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domingo, 27 de septiembre de 2026

Ejecutar sin transformar [I]

domingo, 27 de septiembre de 2026
Ejecución, utilización y acumulación de capacidades: por qué aumentar la producción por trabaador no equivale necesariamente a aumentar la capacidad productiva
Infografía: de la inversión a la transformación productiva (fuente: elaboración propia asistido por ChatGPT)

Los fondos europeos constituyen una de las mayores intervenciones de inversión pública realizadas en España en las últimas décadas. Formalmente, dichos fondos tienen como objetivo hacer las economías «más sostenibles, resilientes y mejor preparadas para los desafíos y oportunidades de las transiciones ecológica y digital». Se trata por tanto de un objetivo en último término cualitativo. Sin embargo, la discusión sobre su impacto suele comenzar por cifras fácilmente observables y cuantificables: cuánto dinero ha recibido España, cuánto se ha adjudicado, cuánto se ha ejecutado y cuántos proyectos se han puesto en marcha. Cifras que responden principalmente a la pregunta de cuánto se ha utilizado de los recursos disponibles, pero no de cómo.

Una inversión puede ejecutarse completamente y producir actividad económica sin que la organización que la recibe se haya transformado con la adquisición de nuevas capacidades. Puede instalarse una tecnología sin que se incorpore todo el conocimiento necesario para utilizarla, adaptarla o desarrollarla. Puede aumentar la producción por trabajador sin que haya aumentado la capacidad productiva física de la instalación. El indicador de productividad del trabajo puede confundir una sobrecarga de la capacidad existente o de la carga absorbida por el empleado con mejoras reales de la capacidad productiva. Por eso, evaluar los fondos europeos exige seguir un proceso más largo que el que va desde la adjudicación hasta la ejecución. Hay que preguntarse qué ocurre con los recursos cuando entran en contacto con las capacidades que ya existen en las empresas y en la economía: qué conocimiento se incorpora, qué procesos cambian, qué capacidades se acumulan y qué permanece cuando termina el proyecto.
Ejecutar una inversión no equivale necesariamente a transformar la capacidad productiva.

A partir de ahí aparecen cuatro preguntas relacionadas: qué capacidades encuentran los fondos cuando llegan, qué significa realmente un aumento de la productividad, qué condiciones permiten convertir una inversión en capacidad acumulativa y, finalmente, cómo podemos medir esa transformación.

1. El problema inicial: andar hacia un pozo no calma la sed

La situación actual de los fondos europeos permite observar el problema desde sus primeros resultados. Según BBVA Research, hasta finales de junio de 2026 se habían adjudicado 62.726 millones de euros, equivalentes al 78 % del volumen de inversiones del Mecanismo de Recuperación. Si se mantuviera el ritmo de ejecución observado, podrían quedar sin ejecutar unos 10.000 millones. La distribución presenta además una importante concentración: las grandes empresas representan solamente el 1,5 % de los beneficiarios, pero absorben casi un tercio de los fondos, una cantidad incluso superior a la destinada a las pymes, que representan el 28 % de los beneficiarios y reciben aproximadamente el 27 % de los recursos [1].

Más relevante que el volumen ejecutado es lo que estas cifras permiten preguntar sobre la capacidad de absorción de la economía española: un estudio publicado en 2026 sobre los efectos de Next Generation EU en la transformación industrial española, utilizando las bases ELISA y SABI, encuentra fuertes asimetrías territoriales y sectoriales y muestra que la asignación de los fondos a nivel empresarial está estrechamente relacionada con capacidades estructurales preexistentes [2].

Es decir, la absorción a determinada escala de los fondos está vinculada con la capacidad previa de la organización para utilizarlos. Esto plantea un problema de fondo: si la inversión se absorbe principalmente allí donde ya existen las capacidades organizativas necesarias para aprovecharla, puede reforzar las estructuras productivas que ya disponen de esas capacidades sin transformar en la misma medida aquellas que precisamente presentan el déficit que la inversión pretendía corregir. En definitiva, la relación entre capacidades previas y absorción introduce un mecanismo acumulativo o preferencial:

capacidad previa ➡️ mayor capacidad para absorber fondos ➡️ mayor inversión ➡️ capacidad posterior.

Y, en sentido contrario:

baja capacidad organizativa ➡️ menor capacidad para diseñar y ejecutar proyectos ➡️ menor absorción ➡️ menor acumulación de capacidades.

La cuestión adquiere especial relevancia en una economía cuya productividad presenta déficits persistentes. El Consejo de la Productividad de España ha situado la inversión en capital tecnológico e intangible, el capital humano y la calidad de la gestión entre los factores relevantes para el crecimiento de la productividad. También ha señalado que la baja inversión en capital tecnológico e intangible ha contribuido significativamente a la desaceleración de la productividad española [3].

La cuestión va más allá, por tanto, de cuánto capital recibe una economía: se trata de qué organizaciones tienen capacidad para absorberlo, cómo se distribuye esa capacidad y qué parte de los recursos se convierte finalmente en capacidad productiva acumulativa. Pero incluso cuando observamos un aumento de la producción o de la productividad, seguimos sin tener una respuesta definitiva a esta pregunta. El problema es que los indicadores de productividad registran el resultado de la utilización de los recursos, pero no permiten observar por sí solos qué ha ocurrido con las capacidades que están detrás de ese resultado.

2. El efecto fantasma de la productividad

Las variaciones de la productividad deben interpretarse teniendo en cuenta la forma en que las empresas ajustan sus recursos ante los cambios de la demanda. Cuando la actividad disminuye, la producción se reduce y las organizaciones buscan adaptar sus costes. Una de las principales variables mediante las que puede producirse ese ajuste es el empleo.

