¿Qué se esconde tras el conflicto lingüístico que afecta a las comunidades catalana y valenciana? ¿realmente se conoce el origen y causas de este enfrentamiento? ¿existe realmente el conflicto o se trata tan sólo de «política»? Da la impresión como si el resto de España considerase este asunto como «ruido de fondo». Uno más de esos conflictos perennes que de vez en cuando reaparecen en las portadas de los periódicos, cuando no tienen otra cosa que contar. Pero ¿es posible pensar en algún ámbito en España que no se vea afectado por la política? La respuesta es que para bien o para mal no existe rincón que no se haya visto condicionado por las decisiones políticas. Y este es uno de los que más.
En esta España del enfrentamiento y del
maniqueísmo —o conmigo o contra mi, Barça o Madrid, PSOE o PP, etc.— se buscan explicaciones absolutas y contundentes. Un «sí» o «no». O un «blanco» o «negro». De esta manera
se fragmenta la sociedad en grupos enfrentados, cuyas posturas son dogmáticas, rígidas e inamovibles. No hay cabida para el detalle o la sutileza.
Sin embargo, es necesario algo más de esfuerzo para ir al meollo. Hay varias preguntas que surgen al intentar entender este asunto. Responderlas con un «sí» o un «no» sirve para poco más que satisfacer los dogmas de cada grupo, grabados a fuego durante décadas en el acervo colectivo de la sociedad española. Todo intento de escapar de uno u otro dogma se encuentra con más dudas y rara vez se llega a la causa de todos estos malentendidos.
Este va a ser un largo artículo. Por este motivo se ha dividido en varias partes, con un
índice y enlaces a cada una de ellas:
- Pregunta: ¿son el catalán y el valenciano una misma lengua?
- Pregunta: Si son la misma lengua ¿cómo se llama?
- Pregunta: ¿viene el valenciano del catalán?
- Conclusiones
- Bibliografía
- Notas
Naturalmente, los lingüistas pueden responder perfectamente a esta cuestión, pero en términos que sólo son útiles para otro lingüista. A la hora de clasificar las lenguas, los especialistas diferencian entre
taxonomía popular —susceptible de factores sociológicos— y
taxonomía glotológica —la definida por la propia ciencia lingüística—. Sin embargo, los propios especialistas se incluyen como parte de mundo científico, sin asumir que son también parte de la sociedad y por tanto, sujetos a factores políticos de forma similar a como lo pueden estar los jueces, los periodistas o los médicos de empresa.
Para responder a esta pregunta en los términos adecuados para los profanos, habría que comprender mejor qué es una lengua y cuándo estas son «la misma». Por ejemplo, todo el mundo está de acuerdo en que la lengua hablada en Extremadura es la misma que la hablada en Murcia —por poner un ejemplo cualquiera—. Sin embargo, todo el que ha podido viajar por España habrá podido comprobar como existen expresiones, giros y un vocabulario que difiere notablemente entre zonas. Son «lo mismo», pero no «iguales».
¿Qué ocurre?
Pues que las lenguas irremediablemente evolucionan, y lo hacen de forma diferente según el lugar.
Entonces ¿por qué continúan siendo la misma lengua?
Porque hay una serie de instituciones que se encargan de mantener cierta homogeneidad entre las distintas zonas. Estas instituciones difieren en función de la tradición. Por ejemplo, en el ámbito continental es habitual encontrarse con «academias» lingüísticas centrales que tienen poder para decidir en estos asuntos. Este poder emana del Estado, es decir, es en última instancia un poder político.
En España y otros países hispanohablantes existe la
Asociación de Academias de la Lengua Española, que se reúnen periódicamente para incluir en el
Diccionario Panhispánico todos aquellos términos que han surgido en cada territorio, con el objeto de mantener una homogeneidad aceptable, de forma que glotológica y socialmente puedan continuar considerándose una misma lengua
(1).
Por otro lado, en el ámbito anglosajón no existen estas instituciones. Por este motivo las lenguas mantienen sus denominaciones originales y su heterogeneidad es mucho mayor. Las únicas instituciones que hacen algo por mantener la lengua —el inglés en este caso— dentro de la inteligibilidad en el territorio son ciertas «autoridades» culturales o científicas como la cadena pública de difusión británica
BBC —en España el concepto de autoridad cultural se encuentra viciado por el ámbito político— .
¿Por qué hay entonces diferentes lenguas en España?
Debido a que el proceso normalizador y homogeneizador no ha sido uniforme, a causa de que los territorios, los poderes políticos correspondientes y las instituciones encargadas de mantener el «orden» lingüístico, han variado a lo largo de los siglos o, no han existido. En el caso de la Corona de Castilla ha habido desde Alfonso X una clara intención de homogeneización lingüística. Sin embargo, en la Corona de Aragón con una configuración política descentralizada, se ha seguido el modelo anglosajón, esto es, sin instituciones centrales que mantuvieran dentro de ciertos parámetros la uniformidad lingüística.
