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domingo, 2 de agosto de 2026

Los límites de la computación y la capacidad humana

domingo, 2 de agosto de 2026

Una reflexión sobre los límites de los marcos explicativos y la naturaleza del descubrimiento científico.

El modelo no es la realidad

En una era en la que inteligencia artificial está sustituyendo a cada vez más humanos en tareas que hace poco más de un siglo se consideraban propias de nuestra especie y que, en aquel entonces, se explicaban por una «esencia humana» de origen cercano a lo divino; resulta tentador especular con una creación tecnológica que haya adquirido consciencia y cuya inteligencia sea cercana o incluso superior a la humana. No solo que sea posible, sino que esté a la vuelta de la esquina. 

Pero este optimismo tecnológico no es un fenómeno aislado. El ser humano se ha sorprendido de sus propias creaciones, a veces se atemoriza de ellas, otras por el contrario, cree que puede jugar a ser un dios con ellas. Los avances científicos han tardado en aparecer, necesitando derribar antiguos paradigmas. Pero cuando lo hacen, los colectivos humanos especulan abiertamente con ellos y se imaginan superando las ataduras a sus limitaciones físicas. Anhelan haber hallado por fin una explicación universal que les libere de la incertidumbre, de la duda eterna que ha atenazado a los seres humanos desde que son conscientes de su existencia. 

Esta tendencia recurrente en cuanto a extrapolar más allá de lo que realmente permite el nuevo paradigma, ha sido un patrón histórico bastante característico y, me atrevería a decir, la mayoría de las veces equivocado de maneras catastróficas. Por supuesto, la culpa no es ni de los científicos ni de la ciencia. Es una trampa en la que el ser humano cae, consecuencia de sus propias capacidades pero también, de sus limitaciones, cuando creemos haber dado solución a misterios que nos angustiaban. El primer ejemplo significativo de esta tendencia histórica tuvo como protagonista a la formulación de la Ley de la gravitación universal de Isaac Newton.  

A nadie se le ocurriría culpar al célebre científico británico por haber dado explicación a una parte fundamental del funcionamiento del universo. Sin embargo, la sorprendente capacidad del inglés para articular una serie de formulaciones de carácter matemático y preciso sobre el universo al que se tenía acceso con los medios de la época, tuvo importantes efectos filosóficos, sociales y políticos. En primer lugar, las corrientes de pensamiento idealistas, representadas mayoritariamente por filósofos alemanes, asistían sorprendidos a cómo una visión materialista y mecanicista «ponía orden» en el universo. Otra de las consecuencias fue que, dado el sorprendente éxito del nuevo marco de conocimiento, se inició una tendencia a buscar «leyes universales» que explicaran diversos aspectos de la realidad. 

Uno de los casos más paradigmáticos fue el del Karl Marx que, como reacción a los abusos que en el ámbito laboral se estaban dando, «gracias» de nuevo a los descubrimientos tecnológicos de la Revolución Industrial, creyó ver una ley fundamental que explicaba «el motor de la historia», cuya corriente filosófica se le llamó materialismo histórico y que lo reducía todo a la «lucha de clases». Otro caso fue el de Sigmund Freud, que deseando dar respuesta a los males que afectaban a la mente humana al tener que vivir en un mundo cada vez más alejado del que vio nacer a la especie de la que forma parte, analizó casos particulares de individuos coetáneos y los interpretó como universales a todo el género humano y parte fundamental de su naturaleza. 

Estos marcos ontológicos compartían la característica de ser herméticos y difícilmente refutables dentro de su propio ámbito. Sin embargo, este aparente logro se alcanzaba ignorando todo lo que no encajaba dentro de él o reinterpretándolo de manera que sí lo hiciera. Por ejemplo, Freud zanjaba las criticas a su modelo respecto a la pulsión de muerte o culpa por «matar al padre» diciendo que «no lo recordaban». En el  caso de la filosofía materialista, las criticas se interpretaban como «idealismo» o incluso, «materialismo vergonzante».

