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domingo, 4 de octubre de 2026

La organización que aprende [II]

domingo, 4 de octubre de 2026
Análisis de cómo la inversión, el conocimiento y la participación se convierten en capacidades organizativas permanentes
¿Cuándo se transforma una organización?

1. Introducción

Como se ha visto, recibir una inversión no implica que sus objetivos declarados tengan viabilidad práctica. Aun asumiendo que estos objetivos coinciden con las intenciones manifestadas, la infraestructura receptora puede no estar preparada para cumplirlos. De la misma manera que comprar material deportivo no garantiza ganar una maratón, comprar un Ferrari no convierte a nadie en piloto experto o comprar un libro de física no convierte a nadie en investigador, una máquina puede instalarse, un sistema informático puede ponerse en funcionamiento, un programa de formación puede completarse o un proyecto puede alcanzar sus objetivos y, sin embargo, la capacidad de la organización para resolver problemas, coordinarse y aprender puede permanecer prácticamente inalterada.

¿Cuáles son esos impedimentos? La razón es que una empresa no está constituida únicamente por trabajadores, máquinas y recursos financieros. Está constituida también por los vínculos entre estos ámbitos: acumula conocimiento sobre sus procesos, sobre la forma de resolver problemas, sobre las relaciones entre sus distintas áreas, sobre sus proveedores y sobre las modificaciones que permiten mejorar su funcionamiento. Una parte de ese conocimiento permanece en las personas; otra se incorpora a procedimientos, rutinas, sistemas de información y formas de coordinación. Cuando puede sobrevivir a las personas concretas que lo generaron y ser utilizado por otros miembros de la organización, se convierte en una capacidad colectiva.

Esta dimensión resulta especialmente importante cuando una organización incorpora nuevas tecnologías. Adquirir una máquina o un sistema no significa adquirir automáticamente la capacidad para aprovecharlo. La tecnología debe incorporarse a una organización que ya posee determinados conocimientos, procesos y formas de trabajo. Por eso, la cuestión no es únicamente qué tecnología se incorpora, sino qué ocurre dentro de la organización cuando esa tecnología llega.

Pero esta cuestión introduce un problema adicional: el conocimiento necesario para transformar una organización no se encuentra necesariamente en el mismo lugar que la autoridad para tomar las decisiones. El problema puede resumirse en una pregunta:

¿Qué tiene que ocurrir dentro de una organización para que una inversión o un proyecto no produzca solamente un resultado, sino una capacidad que permanezca?

2. El capital organizativo que no se activa con un botón

Como se comentaba, una empresa es algo más que trabajadores, máquinas y dinero. También acumula conocimiento sobre cómo funcionan sus procesos, cómo se solucionan los problemas, qué información resulta relevante, cómo se coordinan los departamentos, qué proveedores son fiables, qué errores son recurrentes y qué modificaciones pueden mejorar un procedimiento.

Ese conocimiento no tiene una única localización. Una parte permanece en los individuos que forman la organización; otra se incorpora a procedimientos, rutinas, relaciones de trabajo, sistemas de información y formas de coordinación. Cuando estas formas de conocimiento sobreviven a las personas concretas que las generaron y pueden ser utilizadas por otros miembros de la organización, pasan a formar parte de una capacidad colectiva. En la literatura económica, esta segunda dimensión se ha estudiado bajo conceptos como capital organizativo.

La importancia del concepto está en que introduce una capa intermedia entre el capital físico o tecnológico y el resultado productivo. Una máquina puede incorporarse a una empresa en un momento determinado; la capacidad para utilizarla eficazmente depende, en cambio, de conocimientos y rutinas que pueden haberse acumulado durante años [4].

La OCDE considera el capital organizativo una dimensión importante de los activos intangibles necesarios para aprovechar las nuevas tecnologías [5]. Esto permite formular el problema de la productividad española de una manera más precisa: no se trataría únicamente de cuánto se invierte en tecnología, sino de la capacidad de las organizaciones para incorporar esa tecnología a un sistema productivo que ya posee conocimientos, rutinas y relaciones internas.

