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domingo, 26 de abril de 2026

Cuando adaptarse no es garantía

domingo, 26 de abril de 2026

Serie desajuste afectivo X

Cuando adaptarse no garantiza el vínculo: análisis de las condiciones, relaciones y estrategias que emergen en un sistema afectivo desajustado actual

Adaptación y viabilidad del vínculo

En el contexto social y mediático actual, hablar de adaptación resulta problemático porque se suelen mezclar niveles distintos de análisis. «Adaptarse» no significa necesariamente mejorar el resultado ni acercarse a un modelo de relación más satisfactorio, sino ajustarse a las condiciones del entorno en el que se produce la interacción. Un comportamiento puede estar perfectamente adaptado al sistema y, al mismo tiempo, resultar disfuncional para el tipo de vínculo que se pretende construir. En algunos casos, este intento de ajuste a un entorno en constante cambio social y tecnológico puede generar niveles elevados de estrés y ansiedad.

Esta distinción es relevante porque, en un entorno desajustado, la adaptación tiende a orientarse hacia la reducción de fricción inmediata, no hacia la consolidación de relaciones estables o significativas. Por este motivo, antes de analizar qué tipos de relaciones prosperan, conviene precisar qué significa que una relación funcione. No en términos normativos ni culturales, sino en términos de viabilidad.

Un vínculo funcional no es aquel que se ajusta a un modelo ideal —romántico, tradicional o contemporáneo—, sino aquel que mantiene coherencia entre tres elementos: las expectativas de los individuos, las condiciones del entorno y las dinámicas reales de la interacción. Cuando esta coherencia se rompe, aparecen fenómenos como la incertidumbre persistente, la necesidad de interpretación constante o la adopción de estrategias defensivas.

Desde esta perspectiva, el problema no es que existan formas de relación distintas a las tradicionales, sino que muchas de ellas exigen un grado continuo de ajuste, vigilancia o reinterpretación que termina generando desgaste. Así, una relación puede ser no convencional y funcional si reduce la incertidumbre, mantiene una cierta reciprocidad y resulta sostenible en el tiempo para las partes implicadas. Del mismo modo, una relación aparentemente estable puede ser profundamente disfuncional si se sostiene sobre expectativas no compartidas o sobre una fricción constante.

En este sentido, la cuestión no es qué modelo de relación es el correcto, sino bajo qué condiciones un vínculo deja de ser viable para quienes participan en él.

Condiciones de viabilidad del vínculo

Si la viabilidad de un vínculo no depende de su forma, sino de su funcionamiento, es necesario identificar qué condiciones permiten que una relación se sostenga sin generar fricción constante. Estas condiciones no garantizan la estabilidad ni el éxito a largo plazo, pero sí delimitan el espacio dentro del cual una relación puede desarrollarse sin convertirse en una fuente continua de desgaste.

La primera de estas condiciones es la coherencia de expectativas. No implica que ambas partes deseen exactamente lo mismo, sino que exista un grado suficiente de alineación —explícita o implícita— sobre qué es la relación y qué se espera de ella. Cuando esta coherencia no existe, la interacción tiende a llenarse de interpretación, reajustes constantes y ambigüedad.

La segunda es la reciprocidad funcional. No se trata de una simetría exacta en términos de inversión emocional o material, sino de un equilibrio percibido que permita que ninguna de las partes sostenga de manera prolongada una carga desproporcionada. Cuando esta percepción de equilibrio se rompe, aparecen dinámicas de compensación, retirada o sobreesfuerzo.

La tercera condición es la reducción de incertidumbre crónica. Toda relación contiene un cierto grado de incertidumbre, pero cuando esta se vuelve persistente —cuando la interacción requiere vigilancia constante o interpretación continua—, el vínculo deja de ser sostenible en términos psicológicos.

La cuarta es la sostenibilidad emocional. Una relación viable no exige una adaptación constante ni una gestión permanente del malestar. Puede implicar esfuerzo o ajuste, pero no un desgaste estructural continuado.

Por último, la compatibilidad contextual. Las relaciones están condicionadas por el entorno vital, social y material de quienes participan en ellas. Cuando este contexto es incompatible con el tipo de vínculo que se intenta construir, la relación tiende a volverse inestable o a requerir ajustes continuos, entrando en alguna de las dinámicas descritas anteriormente.

