sábado, 29 de abril de 2017

Las vueltas de la tecnología

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Gráfica de adopción de nuevas tecnologías

Mientras el Windows 10 de Microsoft supera al ya anticuado Windows 7, Apple fracasa con su ordenador de escritorio Mac Pro. Los que decían que el PC era cosa del pasado, tal vez lo que les ocurre es que continúan frustrados sin superar a la omnipresente competencia, a pesar de sus intentos. Pero por otro lado, la empresa de Redmon se estrella con su sistema operativo para móviles Windows Phone, debido a una mala estrategia comercial. A pesar de todo, emulando logros de antaño cuando se encumbraron gracias a IBM y a los PCs clónicos, el legado de Bill Gates ha logrado que su fracaso en el mercado móvil no le importe demasiado ya que gracias a Google y al sistema operativo más usado en el mundo, gana más con Android que con el suyo propio. Este mismo sistema operativo también evitó la práctica desaparición de otros antaño grandes como Nokia o Blackberry. Esta última —entorno empresarial donde surgió nada más y nada menos que el Whatsapp— resurge con la estupenda Blackberry Hub, aplicación que aúna las notificaciones principalmente de llamadas, correos y mensajes en una única lista ordenada cronológicamente.

Aunque el PC no ha muerto, es inevitable aceptar que el mercado y sobre todo, la manera en la que los usuarios interaccionan con él, ha cambiado drásticamente. De la WWW casi nadie se acuerda, y se ha convertido en Facebook, Instagram o Twitter. Yahoo, el gigante del directorio de búsqueda más importante, desaparece y pasa a ser Altaba, denominación que a muchos nos recuerda al mítico buscador Altavista. Ya no se lee con tranquilidad y detenimiento, sino que ahora los titulares son devorados uno tras otro, casi siempre desde el móvil. Los mismos contenidos se repite y retuitean una y otra vez. El mundo es un continuo fluir, una corriente de noticias sin contrastar en la que todo aquel que no navega lo suficientemente rápido, se ve arrastrado. Tal vez pueda apetecer pararnos un momento y volver la vista atrás para recordar cómo se llegó hasta aquí.

La música tuvo la culpa

Si algo nos dejó la burbuja de las punto.com de finales del siglo pasado fue la revolución de las descargas de contenidos. Antes de todo el tinglado que hay ahora, eran los programas para compartir música primero, y todo tipo de contenidos unos años más tarde: Napster, Gnutella, eMule, Ares, entre otros, y más recientemente, jDownloader. En aquellos inicios la gente descubrió que podía tener toda su musicoteca en el disco duro, o llevar una parte de ella encima en una Pocket PC o Palm, ordenadores de bolsillo pensados para almacenes y otros ambientes corporativos que a duras penas servía para propósitos de entretenimiento, lo que no impedía que la gente —los que realmente tenían interés— los usasen. En este mercado desconocido hasta el momento, sólo los emprendedores más atrevidos decidían invertir en dispositivos como el primer reproductor de MP3, el MPMan. A inicios de siglo, con el mercado decididamente orientado, Steve Jobs vuelve a Apple y como ya sabemos, uso todo el poderío de una empresa consolidada para lanzar el iPod y una tienda online para descargas legales de música llamada iTunes. La supuesta innovación tecnológica no fue tal, sino más bien comercial. Tras este éxito y viendo que de esta manera —con dispositivos móviles de entretenimiento— sí podían hacer competencia al gigante de Redmon —rey de los escritorios y de la oficina— se preparaban para dar el siguiente paso. Mientras los más modestos han de conformarse con campañas de Email Marketing, la empresa de Jobs preparó una espectacular presentación que ahora ya son habituales en todas las corporaciones. En ella se anunció a bombo y platillo, con la especial habilidad de vendedor de su artifice, un producto que apenas estaba en desarrollo y sin funcionalidad, pero que se presentaba entonces como la gran «revolución tecnológica»: el iPhone.

MPMan, el primer reproductor portátil de MP3
MPMan, el primer reproductor portátil de MP3
La estrategia comercial de la empresa de la manzana constó de las siguientes claves: invertir lo mínimo desarrollando un prototipo apenas funcional basándose en productos existentes y en la tendencia de mercado —es decir, lo mismo que hacen la mayoría de empresas—. A continuación, utilizar el valor publicitario del nombre de una empresa tecnológica de imagen exclusiva y de productos caros como Apple y ejecutar una gran y fastuosa presentación cargada de emotividad y apelando a la vanidad del público, para mostrar un producto del que apenas tienen un esbozo. El objetivo se logra, que no es otro que crear una enorme expectación para una vez medida esta y conocedores del impacto, invertir poderosamente pero con riesgo minimizado en un dispositivo construido con tecnología de otros —Samsung, por ejemplo—, muy caro —hasta el punto de llegar a necesitar un seguro— y que apenas servía para nada —en relación al precio, con poca memoria, sin conectividad— sin una tarifa plana de datos. La «proeza» de Apple fue invertir una barbaridad que sólo ellos podían —apoyado en operadores de telefonía— confiando en la manipulación emocional del público por parte de su CEO, para vender un producto carísimo —para recuperar la inversión— pero que a pesar de todo, ha sido un éxito de ventas. La innovación consistió en conocer la manera de hacer creer al público que un producto que aún no existía era especial, de manera que ellos mismos pagasen un hardware que no había sido utilizado de forma masiva hasta entonces —sobre todo, las pantallas capacitivas, de cristal y frágiles— por su enorme coste.