Debido a esta circunstancia, el castellano es el resultado de numerosas transformaciones desde el latín vulgar hasta la actual lengua española —hablada en todo el territorio—, al verse sometido a sucesivos procesos normalizadores, incorporando términos de todo el territorio que ha conformado primero la Corona de Castilla, y posteriormente el Reino de España. Por el contrario, el latín vulgar hablado en la Corona de Aragón ha evolucionado en función del desarrollo literario espontáneo —normalmente proveniente de las clases sociales que podían permitírselo
(2)—, preservándose aquellas variantes de mayor prestigio literario.
Además de la intención normalizadora explicada en los párrafos anteriores, siempre existe una tendencia natural del pueblo a continuar con su «lengua original» previa —sobre todo si los cambios venían de decisiones tomadas a muchos kilómetros de distancia—. Por este motivo las regiones periféricas de Castilla han mantenido sus lenguas o dialectos —según el caso—: gallego, asturiano, cántabro, leonés, andaluz, etc. Por el contrario, cuando este proceso se realiza según el modelo anglosajón basado en el prestigio o autoridad cultural literaria, el pueblo tiende a imitar o a emular las variantes de mayor prestigio. Aunque en todo caso, este fenómeno puede darse de cualquier manera, dependiendo mucho del concepto de «autoridad» que la sociedad tenga.
Con el contexto algo mejor definido, la respuesta es que sí: las lenguas habladas en las comunidades catalana y valenciana, así como la balear, son la misma lengua desde un punto de vista glotológico —es decir, científico—. Antes de que alguien me encasille en algún sector ideológico, recordarles que aún no se ha acabado el artículo.
Decir que son la misma lengua o que pertenecen a un mismo «sistema lingüístico
» resulta una obviedad. En otro
artículo anterior ya se vio que en cierto momento de la historia se partía en toda la península de una misma lengua. Deberíamos preguntarnos primeramente por qué dejaron de serlo, en lugar de si lo son o no ahora.
Por lo comentado anteriormente, la posterior creación de lenguas distintas responde básicamente a la falta de algún tipo de institución o autoridad —sea política o literaria— que mantenga un referente o modelo común a seguir en todo el ámbito geográfico. Al no existir una política lingüística con intención unificadora como sí ocurrió en la Corona de Castilla, la consecuencia ha sido una divergencia político-lingüística que ha creado las diferencias actuales. En unos casos la separación ha sido tal que la compatibilidad era imposible desde un punto de vista puramente idiomático. En otros, se trata de «dialectos» o «variantes» de un mismo «sistema lingüístico» proveniente del latín vulgar, sin llegar a la escisión.
En la península, en el caso del resto de variantes del latín vulgar que no entraron en la influencia reguladora del castellano, los especialistas consideran que no ha existido una divergencia lo suficientemente grande como para que sean lenguas distintas, por tanto, se consideran una. Pero esto no significa que sean «iguales», ni que no hayan recibido nombres diferentes durante siglos en base a identificar dichas diferencias entre las variantes. Ni que unas se subordinen a otras. Las autoridades correspondientes deberían respetar dichas diferencias o dejar que sea la propia sociedad la que las mitigue. Y mucho menos, crear subordinaciones de unas lenguas respecto de otras, que nunca han existido.
La consideración institucional del valenciano dentro del sistema lingüístico catalán no es un hecho puramente lingüístico, sino el resultado de decisiones normativas adoptadas por organismos con capacidad de estandarización, como la Real Academia Española o entidades afines. Estas decisiones, aunque apoyadas en criterios filológicos, implican necesariamente la elección de un marco interpretativo entre varios posibles: priorizar la unidad estructural de la lengua o reconocer la tradición histórica de sus denominaciones diferenciadas. El hecho de que en determinados momentos se haya reconocido al valenciano como entidad diferenciada dentro de dichas instituciones, y posteriormente se haya integrado bajo una denominación común, pone de manifiesto que no estamos ante una realidad fija e indiscutible, sino ante un proceso de construcción normativa donde intervienen factores académicos, históricos e institucionales. Por ello, el debate no debería centrarse en negar la unidad lingüística, sino en analizar qué criterios se han privilegiado para definirla y con qué legitimidad se han aplicado.
En este punto surge una cuestión relevante: hasta qué punto la clasificación lingüística actualmente aceptada responde exclusivamente a criterios filológicos o si, por el contrario, ha estado también influida por factores socio-políticos. La consolidación de una «versión oficial» en torno a la denominación y jerarquización de estas variedades podría interpretarse como el resultado de un proceso en el que han intervenido no solo argumentos lingüísticos, sino también dinámicas institucionales y contextos históricos concretos. Analizar este proceso exige, por tanto, distinguir entre los hechos lingüísticos y los marcos interpretativos desde los cuales se han organizado. La pregunta que hay que hacerse ahora es:
La versión oficial sitúa al valenciano y al balear como dialectos del catalán, junto al catalán noroccidental y el «central», respectivamente. Según esta visión la lengua se llamaría catalán. Ahora bien,
¿Quién lo ha decidido?
Si bien la clasificación lingüística se apoya en criterios filológicos, la fijación de una denominación estándar en el ámbito institucional responde también a procesos normativos en los que intervienen distintos niveles de decisión: académicos, administrativos y, en última instancia, políticos. Este entramado institucional es el que determina qué denominación adquiere reconocimiento oficial en cada contexto.
¿Por qué? ¿Qué criterio han seguido?
