecanismos organizativos, contractuales y de mercado.

España dispone de sindicatos y mecanismos de representación laboral, pero la cuestión relevante para este análisis es hasta qué punto esos mecanismos consiguen transmitir el conocimiento específico de los trabajadores técnicos y de los niveles intermedios hacia los procesos donde se toman las decisiones. Esta cuestión resulta especialmente importante cuando las decisiones implican inversiones destinadas a transformar procesos productivos: la capacidad para identificar qué necesita ser transformado no tiene por qué coincidir con la capacidad formal para decidir dónde se invierten los recursos. Incorporar ese conocimiento al proceso de decisión no constituye, por tanto, simplemente una forma de participación laboral, sino también un mecanismo mediante el cual la organización puede identificar mejor qué necesita ser transformado.

6. Temporalidad, formación y acumulación de conocimiento

La relación entre duración del empleo y formación empresarial proporciona una primera evidencia relevante para España: un estudio de 2026 analiza 3,1 millones de ofertas de empleo españolas entre 2018 y 2024 y utiliza la reforma laboral de 2022 como experimento cuasi-natural. Las ocupaciones más expuestas anteriormente a la temporalidad experimentaron, tras la reforma, un aumento de 4,3 puntos porcentuales en la formación anunciada por las empresas. Los autores encuentran además un aumento estadísticamente significativo de la participación en formación formal en los datos de encuesta [13].

El resultado puede explicarse por un mecanismo sencillo: una relación laboral de mayor duración aumenta el tiempo durante el cual una empresa puede recuperar los costes de formar a un trabajador. La estabilidad laboral puede influir, por tanto, en la disposición de las empresas a invertir en el desarrollo de conocimientos y competencias.

Sin embargo, el aumento de la formación no permite determinar por sí solo qué ocurre posteriormente con ese conocimiento. Una competencia puede aumentar la capacidad individual de un trabajador sin convertirse necesariamente en una capacidad acumulada de la organización. La cuestión de cómo el conocimiento individual se conserva, se utiliza y llega a incorporarse a una capacidad colectiva requiere observar otros mecanismos que van más allá de la mera inversión en formación.

7. Proyectos temporales y conocimiento permanente

Los programas de prácticas introducen entonces una forma particular de experimentación organizativa. El estudiante puede aportar conocimientos recientes, trabajar junto a empleados con experiencia y desarrollar una solución que la organización quizá no habría explorado mediante sus recursos ordinarios. Pero el resultado del proyecto depende también de lo que ocurra con el conocimiento generado una vez finalizado.

Podemos distinguir así entre el proyecto que se ejecuta y la capacidad que permanece:

problema ➡️ proyecto ➡️ resultado

frente a:

problema ➡️ proyecto ➡️ resultado ➡️ integración ➡️ transferencia ➡️ capacidad organizativa.

La diferencia puede ser decisiva. El primer proceso produce una solución localizada; el segundo incorpora conocimiento al funcionamiento permanente de la organización.

En Estados Unidos existe información sistemática sobre la conversión de prácticas en empleo. La National Association of Colleges and Employers registró en 2026 una tasa media de conversión de becarios a empleados a tiempo completo del 63,1 %, la más alta de los cinco años anteriores. Esta información permite observar las prácticas también como un mecanismo de selección y entrada en la organización [14].

En Alemania existe una infraestructura institucional de observación de las organizaciones que permite abordar este tipo de cuestiones desde una perspectiva longitudinal. El IAB Establishment Panel, desarrollado por el Institut für Arbeitsmarkt- und Berufsforschung, recoge desde 1993 información anual directamente de los establecimientos sobre empleo, estructura y movimientos de personal, contratación, formación, inversiones e innovación. Sus datos pueden además vincularse con información administrativa sobre las trayectorias laborales de los trabajadores [15]. La existencia de una infraestructura de este tipo permite plantear una cuestión adicional: hasta qué punto el conocimiento generado durante la incorporación de nuevos trabajadores o en proyectos temporales llega posteriormente a integrarse en las capacidades de la empresa.

En España existen observatorios universitarios y mecanismos de seguimiento de las prácticas y de la inserción laboral, aunque la información aparece distribuida entre distintas universidades e instituciones. En 2025, el Subgrupo de Observatorios Universitarios de Empleo de la CRUE impulsó el estudio Talento Universitario y Empresa, elaborado con la participación de más de cincuenta universidades y basado en la perspectiva de casi 7.000 empresas españolas sobre formación, competencias, contratación y relación universidad-empresa [16]. La aparición reciente de una iniciativa de este alcance resulta significativa: sugiere que la necesidad de observar de manera más integrada la relación entre el talento universitario y las organizaciones ha adquirido una importancia suficiente como para impulsar un esfuerzo coordinado de mayor escala.

Sin embargo, no hemos encontrado una estadística agregada comparable que permita seguir sistemáticamente el destino de los proyectos realizados por becarios o estudiantes: cuántos se implantan, cuántos continúan desarrollándose después de la estancia, cuánto tiempo permanecen las soluciones en funcionamiento o qué proporción de sus resultados se incorpora al conocimiento organizativo. En definitiva, no se trata solo de mostrar la ejecución o la implantación de un proyecto, sino de observar su impacto sobre la capacidad organizativa una vez se apagan los focos.

8. Conclusión

Una inversión o un proyecto no se convierte automáticamente en capacidad productiva por el hecho de alcanzar sus objetivos. Entre el recurso utilizado y la capacidad que finalmente queda en la organización existe un proceso de incorporación de conocimiento que depende de cómo está organizada la empresa.

La organización necesita poder identificar los problemas, hacer llegar el conocimiento allí donde se toman las decisiones, integrar las soluciones en sus procesos y conservar aquello que se ha aprendido. Para ello importan tanto las estructuras formales de autoridad como los mecanismos que permiten transmitir información desde los niveles donde se genera el conocimiento. También importan las condiciones que hacen posible invertir en las personas y mantener dentro de la organización los conocimientos adquiridos.

La formación puede aumentar las competencias individuales, pero no garantiza por sí sola que esas competencias se conviertan en conocimiento colectivo. Del mismo modo, un proyecto puede producir una solución eficaz sin que esta llegue a incorporarse a las rutinas, procedimientos y capacidades permanentes de la empresa. Por eso, la cuestión relevante no es únicamente si una organización ejecuta una inversión, completa una formación o desarrolla con éxito un proyecto. Es qué puede hacer después que antes no podía hacer, o qué puede hacer ahora de una manera que antes no era posible.

La transformación organizativa comienza cuando el resultado de una inversión deja de ser solamente un resultado y pasa a formar parte de la capacidad de la organización.

