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domingo, 19 de abril de 2026

La democracia ateniense no es lo que crees (y no pasa nada)

domingo, 19 de abril de 2026
La democracia ateniense y su uso actual: por qué el debate moderno mezcla conceptos y genera confusión sobre poder, igualdad y participación

La democracia vuelve a estar en cuestión. A pesar de ser presentada como uno de los mayores logros políticos de la historia, crece el descontento hacia su funcionamiento real. No es extraño encontrar encuestas en las que una parte creciente de la población, especialmente entre los más jóvenes, considera preferible otro tipo de sistema. En este contexto, es habitual recurrir a la democracia ateniense como referencia. Sin embargo, lejos de aclarar el debate, suele enturbiarlo. 

Unos la presentan como el origen de nuestros valores políticos, ignorando las enormes diferencias entre una democracia asamblearia y la representativa actual. Otros la desacreditan fijándose en quién excluía —mujeres, esclavos, extranjeros—, como si esas estructuras no existieran mucho antes de su aparición. El resultado es una discusión aparentemente histórica que, en realidad, no lo es.

Atenas como excusa

Aunque la pregunta parece clara: ¿era Atenas una democracia real?, en el fondo, esa no es la cuestión que se está discutiendo. Cuando se invoca a Atenas, no se intenta comprender cómo funcionaba aquella sociedad, sino responder a una duda contemporánea: si el sistema actual es legítimo o no. El pasado se convierte así en un campo de batalla simbólico donde se proyectan conflictos del presente. La democracia ateniense se convierte en un reflejo de los prejuicios contemporáneos. Lo peor es que, al hacerlo, se mezclan niveles que deberían analizarse por separado, lo que dificulta enormemente llegar a una conclusión coherente y los debates se convierten en discusiones circulares donde cada uno habla de cosas distintas.

La Atenas «real»

La democracia ateniense fue, ante todo, una innovación política muy concreta: por primera vez, un grupo de ciudadanos participaba directamente en la toma de decisiones colectivas de su polis. Eso es lo relevante. No eliminó la esclavitud. No estableció igualdad universal. No pretendía hacerlo. La democracia, en ese contexto, no era un proyecto moral de justicia, sino un mecanismo de decisión dentro de una estructura social ya existente. 

En esa estructura se incluía lo que durante milenios fue percibido como un «orden natural». No necesariamente porque se considerara justo, sino porque no existían alternativas viables dentro de las condiciones materiales de la época. De ahí derivaban tres elementos clave: una desigualdad material ligada a la acumulación de excedentes, una exclusión política resultado de múltiples factores —especialización, jerarquización, crisis sociales— y una dependencia productiva que, en ese contexto, solo podía sostenerse mediante coerción. 

Criticar Atenas por algo que existía varios miles de años antes e ignorar lo que aportaron, es tan cierto como irrelevante si no se distingue entre estos niveles.

La mezcla «explosiva»

Buena parte de la confusión actual surge porque se tratan como equivalentes tres cosas distintas: por un lado, la forma de gobierno —quién decide—; por otro, la estructura social y económica —quién sostiene el sistema y en qué condiciones— y finalmente, los valores morales —qué se considera justo o injusto—. Cuando estos niveles se mezclan, el análisis se vuelve ambiguo y las ideologías ocupan una buena parte del debate.

Así, se critica la democracia ateniense por una desigualdad social existente desde mucho antes, como si esa desigualdad invalidara un mecanismo político que acababa de surgir en la cultura humana por primera vez en la historia —no fue la única, pero si la primera—. O desde otro «bando», se defiende la democracia actual apelando a valores que no dependen directamente de su forma institucional.

En ambos casos, el resultado es el mismo: confusión. Parece que no hay intención de arrojar claridad sino disimular los defectos del actual sistema argumentando que «todos pueden participar», algo que no ocurría hace más de dos mil años. O defender el sistema asambleario o la democracia directa, sin tener en cuenta su viabilidad práctica.

Las dos caras del mismo problema

Esta confusión no es casual y se manifiesta en posiciones que, aunque parecen opuestas, comparten un mismo patrón: por un lado, existen corrientes que, desde posiciones críticas —a menudo vinculadas a análisis materialistas o marxistas—, utilizan Atenas como ejemplo para desmontar la democracia en su conjunto. Señalan sus exclusiones, su dependencia de la esclavitud o su estructura desigual para concluir que la democracia no es más que una fachada ideológica. Sin embargo, este enfoque suele pasar por alto que aquello que se critica no es la innovación política en sí, sino la estructura social en la que se insertaba, heredada de miles de años anteriores.

Por otro lado, quienes defienden la democracia actual tienden a construir una narrativa de continuidad histórica en la que Atenas aparece como el origen de nuestros valores políticos. Se resaltan sus logros, pero se ignoran tanto sus limitaciones como, sobre todo, las profundas diferencias con los sistemas contemporáneos. La democracia ateniense era directa, asamblearia y exigía una implicación y responsabilidad constante del ciudadano en la vida política. La actual, en cambio, es representativa, mediada por partidos y con una participación mucho más indirecta.

En ambos casos, cada posición selecciona el nivel que le interesa y omite el resto.

Lo que sí ha cambiado (y lo que no)

Es evidente que las sociedades modernas han reducido muchas de las formas más explícitas de dominación. La esclavitud legal generalizada o la coerción directa ya no definen el funcionamiento cotidiano de las instituciones. Sin embargo, este avance real no implica necesariamente que la estructura de fondo haya desaparecido. En las sociedades antiguas, la dependencia era visible y directa. En las actuales, tiende a manifestarse de forma más compleja, mediada y, en muchos casos, menos perceptible. La ausencia de coerción explícita no equivale automáticamente a la ausencia de dependencia estructural. La diferencia es importante, pero no implica una ruptura completa con las lógicas anteriores. 

Quienes critican la esclavitud en Atenas suelen identificar correctamente ciertas continuidades estructurales, pero pasan por alto la innovación política que supuso. Por el contrario, quienes destacan esa innovación tienden a asumir que su desarrollo histórico ha resuelto el problema, ignorando la distancia entre aquel modelo y los sistemas actuales. En particular, la relación entre participación, responsabilidad y toma de decisiones del ciudadano —central en Atenas— apenas tiene equivalente en las democracias contemporáneas. En este sentido, que hoy «todos puedan votar» no equivale necesariamente a igualdad ni a participación efectiva en el gobierno.

La captura política del lenguaje

Uno de los problemas del debate contemporáneo como consecuencia de ignorar algunos de sus aspectos fundamentales, es la identificación implícita entre democracia e igualdad. La democracia, en su sentido más estricto, es un mecanismo de toma de decisiones colectivas. No garantiza por sí misma ni la igualdad material ni la equidad social. Puede coexistir —e históricamente así ha sido— con estructuras profundamente desiguales. Esperar que la democracia resuelva automáticamente problemas que pertenecen a otros niveles conduce a frustración y a diagnósticos erróneos. Atenas se utiliza así como una herramienta retórica más que como un objeto de estudio.

Quienes buscan desacreditar el sistema actual proyectan sobre ella sus críticas, ignorando el contexto histórico en el que surgió. Quienes buscan legitimarlo seleccionan aquellos elementos que refuerzan su narrativa, sin atender a las diferencias fundamentales entre ambos modelos. El resultado es que Atenas deja de ser comprendida y pasa a ser utilizada.

A esta dificultad se suma otra: la falta de un lenguaje preciso para describir cómo funcionan realmente las relaciones de poder en las sociedades actuales. En ausencia de distinciones claras, términos como «democracia», «libertad», «autoridad» o «dominación», se utilizan de forma ambigua, cargados de significados distintos según quién los emplee. Esto hace que muchas discusiones no sean tanto desacuerdos como malentendidos. Algunas personas creen estar discutiendo lo mismo, pero en realidad operan con marcos conceptuales diferentes. Otras, probablemente, usan diferentes conceptos para los mismos términos, para dar coherencia interna a sus propios marcos ideológicos sin buscar acuerdos comunes.

Un pasado no superado

La insistencia en Grecia y Roma no es casual. Cuando un sistema entra en crisis o pierde legitimidad, es habitual buscar sus orígenes. El pasado se convierte en un recurso para justificar o cuestionar el presente. Pero esta mirada rara vez es neutral. Se seleccionan aquellos elementos que encajan con el relato que se quiere construir. Por eso Atenas sigue apareciendo una y otra vez en el debate. No porque explique nuestro presente, sino porque todavía no sabemos explicarlo sin recurrir a ella. Porque todavía persiste un problema latente en nuestras sociedades que no nos atrevemos a mirar.

Una última idea incómoda

Quizá el problema no sea solo histórico ni político, sino conceptual. Puede que carezcamos todavía de herramientas suficientemente precisas para distinguir entre formas de organización, estructuras de dependencia y mecanismos de legitimación. Mientras esa distinción no se haga de manera clara, el debate seguirá atrapado en la confusión.

Y Atenas seguirá siendo utilizada, no como lo que fue, sino como lo que cada uno necesita que sea para sostener su propio relato. Y no pasa nada. 

El problema no es que no entendamos Atenas, es que no nos entendemos a nosotros mismos.

miércoles, 25 de marzo de 2026

El verdadero motor de la historia

miércoles, 25 de marzo de 2026
Una reinterpretación de la historia: el conflicto social como resultado del desajuste entre biología humana y estructuras sociales.

La malinterpretación de la historia

Nota: este texto sintetiza el estudio sobre el motor de la historia. El informe completo puede consultarse en ResearchGate y Academia.edu.

Existe una tendencia casi automática —y profundamente arraigada— a interpretar la historia como una sucesión de conflictos ideológicos: capitalismo contra comunismo, izquierda contra derecha, progreso contra tradición. Este esquema no solo estructura el discurso político contemporáneo, sino que condiciona la forma en que los individuos interpretan su propia experiencia social. Sin embargo, esta forma de leer la historia presenta un problema fundamental: describe los conflictos, pero no explica su origen.

Cuando dos sistemas ideológicos se enfrentan, lo que vemos es la superficie del fenómeno. Pero esa superficie —como ocurre en cualquier sistema complejo— puede ser engañosa. Nos ofrece una narrativa comprensible, emocionalmente satisfactoria incluso, pero insuficiente desde el punto de vista explicativo. Es, en términos funcionales, un mapa simplificado que oculta el mecanismo real.