Esto resulta especialmente relevante en España, donde la evolución de la productividad laboral ha presentado históricamente una relación estrecha con las fluctuaciones del empleo. Durante las fases de contracción, la reducción de trabajadores puede producir aumentos de la productividad por trabajador, mientras que durante las fases de expansión la incorporación de nuevos trabajadores puede reducirla. Esta relación entre empleo, ciclo económico y productividad constituye una de las características que han contribuido al denominado «puzzle» de la productividad española [17]. El problema puede ilustrarse mediante un ejemplo sencillo. Supongamos una empresa que produce inicialmente 100 unidades con 1.000 trabajadores:

1.000 trabajadores ➡️ 100 unidades ➡️ productividad: 0,10

Si la demanda disminuye y la empresa reduce simultáneamente su producción y su plantilla:

700 trabajadores ➡️ 70 unidades ➡️ productividad: 0,10

la productividad por trabajador permanece igual. La empresa produce menos, pero también utiliza menos trabajo para hacerlo. Ahora bien, supongamos una situación diferente. La plantilla permanece en 700 trabajadores, pero la producción aumenta hasta 90 unidades:

700 trabajadores ➡️ 90 unidades ➡️ productividad: 0,129

La productividad medida ha aumentado aproximadamente un 29 %. La cuestión es entonces: ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo ha sido posible producir más con el mismo número de trabajadores cuando anteriormente no se conseguía? ¿Se ha realizado una inversión tecnológica? ¿Se ha modificado la maquinaria? ¿Ha aparecido un nuevo proceso de producción? ¿Ha mejorado la organización? ¿Se están utilizando de forma diferente los recursos que ya existían? Y, si es este el caso, ¿cuáles han sido los factores que han permitido ese cambio en una coyuntura y no en otra?

El cálculo de la productividad registra el resultado, pero no responde por sí mismo a estas preguntas. Una empresa puede aumentar la producción por trabajador y, sin embargo, mantener esencialmente la misma infraestructura, los mismos procesos y la misma tecnología. El aumento observado a través de una métrica simple puede proceder de una transformación de la capacidad productiva, pero no permite distinguirlo de los casos en los que se someten a sobrecarga los recursos existentes. Lo más interesante, sobre todo en el caso español, es que este no es un ejemplo ficticio; es, en todo caso, una simplificación de lo que realmente ocurre.

La investigación de Comin, Quintana, Schmitz y Trigari proporciona una evidencia relevante para este problema [18]. Su trabajo muestra que las estimaciones convencionales de la Productividad Total de los Factores pueden confundir cambios en la eficiencia con cambios en la utilización de los factores productivos. Los autores incorporan información sobre beneficios, costes de ajuste y utilización de la capacidad y obtienen estimaciones de la PTF considerablemente menos volátiles y menos procíclicas que las obtenidas mediante los métodos convencionales.

El resultado es especialmente relevante porque obliga a distinguir entre un cambio en la eficiencia o capacidad productiva y un cambio en la forma en que se están utilizando los recursos disponibles. Una variación de la productividad puede reflejar una transformación tecnológica u organizativa, pero también una modificación de la intensidad con que se utilizan el capital y el trabajo.

Esta cuestión adquiere una importancia particular cuando el empleo constituye una variable de ajuste. Una empresa puede reducir su plantilla y redistribuir las tareas entre los trabajadores que permanecen. También puede concentrar una proporción mayor del tiempo disponible en la producción inmediata. El mecanismo podría representarse de la siguiente manera:

reducción de plantilla
        ⬇️
redistribución de tareas
        ⬇️
mayor concentración en la producción inmediata
        ⬇️
aumento de la productividad medida

Pero esta reorganización puede tener consecuencias que no aparecen directamente en el indicador. En las organizaciones manufactureras, una parte del trabajo no está destinada exclusivamente al output inmediato. La formación, el mantenimiento preventivo, la coordinación, la documentación, la prevención de errores, la mejora de procesos y la innovación incremental contribuyen a conservar y desarrollar capacidades cuyo rendimiento puede aparecer posteriormente.

Durante un periodo de ajuste, algunas de estas actividades pueden reducirse para concentrar los recursos disponibles en la producción inmediata. La organización puede mantener o aumentar el output utilizando una plantilla menor, mientras una parte mayor del trabajo de quienes permanecen se concentra en las actividades directamente relacionadas con la producción.

Esto permite distinguir entre dos fenómenos que no tienen por qué coincidir. Por una parte, puede aumentar la producción obtenida por cada trabajador. Por otra, puede mantenerse relativamente estable —o incluso reducirse— la capacidad de la organización para conservar conocimiento, formar trabajadores, adaptarse y desarrollar nuevos procesos.

Podemos denominar provisionalmente efecto fantasma de la productividad a esta posible divergencia entre la productividad que registra el indicador y la transformación efectiva de la capacidad productiva de la organización. El concepto no pretende cuestionar el cálculo: si aumenta la producción por trabajador, el aumento registrado es real. Lo que se plantea es qué parte de esa variación corresponde a una transformación de la capacidad productiva y qué parte puede proceder de una modificación de la cantidad, composición o utilización del trabajo y de otros recursos existentes.

La evidencia disponible permite observar algunos de los mecanismos que intervienen en esta relación. En España, diversos estudios han encontrado que determinadas características del mercado laboral dual pueden reducir los incentivos para la formación y afectar negativamente a la productividad total de los factores [19]. También se ha observado que una elevada presencia de empleo temporal puede dificultar la conversión de los esfuerzos de innovación en innovaciones de producto [20].

Estos resultados no permiten reconstruir mediante un único indicador todo lo que ocurre dentro de una organización. Pero muestran que la forma en que se ajusta y utiliza el trabajo tiene consecuencias que van más allá de la cantidad de producción obtenida en un momento determinado. El empleo no constituye únicamente un factor cuyo volumen puede aumentar o reducirse. Su estabilidad, composición y utilización afectan también a la formación, a la acumulación de conocimiento, a la innovación y a la continuidad de determinadas capacidades organizativas.

Por ello, las variaciones de productividad deben interpretarse junto a otros procesos que habitualmente permanecen separados en las estadísticas. El indicador registra el output obtenido por los recursos empleados, pero no permite observar directamente qué sucede con las capacidades que permitirán a la organización producir, adaptarse o innovar en el futuro.

