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domingo, 29 de marzo de 2026

Del vínculo al juego

domingo, 29 de marzo de 2026

Serie desajuste afectivo VIII 

El varón detecta incoherencias en las relaciones modernas y adapta su comportamiento hacia estrategias más conscientes y menos espontáneas.

Cuando la participación deja de ser espontánea

En los capítulos anteriores se ha descrito cómo las pautas de conducta propias de cada sexo que organizan la interacción afectiva, continúan siendo las mismas aunque las condiciones que las originaron evolutivamente hayan cambiado. También se ha señalado que cuando ese funcionamiento pasa de lo espontáneo a lo estratégico, la interacción deja de vivirse como natural y empieza a percibirse como un «juego competitivo». 

Esta mutación rompe el equilibrio que caracterizaba su funcionamiento original. Aunque las estrategias de interacción de cada sexo no son idénticas —y en ocasiones pueden parecer incluso contradictorias—, ambas tienden a ajustarse mutuamente hasta estabilizar el vínculo. No se trata de una cooperación explícita desde el inicio, sino del resultado de una tensión entre estrategias distintas que, en su entorno original, terminaban encajando en un equilibrio funcional.

Sin embargo, en la actualidad, no solo ese equilibrio se ha visto alterado al desaparecer el entorno donde se originó, sino que la toma de conciencia de ese «juego de toma y daca», ni siquiera se produce de forma simétrica. En muchos casos, el varón accede a esta percepción a través de la experiencia repetida. No como una elaboración teórica previa, sino como una acumulación de situaciones en las que la interacción no responde a las expectativas generadas culturalmente y reforzadas por distintos discursos sociales que defienden un teórico marco explícito de igualdad, reciprocidad y transparencia. Lo que inicialmente se interpreta como casos aislados comienza a adquirir consistencia como patrón.

A partir de ese momento, la interacción deja de experimentarse en los mismos términos. La discrepancia entre lo que se declara y lo que efectivamente organiza la relación introduce una duda difícil de ignorar: si las reglas explícitas no son las que realmente rigen la interacción, ¿Cuáles son entonces las que operan?

Este cambio de percepción marca el inicio de una transformación más profunda. El varón ya no participa únicamente desde la anticipación emocional o la expectativa de reciprocidad, sino también desde una creciente atención a las regularidades del comportamiento que observa. La interacción comienza a interpretarse no solo en función de lo que se dice, sino de lo que sistemáticamente ocurre.

Es en este punto donde empieza a emerger una forma de respuesta característica: no como una ideología previa, ni como una actitud hostil en su origen, sino como una adaptación progresiva a una experiencia percibida como incoherente.

La asimetría en la percepción del desajuste 

Esta transformación no se produce necesariamente en ambos participantes de la misma manera: mientras que el varón puede llegar a identificar el desajuste a partir de la observación de patrones externos —es decir, a través de la conducta de la pareja—, el funcionamiento implícito que organiza la interacción resulta más difícil de percibir desde dentro de dicho marco —por la propia pareja que asume su comportamiento como «normal»—.

No se trata de una cuestión de intención o de voluntad, sino de posición dentro del propio sistema. Los mecanismos que operan de forma implícita no suelen presentarse como tales para quien los activa, sino como respuestas naturales o evidentes dentro de la interacción. Esto introduce una asimetría relevante: uno de los participantes comienza a interpretar la dinámica como estructurada y predecible, mientras que la otra persona que participa en la relación puede seguir experimentándola como espontánea o contingente.

Es precisamente esta diferencia en la percepción la que intensifica la sensación de incoherencia. Lo que para uno se presenta como patrón, para el otro puede seguir siendo experiencia.

Del escepticismo al cinismo adaptativo 

Cuando esta discrepancia se repite, la respuesta del varón tiende a transformarse. No porque cambien necesariamente sus intenciones iniciales, sino porque cambia su interpretación del entorno en el que esas intenciones se despliegan. La transparencia, la iniciativa directa o la inversión temprana dejan de percibirse como estrategias neutras o positivas, y comienzan a evaluarse en función de su eficacia dentro de un sistema cuyo funcionamiento obedece a criterios implícitos que divergen cada vez más de los explícitos.

En este contexto, el cinismo no aparece como una posición ideológica previa, sino como una adaptación conductual a una interacción percibida como incoherente. No se trata tanto de una desconfianza hacia la otra persona en términos individuales, sino de una desconfianza hacia el marco en el que la interacción tiene lugar.

A diferencia del funcionamiento descrito en el capítulo anterior, este tipo de cinismo no emerge de forma implícita dentro del sistema, sino como una respuesta consciente a la percepción de sus reglas. No es un mecanismo que organice la interacción, sino una forma de posicionarse frente a ella una vez que ha sido comprendida.

Más allá de la narrativa de la crisis 

Desde esta perspectiva, ciertas interpretaciones que atribuyen estas transformaciones a una supuesta «crisis de masculinidad» pueden resultar insuficientes. No todos los varones que desarrollan este tipo de respuesta presentan dificultades con los cambios culturales o con la redefinición de los roles tradicionales. En muchos casos, la reacción no surge de la pérdida de un modelo anterior, sino de la percepción de una incoherencia en el modelo actual.

El problema no se experimenta necesariamente como una falta de referentes, sino como una dificultad para operar de manera coherente dentro de un sistema cuyas reglas explícitas y funcionamiento efectivo no coinciden.

¿Una nueva forma de participación?

Es a partir de este punto cuando la participación en la interacción deja de ser natural. La transparencia deja de percibirse como una virtud relacional y pasa a entenderse como una estrategia que pierde eficacia dentro del marco establecido. Como resultado, el varón no abandona necesariamente el sistema, pero deja de experimentarlo del mismo modo. Esta transformación no implica necesariamente una degradación del vínculo, pero sí marca un cambio fundamental: la relación deja de vivirse únicamente como una experiencia vital y comienza a ser interpretada también como rutina. 

En este mismo contexto, no solo cambia la forma en que los individuos participan en la interacción, sino también los incentivos que la sostienen. Aquellos que orientan su comportamiento hacia la construcción de un vínculo tienden a encontrarse en una posición menos favorable frente a dinámicas que priorizan la gestión estratégica del intercambio. No porque el vínculo haya dejado de ser deseable, sino porque las condiciones que lo facilitaban han perdido estabilidad dentro del sistema actual. Cuando desaparecen las condiciones que obligaban a ese ajuste, las distintas estrategias dejan de compensarse y comienzan a divergir.

Esta transición —de la participación espontánea a la participación consciente— no solo transforma la experiencia individual, sino que altera la propia lógica del modelo de relación. A partir de ese punto, la interacción deja de sostenerse en la confianza implícita y comienza a reorganizarse en torno a estrategias de adaptación. Es precisamente en ese terreno donde empiezan a emerger nuevas formas de comportamiento colectivo que aparecen como respuesta. 

Bibliografía / lecturas de referencia

  • Axelrod, R. (1984). La evolución de la cooperación.
  • Bauman, Z. (2005). Amor líquido.
  • Buss, D. (1994). La evolución del deseo.
  • Buss, D. & Schmitt, D. (1993). Teoría de las estrategias sexuales.
  • Cosmides, L. & Tooby, J. (1992). Los fundamentos psicológicos de la cultura.
  • Frank, R. (1988). Pasiones dentro de la razón.
  • Giddens, A. (1992). La transformación de la intimidad.
  • Henrich, J. (2016). El secreto de nuestro éxito.
  • Illouz, E. (2009). El consumo de la utopía romántica.
  • Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio.
  • Miller, G. (2000). La mente del apareamiento.
  • Pinker, S. (2003). La tabla rasa.
  • Sapolsky, R. (2018). Compórtate.
  • Trivers, R. (1972). Inversión parental y selección sexual.

(Bibliografía proporcionada por ChatGPT)

miércoles, 25 de marzo de 2026

El verdadero motor de la historia

miércoles, 25 de marzo de 2026
Una reinterpretación de la historia: el conflicto social como resultado del desajuste entre biología humana y estructuras sociales.

La malinterpretación de la historia

Nota: este texto sintetiza el estudio sobre el motor de la historia. El informe completo puede consultarse en ResearchGate y Academia.edu.