Las decisiones normativas en materia lingüística no aparecen de la nada, sino dentro de sistemas institucionales concretos, donde confluyen intereses, equilibrios territoriales y marcos legales. En este contexto, la adopción de una denominación u otra puede responder no solo a criterios lingüísticos, sino también a dinámicas de representación(3) y negociaciones políticas y legales, propias del sistema.
Una posible interpretación es que los procesos de estandarización y denominación hayan estado influidos por acuerdos institucionales en los que determinados actores políticos —en concreto, el nacionalismo catalanista— han tenido mayor capacidad de influencia. Desde esta perspectiva, la adopción de una denominación común podría entenderse como el resultado de dinámicas de coordinación política más amplias, cuya justificación no es exclusivamente lingüística.
¿Desde cuando?
Desde la Transición se han producido cambios relevantes en el marco institucional y mediático, aunque probablemente, con un alcance insuficiente según algunos análisis políticos. En ese contexto, distintos gobiernos autonómicos —especialmente en Cataluña— han desarrollado políticas de construcción nacional en las que la lengua ocupa un papel central. Estas políticas incluyen la promoción de una norma común para los territorios considerados afines, con implicaciones no solo lingüísticas, sino también culturales y administrativas.
Se puede decir que esto ocurre desde la Guerra de Cuba, cuyo desenlace negativo para España supuso el inicio de una época de desmoralización y perdida de una autoridad que se había inflado demasiado desde hacía tiempo. Precisamente en aquella época, los herederos de aquella aristocracia catalana que había vivido siempre convenientemente arrimada al poder que más cerca tenían —el Imperio Carolingio primero y el Español después—, se dieron cuenta de que ya no les servían y comenzaron a montarse su propio tinglado.
Un ejemplo ilustrativo de esta evolución puede observarse en la propia Real Academia Española, cuya organización interna —formada por una serie de académicos que ocupan unas plazas conocidas como «asientos»— en determinados periodos distinguía explícitamente entre especialistas en catalán, valenciano y mallorquín, al tiempo que los agrupaba dentro de una misma sección lingüística. Esta doble consideración —diferenciación funcional e integración estructural— refleja una ambigüedad que, con el paso del tiempo, ha tendido a resolverse en favor de una denominación común. Analizar este desplazamiento permite observar cómo las categorías lingüísticas no son estáticas, sino resultado de procesos de reorganización normativa.
- Artículo 2º Constará además de cuarenta y dos Académicos correspondientes españoles, de los que habrá dos especializados en el catalán, uno en el valenciano, uno en el mallorquín, dos en el gallego y dos en el vascuence.
- Artículo 3º Se crean en la Real Academia Española tres secciones denominadas: de la lengua catalana y sus variedades valenciana y mallorquina; de la lengua gallega y de la lengua vascuence; compuesta cada una de los Académicos de su especialidad respectiva, expresados en el artículo 1º, y de un número igual de otros Académicos numerarios, designados por dicha Corporación, siendo presididas todas las Secciones por el Director de la Academia.
- Artículo 4º Tendrá como función cada una de dichas secciones, con respecto a su especial idioma, las mismas que para la lengua castellana determina el artículo 1º de los Estatutos de la Academia aprobados por Real decreto de 31 de Agosto de 1859, y además la formación de los Diccionarios respectivos.
En el documento original se evidencia la mención clara y diferenciada del valenciano y del mallorquín —desaparecidas en la actual versión— respecto del catalán, representados por unos académicos que no son intercambiables entre si, situación que choca completamente con la versión actual. Esta situación pone de manifiesto una doble lógica institucional: por un lado, el reconocimiento de especializaciones diferenciadas (catalán, valenciano, mallorquín) y, por otro, su integración en una misma estructura con la denominación de una de ellas. Con el tiempo, esta ambivalencia ha tendido a resolverse en favor de una denominación común y la integración de dos de sus «variantes» en una de ellas —la catalana—, lo que sugiere un proceso de consolidación normativa más que una simple descripción lingüística:
- Lengua catalana ¿?
- Variante catalana ¿?
- Variante valenciana
- Variante mallorquina
Aunque no se establece una dependencia jerárquica dentro de la sección —todas las variantes están al mismo nivel—, esta ambigüedad y polisemia es uno de los orígenes que han dado lugar posteriormente a tantos enfrentamientos. Paradójicamente, mientras que Valencia y Mallorca han tenido en su historia una definición política clara —Reinos de Mallorca y Valencia—, los Condados Catalanes eran un grupo disperso predominado por el Condado de Barcelona —nobles y militares, con actividad literaria escasa— que no llegó a formarse como reino nunca. Se ve que esta frustración les ha perseguido como una maldición durante centurias, cobrándose ahora la venganza.
¿Quiénes regulan la lengua?
Con la nueva estructura política tras la
Guerra de Sucesión y la imposición del castellano como lengua española oficial, los asuntos en materia lingüista siguieron el modelo de la Corona de Castilla. La
Real Academia Española se fundo en 1713 —el año de finalización del conflicto— y desde entonces se ha encargado de normalizar la lengua —junto con las academias del resto de países hispanos—.