9. Bibliografía

[4] Claver-Cortés, E., Pertusa-Ortega, E. M., y Zaragoza-Sáez, P. C. (2008). «Organizational design and knowledge performance: An empirical study». Intangible Capital, 4(3), 166–190. https://doi.org/10.3926/ic.80 [volver]

[5] Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). (2019). «Digitalisation and productivity: A story of complementarities». En OECD Economic Outlook, Volume 2019 Issue 1. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/b2e897b0-en [volver]

[6] Bloom, N. y Van Reenen, J. (2010). «Why Do Management Practices Differ across Firms and Countries?» Journal of Economic Perspectives, 24(1), 203–224. https://doi.org/10.1257/jep.24.1.203 [volver]

[7] Grund, C., Sliwka, D. y Titz, K. (2024). «Works Councils as Gatekeepers: Codetermination, Management Practices, and Job Satisfaction». Labour Economics, 90, 102563. https://doi.org/10.1016/j.labeco.2024.102563 [volver]

[8] Jirjahn, U., Laible, M.-C. y Mohrenweiser, J. (2024). «Management practices and productivity: Does employee representation play a moderating role?». Human Resource Management Journal, 34(1), 236–254. https://doi.org/10.1111/1748-8583.12526 [volver]

[9] Genz, S., Bellmann, L. y Matthes, B. (2019). «Do German Works Councils Counter or Foster the Implementation of Digital Technologies? First Evidence from the IAB-Establishment Panel». Jahrbücher für Nationalökonomie und Statistik, 239(3), 523–564. https://doi.org/10.1515/jbnst-2017-0160 [volver]

[10] Black, S. E. y Lynch, L. M. (2001). «What’s Driving the New Economy? The Benefits of Workplace Innovation». Federal Reserve Bank of New York Staff Reports, n.º 118. Federal Reserve Bank of New York. [volver]

[11] Shin, D., Woodwark, M. J., Konrad, A. M. y Jung, Y. (2022). «Innovation Strategy, Voice Practices, Employee Voice Participation, and Organizational Innovation». Journal of Business Research, 147, 392–402. https://doi.org/10.1016/j.jbusres.2022.04.015 [volver]

[12] Hertel-Fernandez, A. y Kochan, T. A. (2026). «The Worker Voice Gap: How Much Say Do Workers Want—and How Much Do They Actually Experience?». Upjohn Institute Policy Papers, n.º 2026-041. W. E. Upjohn Institute for Employment Research. https://doi.org/10.17848/pol2026-041  [volver]

[13] Adrjan, P., Jessen, J. y Victoria Lanzón, C. (2026). «Restricting Temporary Contracts Increases Firm-Provided Training: Evidence from Spain». CESifo Working Paper, n.º 12594. CESifo, Munich. https://doi.org/10.65864/nwcierg85i [volver]

[14] Gray, K. (2026, 3 de abril). «Intern Conversion Rate Hits Highest Mark in Five Years». National Association of Colleges and Employers (NACE). [volver]

[15] Bellmann, L., Gensicke, M., Kohaut, S., Möller, I., Schwengler, B., Tschersich, N. y Umkehrer, M. (2024). «IAB-Betriebspanel (IAB-BP) 1993–2023». FDZ-Datenreport, 10/2024. Institut für Arbeitsmarkt- und Berufsforschung (IAB). https://doi.org/10.5164/IAB.FDZD.2410.de.v1 [volver]

[16] Borrás Talavera, M. D. y Ramírez Romero, J. M. (coords.). (2025). Talento universitario y empresa: valoración de perfiles, contratación y futuro del empleo en España. McGraw Hill. [volver]


Extracto del artículo publicado originalmente en la plataforma LinkedIn ampliado y adaptado al formato blog.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Ejecutar sin transformar [I]

domingo, 27 de septiembre de 2026
Ejecución, utilización y acumulación de capacidades: por qué aumentar la producción por trabaador no equivale necesariamente a aumentar la capacidad productiva
Infografía: de la inversión a la transformación productiva (fuente: elaboración propia asistido por ChatGPT)

Los fondos europeos constituyen una de las mayores intervenciones de inversión pública realizadas en España en las últimas décadas. Formalmente, dichos fondos tienen como objetivo hacer las economías «más sostenibles, resilientes y mejor preparadas para los desafíos y oportunidades de las transiciones ecológica y digital». Se trata por tanto de un objetivo en último término cualitativo. Sin embargo, la discusión sobre su impacto suele comenzar por cifras fácilmente observables y cuantificables: cuánto dinero ha recibido España, cuánto se ha adjudicado, cuánto se ha ejecutado y cuántos proyectos se han puesto en marcha. Cifras que responden principalmente a la pregunta de cuánto se ha utilizado de los recursos disponibles, pero no de cómo.

Una inversión puede ejecutarse completamente y producir actividad económica sin que la organización que la recibe se haya transformado con la adquisición de nuevas capacidades. Puede instalarse una tecnología sin que se incorpore todo el conocimiento necesario para utilizarla, adaptarla o desarrollarla. Puede aumentar la producción por trabajador sin que haya aumentado la capacidad productiva física de la instalación. El indicador de productividad del trabajo puede confundir una sobrecarga de la capacidad existente o de la carga absorbida por el empleado con mejoras reales de la capacidad productiva. Por eso, evaluar los fondos europeos exige seguir un proceso más largo que el que va desde la adjudicación hasta la ejecución. Hay que preguntarse qué ocurre con los recursos cuando entran en contacto con las capacidades que ya existen en las empresas y en la economía: qué conocimiento se incorpora, qué procesos cambian, qué capacidades se acumulan y qué permanece cuando termina el proyecto.
Ejecutar una inversión no equivale necesariamente a transformar la capacidad productiva.

A partir de ahí aparecen cuatro preguntas relacionadas: qué capacidades encuentran los fondos cuando llegan, qué significa realmente un aumento de la productividad, qué condiciones permiten convertir una inversión en capacidad acumulativa y, finalmente, cómo podemos medir esa transformación.

1. El problema inicial: andar hacia un pozo no calma la sed

La situación actual de los fondos europeos permite observar el problema desde sus primeros resultados. Según BBVA Research, hasta finales de junio de 2026 se habían adjudicado 62.726 millones de euros, equivalentes al 78 % del volumen de inversiones del Mecanismo de Recuperación. Si se mantuviera el ritmo de ejecución observado, podrían quedar sin ejecutar unos 10.000 millones. La distribución presenta además una importante concentración: las grandes empresas representan solamente el 1,5 % de los beneficiarios, pero absorben casi un tercio de los fondos, una cantidad incluso superior a la destinada a las pymes, que representan el 28 % de los beneficiarios y reciben aproximadamente el 27 % de los recursos [1].

Más relevante que el volumen ejecutado es lo que estas cifras permiten preguntar sobre la capacidad de absorción de la economía española: un estudio publicado en 2026 sobre los efectos de Next Generation EU en la transformación industrial española, utilizando las bases ELISA y SABI, encuentra fuertes asimetrías territoriales y sectoriales y muestra que la asignación de los fondos a nivel empresarial está estrechamente relacionada con capacidades estructurales preexistentes [2].

Es decir, la absorción a determinada escala de los fondos está vinculada con la capacidad previa de la organización para utilizarlos. Esto plantea un problema de fondo: si la inversión se absorbe principalmente allí donde ya existen las capacidades organizativas necesarias para aprovecharla, puede reforzar las estructuras productivas que ya disponen de esas capacidades sin transformar en la misma medida aquellas que precisamente presentan el déficit que la inversión pretendía corregir. En definitiva, la relación entre capacidades previas y absorción introduce un mecanismo acumulativo o preferencial:

capacidad previa ➡️ mayor capacidad para absorber fondos ➡️ mayor inversión ➡️ capacidad posterior.

Y, en sentido contrario:

baja capacidad organizativa ➡️ menor capacidad para diseñar y ejecutar proyectos ➡️ menor absorción ➡️ menor acumulación de capacidades.

La cuestión adquiere especial relevancia en una economía cuya productividad presenta déficits persistentes. El Consejo de la Productividad de España ha situado la inversión en capital tecnológico e intangible, el capital humano y la calidad de la gestión entre los factores relevantes para el crecimiento de la productividad. También ha señalado que la baja inversión en capital tecnológico e intangible ha contribuido significativamente a la desaceleración de la productividad española [3].