Esto resulta especialmente visible en los procesos de transformación tecnológica. Instalar un sistema de visión artificial, por ejemplo, requiere mucho más que desarrollar el algoritmo. Hay que determinar qué debe medirse, en qué punto del proceso, con qué parámetros, cómo deben almacenarse los datos, cómo se conecta el sistema con la infraestructura informática existente, qué permisos necesita y cómo se integra en el proceso productivo.

El componente tecnológico suele ser visible y atribuible a un proyecto concreto. El conocimiento necesario para integrarlo puede estar, en cambio, distribuido entre técnicos, ingenieros, responsables de proceso y trabajadores con años de experiencia. Aquí aparece una distinción fundamental:

Adquirir una tecnología no equivale a adquirir el conocimiento organizativo necesario para aprovecharla

Una organización puede incorporar una máquina, un programa informático o un sistema de inteligencia artificial y, al mismo tiempo, conservar prácticamente intacta su capacidad anterior para detectar problemas, compartir información, coordinar decisiones y aprender de los resultados. La transformación productiva depende entonces de algo más que de la incorporación de tecnología. Depende de que la organización sea capaz de absorber, integrar y acumular conocimiento.

3. El problema del conocimiento interno

En muchas organizaciones, ese conocimiento puede estar perfectamente identificado. La cuestión más difícil es otra:

¿Hasta qué punto coincide el lugar donde se encuentra el conocimiento con el lugar donde se toman las decisiones?

Una organización puede disponer de trabajadores capaces de detectar problemas, interpretar procesos y proponer soluciones sin que esas capacidades tengan una correspondencia directa con la estructura formal de autoridad. Esto introduce una diferencia entre poseer conocimiento y tener capacidad para utilizarlo en la decisión.

La investigación sobre organizaciones ha estudiado precisamente la relación entre conocimiento distribuido, centralización y rendimiento. En una muestra de 164 grandes empresas españolas se encontró una relación negativa entre centralización y rendimiento del conocimiento, mientras que determinadas formas de complejidad organizativa podían favorecerlo [4]. Este resultado plantea una cuestión más concreta: una estructura puede conocer dónde reside una determinada capacidad y, sin embargo, no disponer de mecanismos adecuados para incorporarla al proceso de decisión.

El World Management Survey ha mostrado que determinadas prácticas de gestión —seguimiento sistemático, establecimiento de objetivos, incentivos y evaluación— están asociadas con mejores resultados productivos [6]. Estas prácticas permiten introducir otra dimensión en el problema: no basta con que una organización posea conocimiento; también necesita sistemas capaces de convertirlo en información utilizable para la gestión.

La autoridad no solo distribuye responsabilidades; también determina qué información puede llegar a qué nivel, quién puede proponer modificaciones, quién puede contradecir una decisión y qué conocimiento resulta relevante para modificarla. El problema de la organización consiste en hacer compatible la estructura de autoridad con la distribución efectiva del conocimiento.

4. La participación como mecanismo de transmisión

El caso alemán ofrece un mecanismo institucional concreto para abordar este problema. El sistema alemán dispone de los Betriebsräte, consejos de empresa que ejercen derechos de información, consulta y, en determinadas materias, codeterminación. Su interés para este problema no es solamente que exista un canal para transmitir información, sino que ese canal pueda aportar una perspectiva que no dependa exclusivamente de la propia cadena de gestión corporativa.

La investigación reciente encuentra que los works councils alemanes pueden actuar como gatekeepers de las prácticas de gestión. Un estudio basado en datos vinculados de empresas y trabajadores encontró que las empresas con Betriebsrat tenían una mayor probabilidad de que determinadas prácticas implantadas formalmente por la empresa llegaran a aplicarse efectivamente en los niveles intermedios de dirección. Esto permite distinguir entre implantación formal e implantación efectiva [7].