Existe una tendencia casi automática —y profundamente arraigada— a interpretar la historia como una sucesión de conflictos ideológicos: capitalismo contra comunismo, izquierda contra derecha, progreso contra tradición. Este esquema no solo estructura el discurso político contemporáneo, sino que condiciona la forma en que los individuos interpretan su propia experiencia social. Sin embargo, esta forma de leer la historia presenta un problema fundamental: describe los conflictos, pero no explica su origen.

Cuando dos sistemas ideológicos se enfrentan, lo que vemos es la superficie del fenómeno. Pero esa superficie —como ocurre en cualquier sistema complejo— puede ser engañosa. Nos ofrece una narrativa comprensible, emocionalmente satisfactoria incluso, pero insuficiente desde el punto de vista explicativo. Es, en términos funcionales, un mapa simplificado que oculta el mecanismo real.

El error no está en que estas narrativas sean completamente falsas, sino en que operan en el nivel equivocado.

El nivel equivocado del análisis

Si observamos la historia desde una perspectiva más profunda, aparece un patrón que no encaja del todo con la interpretación ideológica clásica: los conflictos se repiten incluso cuando cambian los sistemas, los valores y las estructuras políticas: Imperios que caen para ser sustituidos por otros. Revoluciones que prometen igualdad y acaban reproduciendo jerarquías. Sistemas que nacen como solución y terminan generando nuevas tensiones.

Este patrón sugiere que el origen del conflicto no está en las ideas en sí mismas, sino en algo más estructural. Algo que permanece constante incluso cuando todo lo demás cambia. Precisamente, ese elemento constante —y el cambio de entorno que marca la transición entre dos formas de organización humana— constituyen el origen de lo que aquí se plantea como el «motor» del conflicto histórico. Es el propio ser humano operando fuera del entorno que le vio surgir como especie. Más concretamente: el desajuste entre el diseño evolutivo del Homo sapiens y las estructuras sociales que se construirían tras el paso al Neolítico.

Un organismo fuera de contexto

El ser humano no es una entidad abstracta ni una «tabla rasa» moldeable a voluntad. Es el resultado de un proceso evolutivo extremadamente largo, desarrollado bajo condiciones muy específicas que ya no existen. Durante la mayor parte de su historia, nuestra especie vivió en grupos pequeños, con baja densidad poblacional, sin acumulación significativa de recursos y con una fuerte interdependencia entre individuos. En ese entorno, ciertos rasgos psicológicos resultaban adaptativos: la cooperación, la sensibilidad a la injusticia, la aversión a la dominación arbitraria o la tendencia a castigar a quienes rompían las normas del grupo. No eran valores morales en el sentido moderno. Eran estrategias de supervivencia. El problema es que ese «hardware» psicológico no ha cambiado de forma sustancial, pero el entorno en el que opera sí lo ha hecho. Y lo ha hecho de forma radical.

El punto de ruptura

La aparición de la agricultura introdujo un cambio que rara vez se valora en toda su profundidad: la posibilidad de acumular excedentes. Con ella, emergieron nuevas dinámicas sociales que no existían en el entorno previo: propiedad, desigualdad estructural, especialización, jerarquías estables y, eventualmente, el Estado. Este cambio no fue simplemente económico. Fue ecológico y cognitivo. Por primera vez, el ser humano comenzó a vivir en un entorno para el que no estaba adaptado.

La cooperación dejó de ser suficiente como mecanismo organizador. La escala de las sociedades creció más allá de los límites en los que los mecanismos psicológicos tradicionales podían operar eficazmente. Y, en ese vacío, aparecieron nuevas estructuras: coerción, burocracia, ideología. No como elección consciente, sino como respuesta funcional a un problema emergente.

La fricción invisible

Aquí es donde aparece el verdadero motor de la historia: la fricción entre lo que somos y el sistema en el que vivimos. No se trata de un conflicto consciente. No es que el ser humano «quiera» rebelarse contra el sistema en términos explícitos. Es algo más profundo y más difuso:

  • Es la incomodidad persistente.
  • La sensación de injusticia difícil de articular.
  • La tensión entre lo que se espera de nosotros y lo que intuitivamente percibimos como legítimo.

Cuando esta fricción se intensifica, aparece el conflicto social. Pero ese conflicto no surge porque una ideología sea «incorrecta» y otra «correcta», sino porque ambas intentan gestionar —de forma incompleta— un desajuste estructural. Las ideologías no crean el conflicto sino que lo canalizan. Surgen como reacción, articulando en forma de proyecto consciente una tensión que aún no podía ser comprendida plenamente. En ese proceso, la esperanza de resolver el conflicto actúa como el «motor emocional», una manifestación del desajuste previo.

Ideologías como parches

Desde esta perspectiva, las grandes narrativas políticas modernas pueden entenderse como intentos de resolver o al menos estabilizar esa fricción. El problema es que lo hacen de forma parcial. Algunas corrientes han intentado ignorar la naturaleza humana, asumiendo que puede ser reconfigurada completamente mediante estructuras sociales adecuadas. Otras han hecho lo contrario: reducir esa naturaleza a sus dimensiones más competitivas, diseñando sistemas que explotan esos rasgos como motor económico. 

Ambos enfoques comparten el mismo error: tratan de imponer un modelo cerrado sobre un sistema que no encaja en él. El resultado no es la resolución del conflicto, sino su desplazamiento. Cuando un sistema falla, no desaparece la tensión. Cambia de forma.

La internalización del conflicto

Uno de los fenómenos más característicos de las sociedades contemporáneas es que gran parte de esta fricción ya no se manifiesta de forma colectiva, sino individual: el conflicto se ha privatizado. Donde antes había enfrentamientos visibles —clases, revoluciones, movimientos organizados— ahora encontramos ansiedad, autoexigencia, sensación de insuficiencia o culpa difusa.

El sistema ya no necesita imponerse únicamente desde fuera. Funciona porque ha sido interiorizado. El individuo se convierte en gestor de su propia adaptación a un entorno que no ha diseñado y que, en muchos casos, no comprende del todo. Y cuando falla, interpreta ese fallo como un defecto personal, no como un problema estructural. Esta es, probablemente, una de las formas más eficientes de estabilización social: transformar un conflicto sistémico en una experiencia psicológica individual.

El error de la moralización

Ante este panorama, una de las respuestas más habituales es la moralización. Se atribuyen los problemas sociales a la falta de valores, a la pérdida de ética, a la decadencia cultural o a la corrupción de determinadas élites. Y aunque estos factores pueden tener relevancia, centrarse exclusivamente en ellos implica confundir causa y efecto. 

No es que las personas se comporten mal y por eso el sistema funcione mal. Es que el sistema genera condiciones en las que ciertos comportamientos se vuelven más probables, más funcionales o incluso necesarios. Cuando una estructura recompensa la competencia extrema, penaliza la cooperación o convierte necesidades básicas en mercancía, no está simplemente reflejando la naturaleza humana: la está modulando. Y lo hace dentro de unos límites que esa misma naturaleza impone.

Hacia un cambio de enfoque

Si aceptamos que el conflicto social tiene raíces estructurales en un desajuste evolutivo, la pregunta deja de ser «qué ideología es correcta» y pasa a ser otra: ¿Qué tipo de estructuras son compatibles con el funcionamiento real del ser humano?

Este cambio de enfoque es incómodo, porque elimina muchas certezas. Obliga a abandonar explicaciones simples y a reconocer que no existe una solución única, universal y definitiva. Pero también abre una vía más prometedora.

En lugar de diseñar sistemas basados en principios abstractos o en ideales normativos, podríamos empezar a pensar en términos de ajuste: reducir la fricción entre nuestras disposiciones biológicas y las estructuras sociales. No se trata de volver al pasado ni de idealizar formas de vida anteriores. Tampoco de aceptar pasivamente las condiciones actuales. Se trata de entender el sistema como un problema de diseño.

El papel de las «prótesis racionales»

El uso de una prótesis no implica naturalizarla ni ignorar la carencia que compensa. Tampoco convertirla en un nuevo estándar antropológico. Su función es estrictamente instrumental: permitir que el ser humano opere fuera de su entorno original sin quedar limitado por él.