El efecto fantasma de la productividad designa precisamente ese problema de observación: una variación de la productividad medida puede ser perfectamente real sin corresponderse necesariamente con una transformación equivalente de la capacidad productiva subyacente. Cuando el indicador está influido por cambios en la utilización de los factores y por la forma en que se ajusta el empleo, resulta necesario observar también qué sucede dentro de la organización. De lo contrario, podemos confundir una modificación en la utilización de una capacidad existente con una transformación de la capacidad misma.

3. El problema de la capacidad de absorción

Llegados a este punto, la pregunta inicial sobre los fondos europeos ha de plantearse en otros términos. No se trata solamente de cuánto dinero ha recibido España, cuánto se ha adjudicado o cuánto se ha ejecutado. Tampoco basta con determinar si los proyectos financiados han producido actividad económica. Todas estas variables describen diferentes fases del proceso, pero dejan abierta la cuestión fundamental: qué capacidad permanece después de la inversión.

Los fondos europeos proporcionan recursos financieros extraordinarios. Pero esos recursos llegan a empresas, administraciones y sectores que ya poseen una determinada estructura productiva, un determinado capital humano, unas determinadas capacidades de gestión y unas determinadas relaciones entre organizaciones. Por eso, la capacidad para aprovechar una inversión no comienza cuando llega el dinero. La capacidad de absorción depende, precisamente, de las condiciones que permiten a una organización o a una economía incorporar recursos externos, combinarlos con los recursos ya existentes y convertirlos posteriormente en capacidades propias.

La inversión puede proporcionar parte de estos recursos, pero no sustituye de manera inmediata las capacidades organizativas, las relaciones productivas y el conocimiento que una economía ha acumulado durante años. Esto introduce una diferencia fundamental entre financiar una capacidad y disponer de las condiciones necesarias para utilizarla. La misma cantidad de capital puede producir resultados diferentes dependiendo de la organización que la recibe y del ecosistema productivo en el que se integra. Se puede representar esta relación de forma sencilla:

          capital externo ➡️ inversión ➡️ capacidad productiva

pero también:

  capital externo           ➕
  capital humano            ➕ 
  conocimiento organizativo ➕ 
  gestión                   ➕ 
  ecosistema productivo     ➡️ capacidad productiva acumulativa.

La segunda cadena permite entender por qué la disponibilidad de capital no garantiza por sí sola una transformación. Si algunos de los componentes necesarios para absorber, utilizar e integrar los recursos son insuficientes, una parte de la inversión puede seguir produciendo actividad, empleo o producción sin generar una capacidad equivalente para afrontar la siguiente transformación. Esta limitación tiene además una dimensión temporal. Una carencia que ya existía antes de la llegada de los fondos no desaparece necesariamente por el hecho de disponer ahora de más recursos financieros.

Si el objetivo de los fondos es transformar la estructura productiva, no basta con conseguir que el dinero llegue a un proyecto elegible. Hay que conseguir que la inversión produzca capacidades que permanezcan cuando desaparezca la financiación. Eso exige prestar atención a variables que no siempre aparecen en la evaluación inmediata de los programas: formación, conocimiento interno, capacidad de gestión, integración entre departamentos, colaboración entre empresas y centros de investigación, desarrollo de proveedores, capacidad tecnológica propia y mecanismos para conservar y transmitir el conocimiento generado. En este sentido, la cuestión política que plantean los fondos europeos es más compleja que decidir dónde gastar el dinero.

Hay que decidir qué capacidades necesita la economía para poder aprovecharlo y cómo se construyen esas capacidades.

Si una economía llega a una transformación tecnológica sin suficiente capacidad para identificar, utilizar y desarrollar el conocimiento disponible, sin mecanismos eficaces de transmisión del conocimiento, sin organizaciones capaces de aprender y sin un ecosistema industrial capaz de desarrollar la nueva tecnología, el dinero puede financiar la adquisición de soluciones externas, puede incluso generar actividad económica considerable, pero una parte sustancial de la capacidad necesaria para la siguiente transformación seguirá teniendo que importarse. Esto permite reformular finalmente la pregunta que estaba detrás de todo el análisis:

¿Hasta qué punto los fondos europeos están financiando una transformación de la capacidad productiva española y hasta qué punto están financiando inversiones que una estructura productiva preexistente todavía no está en condiciones de convertir plenamente en capacidad propia?

La cuestión relevante no consiste en evaluar el uso de los fondos únicamente en términos de beneficio económico inmediato o de rentabilidad política, sino en analizar cuáles eran los problemas previos cuya solución no dependía necesariamente de disponer de más dinero, sino de cambios en las estructuras organizativas, productivas e institucionales. La naturaleza de estos problemas hace que sus implicaciones trasciendan necesariamente los ciclos políticos y las diferencias partidistas.

4. La importancia de lo que no se mide

Si la cuestión fundamental es qué capacidad permanece después de la inversión, entonces el problema ya no es solamente qué se financia ni cuánto se ejecuta, sino qué somos capaces de observar sobre ese proceso de transformación. A lo largo del análisis hemos encontrado distintas formas de medir la actividad económica y productiva: recursos adjudicados, inversión ejecutada, empleo, producción, productividad, gasto en I+D, incorporación de tecnología, formación o número de proyectos realizados. Cada una de estas variables permite observar una parte del proceso. Sin embargo, la utilización efectiva de los recursos no depende únicamente de que estos hayan sido asignados o ejecutados, sino también de la capacidad de las organizaciones y de la economía para integrarlos en su funcionamiento. Esta cuestión conecta directamente con la preocupación expresada por las instituciones europeas respecto a la capacidad de España para aprovechar plenamente los recursos del Plan de Recuperación [24].