La cuestión va más allá, por tanto, de cuánto capital recibe una economía: se trata de qué organizaciones tienen capacidad para absorberlo, cómo se distribuye esa capacidad y qué parte de los recursos se convierte finalmente en capacidad productiva acumulativa. Pero incluso cuando observamos un aumento de la producción o de la productividad, seguimos sin tener una respuesta definitiva a esta pregunta. El problema es que los indicadores de productividad registran el resultado de la utilización de los recursos, pero no permiten observar por sí solos qué ha ocurrido con las capacidades que están detrás de ese resultado.

2. El efecto fantasma de la productividad

Las variaciones de la productividad deben interpretarse teniendo en cuenta la forma en que las empresas ajustan sus recursos ante los cambios de la demanda. Cuando la actividad disminuye, la producción se reduce y las organizaciones buscan adaptar sus costes. Una de las principales variables mediante las que puede producirse ese ajuste es el empleo.

Esto resulta especialmente relevante en España, donde la evolución de la productividad laboral ha presentado históricamente una relación estrecha con las fluctuaciones del empleo. Durante las fases de contracción, la reducción de trabajadores puede producir aumentos de la productividad por trabajador, mientras que durante las fases de expansión la incorporación de nuevos trabajadores puede reducirla. Esta relación entre empleo, ciclo económico y productividad constituye una de las características que han contribuido al denominado «puzzle» de la productividad española [17]. El problema puede ilustrarse mediante un ejemplo sencillo. Supongamos una empresa que produce inicialmente 100 unidades con 1.000 trabajadores:

1.000 trabajadores ➡️ 100 unidades ➡️ productividad: 0,10

Si la demanda disminuye y la empresa reduce simultáneamente su producción y su plantilla:

700 trabajadores ➡️ 70 unidades ➡️ productividad: 0,10

la productividad por trabajador permanece igual. La empresa produce menos, pero también utiliza menos trabajo para hacerlo. Ahora bien, supongamos una situación diferente. La plantilla permanece en 700 trabajadores, pero la producción aumenta hasta 90 unidades:

700 trabajadores ➡️ 90 unidades ➡️ productividad: 0,129

La productividad medida ha aumentado aproximadamente un 29 %. La cuestión es entonces: ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo ha sido posible producir más con el mismo número de trabajadores cuando anteriormente no se conseguía? ¿Se ha realizado una inversión tecnológica? ¿Se ha modificado la maquinaria? ¿Ha aparecido un nuevo proceso de producción? ¿Ha mejorado la organización? ¿Se están utilizando de forma diferente los recursos que ya existían? Y, si es este el caso, ¿cuáles han sido los factores que han permitido ese cambio en una coyuntura y no en otra?

El cálculo de la productividad registra el resultado, pero no responde por sí mismo a estas preguntas. Una empresa puede aumentar la producción por trabajador y, sin embargo, mantener esencialmente la misma infraestructura, los mismos procesos y la misma tecnología. El aumento observado a través de una métrica simple puede proceder de una transformación de la capacidad productiva, pero no permite distinguirlo de los casos en los que se someten a sobrecarga los recursos existentes. Lo más interesante, sobre todo en el caso español, es que este no es un ejemplo ficticio; es, en todo caso, una simplificación de lo que realmente ocurre.

La investigación de Comin, Quintana, Schmitz y Trigari proporciona una evidencia relevante para este problema [18]. Su trabajo muestra que las estimaciones convencionales de la Productividad Total de los Factores pueden confundir cambios en la eficiencia con cambios en la utilización de los factores productivos. Los autores incorporan información sobre beneficios, costes de ajuste y utilización de la capacidad y obtienen estimaciones de la PTF considerablemente menos volátiles y menos procíclicas que las obtenidas mediante los métodos convencionales.

El resultado es especialmente relevante porque obliga a distinguir entre un cambio en la eficiencia o capacidad productiva y un cambio en la forma en que se están utilizando los recursos disponibles. Una variación de la productividad puede reflejar una transformación tecnológica u organizativa, pero también una modificación de la intensidad con que se utilizan el capital y el trabajo.

Esta cuestión adquiere una importancia particular cuando el empleo constituye una variable de ajuste. Una empresa puede reducir su plantilla y redistribuir las tareas entre los trabajadores que permanecen. También puede concentrar una proporción mayor del tiempo disponible en la producción inmediata. El mecanismo podría representarse de la siguiente manera:

reducción de plantilla
        ⬇️
redistribución de tareas
        ⬇️
mayor concentración en la producción inmediata
        ⬇️
aumento de la productividad medida

Pero esta reorganización puede tener consecuencias que no aparecen directamente en el indicador. En las organizaciones manufactureras, una parte del trabajo no está destinada exclusivamente al output inmediato. La formación, el mantenimiento preventivo, la coordinación, la documentación, la prevención de errores, la mejora de procesos y la innovación incremental contribuyen a conservar y desarrollar capacidades cuyo rendimiento puede aparecer posteriormente.

Durante un periodo de ajuste, algunas de estas actividades pueden reducirse para concentrar los recursos disponibles en la producción inmediata. La organización puede mantener o aumentar el output utilizando una plantilla menor, mientras una parte mayor del trabajo de quienes permanecen se concentra en las actividades directamente relacionadas con la producción.

Esto permite distinguir entre dos fenómenos que no tienen por qué coincidir. Por una parte, puede aumentar la producción obtenida por cada trabajador. Por otra, puede mantenerse relativamente estable —o incluso reducirse— la capacidad de la organización para conservar conocimiento, formar trabajadores, adaptarse y desarrollar nuevos procesos.

Podemos denominar provisionalmente efecto fantasma de la productividad a esta posible divergencia entre la productividad que registra el indicador y la transformación efectiva de la capacidad productiva de la organización. El concepto no pretende cuestionar el cálculo: si aumenta la producción por trabajador, el aumento registrado es real. Lo que se plantea es qué parte de esa variación corresponde a una transformación de la capacidad productiva y qué parte puede proceder de una modificación de la cantidad, composición o utilización del trabajo y de otros recursos existentes.

La evidencia disponible permite observar algunos de los mecanismos que intervienen en esta relación. En España, diversos estudios han encontrado que determinadas características del mercado laboral dual pueden reducir los incentivos para la formación y afectar negativamente a la productividad total de los factores [19]. También se ha observado que una elevada presencia de empleo temporal puede dificultar la conversión de los esfuerzos de innovación en innovaciones de producto [20].

Estos resultados no permiten reconstruir mediante un único indicador todo lo que ocurre dentro de una organización. Pero muestran que la forma en que se ajusta y utiliza el trabajo tiene consecuencias que van más allá de la cantidad de producción obtenida en un momento determinado. El empleo no constituye únicamente un factor cuyo volumen puede aumentar o reducirse. Su estabilidad, composición y utilización afectan también a la formación, a la acumulación de conocimiento, a la innovación y a la continuidad de determinadas capacidades organizativas.

Por ello, las variaciones de productividad deben interpretarse junto a otros procesos que habitualmente permanecen separados en las estadísticas. El indicador registra el output obtenido por los recursos empleados, pero no permite observar directamente qué sucede con las capacidades que permitirán a la organización producir, adaptarse o innovar en el futuro.