La investigación sobre los Betriebsräte permite observar que sus efectos no se reducen necesariamente a una intervención directa sobre la productividad. Un estudio reciente con datos del German Management and Organizational Practices Survey encuentra que la presencia de un works council fortalece específicamente el efecto de largo plazo de determinadas prácticas de gestión sobre la productividad [8].

Esta evidencia desplaza la cuestión desde la mera existencia de representación hacia la función que desempeña dentro del sistema organizativo. En particular, resulta relevante que la representación pueda favorecer la cooperación necesaria para que determinadas prácticas de gestión se mantengan y produzcan efectos a largo plazo. La cuestión pasa así de preguntar si existe representación a analizar qué mecanismos permiten que la información y las prácticas de gestión circulen efectivamente por la organización.

Incluso en la digitalización alemana los resultados dependen del contexto. Una investigación sobre works councils y adopción de tecnologías digitales encontró que su mera existencia podía estar asociada a menores niveles de equipamiento digital, pero que en establecimientos con elevada presencia de trabajadores dedicados a actividades físicamente exigentes los works councils favorecían la adopción tecnológica [9].

Por tanto, el interés de esta institución para nuestro problema reside en que introduce un mecanismo institucionalizado de transmisión de información desde los niveles donde se desarrolla el trabajo hacia los niveles donde se toman determinadas decisiones, y puede contribuir a que las prácticas de gestión se incorporen efectivamente a los niveles intermedios de la organización.

5. Un mecanismo diferente: la employee voice

Estados Unidos proporciona otro contraste útil porque no dispone de un equivalente general al sistema alemán de Betriebsrat. La literatura anglosajona sobre organizaciones utiliza con frecuencia el concepto de employee voice: la capacidad de los trabajadores para expresar problemas, propuestas y sugerencias.

Una investigación de la Federal Reserve Bank of New York basada en establecimientos estadounidenses encontró que determinadas prácticas de organización del trabajo estaban asociadas con mayor productividad y que la participación de los empleados tenía efectos particularmente positivos cuando se combinaba con establecimientos sindicalizados [10]. Otra investigación —canadiense— sobre employee voice también encuentra que las prácticas que facilitan tanto la expresión de problemas (prohibitive voice) como la propuesta de mejoras (promotive voice) están asociadas positivamente con la innovación organizativa [11].

En Estados Unidos pueden intervenir diferentes canales de transmisión y presión organizativa. Algunos operan directamente dentro de la empresa, mediante la comunicación de problemas y propuestas; otros actúan a través del mercado laboral, como la competencia por trabajadores, la movilidad laboral o los incentivos individuales. La posibilidad de abandonar una organización cuando el conocimiento del trabajador no es reconocido o utilizado adecuadamente introduce así una forma de presión distinta de la representación institucionalizada.

Una investigación publicada en 2026 sobre la llamada worker voice gap encuentra que casi tres cuartas partes de los trabajadores estadounidenses desean tener mayor influencia de la que actualmente tienen sobre cuestiones como remuneración, condiciones de trabajo y utilización de nuevas tecnologías [12]. La comparación permite así distinguir dos arquitecturas diferentes. Alemania institucionaliza una parte de la participación dentro de la empresa mediante representación y codeterminación; Estados Unidos depende en mayor medida de mecanismos organizativos, contractuales y de mercado.

España dispone de sindicatos y mecanismos de representación laboral, pero la cuestión relevante para este análisis es hasta qué punto esos mecanismos consiguen transmitir el conocimiento específico de los trabajadores técnicos y de los niveles intermedios hacia los procesos donde se toman las decisiones. Esta cuestión resulta especialmente importante cuando las decisiones implican inversiones destinadas a transformar procesos productivos: la capacidad para identificar qué necesita ser transformado no tiene por qué coincidir con la capacidad formal para decidir dónde se invierten los recursos. Incorporar ese conocimiento al proceso de decisión no constituye, por tanto, simplemente una forma de participación laboral, sino también un mecanismo mediante el cual la organización puede identificar mejor qué necesita ser transformado.