Sin embargo, entre la entrada de recursos y la aparición de una nueva capacidad productiva existe una diferencia que no puede reducirse a la simple suma de esas variables. Una inversión puede ejecutarse, una tecnología puede instalarse y un proyecto puede producir un resultado sin que ello implique necesariamente que la organización haya incorporado plenamente esa inversión a su funcionamiento ni que haya sustituido o transformado las capacidades y procedimientos anteriores.

Para que una inversión se convierta en una capacidad propia deben producirse procesos adicionales. El capital debe combinarse con el conocimiento existente, las nuevas tecnologías deben integrarse en los procesos de trabajo, los trabajadores deben adquirir o adaptar competencias, la información debe circular entre diferentes niveles de la organización y las soluciones desarrolladas deben incorporarse de manera estable a su funcionamiento.

Podemos observar, por ejemplo, cuánto dinero se ha destinado a un proyecto, qué tecnología se ha adquirido, cuántas personas han participado o qué resultado inmediato se ha obtenido. Resulta más difícil determinar qué ha ocurrido después con la organización que ha recibido esa inversión: qué conocimiento se ha generado, qué conocimiento previo se ha utilizado, cómo se han combinado ambos, quién ha participado en la adaptación de la solución, qué procesos han cambiado y qué parte de esa experiencia permanece disponible para afrontar problemas posteriores. La diferencia puede expresarse de forma sencilla:

recursos ➡️ proyecto ➡️ resultado

frente a:

recursos ➡️ integración ➡️ adaptación ➡️ aprendizaje ➡️ capacidad permanente

La primera secuencia permite observar la ejecución de una actividad. La segunda exige observar cómo esa actividad modifica la organización y si el resultado obtenido llega realmente a incorporarse a su funcionamiento.

Esta diferencia resulta especialmente importante para el problema que plantean los fondos europeos. Si el objetivo consiste únicamente en ejecutar una inversión, resulta suficiente comprobar que los recursos han sido adjudicados, utilizados y justificados. Pero si el objetivo consiste en transformar la capacidad productiva, es necesario observar algo más: qué ha cambiado en la organización como consecuencia de la inversión y qué capacidad posee después que no poseía antes.

Aquí aparece una primera dificultad. La transformación constituye uno de los objetivos declarados de una inversión de esta magnitud, pero resulta mucho más fácil encontrar indicadores sobre la adjudicación y ejecución de los recursos, la realización de proyectos o sus resultados inmediatos que mecanismos capaces de seguir sistemáticamente cómo esos recursos se convierten en nuevas capacidades dentro de las organizaciones.

La cuestión no consiste simplemente en añadir más indicadores a una estadística existente. El problema es anterior: para medir la transformación es necesario decidir qué entendemos por transformación y observar el proceso mediante el cual se produce.

Esto explica también por qué determinados indicadores pueden resultar insuficientes. Un aumento de la productividad medida no determina por sí mismo si ha aumentado la capacidad productiva subyacente. La realización de un proyecto no determina si su resultado ha quedado incorporado al funcionamiento ordinario. La adquisición de una tecnología no determina si la organización ha aprendido a utilizarla, modificarla o desarrollar nuevas aplicaciones a partir de ella. La formación de trabajadores tampoco garantiza que sus conocimientos encuentren un lugar en el que puedan ser utilizados. En todos estos casos es posible observar una actividad o un resultado sin observar completamente la transformación que debería producirse entre ambos.

La ausencia de esta información resulta significativa. No porque la falta de una medición concreta permita determinar por sí sola sus causas, sino porque revela una diferencia en la atención que reciben distintas partes del proceso. Existe un interés considerable por conocer cuánto dinero se adjudica, cuánto se ejecuta, cuántos proyectos se realizan o qué resultados inmediatos pueden atribuirse a una inversión. Sin embargo, existe una atención mucho menor hacia la cuestión de cómo se modifica la capacidad de las organizaciones que reciben esos recursos.

Es posible, por tanto, que una evaluación registre simultáneamente:

fondos adjudicados    ✅
fondos ejecutados     ✅
proyecto realizado    ✅
tecnología incorporada✅
resultado obtenido    ✅

sin poder responder con la misma precisión:

❓ ¿Qué conocimiento permanece?
❓ ¿Qué procesos han cambiado?
❓ ¿Qué capacidad nueva posee la organización?
❓ ¿Qué problemas podrá resolver ahora que antes no podía resolver?
❓ ¿Qué parte de esa capacidad seguirá existiendo cuando desaparezca la financiación?

Esta última dimensión conecta los problemas examinados anteriormente. Una organización puede disponer de trabajadores cualificados cuyo conocimiento no se utiliza plenamente, incorporar tecnología desarrollada externamente, recibir capital para financiar nuevos proyectos y obtener resultados inmediatos. Pero nada de ello garantiza por separado que la organización haya aumentado su capacidad para producir, aprender y adaptarse. La cuestión decisiva es cómo se combinan esos recursos y si la organización consigue incorporarlos a sus propias capacidades.

Esto permite conectar una preocupación expresada desde la evaluación europea con los problemas observados a lo largo del análisis. La dificultad para aprovechar plenamente una inversión puede hacerse visible en los resultados de ejecución y utilización de los recursos, pero sus causas pueden encontrarse en condiciones anteriores a la llegada de los fondos: formación insuficiente, dificultades de coordinación, problemas de gestión, escasa integración del conocimiento, estructuras organizativas rígidas, separación entre conocimiento y autoridad o limitaciones para conservar y transmitir la experiencia acumulada.

El problema, por tanto, no comienza necesariamente cuando llegan los recursos. En muchos casos, la inversión encuentra una estructura productiva y organizativa previa que determina lo que puede hacerse con ella.

Precisamente esta dimensión ocupa un lugar mucho menos visible en los sistemas habituales de evaluación. Puede declararse como objetivo la transformación de una estructura productiva y medir con gran precisión la ejecución de los recursos, los proyectos realizados y sus resultados inmediatos sin disponer de información equivalente sobre cómo se incorporan posteriormente a la capacidad de las organizaciones.