Aquí es donde aparece una idea clave: la necesidad de desarrollar herramientas —institucionales, tecnológicas, cognitivas— que actúen como mediadores entre nuestra biología y la complejidad del entorno social. No podemos reconfigurar nuestro «hardware» evolutivo a corto plazo. Pero sí podemos diseñar el «software» en el que opera.

Estas «prótesis racionales» no sustituyen al ser humano ni intentan corregirlo moralmente. Funcionan como mecanismos de compensación. Del mismo modo que utilizamos tecnología para superar limitaciones físicas, podríamos utilizar estructuras sociales diseñadas de forma explícita para mitigar nuestras limitaciones cognitivas y emocionales.

Esto implica abandonar los sistemas cerrados y adoptar un enfoque abierto y experimental: probar, medir, corregir. Aplicar, en cierto sentido, el método científico a la organización social.

Más allá del conflicto permanente

Si el conflicto histórico ha estado impulsado en gran medida por este desajuste, surge una cuestión inevitable: ¿Qué ocurriría si lográramos reducirlo de forma significativa?

La respuesta más común es que eso supondría el fin de la historia, entendido como ausencia de cambio o de dinamismo. Pero esta idea parte de una suposición discutible: que el conflicto interno es la única fuente de movimiento. En realidad, gran parte de la energía humana se ha consumido en gestionar tensiones que nosotros mismos hemos generado. Reducir esas tensiones no implicaría detener el desarrollo, sino redirigirlo. Hacia problemas que no dependen de nuestra organización social, sino de las condiciones mismas de la existencia: la enfermedad, la limitación del conocimiento, la fragilidad biológica, la entropía.

Una cuestión abierta

Nada de esto ofrece una solución inmediata ni un programa político cerrado. Y probablemente ese sea el punto. Durante siglos, hemos intentado resolver problemas complejos mediante sistemas totalizantes que prometían respuestas definitivas. El resultado ha sido, en el mejor de los casos, una estabilización temporal; en el peor, nuevas formas de conflicto.

Tal vez el error no haya estado en las respuestas, sino en la forma de buscarlas.

Si la historia ha sido hasta ahora el resultado de una fricción persistente entre lo que somos y lo que hemos construido, comprender esa fricción no la elimina automáticamente. Pero sí permite empezar a trabajar sobre ella con un grado mayor de precisión. Implica abandonar modelos normativos cerrados y adoptar un enfoque iterativo: hipótesis explícitas, métricas observables y revisión constante de las estructuras implementadas.

Y eso, en un sistema tan complejo como la sociedad humana, no es una solución definitiva. Pero sí es, probablemente, el primer avance real.

lunes, 26 de enero de 2015

catalán y valenciano: una explicación independiente

lunes, 26 de enero de 2015
Fuente: Wikipedia
¿Qué se esconde tras el conflicto lingüístico que afecta a las comunidades catalana y valenciana? ¿realmente se conoce el origen y causas de este enfrentamiento? ¿existe realmente el conflicto o se trata tan sólo de «política»? Da la impresión como si el resto de España considerase este asunto como «ruido de fondo». Uno más de esos conflictos perennes que de vez en cuando reaparecen en las portadas de los periódicos, cuando no tienen otra cosa que contar. Pero ¿es posible pensar en algún ámbito en España que no se vea afectado por la política? La respuesta es que para bien o para mal no existe rincón que no se haya visto condicionado por las decisiones políticas. Y este es uno de los que más.

En esta España del enfrentamiento y del maniqueísmo —o conmigo o contra mi, Barça o Madrid, PSOE o PP, etc.— se buscan explicaciones absolutas y contundentes. Un «sí» o «no». O un «blanco» o «negro». De esta manera se fragmenta la sociedad en grupos enfrentados, cuyas posturas son dogmáticas, rígidas e inamovibles. No hay cabida para el detalle o la sutileza.

Sin embargo, es necesario algo más de esfuerzo para ir al meollo. Hay varias preguntas que surgen al intentar entender este asunto. Responderlas con un «sí» o un «no» sirve para poco más que satisfacer los dogmas de cada grupo, grabados a fuego durante décadas en el acervo colectivo de la sociedad española. Todo intento de escapar de uno u otro dogma se encuentra con más dudas y rara vez se llega a la causa de todos estos malentendidos.

Este va a ser un largo artículo. Por este motivo se ha dividido en varias partes, con un índice y enlaces a cada una de ellas:
  1. Pregunta: ¿son el catalán y el valenciano una misma lengua?
  2. Pregunta: Si son la misma lengua ¿cómo se llama?
  3. Pregunta: ¿viene el valenciano del catalán?
  4. Conclusiones
  5. Bibliografía
  6. Notas


1ª pregunta: ¿Son el catalán y el valenciano una misma lengua?


Naturalmente, los lingüistas pueden responder perfectamente a esta cuestión, pero en términos que sólo son útiles para otro lingüista. A la hora de clasificar las lenguas, los especialistas diferencian entre taxonomía popular —susceptible de factores sociológicos— y taxonomía glotológica —la definida por la propia ciencia lingüística—. Sin embargo, los propios especialistas se incluyen como parte de mundo científico, sin asumir que son también parte de la sociedad y por tanto, sujetos a factores políticos de forma similar a como lo pueden estar los jueces, los periodistas o los médicos de empresa.

Para responder a esta pregunta en los términos adecuados para los profanos, habría que comprender mejor qué es una lengua y cuándo estas son «la misma». Por ejemplo, todo el mundo está de acuerdo en que la lengua hablada en Extremadura es la misma que la hablada en Murcia —por poner un ejemplo cualquiera—. Sin embargo, todo el que ha podido viajar por España habrá podido comprobar como existen expresiones, giros y un vocabulario que difiere notablemente entre zonas. Son «lo mismo», pero no «iguales».

¿Qué ocurre?

Pues que las lenguas irremediablemente evolucionan, y lo hacen de forma diferente según el lugar.

Entonces ¿por qué continúan siendo la misma lengua?

Porque hay una serie de instituciones que se encargan de mantener cierta homogeneidad entre las distintas zonas. Estas instituciones difieren en función de la tradición. Por ejemplo, en el ámbito continental es habitual encontrarse con «academias» lingüísticas centrales que tienen poder para decidir en estos asuntos. Este poder emana del Estado, es decir, es en última instancia un poder político.

En España y otros países hispanohablantes existe la Asociación de Academias de la Lengua Española, que se reúnen periódicamente para incluir en el Diccionario Panhispánico todos aquellos términos que han surgido en cada territorio, con el objeto de mantener una homogeneidad aceptable, de forma que glotológica y socialmente puedan continuar considerándose una misma lengua(1).

Por otro lado, en el ámbito anglosajón no existen estas instituciones. Por este motivo las lenguas mantienen sus denominaciones originales y su heterogeneidad es mucho mayor. Las únicas instituciones que hacen algo por mantener la lengua —el inglés en este caso— dentro de la inteligibilidad en el territorio son ciertas «autoridades» culturales o científicas como la cadena pública de difusión británica BBC —en España el concepto de autoridad cultural se encuentra viciado por el ámbito político— .

¿Por qué hay entonces diferentes lenguas en España?

Debido a que el proceso normalizador y homogeneizador no ha sido uniforme, a causa de que los territorios, los poderes políticos correspondientes y las instituciones encargadas de mantener el «orden» lingüístico, han variado a lo largo de los siglos o, no han existido. En el caso de la Corona de Castilla ha habido desde Alfonso X una clara intención de homogeneización lingüística. Sin embargo, en la Corona de Aragón con una configuración política descentralizada, se ha seguido el modelo anglosajón, esto es, sin instituciones centrales que mantuvieran dentro de ciertos parámetros la uniformidad lingüística.

Debido a esta circunstancia, el castellano es el resultado de numerosas transformaciones desde el latín vulgar hasta la actual lengua española —hablada en todo el territorio—, al verse sometido a sucesivos procesos normalizadores, incorporando términos de todo el territorio que ha conformado primero la Corona de Castilla, y posteriormente el Reino de España. Por el contrario, el latín vulgar hablado en la Corona de Aragón ha evolucionado en función del desarrollo literario espontáneo —normalmente proveniente de las clases sociales que podían permitírselo(2)—, preservándose aquellas variantes de mayor prestigio literario.