Un detalle muy importante de esta situación, es que si bien la lengua oficial —la escasa enseñanza pública o privada que hubiera, documentos oficiales, etc.— era el castellano, el resto de lenguas locales no fueron prohibidas, ni mucho menos sustituidas. Es decir, el catalán seguía siendo el catalán, el valenciano seguía siendo el valenciano, y así sucesivamente. Tal vez las formas no nos parezcan correctas siglos después, tal vez los distintos conceptos de autoridad logrados tras una cruenta guerra no fueron aceptados de buen grado. A pesar de todo, la normalización de una lengua oficial para todo el Estado no tenía pretensión de sustitución ni de usurpación cultural.
El
Instituto de Estudios Catalanes es la institución análoga en el ámbito catalán fundada en 1907. Esta institución ha realizado una «
estandarización» tomando como referencia determinados modelos literarios históricos, especialmente aquellos de mayor prestigio —los clásicos de origen valenciano—. No obstante, este proceso implica diferencias significativas respecto a otros procesos normalizadores.
A diferencia del modelo histórico de la Real Academia Española, donde la declaración de una lengua como oficial corresponde al ámbito político y no implica necesariamente la integración de otras lenguas en su sistema lingüístico, la clasificación de una variedad como parte de otra lengua sí constituye una decisión de carácter lingüístico-normativo, en la medida en que define su posición dentro de un sistema y condiciona su estandarización. En este sentido, la inclusión del valenciano dentro del sistema normativo del catalán no se limita a una cuestión de oficialidad, sino que implica una clasificación interna que puede ser percibida como jerárquica, especialmente cuando la norma de referencia no se construye a partir de un consenso explícito entre las comunidades implicadas.
Las políticas de promoción lingüística han tenido una implantación significativa en ámbitos como el sistema educativo y los medios públicos. Mientras que sus defensores las consideran necesarias para garantizar la cohesión y la vitalidad de la lengua, pueden verse como una sustitución de variedades locales a favor de una norma común. Mientras que está dinámica ha llegado ha implantarse con efectividad en las Baleares, en la Comunidad Valenciana el rechazo ha sido más explícito. Como resultado de estas primeras etapas del conflicto tras la Transición, se creó una institución normalizadora en el ámbito valenciano llamada
Academia Valenciana de la Lengua. A priori, esta institución ha dado carácter oficial al llamado
subestándar valenciano, lo que ha limitado la implantación del catalán en esta comunidad.
La percepción social del valenciano normalizado es heterogénea. Algunos sectores la consideran una herramienta útil de estandarización, mientras que otros sostienen que no refleja plenamente el uso tradicional, lo que genera una cierta distancia entre la norma y la lengua hablada. Se acepta con encogimiento de hombros, como otra tanta de las decisiones políticas que se toman. Y en otra buena parte, por el carácter afable —tal vez en exceso— de las gentes de esta comunidad.
A nivel internacional —donde una comunidad autónoma no tiene nada que hacer salvo que cuentes con
el apoyo del Estado— el valenciano es ignorado sistemáticamente. A nivel interno del Estado, se asume que el catalán genérico es una norma por encima del valenciano.
El debate no reside en la unidad lingüística, sino en la necesidad de una estandarización que ha privilegiado la convergencia normativa, de manera que sea percibida como sustitución de las variedades tradicionales. Mientras tanto, el valenciano que habla la gente en la calle desde hace más de cinco siglos, continua con el modelo anglosajón, con la desgracia de que ha perdido referentes literarios actuales
(4).
Lo cierto es que no hay un nombre que satisfaga a todos, pero tampoco es clara la necesidad de encontrarlo. La fijación de una denominación común responde a intereses distintos según los actores implicados. Para algunos, una denominación unificada aporta mayor visibilidad y coherencia normativa; para otros, puede implicar la subordinación de denominaciones históricas propias. Asignar un nombre al conjunto con el pretexto de tener «más entidad» pero sin articular debidamente el proceso de decisión o debatir sobre su necesidad, no es la mejor de las maneras. No es molesto desear la unión, sí que lo es el menosprecio y la imposición.
La adopción de una denominación única para el conjunto puede resultar funcional desde el punto de vista normativo, pero genera tensiones cuando esa misma etiqueta se utiliza indistintamente para referirse tanto al sistema lingüístico global como a una de sus variedades territoriales. La consolidación de la denominación «catalán» como referencia global no responde a una identidad histórica unívoca y claramente delimitada desde sus orígenes, sino a un proceso progresivo de fijación terminológica en el que han coexistido denominaciones diversas, tradiciones diferenciadas e intereses políticos.
En este sentido, el problema no radica tanto en la existencia de una normativa común como en el modo en que esta se ha consolidado. Cuando una etiqueta se impone como referencia global antes de que exista un consenso amplio o una articulación institucional plenamente compartida, puede percibirse como el resultado de «hechos consumados» más que como la expresión de una identidad históricamente asumida de forma homogénea. La institucionalización de esta confusión contribuye entonces a fijar un marco interpretativo que no es necesariamente neutral, en la medida en que establece jerarquías simbólicas entre las distintas tradiciones y variantes, atribuyendo centralidad —lingüística y legal— a una de ellas. Ciertas corrientes de la filología histórica peninsular, especialmente aquellas asociadas a modelos de expansión lingüística desarrollados por autores como Ramón Menéndez Pidal, han tendido a explicar la evolución de las lenguas como procesos relativamente lineales de difusión territorial. En este marco, el habla de determinadas zonas del norte peninsular se habría extendido progresivamente hacia otros territorios, en algunos casos sustituyendo las formas locales.