El error no está en que estas narrativas sean completamente falsas, sino en que operan en el nivel equivocado.

El nivel equivocado del análisis

Si observamos la historia desde una perspectiva más profunda, aparece un patrón que no encaja del todo con la interpretación ideológica clásica: los conflictos se repiten incluso cuando cambian los sistemas, los valores y las estructuras políticas: Imperios que caen para ser sustituidos por otros. Revoluciones que prometen igualdad y acaban reproduciendo jerarquías. Sistemas que nacen como solución y terminan generando nuevas tensiones.

Este patrón sugiere que el origen del conflicto no está en las ideas en sí mismas, sino en algo más estructural. Algo que permanece constante incluso cuando todo lo demás cambia. Precisamente, ese elemento constante —y el cambio de entorno que marca la transición entre dos formas de organización humana— constituyen el origen de lo que aquí se plantea como el «motor» del conflicto histórico. Es el propio ser humano operando fuera del entorno que le vio surgir como especie. Más concretamente: el desajuste entre el diseño evolutivo del Homo sapiens y las estructuras sociales que se construirían tras el paso al Neolítico.

Un organismo fuera de contexto

El ser humano no es una entidad abstracta ni una «tabla rasa» moldeable a voluntad. Es el resultado de un proceso evolutivo extremadamente largo, desarrollado bajo condiciones muy específicas que ya no existen. Durante la mayor parte de su historia, nuestra especie vivió en grupos pequeños, con baja densidad poblacional, sin acumulación significativa de recursos y con una fuerte interdependencia entre individuos. En ese entorno, ciertos rasgos psicológicos resultaban adaptativos: la cooperación, la sensibilidad a la injusticia, la aversión a la dominación arbitraria o la tendencia a castigar a quienes rompían las normas del grupo. No eran valores morales en el sentido moderno. Eran estrategias de supervivencia. El problema es que ese «hardware» psicológico no ha cambiado de forma sustancial, pero el entorno en el que opera sí lo ha hecho. Y lo ha hecho de forma radical.

El punto de ruptura

La aparición de la agricultura introdujo un cambio que rara vez se valora en toda su profundidad: la posibilidad de acumular excedentes. Con ella, emergieron nuevas dinámicas sociales que no existían en el entorno previo: propiedad, desigualdad estructural, especialización, jerarquías estables y, eventualmente, el Estado. Este cambio no fue simplemente económico. Fue ecológico y cognitivo. Por primera vez, el ser humano comenzó a vivir en un entorno para el que no estaba adaptado.

La cooperación dejó de ser suficiente como mecanismo organizador. La escala de las sociedades creció más allá de los límites en los que los mecanismos psicológicos tradicionales podían operar eficazmente. Y, en ese vacío, aparecieron nuevas estructuras: coerción, burocracia, ideología. No como elección consciente, sino como respuesta funcional a un problema emergente.

La fricción invisible

Aquí es donde aparece el verdadero motor de la historia: la fricción entre lo que somos y el sistema en el que vivimos. No se trata de un conflicto consciente. No es que el ser humano «quiera» rebelarse contra el sistema en términos explícitos. Es algo más profundo y más difuso:

  • Es la incomodidad persistente.
  • La sensación de injusticia difícil de articular.
  • La tensión entre lo que se espera de nosotros y lo que intuitivamente percibimos como legítimo.

Cuando esta fricción se intensifica, aparece el conflicto social. Pero ese conflicto no surge porque una ideología sea «incorrecta» y otra «correcta», sino porque ambas intentan gestionar —de forma incompleta— un desajuste estructural. Las ideologías no crean el conflicto sino que lo canalizan. Surgen como reacción, articulando en forma de proyecto consciente una tensión que aún no podía ser comprendida plenamente. En ese proceso, la esperanza de resolver el conflicto actúa como el «motor emocional», una manifestación del desajuste previo.

Ideologías como parches

Desde esta perspectiva, las grandes narrativas políticas modernas pueden entenderse como intentos de resolver o al menos estabilizar esa fricción. El problema es que lo hacen de forma parcial. Algunas corrientes han intentado ignorar la naturaleza humana, asumiendo que puede ser reconfigurada completamente mediante estructuras sociales adecuadas. Otras han hecho lo contrario: reducir esa naturaleza a sus dimensiones más competitivas, diseñando sistemas que explotan esos rasgos como motor económico. 

Ambos enfoques comparten el mismo error: tratan de imponer un modelo cerrado sobre un sistema que no encaja en él. El resultado no es la resolución del conflicto, sino su desplazamiento. Cuando un sistema falla, no desaparece la tensión. Cambia de forma.

La internalización del conflicto

Uno de los fenómenos más característicos de las sociedades contemporáneas es que gran parte de esta fricción ya no se manifiesta de forma colectiva, sino individual: el conflicto se ha privatizado. Donde antes había enfrentamientos visibles —clases, revoluciones, movimientos organizados— ahora encontramos ansiedad, autoexigencia, sensación de insuficiencia o culpa difusa.

El sistema ya no necesita imponerse únicamente desde fuera. Funciona porque ha sido interiorizado. El individuo se convierte en gestor de su propia adaptación a un entorno que no ha diseñado y que, en muchos casos, no comprende del todo. Y cuando falla, interpreta ese fallo como un defecto personal, no como un problema estructural. Esta es, probablemente, una de las formas más eficientes de estabilización social: transformar un conflicto sistémico en una experiencia psicológica individual.

El error de la moralización

Ante este panorama, una de las respuestas más habituales es la moralización. Se atribuyen los problemas sociales a la falta de valores, a la pérdida de ética, a la decadencia cultural o a la corrupción de determinadas élites. Y aunque estos factores pueden tener relevancia, centrarse exclusivamente en ellos implica confundir causa y efecto. 

No es que las personas se comporten mal y por eso el sistema funcione mal. Es que el sistema genera condiciones en las que ciertos comportamientos se vuelven más probables, más funcionales o incluso necesarios. Cuando una estructura recompensa la competencia extrema, penaliza la cooperación o convierte necesidades básicas en mercancía, no está simplemente reflejando la naturaleza humana: la está modulando. Y lo hace dentro de unos límites que esa misma naturaleza impone.

Hacia un cambio de enfoque

Si aceptamos que el conflicto social tiene raíces estructurales en un desajuste evolutivo, la pregunta deja de ser «qué ideología es correcta» y pasa a ser otra: ¿Qué tipo de estructuras son compatibles con el funcionamiento real del ser humano?

Este cambio de enfoque es incómodo, porque elimina muchas certezas. Obliga a abandonar explicaciones simples y a reconocer que no existe una solución única, universal y definitiva. Pero también abre una vía más prometedora.

En lugar de diseñar sistemas basados en principios abstractos o en ideales normativos, podríamos empezar a pensar en términos de ajuste: reducir la fricción entre nuestras disposiciones biológicas y las estructuras sociales. No se trata de volver al pasado ni de idealizar formas de vida anteriores. Tampoco de aceptar pasivamente las condiciones actuales. Se trata de entender el sistema como un problema de diseño.

El papel de las «prótesis racionales»

El uso de una prótesis no implica naturalizarla ni ignorar la carencia que compensa. Tampoco convertirla en un nuevo estándar antropológico. Su función es estrictamente instrumental: permitir que el ser humano opere fuera de su entorno original sin quedar limitado por él.

Aquí es donde aparece una idea clave: la necesidad de desarrollar herramientas —institucionales, tecnológicas, cognitivas— que actúen como mediadores entre nuestra biología y la complejidad del entorno social. No podemos reconfigurar nuestro «hardware» evolutivo a corto plazo. Pero sí podemos diseñar el «software» en el que opera.

Estas «prótesis racionales» no sustituyen al ser humano ni intentan corregirlo moralmente. Funcionan como mecanismos de compensación. Del mismo modo que utilizamos tecnología para superar limitaciones físicas, podríamos utilizar estructuras sociales diseñadas de forma explícita para mitigar nuestras limitaciones cognitivas y emocionales.

Esto implica abandonar los sistemas cerrados y adoptar un enfoque abierto y experimental: probar, medir, corregir. Aplicar, en cierto sentido, el método científico a la organización social.

Más allá del conflicto permanente

Si el conflicto histórico ha estado impulsado en gran medida por este desajuste, surge una cuestión inevitable: ¿Qué ocurriría si lográramos reducirlo de forma significativa?

La respuesta más común es que eso supondría el fin de la historia, entendido como ausencia de cambio o de dinamismo. Pero esta idea parte de una suposición discutible: que el conflicto interno es la única fuente de movimiento. En realidad, gran parte de la energía humana se ha consumido en gestionar tensiones que nosotros mismos hemos generado. Reducir esas tensiones no implicaría detener el desarrollo, sino redirigirlo. Hacia problemas que no dependen de nuestra organización social, sino de las condiciones mismas de la existencia: la enfermedad, la limitación del conocimiento, la fragilidad biológica, la entropía.

Una cuestión abierta

Nada de esto ofrece una solución inmediata ni un programa político cerrado. Y probablemente ese sea el punto. Durante siglos, hemos intentado resolver problemas complejos mediante sistemas totalizantes que prometían respuestas definitivas. El resultado ha sido, en el mejor de los casos, una estabilización temporal; en el peor, nuevas formas de conflicto.

Tal vez el error no haya estado en las respuestas, sino en la forma de buscarlas.

Si la historia ha sido hasta ahora el resultado de una fricción persistente entre lo que somos y lo que hemos construido, comprender esa fricción no la elimina automáticamente. Pero sí permite empezar a trabajar sobre ella con un grado mayor de precisión. Implica abandonar modelos normativos cerrados y adoptar un enfoque iterativo: hipótesis explícitas, métricas observables y revisión constante de las estructuras implementadas.

