jueves, 2 de mayo de 2019

La extraña democracia española

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El periodista Manuel Martín Ferrand
(Foto: Panorama Audiovisual)

Artículo escrito por Manuel Martín Ferrand para el medio Estrella Digital el 03 de febrero de 2007. El autor señala ya entonces carencias que todavía se arrastran y cuya denuncia se asocia incorrectamente en la actualidad a ideologías de izquierdas «radicales» o «revolucionarias», ámbitos políticos de difícil encaje con el tristemente fallecido periodista.

La extraña democracia española 

Por Manuel Martín Ferrand el 3/2/2007

En uno de los más apasionantes libros de viajes que recuerdo haber leído —Mi vuelta al Mundo— contaba el maestro Augusto Assía, el más aliadófilo de los observadores españoles en la II Gran Guerra, que en la Universidad de Honolulú lucía una inscripción para advertir al visitante: «Ésta es la única Universidad en 2.000 millas a la redonda». Aquí y hoy, con todo rigor, podríamos atornillar una placa en el Congreso de los Diputados para presumir de la Cámara menos parlamentaria y representativa entre todas las de los países de nuestro rango. No podríamos hablar de «millas a la redonda», porque la cercanía de África le quita rigor a tan plástica expresión. 

La Transición —tan cantada, tan oportuna— tiró por la calle del pragmatismo y sacrificó, en aras del consenso, principios fundamentales para la separación de los poderes del Estado y la garantía representativa de los ciudadanos. Ahora toca pagarlo. Seis quinquenios de aplazamiento son un rasgo de generosidad por parte de la Historia. El problema para la amortización de la deuda y la consecuente construcción de un nuevo Estado que cumpla con los supuestos de una verdadera democracia reside en unos pocos puntos de muy difícil reconversión:  

La desidia ciudadana.

El espíritu crítico, columna vertebral de una sociedad con aspiraciones democráticas auténticas, brilla aquí por su ausencia. La adhesión a los partidos es más emocional que analítica y, de esa manera, un chimpancé con la camiseta y el emblema de cualquiera de las formaciones en presencia, grandes o pequeñas, obtendría el voto de «los suyos» sin mayores reparos por parte de los votantes «del partido». Como no quiero ofender a nadie, no aporto ejemplos reales, que están ahí vivítos y coleando, con escaño o con vara. 

La norma electoral. 

Sin entrar en mayores matices, puede afirmarse que la ley vigente es la consecuencia de un pacto que entusiasmó a todos cuantos lo suscribieron en su día porque, en razón de las listas cerradas y bloqueadas, las oligarquías de cada partido refuerzan su poder hasta el infinito. ¿Alguien sabe quien es «su representante» en el Congreso de los Diputados, el Senado, las Cámaras Autonómicas o su propio Ayuntamiento? En los días, tan glorificados, del pacto constitucional los partidos llegaron a intercambiarse, como si fueran cromos, modelos de Estado por sistemas electorales. Todo por el poder. 

La centrifugación del Estado. 

Es evidente que el franquismo, más por razones de autodefensa que por firme convicción ideológica, le aportó a la Nación un movimiento centrípeto que, además de llevar a sus límites lo peor de la idea jacobina, anuló la identidad y la cultura de la España periférica para concentrar «en Madrid» todos los poderes estatales. Para remediar el mal, lejos de reaccionar con la moderación de la inteligencia, los líderes de la UCD, acomplejados por su procedencia política, invirtieron el sentido de las fuerzas y pasó a actuar una centrífuga que nos ha llevado al caos de 17 Españas diferentes hasta en su reglamentación del espectáculo taurino. Nunca, en parte alguna, se vio semejante disparate. 

La fuerza de las minorías. 

Parte del consenso de la Transición, el que nos ha llevado a un túnel de difícil salida, se fundamenta en la concesión de una fuerza desmedida a las minorías nacionalistas y/o separatistas. Ello le ha dotado de un poder decisorio en las grandes cuestiones de Estado a quienes, precisamente, pretenden acabar con el Estado. No cabe mayor dislate. 

El valor de lo extraparlamentario. 

Una vez sustituido el debate parlamentario por un mero cálculo aritmético, las Cámaras y la confrontación de las ideas quedan sin sentido. Basta que los capataces de los distintos grupos acuerden tanto cuanto quieran pactar para que, sin luz y sin taquígrafos —de espaldas a los supuestamente representados, a la teórica soberanía popular—, tengan vía libre todos los despropósitos que surjan de su voluntad. 

El debilitamiento de la opinión pública. 

El control de los medios de comunicación, que en lo audiovisual llega a su colmo, reforzado por la circunstancia de la participación pública en el proceso editor —en grave caso de competencia desleal— y convertidas las Administraciones — nacional, autonómica y local— en los primeros anunciantes y mejores clientes de los medios privados, hace que los mensajes se debiliten y desvirtúen con sus efectos consecuentes.  

La media docena de vectores que señalo, sumados a los típicos de la degeneración democrática —los que, con mayor o menor intensidad, padecen los países de la UE—, marcan el cuadro básico de nuestra enfermedad. Lejos de atacarla decididamente, ante la proximidad electoral, los dos grandes partidos nacionales, «representantes» de más del 80 por ciento de la población española, afinan sus instrumentos y pasan por alto las cuestiones de máximo calado. Mariano Rajoy dice girar al centro y promete moderación y concordia, mientras José Luis Rodríguez Zapatero debate con sus compañeros de Gobierno cómo minimizar los daños que le ha producido al PSOE su permanente traspié al enfrentarse a la cuestión vasca.  

Los socialistas le zurran la badana a la memoria de Aznar y los populares, desorientados, demonizan a Zapatero y sus diálogos con los etarras y sus palafreneros. Ése es, en esquema elemental, el contenido político final de nuestra extraña democracia. ¡Socorro! 


Nota: el artículo no se encuentra en la hemeroteca del medio original ya que en-línea solo está disponible desde el año 2008. Por este motivo se ha recuperado de un PDF guardado entonces.

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