6. Temporalidad, formación y acumulación de conocimiento

La relación entre duración del empleo y formación empresarial proporciona una primera evidencia relevante para España: un estudio de 2026 analiza 3,1 millones de ofertas de empleo españolas entre 2018 y 2024 y utiliza la reforma laboral de 2022 como experimento cuasi-natural. Las ocupaciones más expuestas anteriormente a la temporalidad experimentaron, tras la reforma, un aumento de 4,3 puntos porcentuales en la formación anunciada por las empresas. Los autores encuentran además un aumento estadísticamente significativo de la participación en formación formal en los datos de encuesta [13].

El resultado puede explicarse por un mecanismo sencillo: una relación laboral de mayor duración aumenta el tiempo durante el cual una empresa puede recuperar los costes de formar a un trabajador. La estabilidad laboral puede influir, por tanto, en la disposición de las empresas a invertir en el desarrollo de conocimientos y competencias.

Sin embargo, el aumento de la formación no permite determinar por sí solo qué ocurre posteriormente con ese conocimiento. Una competencia puede aumentar la capacidad individual de un trabajador sin convertirse necesariamente en una capacidad acumulada de la organización. La cuestión de cómo el conocimiento individual se conserva, se utiliza y llega a incorporarse a una capacidad colectiva requiere observar otros mecanismos que van más allá de la mera inversión en formación.

7. Proyectos temporales y conocimiento permanente

Los programas de prácticas introducen entonces una forma particular de experimentación organizativa. El estudiante puede aportar conocimientos recientes, trabajar junto a empleados con experiencia y desarrollar una solución que la organización quizá no habría explorado mediante sus recursos ordinarios. Pero el resultado del proyecto depende también de lo que ocurra con el conocimiento generado una vez finalizado.

Podemos distinguir así entre el proyecto que se ejecuta y la capacidad que permanece:

problema ➡️ proyecto ➡️ resultado

frente a:

problema ➡️ proyecto ➡️ resultado ➡️ integración ➡️ transferencia ➡️ capacidad organizativa.

La diferencia puede ser decisiva. El primer proceso produce una solución localizada; el segundo incorpora conocimiento al funcionamiento permanente de la organización.

En Estados Unidos existe información sistemática sobre la conversión de prácticas en empleo. La National Association of Colleges and Employers registró en 2026 una tasa media de conversión de becarios a empleados a tiempo completo del 63,1 %, la más alta de los cinco años anteriores. Esta información permite observar las prácticas también como un mecanismo de selección y entrada en la organización [14].

En Alemania existe una infraestructura institucional de observación de las organizaciones que permite abordar este tipo de cuestiones desde una perspectiva longitudinal. El IAB Establishment Panel, desarrollado por el Institut für Arbeitsmarkt- und Berufsforschung, recoge desde 1993 información anual directamente de los establecimientos sobre empleo, estructura y movimientos de personal, contratación, formación, inversiones e innovación. Sus datos pueden además vincularse con información administrativa sobre las trayectorias laborales de los trabajadores [15]. La existencia de una infraestructura de este tipo permite plantear una cuestión adicional: hasta qué punto el conocimiento generado durante la incorporación de nuevos trabajadores o en proyectos temporales llega posteriormente a integrarse en las capacidades de la empresa.