Además de la intención normalizadora explicada en los párrafos anteriores, siempre existe una tendencia natural del pueblo a continuar con su «lengua original» previa —sobre todo si los cambios venían de decisiones tomadas a muchos kilómetros de distancia—. Por este motivo las regiones periféricas de Castilla han mantenido sus lenguas o dialectos —según el caso—: gallego, asturiano, cántabro, leonés, andaluz, etc. Por el contrario, cuando este proceso se realiza según el modelo anglosajón basado en el prestigio o autoridad cultural literaria, el pueblo tiende a imitar o a emular las variantes de mayor prestigio. Aunque en todo caso, este fenómeno puede darse de cualquier manera, dependiendo mucho del concepto de «autoridad» que la sociedad tenga.


1ª Respuesta

Con el contexto algo mejor definido, la respuesta es que sí: las lenguas habladas en las comunidades catalana y valenciana, así como la balear, son la misma lengua desde un punto de vista glotológico —es decir, científico—. Antes de que alguien me encasille en algún sector ideológico, recordarles que aún no se ha acabado el artículo.

Decir que son la misma lengua o que pertenecen a un mismo «sistema lingüístico» resulta una obviedad. En otro artículo anterior ya se vio que en cierto momento de la historia se partía en toda la península de una misma lengua. Deberíamos preguntarnos primeramente por qué dejaron de serlo, en lugar de si lo son o no ahora.

Por lo comentado anteriormente, la posterior creación de lenguas distintas responde básicamente a la falta de algún tipo de institución o autoridad —sea política o literaria— que mantenga un referente o modelo común a seguir en todo el ámbito geográfico. Al no existir una política lingüística con intención unificadora como sí ocurrió en la Corona de Castilla, la consecuencia ha sido una divergencia político-lingüística que ha creado las diferencias actuales. En unos casos la separación ha sido tal que la compatibilidad era imposible desde un punto de vista puramente idiomático. En otros, se trata de «dialectos» o «variantes» de un mismo «sistema lingüístico» proveniente del latín vulgar, sin llegar a la escisión.

En la península, en el caso del resto de variantes del latín vulgar que no entraron en la influencia reguladora del castellano, los especialistas consideran que no ha existido una divergencia lo suficientemente grande como para que sean lenguas distintas, por tanto, se consideran una. Pero esto no significa que sean «iguales», ni que no hayan recibido nombres diferentes durante siglos en base a identificar dichas diferencias entre las variantes. Ni que unas se subordinen a otras. Las autoridades correspondientes deberían respetar dichas diferencias o dejar que sea la propia sociedad la que las mitigue. Y mucho menos, crear subordinaciones de unas lenguas respecto de otras, que nunca han existido.

La consideración institucional del valenciano dentro del sistema lingüístico catalán no es un hecho puramente lingüístico, sino el resultado de decisiones normativas adoptadas por organismos con capacidad de estandarización, como la Real Academia Española o entidades afines. Estas decisiones, aunque apoyadas en criterios filológicos, implican necesariamente la elección de un marco interpretativo entre varios posibles: priorizar la unidad estructural de la lengua o reconocer la tradición histórica de sus denominaciones diferenciadas. El hecho de que en determinados momentos se haya reconocido al valenciano como entidad diferenciada dentro de dichas instituciones, y posteriormente se haya integrado bajo una denominación común, pone de manifiesto que no estamos ante una realidad fija e indiscutible, sino ante un proceso de construcción normativa donde intervienen factores académicos, históricos e institucionales. Por ello, el debate no debería centrarse en negar la unidad lingüística, sino en analizar qué criterios se han privilegiado para definirla y con qué legitimidad se han aplicado.

En este punto surge una cuestión relevante: hasta qué punto la clasificación lingüística actualmente aceptada responde exclusivamente a criterios filológicos o si, por el contrario, ha estado también influida por factores socio-políticos. La consolidación de una «versión oficial» en torno a la denominación y jerarquización de estas variedades podría interpretarse como el resultado de un proceso en el que han intervenido no solo argumentos lingüísticos, sino también dinámicas institucionales y contextos históricos concretos. Analizar este proceso exige, por tanto, distinguir entre los hechos lingüísticos y los marcos interpretativos desde los cuales se han organizado. La pregunta que hay que hacerse ahora es:

2ª pregunta: si son la misma lengua ¿Cómo se llama?

La versión oficial sitúa al valenciano y al balear como dialectos del catalán, junto al catalán noroccidental y el «central», respectivamente. Según esta visión la lengua se llamaría catalán. Ahora bien,

¿Quién lo ha decidido?

Si bien los lingüistas pueden demostrar que valenciano, catalán y balear son una misma lengua, la asignación de denominaciones responde a criterio básicamente sociológico o político. La decisión final que rige en la actualidad ha venido, como no podía ser de otra manera, de las autoridades correspondientes, en este caso, el Gobierno de España —Poder Ejecutivo— con la aprobación del parlamento —Poder Legislativo— y con la complicidad del Poder Judicial.

¿Por qué? ¿Qué criterio han seguido?

Gracias a los acontecimientos de los años recientes ya es posible hablar de los fallos del actual sistema político con normalidad. Estos fallos son sobre todo la falta de representatividad(3) que provoca tendencia a la demagogia y dependencia de los llamados «partidos bisagra». Otro problema es la falta de independencia de los poderes del Estado, que provoca que el gobierno use al parlamento para aprobar las leyes y normas que les conviene. Y por supuesto el Poder Judicial cuyas resoluciones tienen más que ver con la política que con la Ley.

En esta situación está bastante claro lo que ha ocurrido: los partidos nacionalistas y los centralistas, han pactado dentro de las necesidades parlamentarias de formar gobierno, ciertas condiciones que pasan por dar carácter oficial al catalán como denominación y la creación —desde cero— de una normativa lingüística que incluya todas las variantes idiomáticas de los territorios en cuestión —metidas con calzador en lo que «curiosamente» se corresponde con la paranoia nacionalista denominada Países Catalanes— regulada por una institución controlada políticamente por el catalanismo.

¿Desde cuando?

Algo ha cambiado desde la Transición en cuanto a censura, manipulación de los medios y uso fraudulento de las instituciones públicas, pero no todo lo deseable. Desde la formación del nuevo sistema político, los gobiernos catalanistas han usando todos los resortes a los que han podido acceder para ir construyendo pieza a pieza, lenta pero inexorablemente, su modelo de construcción nacional. Este pasa por la unificación lingüística, política, cultural —y económica— de aquellos territorios que consideran afines y necesarios.

Se puede decir que esto ocurre desde la Guerra de Cuba, cuyo desenlace negativo para España supuso el inicio de una época de desmoralización y perdida de una autoridad que se había inflado demasiado desde hacía tiempo. Precisamente en aquella época, los herederos de aquella aristocrácia catalana que había vivido siempre convenientemente arrimada al poder que más cerca tenían —el Imperio Carolingio primero y el Español después—, se dieron cuenta de que ya no les servían y comenzaron a montarse su propio tinglado.

Un caso sencillo que puede servir de muestra es el de la Real Academia de la Lengua. Es conocido que está formada por una serie de académicos que ocupan unas plazas conocidas como «asientos». Según su página web, establece que entre los años 1926 y 1930 —en plena efervescencia del estatuto de autonomía catalán que vendría cuatro años después— se crearon unas plazas denominadas secciones especiales dedicadas a otras lenguas españolas. Estas son la catalana, la gallega y la vascuence.