El efecto fantasma de la productividad designa precisamente ese problema de observación: una variación de la productividad medida puede ser perfectamente real sin corresponderse necesariamente con una transformación equivalente de la capacidad productiva subyacente. Cuando el indicador está influido por cambios en la utilización de los factores y por la forma en que se ajusta el empleo, resulta necesario observar también qué sucede dentro de la organización. De lo contrario, podemos confundir una modificación en la utilización de una capacidad existente con una transformación de la capacidad misma.

3. El problema de la capacidad de absorción

Llegados a este punto, la pregunta inicial sobre los fondos europeos ha de plantearse en otros términos. No se trata solamente de cuánto dinero ha recibido España, cuánto se ha adjudicado o cuánto se ha ejecutado. Tampoco basta con determinar si los proyectos financiados han producido actividad económica. Todas estas variables describen diferentes fases del proceso, pero dejan abierta la cuestión fundamental: qué capacidad permanece después de la inversión.

Los fondos europeos proporcionan recursos financieros extraordinarios. Pero esos recursos llegan a empresas, administraciones y sectores que ya poseen una determinada estructura productiva, un determinado capital humano, unas determinadas capacidades de gestión y unas determinadas relaciones entre organizaciones. Por eso, la capacidad para aprovechar una inversión no comienza cuando llega el dinero. La capacidad de absorción depende, precisamente, de las condiciones que permiten a una organización o a una economía incorporar recursos externos, combinarlos con los recursos ya existentes y convertirlos posteriormente en capacidades propias.

La inversión puede proporcionar parte de estos recursos, pero no sustituye de manera inmediata las capacidades organizativas, las relaciones productivas y el conocimiento que una economía ha acumulado durante años. Esto introduce una diferencia fundamental entre financiar una capacidad y disponer de las condiciones necesarias para utilizarla. La misma cantidad de capital puede producir resultados diferentes dependiendo de la organización que la recibe y del ecosistema productivo en el que se integra. Se puede representar esta relación de forma sencilla:

          capital externo ➡️ inversión ➡️ capacidad productiva

pero también:

  capital externo           ➕
  capital humano            ➕ 
  conocimiento organizativo ➕ 
  gestión                   ➕ 
  ecosistema productivo     ➡️ capacidad productiva acumulativa.

La segunda cadena permite entender por qué la disponibilidad de capital no garantiza por sí sola una transformación. Si algunos de los componentes necesarios para absorber, utilizar e integrar los recursos son insuficientes, una parte de la inversión puede seguir produciendo actividad, empleo o producción sin generar una capacidad equivalente para afrontar la siguiente transformación. Esta limitación tiene además una dimensión temporal. Una carencia que ya existía antes de la llegada de los fondos no desaparece necesariamente por el hecho de disponer ahora de más recursos financieros.

Si el objetivo de los fondos es transformar la estructura productiva, no basta con conseguir que el dinero llegue a un proyecto elegible. Hay que conseguir que la inversión produzca capacidades que permanezcan cuando desaparezca la financiación. Eso exige prestar atención a variables que no siempre aparecen en la evaluación inmediata de los programas: formación, conocimiento interno, capacidad de gestión, integración entre departamentos, colaboración entre empresas y centros de investigación, desarrollo de proveedores, capacidad tecnológica propia y mecanismos para conservar y transmitir el conocimiento generado. En este sentido, la cuestión política que plantean los fondos europeos es más compleja que decidir dónde gastar el dinero.

Hay que decidir qué capacidades necesita la economía para poder aprovecharlo y cómo se construyen esas capacidades.

Si una economía llega a una transformación tecnológica sin suficiente capacidad para identificar, utilizar y desarrollar el conocimiento disponible, sin mecanismos eficaces de transmisión del conocimiento, sin organizaciones capaces de aprender y sin un ecosistema industrial capaz de desarrollar la nueva tecnología, el dinero puede financiar la adquisición de soluciones externas, puede incluso generar actividad económica considerable, pero una parte sustancial de la capacidad necesaria para la siguiente transformación seguirá teniendo que importarse. Esto permite reformular finalmente la pregunta que estaba detrás de todo el análisis:

¿Hasta qué punto los fondos europeos están financiando una transformación de la capacidad productiva española y hasta qué punto están financiando inversiones que una estructura productiva preexistente todavía no está en condiciones de convertir plenamente en capacidad propia?

La cuestión relevante no consiste en evaluar el uso de los fondos únicamente en términos de beneficio económico inmediato o de rentabilidad política, sino en analizar cuáles eran los problemas previos cuya solución no dependía necesariamente de disponer de más dinero, sino de cambios en las estructuras organizativas, productivas e institucionales. La naturaleza de estos problemas hace que sus implicaciones trasciendan necesariamente los ciclos políticos y las diferencias partidistas.

4. La importancia de lo que no se mide

Si la cuestión fundamental es qué capacidad permanece después de la inversión, entonces el problema ya no es solamente qué se financia ni cuánto se ejecuta, sino qué somos capaces de observar sobre ese proceso de transformación. A lo largo del análisis hemos encontrado distintas formas de medir la actividad económica y productiva: recursos adjudicados, inversión ejecutada, empleo, producción, productividad, gasto en I+D, incorporación de tecnología, formación o número de proyectos realizados. Cada una de estas variables permite observar una parte del proceso. Sin embargo, la utilización efectiva de los recursos no depende únicamente de que estos hayan sido asignados o ejecutados, sino también de la capacidad de las organizaciones y de la economía para integrarlos en su funcionamiento. Esta cuestión conecta directamente con la preocupación expresada por las instituciones europeas respecto a la capacidad de España para aprovechar plenamente los recursos del Plan de Recuperación [24].

Sin embargo, entre la entrada de recursos y la aparición de una nueva capacidad productiva existe una diferencia que no puede reducirse a la simple suma de esas variables. Una inversión puede ejecutarse, una tecnología puede instalarse y un proyecto puede producir un resultado sin que ello implique necesariamente que la organización haya incorporado plenamente esa inversión a su funcionamiento ni que haya sustituido o transformado las capacidades y procedimientos anteriores.

Para que una inversión se convierta en una capacidad propia deben producirse procesos adicionales. El capital debe combinarse con el conocimiento existente, las nuevas tecnologías deben integrarse en los procesos de trabajo, los trabajadores deben adquirir o adaptar competencias, la información debe circular entre diferentes niveles de la organización y las soluciones desarrolladas deben incorporarse de manera estable a su funcionamiento.

Podemos observar, por ejemplo, cuánto dinero se ha destinado a un proyecto, qué tecnología se ha adquirido, cuántas personas han participado o qué resultado inmediato se ha obtenido. Resulta más difícil determinar qué ha ocurrido después con la organización que ha recibido esa inversión: qué conocimiento se ha generado, qué conocimiento previo se ha utilizado, cómo se han combinado ambos, quién ha participado en la adaptación de la solución, qué procesos han cambiado y qué parte de esa experiencia permanece disponible para afrontar problemas posteriores. La diferencia puede expresarse de forma sencilla:

recursos ➡️ proyecto ➡️ resultado

frente a:

recursos ➡️ integración ➡️ adaptación ➡️ aprendizaje ➡️ capacidad permanente

La primera secuencia permite observar la ejecución de una actividad. La segunda exige observar cómo esa actividad modifica la organización y si el resultado obtenido llega realmente a incorporarse a su funcionamiento.

Esta diferencia resulta especialmente importante para el problema que plantean los fondos europeos. Si el objetivo consiste únicamente en ejecutar una inversión, resulta suficiente comprobar que los recursos han sido adjudicados, utilizados y justificados. Pero si el objetivo consiste en transformar la capacidad productiva, es necesario observar algo más: qué ha cambiado en la organización como consecuencia de la inversión y qué capacidad posee después que no poseía antes.