En España existen observatorios universitarios y mecanismos de seguimiento de las prácticas y de la inserción laboral, aunque la información aparece distribuida entre distintas universidades e instituciones. En 2025, el Subgrupo de Observatorios Universitarios de Empleo de la CRUE impulsó el estudio Talento Universitario y Empresa, elaborado con la participación de más de cincuenta universidades y basado en la perspectiva de casi 7.000 empresas españolas sobre formación, competencias, contratación y relación universidad-empresa [16]. La aparición reciente de una iniciativa de este alcance resulta significativa: sugiere que la necesidad de observar de manera más integrada la relación entre el talento universitario y las organizaciones ha adquirido una importancia suficiente como para impulsar un esfuerzo coordinado de mayor escala.

Sin embargo, no hemos encontrado una estadística agregada comparable que permita seguir sistemáticamente el destino de los proyectos realizados por becarios o estudiantes: cuántos se implantan, cuántos continúan desarrollándose después de la estancia, cuánto tiempo permanecen las soluciones en funcionamiento o qué proporción de sus resultados se incorpora al conocimiento organizativo. En definitiva, no se trata solo de mostrar la ejecución o la implantación de un proyecto, sino de observar su impacto sobre la capacidad organizativa una vez se apagan los focos.

8. Conclusión

Una inversión o un proyecto no se convierte automáticamente en capacidad productiva por el hecho de alcanzar sus objetivos. Entre el recurso utilizado y la capacidad que finalmente queda en la organización existe un proceso de incorporación de conocimiento que depende de cómo está organizada la empresa.

La organización necesita poder identificar los problemas, hacer llegar el conocimiento allí donde se toman las decisiones, integrar las soluciones en sus procesos y conservar aquello que se ha aprendido. Para ello importan tanto las estructuras formales de autoridad como los mecanismos que permiten transmitir información desde los niveles donde se genera el conocimiento. También importan las condiciones que hacen posible invertir en las personas y mantener dentro de la organización los conocimientos adquiridos.

La formación puede aumentar las competencias individuales, pero no garantiza por sí sola que esas competencias se conviertan en conocimiento colectivo. Del mismo modo, un proyecto puede producir una solución eficaz sin que esta llegue a incorporarse a las rutinas, procedimientos y capacidades permanentes de la empresa. Por eso, la cuestión relevante no es únicamente si una organización ejecuta una inversión, completa una formación o desarrolla con éxito un proyecto. Es qué puede hacer después que antes no podía hacer, o qué puede hacer ahora de una manera que antes no era posible.

La transformación organizativa comienza cuando el resultado de una inversión deja de ser solamente un resultado y pasa a formar parte de la capacidad de la organización.

9. Bibliografía

[4] Claver-Cortés, E., Pertusa-Ortega, E. M., y Zaragoza-Sáez, P. C. (2008). «Organizational design and knowledge performance: An empirical study». Intangible Capital, 4(3), 166–190. https://doi.org/10.3926/ic.80 [volver]

[5] Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). (2019). «Digitalisation and productivity: A story of complementarities». En OECD Economic Outlook, Volume 2019 Issue 1. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/b2e897b0-en [volver]

[6] Bloom, N. y Van Reenen, J. (2010). «Why Do Management Practices Differ across Firms and Countries?» Journal of Economic Perspectives, 24(1), 203–224. https://doi.org/10.1257/jep.24.1.203 [volver]

[7] Grund, C., Sliwka, D. y Titz, K. (2024). «Works Councils as Gatekeepers: Codetermination, Management Practices, and Job Satisfaction». Labour Economics, 90, 102563. https://doi.org/10.1016/j.labeco.2024.102563 [volver]

[8] Jirjahn, U., Laible, M.-C. y Mohrenweiser, J. (2024). «Management practices and productivity: Does employee representation play a moderating role?». Human Resource Management Journal, 34(1), 236–254. https://doi.org/10.1111/1748-8583.12526 [volver]

[9] Genz, S., Bellmann, L. y Matthes, B. (2019). «Do German Works Councils Counter or Foster the Implementation of Digital Technologies? First Evidence from the IAB-Establishment Panel». Jahrbücher für Nationalökonomie und Statistik, 239(3), 523–564. https://doi.org/10.1515/jbnst-2017-0160 [volver]