Sin embargo, esto no fue así, exactamente. En el documento original enlazado en la Wikipedia, hay unos artículos —en la parte central del documento digitalizado— reproducidos a continuación, señalando en negrita cierta información:
  • Artículo 2º Constará además de cuarenta y dos Académicos correspondientes españoles, de los que habrá dos especializados en el catalán, uno en el valenciano, uno en el mallorquín, dos en el gallego y dos en el vascuence.
  • Artículo 3º Se crean en la Real Academia Española tres secciones denominadas: de la lengua catalana y sus variedades valenciana y mallorquina; de la lengua gallega y de la lengua vascuence; compuesta cada una de los Académicos  de su especialidad respectiva, expresados en el artículo 1º, y de un número igual de otros Académicos numerarios, designados por dicha Corporación, siendo presididas todas las Secciones por el Director de la Academia.
  • Artículo 4º Tendrá como función cada una de dichas secciones, con respecto a su especial idioma, las mismas que para la lengua castellana determina el artículo 1º de los Estatutos de la Academia aprobados por Real decreto de 31 de Agosto de 1859, y además la formación de los Diccionarios respectivos.
Realmente en su origen, por una parte, se evidencia la mención clara y diferenciada del valenciano y del mallorquín —desaparecidas en la actual versión— respecto del catalán, representados por unos académicos que no son intercambiables entre si, situación que choca completamente con la que con el paso de los años, ha ido transformándose hasta llegar a la actual. La concesión que en su día se aceptó pero que ha supuesto la cuña por la que las pretensiones del nacionalismo catalanista han ido acaparando cada vez un ámbito político-cultural mayor, es la de englobar las variantes en una misma sección cuya denominación corresponde con la de una de ellas:
  • Lengua catalana ¿?
    • Variante catalana ¿?
    • Variante valenciana
    • Variante mallorquina
Aunque no se establece una dependencia jerárquica dentro de la sección —todas las variantes están al mismo nivel—, esta ambigüedad y polisemia es uno de los orígenes que han dado lugar posteriormente a tantos enfrentamientos. Paradójicamente, mientras que Valencia y Mallorca han tenido en su historia una definición política clara —Reinos de Mallorca y Valencia—, los Condados Catalanes eran un grupo disperso predominado por el Condado de Barcelona —nobles y militares, con actividad literaria escasa— que no llegó a formarse como reino nunca. Se ve que esta frustración les ha perseguido como una maldición durante centurias, cobrándose ahora la venganza.

¿Quiénes regulan la lengua?

Con la nueva estructura política tras la Guerra de Sucesión y la imposición del castellano como lengua española oficial, los asuntos en materia lingüista siguieron el modelo de la Corona de Castilla. La Real Academia Española se fundo en 1713 —el año de finalización del conflicto— y desde entonces se ha encargado de normalizar la lengua —junto con las academias del resto de países hispanos—. 

Un detalle muy importante de esta situación, es que si bien la lengua oficial —la escasa enseñanza pública o privada que hubiera, documentos oficiales, etc.— era el castellano, el resto de lenguas locales no fueron prohibidas, ni mucho menos sustituidas. Es decir, el catalán seguía siendo el catalán, el valenciano seguía siendo el valenciano, y así sucesivamente. Tal vez las formas no nos parezcan correctas siglos después, tal vez los distintos conceptos de autoridad logrados tras una cruenta guerra no fueron aceptados de buen grado. A pesar de todo, la normalización de una lengua oficial para todo el Estado no tenía pretensión de sustitución ni de usurpación cultural. 

El Instituto de Estudios Catalanes es la institución análoga en el ámbito catalán fundada en 1907. La diferencia en la filosofía de esta institución es que en este caso, sí que se pretende la sustitución y apropiación de todos los aspectos culturales de aquellos territorios, autores y obras, que dicho órgano decide que entran dentro de su ámbito. De esta manera, la estandarización moderna ha tomado como referencia determinados modelos literarios históricos, especialmente aquellos de mayor prestigio —los clásicos de origen valenciano—, pero que sin embargo, la cuestión sobre hasta qué punto esta norma refleja el uso tradicional de las distintas comunidades o si responde a un proceso de selección que privilegia ciertas variantes sobre otras, es objeto todavía hoy en día, de acalorados debates.

ha creado una lengua artificial basada en los clásicos de origen valenciano, por ser el principal referente literario. Todo con la aprobación oficial de un Real Decreto del año 1976. En plena transición y a buen seguro, fruto de algún trato entre las partes que participaron en aquel acuerdo a puerta cerrada.

Los intentos de «catalanización» han sido evidentes en las comunidades valenciana y balear. Una imposición cultural sin esperar ningún acuerdo de las partes, fundamentada en acaparar el mayor numero de instituciones educativas —colegios, universidades, etc—. Naturalmente, la respuesta de la sociedad fue notoria, siendo más efectivo el rechazo en la Comunidad Valenciana. Como resultado de estas primeras etapas del conflicto tras la Transición, se creó una institución normalizadora en el ámbito valenciano llamada Academia Valenciana de la Lengua. A priori, esta institución ha dado carácter oficial al llamado subestándar valenciano, lo que ha limitado la implantación del catalán en esta comunidad. 

Sin embargo, el llamado valenciano normalizado es un pastiche forzado a encuadrarse dentro de la normativa catalana, que no es de agrado general. Se acepta con encogimiento de hombros, como otra tanta de las decisiones políticas que se toman. Y en otra buena parte, por el carácter afable —tal vez en exceso— de las gentes de esta comunidad.

A nivel internacional —donde una comunidad autónoma no tiene nada que hacer salvo que cuentes con el apoyo del Estado— el valenciano es ignorado sistemáticamente. A nivel de Estado, se asume que el catalán genérico es una norma por encima del valenciano. Mientras tanto, el valenciano tradicional que habla la gente en la calle desde hace más de cinco siglos, continua con el modelo anglosajón, con la desgracia de que ha perdido referentes literarios actuales(4).


2ª Respuesta

Lo cierto es que no hay un nombre que satisfaga a todos, pero, si cada variante tiene su nombre ¿qué más da? Los únicos que tienen verdadero interés en asignar un nombre al conjunto es el nacionalismo catalanista, con el pretexto de que tendría «más entidad», pero pasando necesariamente por aceptar el que ellos elijan. No es molesto desear la unión, sí que lo es el menosprecio y la imposición.

Llamar catalán a todo el conjunto sería aceptable sino fuera por el uso abusivo que se hace de esta circunstancia. Se aprovecha un término genérico para denominar a una parte de la misma manera que el todo, y a todo como el de una parte decidida por ella misma. De una lengua carente de identidad y sin base literaria importante, a pretender ser el centro por la fuerza de los hechos consumados. Lograr que los poderes adecuados den carácter oficial a esta confusión, ha sido el pie para que con el paso de los años se impongan forzosamente como los «padres» de la lengua, así como los reguladores y garantes de la «pureza lingüística».


3ª pregunta: ¿viene el valenciano del catalán?

La historiografía castellanista —la habitual— da a entender que el habla de un pequeño reino del norte de la península se extendió por todo dicho territorio, sustituyendo el habla de los habitantes locales. Esto podría aplicarse a aquellas zonas que fueron fuertemente repobladas —las del centro de la península—, pero no al resto. Por otro lado, el castellano tan sólo mantuvo su denominación por ser esta la del reino que por carambola, se mantuvo igualmente tras un proceso azaroso de uniones y herencias dinásticas —a alguno tenía que tocarle—. Posteriormente —como lengua española— se ha desarrollado gracias a la aportación de toda España y a la normalización de la Real Academia de la Lengua.

Nadie se molesta demasiado en explicar todos estos matices, dejando que se malinterprete. Esta exageración, acentuada aún más por el nacionalismo franquista, es la que paradójicamente usa el nacionalismo catalanista para «convencernos» de su teoría de la expansión del catalán por los territorios de la antigua Corona de Aragón que no se vieron influidos por otras variantes peninsulares —la Casa de Trastámara de origen castellano, llevó tras de si su habla al Reino de Aragón—.

La confusión más extendida es que como Valencia fue conquistada por catalanes, estos llevaron su lengua con ellos. Según esta teoría, el Reino de Valencia fue desprovisto de su lengua  —en el pasado y en el futuro— al ser repoblado por catalanes. Esta es una versión muy simplificada de los hechos, que es sin embargo, la más extendida. 

¿Qué se hablaba antes de la «Reconquista» en Valencia?

En la España Musulmana el idioma oficial era, como puede esperarse, el árabe. Sin embargo, existen pruebas suficientes que demuestran que el latín vulgar de los pobladores locales continuó utilizándose —siguiendo la pauta habitual en estos casos—. De alguna manera el latín vulgar perduró entre el pueblo autóctono de la Taifa de Valencia. A esta variante del latín se le llama mozárabe.