Sin embargo, este tipo de interpretaciones pueden simplificar en exceso procesos históricos mucho más complejos. La configuración lingüística de la península no responde únicamente a dinámicas de sustitución, sino también a fenómenos de contacto, convergencia y evolución paralela entre variedades emparentadas.
La idea de que la lengua de Valencia procede directamente de una expansión del catalán suele apoyarse en el hecho de la conquista y repoblación del territorio. No obstante, esta explicación, aun siendo relevante, no agota la complejidad del proceso y tiende a privilegiar un único factor interpretativo frente a otros igualmente plausibles. Según esta teoría, el Reino de Valencia fue desprovisto de su lengua —en el pasado y en el
futuro— al ser repoblado por «catalanes». Esta es una versión muy simplificada de los hechos, que es sin embargo, la más extendida.
La interpretación dominante tiende a otorgar mayor peso explicativo a factores como la repoblación, mejor documentados, frente a otros como la continuidad lingüística local, más difíciles de acreditar. Esta asimetría no invalida ninguna de las hipótesis, pero sí condiciona la forma en que se construye el relato histórico.
¿Qué se hablaba antes de la «Reconquista» en Valencia?
Durante el periodo andalusí, el árabe cumplía funciones administrativas y culturales, pero la ausencia de documentación no implica necesariamente ausencia de uso de otras variedades lingüísticas. Es razonable suponer —siguiendo la pauta habitual en estos casos—
la pervivencia de hablas romances propias entre la población local de la
Taifa de Valencia —habitualmente agrupadas bajo el término «mozárabe»—, aunque su alcance y continuidad tras la conquista no puedan determinarse con precisión.
La larga estancia del árabe en la península —nada menos que ocho siglos— hace suponer que este podría haber desaparecido, pero nadie puede decirlo con seguridad. Lo que sí se sabe con certeza es que la población
morisca en el Reino de Valencia que permaneció, era una de las más numerosas, lo que se evidencia en la conservación de la
toponimia.
La falta de documentos escritos —la poca gente que escribía lo hacía en árabe— dificulta establecer hasta qué punto éste perduró, por lo que normalmente el mozárabe no es considerado. En todo caso, la población local continuó con su lengua conviviendo con la de los repobladores y previsiblemente influyendo en ella. Fuera el árabe, el mozárabe, o alguna combinación de ambos.
Esta limitación documental introduce una asimetría en la reconstrucción histórica: mientras que algunos factores, como la repoblación, cuentan con mayor respaldo documental, otros, como la continuidad lingüística local, resultan más difíciles de evaluar, pero no por ello pueden descartarse sin más.
¿Qué hablaba Jaime I?
Con la llegada al Reino de Aragón de la dinastía de los
Trastámara —de origen castellano— se introdujo otra variante del latín vulgar que se identificaba con el habla de «los castellanos», distinta a la de los pobladores del resto de condados de la
Marca Hispánica —unos emplazamientos militares creados por los
carolingios para evitar el paso de los musulmanes por los Pirineos—. Al parecer, los monarcas llevaban tras de si la lengua al trono que ocupaban. La cercanía con las autoridades y la necesidad del uso de su lengua para asuntos oficiales, conllevaba que el pueblo lo adoptase. Siempre y cuando aceptase dicha autoridad.
Esto es lo que normalmente ocurre: la autoridad aceptada de forma legitima, sea política, cultural o de cualquier otro tipo, suele ser modelo y ejemplo a imitar.
Don Jaime I El Conquistador fue uno de los monarcas más apreciados de la época, por lo que cabe preguntarse qué hablaba dicho monarca. En este punto, atribuir a figuras históricas una identidad lingüística en términos modernos resulta problemático. En el contexto del siglo XIII, las variedades romances del noreste peninsular y del sur de Francia presentaban un alto grado de proximidad.
Dado que Don Jaime I nació en Montpellier, hijo de la noble María de Montpellier, es razonable suponer competencia en occitano, dentro de un entorno lingüístico donde las categorías actuales (catalán, occitano, etc.) no estaban fijadas de manera unívoca. Más que identificar una lengua concreta en sentido moderno, resulta más adecuado entender estas situaciones dentro de un continuo lingüístico. El cualquier caso, la lengua de la autoridad legítimamente establecida entre los repobladores venía de más allá de los Pirineos.
¿Quiénes fueron los repobladores?
Supongamos que, tal y como está establecido en la teoría catalanista, los catalanes se establecieron en el Reino de Valencia recién formado, transmitiendo así su lengua. Para que esto sea así son necesarias al menos una de estas dos cosas: que exista algo llamado Cataluña y algo llamado catalán
(5).