Estas condiciones no definen un modelo ideal de relación, pero sí permiten distinguir entre vínculos que funcionan dentro del entorno en el que se desarrollan y aquellos que, independientemente de su forma, tienden a generar fricción, ambigüedad o desgaste.

Qué tipos de relaciones emergen bajo estas condiciones

A partir de estas condiciones, lo relevante no es tanto qué modelos de relación existen en abstracto, sino cuáles tienden a sostenerse en un entorno donde la incertidumbre, la sobreexposición y la ambigüedad forman parte del funcionamiento habitual del sistema. En este contexto, las relaciones que tienden a prosperar no son necesariamente aquellas que responden a un modelo ideal previo, sino aquellas que logran ajustarse a estas condiciones de viabilidad con el menor grado posible de fricción.

Una de las formas más frecuentes es la aparición de relaciones funcionales no estructuradas. Se trata de vínculos que no se definen necesariamente por su proyección a largo plazo ni por su encaje en categorías tradicionales, sino por su capacidad para generar una experiencia satisfactoria en el presente. Su estabilidad no depende de un marco externo claro, sino de la continuidad de ese equilibrio funcional.

Este tipo de relación no es necesariamente superficial ni carente de implicación, pero sí tiende a evitar definiciones rígidas que puedan generar desajustes entre expectativas. En ausencia de un acuerdo explícito sobre el tipo de vínculo, la relación se regula a través de la interacción misma, lo que reduce ciertos conflictos, pero también limita su capacidad de consolidación.

Junto a estas, también se observan formas de relación más estratégicas, en las que la interacción está mediada por una gestión activa de expectativas, tiempos y niveles de implicación. En estos casos, la viabilidad del vínculo depende en gran medida de la capacidad de cada parte para adaptarse dinámicamente al comportamiento del otro, lo que puede resultar funcional a corto plazo, pero introduce un componente de desgaste a medida que se prolonga.

En el extremo opuesto, las relaciones que buscan reproducir de forma directa modelos de estabilidad más definidos —basados en continuidad, proyección y coherencia estructural— encuentran mayores dificultades para sostenerse, no necesariamente por falta de validez, sino porque requieren condiciones que ya no están garantizadas por el entorno. Esto no implica que este tipo de vínculos haya desaparecido, pero sí que su aparición es más contingente y su mantenimiento más exigente. Ya no funcionan como marco por defecto, definido por la cultura del momento, sino como resultado de una convergencia poco frecuente de condiciones favorables.

En este sentido, la cultura actual ha dejado de servir de apoyo para garantizar vínculos estables y duraderos. Esto reduce la presión hacia relaciones sostenidas por inercia social o cultural —a menudo disfuncionales—, pero no ha sido sustituido por un modelo relacional alternativo que funcione como referencia compartida. Existen múltiples formas y propuestas, pero se presentan de manera fragmentada y sin consolidarse como marco cultural común. Como resultado, la existencia de este tipo de relaciones pasa a ser contingente: depende de la coincidencia puntual de condiciones favorables más que de una estructura social que las sostenga.

Como consecuencia, el sistema tiende a favorecer formas de relación que minimizan la fricción inmediata, aunque esto suponga limitar su profundidad o su capacidad de integración a largo plazo. La evaluación del vínculo se desplaza así desde su coherencia estructural o estabilidad en el largo plazo hacia su funcionamiento o disfrute inmediato.

Perfiles, estrategias y selección en el sistema

Si las condiciones del entorno determinan qué tipos de relaciones pueden sostenerse, también condicionan qué comportamientos y estrategias resultan viables dentro de él. En este sentido, el sistema no selecciona necesariamente los perfiles más adecuados para el vínculo, sino aquellos que mejor se ajustan a sus dinámicas operativas.

Entre los rasgos más favorecidos se encuentra la capacidad de gestionar la interacción como un proceso instrumental. Esto implica modular la implicación, dosificar la atención y ajustar la conducta no en función de la coherencia interna, sino para provocar una respuesta concreta en el otro. Este tipo de funcionamiento introduce una disociación progresiva entre lo que se experimenta y lo que se expresa.

La interacción deja de ser un reflejo directo de la intención para convertirse en una herramienta de regulación del resultado. En este contexto, la ambigüedad no es solo una consecuencia del sistema, sino también un recurso funcional dentro de él. Junto a esto, se favorecen comportamientos orientados a la optimización de la percepción: generar interés sin compromiso, mantener la atención sin definición, insinuar sin consolidar. Estas estrategias permiten sostener la interacción con bajo coste inmediato, pero tienden a desplazar el foco: ya no se trata de construir un vínculo, sino de generar una percepción.

