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Cuando el símbolo se convierte en el objeto |
Una parte creciente de la vida social se organiza alrededor de símbolos que han adquirido importancia propia, independientemente de aquello que originalmente representaban.
Para ser precisos es necesario aclarar que el ser humano ha sido siempre una especie simbólica. Los mitos, rituales, narraciones compartidas y sistemas de creencias acompañan a nuestra especie desde mucho antes de la aparición de las primeras ciudades. No se trata, por tanto, del uso de símbolos para representar el mundo, ni de ver el mundo a través de ellos. Ni siquiera de usar símbolos inadecuados para «conectar» con el mundo. Se trata de algo más.
La cultura acoplada
Durante gran parte de la evolución humana, los símbolos estaban limitados por las consecuencias prácticas de las conductas que generaban. Una explicación podía ser incorrecta y, sin embargo, producir comportamientos funcionales. Una creencia podía ser arbitraria y aun así contribuir a la supervivencia del grupo. Lo importante no era necesariamente la verdad de la explicación, sino que las prácticas asociadas permanecieran vinculadas a una realidad que terminaba corrigiendo los errores más graves. Era lo que se puede decir una «cultura acoplada»: no la que posee explicaciones correctas, sino aquella cuyos símbolos continúan subordinados a las consecuencias prácticas de las acciones que producen.
Un ejemplo ilustrativo sería la creencia de que determinadas labores agrícolas debían realizarse durante la luna llena (Weinstein y Heying 2021). La explicación podía ser incorrecta desde un punto de vista causal y, sin embargo, producir efectos funcionales. Si la creencia coordinaba simultáneamente las cosechas de toda una comunidad, reduciendo el impacto de plagas o distribuyendo mejor los riesgos, permanecía vinculada a una realidad que terminaba validando o corrigiendo sus consecuencias. Lo importante no era que la explicación fuese literalmente cierta, sino que la práctica asociada siguiera conectada con resultados observables.
Los efectos amortiguadores de la tecnología
Sin embargo, la acumulación de recursos, la aparición de instituciones permanentes y el crecimiento de sociedades cada vez más complejas modificaron cada vez de maneras más profundas este equilibrio. Los símbolos dejaron de depender exclusivamente de la realidad que describían y dependieron de si mismos como concepto: la legitimidad pasó a apoyarse en sistemas simbólicos de legitimización. La identidad pasó a apoyarse en sistemas que proporcionaban identidad colectiva. El prestigio pasó a apoyarse en símbolos que indicaban prestigio según el propio marco simbólico donde se producían. La pertenencia a los grupos pasó a apoyarse en los símbolos que el propio grupo disponía para ello. La realidad seguía ahí, pero cambió la relación entre ella y los sistemas que la simbolizaban.
En cuanto los sistemas colectivos humanos comenzaron a disponer de mecanismos capaces de amortiguar temporalmente las consecuencias de sus errores, la cultura simbólica podía permitirse desvincularse de sus efectos inmediatos. Este retardo permitía también, que la propia cultura generase —inventase— sus propias explicaciones a los efectos producidos posteriormente. Sin que nadie lo advirtiese y por tanto, sin nadie que pudiese impedirlo, se inició una desvinculación cada vez mayor entre la realidad y la cultura y, además, las estructuras que la producían: el excedente permitía absorber fallos, retrasar costes y sostener estructuras que ya no dependían de una validación constante por parte de la experiencia directa.
Otro efecto del aumento de escala fue que las consecuencias dejaron de experimentarse de forma homogénea por todos los miembros del grupo. Los problemas ya no eran necesariamente compartidos ni observados de manera directa por quienes participaban en las mismas estructuras sociales. A medida que aumentaba la distancia entre experiencia y consecuencia, los marcos culturales adquirieron una importancia creciente como mecanismos de cohesión. La coordinación pasó a depender cada vez más de compartir símbolos y cada vez menos de experiencias. Comenzó a ser más importante la cohesión que el acoplamiento con la realidad.
La realidad actuaba cada vez de forma más indirecta, diferida y mediada. Entre las acciones y sus consecuencias comenzaron a interponerse instituciones, organizaciones, narrativas y sistemas simbólicos cada vez más complejos. La realidad seguía ahí, pero los mecanismos que la vinculaban con los símbolos compartidos quedaban subordinados a otras dinámicas, haciendo que su influencia fuera cada vez más indirecta, diferida y difícil de identificar.
Sin embargo, el aumento de la distancia temporal entre una acción y sus consecuencias no elimina completamente el acoplamiento. Las sociedades complejas pueden amortiguar y retrasar los efectos de sus errores y, aun así, continuar sometidas a restricciones materiales que condicionan su supervivencia. Una cultura puede, por tanto, permanecer acoplada a la realidad incluso cuando las consecuencias de sus prácticas se distribuyen entre grandes poblaciones y se manifiestan a largo plazo.