La propia estructura de evaluación introduce otra cuestión relevante. El Mecanismo de Recuperación y Resiliencia es un instrumento basado en el cumplimiento de hitos y objetivos previamente acordados entre los Estados miembros y las instituciones europeas. Los desembolsos dependen de la evaluación del cumplimiento satisfactorio de esos parámetros [25]. Este sistema permite comprobar con precisión determinados resultados de las reformas e inversiones, pero no garantiza por sí mismo que todos los procesos relevantes para valorar una transformación estructural estén incluidos entre los elementos observados.

En este contexto resulta significativa la preocupación expresada por las instituciones europeas respecto a la capacidad de España para aprovechar plenamente los recursos disponibles. Esa preocupación conecta directamente con el análisis anterior: disponer de recursos para realizar una inversión no garantiza que una organización o una economía pueda integrarlos plenamente en su funcionamiento, utilizar las posibilidades que generan y transformar con ellos su capacidad productiva.

Si la transformación constituye el objetivo, la evaluación debería permitir determinar qué ha cambiado como consecuencia de la inversión respecto a la capacidad anterior.

5. Conclusión

Los fondos europeos permiten observar con especial claridad un problema que, en realidad, es anterior a los propios fondos. Una economía no comienza a construir capacidad productiva cuando recibe recursos financieros. Estos llegan a organizaciones que ya poseen determinadas formas de conocimiento, estructuras de gestión, relaciones productivas y capacidades tecnológicas.

Por eso, entre la inversión y la transformación existe un proceso intermedio decisivo. El capital debe combinarse con las capacidades existentes; la tecnología debe integrarse; el conocimiento debe circular; los trabajadores deben poder utilizar y transmitir lo aprendido; y los resultados de los proyectos deben incorporarse a la organización.

Esto permite entender también los límites de los indicadores convencionales. Los fondos pueden estar adjudicados y ejecutados, los proyectos pueden realizarse y la productividad puede aumentar sin que sepamos todavía qué capacidad nueva posee la organización después de la inversión.

La pregunta fundamental es, por tanto, qué puede hacer ahora una organización que antes de la inversión no podía hacer, o no podía hacer en las mismas condiciones. Porque transformar no significa simplemente utilizar recursos para producir un resultado. Significa que, después de utilizarlos, queda una capacidad que antes no existía.

6. Bibliografía

[1] BBVA Research. (2026, 28 de agosto). España | ¿Cómo va la ejecución de los fondos NGEU? Actualizado el 2 de septiembre de 2026. BBVA Research. Enlace: BBVA Research — ¿Cómo va la ejecución de los fondos NGEU?  [volver]

[2] Lozano-Reina, G., Sánchez-Marín, G., y Baixauli-Soler, J. S. (2026). «Next Generation EU and industrial transformation: Evidence from Spain». Structural Change and Economic Dynamics, 77, 123–136. https://doi.org/10.1016/j.strueco.2026.01.002 [volver]

[3] Consejo de la Productividad de España. (2026). I Informe del Consejo de la Productividad de España (2025). Ministerio de Economía, Comercio y Empresa. Enlace: Consejo de la Productividad de España — I Informe (2025) [volver]

[17] Hospido, L. y Moreno-Galbis, E. (2015). «The Spanish Productivity Puzzle in the Great Recession». Banco de España Working Paper No. 1501. Enlace: PDF — The Spanish Productivity Puzzle in the Great Recession  [volver]

[18] Comin, D., Quintana, J., Schmitz, T. y Trigari, A. (2025). «Revisiting Productivity Dynamics in Europe: A New Measure of Utilization-Adjusted TFP Growth». Journal of the European Economic Association, 23(4), 1598–1633. https://doi.org/10.1093/jeea/jvaf003 [volver]

[19] Dolado, J. J., Ortigueira, S. y Stucchi, R. (2016). «Does Dual Employment Protection Affect TFP? Evidence from Spanish Manufacturing Firms». SERIEs, 7(4), 421–459. https://doi.org/10.1007/s13209-016-0150-9 [volver]

[20] Rodríguez-Ruiz, Ó., Fernández-Menéndez, J., Díaz-Martínez, Z. y Fossas-Olalla, M. (2020). «The Impact of Temporary Workers on the Conversion of Innovation Efforts into Product Innovations: The Case of Spanish Companies». Evidence-based HRM: A Global Forum for Empirical Scholarship, 9(3), 276–292. https://doi.org/10.1108/EBHRM-01-2020-0005  [volver]

[24] European Commission (2025). Country Report – Spain 2025. European Semester. EUR-Lex / European Commission. Enlace: European Commission — Country Report Spain [volver]

[25] European Commission. Recovery and Resilience Scoreboard: Milestones and Targets; Common Indicators. European Commission. Enlace: European Commission — Recovery and Resilience Facility / Scoreboard [volver]

Extracto del artículo publicado originalmente en la plataforma LinkedIn ampliado y adaptado al formato blog.




domingo, 30 de agosto de 2026

La anomalía china explicada

domingo, 30 de agosto de 2026

¿Es China la alternativa? Quizás no nos proporcione una respuesta pero tal vez nos permita plantearnos las preguntas adecuadas

En una reciente entrevista, una joven de origen chino explicaba en un podcast cómo las nuevas generaciones están rechazando el modelo de trabajo denominado «9-9-6» (doce horas al día, seis veces por semana). Si bien una entrevista a una joven «random» (como se suele decir ahora) no parece ser una fuente lo suficientemente fiable, sin embargo, ha servido como estímulo para averiguar con algo más de detalle qué hay detrás de esta afirmación. Y el resultado es esclarecedor:

➡️ Desde el 2021 existe el fenómeno de tang ping («躺平», literalmente «tumbarse»), asociado precisamente a jóvenes que rechazan la carrera laboral convencional, la sobreexplotación y la expectativa de trabajar hasta el límite. También ha aparecido posteriormente el llamado bai lan («dejarse llevar»).