Varios sucesos ocurrieron posteriormente que cuestionaban la posibilidad de que un marco cerrado de este tipo pudiera servir como modelo preciso de la realidad. Un aviso fue protagonizado por el matemático y filósofo británico Bertrand Russell al formular su famosa paradoja. Con ella, se advertía de ciertos límites intrínsecos de la lógica formal. Esta limitación no fue inconveniente, sino que más bien fue estímulo, para que el matemático alemán David Hilbert pretendiera elaborar lo que llamó programa de fundamentación completa de Hilbert, un conjunto finito de axiomas que contuviera todas las matemáticas. Es decir, que cualquier formulación matemática que se propusiera podía ser realizada dentro o a partir de dicho conjunto de axiomas. Una de las particularidades de dicho programa era el concepto de «decibilidad» o la posibilidad de poder decidir a partir de dicho conjunto de axiomas si un problema dado cualquiera tenía solución o no. Nota importante: no se trata de la dificultad en encontrar la solución a un problema, sino en poder determinar para todo problema dado si la solución es posible no no.

Algo más tarde apareció el austriaco Kurt Gödel, que con su teorema de la incompletitud acabo tirando por tierra —probablemente sin proponérselo— todo intento de normalizar y formalizar la realidad en un conjunto de axiomas aritméticos. Gödel demostró que ningún sistema formal suficientemente axiomatizado como para ser completamente coherente puede llegar a ser completo a la vez. Es decir, que para ser coherente y completo es necesaria una validación externa a todo marco ontológico. ¿Qué ocurre con la Ley de la Gravedad? ¿Acaso se ha demostrado que es falsa? No, lo que se evidenció es que la famosa ley no explica toda la realidad y que es necesaria otra teoría para llegar a ciertas partes de ella, como fue la de la relatividad de Albert Einstein. Así mismo, la teoría del científico de origen alemán tampoco explica toda la realidad, como también quedo patente con la mecánica cuántica.

Curiosamente, a pesar de todas estas lecciones históricas, el ser humano parece repetir cabezonamente tendencias similares sin mantener la cautela necesaria. Cuando Alan Turing desarrolló la teoría de la computación que hoy define todos los sistemas de tal ámbito, prácticamente de inmediato surgió la posibilidad de explicar «toda» la inteligencia y la capacidad humana, lo que incluiría también la consciencia, la creatividad, la intuición o el pensamiento simbólico, en términos de dicha teoría de la computación. Dicho de otra manera: existía una voluntad ontológica en caracterizar la inteligencia humana en algo intrínsecamente computable. El propio Turing consideró esta posibilidad y para ello propuso un hipotético test para establecer cuando un sistema computacional habría alcanzado una capacidad equivalente a la humana.

Sin embargo, si bien la computación parecía sugerir una capacidad similar a la mente humana al poder realizar tareas que hasta ese momento solo un humano podía acometer, de esto no puede deducirse que sea computable en su totalidad. Que la computación nos permita modelizar o crear «conjuntos de axiomas», también llamados algoritmos dentro de la teoría de la computación, que realizan actividades que hasta ese momento solo podía hacer un ser humano, no implica en absoluto que todo lo que la mente humana puede realizar esté incluido dentro de dicho conjunto de axiomas o que pueda diseñarse uno que la incluya. Es decir, la mente humana hace muchas cosas, algunas —incluso probablemente la mayoría— son computables, pero no todas las que hace o sobre todo, las que puede llegar a hacer —los límites de la mente humana todavía están por definir— tienen por qué serlo.

A pesar de ello, esto es precisamente lo que los defensores de la inteligencia artificial fuerte defienden, simplemente porque la computación puede explicar que ciertos procesos algorítmicos realizan funciones similares a algunas que hasta ahora solo el cerebro humano podía hacer. El resto de las características humanas que continúan fuera de las posibilidades de esta tecnología no son tenidas en cuenta como un verdadero obstáculo y responden con frases del tipo: «se logrará en el futuro» ¿Les suena de algo esto? En definitiva, no solo no se puede afirmar que la mente es «computable», sino que no se tiene ningún motivo para pensar que sea así. El computacionalismo se convierte de esta manera en un marco ontológico hermético y difícilmente falsable, y por ello mismo, insuficiente para lo que cree poder alcanzar.

De la misma manera que la gravedad nunca explicó todo lo que ocurre en el universo —a pesar de lo extraordinariamente precisa que era para aquello que sí podía explicar—, la teoría de la computación tampoco tiene por qué explicar un fenómeno singular y único como es el de la consciencia humana. Que la mente parece estar ubicada en el órgano cerebral —cosa que no está nada clara, menos todavía la consciencia—, el hecho de ser un sistema físico como lo es también un computador, no implica que sea el mismo fenómeno físico el que explique ambos. Un órgano evolucionado durante millones de años puede responder a paradigmas de funcionamiento muy diferentes al de un sistema diseñado en el garaje de una vivienda durante el fin de semana. 