La referencia más antigua de Cataluña es la de
Principado de Cataluña en 1350, refiriéndose a una agrupación de condados —inicialmente Barcelona, Gerona y Osona, llamado en la actualidad Cataluña Vieja— que no constituían una unidad política, salvo que estaban bajo el gobierno del mismo noble (
Ramón Berenguer I) cuya dinastía recibía el título de «Príncipe» desde el 1058, como algo honorífico o simbólico —seguía siendo oficialmente conde, no príncipe—. Un siglo antes de la primera referencia escrita a Cataluña, el Reino de Valencia
fue creado por Jaime I en 1239 para evitar que la nobleza metiera sus zarpas, algo que no les sentó muy bien. De esta forma se creó un reino con fueros independientes, que daba forma a una Corona de Aragón de estructura confederada
El resto de lo que hoy se conoce como Cataluña —la Nueva—, fue conquistado por
Berenguer IV en el Siglo XII. Aparte de esto, quedaban algunos condados —Condado de Urgel, entre otros
(6)— que fueron dinastías separadas hasta su integración con la Corona de Aragón.
Es decir, Cataluña no existía como tal, aunque haya que usar este término para referirse a los pobladores de los condados que en aquel entonces, ocupaban el terreno llamado así ahora. Además, aunque el Conde de Barcelona era muy influyente, permaneció dividida en dos bloques cultural y socialmente diferentes. Siendo estrictos, Valencia se creó como entidad política diferenciada antes que Cataluña.
El Reino de Valencia se convirtió de esta manera en un territorio libre, bajo la tutela de un rey tan magnífico como magnánimo. Es fácil imaginar lo que supuso este hecho, atrayendo repobladores de toda la Europa cristiana, pero sobre todo —por cercanía— aragoneses, catalanes, occitanos, y castellanos, que huían de sus feudos rígidamente gobernados por nobles avariciosos. De todos estos sitios, los más prósperos y pacíficos eran los territorios denominados como
Occitania —que de forma similar a Cataluña, tampoco era una entidad política
(7)—. Esta era una franja que quedaba entre el Imperio Carolingio y la Marca Hispánica. Gracias al clima y a la estabilidad política floreció un arte y literatura importante cuya manifestación principal fueron los
trovadores.
Entre los trovadores de Occitania y los feudos militares de los Condados Catalanes, se puede concluir que si hubo alguna autoridad cultural esta una vez más, venía de más allá de los Pirineos. El resultado de todo esto fue una explosión de magnificencia cultural y económica marcada en la historia como el
Siglo de Oro Valenciano.
¿Cómo llamaban a su lengua?
Las referencias más antiguas a los nombres de las lenguas se han encontrado recientemente en
unos documentos que hablan de
catalanesc en 1290 y
valencianesch en 1343, apenas medio siglo de diferencia y
posteriores a la creación del Reino de Valencia. Por tanto, ni existía Cataluña como entidad política, ni
Jaime I era catalán ni hablaba dicha lengua y la mayor influencia cultural de la época tampoco era Cataluña.
En cualquier caso, aunque las denominaciones empleadas en la Edad Media no pueden identificarse sin más con las categorías actuales —cuyo significado y alcance han sido fijados posteriormente— concedamos por un momento la remota posibilidad de que un número indeterminado de pobladores de lo que hoy en día se llama Cataluña, influyeran sobre todos los demás hasta el punto de convencer a la gente de que hablaban catalán. Vale.
Uno de los más relevantes escritores de aquel periodo histórico fue
Ausias March (1397~1459). En una publicación de 1539 de las obras de
Ausias March traducidas al castellano, se presenta al autor con esta frase:
cavallero valenciano de nacion catalan. Si se tiene en cuenta el concepto de
nación de aquel siglo, se estaba refiriendo a la cuna de su ascendencia noble —por supuesto, el nacionalismo catalanista no lo interpreta así—. En cualquier caso, con estas premisas uno podría esperarse un claro ejemplo de valenciano hablando catalán. Sin embargo, en la misma publicación pero en la
página siguiente, se identifica al escritor valenciano con la
lengua lemosina —una de las
variantes del occitano—. Una vez más la influencia lingüística se aleja más allá de los Pirineos.
El cuñado de
Ausias March fue
Joanot Martorell (1413~1468), de ascendencia catalana
por parte de madre y autor de la obra
Tirant lo Blanch, una de las más importantes de la literatura universal. En ella se hace mención explicita a la lengua original del autor —nacido y criado en
Gandía— y de la obra como «lengua valenciana».
De estos dos hechos se desprende que ni siquiera autores de ascendencia catalana —pero criados en Valencia— llamaron a su lengua de esta manera. Es probable que ni tan siquiera los propios catalanes, es decir, los pobladores de los feudos dominados por los nobles catalanes, pensasen que hablaban otra cosa distinta a una variante del occitano. Se puede decir que fue el valenciano y su literatura el que originó el catalán, y no al revés.
¿Quiénes son los dueños de una lengua?
Como se vio en
otro artículo, se puede decir que realmente la lengua no tiene dueños, aunque todo el mundo desea serlo. Es inevitable no obstante, que las sociedades se organicen haciéndolo dentro de un contexto político y cultural determinado. Cada sociedad crea sus tradiciones y normalmente, no se acepta que las sociedades vecinas interfieran decidiendo en ellas. A pesar de ello, mediante la influencia política puede lograrse que determinados valores culturales se «traspasen» a otros territorios. Casos como estos son la influencia que la cultura de los EEUU tiene en el resto del mundo, o como Alemania toma decisiones que afectan toda Europa.