➡️ Por otro lado, un informe de la OIT de 2025 sobre China encuentra una polarización creciente entre trabajadores con jornadas muy cortas y trabajadores con jornadas excesivamente largas. Reuters también señalaba en 2025 que, pese a que el 996 fue declarado ilegal en 2021, continuaba practicándose en determinados sectores.

➡️ Además, el informe del Cheung Kong Graduate School of Business, basado en 17.000 respuestas y 2,4 millones de datos de distintas generaciones, compara explícitamente a la Gen Z china (18-25 años) con grupos de mayor edad. La Gen Z aparece como la generación menos satisfecha con su equilibrio entre vida y trabajo.

Por tanto, sí puede afirmarse que existe una disconformidad significativa y un creciente cuestionamiento entre las nuevas generaciones respecto al modelo laboral chino. Esta revelación abre una serie de cuestiones nada anecdóticas sobre la supuesta «revolución china»:

⏺️ Para algunos sectores, China representaba una supuesta «superación» del modelo occidental fundamentado en las «democracias liberales» y el «mercado libre», logrado gracias a su vez, al superar igualmente el modelo comunista soviético (véase esta interpretación sobre la fusión ideológica de Marx y Confucio).

⏺️ Para otros, suponía una anomalía respecto a la llamada «hipótesis de la modernidad» de Lipset en 1959 (todas las sociedades «avanzadas» convergen a la «democracia») con la aparición de una sociedad china cuyas condiciones materiales avanzaban como un cohete mientras que continuaba aceptando a un gobierno «autoritario».

La aparente dificultad en clasificar a China dentro de las categorías políticas y económicas occidentales (democracia, comunismo, liberalismo, etc.) ha dado lugar a discusiones sobre su modelo económico y político. Sin embargo, probablemente esta dicotomía decía más de la carencia de Occidente para definir la frontera entre ambos ámbitos, una duda que persiste desde que la Comisión Trilateral de 1975 publicó su informe en el que señalaban que las «exigencias de la población no podían ser satisfechas». La creciente desconfianza en las instituciones y el imparable aumento de la influencia del ámbito económico y financiero parecen apoyar esta tesis. Paradójicamente, parece estar ocurriendo justo lo contrario de lo que postuló Lipset: el propio modelo occidental podría estar contribuyendo a erosionar la democracia, en lugar de consolidarla. Esto nos trae de vuelta a la Gen Z. En artículos anteriores se señalaba que en Occidente se está experimentando un rechazo similar en este sector de la población. Y aquí es dónde se produce algo fascinante: la convergencia entre Occidente y China sí existe, pero no en la «democracia».

Algunos estudios ya ponen el dedo en la llaga sobre este asunto y plantean precisamente la necesidad de reformular la hipótesis de la modernidad. Hace no mucho se publicó aquí una propuesta de investigación que pretendía algo similar: reformular el llamado «motor de la historia»: este no sería una reducción del problema a una «lucha de clases» sino a una continua repetición de determinadas estructuras jerárquicas y relaciones de poder transversales, no necesariamente visibles en un determinado modelo político formal, sino a través de las relaciones de poder que se dan en todos los ámbitos, desde el social al laboral. El resultado no trata de una cuestión meramente ideológica, sino de las consecuencias físicas y psicológicas cuando un organismo adaptado a unas condiciones choca contra modelos sociopolíticos que instrumentalizan al individuo, en lugar de favorecerlo o darle un propósito. Materialismo al fin y al cabo, pero no un materialismo «histórico», sino evolutivo y biológico.

No es nuevo: las llamadas «enfermedades de la civilización» son una advertencia sistemáticamente ignorada. En Occidente son ya habituales los fenómenos como la «gran renuncia» o el burnout, la cuestión es: ¿China representa una excepción a estos problemas? La evidencia indica de manera contundente que no:

➡️ Un estudio longitudinal basado en datos nacionales de China encontró que las jornadas laborales largas se asociaban significativamente con un mayor riesgo de problemas de salud mental, con efectos especialmente marcados entre trabajadores de cuello blanco y empleados de pequeñas empresas.

De alguna manera, la gente ha dejado de enfermar por una causa para enfermar por otra. Por añadidura, el resultado continúa sin convencer dada la creciente disconformidad. Sus consecuencias no son meros berrinches caprichosos, tienen efectos medibles y consecuencias palpables. China ha encontrado una alternativa al modelo político occidental, pero todavía no ha encontrado necesariamente una alternativa al modelo de organización social que genera determinados problemas humanos.

¿Y si la variable verdaderamente universal no fuera la demanda de democracia, sino la demanda de mayor autonomía, seguridad, control sobre el propio tiempo y capacidad efectiva de intervenir sobre las condiciones de vida?

China tal vez no sea la respuesta, pero tal vez nos proporcione las preguntas adecuadas.


Artículo publicado originalmente para la plataforma Linkedin y adaptado posteriormente a este formato.

domingo, 28 de junio de 2026

El capitalismo como juego de suma cero

domingo, 28 de junio de 2026
¿Es el capitalismo un juego de suma cero? Un análisis sobre crecimiento, cooperación, excedente y las limitaciones de los modelos ideales.

Los límites de los modelos ideales

En matemáticas, y más concretamente en la teoría de juegos, suele distinguirse entre juegos de suma cero y juegos de suma no cero. En los primeros, la ganancia de unos participantes implica necesariamente una pérdida equivalente para otros. La suma total de ganancias y pérdidas permanece constante, por lo que todo aquello que un jugador obtiene procede, directa o indirectamente, de lo que dejan de poseer los demás. Juegos clásicos como el ajedrez, las damas o el póker ilustran este principio: la victoria de un jugador supone la derrota de otro.