La larga estancia del árabe en la península —nada menos que ocho siglos— hace suponer que este podría haber desaparecido, pero nadie puede decirlo con seguridad. Lo que sí se sabe con certeza es que la población morisca en el Reino de Valencia que permaneció era una de las más numerosas, que se evidencia en la conservación de la toponimia.

La falta de documentos escritos —poca gente escribía, y si lo hacía, era en árabe— dificulta establecer hasta qué punto éste perduró, por lo que normalmente el mozárabe no es considerado. En todo caso, la población local continuó con su lengua conviviendo con la de los repobladores y previsiblemente influyendo en ella. Fuera el árabe, el mozárabe, o alguna combinación de ambos.

¿Qué hablaba Jaime I?

Con la llegada al Reino de Aragón de la dinastía de los Trastámara —de origen castellano— se introdujo otra variante del latín vulgar que se identificaba con el habla de «los castellanos», distinta a la de los pobladores del resto de condados de la Marca Hispánica —unos emplazamientos militares creados por los carolingios para evitar el paso de los musulmanes por los Pirineos—. Al parecer, los monarcas llevaban tras de si la lengua al trono que ocupaban. La cercanía con las autoridades y la necesidad del uso de su lengua para asuntos oficiales, conllevaba que el pueblo lo adoptase. Siempre y cuando aceptase dicha autoridad.

Esto es lo que normalmente ocurre: la autoridad aceptada de forma legitima, sea política, cultural o de cualquier otro tipo, suele ser modelo y ejemplo a imitar. Don Jaime I El Conquistador fue uno de los monarcas más apreciados de la época, por lo que cabe preguntarse qué hablaba dicho monarca. Don Jaime I nació en Montpellier, hijo de la noble María de Montpellier. Se crió allí, por lo que parece muy probable que hablase la lengua del lugar y esta era el occitano. No hablaba catalán, aunque ambas lenguas eran muy similares, debido a su misma procedencia y a la poca divergencia político-lingüista que existía en aquella temprana época. La cuestión es que la lengua de la autoridad legítimamente establecida entre los repobladores venía de más allá de los Pirineos.

¿Quienes fueron los repobladores?

Supongamos que, tal y como está establecido en la teoría catalanista, los catalanes se establecieron en el Reino de Valencia recién formado, transmitiendo así su lengua. Para que esto sea así son necesarias al menos una de estas dos cosas: que exista algo llamado Cataluña y algo llamado catalán(5).

La referencia más antigua de Cataluña es la de Principado de Cataluña en 1350, refiriéndose a una agrupación de condados —inicialmente Barcelona, Gerona y Osona, llamado en la actualidad Cataluña Vieja— que no constituían una unidad política, salvo que estaban bajo el gobierno del mismo noble (Ramón Berenguer I) cuya dinastía recibía el título de «Príncipe» desde el 1058, como algo honorífico o simbólico —seguía siendo oficialmente conde, no príncipe—. Un siglo antes de la primera referencia escrita a Cataluña, el Reino de Valencia fue creado por Jaime I en 1239 para evitar que la nobleza catalano-aragonesa metiera sus zarpas, algo que no les sentó muy bien. De esta forma se creó un reino con fueros independientes, que daba forma a una Corona de Aragón de estructura confederada

El resto de lo que hoy se conoce como Cataluña —la Nueva—, fue conquistado por Berenguer IV en el Siglo XII. Aparte de esto, quedaban algunos condados —Condado de Urgel, entre otros(6)— que fueron dinastías separadas hasta su integración con la Corona de Aragón.

Es decir, Cataluña no existía como tal, aunque haya que usar este término para referirse a los pobladores de los condados que en aquel entonces, ocupaban el terreno llamado así ahora. Además, aunque el Conde de Barcelona era muy influyente, permaneció dividida en dos bloques cultural y socialmente diferentes. Siendo estrictos, Valencia se creó como entidad política diferenciada antes que Cataluña.

El Reino de Valencia se convirtió de esta manera en un territorio libre, bajo la tutela de un rey tan magnífico como magnánimo. Es fácil imaginar lo que supuso este hecho, atrayendo repobladores de toda la Europa cristiana, pero sobre todo —por cercanía— aragoneses, catalanes, occitanos, y castellanos, que huían de sus feudos rígidamente gobernados por nobles avariciosos. De todos estos sitios, los más prósperos y pacíficos eran los territorios denominados como Occitania —que de forma similar a Cataluña, tampoco era una entidad política(7)—. Esta era una franja que quedaba entre el Imperio Carolingio y la Marca Hispánica. Gracias al clima y a la estabilidad política floreció un arte y literatura importante cuya manifestación principal fueron los trovadores.

Entre los trovadores de Occitania y los feudos militares de los Condados Catalanes, se puede concluir que si hubo alguna autoridad cultural esta una vez más, venía de más allá de los Pirineos. El resultado de todo esto fue una explosión de magnificencia cultural y económica marcada en la historia como el Siglo de Oro Valenciano.

¿Como llamaban a su lengua?

Las referencias más antiguas a los nombres de las lenguas se han encontrado recientemente en unos documentos que hablan de catalanesc en 1290 y valencianesch en 1343, apenas medio siglo de diferencia y posteriores a la creación del Reino de Valencia. Por tanto, ni existía Cataluña como entidad política, ni Jaime I era catalán ni hablaba dicha lengua y la mayor influencia cultural de la época tampoco era Cataluña.

A pesar de todo, concedamos por un momento la remota posibilidad de que un número indeterminado de pobladores de lo que hoy en día se llama Cataluña, influyeran sobre todos los demás hasta el punto de convencer a la gente de que hablaban catalán. Vale.

Uno de los más relevantes escritores de aquel periodo histórico fue Ausias March (1397~1459). En una publicación de 1539 de las obras de Ausias March traducidas al castellano, se presenta al autor con esta frase: cavallero valenciano de nacion catalan. Si se tiene en cuenta el concepto de nación de aquel siglo, se estaba refiriendo a la cuna de su ascendencia noble —por supuesto, el nacionalismo catalanista no lo interpreta así—. En cualquier caso, con estas premisas uno podría esperarse un claro ejemplo de valenciano hablando catalán. Sin embargo, en la misma publicación pero en la página siguiente, se identifica al escritor valenciano con la lengua lemosina —una de las variantes del occitano—. Una vez más la influencia lingüística se aleja más allá de los Pirineos.

A pesar de estas evidencias, la entrada en la Wikipediaa merced del nacionalismo catalanista, organizado y vigilante— afirma de forma completamente estrambótica que da igual, que diga lo que diga se refiere a la lengua catalana, dando como únicas pruebas comentarios de autores de finales del siglo XIX. Es decir, que durante cuatro siglos se vinculó al valenciano con la lengua lemosina, hasta la época en la que surgió el nacionalismo catalanista. Este se basa en argumentos de una autoridad lograda en el terreno político posteriormente, para demostrarse a sí mismo —paradoja de la autoreferencia—.

El cuñado de Ausias March fue Joanot Martorell (1413~1468), de ascendencia catalana por parte de madre y autor de la obra Tirant lo Blanch, una de las más importantes de la literatura universal. En ella se hace mención explicita a la lengua original del autor —nacido y criado en Gandía— y de la obra como «lengua valenciana».

De estos dos hechos se desprende que ni siquiera autores de ascendencia catalana —pero criados en Valencia— llamaron a su lengua de esta manera. Es probable que ni tan siquiera los propios catalanes, es decir, los pobladores de los feudos dominados por los nobles catalanes, pensasen que hablaban otra cosa distinta a una variante del occitano. Se puede decir que fue el valenciano y su literatura el que originó el catalán, y no al revés.

¿Quienes son los dueños de una lengua?

Como se vio en otro artículo, se puede decir que realmente la lengua no tiene dueños, aunque todo el mundo desea serlo. Es inevitable no obstante, que las sociedades se organicen políticamente, haciéndolo dentro de un contexto político y cultural determinado. Cada sociedad crea sus tradiciones y normalmente, no se acepta que las sociedades vecinas interfieran decidiendo en ellas. A pesar de ello, mediante la influencia política puede lograrse que determinados valores culturales se «traspasen» a otros territorios. Casos como estos son la influencia que la cultura de los EEUU tiene en el resto del mundo, o como Alemania toma decisiones que afectan toda Europa.