En contraste, los perfiles que operan desde una mayor coherencia entre intención, expresión y expectativa —especialmente aquellos orientados a la construcción de un vínculo definido— encuentran mayores dificultades para sostenerse en este entorno. No necesariamente por una falta de adecuación personal, sino porque sus formas de interacción entran en conflicto con un sistema que penaliza la explicitación temprana y la estabilidad anticipada.

En este punto conviene distinguir entre diferentes formas de desajuste. Por un lado, quienes no comprenden el funcionamiento del sistema y repiten patrones que ya no resultan eficaces. Por otro, quienes intentan adaptarse mediante estrategias basadas en la búsqueda de validación o en expectativas implícitas, lo que conduce a dinámicas de frustración. Y, finalmente, quienes comprenden el sistema pero optan por reducir su participación o retirarse parcialmente de él.

Esta retirada no debe interpretarse necesariamente como incapacidad, sino como una forma de ajuste. En un entorno donde la adaptación puede implicar una desvinculación progresiva entre comportamiento e intención, reducir la participación puede constituir una estrategia coherente con los propios objetivos. En definitiva, consiste en ser fiel a tus principios en un sistema que tiende a penalizarlos o a ocultarlos.

Como resultado, el sistema tiende a consolidar aquellos comportamientos que permiten operar dentro de él con menor coste inmediato, aunque estos no sean los que mejor favorecen la construcción de vínculos estables o integrados. La selección no se produce en función de la calidad del vínculo, sino de la compatibilidad con las condiciones operativas del entorno.

Capitulando

Si en el capítulo anterior se analizaba cómo la experiencia individual se transforma en narrativa colectiva, y en este se ha descrito qué tipo de relaciones y comportamientos tienden a sostenerse en el sistema, la conclusión que se desprende no es tanto qué modelo relacional es preferible, sino qué condiciones hacen posible que un vínculo sea viable.

El desplazamiento es significativo. La cuestión ya no es cómo deberían ser las relaciones, sino qué tipo de relaciones pueden sostenerse sin generar un desgaste continuo en quienes participan en ellas. En este proceso, el sistema no solo condiciona las formas de interacción, sino también los criterios con los que estas se evalúan. Cuando la interacción se orienta hacia la regulación del resultado y la gestión de la percepción, la construcción del vínculo deja de ser el eje central. No desaparece, pero pierde su posición dominante frente a formas de relación más compatibles con las condiciones del entorno.

Este reajuste no implica necesariamente una degradación del vínculo, pero sí una transformación de sus condiciones de posibilidad. Aquello que antes podía sostenerse por inercia cultural o por estructuras sociales relativamente estables, pasa a depender de la coincidencia de factores menos previsibles y más difíciles de consolidar.

En este sentido, el problema no reside únicamente en los comportamientos individuales ni en las narrativas que intentan explicarlos, sino en la configuración del propio entorno. Mientras las condiciones que favorecen la coherencia, la estabilidad y la reciprocidad no estén presentes de forma consistente, el sistema seguirá incentivando formas de interacción que funcionan dentro de él, aunque no necesariamente conduzcan a vínculos sostenibles.

Por ello, cualquier intento de analizar o intervenir en este ámbito que se limite a corregir comportamientos o discursos, corre el riesgo de operar sobre las consecuencias sin abordar las condiciones que las generan.

Bibliografía / lecturas de referencia

  • Axelrod, R. (1984). La evolución de la cooperación.
  • Bauman, Z. (2005). Amor líquido.
  • Buss, D. (1994). La evolución del deseo.
  • Buss, D. & Schmitt, D. (1993). Teoría de las estrategias sexuales.
  • Cosmides, L. & Tooby, J. (1992). Los fundamentos psicológicos de la cultura.
  • Eastwick, P. et al. (2017). Mate choice revisited.
  • Finkel, E. et al. (2014). The Suffocation of Marriage.
  • Frank, R. (1988). Pasiones dentro de la razón.
  • Giddens, A. (1992). La transformación de la intimidad.
  • Henrich, J. (2016). El secreto de nuestro éxito.
  • Illouz, E. (2009). El consumo de la utopía romántica.
  • Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio.
  • Miller, G. (2000). La mente del apareamiento.
  • Sapolsky, R. (2018). Compórtate.
  • Trivers, R. (1972). Inversión parental y selección sexual.
(Bibliografía proporcionada por ChatGPT)

domingo, 1 de febrero de 2026

La asimetría del coste emocional

domingo, 1 de febrero de 2026

Serie desajuste afectivo III

El desajuste afectivo desde la anticipación emocional, el desfase temporal y las diferencias evolutivas en las dinámicas relacionales contemporáneas