Los límites de la computación

Llegados a este punto, con un contexto aproximado lo suficientemente preciso que el medio y sobre todo, la limitada capacidad de su autor permiten, es factible preguntarse ¿Qué sabemos acerca de los límites de la computación? Si la mente no es necesariamente computable entonces debería ser posible formalizar los límites de la actual teoría de la computación que señalen esa frontera. Algunos ya se han indicado, como el teorema de la incompletitud de Gödel: si un sistema algorítmico puede definirse como un conjunto finito de axiomas, este nunca podrá ser completo y coherente a la vez. Ahora bien, la pregunta siguiente sería ¿lo es la mente humana? Es difícil responder a esta cuestión, pero todavía más lo es responder a la de si puede un sistema informático desarrollar la demostración del teorema de la incompletitud de Gödel, «sabiendo» qué es lo que ha demostrado.

Si estas cuestiones resultan abrumadoras puede empezarse por algo más modesto. Precisamente, el propio Turing descubrió que las máquinas que llevan su nombre, la base de toda la teoría de la computación actual —incluida la computación cuántica y la inteligencia artificial— tienen un límite muy preciso. El matemático británico se dio cuenta que para una serie de problemas de un tipo concreto, un sistema computacional basado en la máquina de Turing no podía decidir si había alcanzado una solución o por el contrario, esta no existía. 

Si recordamos el concepto de decibilidad que pretendía Hilbert, consistía en determinar si un problema  cualquiera tiene solución o no dentro de un conjunto de axiomas dado. Turing comprobó que no existe un algoritmo general que pueda concluir, para un problema cualquiera dado, si este tiene solución o no. A este tipo de problemas se les llama indecidibles y el llamado problema de la parada constituye el ejemplo más conocido en el ámbito de la computación. Este se da cuando una máquina de Turing ha de resolver uno de estos problemas y nunca llega a una solución porque en efecto, esta no existe. Nótese de nuevo que aquí la dificultad no radica en encontrar solución a un problema, ya que por definición, este tipo de problemas no la tienen, no hay solución a la que llegar. El «problema», o más bien habría que decir «metaproblema», consiste en identificar precisamente que no tienen solución y dar como resultado dicha conclusión. 

La capacidad humana

Con el conocimiento actual, ni tan siquiera un número infinito de máquinas de Turing —que según la propia teoría seguiría siendo otra máquina de Turing— serían capaces de identificar que un problema es indecidible y por tanto, no emplear ni un solo ciclo de reloj en intentar solucionarlo. Turing sí que pudo no solo identificarlo, sino además demostrar que ninguna máquina de Turing podía hacerlo. Gödel también pudo demostrar que a veces hace falta una validación externa. Einstein, amigo de Gödel, descubrió la relatividad gracias a dejar atrás el concepto newtoniano de la física y a sus experimentos mentales. Según el famoso físico alemán:

«no podemos resolver un problema si razonamos de la misma manera en la que lo creamos»
¿Sabe una máquina de Turing cuando ha de razonar fuera de su propio marco definido? Según la indecibilidad de Turing y el principio de incompletitud de Gödel, no parece que un sistema algorítmico pueda cambiar de marco cognitivo e incluso crear uno nuevo si el conocido no es suficiente. Newton, Turing, Gödel, Einstein y muchos otros, salvo noticia de última hora, eran todos humanos. Ellos pudieron hacerlo. Por tanto, el ser humano, en determinadas condiciones, es potencialmente capaz de realizar actividades que no pueden ser explicadas a la luz actual de la teoría de la computación. La cuestión no es si todos los humanos podemos hacerlo —probablemente no a voluntad— la cuestión es: ¿Cuál es ese mecanismo que puede identificar la necesidad de cambio de marco cognitivo para resolver un problema?

Estos obstáculos no parecen importar a los defensores del computacionalismo fuerte, asumiendo de manera ontológica que cualquier tipo de procesamiento es reducible a la teoría de la computación. Tal vez argumenten que el procedimiento para averiguar si un problema es indecidible puede ser computable. Y tendrán probablemente razón: una vez hallado, el proceso de demostración puede ser formalizado. Pero de nuevo, en este punto se corre el riesgo de pasar por alto el «metaproblema»: no es «identificar un problema indecidible», sino, dado un problema cualquiera, desarrollar el método necesario para identificar si es decidible o no. Dicho método sería el resultado, pero el proceso para lograr ese método constituye el verdadero reto para el que no existe un método algorítmico válido.