Por el contrario, en un juego de suma no cero la suma total de ganancias y pérdidas no está determinada de antemano. Dependiendo de las decisiones de los participantes, todos pueden beneficiarse, todos pueden perjudicarse o algunos obtener mayores ventajas que otros. Aunque la cooperación no forma parte de su definición, suele ser el mecanismo que permite ampliar el beneficio conjunto. Lo que caracteriza a estos juegos es precisamente que el resultado global puede aumentar o disminuir en función de las estrategias adoptadas y no queda reducido a una simple redistribución entre vencedores y vencidos.

Esta clasificación funciona con relativa claridad en juegos formales y sistemas cerrados, donde las reglas, los participantes y las condiciones de victoria están perfectamente definidos. Sin embargo, las dificultades aparecen cuando estas categorías se trasladan a fenómenos sociales, económicos o políticos reales. La razón es sencilla: los modelos matemáticos describen situaciones idealizadas, del mismo modo que no existen triángulos perfectos, burocracias perfectas, mercados perfectos o democracias perfectas, tampoco debe sorprendernos que en el mundo real sea poco evidente encontrar ejemplos «perfectos» de juegos de suma cero. Que la realidad no coincida exactamente con el modelo no implica que el modelo deje de ser útil para describir una tendencia o una estructura.

Las sociedades humanas constituyen sistemas abiertos formados por multitud de ámbitos relativamente diferenciados —económicos, políticos, culturales, tecnológicos, educativos o familiares— que interactúan entre sí de maneras complejas. Ninguno de estos ámbitos existe de forma aislada y, aunque en ocasiones puedan analizarse por separado, mantienen conexiones constantes que alteran su comportamiento y dificultan cualquier clasificación simple. Por este motivo, difícilmente encontraremos en el mundo real ejemplos puros de juegos de «suma cero» o de «suma no cero». 

Sin embargo, precisamente por estas limitaciones y dificultades, los modelos ideales permiten identificar tendencias, mecanismos y patrones estructurales que, aun sin manifestarse en estado puro, ayudan a comprender el funcionamiento de sistemas mucho más complejos. Por tanto, el uso de expresiones como «suma cero» o «suma no cero» no debe interpretarse como una descripción matemática literal de la realidad, sino como una herramienta analítica para reconocer dinámicas que pueden aproximarse, en mayor o menor medida, a dichos modelos ideales.

Crecimiento y estructura: el problema de la pirámide

La discusión sobre si el capitalismo constituye o no un juego de suma cero suele tropezar con una dificultad metodológica. Sus defensores suelen señalar que la existencia de crecimiento económico, innovación tecnológica o reducción de la pobreza extrema bastaría para descartar dicha posibilidad. Sin embargo, esta objeción presupone que la única forma legítima de utilizar el concepto es su definición matemática estricta.

Por lo comentado anteriormente, ese mismo criterio impediría aplicar prácticamente cualquier modelo ideal a la realidad social. Ningún triángulo físico reproduce con exactitud el modelo geométrico, ninguna democracia elimina por completo la arbitrariedad del poder y ninguna burocracia funciona como un reloj suizo. Del mismo modo, tampoco encontraremos sistemas históricos que reproduzcan exactamente las condiciones de un juego de suma cero o de suma no cero. La cuestión relevante no es, por tanto, si una sociedad coincide plenamente con el modelo, sino si presenta dinámicas estructurales que se aproximan a él.

Para ilustrar esta diferencia resulta útil recurrir a la metáfora de la pirámide. Una pirámide puede crecer, hacerse más alta, incorporar nuevos niveles o mejorar las condiciones materiales de quienes ocupan su base. Sin embargo, ninguna de estas transformaciones altera necesariamente su estructura. La cuestión fundamental no es el tamaño de la pirámide sino su topología: quién controla el excedente, quién toma las decisiones y cómo se distribuyen los beneficios generados por la cooperación colectiva.

Desde esta perspectiva, afirmaciones como «hay más riqueza que antes» o «la pobreza extrema ha disminuido» describen una modificación del tamaño pero no responden a la pregunta sobre su forma —las proporciones de la pirámide (altura respecto de la base) serían un indicativo de mayor o menor desigualdad—. Un sistema puede aumentar considerablemente su producción y, al mismo tiempo, conservar mecanismos de apropiación muy similares a los que poseía anteriormente.

El motor y la apropiación del excedente

La segunda metáfora útil es la del motor. El capitalismo puede entenderse como un mecanismo capaz de transformar determinados insumos en actividad económica y crecimiento. Sin embargo, esos insumos no son creados por el propio mecanismo. Proceden del trabajo humano, la cooperación social, el conocimiento acumulado, la educación, las infraestructuras, los recursos naturales o las instituciones que sostienen la vida colectiva.

La pregunta relevante pasa entonces a ser qué ocurre con el excedente generado por ese proceso. Una parte retorna necesariamente al sistema para garantizar su reproducción inmediata: los trabajadores deben sobrevivir, las infraestructuras mantenerse y las capacidades productivas renovarse. Sin embargo, la reproducción a largo plazo de estas condiciones no depende exclusivamente del propio mecanismo económico, sino también de procesos sociales, institucionales y cooperativos mucho más amplios que lo exceden. Una parte significativa del excedente es apropiada, concentrada o redistribuida según las reglas específicas que gobiernan dicho mecanismo. Habitualmente, quienes generan directamente el valor reciben una compensación limitada a su participación inmediata en el proceso productivo, mientras que la propiedad del resultado y la capacidad de beneficiarse de él permanecen separadas de quienes lo hicieron posible.

En este punto aparece una cuestión que suele quedar oculta cuando toda mejora social se atribuye automáticamente al capitalismo. Muchas de las transformaciones históricas que han ampliado derechos, mejorado salarios o fortalecido la protección social no surgieron necesariamente de la lógica interna del capital, sino de la interacción de múltiples fuerzas paralelas: sindicatos, movimientos sociales, regulación estatal, educación pública, presión democrática o conflictos políticos de diversa naturaleza.