Por tanto, el acoplamiento no significa que sus miembros seleccionen sus ideas por ser verdaderas. Como se ha visto, las explicaciones pueden ser falsas y, sin embargo, las prácticas asociadas a ellas mantenerse mientras produzcan resultados suficientemente funcionales. Lo que el acoplamiento garantiza es la persistencia de algún mecanismo mediante el cual las consecuencias de actuar sobre el mundo terminan imponiendo límites a las representaciones que organizan la conducta. El desacoplamiento no comienza simplemente cuando desaparece la experiencia directa de las consecuencias, sino cuando los sistemas simbólicos adquieren mecanismos suficientes para conservar su estabilidad dependiendo cada vez menos de ellas.
La cultura desacoplada
A medida que aumentaba la mediación institucional y cultural, los símbolos comenzaron a adquirir una autonomía creciente respecto a aquello que representaban. Podemos denominar a este fenómeno «cultura desacoplada». El desacoplamiento se produce cuando los símbolos dejan de ser importantes principalmente por ayudar a manejar una realidad y comienzan a adquirir importancia por las funciones que cumplen dentro del propio sistema simbólico. Comienzan a convertirse en «un fin en sí mismo». Este cambio puede observarse en numerosos ámbitos contemporáneos:
- Las marcas comerciales ya no venden únicamente productos. Venden identidad.
- Las credenciales académicas ya no funcionan únicamente como indicadores de conocimiento. Se convierten en objetos de prestigio autónomo.
- Las ideologías ya no operan exclusivamente como herramientas para manejar la realidad. Funcionan también como sistemas de pertenencia.
- Las aplicaciones de citas y las redes sociales no presentan principalmente personas, sino representaciones idealizadas de personas. Lo importante deja de ser el estatus real y pasa a ser la experiencia de percibir estatus.
- La experiencia subjetiva generada por la representación adquiere un valor independiente de aquello que representa.
Incluso las relaciones humanas comienzan a experimentar procesos similares. La aparición de asistentes conversacionales, compañeros virtuales o robots sexuales sugiere que, en determinados contextos, la experiencia psicológica puede llegar a adquirir más importancia que la realidad de la relación misma. Cada vez con mayor frecuencia, las personas interactúan con representaciones cuya importancia ya no depende necesariamente de la realidad subyacente. En este punto aparecen las intuiciones de autores como Baudrillard o Debord, por cuanto señalaban que los símbolos adquirían valor como experiencia propia, no por el objeto que representaban. No se trataba de llevar un coche determinado, sino de lo que representaba llevar ese coche. El valor del automóvil era el de proporcionar dicha experiencia al usuario.
Desajuste evolutivo
Sin embargo, esta hipótesis introduce un elemento adicional. La cuestión no es únicamente que los simulacros sustituyan a la realidad, sino que los mecanismos psicológicos humanos evolucionaron en entornos donde las señales simbólicas estaban mucho más limitadas por aquello que representaban. Nuestros sistemas cognitivos fueron calibrados para interpretar señales relativamente costosas de falsificar. Por el contrario, la sociedad contemporánea permite producir muchas de las mismas respuestas psicológicas mediante representaciones cada vez más optimizadas y cada vez menos dependientes de la realidad original. Desde esta perspectiva, buena parte de los conflictos contemporáneos podrían interpretarse como manifestaciones de un mismo fenómeno.
En determinados contextos, la función identitaria de una ideología puede llegar a ser más importante para sus seguidores que su capacidad para describir la realidad u operar adecuadamente en ella. Dentro de un entorno cultural donde los símbolos han adquirido la autonomía suficiente, las ideas dejan de seleccionarse principalmente por las consecuencias de las prácticas que generan y pasan a mantenerse por las funciones que cumplen dentro del propio sistema cultural. Su capacidad para proporcionar identidad, pertenencia o cohesión puede llegar a ser más importante que su capacidad para explicar o intervenir eficazmente sobre la realidad.
Una vez que el símbolo se desvincula de aquello que representa y que la experiencia que proporciona adquiere tanta o más importancia que la realidad a la que remite, el sistema simbólico puede comenzar a sostenerse por sus propios efectos. Cuando las ideas ya no necesitan demostrar continuamente su eficacia en la realidad para conservar su importancia, la experiencia que las contradice empieza a molestar. De esta manera, se buscan las experiencias que proporcionen las sensaciones que se buscan y la verdad comienza a ser un artefacto incómodo.
Bibliografía relacionada
- Baudrillard, Jean. (1970). La sociedad de consumo: sus mitos, sus estructuras.
- Baudrillard, Jean. (1978). Cultura y simulacro.
- Debord, Guy. (1967). La sociedad del espectáculo.
- Weinstein, Bret y Heying, Heather. (2021). Una guía para cazadores-recolectores del siglo XXI: evolución y desafíos de la vida moderna.