Hasta donde alcanza el conocimiento actual, no disponemos de ningún procedimiento efectivo general que describa ese proceso. Si existe, permanece desconocido; si no existe, el computacionalismo fuerte tendría que afrontar una profunda revisión. Para entender la envergadura de esta acción es necesario hacer el siguiente planteamiento: hasta ahora se han definido algunos de los límites matemáticos a la computación pero no se ha mencionado nada acerca de la naturaleza de lo computable. Esta cuestión se recoge en la llamada tesis de Church-Turing, que sostiene que todo procedimiento efectivo —todo método que pueda descomponerse en pasos sucesivos, por numerosos o complicados que sean— es computable, es decir, que existe un algoritmo que puede llevar a cabo dicha tarea. Aquí es donde el computacionalismo fuerte introduce una premisa adicional que no se deriva de la teoría de la computación ni de la tesis de Church-Turing: que todo proceso cognitivo humano constituye, en último término, un procedimiento efectivo. Sin embargo, esa afirmación nunca ha sido demostrada. 

La cuestión no es si un procedimiento efectivo puede ejecutar un razonamiento previamente formalizado. La cuestión es si el proceso mediante el cual un investigador reconoce la insuficiencia de un marco conceptual y construye otro nuevo puede describirse, él mismo, mediante un procedimiento efectivo general. Mientras no se describa un procedimiento de este tipo, la computabilidad completa de la mente humana seguirá siendo una hipótesis filosófica y un programa de investigación, no una consecuencia establecida de la teoría de la computación..

Frente a esta situación, la postura metodológicamente más prudente consiste en distinguir entre aquello que hoy sabemos describir mediante procedimientos efectivos y aquello para lo que todavía no disponemos de una descripción semejante. Si bien es legitimo intentar modelizar la mente humana hasta alcanzar los límites que la teoría de la computación puede ofrecer, actuar como si esa fuera la única explicación físicamente plausible, tiene el riesgo de descartar de antemano otras posibilidades que, siendo también hoy especulativas, podrían abrir nuevos caminos para ampliar los límites del conocimiento científico. 

Este artículo no cuestiona la posibilidad de que algún día pueda construirse un sistema artificial con capacidades equiparables a las humanas, sino que la teoría actual de la computación baste, por sí sola, para justificar que la cognición humana sea completamente computable. Si algún día se lograra modelizar la mente humana de alguna forma, probablemente requerirá ampliar de manera sustancial el marco conceptual actual, ya fuera mediante una nueva noción de procedimiento efectivo o mediante un paradigma todavía desconocido. Afirmar desde hoy que la mente humana será necesariamente computable, cuando todavía se desconocen los principios que harían posible esa explicación, constituye un salto lógico que corre el riesgo de convertir la tesis en difícilmente falsable. 

Este tipo de posiciones epistemológicamente cerradas —hayan adoptado la forma de positivismo, cientificismo, determinismo mecanicista o cualquier otro marco que pretenda abarcar la realidad desde una única perspectiva— rara vez han ampliado el conocimiento. Con mayor frecuencia han contribuido a retrasar el reconocimiento de fenómenos que no podían describirse mediante las herramientas conceptuales disponibles en su tiempo. La historia de la ciencia muestra precisamente lo contrario: los grandes avances han surgido cuando se ha reconocido que un marco explicativo había agotado su capacidad para responder a nuevas preguntas y ha sido necesario construir otro más amplio. Ningún modelo debe confundirse con la realidad que intenta describir, ni el éxito extraordinario de una teoría autoriza a convertirla en una ontología universal. Si el ser humano llega a construir una mente artificial, será porque primero habrá comprendido con precisión qué explica la teoría actual y qué deja sin explicar.