La Comunidad Valenciana es una continuación del antiguo Reino de Valencia(8), dentro del contexto social, político y cultural de la Corona de Aragón, Occitania, la Península Itálica y la vecina Corona de Castilla, sin olvidar el mundo musulmán —en definitiva, el Mediterráneo—. Desde entonces ha creado sus propias costumbres, tradiciones y ha generado una lengua por la que nunca había necesitado pelearse, ya que nadie pretendía imponer denominaciones ni normas. Al contrario, fue un referente y modelo a seguir para sus vecinos, sin necesidad de hacer uso de estratagema política alguna. Todos estos hechos forman parte de la Historia. Y la historia es —debería ser— patrimonio de la Humanidad.

Cartel propagandista del CAOC, apoyado por la Generalitat de Catalunya y por tanto, por todos nosotros


3ª Respuesta

La pregunta de si una lengua viene de otra es tendenciosa. Las lenguas no vienen unas de otras, simplemente surgen. Naturalmente, no surgen de la nada. Lo hacen dentro de un contexto determinado. En este caso, dicho contexto era el del latín vulgar, un conjunto de variantes emparentadas con influencias germano-itálicas, desde el noreste de la Península Ibérica hasta la Península Itálica, pasando por el sur de lo que hoy es Francia y que entonces era Occitania(9).

Pretender enumerar siglos después cuantos repobladores fueron de un lugar a otro, con el pretexto de erigirse como los «dueños» siglos después de que lleven caminos sino separados, sí claramente diferenciados, resulta una pretensión verdaderamente preocupante que nos recuerda a ciertos líderes políticos del Siglo XX, que buscaban en las migraciones raciales rasgos de «pureza».

La lengua no pertenece a nadie, pero si ha de hacerlo, pertenece a las personas con las que viaja, vinieran de donde vinieran. No pertenece a los lugares que dejaron atrás(10). En definitiva, el valenciano no puede «venir de» el catalán porque ni el catalán existía como algo distinto al latín vulgar —o una variante del occitano—, no era un referente cultural, ni Cataluña existía como unidad política.

Aún así, si se desea llevar al extremo esta reinterpretación histórica de la tesis catalanista por la cual los emigrantes le deben algo eternamente a la tierra de la que se fueron, tampoco resulta admisible. La lengua hablada en la Comunidad Valenciana adquiere entidad como tal una vez se desarrolla y adquiere forma en el antiguo Reino de Valencia, sirviendo incluso como modelo y referente literario en los siglos posteriores. Esta circunstancia ayudó seguramente a que la inteligibilidad permaneciera y la divergencia lingüística no excediera. Así mismo, la permanencia dentro de un mismo marco político también fue determinante para que hoy en día puedan considerase la misma lengua. En todo caso, no debería ser excusa para imponer denominaciones ni normas, salvo la que cada sociedad apruebe dentro de su marco político-social de toma de decisiones, suponiendo que estemos en una democracia.


Conclusiones

«ni políticos ni científicos tienen nada que decir al respecto. Pero menos que nadie, los científicos. Es un asunto en el que sólo tiene que decidir la gente»
Noam Chomnsky, sobre el conflicto catalán-valenciano
Si después de cinco siglos de tradición es necesario hoy en día tener que dar todas estas explicaciones para mostrar algo que debería ser obvio, significa que de alguna manera, todo ese largo recorrido no se está haciendo en la dirección adecuada.

El mundo anglosajón ha aprendido a saber usar la imagen para lograr que sus objetivos sean aceptados. Por ejemplo, la explosión del acorazado Maine antes de la Guerra de Cuba se dice que fue obra de los propios EEUU. Fuera cierto o no, supieron aprovechar las circunstancias para lograr sus objetivos, que acabaron siendo los de sustituir un imperio —el español— por otro —el suyo—. Se descubra o no con el tiempo si esta estratagema fue cierta, ya es tarde.

El nacionalismo catalanista imita —en este caso si— el estilo anglosajón: apoya la Leyenda Negra y aprovecha todos y cada uno de los numerosos defectos de la sociedad de la España castellana, que continua satisfecha de haberse conocido, ignorante de la situación y de sus errores históricos. La sociedad valenciana, estridente y folclórica, carente de líderes o los que hay, con una imagen que deja mucho que desear, se encuentra impotente ante la situación.

Lengua y política tienen estrechos vínculos. La mayoría de dictaduras usan su poder para controlar la lengua acorde a sus objetivos nacionalistas(11). Resulta paradójico que desde una tierra en la que se rasgan las vestiduras hablando sobre libertad y exigiendo referéndums de independencia, sin embargo, limiten la capacidad de decisión de sociedades vecinas sobre algo tan aparentemente inocuo como la lengua, haciendo uso de un poder concedido en base a aprovechar los defectos del sistema político, sin pretender darles solución.

En el fondo, el conflicto lingüístico no trata de si se habla o no la misma lengua en unos territorios, sino una lucha por quien logra el control sobre ella, sea cual sea esta. Una vez se tenga autoridad para regular la lengua de un territorio, lo demás viene dado.


Bibliografía

  • Antonio Briz GómezEl castellano en la Comunidad Valenciana. Congreso de Valladolid, 2001 <enlace> [acceso 22-01-2015]
  • Inés Fernández-Ordoñez. Contribuciones de Ramon Menéndez Pidal al estudio del catalán. En las notas se analiza la aplicación por comparación de la teoría castellanista al caso del catalán y su modelo de expansión de la lengua. <enlace> [acceso 22-01-2015]
  • Martín de Viciana. Libro de alabanças d'las lenguas hebrea, griega, latina, castellana y valenciana. [1547] <enlace> [acceso 22-01-2015]
  • Ramón de Andrés Díaz. Gramática comparada de las Lenguas Ibéricas. Taxonomía oficial. [2013] <enlace> [acceso 22-01-2015]
  • Expansión peninsular y baleárica de la Corona de Aragón. Imagen Wikipedia. <enlace> [acceso 22-01-2015]
  • El Manifest. Iniciativa por una lengua aceptada por todas las partes para el catalán-valenciano-balear. <enlace> [acceso 22-01-2015] 