Aquí aparece una primera dificultad. La transformación constituye uno de los objetivos declarados de una inversión de esta magnitud, pero resulta mucho más fácil encontrar indicadores sobre la adjudicación y ejecución de los recursos, la realización de proyectos o sus resultados inmediatos que mecanismos capaces de seguir sistemáticamente cómo esos recursos se convierten en nuevas capacidades dentro de las organizaciones.

La cuestión no consiste simplemente en añadir más indicadores a una estadística existente. El problema es anterior: para medir la transformación es necesario decidir qué entendemos por transformación y observar el proceso mediante el cual se produce.

Esto explica también por qué determinados indicadores pueden resultar insuficientes. Un aumento de la productividad medida no determina por sí mismo si ha aumentado la capacidad productiva subyacente. La realización de un proyecto no determina si su resultado ha quedado incorporado al funcionamiento ordinario. La adquisición de una tecnología no determina si la organización ha aprendido a utilizarla, modificarla o desarrollar nuevas aplicaciones a partir de ella. La formación de trabajadores tampoco garantiza que sus conocimientos encuentren un lugar en el que puedan ser utilizados. En todos estos casos es posible observar una actividad o un resultado sin observar completamente la transformación que debería producirse entre ambos.

La ausencia de esta información resulta significativa. No porque la falta de una medición concreta permita determinar por sí sola sus causas, sino porque revela una diferencia en la atención que reciben distintas partes del proceso. Existe un interés considerable por conocer cuánto dinero se adjudica, cuánto se ejecuta, cuántos proyectos se realizan o qué resultados inmediatos pueden atribuirse a una inversión. Sin embargo, existe una atención mucho menor hacia la cuestión de cómo se modifica la capacidad de las organizaciones que reciben esos recursos.

Es posible, por tanto, que una evaluación registre simultáneamente:

fondos adjudicados    ✅
fondos ejecutados     ✅
proyecto realizado    ✅
tecnología incorporada✅
resultado obtenido    ✅

sin poder responder con la misma precisión:

❓ ¿Qué conocimiento permanece?
❓ ¿Qué procesos han cambiado?
❓ ¿Qué capacidad nueva posee la organización?
❓ ¿Qué problemas podrá resolver ahora que antes no podía resolver?
❓ ¿Qué parte de esa capacidad seguirá existiendo cuando desaparezca la financiación?

Esta última dimensión conecta los problemas examinados anteriormente. Una organización puede disponer de trabajadores cualificados cuyo conocimiento no se utiliza plenamente, incorporar tecnología desarrollada externamente, recibir capital para financiar nuevos proyectos y obtener resultados inmediatos. Pero nada de ello garantiza por separado que la organización haya aumentado su capacidad para producir, aprender y adaptarse. La cuestión decisiva es cómo se combinan esos recursos y si la organización consigue incorporarlos a sus propias capacidades.

Esto permite conectar una preocupación expresada desde la evaluación europea con los problemas observados a lo largo del análisis. La dificultad para aprovechar plenamente una inversión puede hacerse visible en los resultados de ejecución y utilización de los recursos, pero sus causas pueden encontrarse en condiciones anteriores a la llegada de los fondos: formación insuficiente, dificultades de coordinación, problemas de gestión, escasa integración del conocimiento, estructuras organizativas rígidas, separación entre conocimiento y autoridad o limitaciones para conservar y transmitir la experiencia acumulada.

El problema, por tanto, no comienza necesariamente cuando llegan los recursos. En muchos casos, la inversión encuentra una estructura productiva y organizativa previa que determina lo que puede hacerse con ella.

Precisamente esta dimensión ocupa un lugar mucho menos visible en los sistemas habituales de evaluación. Puede declararse como objetivo la transformación de una estructura productiva y medir con gran precisión la ejecución de los recursos, los proyectos realizados y sus resultados inmediatos sin disponer de información equivalente sobre cómo se incorporan posteriormente a la capacidad de las organizaciones.

La propia estructura de evaluación introduce otra cuestión relevante. El Mecanismo de Recuperación y Resiliencia es un instrumento basado en el cumplimiento de hitos y objetivos previamente acordados entre los Estados miembros y las instituciones europeas. Los desembolsos dependen de la evaluación del cumplimiento satisfactorio de esos parámetros [25]. Este sistema permite comprobar con precisión determinados resultados de las reformas e inversiones, pero no garantiza por sí mismo que todos los procesos relevantes para valorar una transformación estructural estén incluidos entre los elementos observados.

En este contexto resulta significativa la preocupación expresada por las instituciones europeas respecto a la capacidad de España para aprovechar plenamente los recursos disponibles. Esa preocupación conecta directamente con el análisis anterior: disponer de recursos para realizar una inversión no garantiza que una organización o una economía pueda integrarlos plenamente en su funcionamiento, utilizar las posibilidades que generan y transformar con ellos su capacidad productiva.

Si la transformación constituye el objetivo, la evaluación debería permitir determinar qué ha cambiado como consecuencia de la inversión respecto a la capacidad anterior.

5. Conclusión

Los fondos europeos permiten observar con especial claridad un problema que, en realidad, es anterior a los propios fondos. Una economía no comienza a construir capacidad productiva cuando recibe recursos financieros. Estos llegan a organizaciones que ya poseen determinadas formas de conocimiento, estructuras de gestión, relaciones productivas y capacidades tecnológicas.

Por eso, entre la inversión y la transformación existe un proceso intermedio decisivo. El capital debe combinarse con las capacidades existentes; la tecnología debe integrarse; el conocimiento debe circular; los trabajadores deben poder utilizar y transmitir lo aprendido; y los resultados de los proyectos deben incorporarse a la organización.

Esto permite entender también los límites de los indicadores convencionales. Los fondos pueden estar adjudicados y ejecutados, los proyectos pueden realizarse y la productividad puede aumentar sin que sepamos todavía qué capacidad nueva posee la organización después de la inversión.

La pregunta fundamental es, por tanto, qué puede hacer ahora una organización que antes de la inversión no podía hacer, o no podía hacer en las mismas condiciones. Porque transformar no significa simplemente utilizar recursos para producir un resultado. Significa que, después de utilizarlos, queda una capacidad que antes no existía.

6. Bibliografía

[1] BBVA Research. (2026, 28 de agosto). España | ¿Cómo va la ejecución de los fondos NGEU? Actualizado el 2 de septiembre de 2026. BBVA Research. Enlace: BBVA Research — ¿Cómo va la ejecución de los fondos NGEU?  [volver]

[2] Lozano-Reina, G., Sánchez-Marín, G., y Baixauli-Soler, J. S. (2026). «Next Generation EU and industrial transformation: Evidence from Spain». Structural Change and Economic Dynamics, 77, 123–136. https://doi.org/10.1016/j.strueco.2026.01.002 [volver]

[3] Consejo de la Productividad de España. (2026). I Informe del Consejo de la Productividad de España (2025). Ministerio de Economía, Comercio y Empresa. Enlace: Consejo de la Productividad de España — I Informe (2025) [volver]

[17] Hospido, L. y Moreno-Galbis, E. (2015). «The Spanish Productivity Puzzle in the Great Recession». Banco de España Working Paper No. 1501. Enlace: PDF — The Spanish Productivity Puzzle in the Great Recession  [volver]