El cultivo de la creatividad

Resulta paradójico que el computacionalismo fuerte adopte como punto de partida su propio marco sin cuestionar si es suficiente para el objetivo que pretende respecto a la cognición humana. Precisamente, cuestionar la suficiencia del marco vigente fue una de las actitudes intelectuales decisivas que permitieron a Gödel y Turing formular sus teoremas. El hecho de que los defensores del computacionalismo fuerte insistan en proponer un marco que deja de lado el argumento clave que puede cuestionarlo, nos hacer volver la vista hacía el otro protagonista: el ser humano y sus propios límites. No todas las personas podemos identificar o determinar si un problema es indecidible, ni las que son capaces lo han sido siempre. Afortunadamente, cada ser humano es único, no es producto de una cadena de fabricación en serie como lo son los sistemas computacionales. Las personas somos el resultado, no solo de un proceso evolutivo de millones de años, sino que cada individuo lo es de una vida llena de experiencias, de aprendizaje, de conocimiento interior, de vicisitudes y de traumas. 

En algunas ocasiones, trabajando como afirmaba Pablo Picasso —creador del cubismo— la inspiración llega a nuestra mente. En otras viene paseando o mientras se realiza cualquier otra actividad. En cualquier caso, no parece que el proceso de creatividad responda a lo que se ha definido como «procedimiento efectivo». No hay una lista de pasos, una receta para lograrla, aunque ha sido objeto de leyendas y mitos conseguirla. El arte, la filosofía, incluso las matemáticas y la ciencia, no son el resultado de un procedimiento efectivo, sino probablemente de todo lo contrario. A veces las ideas llegan incluso en los sueños. 

Más bien se trata de una cualidad que ha de ser cultivada. Un proceso laborioso y paciente cuyos resultados no pueden determinarse hasta que aparecen. Dicho cultivo puede incluir prácticas como la meditación, las artes marciales y en general, un aprendizaje lento y pausado. Todo aprendiz puede que se haya preguntado alguna vez sobre la utilidad de sus materias de estudio. Y tendrá razón en preguntárselo, porque el resultado no se sabe ni cuando ni cómo llega. Solo se sabe que, a veces, ocurre.

domingo, 12 de julio de 2026

El individualismo contra el individuo

domingo, 12 de julio de 2026

La inteligencia colectiva no consiste en elegir vencedores, sino en aprender. Un ensayo sobre cooperación, evolución e instituciones.

Cuando la individualidad destruye al individuo

Es muy común pensar que, dado que el «pensamiento único» conduce a una limitación de la diversidad, la inteligencia colectiva reside en el desacuerdo. La variedad de opiniones permitiría que la mejor idea terminara imponiéndose. Esta intuición contiene una parte importante de verdad: sin diversidad de perspectivas no puede haber evaluación de opciones. Sin embargo, detener el análisis en ese punto supone dejar incompleto el propio mecanismo que hace posible la inteligencia colectiva.

La diversidad constituye únicamente el comienzo del proceso. Para que un grupo sea realmente inteligente no basta con que existan hipótesis diferentes; es necesario que esas hipótesis puedan compararse, coordinarse provisionalmente alrededor de una estrategia común y, sobre todo, ser revisadas posteriormente a la luz de sus consecuencias. 

La evolución selecciona. La inteligencia colectiva aprende. Confundir ambos procesos conduce a interpretar las sociedades humanas como si debieran funcionar del mismo modo que el proceso evolutivo que les dio origen. La inteligencia colectiva no consiste únicamente en seleccionar una alternativa, sino en desarrollar la capacidad del grupo para aprender de la experiencia. Por ello, se manifiesta en un ciclo continuo de diversidad, coordinación y autocorrección mediante el contraste con la realidad.

Ciclo de tres fases: diversidad de perspectivas, acción coordinada y contraste con la realidad, cuyo resultado genera nuevas alternativas y reinicia el proceso de aprendizaje colectivo
Ciclo de tres fases: diversidad de perspectivas, acción coordinada y contraste con la realidad.
(Fuente: elaboración propia usando ChatGPT)

Este punto resulta especialmente importante porque modifica completamente la interpretación evolutiva de la cooperación. La teoría evolutiva y la teoría de juegos muestran que la cooperación constituye la principal estrategia adaptativa sobre la que se ha construido la evolución humana. No porque elimine el desacuerdo, sino precisamente porque permite aprovecharlo. La cooperación no consiste en pensar todos igual; consiste en transformar diferencias cognitivas en una estrategia colectiva susceptible de ser corregida posteriormente por la realidad. 