Notas

(1) Contrariamente a lo que muchos piensan, no es la Real Academia Española en Madrid, la que «manda» sobre las demás academias hispanas, sino que cada academia es independiente y se organizan a través de la Asociación de Academias de la Lengua. Es posible no obstante que de facto, haya existido una influencia política desde España. [volver al texto]
(2) La economía de la Corona de Aragón basada en el minifundio agrícola y pequeño comercio independiente, con el Mediterráneo como mercado, era sustancialmente distinta de la de Castilla, basada en el latifundio y en la importación de productos de América. Debido a esto existía una clase media burguesa y un sustrato social distinto al de Castilla. [volver al texto]
(3) La asignación de escaños se hace a «paquetes» formados por las listas de partido cerradas y bloqueadas, en una proporción marcada sin embargo por los votos recibidos a candidatos individuales por circunscripción. [volver al texto]
(4) Existe otra normativa no oficial creada por la Real Academia de Cultura Valenciana llamada «Normas del Puig», más cercano al valenciano tradicional, pero que pecan en su afán por desviarse de la oficial, exagerando localismos —las últimas revisiones han corregido algo este defecto—. [volver al texto]
(5) El significado de catalán en la edad media era con toda probabilidad distinto que el actual. Aún así, el nacionalismo catalanista utiliza a su libre albedrío el adquirido siglos después para sus intereses. Esto es llamado «falacia del historiador». [volver al texto]
(6) En la Wikipedia se basan en un estudio de  un tal Enric Ginot el cual analizando ciertos documentos dedujo que una buena parte de repobladores de los nuevos territorios de Valencia provenían del Condado de Urgel. Da la impresión como si pretendieran «dejar caer» que fueron estos pobladores los que impusieron la lengua, junto con el resto de pobladores de la Cataluña Occidental o Cataluña Nueva. Por otro lado, el Condado de Urgel —una vez se dejó de depender de los Francos para nombrar sucesores— no ha tenido dinásticamente nada que ver con el «Principado» hasta el año 1413 —casi dos siglos después de la conquista de Valencia— que se incorpora a la Corona de Aragón con la Casa de los Trastámara. Es decir, los repobladores que vinieron no tenían demasiados motivos para identificarse con Cataluña. Provenían de un condado con una dinastía independiente —la Marca de Tolosa—. El resto de repobladores de la parte occidental —Tortosa y Lérida— un siglo antes había estado ocupada por los musulmanes y repoblada durante ese periodo. En cualquier caso esta zona de Cataluña conquistada posteriormente ya era receptora de pobladores de otros lugares con un habla que no tenía que identificarse necesariamente con el catalán, es decir, que la lengua era ya importada antes de «llevarla» de nuevo a Valencia. Estas dos zonas de Cataluña —occidental y oriental— forman actualmente bloques social y culturalmente diferenciados del modelo antiguo y tradicionalmente feudal de la Cataluña Vieja. [volver al texto]
(7) Otro caso similar en la misma época es el de Italia, un conjunto de reinos y feudos independientes que de la misma manera, compartían un mismo latín vulgar dividido en diversas variantes que no llegaron a escindirse completamente gracias a la cercanía cultural y económica. Posteriormente, la formación de Italia los unificó al parecer, bajo una autoridad legítimamente aceptada por el pueblo que asimiló el cambio. [volver al texto]
(8) Es también conocido hasta cierto punto el conflicto que surgió en los inicios de la democracia con la denominación que se pretendía tomar de País Valenciá,. Finalmente no llegó a término, no obstante, los sectores de la extrema izquierda valenciana y el catalanismo continúan usando. [volver al texto]
(9) Muchas de estas variantes podrían hoy en día considerase una misma lengua —bloque occitano-romance— sino fuera porque no han permanecido dentro de un mismo contexto político que asegurara la homogeneidad, excepto en el caso de Italia, que sí se logró dicha unificación político-lingüística. [volver al texto]
(10) En función de su origen y con lo qué se identificaban, llevaron su tradición a las zonas donde se asentaron, conformando hoy en día un mapa diverso bilingüe en la Comunidad Valenciana. [volver al texto]
(11) En el gobierno totalitario de la conocida novela distópica 1984 (George Orwel, 1949), un punto clave en la obra es la neolengua. [volver al texto]

NOTA: el texto en color azul oscuro ha sido modificado o insertado en marzo de 2026 para mejorar la claridad de la exposición

domingo, 5 de octubre de 2014

La lengua como conflicto

domingo, 5 de octubre de 2014
Inglés y... spanglish
Licencia
El continente americano puede recorrerse desde una parte a otra de los polos, sin que sea necesario hablar más de una o dos lenguas: inglés y español. El francés y las lenguas nativas que aún perduran, acompañan a alguna de las dos más habladas del planeta en el uso por parte de los habitantes de aquel continente.

¿Qué es lo que pensaran los americanos tanto de una parte como de otra, de la situación en el Viejo Continente? Con la Unión Europea y el uso del inglés como segunda lengua esta situación está cambiando, pero queda mucho camino para poder hablar de una Europa en la que todos sus habitantes puedan entenderse a través de una o dos lenguas. Todo esto, por supuesto, a falta de determinar si esta situación es deseada, y por quien.

¿Es necesario buscar alguna unificación lingüística? Es complicado responder a esta pregunta ya que lo «necesario», es un concepto sujeto a una gran subjetividad. La gente se aferra al pasado más inmediato, a la época en la que surgieron los Estados actuales, y no cesa de reinterpretar el pasado para acomodarlo a su idea de nación. Pero lo importante es saber quien ha de decidir el futuro y en base a qué intereses.

Sin embargo, la pregunta de si Europa ha reproducido siempre el mito de la «babel» es más clara y evidente de responder. Por más intentos de reinterpretar el pasado, la Historia siempre da la misma respuesta, y esta es efectivamente, no: hubo un tiempo en que era posible recorrer la Europa Occidental y el resto de la cuenca mediterránea, con tan sólo necesitar una sola lengua: el latín. Todas las lenguas actuales de la Europa mediterránea provienen de la lengua utilizada en la Roma Clásica —salvo lógicamente, el griego y el vasco—. Todas por tanto, están emparentadas. Si retrocedemos un poco más, todas las lenguas europeas —incluidas las germánicas—  tienen algún antepasado común, lo que conforma el bloque lingüístico indoeuropeo.

Estamos acostumbrados en Europa a que en Alemania se hable alemán, en Austria se hable austriaco, en Francia el francés, en Italia el italiano, y así sucesivamente. De esta manera se confunden lenguas con territorios creando asociaciones carentes de fundamento racional —falacia de la falsa analogía—. Por ejemplo, si asumimos, como la apariencia sugiere, que, todo país formado en base a una reglas —arbitrariamente establecidas— tiene «su» lengua; de la misma manera, para una lengua minoritaria hablada en un determinado «territorio» ha de corresponderle su propio país, delimitado con el mismo tipo de fronteras que separan España de Portugal o de Francia. No es necesario señalar que por motivos obvios, para ciertos intereses resulta conveniente fomentar y difundir dicha confusión.

El problema es que el proceso que dio lugar a las lenguas y el de formación de los países ha seguido caminos paralelos, pero realmente no hay ningún motivo para dar por hecho inevitable que dichos caminos están total e irremediablemente vinculados. No creo que en Hispanoamérica interpreten que hablar «español» implique «ser español», en absoluto. Aún así existe cierta insistencia —política— por llamarle «castellano» en recuerdo de sus orígenes, pero igualmente, no creo que el hacerlo les convierta —ni mucho menos— en «castellanos». Por algún extraño motivo en Europa este asunto está todavía más viciado, lo que hace que en algunos lugares puedas pertenecer a algún grupo étnico distinto creado «ad-oc», en función de la lengua que hables.

La cuestión es que si las fronteras actuales fueron decididas tras la caída de Roma en un proceso histórico en función de criterios coyunturales, arbitrarios y subjetivos —además de la influencia lógica de la situación geográfica como penínsulas, separación por ríos, cordilleras montañosas, etc.—, para las lenguas se puede aplicar lo mismo. Si ahora cruzamos una determinada línea y la gente habla algo distinto a lo que hablaban al otro lado de dicha línea, no es porque esa gente tenga una genética sustancialmente distinta, ni es porque sean de «otra tribu», ni es porque el aire que se respira es distinto.

Sólo es el resultado de un azaroso proceso histórico en donde una serie de personas en un lado de la línea acumularon cierto poder y decidieron que en «su» trozo, las cosas se hacían de una manera distinta a la del otro lado de la línea, afectando, normalizando y regulando todo lo que entendían requería serlo, contando para ello, unas veces más y otras menos, con la participación de la gente. Y la lengua era tan susceptible de ser regulada como cualquier otra cosa.

Y así es como en cada lugar, los señoríos feudales fueron acumulando poder y territorios y decidiendo las cosas como les venía en gana dentro del ámbito geográfico de su influencia. En un proceso similar al de la formación de grumos en nuestro desayuno, se fueron creando diferencias cada vez más grandes hasta que, tal vez inadvertidamente, acabaron por no entender a su vecino.

Llegados a esta situación se generó lo que en física se denomina una ruptura de la simetría: dos territorios antaño unidos y con una sola lengua, se separan y se identifican cada uno con ideas distintas de «nación» vinculada a la lengua, de forma que no pueden volver a unirse sin pasar por un proceso social complicado más o menos traumático. Traumas que hoy en día lejos de intentar solucionar más bien al contrario se alimentan, con claros objetivos políticos.

Por esto, es muy probable que las lenguas habladas en la península ibérica tuvieran en su momento un antepasado común llamado en la actualidad «latín vulgar» —en la antigüedad a nadie se le ocurría llamarle así, claro—, inteligible por sus habitantes y relativamente homogéneo. Si como es previsible en algún momento necesitaron denominar a la lengua que hablaban, a falta de acuerdo o de norma establecida, en cada zona le llamaron como creyeron conveniente, generándose así el germen de las diferencias actuales.

No se trata de míticas cualidades ancestrales, sino simplemente porque la gente, condicionada por el propio lenguaje vivo y cambiante, llamó a las mismas cosas de diferente manera, entre ellas a la propia lengua. De esta manera, inconscientemente, las hicieron distintas.

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