Y eso, en un sistema tan complejo como la sociedad humana, no es una solución definitiva. Pero sí es, probablemente, el primer avance real.

domingo, 29 de mayo de 2022

Roles de género: una teoría

domingo, 29 de mayo de 2022

Valentina Tereshkova, la primera mujer que voló al espacio

¿Son los roles de género una construcción cultural o dependen de nuestra biología? ¿Qué diferencias hay entre hombres y mujeres en cuanto a desempeño? ¿Son adecuadas las normas «de paridad», solucionan realmente algo? ¿Existe el llamado «techo de cristal» para las mujeres? Si el lector comparte la inquietud por entender estas y otras cuestiones relacionadas y no está satisfecho con las respuestas polarizadas y maniqueas que habitualmente se escuchan en los medios tradicionales, se le anima intentar descubrir algo más, indagando en las profundidades de nuestra naturaleza, hasta donde seamos capaces.

El mundo natural

Desde insectos a aves, pasando por mamíferos, peces e incluso plantas, las especies tienen una diferenciación biológica en función de su sistema de reproducción. Además, cada miembro tiene según su papel en dicho sistema su propia manera de actuar, grabada en su instinto, transmitida en el ADN y por tanto, específica de la especie. La ciencia puede por tanto, identificar y especificar las rutinas generales que cada especie ejecuta en función del rol asignado en aquellas situaciones en las que el objetivo es la reproducción. Parece aplastante la evidencia de que estas rutinas obedecen a la necesidad de ejecutar las acciones requeridas para que la fecundación se lleve a término, en función de su mecanismo ―es decir, que si los implicados no hacen lo que toca, no hay resultado―. Hay que señalar que el objetivo no es el disfrute, sino que el placer sería una de las estrategias de la selección para lograr que las especies sigan los pasos adecuados. Lo mismo se puede decir de los atributos físicos que despiertan en los miembros de cada especie el atractivo para realizar dichos mecanismos destinados a la reproducción. Este factor es de tal importancia que el propio Darwin lo contempló cuando propuso la selección sexual, como uno de los componentes que modelan a la especie como parte del proceso de la selección natural.

Lo antinatural

Llegados aquí nos encontramos ya con una de las paradojas siempre presentes en todo intento por comprender el mundo ¿Significa que toda relación sexual que no esté destinada a la reproducción es «antinatural» y «peligrosa»? La respuesta es bien sencilla aunque algunos parecen complicarla: no hay nada inadecuado ni antinatural si la especie continua subsistiendo. El hecho de que la evolución no haya filtrado las tendencias sexuales que no tienen como resultado la reproducción, significa que de alguna manera, cumplen también con alguna función, aunque no se sepa con claridad cuál es ―se ha propuesto que su función consiste en destacar la relación entre sexualidad y reproducción―. La ciencia tampoco tiene identificado cuál es el origen genético de la homosexualidad, de existir, pero sí tiene claro que la tendencia sexual tiene un claro vínculo con el sexo biológico y con sus mecanismos de activación y funcionamiento. Pero lo más curioso de todo es que no hace falta rebuscar en la variabilidad de los gustos y tendencias sexuales para encontrar algo supuestamente antinatural. El ser humano hace por sistema muchas cosas «antinaturales» que han pasado desapercibidas o que nadie ha cuestionado durante siglos, empezando por dejar atrás su nicho biológico del Paleolítico y una vida sencilla, aunque dura, para pasar en el Neolítico a esquilmar la tierra y esclavizar a los propios miembros de su especie , con el paso a los imperios y su inacabable adicción a la adhesión de tierras. El ser humano es «antinatural» por definición, en el sentido de desafiar, transgredir o transcender lo que la naturaleza «tenía pensado» para él. En otras palabras, por construirse mediante productos creados por el ingenio humano como la agricultura y la ganadería, su propio hábitat artificial, con todas las implicaciones, riesgos y potencialidades que ello conlleva.

Los albores de la Humanidad

Pero antes de llegar a la época de los imperios todavía hay mucho que contar en el Paleolítico. El primer ser humano de nuestra especie llamada Homo Sapiens surgió hace más de 200 mil años. No obstante, se considera el primer ser humano moderno al Hombre de Cromañón, surgido hace entre unos diez o cuarenta mil años. Si se tiene en cuenta que el primer registro histórico que se posee con la aparición de la escritura fue hace unos 6 mil años, significa que anteriormente, un ser humano muy similar a nosotros deambuló por este planeta un periodo de tiempo equivalente a mas de treinta veces lo que llevamos de historia conocida. Es importante señalar en este punto que la «aparición» de las especies no es ni mucho menos repentina, sino que opera a escalas geológicas, sin una transición que hoy por hoy pueda definirse y mucho menos en el caso del ser humano elaborar un mapa evolutivo, porque no existe la información suficiente. Pero de lo que sí se tiene certeza es que aquel antepasado primitivo era el fruto de un lento proceso marcado por las condiciones de su entorno y la adecuación de sus propias características biológicas. 

El ser gregario

Cuando la sociedad piensa en como han llegado a ser las cosas como son ahora, se remonta primero a sus abuelos y luego como mucho al Imperio Romano. Esto puede servir para entender el origen de monarquías y religiones, pero estas son construcciones culturales muy posteriores a la aparición del ser humano. La sociedad otorga a la historia escrita, un papel fundacional de la cultura humana probablemente exagerado. Mucho antes de la aparición de estos conceptos socioculturales, nuestra especie llevaba ya cientos de miles de años con una organización social previa, que no era fruto de ninguna decisión de ninguna autoridad «terrenal» ni mucho menos «divina», sino como se ha mostrado, de una característica natural de nuestra biología. ¿Cómo eran aquellas sociedades de nómadas cazadores-recolectores, cuya organización social ya venía definida por su pasado evolutivo inmediato? La paleo-antropología tiene cierta seguridad de las características básicas de aquellas sociedades, basándose en sus restos. En líneas generales, aquellas sociedades se agrupaban en tribus, en grupos donde encontraban seguridad, protección y el calor del prójimo ¿Cómo se organizaban para subsistir y llegar hasta donde hoy estamos? 
Hasta ahora había cierto consenso en que las tribus primitivas, siguiendo patrones similares a las existentes hoy en día en África y otros lugares, dividía aparentemente los trabajos por sexos, siendo el hombre el cazador y la mujer la recolectora. De alguna manera parecía confirmar la idea que ha influido en nuestra cultura durante mucho tiempo, en la que el hombre trabaja fuera de casa mientras que la mujer se dedica al cuidado del hogar. El principal problema de esta presunción era por un lado, el de equiparar la situación de aquellos grupos de una época geológica lejana, con las sociedades posteriores al Neolítico. Por otro, el de legitimar y afianzar la imagen de un varón obligando a la mujer a realizar unas tareas determinadas. Estas dos concepciones vienen siendo tan habituales como equivocadas, ya que verdaderamente, no pueden inferirse de una división del trabajo de hace miles de años, ni tan siquiera suponiendo que realmente fuera así la idea que se tiene sobre aquellas ancestrales costumbres, ya que según recientes descubrimientos se ha determinado con cierta seguridad que la mujer participaba en las labores de caza de una manera significativamente similar a la del varón
Precisamente, en un estudio del 2021, se han encontrado evidencias de que en sus inicios, la especie humana era mayoritariamente carnívora, lo que refuerza la idea de sociedades donde todo el mundo se dedicaba al principal sustento que era la caza. Solo la carencia de este recurso hizo que se ampliaran las opciones de alimentación a vegetales recolectados, hacia el final de la Edad de Piedra, lo que también coincide con el surgimiento de la agricultura en el Neolítico y el papel de la mujer en ella.
Repitiéndose un patrón que llevamos dentro desde mucho antes de que se inventasen las palabras para definirlo, otro sector de la sociedad muestra sus prejuicios equivalentes para afirmar que las sociedades se organizaban de manera «paritaria», como intentando legitimar a su vez ciertas políticas en las que se obliga a que el número de representantes políticos sea igual en cuanto al sexo —como ocurre en algunos países de Escandinavia—. Sin embargo, mirando con algo más de detalle los datos, se observa que las proporciones siguen dando más peso al sexo masculino en las tareas de caza, siendo la participación femenina no mayor al 40% ¿Qué puede significar esto? Lo que mejor explicaría aquella situación es que el sexo como tal no tenía más que una influencia colateral, solo observable por mera estadística. Es decir, que aquellos grupos no estaban para políticas ni igualitarias ni discriminatorias, sino que simplemente a todo aquel que tuviera la suficiente destreza, fuerza y disponibilidad para empuñar una lanza, era seleccionado para ayudar a la subsistencia del grupo. La idea de discriminación sexual, ni positiva ni negativa, probablemente no existiese para aquellos individuos.
¿Dónde están esos patrones sexuales que supuestamente diferenciarían a los miembros de la tribu? Realmente, no hay ninguna constancia a estas alturas de desarrollo de la especie, de que la evolución haya filtrado la capacidad de que ambos sexos, puedan participar por igual en aquellas tareas que supongan una importancia vital para el grupo. El único momento en el que parece que el sexo sea determinante es en el del apareamiento, en el resto de tareas, los miembros de la especie no van colocándose a uno u otro lado según sean de un sexo u otro, sino que cada uno hace lo que mejor sabe hacer. Ocurre que es la selección natural la que realiza este trabajo a su manera, dotando de diferentes capacidades a los miembros de la especie, no solo por sexo ―dimorfismo sexual― que aunque es el parámetro más visible, también existe entre los propios individuos del mismo sexo. De alguna manera la evolución optó en nuestro caso por convertirnos en una especie grupal que ha de combinar sus capacidades, en lugar de crear depredadores solitarios. Lo que se está viendo hasta ahora es que aquellas sociedades se dividían por competencias, no por sexos. Y lo hacían por necesidad, no por aplicar un criterio cultural o jerárquico.
Es posible basar este postulado en varios descubrimientos científicos y acontecimientos. El más reciente muestra a una hembra de macacos del Japón convirtiéndose en líder de la manada al superar todas las pruebas que esta especie tenía como rituales, lo que apoya la idea de una jerarquización por competencias, no por sexos, en una especie cercana a la humana. En la nuestra, salvo en el asunto biológico de la descendencia, la evolución nos ha preparado para adaptarnos a las circunstancias, independientemente de nuestro sexo. El caso más llamativo y que desmonta la idea de un varón incapaz por naturaleza del cuidado de la progenie, es el de las respuestas fisiológicas instintivas de personas de sexo masculino, que les predisponen para dar cariño y ser excelentes cuidadores. Esta reacción natural afecta biológicamente al organismo del hombre de manera equivalente al de la mujer durante el embarazo. Se trata por tanto de una característica innata del ser humano, no del sexo.
Naturalmente, esto no significa que hombres y mujeres no tengan diferencias, sino que estas obedecen a una necesidad ineludible físico-biológica. Fuera del apareamiento y la reproducción, el resto de características del ser humano corresponden de manera equivalente a ambos sexos.