Por ello, atribuir al capitalismo todos los avances producidos en las sociedades donde opera equivale a confundir el motor con el conjunto del vehículo. El hecho de que un sistema participe en un proceso de transformación social no implica que sea el único responsable de sus resultados. La cuestión central no es, por tanto, si existe crecimiento. Tampoco si las condiciones materiales de vida han mejorado respecto al pasado. La cuestión es si dicho crecimiento altera o no la lógica de apropiación del excedente.

Dicho de otro modo: una pirámide puede hacerse más grande sin dejar de ser una pirámide. Del mismo modo, un motor puede transformar cada vez más energía sin dejar de depender del combustible que hace posible esa transformación.

La lógica capitalista puede entenderse como una estructura piramidal que crece alimentándose de procesos cooperativos mucho más amplios que ella misma. La innovación, el conocimiento, la creatividad, la educación o la investigación generan continuamente nuevas capacidades sociales y productivas. Sobre esa base, los mecanismos de acumulación capturan una parte del excedente producido y lo transforman en «crecimiento económico» .  
La escena recuerda a un juego de suma cero incrustado dentro de un entorno de suma no cero. 
La cooperación amplía constantemente las posibilidades del sistema, mientras que la apropiación determina quién controla los beneficios derivados de esa ampliación —pirámide más grande o más alta—. El crecimiento de la pirámide depende precisamente de la existencia de una base capaz de generar más recursos, más conocimiento y más innovación de los que ella misma es capaz de producir. De la misma manera que un motor necesita combustible para funcionar, las dinámicas de acumulación necesitan una fuente continua de creatividad y cooperación sobre la que operar. La cuestión fundamental deja entonces de ser cuánto crece el sistema y pasa a ser quién controla los resultados de ese crecimiento y cómo se distribuye el excedente generado.

Por esta razón, la utilidad de la expresión «juego de suma cero» no reside en describir literalmente una realidad matemática inexistente, sino en señalar la posible existencia de dinámicas de captura y concentración del excedente que, aun coexistiendo con crecimiento e innovación, pueden seguir desempeñando un papel estructural en el funcionamiento del sistema.

miércoles, 22 de mayo de 2024

¿Ser positivo es negativo?

miércoles, 22 de mayo de 2024


En las últimas décadas, y de forma acentuada desde la crisis de 2008, el mercado laboral sufre serias convulsiones. A este panorama se suman las constantes disrupciones tecnológicas, que han erosionado la solidez de la que antes gozaban muchos sectores. El resultado es un abanico de fenómenos que van desde la «gran renuncia» hasta la «renuncia silenciosa», pasando por la actitud de las nuevas generaciones, como la Z. Estas a menudo no encuentran en el trabajo un proyecto que les atraiga, frustrando las expectativas de arraigo de los entornos corporativos clásicos.

Aunque mucho se ha dicho ya sobre las causas, estas son de sobra conocidas: desde modelos productivos absurdos donde la «productividad» consiste en trabajar más horas por menos dinero, hasta objetivos empresariales miopes, incapaces de ver más allá del próximo trimestre —si es que llegan a tanto—. En este ambiente laboral tóxico, la salud mental de los trabajadores es, inevitablemente, la primera víctima.

Pensemos por un momento que estamos entrenando, por ejemplo, para correr los 3000 metros. Puede que, por no hacer estiramientos, nos de un tirón o tengamos una pequeña lesión. ¿Cuál sería la acción a tomar: cambiar nuestra rutina de entrenamiento y estiramiento, o tratar la lesión?

El ávido lector habrá advertido que se está incurriendo en una falsa dicotomía. La acción correcta incluye ambas cosas. Es decir, un fisioterapeuta probablemente diría que hay que aplicar hielo en la lesión para reducir la inflamación al acabar los entrenamientos y aplicar calor antes de ellos para aumentar la flexibilidad. Además de todo ello, un entrenador probablemente diría que hay que reacomodar la intensidad del entrenamiento, incluso posponerlo, para no aumentar el problema.

Por algún extraño motivo no se considera algo equivalente cuando alguien tiene una «lesión» de ánimo y entusiasmo en un trabajo donde se le exige demasiado o de una manera inadecuada. Por muchas que sean las necesidades de la empresa, las personas seguimos siendo personas, y mientras la primera necesite a las segundas, se deberían atender sus necesidades. Normalmente se presta atención a la ergonomía, pero pocas veces a la salud mental. Puede que el gran prejuicio que existe con este ámbito no ayude. Como se decía, según el sector y las implicaciones o intereses que tenga involucrados en la situación, solo denunciará la parte que le interese.

Por un lado, el sector ideológico de izquierdas, normalmente no alineado con los intereses de las empresas, se desgañitará diciendo que es un problema que se ha de resolver mediante la acción sindical. Que el trabajador ha de ejercer una acción de protesta y de reivindicación, «luchar» por un entorno laboral más «humano», manteniendo la ira y la preocupación, dejando que el estrés le mantenga en constate enfado y depresión.

Por otro lado, ha surgido una nueva oportunidad de «negocio» que consiste en vender «felicidad». Curiosamente, el principal e incluso único responsable de la misma es el propio afectado. Además, se lanzan mensajes cargados de «positividad» intentando convencer que «puedes conseguir lo que deseas», lo que algunos interpretan como que si no lo consigues, es que no lo has intentando con la suficiente fuerza. Todo olvidando la obligación de los empleadores a mantener un entorno laboral adecuado.

Esto es un autentico disparate, reflejo del mundo polarizado, dicotómico, sectario y dogmático en el que vivimos.

Por lo visto a casi nadie se le ha ocurrido que, al igual que hacemos con una lesión atendiendo a causa y efecto simultáneamente, se pueden reivindicar unos ambientes laborales más justos, más amables y más eficientes (para lograr lo mismo con menos esfuerzo, no para lograr todavía más, con el mismo exceso de trabajo que antes) y a la vez, sobrellevar mientras la situación, logrando lo anterior mediante técnicas de relajación y resiliencia. 

Y de paso, evitar tomar decisiones de las que luego te arrepientas.

De nada.