La Comunidad Valenciana es una continuación del antiguo Reino de Valencia
(8), dentro del contexto social, político y cultural de la Corona de Aragón, Occitania, la Península Itálica y la vecina Corona de Castilla, sin olvidar el mundo musulmán —en definitiva, el Mediterráneo—. Desde entonces ha creado sus propias costumbres, tradiciones y ha generado una lengua por la que nunca había necesitado pelearse, ya que nadie pretendía imponer denominaciones ni normas. Al contrario, fue un referente y modelo a seguir para sus vecinos, sin necesidad de hacer uso de estratagema política alguna. Todos estos hechos forman parte de la Historia. Y la historia es —debería ser— patrimonio de la Humanidad.
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La pregunta de si una lengua «viene de» otra simplifica en exceso procesos históricos complejos. Las lenguas romances del nordeste peninsular surgen por diferenciación a partir del latín vulgar en un continuo geográfico que incluía la Marca Hispánica y el sur de la actual Francia —entonces Occitania(9)—. En ese contexto, resulta más adecuado hablar de evolución y convergencia de variedades que de relaciones de dependencia lineal entre entidades plenamente definida.
Pretender enumerar siglos después cuantos repobladores fueron de un lugar a otro, con el pretexto de erigirse como los «dueños» siglos después de que lleven caminos sino separados, sí claramente diferenciados, resulta una pretensión verdaderamente preocupante que nos recuerda a ciertos líderes políticos del Siglo XX, que buscaban en las migraciones raciales rasgos de «pureza».
La lengua no pertenece a nadie, pero si ha de hacerlo, pertenece a las personas con las que viaja, vinieran de donde vinieran. No pertenece a los lugares que dejaron atrás
(10). En definitiva, el valenciano no puede «venir de» el catalán porque ni el catalán existía como algo distinto al latín vulgar —o una variante del occitano—, no era un referente cultural, ni Cataluña existía como unidad política.
Aún así, si se desea llevar al extremo esta reinterpretación histórica de la tesis catalanista por la cual los emigrantes le deben algo eternamente a la tierra de la que se fueron, tampoco resulta admisible. La lengua hablada en la Comunidad Valenciana adquiere entidad como tal una vez se desarrolla y adquiere forma en el antiguo Reino de Valencia, sirviendo incluso como modelo y referente literario en los siglos posteriores. Esta circunstancia ayudó seguramente a que la inteligibilidad permaneciera y la divergencia lingüística no excediera. Así mismo, la permanencia dentro de un mismo marco político también fue determinante para que hoy en día puedan considerase la misma lengua.
En todo caso, no debería ser excusa para imponer denominaciones ni normas, salvo la que cada sociedad apruebe dentro de su marco político-social de toma de decisiones, suponiendo que estemos en una democracia. La cuestión no reside tanto en negar la existencia de una continuidad lingüística, como en analizar cómo se han fijado posteriormente las categorías y denominaciones que utilizamos para describirla, y qué criterios han determinado su consolidación.
«ni políticos ni científicos tienen nada que decir al respecto. Pero menos que nadie, los científicos. Es un asunto en el que sólo tiene que decidir la gente»
—Noam Chomsky, sobre el conflicto catalán-valenciano
Si después de cinco siglos de tradición es necesario hoy en día tener que dar todas estas explicaciones para mostrar algo que debería ser obvio, significa que de alguna manera, todo ese largo recorrido no se está haciendo en la dirección adecuada.
El mundo anglosajón ha aprendido a saber usar la imagen para lograr que sus objetivos sean aceptados. Por ejemplo, la explosión del acorazado Maine antes de la Guerra de Cuba se dice que fue obra de los propios EEUU. Fuera cierto o no, supieron aprovechar las circunstancias para lograr sus objetivos, que acabaron siendo los de sustituir un imperio —el español— por otro —el suyo—. Se descubra o no con el tiempo si esta estratagema fue cierta, ya es tarde.
El nacionalismo catalanista imita —en este caso si— el estilo anglosajón: apoya la Leyenda Negra y aprovecha todos y cada uno de los numerosos defectos de la sociedad de la España castellana, que continua satisfecha de haberse conocido, ignorante de la situación y de sus errores históricos. La sociedad valenciana, estridente y folclórica, carente de líderes o los que hay, con una imagen que deja mucho que desear, se encuentra impotente ante la situación.
Lengua y política tienen estrechos vínculos. La mayoría de dictaduras usan su poder para controlar la lengua acorde a sus objetivos nacionalistas
(11). Resulta paradójico que desde una tierra en la que se rasgan las vestiduras hablando sobre libertad y exigiendo referéndums de independencia, sin embargo, limiten la capacidad de decisión de sociedades vecinas sobre algo tan aparentemente inocuo como la lengua, haciendo uso de un poder concedido en base a aprovechar
los defectos del sistema político, sin pretender darles solución.
En el fondo, el conflicto lingüístico no trata de si se habla o no la misma lengua en unos territorios, sino una lucha por quien logra el control sobre ella, sea cual sea esta. Una vez se tenga autoridad para regular la lengua de un territorio, lo demás viene dado.