[18] Comin, D., Quintana, J., Schmitz, T. y Trigari, A. (2025). «Revisiting Productivity Dynamics in Europe: A New Measure of Utilization-Adjusted TFP Growth». Journal of the European Economic Association, 23(4), 1598–1633. https://doi.org/10.1093/jeea/jvaf003 [volver]

[19] Dolado, J. J., Ortigueira, S. y Stucchi, R. (2016). «Does Dual Employment Protection Affect TFP? Evidence from Spanish Manufacturing Firms». SERIEs, 7(4), 421–459. https://doi.org/10.1007/s13209-016-0150-9 [volver]

[20] Rodríguez-Ruiz, Ó., Fernández-Menéndez, J., Díaz-Martínez, Z. y Fossas-Olalla, M. (2020). «The Impact of Temporary Workers on the Conversion of Innovation Efforts into Product Innovations: The Case of Spanish Companies». Evidence-based HRM: A Global Forum for Empirical Scholarship, 9(3), 276–292. https://doi.org/10.1108/EBHRM-01-2020-0005  [volver]

[24] European Commission (2025). Country Report – Spain 2025. European Semester. EUR-Lex / European Commission. Enlace: European Commission — Country Report Spain [volver]

[25] European Commission. Recovery and Resilience Scoreboard: Milestones and Targets; Common Indicators. European Commission. Enlace: European Commission — Recovery and Resilience Facility / Scoreboard [volver]

Extracto del artículo publicado originalmente en la plataforma LinkedIn ampliado y adaptado al formato blog.




miércoles, 1 de abril de 2026

Cuando las culturas fracasan

miércoles, 1 de abril de 2026

Cómo los sistemas culturales generan innovación, la capturan y acaban entrando en crisis por sus propias dinámicas internas.

Poder, cultura y el colapso de los sistemas

A lo largo del siglo XX, distintos pensadores han intentado explicar la transformación y el declive de las sociedades complejas. Algunos, como Oswald Spengler, describieron estos procesos como ciclos casi orgánicos de auge y decadencia. Otros, como Michel Foucault, analizaron cómo las estructuras de poder producen los marcos de verdad que sostienen esos sistemas. Sin embargo, ambos enfoques dejan una cuestión fundamental en segundo plano. No se trata simplemente de por qué las sociedades colapsan o se transforman, ni de cómo construyen sus relatos de legitimidad, sino de algo más profundo.

Los sistemas sociales que, en determinados momentos, logran generar estabilidad, crecimiento y complejidad, acaban reproduciendo patrones similares en su caída. Las mismas innovaciones que alumbraron nuevos periodos de progreso, se convierten en formas más sofisticadas de control y coacción. Según la visión de estos autores, parece haber cierta inevitabilidad en este proceso. Como si el auge y caída de los imperios fuera algo inevitable o la dificultad de alcanzar una verdad definitiva tuviera que impedirnos buscarla sin más.

Esto abre un margen de cuestionamiento distinto. Tal vez las causas que conducen a la crisis no aparecen al final del proceso, sino que están presentes desde el inicio, aunque quedan eclipsadas por el éxito inicial del sistema. La expansión y el crecimiento no eliminan esas tensiones, las contienen temporalmente. Desde esta perspectiva, el colapso puede entenderse como una dinámica interna que opera desde el principio de manera inadvertida, en lugar de errores de criterio o de inevitabilidades históricas.

Una forma de aproximarse a este proceso es observar los momentos en los que las sociedades han logrado generar entornos especialmente fértiles para la innovación. Aunque estos espacios se apoyan en avances previos y periodos de estabilidad, rara vez emergen desde los centros de poder. Surgen más bien en zonas periféricas, donde la cooperación, la educación, la estabilidad institucional y la inversión a largo plazo permiten la aparición de nuevas ideas. Son entornos que no nacen de forma espontánea del mercado ni de instituciones rígidas que operan sobre su propia legitimidad, sino de marcos políticos y colectivos que los hacen posibles.

A pesar de ello, la innovación que emerge en estos contextos tiende a ser progresivamente capturada por estructuras económicas y burocráticas que la organizan, la escalan y la explotan, reconfigurando en el proceso nuevas formas de centralidad de poder. Este proceso no es necesariamente negativo: permite el crecimiento y la expansión del sistema. Sin embargo, el problema aparece cuando esa dinámica de apropiación comienza a desplazar y, en ocasiones, a sofocar las condiciones que hicieron posible la innovación inicial. En ese punto, la capacidad de generar nuevas ideas tiende a estancarse dentro de la estructura dominante, reapareciendo con el tiempo en los márgenes donde el sistema aún no ha consolidado su control.

La importancia del marco político

Precisamente, una de las confusiones más extendidas en el discurso contemporáneo consiste en considerar el Estado como algo opuesto al mercado. Determinados enfoques tienden a atribuir al llamado «mercado libre» la capacidad de generar innovación de forma casi autónoma, mientras que el papel del Estado queda reducido al de un obstáculo o una interferencia. Sin embargo, aunque no son los políticos ni las estructuras burocráticas quienes generan directamente las nuevas ideas, esta visión ignora un hecho fundamental: los procesos de innovación sostenida dependen de un entramado político, institucional y social que no puede reducirse a la lógica de mercado y que, en gran medida, se sostiene sobre decisiones colectivas y marcos públicos.

La educación pública, la investigación financiada colectivamente, las infraestructuras, la estabilidad jurídica o la sanidad no son elementos accesorios, sino condiciones estructurales que permiten la generación de valor en sociedades complejas. Ejemplos paradigmáticos como el desarrollo tecnológico en Silicon Valley muestran que los ecosistemas más innovadores surgen precisamente allí donde existe una combinación de inversión pública, instituciones sólidas y entornos de cooperación. El capitalismo, en este sentido, no crea estas condiciones por sí mismo, sino que opera sobre ellas. Su capacidad de crecimiento depende de un marco previo que posibilita dinámicas de suma no cero —cooperación, conocimiento acumulado, creatividad—. Sin embargo, a medida que la lógica de acumulación gana autonomía, tiende a apropiarse de los resultados de ese proceso sin necesariamente reinvertir en sus condiciones de origen.

La llegada de las crisis

Cuando el sistema político pierde capacidad para sostener ese marco —ya sea por desregulación, captura institucional o debilitamiento de lo público—, las dinámicas de generación de valor se erosionan progresivamente. El sistema puede seguir funcionando durante un tiempo mediante la explotación de innovaciones pasadas, pero su capacidad de adaptación real disminuye. En este contexto, la innovación deja de ser transformadora y pasa a ser incremental o técnica: se optimiza lo existente, pero no se cuestionan sus fundamentos. Las organizaciones se vuelven más complejas y eficientes en apariencia, pero menos capaces de adaptarse a cambios estructurales.

Mientras tanto, los marcos de verdad que sostienen ese sistema continúan operando, aunque cada vez con mayor dificultad para explicar la realidad que han contribuido a generar. Las contradicciones no desaparecen, sino que se acumulan. La crisis no aparece entonces como un accidente, sino como el resultado de una pérdida de funcionalidad. El sistema ya no puede sostener las condiciones que lo legitimaban, pero tampoco ha permitido el desarrollo de alternativas suficientes.

En ese punto, la transformación se vuelve necesaria, no por destino ni por la imposibilidad de alcanzar una verdad definitiva, sino porque las tensiones internas alcanzan un nivel en el que ya no pueden gestionarse con los mecanismos existentes, obligando a una reconfiguración —en ocasiones traumática— para poder seguir funcionando. En realidad, el sistema nunca llegó a ser plenamente funcional, sino que durante su expansión fue capaz de contener y posponer los efectos de las incoherencias que lo atravesaban.