Anticipación emocional y herencia evolutiva

El ser humano no solo reacciona a lo que ocurre, sino —y sobre todo— a lo que anticipa que puede ocurrir. Buena parte de nuestra vida emocional no se organiza en torno a hechos consumados, sino alrededor de expectativas que, como ya se ha visto, se activan a partir de señales que no siempre obedecen a una realidad efectiva. Este mecanismo no es cultural ni reciente: es una herencia evolutiva profundamente arraigada, orientada a reducir la incertidumbre y a preparar al organismo para escenarios posibles.

El vacío semántico de la anticipación

El problema es que nuestra cultura emocional contemporánea carece de un vocabulario claro para describir estos estados intermedios. Sabemos nombrar el rechazo, la pérdida o la frustración explícita, pero no sabemos cómo llamar a la experiencia subjetiva de algo que se ha empezado a vivir como real sin llegar nunca a suceder. Cuando la anticipación no encuentra desenlace, no se reconoce como un proceso legítimo en sí mismo, sino como una exageración, una confusión o un fallo individual de interpretación. En definitiva, como un error que debería haberse evitado. 

Esta dificultad para nombrar lo anticipado no es trivial. Tiene consecuencias directas en cómo interpretamos nuestras propias reacciones emocionales y las de los demás. En un contexto social donde las señales afectivas son numerosas y requieren poco esfuerzo y compromiso, no todos los individuos procesan del mismo modo esa información. Algunas personas —por disposición biológica, por socialización o por ambas— son especialmente sensibles a la anticipación y a sus efectos.

Asimetría perceptiva y coste emocional

Es aquí donde comienza a perfilarse una asimetría relevante. No tanto en la intención de quienes emiten las señales, como en el impacto que estas producen en quienes las reciben. Mientras que para algunos individuos la emisión o contención de señales es un acto relativamente consciente y regulable, para otros la activación anticipatoria se produce de forma más automática y menos controlable. La ausencia de un lenguaje para entender las consecuencias de este desajuste y su origen hace que la experiencia se viva con mayor intensidad, frustración y carga emocional.

Antes de entrar de lleno en las diferencias entre hombres y mujeres, conviene detenerse en este punto: no estamos ante una cuestión de debilidad, torpeza social o mala interpretación, sino ante un fenómeno para el cual aún no hemos desarrollado un lenguaje compartido. Solo desde ahí puede entenderse el fenómeno y, sobre todo, por qué el coste emocional de la anticipación no se distribuye de manera simétrica entre individuos.

Como cada persona posee una combinación particular de competencias, vulnerabilidades y capacidades de regulación distintas, el coste emocional ante la anticipación puede variar significativamente. En algunos casos, ciertos rasgos tienden a agruparse de forma recurrente, dando lugar a patrones que aparecen con suficiente frecuencia como para ser socialmente reconocibles.

En el contexto de las relaciones heterosexuales, el eje más visible alrededor del cual se organizan muchos de los patrones relacionales es el sexo. No porque determine de forma directa la conducta individual, sino porque introduce condicionantes estructurales que, en promedio, definen las dinámicas sociales contemporáneas: la manera en que se emiten, se interpretan y se regulan las señales afectivas dentro de un marco cultural concreto.

Presiones evolutivas y organización de los patrones

En los entornos en los que se formó nuestro sistema emocional, la anticipación de resultados cumplía la función de estimular el desenlace de un encuentro de pareja. Las señales relevantes mantenían una correspondencia razonable con la «realidad efectiva» que se mencionaba al principio: acercamiento, rechazo, alianza o ruptura, cumpliendo así una función adaptativa clara. En ese contexto surge el llamado dimorfismo sexual: una distribución no simétrica de tendencias conductuales y perceptivas que, en promedio, tienden a agruparse alrededor del sexo como parámetro principal, sin que ello determine de forma absoluta la conducta individual.