Las ventanas por fin fueron cuadradas

Paradójicamente, lo que es de agradecer a la empresa que construyó el Macintosh es que nos ha traído a la mejor Microsoft que ha existido hasta ahora. La perdida de protagonismo ha sido interpretada por la empresa que fundó Bill Gates como una necesidad de salir de su entorno cómodo, feo y aburrido de tecno-burgueses, para buscar reinventarse. Sin embargo, el intento de continuar los pasos de los competidores como la propia Apple o Google en el mercado móvil fue tan comprensible como estúpidamente ejecutado: en primer lugar porque si ya has llegado tarde no intentes hacer lo que otros ya han realizado antes y mejor. Y en segundo lugar, por que la tozudez en empezar desde cero les llevó a olvidarse de todos los usuarios fieles que ya usaban sus programas de escritorio y que se encontraban con que debían renovar prácticamente todo, con lo que la curva de introducción en el mercado fue terriblemente lenta, o inexistente. El público se iba antes a otros entornos que se lo daban ya todo hecho y que no requerían de ningún software especial al trabajar en «la nube» —la otra gran protagonista—. Pero en el escritorio, Microsoft había mirado para otro lado mientras millones de usuarios se instalaban su sistema operativo «de juguete» —el W95— en sus computadores clónicos comprados en la esquina del barrio. Sabía que esos mismos usuarios iban a instalar o a utilizar en sus trabajos las suites de ofimática y los sistemas operativos para servidores —basados en tecnología NT, la misma de la que ahora deriva el Windows 10— por la cual en este caso sí, iba a pagar una buena licencia legal. O varias, una por cada equipo y programa instalado. Y otra anual por su mantenimiento. Las carencias de W95 eran ignoradas, ya que cumplía su función de gancho, equilibrándolas con las facilidades para ser copiado.

La nueva interfaz gráfica de Windows
La nueva interfaz gráfica de Windows
Pero a partir de ese momento al gigante de las ventanas comenzaron a importarle dos cosas: las carencias de los sistema operativos domésticos y sus usuarios, a los que sabía que debía continuar atrayéndoles antes que se pasaran a los móviles o tablets y se olvidaran de computadores domésticos de toda la vida —hasta el punto de anunciar que computadores con Windows podrían ejecutar comandos de Linux—. Y en segundo lugar, Internet y la seguridad. El virus Blaster puso en alerta a Microsoft y tuvo que crear un ecosistema de actualizaciones, firewalls y seguridades, culminadas en el Defender, considerado el mejor antivirus por parte incluso de competidores como Mozilla Firefox o los programadores de Chrome. No todo fueron aciertos, pero en la cultura anglosajona no existe problema en los errores, si de ellos se aprende: tras el fiasco del Windows Vista se encarriló la actual marcha con el Windows 7. Con el Windows 8 se repitieron los tropezones, y ahora se disfruta relativamente con el actual Windows 10, un sistema ligero, sin gasto innecesario de recursos gráficos, escalable y adaptable a las distintas arquitecturas. El problema de Microsoft nunca fueron sus programadores, sino su escala de prioridades comerciales fijada antes en los entornos corporativos que en el usuario doméstico.

El futuro

Hablar del pasado es necesario para poder comprender que es lo que nos ha llevado a la situación actual, pero lo que ocurra en el futuro no depende de ello, sino del presente. Y este parece asegurarnos —aún sin ánimo de hacer «predicciones»— que el mundo de las redes sociales y la inter-conectividad —no solo entre personas, sino entre «cosas», desde neveras hasta automóviles autónomos va a continuar con fuerza. Apple intenta continuar con su imagen de «innovación» con «gadgets» caros que además, limitan la libertad del usuario, algo que a sus acólitos no parece importarles. Según, Joichi Ito del MIT MediaLab, el mundo cerrado y exclusivo de la empresa de Cupertino no tiene futuro, pero de momento no parece afectarles. Este es en verdad el gran dilema: ¿Será el futuro un mundo en el que los usuarios estarán vigilados a través de dispositivos cerrados cuyo funcionamiento no comprenden y que se verán obligados a comprar de su mismo bolsillo, ya que de lo contrario se verán excluidos socialmente? ¿O por el contrario los usuarios podremos decidir cómo usamos la tecnología que adquirimos, tanto en el dispositivo a escoger como las restricciones de seguridad que nos auto-imponemos?

Foto: Quartz


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