La excepcionalidad del ser humano

Hasta aquí todo parece ir dentro de los mismos parámetros evolutivos que el resto de las especies. Pero el ser humano, por motivos que todavía hoy en día son objeto de discusión, desarrolló una conciencia y unas capacidades simbólicas y cognitivas que a medida se iban desarrollando y se convertían en herramientas útiles para la supervivencia del grupo, no se puede descartar que de alguna manera, fueran añadiéndose al acervo genético del ser humano. De hecho, hay una ciencia que estudia precisamente cómo nuestras capacidades y sentidos para percibir el mundo que nos rodea pueden haber afectado a la formación de nuestra propia condición como especie: la psicología evolucionista.
Es muy probable que, durante todos esos miles y miles de años de los que apenas se tiene constancia debido a la ausencia de registros, y en los que nuestros antepasados aprendieron a vivir y convivir en este planeta, las necesarias diferencias biológicas debidas al ineludible hecho de la reproducción, imprimieran diferentes formas de comportarse. Hábitos instintivos que se pueden observar y que permiten distinguir desde pequeños, a grandes rasgos, a niños y niñas. Cambios sutiles, probablemente triviales, pero existentes.
Estas diferencias de comportamiento entre hombre y mujer serían una consecuencia de la distinta producción hormonal debido a la función reproductiva, que por no aburrir al lector se resume en la producción de testosterona. Consisten en una mayor competitividad, visceralidad e intensidad emotiva en el hombre que a su vez, tiene como consecuencias una menor capacidad social, emocional y flexibilidad mental. Es decir, al contrario de la mujer, al hombre le cuesta dejar de poner todo su esfuerzo en una única tarea con la que puede llegar a obsesionarse. Es por este motivo por lo que los hombres han sido capaces de conquistar el átomo, el Everest, el Polo Norte o cruzar el Atlántico con un barco a vela sin conocimiento seguro del destino, pero al mismo tiempo, capaces de atrocidades cómo genocidios o dictaduras totalitarias. 
Hay que apuntar que no se trata de que el sexo masculino no sea capaz de la multitarea o como se ha visto, del cuidado de la descendencia, sino que ha de hacerlo a través de otros mecanismos o caminos que en el sexo femenino parecen más evidentes. Como en todo, con el adecuado entrenamiento y educación, todo parece indicar que las capacidades son equivalentes en ambos sexos. Sin embargo, tal vez podría decirse que a grandes rasgos, el ser humano tiene a consecuencia de su dimorfismo sexual dos grandes grupos definidos por su sexo y el resto de parámetros biológicos que lo acompañan. Hacia un lado se tendería a la acción, la épica y emociones intensas, mientras que hacia el otro, la relación social, las sensibilidad y la tranquilidad. Estos dos grandes grupos han acabado sucumbiendo a la tal vez inevitable tendencia al etiquetado y simplificación, reduciéndolo en exceso, probablemente, a un binomio «masculino/femenino» por el que el parámetro visible de la posesión de unos genitales, provoca que sean atribuidos al poseedor de los mismos el resto de parámetros normalmente asociados a cada una de las etiquetas. Pero la naturaleza no organiza las cosas de esta manera, sino que suele producir distribuciones que se representan con una gráfica llamada campana de Gauss, de manera que para cada característica las probabilidades se incrementarían según el sexo, pero existiendo a ambos lados de la curva un amplio campo en el que ambos sexos comparten competencias en alto grado. Puede responder a una utilidad práctica dividir a la sociedad en función de la posesión de unos genitales para por ejemplo, hacer lavabos ―o competiciones deportivas―, pero no tiene sentido extenderlo a más ámbitos. Lo «femenino» y lo «masculino» son dos etiquetas válidas pero no son propiedad de ningún sexo, son de toda la humanidad.

Como síntesis de lo expuesto hasta ahora, en el caso de nuestra especie ocurre que:
  • Al igual que aquellas cuya reproducción se basa en dos sexos biológicos diferenciados, la evolución ha dotado a cada miembro según su sexo, con unas características determinadas para llevar a cabo dicha función. A consecuencia de esta divergencia biológica, cada individuo posee diferentes competencias en distintos ámbitos que logran optimizarse a nivel de grupo con una organización acorde.
  • La naturaleza materializa dichas diferencias básicamente por la producción hormonal, que ocasiona un desarrollo de los órganos, de la masa muscular así como de un comportamiento instintivo primario diferenciado, fundamentado en la necesidad del cuidado de la descendencia, que en el caso del ser humano requiere de un periodo mucho mayor comparativamente. Por motivos biológicos obvios, en la mujer el cuidado de la descendencia implica durante la fase principal el cuidado de ella misma, mientras que en el hombre implica el cuidado de ambos.
  • Las divergencias de competencias entre miembros según su sexo se restringen al ámbito reproductivo, siendo en el resto una consecuencia colateral que mediante un aprendizaje y entrenamiento adecuados pueden equipararse.

El amanecer de las culturas

Hasta ahora el ser humano se había dedicado a poco más que a sobrevivir en la naturaleza, adaptándose a la condiciones de su entorno, optimizando esfuerzos. Pero no de manera consciente, sino como resultado de la presión que las condiciones físicas ejercían sobre la existencia de los miembros de la especie, al igual que con el resto de las que poblaban nuestro planeta. Sin embargo, como se ha comentado, el ser humano desarrolló fortuitamente unas capacidades cognitivas que le permitieron establecer un particular diálogo con la naturaleza en forma de mitos y dioses. En ese dialogo, el ser humano desarrolló además de tecnología, una consciencia sobre si mismo. El punto de inflexión que lo cambió todo fue cuando nuestra especie fue estableciéndose cada vez más tiempo a medida que perfeccionaba sus herramientas y técnicas de construcción, en aldeas donde almacenaba lo que recolectaba durante más tiempo. Finalmente, acabó desarrollando la agricultura y la ganadería, momento a partir del cual ya no necesitaba recolectar ni cazar preocupados por ver un nuevo amanecer. La humanidad podía planificar un futuro, sabiendo que podía garantizarse unas existencias de alimento.

La división del trabajo

Súbitamente en términos geológicos, las tareas diarias que nuestra especie debía desempeñar cambiaron para siempre. La organización de trabajo habitual debía de adaptarse a unas nuevas circunstancias con nuevas competencias y sin un apremio radical de la subsistencia. Si se parte del postulado de que las sociedades primitivas del paleolítico se organizaban por competencias, siendo definido el desempeño por las diferencias biológicas y las necesidades del entorno, el paso a una era de acumulación eliminaría el factor acuciante de la eficacia en el mismo. Dicho de otra manera, existía la posibilidad de poder escoger qué trabajos realizar. Según un reciente estudio sobre las incipientes sociedades del Neolítico temprano donde se analizan los restos fúnebres, concluyen que hombres y mujeres comenzaron a dividir sus trabajos por sexos en el momento en el que aparece la agricultura. Aunque se admite que se desconocen los motivos culturales por los cuales se llegó a este reparto de tareas, sí que parece evidenciarse en función de los restos y objetos hallados en las sepulturas ―elementos simbólicos muy importantes para aquellas sociedades― que no existía una jerarquización entre ellas. Es decir, la división del trabajo por sexo no se originó por la imposición mediante el uso de la fuerza de tareas consideradas «menos importantes» por parte de los miembros de un determinado sexo sobre los del otro. Este fue un momento pivotal, no de la historia humana, sino de la propia especie humana que posteriormente crearía la historia que hoy conocemos. Se hace necesario por tanto, recapitular lo expuesto antes de pasar al siguiente punto:
  1. Unos individuos evolucionados en entornos de recursos limitados que han de ser obtenidos en competencia con el resto de grupos y de especies, cuyos instintos se han creado sin la experiencia de la abundancia, optimizados para aprovechar cualquier circunstancia que les proporcione ventaja adaptativa en dicho entorno.
  2. Estos instintos se regulan mediante la producción de hormonas y otras sustancias, que en el caso de la nuestra cuyo mecanismo reproductor se basa en un dimorfismo sexual, cada miembro posee según su sexo unas diferencias de comportamiento.
  3. Esta divergencia no es significativa en el Paleolítico donde los grupos se organizan por la necesidad de optimizar los esfuerzos y recursos. La heterogeneidad de competencias es un valor adaptativo. 
  4. Al pasar al Neolítico y la posibilidad de poder alcanzar ciertos niveles de abundancia, las tareas comenzaron a ser repartidas por unos incipientes criterios sociales o culturales, no por la necesidad de sobrevivir. Estos criterios estaban con toda probabilidad condicionados por las características que hasta entonces definían a aquellas sociedades.