Sin embargo, en el entorno social actual, definido por la abundancia de señales ambiguas —o directamente equívocas—, el organismo no dispone de un modo claro de gestionar estados de anticipación prolongados sin desenlace. Esta disfunción abre la puerta a la confusión subjetiva y a la necesidad de nombrar la experiencia con categorías imprecisas, surgidas más de la intuición social que de una comprensión real del proceso. 

El desfase temporal como fuente de fricción

En estos marcos sociales, cada sexo opera mediante un conjunto de herramientas emocionales y cognitivas —inconscientes e inherentes a su condición biológica, como se ha visto— que no surgieron para interpretar un entorno saturado de señales ambiguas. Dichas herramientas no actúan de forma consciente ni estratégica, sino como mecanismos de reconocimiento de patrones orientados a reducir la incertidumbre. El problema surge cuando esas respuestas automáticas —funcionales en su contexto evolutivo primigenio—, se desplazan a escenarios actuales donde su aplicación ya no garantiza coordinación, tanto espacial como temporal, sino fricción.

Una de las formas más relevantes que adopta esta fricción es como desfase temporal: los individuos no anticipan escenarios en el mismo momento. En términos generales, algunas personas condicionan el inicio de una implicación afectiva al establecimiento previo —de manera inconsciente—  de un marco de posibilidades suficientemente evaluado: qué puede ocurrir, qué se espera del otro y qué desenlaces son aceptables. Otros, en cambio, activan la anticipación en una fase mucho más temprana del contacto, cuando ese marco aún no existe o es necesariamente incompleto. 

El resultado no es un desacuerdo explícito, sino una asincronía en la que ambos reaccionan a la misma interacción, pero en momentos distintos del proceso emocional. En algunos casos, la activación depende de señales externas fácilmente identificables; en otros, se inicia a partir de evaluaciones internas previas que aún no se manifiestan como acción. Esta diferencia en el punto de activación —externa/interna, previa/posterior— es una de las principales fuentes de desajuste.

De forma general, estas herramientas no se activan ni se regulan del mismo modo en hombres y mujeres. No por una diferencia moral o cultural, sino porque responden a presiones evolutivas distintas. Comprender esas diferencias —y cómo se expresan en el entorno social actual— es imprescindible para entender por qué la anticipación no tiene el mismo coste emocional para todos.

Bibliografía / Lecturas de referencia

(Lecturas orientativas para ampliar los temas tratados en el artículo)

  • Berridge, K. C., & Robinson, T. E. (1998). What is the role of dopamine in reward: hedonic impact, reward learning, or incentive salience?
  • Schultz, W. (2016). Dopamine reward prediction error coding.
  • Loewenstein, G. (1994). The psychology of curiosity: A review and reinterpretation.
  • Tooby, J., & Cosmides, L. (1992). The psychological foundations of culture.
  • Buss, D. M. (1989). Sex differences in human mate preferences: Evolutionary hypotheses tested in 37 cultures.
  • Baumeister, R. F., & Vohs, K. D. (2004). Sexual economics: Sex as female resource for social exchange in heterosexual interactions.
  • Giddens, A. (1992). The Transformation of Intimacy.
  • Bauman, Z. (2003). Amor líquido.
  • Nesse, R. M. (2019). Good Reasons for Bad Feelings: Insights from the Frontier of Evolutionary Psychiatry.
(Bibliografía proporcionada por ChatGPT)

miércoles, 6 de agosto de 2008

Ministerio de Ambigüedad

miércoles, 6 de agosto de 2008
Las palabras con un significado ambiguo (con más de una interpretación posible) tienen el inconveniente de requerir más palabras o más información necesaria para poder conocer a cuál de esas posibles interpretaciones se refiere.

«Igualdad» es una de ellas. Decir que dos cosas son iguales casi resulta inútil, sino se acompaña de algo más. Siendo estrictos, no hay nada bajo el sol que sea igual ... perdón, exactamente igual entre si.