- Antonio Briz Gómez. El castellano en la Comunidad Valenciana. Congreso de Valladolid, 2001 <enlace> [acceso 22-01-2015]
- Inés Fernández-Ordoñez. Contribuciones de Ramon Menéndez Pidal al estudio del catalán. En las notas se analiza la aplicación por comparación de la teoría castellanista al caso del catalán y su modelo de expansión de la lengua. <enlace> [acceso 22-01-2015]
- Martín de Viciana. Libro de alabanças d'las lenguas hebrea, griega, latina, castellana y valenciana. [1547] <enlace> [acceso 22-01-2015]
- Ramón de Andrés Díaz. Gramática comparada de las Lenguas Ibéricas. Taxonomía oficial. [2013] <enlace> [acceso 22-01-2015]
- Expansión peninsular y baleárica de la Corona de Aragón. Imagen Wikipedia. <enlace> [acceso 22-01-2015]
- El Manifest. Iniciativa por una lengua aceptada por todas las partes para el catalán-valenciano-balear. <enlace> [acceso 22-01-2015]
(2) La economía de la Corona de Aragón basada en el minifundio agrícola y pequeño comercio independiente, con el Mediterráneo como mercado, era sustancialmente distinta de la de Castilla, basada en el latifundio y en la importación de productos de América. Debido a esto existía una clase media burguesa y un sustrato social distinto al de Castilla. [volver al texto] (3) La asignación de escaños se hace a «paquetes» formados por las listas de partido cerradas y bloqueadas, en una proporción marcada sin embargo por los votos recibidos a candidatos individuales por circunscripción. [volver al texto] (4) Existe otra normativa no oficial creada por la Real Academia de Cultura Valenciana llamada «Normas del Puig»
, más cercano al valenciano tradicional, pero que pecan en su afán por desviarse de la oficial, exagerando localismos —las últimas revisiones han corregido algo este defecto—. [volver al texto] (5) El significado de catalán en la edad media era con toda probabilidad distinto que el actual. Aún así, el nacionalismo catalanista utiliza a su libre albedrío el adquirido siglos después para sus intereses. Esto es llamado «
falacia del historiador»
. [volver al texto] (6) En la Wikipedia se basan en un estudio de un tal Enric Ginot el cual analizando ciertos documentos dedujo que una buena parte de repobladores de los nuevos territorios de Valencia provenían del Condado de Urgel. Da la impresión como si pretendieran «dejar caer» que fueron estos pobladores los que impusieron la lengua, junto con el resto de pobladores de la Cataluña Occidental o Cataluña Nueva. Por otro lado, el Condado de Urgel —una vez se dejó de depender de los Francos para nombrar sucesores— no ha tenido dinásticamente nada que ver con el «Principado» hasta el año 1413 —casi dos siglos después de la conquista de Valencia— que se incorpora a la Corona de Aragón con la Casa de los Trastámara. Es decir, los repobladores que vinieron no tenían demasiados motivos para identificarse con Cataluña. Provenían de un condado con una dinastía independiente —la Marca de Tolosa—. El resto de repobladores de la parte occidental —Tortosa y Lérida— un siglo antes había estado ocupada por los musulmanes y repoblada durante ese periodo. En cualquier caso esta zona de Cataluña conquistada posteriormente ya era receptora de pobladores de otros lugares con un habla que no tenía que identificarse necesariamente con el catalán, es decir, que la lengua era ya importada antes de «llevarla» de nuevo a Valencia. Estas dos zonas de Cataluña —occidental y oriental— forman actualmente bloques social y culturalmente diferenciados del modelo antiguo y tradicionalmente feudal de la Cataluña Vieja. [volver al texto] (7) Otro caso similar en la misma época es el de Italia, un conjunto de reinos y feudos independientes que de la misma manera, compartían un mismo latín vulgar dividido en diversas variantes que no llegaron a escindirse completamente gracias a la cercanía cultural y económica. Posteriormente, la formación de Italia los unificó al parecer, bajo una autoridad legítimamente aceptada por el pueblo que asimiló el cambio. [volver al texto] (8) Es también conocido hasta cierto punto el conflicto que surgió en los inicios de la democracia con la denominación que se pretendía tomar de País Valenciá,. Finalmente no llegó a término, no obstante, los sectores de la extrema izquierda valenciana y el catalanismo continúan usando. [volver al texto] (9) Muchas de estas variantes podrían hoy en día considerase una misma lengua —bloque occitano-romance— sino fuera porque no han permanecido dentro de un mismo contexto político que asegurara la homogeneidad, excepto en el caso de Italia, que sí se logró dicha unificación político-lingüística. [volver al texto] (10) En función de su origen y con lo qué se identificaban, llevaron su tradición a las zonas donde se asentaron, conformando hoy en día un mapa diverso bilingüe en la Comunidad Valenciana. [volver al texto] (11) En el gobierno totalitario de la conocida novela distópica 1984 (George Orwel, 1949), un punto clave en la obra es la neolengua. [volver al texto]
NOTA: el texto en color azul oscuro ha sido modificado o insertado durante el periodo comprendido entre marzo y abril de 2026 para mejorar la claridad de la exposición.