La época de los Imperios

¿Qué criterios se iban a seguir a partir de aquel momento completamente distinto a lo que nuestra especie había experimentado? ¿Iba ser la vida tan satisfactoria como antes? ¿Era lo mismo pasarse el día arando la tierra o tejiendo pieles en un mismo lugar que recorrer montañas y bosques vírgenes en busca de alimento? Juan Luis Arsuaga y otros paleoantropólogos coinciden en que el paso al Neolítico significó un empeoramiento en la calidad de vida como individuos. Al parecer, este periodo de la prehistoria solo benefició a los asentamientos y a la formación de pueblos, los cuales iban aumentando de tamaño, haciéndose cada vez más poderosos a la vez que consumidores de los recursos del entorno circundante. Al principio, es de suponer que los asentamientos eran poblaciones en los que la vida transcurría con relativa tranquilidad. Nuestros antepasados poco a poco dejaban atrás una ajetreada vida por la supervivencia, para cambiarla por otra en la que no era necesario correr tras las presas ni recorrer largos trechos en busca de alimento para recolectar. La comida crecía y venía a los humanos, que solo debían seguir unas pautas rutinarias, día a día. Aquellas sociedades podrían haber seguido así, y probablemente la mayoría lo hicieron. Cómo transcurrió tal vez no lo sepamos con exactitud nunca, pero puede imaginarse que era inevitable que en alguna parte, por unos motivos u otros, comenzasen a crecer las poblaciones por encima de un cierto umbral. En ese instante histórico, la abundancia a la que se habían acostumbrado tras dejar la escasez del Paleolítico, se convertía en una prioridad para volver a ella. Nadie quería volver a cazar o a recolectar, entre otros motivos, porque era demasiada gente. El entorno no podía abastecer a todos. Había que ocupar nuevos territorios para llenar las insatisfechas vidas de los pobladores del Neolítico. Nadie lo sabía entonces, pero aquello iba a impactar definitivamente en el destino de la Humanidad.
Hasta aquel momento todas las funciones que desarrollaban los miembros de los grupos sociales eran igual de importantes. La naturaleza era la que imponía las necesidades y el rumbo hacía donde había que dirigirse. Pero a partir de aquella época, cuando se hizo necesario ocupar otros territorios para mantener el modo de vida, a base de obtener recursos usados en otra parte por otras gentes y pueblos, el ámbito que adquiría importancia era el de la violencia intrapersonal, el cual estaba ocupado por hombres. Probablemente esta no fue la conclusión inmediata a la que se llegó en todas partes, pero bastaba con que hubiera ocurrido en un lugar, bastaba con que un pueblo se convirtiese en invasor y acaparador de recursos para hacerse más y más grande, poderoso e imparable, para iniciar un camino sin vuelta atrás. De esta manera se iniciaba un largo dominio del sexo masculino de las nuevas jerarquías militares no solo sobre el sexo femenino, sino sobre el resto de la especie, sus congéneres. Se había creado una casta de gobernantes cuya legitimidad residía en su valía para obtener nuevos territorios, es decir, se había creado el imperialismo.
Es importante destacar que la relegación de la mujer a trabajos domésticos no fue una imposición de un «patriarcado», sino que estos roles ya existían antes, por motivos sin determinar pero que con toda probabilidad están relacionados con nuestras características biológicas como especie. El auge del llamado patriarcado ha sido un suceso fortuito, un accidente histórico. Es decir, no es que la mujer se dedicara a trabajos de «menor importancia», sino que fue el ámbito que estaba dominado por los hombres el que adquirió importancia fortuitamente, obligado por el rumbo histórico al que la humanidad ―las mujeres también― se veía abocada debido a su inmadurez y la ignorancia de las consecuencias de sus actos. Esta circunstancia se apoya en uno de los mayores experimentos sociales que la humanidad ha llevado a cabo jamás: el comunismo. Es conocido que en la antigua Unión Soviética existía una clara intención de dejar atrás todo lo que tuviera que ver con el imperialismo occidental. En aquel entonces —y aún hoy en día algunos sectores ideológicos— se estaba convencido de que la «opresión» de la mujer era causada por este imperialismo y manifestada a través de esa división de trabajo por sexos. Sin embargo, todos los intentos por crear una sociedad «igualitaria» fracasaron en cierta medida: la sociedad soviética persistía en mantener una tendencia a separar tareas por sexos, por más intentos por lo contrario desde el poder político. Otro caso paradigmático que ocurre actualmente es en Suecia: sus políticos han impuesto por ley unas normas paritarias en la que los cargos y representantes públicos deben estar ocupados obligatoriamente manteniendo un criterio de paridad numérica entre hombres y mujeres. El resultado es que la sociedad ha respondido de manera espontánea con unas diferencias de tareas y hasta de ingresos en función del sexo, abrumadoras. Los sociólogos de la URSS concluyeron con un diagnóstico que se puede aplicar a Suecia y al resto de casos y que coincide con los estudios recientes: la división del trabajo por sexos es anterior a la opresión de la mujer.

La opresión

¿Cuándo empezó la mujer a ser socialmente oprimida? Si se considera como concepto general habitual de esta opresión a la circunstancia de ser relegada a tareas secundarias o consideradas de una categoría más simple y a impedir que acceda a posiciones de mando y poder, no es posible situar el inicio de esta situación con la división del trabajo por sexos ya que como se ha visto, en aquel momento de la historia de nuestra especie no existía una posición jerárquica entre los distintos roles. Todo cambia cuando los asentamientos se hacen demasiado grandes y se comienza a tener una dependencia de unos recursos que hasta ese momento se obtenían con relativa facilidad. En ese momento, el protagonismo recae sobre los roles dedicados a tareas de violencia intrapersonal necesarios para sobreponerse a otros pueblos menos desarrollados y expropiar sus recursos, a la vez de usar a la población local para extraerlos u obtenerlos. Sin embargo, esta situación era consentida por el resto de los grupos sociales, fueran hombres o mujeres, ya que los problemas que el agotamiento de los recursos locales producía para alimentar a la descendencia, por ejemplo, eran solucionados trayéndolos de otras tierras. Visto con nuestros ojos, esta situación por la que un pueblo invade a otro nos resulta una barbaridad, pero en aquel momento era la solución tan inmediata como sabemos ahora equivocada. Por tanto, no se puede hablar de una opresión «contra la mujer» ya que solo se estaba continuando con la inercia que se había formado en los inicios del Neolítico. 
En la nueva situación donde surgían pueblos con criterios culturales arbitrarios definidos por circunstancias locales que convertían en símbolos, leyes y normas sociales, la mujer continuaba con sus roles domésticos que de manera espontánea habían surgido siglos antes, cuando tenían una importancia equivalente a la del resto. Esta desigualdad legal no era entendida probablemente como tal, sino que era consecuencia de épocas en la que el cuidado de la descendencia frente a guerras, pestes y mortalidad prematura, era prioritario para la sociedad, recayendo en el hombre dicha responsabilidad en gran parte. Incluso en la democrática Grecia clásica y en la Roma preimperial, donde el matrimonio y la descendencia tenían un carácter sagrado, la mujer tenía un grado de dependencia del varón elevado. En definitiva, todavía no se puede establecer una opresión hacía la mujer vista como algo impuesto desde el hombre hacia ella como un menosprecio, más bien al contrario, era un concepto cultural, equivocado o no, en la que la mujer era un bien preciado que debía protegerse y cuidar, siendo el hombre el descartable en guerras como carne de cañón.  
Llegados a la Edad Media, existe la tentación de proponer este malentendido periodo de la historia como el punto de inicio de la opresión de la mujer por parte del hombre. Sin embargo, en este intervalo histórico es difícil pensar en una sociedad con preocupaciones distintas a la de superar los retos diarios de alimentarse y cuidar de la familia, en continentes poblados por encima de su capacidad a causa de las acciones de épocas anteriores. En el resto del mundo no era muy distinta la situación ya que las sociedades feudales de Rusia, Japón, China o los imperios precolombinos de América, vivían unas similares precariedades en las que solo unos pocos vivían «a cuerpo de rey». Por otro lado, las castas gobernantes de tipo hereditario que iban a experimentar un auge que no disminuiría en mucho tiempo, no distinguían entre hombre y mujer permitiendo que esta accediera al poder en un régimen muy cercano a la igualdad con el hombre, solo alterado por normas como la ley sálica, que daba prioridad al heredero varón. No obstante, se puede usar este ejemplo para mostrar un detalle que el atento lector probablemente habrá advertido: incluso suponiendo una casta gobernante hereditaria que fuera estrictamente igualitaria respecto al sexo, y en la que el acceso a las posiciones de poder fuera todo lo «paritario» posible, el resultado estaría perpetuando la injusticia social ya que continuaría existiendo una desigualdad y agravio comparativo enorme entre castas, clases y pueblos, que afectaría por igual a hombres y mujeres. Por tanto, la Edad Media tampoco puede establecerse inequívocamente como el punto de inicio de la opresión de la mujer por parte del hombre.
Para poder observar lo que está ocurriendo tal vez haya que abrir el foco de manera que pueda incluirse todo el periodo desde el Neolítico hasta incluso la actualidad: inadvertidamente, se estaba construyendo un perfil de «éxito» violento, arrogante, prepotente, narcisista, carente de empatía y escrúpulos, características que favorecían las actitudes necesarias para la guerra, la conquista, la invasión y la esclavización, que por circunstancias cuyo origen se remontaba al origen de los tiempos, estaba ocupado por personas de sexo masculino. Hay que señalar que el protagonismo otorgado a los hombres que entonces se encargaban de los conflictos con otros pueblos, era en sus inicios probablemente apoyado, consentido e incluso celebrado tal vez, por toda la sociedad. Pero a medida los pertenecientes a estas castas acaparaban poder y se volvían adictos a la dopamina que les proporcionaba su posición, fueron estableciendo barreras e impedimentos al resto para continuar en su status quo. De esta manera se configuraba una cultura de mando prepotente y megalomaníaca que eliminaba sin miramientos a todo aquel que le desafiase. El resultado es historia, y aunque han habido revoluciones y movimientos, todavía persiste esa cultura que define a la mayoría de líderes actuales de una u otra ideología y de uno u otro lugar del planeta... y de uno u otro sexo.
De nuevo, el lector habrá observado otro detalle que no ha sido mencionado: si el paso a una era de conquistas debido a la necesidad de obtener más recursos al haber agotado los propios fue un suceso fortuito ¿pudieron haber sido las cosas de otra manera? Solo bastaba un lugar del planeta para que se encendiese la chispa de la conquista de nuevas tierras. Una vez creado el imparable imperio, nada podía pararle salvo su propia autodestrucción al no saber como obtener nuevos recursos una vez no quedan tierras para conquistar. Pero tal vez en otros lugares apartados de la llegada del imperialismo, hayan otras culturas basadas en otros criterios como la familia, pueblos donde el perfil de hombre que se sobrepuso en la mayor parte de planeta cediera su protagonismo a la mujer o a otros perfiles masculinos. Esos lugares, en efecto, existen.