Por lo tanto, ya es necesario indicar hasta que punto se da esa igualdad mencionada, o también no vendría mal, aclarar en que facetas existe la misma. Sería interesante a su vez, discernir entre si esa igualdad es conveniente o no, y en que aspectos. De la misma forma, será necesario averiguar cómo se puede lograr dicha igualdad en caso de ser adecuada, o cómo evitarla en caso contrario:
Estos dos automóviles son iguales
¿En qué? ¿de rápidos? ¿de malos? ¿de color? ¿de tono de color? ¿de marca? ¿son cabriolet? ¿son deportivos?... es necesario e indispensable que se nos facilite más información, de lo contrario puede significar cualquier cosa. Lo normal es que dentro del contexto se pueda encontrar respuesta a todas estas consideraciones.
La nueva y joven ministra al frente del nuevo Ministerio de la Igualdad
El actual gobierno Español decidió incluir una nueva cartera ministerial sumándola a las existentes, poniendo además al frente de la misma a la persona más joven que jamás ha tenido nuestro país en dicho puesto, provocando una gran repercusión mediática. Dicho ministerio es el ya conocido Ministerio de Igualdad, cuyas competencias estaban antes incluidas dentro del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Hasta ahora, el campo de actuación de los planes de igualdad, se enmarcaban dentro de lo laboral y en lo social en aquellos casos en los que la Constitución no llegara:
Constitución Española de 1978, artículo 14.
Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
Aunque parece que queda bastante claro, sin embargo existen todavía casos en los que esta igualdad ante la ley, no se cumple. Lo racional es que en primera instancia, sea el Ministerio de Justicia a través de las fuerzas de seguridad los que hagan cumplir la ley citada. No obstante, puede ocurrir que la denuncia de alguna irregularidad sea más problemática que aceptar la discriminación, debiéndose intervenir para impedir estas injusticias estableciendo regulaciones o sistemas de denuncia distintos a los civiles o penales para facilitar este proceso y evitar esta situación. No debería ser necesario aclarar que esa intervención debe ser igualmente acorde a todo lo anterior en cuanto a la igualdad y legalidad, en los términos explicados.

Con la creación de este ministerio y la inclusión en el de las llamadas «políticas de igualdad», lo primero que logra el gobierno con esta medida es descontextualizar las funciones que antes competían al anterior ministerio. Solo por esto, no se ha ganado mucho de momento, más que añadir algo de confusión. Los posibles motivos para este cambio pueden ser:
  • Las anteriores funciones han de ser ampliadas en su ámbito de aplicación fuera del marco socio-laboral en donde se encontraban, continuando no obstante todavía sin definir con claridad.
  • Lograr una repercusión mediática tanto por la persona puesta al frente, como por el hecho en si mismo de la creación de esta cartera ministerial.
  • Poder intervenir en la sociedad a todos los niveles con un supuesto respaldo mediático y moral.
Para averiguar de que trata todo esto sobre la búsqueda de la igualdad por parte de este ministerio, sería necesario leer varios documentos algo extensos. Con el objeto de ahorrar esfuerzo al lector, tal vez el siguiente resumen le sea útil:

Para tener una idea de que tipo de actuaciones va a emprender el gobierno, ojeando el documento sobre la Ley de Igualdad (LEY ORGÁNICA 3/2007, de 22 de marzo) se puede leer el siguiente párrafo:
Artículo 11. Acciones positivas.
1. Con el fin de hacer efectivo el derecho constitucional de la igualdad, los Poderes Públicos adoptarán medidas específicas en favor de las mujeres para corregir situaciones patentes de desigualdad de hecho respecto de los hombres. Tales medidas, que serán aplicables en tanto subsistan dichas situaciones, habrán de ser razonables y proporcionadas en relación con el objetivo perseguido en cada caso.
Queda claro que para lograr esa ansiada igualdad se aplicarán por ley medidas desiguales según el sexo. Lo que no queda muy claro es a que clase de igualdad se refiere, ya que según esto, ya no es la de ante la ley tal y como marca la Constitución. Más adelante se encuentra una orientación de las actuaciones previstas, a saber: aplicación de medidas de igualdad de número de hombres y mujeres en cargos administrativos, en las plantillas de empresas de más de 250 trabajadores o para confeccionar listas electorales, entre otras; sin especificar otro criterio de valoración además del sexo, y en todo caso el de los alcanzados en los respectivos convenios colectivos. Parece ser que los jueces encuentran correcta la exigencia de la «paridad» hombre/mujer en la confección de listas electorales. En este caso, mientras los que hagan las listas sean exclusivamente los partidos y no sus genuinos responsables, los ciudadanos, no importa mucho una cosa que otra.

