sábado, 5 de octubre de 2013

Los pasillos de España

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«Desde hace tiempo ha sido para mí un axioma que las cosas pequeñas son con mucho las más importantes» 

Conan Doyle, Sir Arthur


La fnac cerró sus puertas ese día a la ilusión de muchos ciudadanosEl sábado 28 de septiembre unos ciudadanos formaron cola en la puerta de la fnac de la calle San Vicente (Valencia) para encontrarse con un personaje muy admirado por ellos. Varias generaciones de aficionados han disfrutado de su irónica, en ocasiones gamberra y contestataria, y siempre simpática y divertida obra. Juntos, se reunieron ese día con la inocente ilusión de conocerle y obtener a cambio una simple, pero importante para ellos, firma suya.

Esta persona, a pesar de no haber sido reconocida por las instituciones oficiales con uno de esos premios que se otorgan a los que interesan al «régimen», desbordó las previsiones de los organizadores del evento, ya que las dos horas previstas fueron insuficientes para que todas las personas que acudieron, vieran cumplido su deseo.

Niños con ilusión que esperaban con sus tebeos en mano, y adultos que emocionados observaban el incipiente y sano gusto por la lectura que Francisco Ibáñez (dibujante como todo el mundo sabe de Mortadelo y Filemón, entre otros) les había logrado provocar. Se quedaron plantados, desilusionados y con esa incómoda sensación de haber perdido las más de dos horas de espera.

Aparte de la frustración comprensible de no poder cumplir con tu objetivo, existen varios puntos que me hacen percibir este hecho como algo más significativo de lo que parece. Pensadores influyentes opinaban que las cosas cotidianas y sencillas son las importantes, las que van componiendo lo que luego vemos como grande e imponente.

Por tanto, que este desafortunado incidente sea anecdótico en cuanto a daños y perjuicios a nuestros bienes materiales o legales (los morales ya es otra cosa), no lo hace sin embargo, carente de importancia. Es importante porque define una filosofía de convivencia. Filosofía por la que se define la relación entre una entidad, sea publica o privada, con la gente, el pueblo, los ciudadanos, el público. Filosofía que define tanto el trato recibido por unos, como el impartido por otros. Filosofía que se ve reflejada en todo nuestro sistema político y social.

Empezamos por no llegar puntuales a la cita, ya que la convocatoria era a las 18h. Media hora más tarde, la cola seguía aumentando de tamaño. Las personas entraban al recinto dentro de la Fnac dedicado a estos eventos en grupos de unas 20 personas. Mientras tanto, la cola se formaba en la puerta del establecimiento y continuaba hasta el exterior, pasando por un pasillo de la propia Fnac, que daba a la calle en donde se prolongaba.

Cada diez o quince minutos la cola avanzaba de forma generosa (unos 10 o quince metros, lo que en efecto se corresponde con un medio metro por persona en la cola). Todo parecía ir bien cuando, de repente, justo antes de entrar al pasillo mencionado, el avance de la cola apenas fue de un mísero metro. A partir de ese momento, unos 30 minutos antes de la hora prevista de finalización (a las 20h), la cola avanzaba a un autentico paso de tortuga reumática.

Al asomarse al pasillo de entrada a la Fnac, uno podía empezar a comprender lo que estaba ocurriendo. Lo que era una cola «normal», es decir, de anchura aproximada a la de un par de personas, se había convertido en su inicio en un «monstruo» de gran envergadura, en donde se agolpaban decenas de personas. Contrariamente a lo que los instintos primitivos nos inducían a cometer, primó la moderación intentando dar ejemplo, deseando que  funcionara el sistema que les dejamos en herencia a nuestros descendientes que nos acompañaban.

Es comprensible que haya gente que guarde el sitio y que poco antes de entrar, acudan a la entrada para no hacer todos cola. Comprensible, pero no justo, e inaceptable cuando se convierte en una marabunta. Es cierto que los organizadores, a los que se les explicó lo que ocurría, no puedan hacer casi nada si es permitido por la propia gente que está en la cola (claro, los que estaban a punto de entrar les da lo mismo). Y todo esto ocurriendo sin que los que están fuera, en la calle, se den cuenta de lo que ocurre en el pasillo de entrada.

Se convierte en una desvergüenza cuando ves que los propios organizadores participan del desaguisado colocando ellos mismos en la cola a la gente nueva. Y se convierte en una tomadura de pelo, una manifestación de caradura y falta de escrúpulos repugnante, cuando se pasean por la salida y se fuman un cigarro, sabiendo que toda esa gente, niños, niñas y adultos que les miran, no van a entrar. Sin dignarse a dar un aviso. Una explicación. Que decir ya de una disculpa.

La cola se detuvo poco más tarde de las ocho de la tarde, unos minutos más de la hora prevista, para no moverse más. Pasadas las 20:30h, yo mismo pregunté al personal de seguridad cómo es que no entraba nadie desde hacía más de veinte minutos. El agente me contesto, no sin cierta dificultad, que «creía» que ya no iba a entrar nadie más. Le pregunté atónito que cuando pensaban decírnoslo, y me contestó que estaba esperando que se lo confirmaran (sic).

Desconcertado, dejé al agente de seguridad. En ese momento la gente que salía comenzó a decir que Ibáñez ya se había ido, hacía unos minutos. Poco después, alguien dijo algo en la puerta y la cola se deshizo. La cuestión es que no entró nadie, en la última media hora que se supone prolongaron la visita del ilustre historietista.

Y esta fue la verdadera enseñanza de aquel día. Que en España lo que ocurre en los pasillos lo conoce poca gente. Y los que lo conocen es porque participan de ello. Son cómplices de mentir y aprovecharse del resto, de los de «fuera del pasillo».

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