[10] Black, S. E. y Lynch, L. M. (2001). «What’s Driving the New Economy? The Benefits of Workplace Innovation». Federal Reserve Bank of New York Staff Reports, n.º 118. Federal Reserve Bank of New York. [volver]

[11] Shin, D., Woodwark, M. J., Konrad, A. M. y Jung, Y. (2022). «Innovation Strategy, Voice Practices, Employee Voice Participation, and Organizational Innovation». Journal of Business Research, 147, 392–402. https://doi.org/10.1016/j.jbusres.2022.04.015 [volver]

[12] Hertel-Fernandez, A. y Kochan, T. A. (2026). «The Worker Voice Gap: How Much Say Do Workers Want—and How Much Do They Actually Experience?». Upjohn Institute Policy Papers, n.º 2026-041. W. E. Upjohn Institute for Employment Research. https://doi.org/10.17848/pol2026-041  [volver]

[13] Adrjan, P., Jessen, J. y Victoria Lanzón, C. (2026). «Restricting Temporary Contracts Increases Firm-Provided Training: Evidence from Spain». CESifo Working Paper, n.º 12594. CESifo, Munich. https://doi.org/10.65864/nwcierg85i [volver]

[14] Gray, K. (2026, 3 de abril). «Intern Conversion Rate Hits Highest Mark in Five Years». National Association of Colleges and Employers (NACE). [volver]

[15] Bellmann, L., Gensicke, M., Kohaut, S., Möller, I., Schwengler, B., Tschersich, N. y Umkehrer, M. (2024). «IAB-Betriebspanel (IAB-BP) 1993–2023». FDZ-Datenreport, 10/2024. Institut für Arbeitsmarkt- und Berufsforschung (IAB). https://doi.org/10.5164/IAB.FDZD.2410.de.v1 [volver]

[16] Borrás Talavera, M. D. y Ramírez Romero, J. M. (coords.). (2025). Talento universitario y empresa: valoración de perfiles, contratación y futuro del empleo en España. McGraw Hill. [volver]


Extracto del artículo publicado originalmente en la plataforma LinkedIn ampliado y adaptado al formato blog.

domingo, 15 de marzo de 2026

Cinismo biológico

domingo, 15 de marzo de 2026

Serie desajuste afectivo VI

Exploración del cinismo biológico en las relaciones modernas: cuando el romanticismo choca con la necesidad de sinceridad y negociación.

La tensión entre romanticismo y sinceridad

Las relaciones suelen comenzar alrededor de una ficción compartida que proporciona la expectativa suficiente para continuar invirtiendo emocionalmente en la interacción. No se trata de una ficción consciente ni deliberada, sino de una consecuencia de los propios mecanismos biológicos que organizan la anticipación y la interpretación de señales afectivas.

Como se ha visto en capítulos anteriores, estas respuestas no son simétricas. En muchos contextos de interacción heterosexual, la mujer desempeña un papel más activo en la definición del marco relacional dentro del cual se desarrolla la interacción, mientras que el varón tiende a responder de manera más reactiva a las señales que activan la anticipación de un posible desenlace. Esta observación puede entrar en conflicto con ciertos estereotipos culturales que atribuyen al varón la iniciativa principal en el ámbito relacional, pero esa aparente contradicción forma parte del propio desajuste que caracteriza a las dinámicas contemporáneas.

El marco invisible

En este contexto, la interacción suele sostenerse sobre un equilibrio delicado de señales ambiguas, interpretaciones parciales y expectativas proyectadas. Mientras ese equilibrio se mantiene, cada participante puede habitar su propia interpretación del encuentro sin necesidad de confrontarla con la del otro. El intercambio se desarrolla dentro de un marco implícito que rara vez necesita ser formulado de manera explícita. Las señales pueden cumplir funciones diferentes para quien las emite y para quien las recibe, pero esa ambigüedad no genera conflicto mientras ambas interpretaciones permanezcan compatibles. En gran medida, la interacción funciona precisamente porque nadie necesita verbalizar ese marco.