Los matriarcados

En algunas zonas aisladas ―literalmente, en este caso― como Indonesia y Nueva Guinea, se conservan las llamadas culturas matrilineales, en las que la protagonista es la mujer. Son zonas fértiles y que apenas han sido molestadas por pueblos occidentales. Gracias a su situación de aislamiento y bonanza orográfica, la cultura imperialista asociada a varones, no ha llegado a materializarse. Sin embargo, sus pueblos han quedado también aislados del progreso que finalmente llegó, aunque manteniendo sus costumbres milenarias, surgidas en tiempos anteriores a la escritura. Debido a esta ausencia de registros, se piensa que la actual cultura en la que la protagonista es la mujer en asuntos hereditarios, por ejemplo, provenía de otra puramente matriarcal, donde la mujer además ostentaba el poder político. Es destacable el caso de las Islas Trobriand, otra cultura matrilineal en la que sin embargo, permanece la división del trabajo por sexos y en la que el hombre es el cazador y guerrero, pero no ostenta un dominio político. Esa situación refuerza la idea de que el advenimiento del patriarcado no fue por la división de sexos que ya existía, sino por una situación fortuita en la que los cazadores-guerreros se convirtieron en vitales para asegurar las necesidades de los grupos al agotarse los recursos, iniciando una dinámica que se transformaría en el imperialismo como forma de «progreso». En las Islas Trobriand esto no ha llegado a cristalizar gracias a que ningún grupo llega a sobreponerse a los demás y a la continua existencia de alimento y recursos para continuar con sus monótonas vidas, tan solo agitadas por las continuas luchas, convertidas en tradición. Probablemente esto fuera así en una mayor parte de las culturas del planeta en los primeros tiempos del Neolítico: las mujeres ocupaban un papel principal en la nueva cultura sedentaria y agrícola, pero esta preponderancia fue desplazándose hacia el mencionado perfil de hombre que se dedicaban en parte a la caza pero sobre todo, a la guerra. La ironía que impregna a a esta historia es que solo a través de la conquista de otros territorios el ser humano ha logrado salir del entorno rural y con ello, evolucionar. Actualmente, se ha alcanzado un estado que reconoce su anterior camino como erróneo. En definitiva, un proceso de maduración y aprendizaje, que todavía no ha concluido.

La vida en la urbe

Nuestra búsqueda de ese momento de la historia de occidente donde pueda ubicarse el comienzo de la opresión del hombre hacia la mujer como tal, sigue sin proporcionarnos un resultado claro. Desde los inicios de la llamada civilización hasta la sociedades rurales de principios del siglo XX, las sociedades han vivido con unas reglas y nivel de vida muy similares. Por ejemplo, en las poblaciones romanas se vivía de manera similar a las aldeas de la España profunda de hace tan solo unas décadas, puede que incluso mejor. En esos entornos, había muy pocas posibilidades de elegir. Si la mujer estaba en casa era porque alguien tenía que hacerlo. Que fuera la mujer era algo decidido antes de que existiesen la manera de dejarlo escrito. El ser humano todavía estaba sujeto a las condiciones del entorno y al devenir de los acontecimientos en un grado muy elevado. Sin universidades ni grandes empresas que liderar y con la mayoría de la población viviendo con recursos muy ajustados, difícilmente se puede habar de exclusión, simplemente se continuaba con la división del trabajo existente desde inicios del Neolítico. Pero hay otro momento clave de nuestra historia como especie: la Revolución Industrial. Llegados aquí el ser humano pudo moverse sin el uso de fuerza animal, comenzando a dominar la energía con una eficacia varios órdenes de magnitud mayor que en cualquier otro momento anterior. Se pudo crear entornos urbanos completamente a medida para su comodidad. En esas nuevas sociedades, la sociedad comenzó a cuestionar las cosas porque se tenía la posibilidad de elección. Porque ya no era necesario que fueran como habían sido desde hacía cientos de miles de años y sobre todo, porque empezó a existir la posibilidad de que en efecto, pudiera llevarse a cabo.
Pero claro, que fueran posibles otras formas de vida y otros métodos de organización social, no significa que pudiesen ser puestos en la práctica fácilmente. Todas las estructuras de poder que habían estado gobernando en el planeta, antecesoras por mucho que les pese, de las que se generaron en las colonias emancipadas que heredaban sus mismas estructuras, ostentaban un status quo que no iban a dejar ir fácilmente. En este momento, se genera una situación anómala en la que el poder, antaño conseguido por necesidad y oportunidad, iba a ser mantenido ahora como fuere, empleando el poder para mantenerse en el propio poder, sin que fueran las circunstancias las que auparan a unos o a otros y sin que importara su función. Aquel perfil masculino arrogante y narcisista, se había convertido un modelo a seguir en todas las jerarquías de mando en una época de la historia en la que no era necesaria tal cosa, pero que llevaba muchos siglos implantado. En la Modernidad y en las sociedades urbanas, comenzaron a existir ocupaciones y ámbitos en los que no era necesario continuar con una dinámica antigua, anacronismo por el que se convirtió en sexista. Fue en ese momento donde en estos casos, la mujer reclamaba una posición que la tradición y la defensa del protagonismo de las estructuras de poder clásicas no querían perder. Pero no se trataba probablemente de un patriarcado que tuviera como objetivo considerar discriminar a la mujer como un individuo de segunda, aunque usaran esta excusa, sino de unas oligarquías cuya finalidad era continuar ellos y sus descendientes en el poder.
En las sociedades urbanas del siglo XIX es cuando a la mujer se le niega una posición que merece, ya que una vez el ser humano ha logrado cambiar las condiciones del entorno, las costumbres antiguas no son válidas. Pero se le niega no por ser mujer, sino porque las posiciones de poder están ocupadas por hombres que no desean ver que el número de aspirantes se duplica súbitamente. La excusa es cualquiera que pueda ser utilizadas a su favor, y una de ellas es aprovechar la tendencia de siglos en mantener a la mujer en sus ocupaciones clásicas, negándoles participar en las nuevas profesiones y nuevos ámbitos que acabarían conformado el mundo actual. Pero el enemigo no es un «patriarcado», sino unas oligarquías impermeables y refractarias a nuevas ideas, innecesarias en un mundo que ya no necesita de nuevas conquistas, sino de gente emprendedora, imaginativa y creativa que sepa aprovechar los recursos existentes y no busque la solución fácil, rápida, pero nefasta en el largo plazo.
En esta tesitura, han surgido movimientos sociales y políticos que pretenden cambiar esta situación. Otro inesperado aliado han sido las nuevas oligarquías económicas que surgieron a mediados del siglo XX en EEUU, que al contrario que las clásicas, corporaciones como las tabacaleras aplaudieron con fuerza la duplicación de los consumidores sin más que relacionar el tabaco con la «liberación» de la mujer, aunque les produjera cáncer de pulmón. A esta situación de cierta confusión, se añade que las propuestas de solución son dispares, muy criticadas, generadoras de rechazo, reivindicadas por grupos de claro corte político, ideológico y partidista, que muestran una escasa tolerancia a la crítica. La medida más notoria es una de la que ya se ha hablado, que consiste en una equiparación numérica entre los miembros de uno y otro sexo, en la mayor cantidad posible de ámbitos. ¿Qué efecto tiene esta medida? ¿es el sexo el parámetro más adecuado para optimizar el rendimiento de un grupo de por ejemplo, representantes políticos, un comité ejecutivo de una empresa, de la dirección de un hospital o de un colegio? ¿o es una excusa para desbloquear esas oligarquías ancladas en el poder desde hace siglos por otros grupos que aspiran a dichos puestos como principal objetivo?

El hombre mediocre

El país donde con más firmeza se han aplicado las cuotas de paridad en cargos y representantes políticos es en Suecia. Esta medida de claro corte intervencionista, obedece a un intento del Estado en forzar a que la sociedad actúe de manera «correcta», dando por indiscutibles los síntomas, causas y medidas correctoras a poner en práctica, sin más justificación que una legitimidad obtenida en las urnas. Por supuesto que esta legitimidad es incuestionable como responsables políticos que han de tomar decisiones, pero igualmente aceptables y sobre todo, necesarias, son las criticas a la supuesta idoneidad de estas acciones. El principal dato medible que se puede comprobar como consecuencia de la aplicación de estas medidas ideológicas es la respuesta de la sociedad, que se resumen en que un 80% de cargos directivos son ocupados por hombres, ninguna de las principales empresas que cotizan en bolsa están dirigidas por mujeres, incluso el trabajo de cuidados domésticos es asumido mayoritariamente por las mujeres, con condiciones laborales peores que las de los hombres. Si nos atenemos al resultado, parece que cuanto mayor es la imposición por parte de políticos, mayor es la respuesta social en volver al modelo espontáneo que surgió en el inicio del Neolítico. La otra crítica habitual es que tomar la condición sexual como parámetro de selección de candidatos, parece ir en contra de los principios meritocráticos. En este caso, si bien la premisa parece ser aplastantemente correcta, se pueden contraobjetar algunos detalles. El primero es que la meritocracia es una idealización que en la práctica apenas existe. Es decir, los candidatos son preseleccionados en base a su afinidad con los líderes de los partidos, sin más valoración que su capacidad para acatar ordenes y conseguir votos para su partido. En el resto de jerarquías, tanto públicas como corporativas —quedarían fuera, tal vez, las científicas, técnicas en algunos casos o las médicas— se puede decir prácticamente lo mismo. Por tanto, la existencia de un  criterio objetivo no parece ser un problema si se parte de esta situación. Precisamente, según un estudio, la existencia de una cuota de género no hace más que mejorar una selección de representantes sujetos a una meritocracia defectuosa. Al parecer, el aplicar un corte de selección provoca que los representantes más mediocres queden eliminados, llamándose a esta la «crisis del hombre mediocre», uno que contempla como su acomodada vida se ve comprometida.
Ahora bien, esta mejora no hace más que socavar las ya de por si escasas iniciativas para mejorar los criterios meritocráticos, que de esta manera parece convertirse en una aspiración inalcanzable. Por otro lado, estas cuotas solo pueden tener efecto de alguna manera si los representantes están sujetos a listas abiertas, ya que en otro caso, sean hombres o mujeres, su «competencia» seguirá estando decidida por las cúpulas de los partidos o en todo caso, por las posiciones altas de las jerarquías. Pero lo más pintoresco de esta conclusión es que en realidad, sea cual sea el parámetro aplicado sería igualmente efectivo, mientras sea objetivo. Es decir, si la cuota fuera de personas rubias y morenas, altas o bajas, en todos estos casos se efectuaría un corte de selección en el que se eliminaría un porcentaje de personal mediocre. En definitiva, si bien las cuotas no son un completo desastre, tampoco parece que san una solución a la que una sociedad deba aspirar, siendo realmente como matar moscas a cañonazos.