El desacuerdo nunca desaparece. Se convierte simplemente en el punto de partida de un proceso adaptativo continuo. Sin embargo, este mecanismo requiere una condición previa: la capacidad de abandonar provisionalmente la propia posición cuando la evidencia lo exige. Precisamente esta condición parece cada vez más difícil en un contexto donde las posiciones políticas e ideológicas funcionan como identidades. Cambiar de postura choca entonces con la necesidad de defender convicciones que percibimos como propias, aunque con frecuencia sean marcos ideológicos difundidos y posteriormente interiorizados.

Este fenómeno tiene una explicación evolutiva que, paradigmáticamente, también explica por qué lo que ahora es un problema, en el entorno evolutivo donde surgieron nuestras disposiciones era funcional: en los grupos relativamente reducidos donde surgieron dichas predisposiciones humanas, la deliberación constante y la competencia mutua era una estrategia muy ineficiente. La evolución no favoreció únicamente individuos más competitivos. Favoreció también grupos capaces de coordinar mejor el conocimiento distribuido entre sus miembros, identificando entre ellos a las personas que demostraban habilidades en tareas concretas. Esta reputación percibida, posible en aquellos grupos reducidos donde se convivía permanentemente, funcionaba como indicador de selección de líderes. El grupo, aún albergando disparidad de opiniones y habilidades, seguía al considerado mejor preparado. Si se equivocaba de manera reiterada, la reputación percibida quedaba mermada y emergía un nuevo líder.

Sin embargo, los modelos contemporáneos oscilan dicotómicamente entre la confianza ciega en un líder que parece tener siempre todas las respuestas y determinadas concepciones anarcoliberales que aceptan la coordinación únicamente cuando emerge espontáneamente de acuerdos voluntarios, mientras contemplan con profunda desconfianza cualquier mecanismo institucional diseñado para producirla. El desacuerdo pasa así a convertirse no en el origen sino en el destino final del sistema. La competencia permanente entre estrategias individuales sustituye cualquier mecanismo explícito de aprendizaje colectivo. Se espera que sea la propia selección competitiva quien determine retrospectivamente cuál era la mejor estrategia.

Este modelo posee una simplicidad atractiva. Pero precisamente esa simplicidad puede ocultar una dinámica sistémica mucho más problemática que suele pasar desapercibida: seleccionar un vencedor no equivale a que un sistema haya aprendido. Confundir ambos procesos constituye uno de los errores conceptuales más persistentes de nuestro tiempo. Los sistemas que únicamente seleccionan vencedores pueden sobrevivir durante largos periodos sin llegar a comprender por qué tuvieron éxito ni por qué terminan fracasando. Sin aprendizaje colectivo, los mismos errores tienden a reproducirse bajo formas distintas. Quizá por eso la historia parece repetirse: no como un destino inevitable, sino como un continuo intento de adaptación a un mundo cuyas condiciones ya han cambiado. Esta interpretación se desarrolla con mayor profundidad en El motor de la historia como desajuste evolutivo en ResearchGate.

Muchas de esas dinámicas tienen su equivalente en diversos modelos matemáticos, como el Yard-Sale Model, al mostrar que sistemas donde la acumulación puede perpetuarse tienden espontáneamente a concentrar riqueza mediante mecanismos de selección preferencial y realimentación positiva. El resultado son distribuciones de tipo ley de potencia, donde pequeñas diferencias iniciales terminan amplificándose hasta concentrar una parte muy importante de los recursos en un número reducido de nodos. En todo sistema con capacidad de acumulación persistente, la tendencia a la concentración —de riqueza, en este caso— constituye así una propiedad emergente del propio sistema. 

De ello no se deduce, sin embargo, que esa dinámica sea deseable, pues conduce también a una pérdida progresiva de diversidad efectiva. Lo verdaderamente significativo es que dicha concentración no requiere una intervención deliberada para producirse; emerge espontáneamente de la propia dinámica del sistema. Son precisamente los mecanismos de compensación —institucionales, jurídicos, educativos o de cualquier otra naturaleza— los que requieren un diseño consciente para limitar esa tendencia.

La conclusión resulta paradójica: quienes defienden la eliminación de mecanismos institucionales de coordinación suelen hacerlo en nombre de la libertad, la diversidad y la espontaneidad. Sin embargo, si la propia dinámica del sistema conduce a concentraciones crecientes de riqueza, poder, información o capacidad de decisión, entonces esas mismas condiciones terminan destruyendo precisamente aquello que pretendían preservar. La concentración reduce la diversidad efectiva del sistema así como las posibilidades de cooperación entre iguales y, en definitiva, la propia capacidad adaptativa o inteligencia colectiva del conjunto.