Transformación y desplazamiento

La innovación que finalmente permite esa transformación no surge como continuación natural del sistema, sino, en muchos casos, como aquello que había sido previamente marginado, ignorado o bloqueado. Lo que se presenta como un cambio repentino es, en realidad, la liberación tardía de posibilidades que el propio sistema había contenido. A menudo, estas innovaciones no son el resultado de una adaptación consciente del sistema, sino que emergen en sus márgenes cuando la crisis abre fisuras por las que asoman nuevas ideas. No obstante, estas acaban siendo reconocidas, apropiadas e integradas por la estructura dominante.

Desde esta perspectiva, la historia no es una sucesión de ciclos inevitables ni una simple lucha ideológica, sino un proceso en el que las estructuras de poder y los marcos de verdad que generan entran periódicamente en contradicción con su propia capacidad de sostenerse. El poder, en su configuración histórica concreta, tiende a priorizar su propia perpetuación. La funcionalidad social no constituye su finalidad, sino una condición que se activa cuando resulta necesaria para sostener el funcionamiento del sistema.

De este modo, el sistema puede operar durante largos periodos, aun cuando su propio funcionamiento erosiona progresivamente las condiciones que lo hacen posible, posponiendo sus efectos hasta que estos se vuelven inevitables. En este contexto, las excepciones individuales tienden a adquirir un valor simbólico desproporcionado. Las figuras que logran prosperar dentro del sistema se presentan como prueba de su validez —el individuo hecho a sí mismo—, ocultando las condiciones estructurales que facilitan o limitan su aparición. 

Así, el individuo como excepción se convierte en norma aparente, reforzando un marco que, en términos generales, continúa operando bajo las mismas incongruencias. Estas figuras no surgen de la nada, sino en contextos profundamente dependientes de dinámicas colectivas y condiciones previas que el propio sistema tiende a invisibilizar al individualizar sus resultados.

Y es en esa contradicción donde se abre, siempre tarde y nunca sin coste, la posibilidad del cambio.

Bibliografía de referencia

  • Foucault, Michel. (1975). Vigilar y castigar
  • Kuhn, Thomas S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas.
  • Spengler, Oswald. (1918). La decadencia de Occidente. 
  • Žižek, Slavoj. (1989). El sublime objeto de la ideología.

lunes, 9 de abril de 2012

Entropía en la nube

lunes, 9 de abril de 2012
Representación de Internet como una «nube» de datos e información

El concepto de «computación en la nube» (cloud computing) está siendo utilizado con relativa asiduidad en el ámbito de los grandes proyectos relacionados con Internet. El todopoderoso Google, basa parte de la eficacia de su buscador en dicho concepto, y muchas de sus aplicaciones incluida la de su futuro sistema operativo, están basadas en esta tecnología o concepto informático. Esta técnica está muy relacionada con la llamada computación compartida, en la que un gran número de computadores convencionales conectados en red actúan de forma coordinada compartiendo tiempo de computación y procesando de forma paralela fragmentos de código, de forma que el rendimiento global podría superar con creces al que cualquier supercomputador.

Podría por tanto definirse «la nube» en términos que nos interesan para este caso, como la maraña formada por la red mundial y todos los equipos, bases de datos y fuentes de información en general conectadas a ella. El termino «nube» es apropiado como veremos, ya que existe un parámetro que relaciona a esta nube de datos e información con los sistemas gaseosos. Seguramente, las personas familiarizadas con la física y los procesos termodinámicos conocen una magnitud muy utilizada en estos ámbitos denominada entropía. La principal característica que la define podría enunciarse de la siguiente manera: cuanta mayor entropía, menor será la cantidad de energía aprovechable en un sistema cualesquiera.

En Teoría de la Información, la entropía es también utilizada para medir el grado de relevancia de la información extraída. Normalmente, cuanta mayor sea la probabilidad de encontrar una palabra, por ejemplo, menor relevante será. Digamos que: a mayor entropía informativa, menor información relevante. Para poder utilizar los conceptos termodinámicos de la física aplicados a la información con la esperanza de comprender mejor lo que ocurre con la información en «la nube», se continua con la analogía mostrando en la siguiente tabla la relación de conceptos de ambos ámbitos:

Fuerza/masa/peso Datos
Energía (capacidad de producir trabajo) Información (capacidad de producir conocimiento)
Trabajo Conocimiento
Tabla 1. — Relación entre los conceptos de la termodinámica
y la teoría de la información (Fuente: elaboración propia)

La tabla anterior podría explicarse de la siguiente manera:
  • Fuerza/datos: cuando mandamos un correo con archivos adjuntos o descargamos una imagen, se suele referirse al tamaño como «el peso», esto es, independientemente de cuales sean los datos y la información que contengan. Igual peso tendrá un archivo de un megabyte, sea un .pdf, un .jpg o un .zip corrupto. El peso en física es la fuerza con la que la masa de nuestro planeta nos atrae, y es directamente proporcional a la masa. Los datos son por tanto el equivalente en la nube informativa de la masa que hay que transmitir con un determinado ancho de banda o velocidad de transmisión.
  • Energía/información: Albert Einstein demostró al mundo que masa y energía son dos caras de la misma moneda. Los datos son por tanto en nuestra nube, materia transformable en energía informativa.
  • Trabajo/conocimiento: en física, no toda la energía es aprovechable. En todas las máquinas hay siempre una parte de energía que se escapa en forma de calor y que por lo tanto, no produce trabajo. Por ejemplo, se puede estar empujando una mesa con toda la fuerza del mundo, que hasta que no empiece a moverse no se producirá trabajo, empleándose una energía proporcional al producido. El resto de energía se escapa en forma de calor que nos produce sudores, los mismos que corren por nuestra frente cuando no encontramos más que información que no nos satisface para conocer lo que deseamos averiguar. En definitiva, no toda la información produce conocimiento, y no siempre (casi nunca) mucha información implica mayor conocimiento.

Para que la energía sea aprovechable ha de existir un desequilibrio termodinámico para que fluya de una parte a otra produciendo trabajo en el proceso. Cuando realizamos una búsqueda, se asume que no toda la información es igualmente relevante, y que existirá una de ella que producirá conocimiento cuando fluya al receptor que la necesite. Igualmente, el receptor ha de ignorar la información que contiene, ya que si ya la conoce no le será de utilidad. Estas situaciones en las que hay grandes desequilibrios implican una baja entropía y por lo tanto, mayor probabilidad de encontrar información que produzca conocimiento. De que exista un flujo de información.

Si por el contrario la mayor parte de la información posee la misma relevancia, es decir, la misma capacidad de producir conocimiento, esto ha de significar que casi todo lo que se encuentre tendrá escaso valor. Esto es lo que ocurre con aquellas palabras de un texto que no aportan información, como por ejemplo los artículos o las conjunciones. Cuanto más ruido exista de este tipo, mayor entropía y menor conocimiento serán capaces de producir. En los sistemas termodinámicos la alta entropía implica que se está en equilibrio. Que está inerte.

La variedad será entonces una indicación de baja entropía. La uniformidad es la muerte del conocimiento.