El momento de ruptura

La situación cambia cuando uno de los participantes comienza a reconocer el patrón que organiza la interacción. Cuando el mapa de la interacción se vuelve visible, algo cambia de forma irreversible. Lo que antes parecía una sucesión espontánea de gestos, insinuaciones y respuestas empieza a percibirse como un sistema de reglas implícitas que nadie ha formulado, pero que todos parecen seguir. La ambigüedad que sostenía la interacción deja entonces de ser inocente y comienza a percibirse como parte de una estructura relacional más amplia. En ese momento aparece una pregunta incómoda: si el sistema existe, ¿por qué nunca se formula abiertamente?

La negación del intercambio

En gran parte de las interacciones, el marco relacional depende precisamente de esa ambigüedad. Mientras las señales puedan interpretarse de múltiples maneras, el intercambio se mantiene estable. Cada participante puede proyectar sobre la interacción una interpretación compatible con sus propias expectativas sin necesidad de confrontarla con la del otro. El problema aparece cuando esa ambigüedad desaparece. Mientras que en muchos casos el varón puede verbalizar directamente su interés o sus intenciones dentro de la interacción, el marco relacional suele depender de mantener cierto grado de indefinición. 

Cuando el intercambio implícito se hace demasiado visible —cuando las expectativas o los incentivos que sostienen la interacción se nombran abiertamente— la ficción que permitía mantener el equilibrio comienza a resquebrajarse. En ese momento suele aparecer una reacción defensiva. Lo que hasta entonces funcionaba como un marco tácito tiende a negarse o reinterpretarse. No necesariamente porque exista una manipulación consciente, sino porque la interacción pierde estabilidad en el instante en que se rompe la ambigüedad que la sostenía.

Desde esta perspectiva, la diferencia entre una relación romántica y una relación abiertamente transaccional no reside necesariamente en la ausencia o presencia de intercambio entre las partes. En realidad, toda relación humana implica algún tipo de intercambio —emocional, social, sexual o material—. La diferencia principal reside en el grado en que ese intercambio puede reconocerse explícitamente sin que la interacción pierda legitimidad social.

La ficción necesaria del romanticismo

Las relaciones románticas modernas dependen en gran medida de esta ambigüedad implícita del marco relacional, que es precisamente lo que permite sostener el vínculo. La narrativa cultural del amor romántico exige que la relación se perciba como espontánea, desinteresada o puramente emocional, incluso cuando en la práctica intervienen también factores de evaluación, compatibilidad o expectativa de reciprocidad.

En el entorno evolutivo en el que surgieron estos mecanismos, esta ambigüedad no generaba necesariamente grandes fricciones. Las condiciones ecológicas, sociales y reproductivas alineaban de manera relativamente clara los intereses de ambos participantes. En el entorno contemporáneo, sin embargo, las condiciones han cambiado profundamente. La prolongación de las interacciones ambiguas, la autonomía económica y la transformación de las instituciones relacionales hacen que las posiciones y expectativas de cada participante necesiten definirse con mayor claridad.

Es precisamente en este punto donde comienza a aparecer una tensión creciente entre dos exigencias que ya no encajan con facilidad: por un lado, la lógica del romanticismo, que requiere mantener implícito el intercambio que organiza la relación; por otro, la necesidad moderna de sinceridad, transparencia y negociación explícita entre individuos autónomos. Individuos que han prolongado su vida relacional gracias a cambios profundos en las estructuras sociales y al aumento de la autonomía económica femenina, pero que aún carecen de un modelo relacional plenamente adaptado a esas nuevas condiciones.