La paradoja consiste en que un modelo construido para proteger la «libre competencia» tiende, según varios modelos matemáticos así como la propia realidad de todos los días, a concentrar poder, opinión e influencia en nodos opacos que se protegen y perpetúan a sí mismos. Internet, un cibermundo abierto a todos, se ha convertido en el principal medio a través del cual esos mismos procesos de concentración se extienden desde la riqueza hacia la información, la atención pública y la capacidad de influencia, reduciendo la diversidad cognitiva necesaria para que la inteligencia colectiva pueda seguir aprendiendo y adaptándose a nuevos desafíos.

La pregunta entonces deja de ser cuál es el mejor marco ideológico para pasar a ser qué modelo resulta, al menos, tan funcional como lo era el de aquellos grupos humanos que aprendían de la experiencia y de los errores. Las instituciones no deberían evaluarse por su tamaño, sino por su capacidad para impedir dinámicas de concentración que destruyan la diversidad cognitiva necesaria para la inteligencia colectiva. La cooperación tampoco debe entenderse aquí como obediencia ni como imposición. Toda cooperación auténtica es necesariamente voluntaria. Precisamente por ello, el problema no se soluciona «obligando a cooperar», sino diseñando condiciones donde la cooperación continúe siendo una estrategia viable y evolutivamente estable frente a dinámicas acumulativas que terminan dificultándola hasta hacerla prácticamente inviable.

En este sentido, la cooperación deja de ser simplemente un valor moral para convertirse en una propiedad adaptativa del sistema. La evolución explica cómo surgió nuestra capacidad para cooperar, no se sigue de ello que una sociedad inteligente deba limitarse a reproducir mecánicamente el proceso competitivo mediante el cual esa capacidad apareció. No se trata únicamente de producir mejores resultados económicos o de reducir el sufrimiento humano —aunque ambas cuestiones sean relevantes—. Se trata, precisamente, de que la cooperación constituye una innovación evolutiva porque permite aprender antes de que sea la selección quien elimine las alternativas.

La inteligencia colectiva no consiste en esperar a que sobreviva el vencedor. Consiste en preservar la capacidad colectiva de aprender antes de que la concentración del poder reduzca las alternativas disponibles. La evolución selecciona. Una sociedad inteligente aprende.

Bibliografía relacionada

  • Axelrod, Robert. La evolución de la cooperación. Madrid: Alianza Editorial, 1986. (Ed. original: The Evolution of Cooperation, Basic Books, 1984).
  • Barabási, Albert-László, y Réka Albert. «Emergence of Scaling in Random Networks». Science 286, n.º 5439 (1999): 509-512. Disponible en: https://web.archive.org/web/20120417112354/http://www.nd.edu/~networks/Publication%20Categories/03%20Journal%20Articles/Physics/EmergenceRandom_Science%20286,%20509-512%20(1999).pdf
  • Boghosian, Bruce M., Adrian Devitt-Lee y Hongyan Wang. «The Growth of Oligarchy in a Yard-Sale Model of Asset Exchange: A Logistic Equation for Wealth Condensation». Proceedings of the 1st International Conference on Complex Information Systems (2016), pp. 187-193. Preprint disponible en arXiv: https://doi.org/10.48550/arXiv.1608.05851.
  • Hilbert, Martin. «Scale-free power-laws as interaction between progress and diffusion». Complexity 19, n.º 5 (2014): 10-17. Publicado online el 18 de diciembre de 2013. https://doi.org/10.1002/cplx.21485.
  • Nowak, Martin A., y Roger Highfield. Supercooperadores. Barcelona: Ediciones B, 2012. (Ed. original: SuperCooperators, Free Press, 2011).
  • Ostrom, Elinor. El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva. México: Fondo de Cultura Económica, 2000. (Ed. original: Governing the Commons, Cambridge University Press, 1990).
  • Von Neumann, John, y Oskar Morgenstern. Teoría de juegos y comportamiento económico. México: Fondo de Cultura Económica. (Ed. original: Theory of Games and Economic Behavior, Princeton University Press, 1944).

Conceptos relacionados

  • Yard-Sale Model (modelo de intercambio patrimonial).
  • Selección preferencial (Preferential Attachment).
  • Distribuciones de ley de potencia (Power-law distributions).
  • Teoría de juegos evolutiva.
  • Inteligencia colectiva.
  • Cooperación evolutiva.