Serie desajuste afectivo IV
En las relaciones heterosexuales contemporáneas, las dinámicas afectivas siguen operando mediante mecanismos adaptativos que no fueron diseñados para el entorno social actual, tal y como se ha visto previamente. Esta desalineación produce una asimetría en el coste emocional, en gran parte porque hombres y mujeres no anticipan ni procesan la experiencia relacional en el mismo plano temporal.
Esta diferencia no solo afecta a cómo se sufre una interacción, sino también a cómo se vive. De este modo, si en la entrada anterior se abordaban las diferencias en el coste emocional —es decir, quién tiende a sufrir más en una relación—, emerge aquí su contrapartida directa: una asimetría en el disfrute de la experiencia. No entendida como una intención consciente, sino como una consecuencia estructural del modo en que se activa y se regula la anticipación.
Antes de continuar, conviene aclarar que esta asimetría en el disfrute no se limita al momento temporal en que se produce la interacción, sino también a sus características cualitativas. Dicho de forma directa: el disfrute no es el mismo para la mujer que para el varón. Estas diferencias conectan profundamente con los mecanismos de activación y emisión de señales que se han venido describiendo.
En este contexto, el disfrute no debe entenderse como sinónimo de placer inmediato ni como una búsqueda consciente de beneficio personal. Se trata, más bien, de una experiencia subjetiva asociada al grado de coherencia interna que mantiene el individuo durante la interacción: cuánto control percibe sobre el proceso, qué nivel de incertidumbre tolera y hasta qué punto la anticipación encuentra un cauce regulado. En lenguaje llano, se relaciona con la percepción de hasta qué punto el avance de la interacción se vive como fruto de la propia acción y del dominio que se siente sobre ella.
Desde este marco, las diferencias entre hombres y mujeres no radican tanto en lo que desean como en cómo se activa y se regula esa experiencia. Dado que el principal desajuste proviene de una asincronía entre la activación del deseo y las condiciones estructurales necesarias para canalizarlo, resulta útil describir las fases en las que, de forma mayoritaria, se desarrollan estas interacciones:
Lo primero que conviene aclarar es que no es posible representar la multiplicidad de situaciones que pueden darse en una relación afectiva. El caso que se expone a continuación no pretende describir todas las variantes posibles, sino ofrecer una generalización funcional: un andamio conceptual sobre el que se irán encajando los distintos matices y desviaciones.
Previo al inicio
Antes de que nada empiece —antes incluso de la primera señal explícita de insinuación afectiva— la interacción ya está en marcha. Todo comienza en gestos tan cotidianos como elegir la ropa con la que uno se siente más cómodo o más representado.
Una vez en el espacio social, todo individuo proyecta una imagen al exterior, activando de forma inevitable canales de comunicación no verbal. En ese momento, sin que medie intención consciente, se ponen en marcha procesos de evaluación y resonancia mutua.
El elegido
Es en este punto donde comienza a hacerse visible la asimetría. En el patrón más habitual, el varón adopta una actitud exploratoria, abierta y poco estructurada —lo que en el relato clásico se ha denominado «conquista»— mientras que la mujer tiende a realizar una evaluación más contextual del escenario.
Esta evaluación no implica necesariamente cálculo consciente, sino una forma distinta de procesar la información disponible: atención a pautas de comportamiento, estabilidad, rutinas y coherencia del candidato con el entorno. No se trata de una diferencia en el deseo, sino en el modo de anticipación.
El primer paso
Con este marco previo, es frecuente que el primer paso explícito adopte una forma indirecta. No suele manifestarse como una declaración abierta, sino como una serie de señales ambiguas que permiten tantear la respuesta del otro sin asumir un coste elevado.
Desde la vivencia masculina, este proceso puede percibirse como una iniciativa propia, cuando en realidad responde a un espacio de interacción que ya ha sido parcialmente configurado. No se trata de manipulación deliberada, sino de una diferencia en cómo se gestiona el riesgo y la exposición.
La hora de la verdad
A veces, los implicados en una interacción afectiva alcanzan un punto de sincronía y el proceso culmina en un desenlace satisfactorio para ambos. En esos casos, pierde relevancia quién inició qué o en qué momento, ya que el cierre disuelve retrospectivamente la tensión acumulada.
En otras ocasiones, sin embargo, ese punto no llega a alcanzarse. En el entorno evolutivo original, cuando no se daban las condiciones necesarias, la interacción tendía a diluirse junto con las expectativas asociadas. En el contexto actual, como se ha visto, ocurre lo contrario: la expectativa no se disuelve, sino que se mantiene y circula, convirtiéndose en uno de los principales activos relacionales.
Es en esta «hora de la verdad» donde se concentran buena parte de las frustraciones de un lado de la interacción, al tiempo que se activa, en el otro, una forma de disfrute inmediata, de bajo coste y fácilmente reproducible. No como resultado de una intención consciente, sino como consecuencia de disponer de mayores herramientas para sostener la anticipación sin necesidad de resolución.
La expectativa resulta especialmente fácil de generar y sostener cuando una persona dispone de recursos —biológicos y sociales— para activar el interés del otro sin necesidad de exponerse al rechazo ni comprometerse a un desenlace. En estos casos, el marco relacional puede mantenerse abierto, controlado y reversible, lo que permite prolongar la anticipación sin asumir costes significativos.
En contraste, en el varón la respuesta a dichos estímulos visuales y contextuales tiende a ser más reactiva y orientada a la resolución. Explicado en términos más directos: una vez activado el deseo, el cuerpo «entra en modo cierre». Esta activación está mediada por la liberación de neurotransmisores como la dopamina —entre otros mecanismos neurobiológicos conocidos—, lo que empuja al organismo hacia conductas dirigidas a concretar el encuentro, disociando en mayor o menor medida en función del sujeto, realidad de fantasía o expectativa.
Cuando este cierre no se produce, no por inhibición voluntaria sino por bloqueo estructural, el desfase entre activación y resolución se traduce en un coste emocional acumulativo. En la mujer sin embargo, el coste emocional de un cierre inconcluso es mínimo y el disfrute durante el proceso de generación y apertura de expectativas es ya satisfactorio en si mismo.
Asimetría, frustración y ruptura del marco
Esta asimetría, una vez es percibida desde la vivencia masculina, tiende a interpretarse como un uso recreativo de la interacción afectiva, fácilmente confundible con cinismo. Sin embargo, lo que subyace no es una actitud moral, sino una desadaptación entre mecanismos biológicos antiguos y un entorno social que permite prolongar indefinidamente la anticipación sin resolución.
La fricción se intensifica cuando este «mapa» implícito es verbalizado por el varón. En muchos casos, la respuesta no es la confrontación, sino el rechazo o la retirada. No tanto porque el análisis sea incorrecto, sino porque al hacerlo explicito rompe el marco relacional tácito —la «fantasía», entendida como un marco compartido para sostener la expectativa sin obligación de cierre— que sostenía la interacción. En ese punto, la agencia masculina deja de ser invisible y pasa a percibirse como una perturbación, revelando uno de los límites estructurales del diálogo afectivo en el contexto contemporáneo.
Bibliografía / lecturas de referencia
- Trivers, R. (1972). Parental Investment and Sexual Selection.
- Buss, D. (1994). The Evolution of Desire.
- Sapolsky, R. (2017). Behave.
- Berridge, K. (varios trabajos sobre motivación y dopamina).
- Illouz, E. (2007). Consuming the Romantic Utopia.