Enlaces relacionados
  • Marcos Ros Martín. Los flujos de información ni se crean ni se destruyen, solo se trasforman. Blog El periodista enredado. Enlace aquí. [publicado 30/julio/2009]
  • Stefan Nikolaev. Siete buscadores semánticos que quizá te hagan olvidar Google. Periodista digital. Enlace aquí [publicado 03/05/2010]
  • Antonio Ortíz. Qué es el cloud computing. Blog Error 500. Enlace aquí. [publicado 17/12/2008]

viernes, 6 de abril de 2012

Información y conocimiento

viernes, 6 de abril de 2012
Vivimos en la era de la información. Nunca, en ningún otro momento de la Historia se ha disfrutado de semejante capacidad para almacenar, clasificar y transmitir información. Sin embargo, la capacidad del ser humano no ha variado. Esto provoca que, paradójicamente, la sociedad se encuentre más perdida y más mal informada que en otras épocas en las que las limitaciones tecnológicas actuaban como filtro y, de esta forma, sólo aquella información valiosa y contrastada era publicada.

image
Fuente: elaboración propia
Hasta ahora, las dificultades consistían en la búsqueda de sistemas de almacenaje, clasificación, transmisión y  recuperación de la información. Con la informática, el almacenaje y transmisión de la información quedaban satisfactoriamente resueltos, pero al aumentar la cantidad de información y los medios de transmisión, los sistemas de clasificación y recuperación quedaban obsoletos. Es decir, el avance tecnológico que implica una mayor capacidad para almacenar y transmitir información, provoca que esta sea menos accesible al quedarse los sistemas que permiten al ser humano recuperarla de forma precisa y exhaustiva, inútiles.

Pero la información es tan sólo lo que los sistemas informáticos manejan bien. Es para lo que están hechos. Lo que no saben manejar ya que de momento no «comprenden», es el conocimiento. El Saber Humano ha sido almacenado (y clasificado y transmitido) a lo largo de la Historia de diversas maneras, pero ha sido siempre el ser humano el que finalmente ha «capitalizado» toda esa información en forma de conocimiento útil para el mismo. Toda la información del universo no sirve para nada sino es capaz de generar un conocimiento útil en un receptor adecuado. Los datos son la materia bruta de la información, y la información lo es a su vez del conocimiento.

Los datos en forma de unos y ceros son indistinguibles para un computador que los almacena y transmite indiscriminadamente. Si le aplicamos un protocolo podremos organizar dichos datos en forma de información coherente. Pero es sólo el ser humano el que es capaz de convertir esa información en conocimiento.

Y para lograr esto es necesario que le llegue de una forma ordenada e inteligible. Que sea precisa, exhaustiva y relevante, arreglo a unos deseos de conocimiento específico, entre todo el creciente ruido en las Redes.

sábado, 4 de febrero de 2012

La misma guerra de siempre

sábado, 4 de febrero de 2012
¿Tienen dueño las ideas? Esta sencilla pregunta, esconde un debate seguramente mucho más profundo de lo que parece a simple vista. Actualmente, en la era de la información, de la comunicación, y del intercambio de ideas en forma de etéreos flujos de bits a través de la nube, auténtica metáfora del reino platónico de las ideas, adquiere una importancia como seguramente en la Historia no ha tenido nunca.

Tener una idea se asocia con una bombillita que surge de repente sobre tu cabeza. Pero poseer una como si se pudiera guardar en un cajón, se me antoja extraño y distinto. Que ahora se hable de la propiedad intelectual, y se realicen acciones judiciales y policiales como si de robos de banco se tratase, me hace sentir como si me hubiera perdido algo. No observo que se hable de propiedades intelectuales, sino de propiedades materiales. O del fruto material del comercio con ellas.

¿Cómo se ha llegado a esto? Imagino que en la antiguedad las ideas no significaban nada si no se ponían en práctica. El comercio con «ideas», apenas se ha realizado o ha supuesto importancia alguna en la Historia. Siempre se ha comerciado con el producto de dichas ideas.

Con la escritura fue posible plasmar esas ideas en un medio físico. Pero dados los medios de producción y comunicación que han existitdo hasta hace muy poco, no tenía sentido el comercio con estos medios. Las ideas se almacenaban en pergaminos, esculturas, pinturas, etc, en grandes bibiliotecas y museos, a las cuales la gente acudía para consultarlas o disfrutar de su contemplación.

¿Qué ganaban los autores? Reconocimiento, prestigio, privilegios, aquello que tenía valor en aquel entonces. El autor era el personaje principal en esta historia. Alguien que tenía «buenas ideas», como para que se las copiaran a mano, tenía «autoridad». Era alguien importante, envidiado, relevante, escuchado. Los grandes filósofos competían entre sí para ver quien describía mejor la realidad. Muchos hubieran deseado ser uno de ellos.

Con la llegada de la imprenta muchos siglos después de la escritura, esta situación cambió ligeramente. Sin embargo, se utilizó para difundir libros clásicos (cultura greco-romana), eclesiasticos o religiosos (La Biblia) o por encargos de las «autoridades» políticas. La estructura social y política, así como la poca o nula alfabetización de la gran mayoría de la población, ocasionaron que no existiera un comercio literario o cultural auténtico hasta mucho después. Todo giraba alrededor de las necesidades de las jerarquía gobernantes, siendo sus necesidades las que definían el panorama de «intercambio cultural» de la época.

Ni las mejoras tecnológicas posteriores pudieron cambiar la situación. No fue hasta después de las revoluciones políticas de la era contemporánea, cuando la difusión de la cultura ya no dependia tanto de las decisiones de unos pocos. Sin embargo, los medios de comunicación continuaban estando controlados por el poder. La información era proporcionada y filtrada desde arriba en la jerarquía política. La alfabetización comenzaba a aumentar significativamente, pero el intercambio cultural contínuaba siendo muy escaso debido a que no existían medios al alcance del pueblo llano para ello. Por primera vez en la Historia, la sociedad tiene actualmente la capacidad tecnológica, las herramientas, la alfabetización y los conocimientos necesarios para tener sus propios canales de comunicación. Y, ¿es ahora cuando surge la necesidad de definir legalmente la «propiedad intelectual» o los «derechos de los autores»?.

El problema es que estamos inmersos en la crisis de un modelo económico basado en el consumismo sistemático, gestado desde pasada la 2ª Guerra Mundial. Guerra que, como muchas otras, sirvio de pretexto para salvar algunas economías. Las editoriales y los canales de distribución que han fomentado dicho modelo (entre otros) y que se han enriquecido con el, contemplan de pronto como una gran parte de la sociedad, así como los autores que pueden distribuir sus obras por otros canales, no les necesita. Sus modelos de negocio ineficientes, orientados a maximizar el beneficio no a través de la satisfacción del usuario, sino de su explotación, se ven amenazados. Nunca supusieron un valor para el consumidor, simplemente, no había otra opción.

Claro que es necesario un debate sobre hasta qué punto un autor ha de tener alguna retribución por las ganacias que otros logran gracias a comerciar con sus obras intelectuales. Pero también hay que tener en cuenta en la discusión, el beneficio que supone para el autor la difusiòn de su obra, que le puede ser útil para lograr reconocimiento en otros ámbitos. Por otro lado, el sostenimiento de servidores para alojar todo tipo de material, tiene un coste, y tiene sentido cobrar algo por ello. Pero la cuestión es buscar cabezas de turco para volver a controlar los canales de distribución. Quitarse de en medio a nuevos agentes que crean competencia indeseada.

En definitiva, es una guerra (la World War Web, como algunos la definen) por la defensa del «status quo». La guerra de unas minorías poderosas que han monopolizado los recursos, contra las mayorías  que buscan alternativas.

Una guerra nueva, pero por lo mismo de siempre