Para profundizar aún más en los motivos y en el espíritu de estas medidas y acciones ya especificadas y las futuras que puedan venir, se puede probar con el Plan Estratégico de igualdad de Oportunidades (2008~2011), en donde claramente se puede leer:
PRINCIPIOS INSPIRADORES
(..)
Igualdad: La igualdad debe ser considerada como un valor en sí mismo. Las mujeres constituyen, al menos, el 50% de la población. No se trata, por tanto, de un colectivo. Ninguna sociedad puede permitirse el lujo de prescindir de la mitad de su potencial intelectual y humano. Desde esta perspectiva, lo importante no es sólo reparar situaciones de discriminación, sino recuperar el valor de la incorporación de las mujeres en paridad para el crecimiento económico y la modernización social.
Según esto, no se trata de aprovechar el capital humano de la mejor forma, sino de que obligatoriamente al menos la mitad de ese capital humano tiene que ser el proporcionado por personas de sexo femenino. Si ese capital humano es desempeñado mejor por personas mayoritariamente de un solo sexo, no interesa, y si son hombres, menos. Muy «igualitario», si señor, pero no se sabe en que. Se asume sin justificar debidamente la igualdad aritmética hombre/mujer en la sociedad como la mejor forma de aprovechar el capital humano, cuando la lógica dice que esto es más una traba que otra cosa, y que sería la igualdad de oportunidad sin distinción de sexo y en función principalmente de su valía intrínseca como ser humano, lo que se habría de buscar. Se descarta esta búsqueda y se aplica el rasero burdo del 50%, desechando igualmente que se pueda valorar a las personas como tales y por su capacidad y no por el sexo, justo lo contrario de lo que se deseaba, con lo que las políticas de elegir «a dedo» van a seguir existiendo exactamente igual que antes, puede que más.

Se sustituye además la tradicional y caduca obligación doméstica prácticamente superada al fin en cuanto a deber femenino, y se cambia por la pretensión de imponer un obligado modelo social y familiar en el que los dos componentes necesariamente han de trabajar fuera de casa. En este sentido, otra cosa preocupante es cuando se manifiesta en concreto lo siguiente:
Ninguna sociedad puede permitirse el lujo de prescindir de la mitad de su potencial intelectual y humano (...) recuperar el valor de la incorporación de las mujeres en paridad
Por supuesto que, como se decía, las personas más cualificadas han de estar donde mejor desempeñen su valor, independientemente del sexo o cualquier otra condición, como igualmente pone en el artículo indicado de la Constitución. El problema de esta frase es lo que da a entender de lo que es «prescindir», pareciendo que se refiere a los trabajos domésticos. De esta forma se menosprecia y se descartan definitivamente las labores domésticas como la educación de los hijos, por ejemplo, como algo «sin valor», independientemente de quien la desempeñe. Continuando con el mismo documento un poco más adelante, se van aclarando las cosas:
PRINCIPIOS RECTORES
(...)
1. La redefinición del modelo de ciudadanía en concordancia con la igualdad de género, que entiende la igualdad más allá de la equiparación de lo femenino con lo masculino y considera lo femenino como riqueza (...) De ahí que lo masculino deba, ya, dejar de ser considerado como referencia universal y medida de la experiencia humana (...)
(...)
Por si quedaba alguna duda, uno de los objetivos finales es nada más y nada menos que redefinir todo el concepto de ciudadanía, lo que define a la persona en el ámbito político y social, algo que es realmente muy propio de un gobierno socialista. Y algo que evidencia la tremenda empanada mental de al menos, los redactores del documento en cuestión, es la última frase reseñada:
De ahí que lo masculino deba, ya, dejar de ser considerado como referencia universal y medida de la experiencia humana
Esta aseveración se supone que tiene su origen de ser en el convenio lingüístico de utilizar el género neutro como coincidente con el masculino (o viceversa), siendo el género femenino una excepción o incluso una distinción, cosa que coincidiría paradójicamente bastante con el deseo de considerar lo femenino (en referencia al sexo... o no) como sinónimo de riqueza.

Es decir, el sexo masculino dejó de ser hace tiempo todo eso que se afirma, si es que alguna vez lo fue en otro sito que no sea la calenturienta mente de algunas personas, que no se duda que las hay, empezando por los que elaboran semejantes informes. Confundirlo con el uso del género masculino en estos términos es sencillamente, no tener ni idea.

Dejando aparte la cuestión ideológica con la que se puede estar o no de acuerdo, es una lástima que intenten todo esto de forma un tanto artera y engañosa bajo la escusa de la igualdad de sexos y amparándose en la ambigüedad de algunas palabras, elevándolas a ministerios.