En este sentido, la mujer ha pasado de estar relegada a papeles domésticos orientados a la reproducción y sostén familiar, a un rol que pese a pretender estar a la misma altura que el varón, continúa reproduciendo actitudes propias de la centralidad reproductiva como hipergamia, perfiles masculinos proveedores y fenómenos como el gatekeeping.

El surgimiento del cinismo biológico

Las relaciones románticas funcionan, en gran medida, porque ese intercambio permanece implícito. La ficción cultural que las sostiene requiere que el vínculo se perciba como espontáneo, desinteresado o puramente emocional, incluso cuando otros factores participan también en la dinámica relacional. Cuando uno de los participantes comienza a percibir con claridad este sistema implícito, la interacción deja de vivirse de la misma manera. El juego ya no puede experimentarse con la misma ingenuidad que antes.

Es en ese punto donde aparece lo que podríamos llamar cinismo biológico. El término no debe entenderse como una acusación moral ni como una ideología consciente. Describe, más bien, una adaptación psicológica que surge cuando los mecanismos emocionales heredados se enfrentan repetidamente a un entorno relacional cuyas reglas implícitas no pueden reconocerse abiertamente. Este cinismo adopta, en realidad, dos formas complementarias. 

Por un lado, puede hablarse de un cinismo «de base», ya que forma parte del propio funcionamiento del marco relacional previamente dispuesto —normalmente por la mujer, debido a su papel más activo en la evaluación y gestión del riesgo relacional—: la interacción se mantiene mientras el intercambio permanece implícito y tiende a negarse cuando se hace demasiado visible. Por otro lado, aparece un cinismo adaptativo, que surge cuando uno de los participantes —con frecuencia el varón— reconoce ese funcionamiento implícito y comienza a participar en la interacción con una mayor distancia o con una actitud más estratégica. 

El primero permite que el sistema relacional continúe funcionando sin necesidad de explicitar sus reglas. El segundo aparece como respuesta a la toma de conciencia de esas mismas reglas.

Consecuencias relacionales

Cuando el mapa se vuelve visible, el sistema sigue funcionando, pero la experiencia subjetiva cambia. Algunos individuos responden retirándose del juego relacional. Otros continúan participando en él, pero con una mayor distancia emocional o con una actitud más estratégica. En ambos casos, la interacción deja de experimentarse con la misma ingenuidad que antes. La relación ya no se vive como una sucesión espontánea de encuentros, sino como un sistema de reglas implícitas dentro del cual cada participante debe decidir cómo posicionarse. 

En ese contexto, el cinismo biológico no aparece como una elección ideológica, sino como una forma de adaptación emocional al desajuste entre los mecanismos relacionales heredados y un entorno social profundamente distinto de aquel para el que fueron diseñados. El romanticismo no desaparece necesariamente cuando el sistema se comprende, pero deja de funcionar de la misma manera. La interacción puede continuar, pero ya no puede sostenerse completamente sobre la misma ilusión.

La cuestión que queda abierta es si esta adaptación representa una degradación del vínculo afectivo o, por el contrario, una consecuencia inevitable de un sistema relacional que ya no puede sostenerse sobre las mismas ficciones que lo hicieron posible en el pasado. Cuando este cinismo se generaliza, el sistema relacional no solo cambia la forma en que los individuos participan en él, sino también los perfiles que tiende a seleccionar. Ese será el punto de partida del siguiente capítulo.

Bibliografía / lecturas de referencia

  • Trivers, R. (1972). Parental Investment and Sexual Selection.
  • Buss, D. (1994). The Evolution of Desire.
  • Buss, D. (2016). The Evolution of Desire: Strategies of Human Mating.
  • Berridge, K. (varios trabajos sobre motivación, dopamina y anticipación de recompensa).
  • Sapolsky, R. (2017). Behave.
  • Illouz, E. (2007). Consuming the Romantic Utopia.
  • Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life.
  • Bauman, Z. (2003). Liquid Love.
  • Fisher, H. (2004). Why We Love.
(Bibliografía proporcionada por ChatGPT)