La elección de los líderes

«El siglo XXI será femenino o no será» 
Jean Claude Frappant
¿Deben ser las mujeres las que dominen las posiciones de poder? ¿debería la sociedad dirigirse hacia un matriarcado? En el mundo contemporáneo y con las aspiraciones del siglo XXI, los antiguos modelos de liderazgo arrogantes y autoritarios, influidos por la inercia de pasados imperialistas, no parece que en efecto, tengan utilidad en el mundo completamente abarrotado y exhausto de la actualidad. Parece razonable apostar por modelos de liderazgo cuyas características se alejen de las mencionadas y que hasta hoy en día, ocupan la mayoría de jerarquías del planeta. Por las circunstancias comentadas, eran hombres los que por razones culturales inscritas en nuestro acervo milenario, los que han ocupado estas posiciones de mando, siendo la excepción los casos que por razones dinásticas, fueron mujeres los que ocuparon las máximas alturas de las jerarquías. La dinámica de conquista de nuevas tierras además, seleccionaba a un perfil específico que por razones biológicas, los varones cumplían con mayor frecuencia. Es decir, que la pertenencia al sexo masculino no era condición suficiente, sino que debía cumplir con las características de prepotencia y abuso comentadas, habituales en ciertos ámbitos castrenses. Pero no todos los pertenecientes al mismo sexo cumplen un mismo perfil ¿verdad?
Existe una tendencia a considerar que la solución a estos problemas de organización y de liderazgo pueden solucionarse incluyendo a mujeres en las posiciones de mando, incluso se llega a decir que la sociedad debe ser «femenina». Coincidiendo en que los modelos de mando han de inclinarse a otros en los que la empatía, la colaboración y el altruismo sean los preponderantes, ¿asegura la pertenencia al sexo femenino dichas características? ¿No hay hombres altruistas o empáticos? ¿son Margaret Thatcher, Esperanza Aguirre, Isabel Díaz Ayuso, Rocío Monasterio o incluso Irene Montero, o Mónica Oltra ejemplos de personas altruistas, colaborativas y con empatía? ¿Son estas virtudes «poco masculinas»? ¿No será que el problema es el excesivo fomento de un determinado tipo de perfil carente de ellas, que afecta en mayor número a hombres pero también a mujeres que son las que acaban en posiciones de mando? Se llega al punto de que hasta las mujeres han de demostrar tener perfiles de liderazgo asociados normalmente al sexo masculino para «equipararse» a los hombres. Sin embargo, existen en el día a día casos de los que poco se habla, en los que hombres y mujeres trabajan en equipo, ayudándose mutuamente y mostrando empatía entre ellos. Sin embargo, este tipo de trabajo colaborativo en equipo solo es fomentado cara a la galería o para las bases sociales, ya que las jerarquías continúan con una feroz competencia.
Sustituir los líderes actuales por otros de distinto sexo pero igualmente individualistas y autoritarios, no va a solucionar el problema de nuestros días. Menos todavía asociar poca masculinidad a los valores que hacen falta fomentar. En este sentido se expresa el psicólogo Tomás Chamorro-Premuzic cuando propone en su trabajo que la solución no es optar por mujeres en las posiciones de mando, sino cambiar la manera en que se eligen los líderes, modificar las culturas jerárquicas por las cuales se da predilección a cierto tipo de cualidades a favor de unas y en detrimento de otras. Dejar atrás la inercia cultural de siglos basada en la imagen de un determinado tipo de líder, que dejó de ser conveniente y mucho menos necesario en la actualidad, y que allá donde está, provoca descontento e ineficacia en las organizaciones. De esta manera, fomentando las cualidades mencionadas de cooperación y empatía, lo más probable es que el número de mujeres en cargos de responsabilidad aumente y tal vez, sean mayoría, ya que por la distribución de características ―la definida por una campana de gauss― se presenta en las mujeres con mayor frecuencia. Características que también existen igualmente entre los hombres, sin que por ello haya que poner en duda su «masculinidad». Pero el objetivo no sería una equiparación numérica entre sexos, sino mejorar la gestión de las sociedades en el beneficio común.

Techo de cristal

Existe la creencia entre ciertos grupos sociales de que existe una especie de barrera invisible en las organizaciones donde las mujeres quedan estancadas, cerrándoles el paso a su desarrollo profesional. A esta barrera se le conoce como «techo de cristal» ya que parece estar colocada verticalmente, al ascender en las jerarquías organizativas. Una de las pruebas que suelen argumentarse a favor de este concepto es la escasa representación de personas de sexo femenino, cada vez menor a medida que se asciende de posición en las jerarquías. Esta situación parece que se la desea presentar como una construcción deliberada, es decir, como queriendo dar consistencia a la idea de una patriarcado masculino cuyo objetivo principal es mantener a las mujeres constreñidas. El problema de este esquema es que puede haber otras explicaciones menos «conspirativas», una de ellas sería, sin ir más lejos, que por lo que se ha visto en este texto todo parece responder a una inercia cultural que si bien no cabe duda que es anacrónica y desfasada, inscrita durante demasiado tiempo en nuestro acervo cultural; pero no necesariamente premeditada. Otra explicación, no excluyente a la anterior, es que las oligarquías formadas durante siglos y con una estructura de mando muy definida y conservadora a ultranza, van a poner todos filtros y medios posibles para impedir que suban al poder los individuos que no cumplan con los requisitos que imponen, que puede resumirse en una total lealtad y sumisión a dichas oligarquías, además de poseer las cualidades personales necesarias para llevar a cabo y ejecutar las ordenes que se les encomienden, no importa los resultados que se obtengan de ellos, mientras les sean beneficiosos a dicha oligarquía. Esto implica, como puede uno imaginarse, ser personas sin escrúpulos, narcisistas y egocéntricos de manera que necesitan ser protagonistas, poseer capacidad de mando y de sometimiento de otras personas de rango inferior. Cualidades que por desgracia se dan con mayor frecuencia en el sexo masculino pero que al igual que cualquier otra cualidad, también se dan en mujeres. En definitiva, no se trataría de una cuestión de género ni de sexo, sino de simple y llana obsesión por el poder.
Pero también es cierto que la sociedad asume ciertos roles y costumbres como preestablecidos, es decir, que el dominio acumulado de unas mismas familias, dinastías y oligarquías —que afecta a toda la sociedad— acaba configurando una situación aparentemente inevitable, una especie de «indefensión aprendida» que acaba inscribiéndose en la cultura colectiva, convirtiendo lo que antaño respondía a una respuesta adaptativa a las necesidades del entorno, en un prejuicio social por el cual las mujeres quedan relegadas, en ocasiones hasta por ellas mismas, a unas tareas determinadas. Incluso en el ámbito científico, el más objetivo que podemos imaginar, se da el efecto Matilda, por el que las mujeres científicas tienen más dificultades en ser escuchadas. En el mundo anglosajón han surgido términos para identificar estas actitudes de prepotencia y paternalismo masculinos como mansplaining, hepeating y otros.
Sin embargo, estas actitudes suenan ya muy rancias y poco habituales. Hay que irse a entornos corporativos jerarquizados o a públicos muy politizados para encontrarse con un abierto rechazo a considerar a las mujeres como iguales. Ahora bien, ¿acaso en estos entornos no ocurre algo así también entre hombres? En esas jerarquías todo se mueve entre pasillos y sobres, habladurías e intereses, acuerdos a puerta cerrada y puñaladas traperas. Gracias a que las mujeres comienzan a acceder a los comités ejecutivos de las empresas, comienzan a experimentar lo que muchos hombres han padecido y continúan haciendo, durante décadas. Una mujer que acaba de llegar, sin contactos y sin influencia en un mundo donde el amiguismo es el principal parámetro, no le queda más remedio que practicar un corporativismo femenino para defenderse o hacerse oír. Es decir, combaten un mal con otro igual, pero creado a su medida.

La educación es la clave

El problema existe y hay que hacer algo para remediarlo. Desde hace mucho tiempo que la humanidad lleva recorriendo un camino que en su momento parecía, sino el adecuado, sí tal vez el único que en aquellos remotos tiempos se conocía. En épocas donde no se tenía consciencia de cómo nuestra naturaleza y nuestra sociedad estaban interrelacionadas. Esa situación ha cambiado, pero nuestro acervo cultural está grabado a fuego en nuestra memoria colectiva. ¿Se puede cambiar? Está es la pregunta principal, a la que deben seguirla cómo puede hacerse y cómo puede ponerse en práctica. Reivindicar el papel de la mujer de una manera que como principal resultado logra un aumento de rechazo social y un aumento de los problemas que denuncian, no parece ser un resultado adecuado, salvo que el objetivo sea lograr puestos políticos como forma de vivir, a pesar de no solucionar nada de lo que prometen, algo que parece ser común a toda la clase política. El mero  hecho de tener más mujeres en cargos políticos no va a lograr que la sociedad cambie, y si lo hace, como se ha demostrado, va a ser de una manera marcada por la biología, en un mundo y una época, en la que es lo último que nos hace falta. Mientras esto ocurre, nuestros hijos no saben trabajar en equipo entre ellos, sean niñas o niños. No se prepara a nuestra descendencia a conocer su naturaleza para adaptarla a los tiempos, para manejarla y no ser esclavos de nuestra biología, que es lo que nos ha ocurrido desde que dejamos nuestro hábitat natural como especie y nos construimos un mundo alrededor que hasta ahora no ha sido otra cosa que una gigantesca trampa.
SI la obra de tu vida puedes ver destrozada y sin perder palabra, volverla a comenzar,

o perder en un día la ganancia de ciento sin un gesto o un suspiro.

SI puedes ser amante y no estar loco de amor, 

si consigues ser fuerte sin dejar de ser tierno 

y sintiéndote odiado, sin odiar a tu vez, luchar y defenderte.

SI puedes soportar que hablen mal de ti los pícaros, los que pretenden enfadarte,

y oír como sus lenguas falaces te calumnian, sin tú caer en la trampa y hacer lo mismo.

SI puedes seguir digno aunque seas popular, 

si consigues ser pueblo y dar consejo a los reyes,

si a todos tus amigos amas como un hermano, sin que ninguno te absorba.

SI sabes observar, meditar, conocer, sin llegar a ser nunca destructor o escéptico;

soñar, mas no dejar que el sueño te domine; pensar, sin ser sólo un pensador.

SI puedes ser severo sin llegar a la cólera

si puedes ser audaz, sin pecar de imprudente,

si consigues ser bueno y lograr ser un sabio, sin ser soberbio ni pedante.

SI alcanzas el triunfo después de la derrota 

y acoges con igual calma esas dos mentiras.

Si puedes conservar tu valor, tu cabeza tranquila,

cuando otros a tu alrededor la pierden.

ENTONCES los reyes, los dioses, la suerte y la victoria,

serán ya para siempre tus sumisos esclavos, 

y lo que vale más que la gloria y los reyes,

SERÁS HOMBRE, hijo mío

Rudyard Kipling

Rudyard Kipling fue un conocido escritor de habla inglesa, el primero en dicho idioma en ganar el premio nobel de literatura. Era hombre, era blanco, era heterosexual y nació en pleno auge del Imperio Británico. Tal vez muchos (o muchas) lo descarten por su condición, sin importar el mensaje que transmitía en sus textos de comprensión, de empatía, de amistad, aún siendo hombre pero sin dejar de ser también firme, valiente y decidido. Lo cierto es que ese incomprensible imperialismo hizo que su hijo muriera en la Primera Guerra Mundial, uno de los motivos que le llevó a aborrecer el camino que la sociedad occidental estaba tomando y que le otorga un valor especial a sus palabras. Tal vez sea el momento de dejar los prejuicios a un lado y, sin importar su sexo, convendría poner en práctica el fragmento mostrado justo antes de estas líneas, para llegar por fin a ser hombres, así como para llegar a ser mujeres. Pero sobre todo, tal vez algún día, para lograr ser personas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Más allá del derecho a decidir

jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Hasta donde podemos decidir sobre lo que nos rodea? ¿podemos decidir de qué color pintamos la escalera del rellano? ¿podemos decidir poner un muro en la terraza para guardarnos un trocito? ¿puede una parte de un autobús decidir el destino «independientemente» de lo que decida el resto? ¿pueden los ciudadanos de una parte de un estado decidir que se quedan con ella? ¿es lo mismo un referendum sobre una decisión que hacerla realidad? ¿tiene sentido apelar a la democracia al mismo tiempo que se ignora el marco político dónde se desarrolla, tenga o no defectos? Se oye muy poco sobre las preguntas que realmente se deberían hacer. Cada uno de los bandos continua con su visión particular, reavivándose unos a otros, anclados a sus posturas hasta llegar al actual punto. Cada uno con su parte de razón, que usa para justificar su mentira. Siendo ambas posturas, curiosamente, complementarias.

El diagnóstico del independentismo

Hay una parte, en efecto, en la que el independentismo acierta, pone el dedo en la llaga y sabe que es ahí donde ha de incidir una y otra vez, ya que saben que el «enemigo» elegido no va a aceptar su verdadera condición. Este contrincante está formado por los poderes tradicionales que han gobernado y gobiernan en España, algunos desde hace siglos: la monarquía, la Iglesia y los bancos. Desde aquí se propagan hacia la sociedad a través de monopolios energéticos y de comunicaciones —sectores declarados estratégicos desde el franquismo y que continúan siéndolo gracias a las «puertas traseras»— y asociaciones políticas como partidos o sindicatos, instituciones monolíticas cerradas, la mayoría de ellas con un alto grado de verticalidad y fuerte jerarquía —salvo algunos partidos de aparición reciente—.

El enemigo —o espejo donde mirarse—

Los poderes que gobernaron España tras la Guerra Civil se acostumbraron desde entonces a ser la máxima autoridad. La sociedad española de la época estaba educada bajo un régimen social jerarquizado y vertical, siendo el cabeza de familia la autoridad de nivel básico —en lugar del ciudadano— quedando el resto de la familia relegada a su voluntad. De esta manera, las reivindicaciones sociales no tenían cabida en sus mentes fijas y básicas. Aún así, empujados por la presión interna de la sociedad que reclamaba un cambio político, pero sobre todo, por la presión internacional encabezada por unos Estados Unidos encargados de remodelar la nueva Europa que se quedaba tras la Segunda Guerra Mundial, fueron los que «apadrinaron» el inicio de un proceso de transición. De esta manera los poderes «tradicionales» aceptaron a regañadientes y sin dejar ni una sola de sus convicciones ideológicas, dejar entrar a otras opciones y ceder a algunas concesiones. Así el PSOE y el PC dejaron la clandestinidad y pasaron a ser compañeros de los poderes clásicos. Así mismo, el llamado «café para todos» dio paso al sistema pseudo federal autonómico, un quiero y no puedo cargado de incoherencias y asimetrías, culminado en la actual Constitución de 1978. Esta era teóricamente un punto de partida para que la sociedad pudiera por si misma continuar el proceso, pero nos hemos quedado en el limbo, en una transición política permanente que no acaba de cuajar.

El sistema

España se gobierna desde entonces por un sistema que si bien cuenta —contaba— con la aceptación mayoritaria tanto del propio pueblo como reconocimiento internacional, con el tiempo se ha visto que minimiza y desvirtúa la participación del ciudadano, tanto para elegir representantes como para el reparto de escaños. Además, la legislación para recoger iniciativas populares no es útil en la práctica. En definitiva, está muy alejado de los principales países de su entorno como Francia, Alemania, Gran bretaña incluso Italia —ni hablar ya de Suiza o de los países nórdicos—. Un sistema que como se nos dijo desde el principio, estaba ideado para crear «mayorías sólidas» que pudieran gobernar sin obstáculos. Aún con todo, el sistema alberga la posibilidad de que el pueblo, una vez mínimamente organizado, pueda modificarlo. Han tenido que pasar varias décadas para lograr que por fin esa gobernabilidad que no era otra cosa que potestad e impunidad para ordenar decretazos, tuviera su freno mediante la única opción posible que es la de un partido político diseñado —teóricamente— para tal fin. Por supuesto, los poderes aquellos, los «de siempre», no les cabe en la cabeza que su posición privilegiada otorgada por «derecho divino» pueda cambiar.

Huida hacia adelante

Pero precisamente por esto, todos los nacionalismos sean del color que sean, se definen precisamente por la creencia en un dogma abstracto al que le conceden total supremacía. Concepto bajo el que supeditan todas las demás cuestiones. Para que la jerarquía gobernante pudiera continuar lamiendo las mieles del poder, tuvo que adaptarse la situación y dejar que otras jerarquías locales tuvieran mayor poder de actuación. En definitiva, como ocurre otras veces cuando de manera no vigilada o bajo intereses distintos a los de representar a la sociedad, la ausencia de un poder conlleva la aparición de otro, no necesariamente mejor. El nacionalismo «españolista» fue sustituido por otro «catalanista», más local, más cercano indudablemente, pero igual de autoritario aunque no tuviese un ejército detrás. Esta dejadez o irresponsabilidad por ignorar un problema que tal vez no entendían pero les permitía continuar privilegiados, permitió que las élites catalanistas a través del modelo autonómico y el reparto de escaños, tuvieran el poder legal suficiente como para controlar los poderes públicos, educación y medios de comunicación para así, diseñar un modelo de sociedad catalana basada en «la integración del acto contestatario dentro de los ritos de la vida social» (Enric Gonzalez,  El Mundo, 27-08-2017)

La solución mágica

En esta situación a mi también me gustaría independizarme de España. Tienen gran parte de razón los independentistas cuando hablan en estos términos. A una parte de mi le gustaría cerrar los ojos y que al volverlos a abrir nada de esto fuera así. Me gustaría decir una palabra mágica, algo así como «voy a votar que quiero ser independiente» y que todos estos problemas desapareciesen. Me gustaría poder decir «que se pare España que me bajo». Pero a otra parte de mí sabe que esto no es más que una fantasía, que los problemas hay que hacerles frente, haciendo uso de las herramientas existentes, que son pocas, pero existen. Y si no existen, se fabrican. En lugar de seguir este camino, en Cataluña se ha gobernado durante décadas siguiendo las mismas pautas, colocando como fuente de todos los males siempre al mismo protagonista y sin proponer ni una solución. Diseñando un modelo basado en la creación de un enemigo imaginario en el sentido de que no es enemigo de la sociedad catalana, sino enemigo de la sociedad misma, un problema que compartimos todos los españoles pero que en Cataluña se ha utilizado para justificar una posición privilegiada de una clase dirigente local, que no es mejor que ninguna otra e igual de mala que cualquiera que usa mentiras para pretender legitimarse y a enemigos escogidos como culpables de todo y así evitar la obligación de proponer soluciones.

El día después [actualizado 6/oct/2017]

Los actos del propio día de esa pantomima llamada «autoreferendum» y los de los días posteriores definen la actual situación esperpéntica. Por un lado, a esa jerarquía autoritaria que sólo conoce como solución aplicar la fuerza coactiva del estado, ya sea para vigilar a punta de pistola a controladores aéreos como para impedir algo que por ilegal y absurdo que fuere, era completamente inofensivo. Por otro, a unos estrategas mediáticos que han manipulado a su población para poner delante de policías que cumplen ordenes a ciudadanos, incluidos niños y ancianos. En resumen, la orden de enviar a la policía fue un completo error, por capacidad y respaldo legal que tuvieran para hacerlo. Un error político de los que no han sabido desde hace décadas, ni saben, ni por lo visto sabrán, manejar un conflicto el cual no han hecho más que alimentar desde entonces. Ahora bien, una vez dada la orden, la decisión de no acatarla y formar barricadas humanas, demuestra la falta de ética de los políticos catalanistas y también, de su perfecto conocimiento de las carencias de sus adversarios, anticipando su respuestas y preparándose para la foto.